domingo, 11 de agosto de 2013

EL CIERVO SABIO Y LA ESTRELLA FUGAZ

Era una tarde de primavera. Bajo el sol radiante y unas cuantas tímidas nubes bailando a su alrededor, el paisaje parecía una niña alborozada que riera; y oírla reír era como si todo el universo riera. Varios animales charlaban animadamente bajo el embrujo del ambiente en el claro de un bosque no muy lejano.
   - ¿Dónde van las estrellas durante el día –preguntaba una ardilla joven que, como consecuencia de su juventud, era aún muy inocente y veía la vida con fácil frivolidad.
   - Se van con la noche a otros lugares –contestó un castor adulto que, absorto en su dique, parecía dedicarse a la meditación.
   - ¿Hay otros lugares además de éste? –dijo sorprendida la ardilla.
   - Pues claro –replicó un viejo zorro de mirada astuta y huidiza– Hay otros muchos lugares y las estrellas han de ir a visitarlos a todos. También el sol se marcha por la noche a visitarlos. El mundo es muy grande.
   - ¿Y dónde están esos lugares? –volvió a preguntar la ardilla, ávida y sedienta de conocimientos y adolescente curiosidad.
   - Más allá de nuestro bosque –afirmó un corzo–. Yo una vez llegué casi al límite y pude contemplar montañas enormes allá a lo lejos. Eran tan altas que incluso se elevaban por encima de las nubes. Me hubiera gustado subir a ellas, pero me han dicho que están más lejos de lo que parecen y que, además, no hay demasiada comida.
   - Yo he estado en las montañas –interrumpió un halcón que pasaba por allí y, escuchando la interesante conversación, decidió unirse a la tertulia.
   - Claro, tú puedes volar –dijo el corzo mientras se sentaba bajo un árbol con gesto de aburrimiento y cansancio.
   - A veces creo que todos los animales del bosque sois demasiado tontos e ingenuos –habló el halcón desde la rama en la que se había posado con aires de solemnidad y grandeza–. No hace falta saber volar o tener alas para subir a las montañas. Sólo es necesario tener un poco de decisión, sed de aventuras y ganas de conocer el mundo.
   - Pero para ti es fácil decir eso –protestó un puercoespín uniéndose al debate–. Aunque dices que no son necesarias, tus alas te permiten realizar largos vuelos y subir muy alto. Para nosotros los peligros serían graves y numerosos.
   - ¿Qué sabrás tú de peligros? –le preguntó el halcón molesto y enfadado– Vosotros vivís bajo el cobijo, el amparo y la protección que os dispensa vuestro querido bosque. No sabéis lo que es vivir bajo una amenaza inminente y constante. He desafiado a la lluvia, al viento, a la tormenta y demás castigos del cielo; los truenos casi me ensordecen y los rayos han estado a punto de partirme por la mitad y reducirme a cenizas en más de una ocasión –hizo una pausa premeditada, orgulloso como estaba de sus proezas y del interés que había despertado en todos los demás asistentes a su improvisado discurso–. He esquivado las balas de cientos de cazadores, he peleado con mi vecina y rival el águila y me he enfrenado a serpientes. Y todo ello por mis deseos de vivir la vida y conocer mejor el mundo. Y aun así os atrevéis a decir que no he corrido peligros. Conozco el peligro mucho mejor que cualquiera de vosotros, mejor que todos vosotros juntos. Y no sólo no me asusta, sino que supone un bonito desafío que me gusta aceptar y afrontar. A veces es bonito y excitante ponerte retos y vivir bajo la amenaza. Con ello se acrecienta el valor de lo que uno hace. Vivir agazapado y escondido es sencillo, pero no os reportará ninguna satisfacción ni os proporcionará alegría alguna.
   - ¿Y qué hay allí arriba? ¿Qué se puede ver desde allá? –preguntó de nuevo la ardilla.
   - Se ven muchas cosas maravillosas; ríos y lagos, otros bosques, praderas inmensas, amplias llanuras…y más allá se alzan montañas y más montañas que parecen no tener jamás fin. Yo no he podido llegar nunca hasta el final, pero me ha dicho un gavilán, que le contó una gaviota, que más allá de todas las montañas se extiende el mar hasta el infinito.
   - ¿Qué es el mar? –preguntó un gamo.
   - Es una vasta extensión de agua que se prolonga hasta el fin del mundo. Allí viven millones de peces y extrañas criaturas que no conocemos. Y su agua no es dulce como la de nuestros ríos, sino salada.
   - Eso no es posible –replicó el castor saliendo de su profunda meditación–. No puede haber tanta agua en el mismo sitio. Sin duda debe estar separada por cualquier selva o bosque, por alguna franja de tierra. Dime, ¿qué castor podría levantar un dique allí con las enormes corrientes que debe haber en una extensión tan grande?
   - En el mar no viven castores, estúpido –le insultó el halcón–. Además, aunque vivieran, yo no creé el mundo, así que poco me importa que pudierais hacer o no allí vuestras cochambrosas casas de retales. Yo nunca he visto el mar, pero conozco a muchos que sí lo han visitado y todos aseguran no haber encontrado jamás sus límites.
   - Lo que no significa que no los tenga –volvió a la carga el ofendido castor–. Yo solamente creo en lo que veo. Tú sí que eres un verdadero ingenuo si vas creyéndote todo lo que te cuentan por ahí. Sigo sin creerme lo que dices. Eso que dices no es más que una alegoría.
   - ¿Qué es una alegoría? –preguntó un pájaro pinzón que se había incorporado a la improvisada reunión filosófica.
  
   - ¿Una especie de parábola o leyenda? –preguntó un conejo que asomaba con curiosidad la cabeza desde su madriguera.
   - No sé, algo así. Para definir el mar ha utilizado palabras como infinito y sin límites. Esas sólo sirven para describir el cielo.
   - ¿Ha dicho que el olor de las mofetas es una alegoría? –preguntó una comadreja bastante sorda que apenas se había enterado de la conversación.
   - Yo creo que lo que tú quieres decir –sugirió un erizo– es una metáfora y no una alegoría.
   - ¿No son ambas la misma cosa? –habló de nuevo el conejo asomando esta vez un poco más la cabeza.
   - Una metáfora es como una comparación –explicó un jabalí–. Y yo creo que no ha dicho ninguna alegoría ni nada por el estilo. Lo único que ha hecho ha sido exagerar un poco.
   - Pensándolo bien –dijo un ruiseñor–, ¿no será una metáfora una exageración?
   - No he exagerado nada –se defendió el halcón visiblemente consternado–. Sólo os hablo de lo que me han contado. Podéis creerme o no, pero si vosotros hubierais estado allí arriba, en las montañas, y hubieseis contemplado el ancho mundo como yo, sin duda que pensaríais de otra manera.
   - ¿Por qué no dejáis de discutir? –sugirió la inocente ardilla– Aún no habéis contestado a mi pregunta; ¿dónde van las estrellas durante el día?
   - ¿Son las estrellas una alegoría? –interrumpió la comadreja sorda.
   - ¿Por qué no te callas de una vez? –gritó un tejón muy enojado– La conversación está muy interesante y no haces más que interrumpirla.
   - Las estrellas se retiran de día a dormir –dijo de pronto un ciervo veterano, ya curtido en años y batallas, que hasta ese momento había asistido al consejo en silencio. Su presencia era imponente ante los demás contertulios menores, y tenía aspecto de ser muy sabio.
   - ¿Y tú como lo sabes? –inquirió un pájaro carpintero.
   - ¡Eso! –exclamó el halcón– Yo vuelo muy alto y las he contemplado más de cerca que tú. Las he visto desaparecer, pero no he observado que tengan cama en ningún lugar.
   - ¡Bien dicho! –replicó el castor aplaudiendo– Por fin puedo estar de acuerdo en algo contigo, amigo halcón. Yo sé que las estrellas se marchan a visitar otros lugares, no intentes confundir a nuestra joven ardilla.
   - Os contaré una vieja historia que mi abuelo me relató cuando era yo muy pequeño aún –dijo serenamente el ciervo mientras todos los animales del bosque cerraban el círculo apiñándose alrededor de él. El cérvido esperó a que todos estuvieran acomodados y comenzó su relato:
   “Hace tiempo, mucho tiempo, un antepasado mío contempló una estrella fugaz cruzar el cielo. Poco tiempo antes había escuchado comentar a un hombre, un cazador, que si se les pedía un deseo a esas luces viajeras, éste se cumpliría. Aquella noche ese antepasado, muy sabio según me han contado, pidió convertirse él mismo en estrella por una noche. Poco después se tumbó en el suelo, dispuesto a dormir, sobre un claro del bosque. A medianoche despertó y no fue capaz de contener su asombro cuando se encontró flotando como por arte de magia en el espacio y rodeado de miles de estrellas. Todo su ser emanaba una maravillosa y brillante luz celeste.
   “Me contó que permaneció allí toda la noche, pero que todo era tan hermoso y majestuoso que le parecieron apenas unos breves minutos. Con la llegada del alba, su madre luna las fue llamando de una en una y, tras darles un beso de buenas noches, las acompañó hasta una enorme cuna situada al otro extremo del universo. Allí las acostó arropándolas con un suave manto de terciopelo negro.
   “Volvió a dormirse, esta vez como estrella, y al despertar había oscurecido de nuevo y se encontraba de regreso en el claro del bosque. Miles de estrellas brillaban y titilaban en el cielo. Sus compañeros se encontraban todos a su alrededor preguntándole dónde había estado durante todo el día anterior, pues desde que cayó la última noche, hasta aquel mismo momento, nada habían sabido de él y en vano le habían buscado por todo el bosque sin encontrarle. Él simplemente se levantó y dijo:
   “He estado con mis hermanas las estrellas…
   “Y esa es la historia, amigos. Eso es lo que me contó mi abuelo.

Hubo unos momentos de pausa, tras los cuales el astuto zorro preguntó:
   - ¿Y cómo puedes asegurarnos que esa historia es cierta y no sólo un cuento?
   - ¿O una alegoría? –la comadreja seguía a lo suyo.
   - No puedo –afirmó sinceramente el ciervo–. Pero ahora os pregunto yo a vosotros, ¿quién puede asegurarme que sea falsa?
   Todos los contertulios guardaron silencio mirándose unos a otros, esperando a ver si alguno tenía respuesta a la pregunta del ciervo. Finalmente fueron dando media vuelta poco a poco tomando el camino de vuelta a sus respectivos hogares; unos con rostros de satisfacción y otros poco convencidos, pero todos pensativos. Todos menos la comadreja, que miraba hacia todos lados intentando que alguien le explicara de una vez lo de la alegoría. La ardilla, tras compartir una mirada de complicidad con el zorro, fue la última en regresar a su madriguera.
   La noche había dejado caer ya su manto de ensueño sobre el bosque y contemplaba con su mágica mirada de ave nocturna el mundo que se extendía bajo sus alas. La fisionomía del bosque había cambiado. Los grillos y las luciérnagas entonaban ahora sus coros de luces y canciones bajo la atenta mirada de búhos y lechuzas que vigilaban la representación nocturna desde su privilegiado observatorio en las elevadas ramas de sus árboles.
   El ciervo, en silencio y con pausados movimientos, se dirigía hacia su lugar de descanso en un claro del bosque. Llevaba la cabeza alta, erguida, con la mirada fija en el cielo y con el único deseo, como todas las noches, de que una estrella fugaz se cruzase en su camino y quisiera compartir con él una noche en el cielo de sus destinos.


Juanma – 19 – Marzo – 1995    

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