miércoles, 14 de enero de 2015

EL ROSTRO DEL MIEDO

Creí que, tras llevar décadas recorriendo estos interminables y sinuosos pasillos, aparte de conocerlos de memoria, sabía todo cuanto hay que conocer sobre mi oficio. Y aún más… Pero como tantas otras veces, me equivocaba. Es el mío un empleo curioso, que requiere sigilo, cuidado y muchas horas de obstinada dedicación. Pero el tiempo nunca supuso un problema… ¡Ah, el tiempo!¡Ese engañoso artificio del ser humano para intentar controlar lo incontrolable!¡Tengo tanto que nunca sé si es poco!

     Como contaba, creí que conocía de memoria las ruinosas estancias de este antiguo y laberíntico caserón, que no existía ni una sola habitación, escalera o rincón que no hubiera explorado ya una y mil veces; que no había nada que escapara a mi registro y control. Siempre había pensado que todo aquello era mío. No es así, claro está. Pero es un lugar abandonado… y yo su único habitante y guardián; así que con el paso de los años su vida se había convertido en parte de mí… del mismo modo que recíprocamente, mi alma había pasado a formar parte de la suya. Por lo tanto me sentía amo, dueño y señor de todo lo que hubiera entre aquellas paredes y lo que sus mil y un escondites y recovecos pudieran albergar.

    Para empezar, el silencio era mío; la oscuridad era mía, el perpetuo abandono, la soledad… incluso el espeso aire enrarecido y viciado y aquella insoportable humedad de catacumba que calaba hasta el tuétano de los huesos eran también míos. Mis sufridas articulaciones, la maltrecha cadera y mis cansadas y gastadas rodillas pueden dar fe de ello. También están las crueles pesadillas y el desasosiego; los monstruos y sus perversiones… Pero eso queda para otro día, para otro relato, si estos pobres dedos siguen en condiciones de sujetar una pluma.

     Malditos y escabrosos pasillos; el frío es un estilete a cada paso, y el peor frío no es el que se filtra por las grietas de los muros, sino el que queda tras la gélida estela de mis pasos. Y es que dicen que los de nuestro oficio somos de condición solitaria y carácter huraño e irascible; celosos hasta la saciedad de nuestra causa y de sus secretos y misterios. Así debe ser. Y así era hasta que sentí por vez primera… ¿miedo?

     Descansaba yo en mis aposentos, tumbado en un viejo diván. Era media mañana, pero de un día gris y lluvioso de finales de otoño, con lo que no difería en mucho de un oscuro atardecer. Además, las cortinas de terciopelo carmesí permanecían echadas sobre los amplios ventanales, con lo que en la estancia no se filtraba atisbo alguno de luz. Estaba a punto de dormirme, deambulando en ese extraño duermevela que separa la vigilia del sueño profundo. Fue entonces cuando noté un ligero movimiento, un apenas perceptible cambio en la ondulación de la corriente de aire. Entreabrí ligeramente los ojos, pero permaneciendo quieto, paralizado, inmóvil… Frente a mí comenzó a dibujarse el contorno de una silueta y dentro de ella, unos ojos, lentos e insomnes… pero manteniéndome siempre y en todo momento dentro de su ángulo visual. No era un sueño, estoy convencido de ello. Cerré los puños apretando las uñas contra las palmas de mis manos para asegurarme de que podía sentir el dolor, que estaba despierto. Recuerdo la escena como si la estuviera viviendo ahora mismo. La sombra se acerca. Sigilosa, con cautela… inclinándose sobre mi rostro. Noto el roce repulsivo y nauseabundo de su aliento como un escalofrío. Contengo el mío e intento detener las pulsaciones de mi corazón simulando estar muerto. Permanece una eternidad en aquella posición, estático, acechante. Parece no verme.
     
   Entonces y tras no poder aguantar más la respiración, exhalo una bocanada de aire. La extraña abominación se percata entonces de mi presencia, abre unos ojos enormes y se gira abriendo de forma grotesca sus fauces, olfateando con sus fosas nasales la oscuridad y mi silencio. Profiere un escalofriante y aterrador alarido. La sangre se hiela en mis venas. Mi corazón pide auxilio. Vacío mis pulmones con sigilo, exhalando el alma del interior. Noto la hiel en el estómago y su regusto amargo en la garganta. Me dejo llevar, como si un último hálito escapara de mis entrañas, buceando entre la penumbra hasta envolver con un aura olivácea el rostro de aquel engendro…

     Al fin la aparición se esfuma. Todo parece volver a la calma y cotidianidad de siempre. Pero algo ha cambiado. Noto que aquellas estancias y sótanos tan familiares ya no me pertenecen del todo. Pongo todos mis sentidos en la calma quieta de la noche, en un silencio roto solo a intervalos regulares por el sempiterno repiqueteo del agua de lluvia sobre las losas de piedra de la entrada. Con su hipnótica letanía mi oído vuelve a captar un sonido; el eco cercano de unos pasos furtivos. De quién se trata, cómo, cuándo y de dónde vino, y qué quiere aquí, es algo que no puedo saber ni entender. Algo que aún me parece inconcebible. Y aunque mi pensamiento no pueda aceptarlo como real, me hace recordar cosas que obviamente ya había olvidado hace mucho tiempo.

     ¿Miedo?

     Sí. Vuelvo a tener miedo. Pese a nuestra condición, los espíritus descarnados no estamos libres de experimentar también el miedo.


Juanma - Octubre - 2014                                                 

2 comentarios:

  1. ¡Buenísimo tu relato Juanma! Te felicito, tienes un gran talento. Es una historia escalofriante y nos mete fácilmente en la piel del protagonista
    ¡Saludos!

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  2. ¡Muchas gracias por tus comentarios! Me alegro mucho de que te haya gustado. ¡Un saludo!

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