lunes, 10 de enero de 2011

LA TUMBA

"Es difícil hacerse a la idea de algunas  imágenes;
como los sueños, es preferible que se difuminen por
el bien de la cordura."






Nunca había mancillado una tumba. Así que podría decirse que aquel era su primer trabajo como profanador de cadáveres. No quiero imaginarme la repugnancia que tuvo que vencer cuando, tras retirar la pesada losa de mármol negro, levantó la primera paletada de tierra. El invierno acababa de asentarse y sus primeros vientos gélidos, tétricos como lamentos, sisearon oscuros murmullos entre las lápidas carcomidas y mohosas. La noche lo amparaba de miradas curiosas; pero también del temor supersticioso de las gentes del lugar. Por la  comarca circulaban las más inquietas leyendas en torno a un cementerio que no había sido casi visitado en todo el último siglo. Varios cipreses ya muertos levantaban su leprosa y desnuda osamenta hacia la negrura del cielo, evidenciando su pesada y lúgubre antigüedad. La mano helada del viento arrancaba de sus ramas notas y vibraciones insufribles, componiendo una melodía de macabra y aterradora desolación.



                                                          *          *          *



Pocos días antes, las herrumbrosas puertas del cementerio crujieron al abrirse, tras haber permanecido cerradas durante generaciones enteras. El carruaje fúnebre había recorrido pesadamente los pocos centenares de metros que separaban el pueblo del camposanto, llevando a la condesa hacia su lugar de descanso eterno. La ceremonia había sido breve y bastante humilde, muy alejada de la pomposa y opulenta vida que la acaudalada señora había llevado. Pero todos pudieron ver, poco antes de cerrarse el féretro, como aquellos tres famosos anillos de oro y diamantes de los que tanto se había hablado en el lugar, continuaban en la mano de la mujer cuando recibía el último adiós de sus parientes y allegados. Muchas historias habían circulado en torno a aquellas tres valiosas gemas, pero hasta aquel momento nadie había podido contemplarlas. Así que no es de extrañar que las miradas de los vecinos tornaran de la pesadumbre al asombro...y se dirigieran del rostro a la mano izquierda de la condesa. Pero hubo una de aquellas miradas que llegó un poco más lejos; del estupor a la codicia, de la admiración al deseo...

                                                           *          *          *



Tuvo la impresión de que una multitud de seres invisibles y viscosos le acechaban en la oscuridad. El viento arreciaba; aumentaba su miedo a medida que el trabajo iba avanzando, hasta terminar por apoderarse de él una tensión insoportable, un temor insospechado.

Dibujaba cosas con la imaginación, acuciada por la inquietud, por entre las densas masas de sombras que le cercaban, allá donde el fulgor estelar era impotente para penetrarlas; adivinaba hocicos monstruosos, deformes abominaciones, ojos de brillo maligno y amenazador, seres purulentos y reptantes, agazapados entre la maleza que el viento hacía susurrar, apenas ocultos detrás de las lápidas embarradas, acechantes bajo las ruinas mohosas de los panteones...


                                                             *          *          *



Desde el momento en que contempló la mano de la muerta, un deseo irrefrenable se había apoderado de él. Era inconcebible que un tesoro semejante fuera sepultado bajo tierra para toda la eternidad, perdido para siempre, mientras él y mucha gente como él, estaba sumida en la más absoluta miseria, en la más desoladora pobreza. ¿Por qué tenía que seguir pasando hambre cuando a tan sólo unos centenares de metros bajo tierra estaba su salvación? Nadie bajaba ya hasta aquel cementerio, así que nadie tenía por que enterarse. No hacía nada malo ni abominable; su dueña sin duda ya no necesitaba de aquellos anillos. Todo saldría bien. 

Sería cuidadoso, muy cuidadoso...



                                                              *          *          *



El cadáver mostraba ya los primeros signos de putrefacción; deformes hinchazones en rostro y manos hacían parecer a la muerta un monstruo vil y perverso. Tenía la cara pálida, en horrible contraste con los ojos y labios pintados. Las manos también estaban pálidas, arrugadas por la edad; las largas uñas inmaculadamente cuidadas...

¡Y allí estaban también los anillos! ¡Brillantes y resplandecientes en aquella mano izquierda, mostrándose ante él como nunca lo habían hecho ante nadie!

Cogió el dedo corazón de la condesa e intentó sacar el anillo, pero al llegar al nudillo la joya se atascaba. Forcejeó durante unos instantes, pero finalmente se dio por vencido. Había otros dos anillos más, así que repitió la operación con los dedos índice y anular, pero estos también quedaron obstruidos al llegar al hueso medio. Siguió intentándolo con firmeza y obstinación, pero las gemas oponían a su fuerza la de los colmillos de una anaconda. Sudaba, jadeaba y, desesperado estaba a punto de desistir, cuando uno de los anillos se deslizó del dedo. Su rostro cambió de expresión y exhaló un grito de júbilo. Con eso bastaría; un sólo anillo sería suficiente para solventar todos sus problemas y deudas. Se puso en pie y miró la joya; la luz de las estrellas se reflejó en los pequeños diamantes, haciéndolos brillar con un esplendor inenarrable.

Cegado por el deseo, se probó el anillo. Quedaba espléndido, como si cansado ya de los dedos de la muerta, siempre hubiera querido buscar un nuevo hogar. Cerca suyo ululó una lechuza, consiguiendo que se le encogiera el corazón del susto. Salió de su ensimismamiento y decidió que era hora de acabar con aquello y regresar cuanto antes a su casa. Pero cuando fue a sacar el anillo de su dedo, éste se atascó en el nudillo tal y como lo había hecho anteriormente con la vieja. Estiró de él sin conseguir moverlo. Luchó y forcejeó arduos minutos sin ningún resultado. El anillo parecía haber encontrado un  nuevo dedo que no parecía estar dispuesto a abandonar...



                                                                  *          *          *



Un terror húmedo comenzó a apoderarse de él. Nunca debió de jugar con los muertos, jamás rebasar el límite de lo prohibido. Escuchó susurros a su alrededor, jadeos entre la hierba...el pánico hizo presa en su interior. El anillo le oprimía el dedo, como si tratara de estrangularlo. Finalmente, acuciado por el dolor y llevado por él horror y la locura, sacó una navaja de su bolsillo y se amputó el dedo. El dolor fue agudo y terrible, tan insoportable y cruel que casi le hizo perder las riendas de la razón. El dedo cayó al suelo cuando escuchó extraños crujidos, como de pisadas sobre hojarasca, que se acercaban tras él...

Echó a correr. El cielo estaba negro, tan oscuro que las estrellas mismas parecían temblar de terror. Escuchó un sonido tembloroso y lóbrego, como si procediera de las profundidades de  la tierra. Llegó a la verja, pero la puerta estaba ahora cerrada. Intentó abrirla, pero los pesados barrotes de hierro oxidado no hicieron ningún intento de moverse. Mientras, algo se acercaba por detrás. Cerca, cada vez más cerca...

Se dio la vuelta y allí, tras él, estaba la condesa en pie. Tan cerca ya que podía contemplar su rostro hinchado y tumefacto, sus colgantes mandíbulas, las espantosas y deformes cuencas de los ojos vacías, de las que asomaban velludas patas de araña como salidas de un retablo demoníaco. Tras ella, con repugnante luminosidad, surgían extrañas figuras de cada una de las lápidas arcanas...
   
La condesa levantó la mano de la que faltaba uno de los anillos, reclamando lo que era suyo y le habían arrebatado. Las figuras se acercaron lentamente, risas relampagueantes de ira, rostros carcomidos por la podedumbre, jirones de sudario que ocultaban apenas los multiformes horrores de la corrupción. Escuchó la congregación de alaridos rabiosos, triunfantes, que surgían del ejército de bocas cadavéricas, de las llamas del Averno...
   
Se formó una danza alucinada...
Sintió sobre la cara el roce repulsivo...
Tuvo el efecto de una catarsis...intentó correr, pero las lápidas le cerraban el paso...
Sintió unas manos frías cerrarse sobre su cuello...
Regresaron entonces las sombras a sus refugios nauseabundos...
Y él se hundió con ellas...


 Juanma - 10 - Enero - 2002

   

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