viernes, 10 de julio de 2015

VÍA CRUCIS

Despertó sobresaltado. No sabía dónde estaba. Intentó incorporarse, pero algo se lo impedía. No podía moverse. No podía ver. No podía hablar… ¡Señor, ayúdame!, suplicó para sus adentros. Tenía los sentidos embotados y un terrible dolor de cabeza, como si hubiera bebido demasiado. Era incapaz de pensar con claridad pero, tras aquellos primeros minutos de confusión, fue haciéndose una idea más precisa de su situación. Estaba tumbado en alguna especie de camastro y atado de pies y manos. Tenía los brazos levantados y entumecidos. Tanteó con los dedos y notó el frío de unos barrotes de hierro: el cabecero de alguna cama. Le habían vendado los ojos, por eso no conseguía ver nada. Y estaba también amordazado, de ahí que no pudiera articular palabra. ¿Dónde estoy?... El trapo maloliente que tenía metido en la boca le impedía gritar, pero gruñó con todas sus fuerzas intentando que alguien le escuchara. El esfuerzo le hizo gemir, esta vez de dolor, pues la garganta le dolía como si le hubieran incrustado en ella miríadas de afilados cristales.
     —Vaya, por fin ha vuelto en sí… —Una voz surgió unos metros a su izquierda. Tras ella, unos pasos lentos que se acercaban. Unas manos tanteando en su cabeza, quitando la venda que cubría sus ojos. Pese a que en la estancia había escasa iluminación, tuvo que cerrar los ojos ante el primer fogonazo de luz. Después los fue entreabriendo con cuidado, hasta que la imagen borrosa que tenía frente a él se fue tornando nítida como una fotografía.
     —Ya estaba pensando en despertarle —continuó hablando aquella voz de hombre—. Se nos echa el Jueves Santo encima y queda mucho trabajo por hacer. Supongo que tendrá muchas preguntas rondando por su cabeza. Tranquilo, se las iré respondiendo a su debido momento. Los efectos de la droga sin duda le tendrán aún confuso y aturdido.
     Por fin pudo enfocar a la figura que se escondía detrás de aquella voz. Un hombre moreno, de ojos oscuros y barba de varios días. Le sonaba aquel rostro, conocía de algo a aquella persona… pero no lograba situarlo en su vida. Había hablado de drogas… Claro, por eso no podía pensar con claridad. No lograba recordar... Recorrió la habitación con la mirada. Paredes de piedra, una pequeña bombilla en el techo y otra luz, de alguna lámpara, en un rincón. Herramientas colgadas de las paredes y una mesa de trabajo llena de utensilios. Olía a humedad… y tabaco. Debía encontrarse en un sótano o algún otro sitio parecido. Qué hacía allí y cómo y cuándo había llegado, era algo que no conseguía recordar. Su último recuerdo estaba fragmentado como un puzle, pero las piezas le situaban en su parroquia, rezando como de costumbre. O puede que bebiendo, como últimamente.
     —Padre Paco, ¿verdad? —El hombre volvió a hablar. Sí, Francisco era su nombre. Y Padre Paco era como le llamaban todos sus feligreses. Eso sí lo recordaba. Movió la cabeza en un gesto afirmativo— Esta mañana ha despertado dos veces y, como no cesaba de gritar, me vi obligado a ponerle esa mordaza. No porque pudiera oírle nadie, estamos a más de treinta kilómetros de la población más cercana. Pero sus alaridos eran un tanto molestos, por así decirlo, y no dejaban que me concentrara en mi trabajo. Tiene la garganta hinchada… supongo que le duele a horrores. No debería preocuparse por eso. Dentro de poco ése será el menor de sus dolores…
     Se acercó hasta él. Gimió pensando que iba a hacerle daño. Pero tan sólo le desató la mordaza. Cuando se vio libre, suspiró e inhaló todo el aire que pudo con la boca, llenando sus pulmones. Aquello le laceró de nuevo la garganta, pero era una liberación.
     —¿Quién es… usted?... ¿Qué… hago aquí? —logró balbucir entre jadeos.
     —No se esfuerce en hablar. Ya se lo cuento yo todo —Cogió una silla que tenía a sus espaldas y se sentó a su lado—. No soy nadie… Nadie en particular. Quizá le suene mi cara de haberme visto últimamente en su iglesia. No soy creyente, pero hasta he tomado la comunión unas cuantas veces. Puede que me recuerde por eso. Si le digo que estoy aquí por Sergio, por Álvaro o por David… tal vez recuerde algo más. O no. Tal vez esos nombres no le digan nada y sean sólo algunos más entre tantos otros. Pero si le digo que son parte de los monaguillos que iban a su diócesis y algunos de los menores de los que usted abusó, es posible que su memoria se vuelva más nítida y cristalina…
     —¡Eso no es cierto!¡Son todo viles mentiras! —El párroco le interrumpió, protestando con una energía renovada de la que hace unos momentos adolecía. Empezó a gritar con todas sus fuerzas, ignorando la agonía que sus gritos le producía.
     —Creía que íbamos a tener una conversación civilizada, pero como veo que no va a ser posible… —Volvió a ponerle la mordaza y cesaron los improperios— Sí, Sergio, Álvaro, David… Tres de los cinco niños que reconocen haber sufrido abusos por su parte. Sin contar los que, por miedo a las consecuencias, no se atrevan a abrir la boca. Esos niños padecen un trauma desde entonces; no quieren salir, apenas hablan, han dejado de sonreír… Ha destrozado sus infancias y la existencia de sus padres; y seguro que arrastrarán esas secuelas de por vida. La Iglesia le ha cesado de sus funciones y hay un juicio pendiente contra usted. Pero ya sabemos cómo funciona la justicia, así que he decidido tomarla por mi mano. Alguien debe hacerlo.
     —Desde que salieron a la luz los hechos, he estado investigando —continuó después de hacer una pausa para aflojarle un poco las correas que le tenían atado a la cama—. Llevo semanas hablando con Pedro, uno de sus ayudantes. Le costó, pero al final me reconoció que, desde pequeño, también abusó de él y de otros chicos. Así que su degeneración viene de lejos, ¿eh? El muchacho nunca lo contó por miedo a usted, a Dios y a las sandeces sobre la culpa y el pecado que metía en su inocente cabeza. Pero aunque sigue teniendo un trauma por aquellas vejaciones, parece que se ha liberado al poder contárselo a alguien. Fue él quien me ayudó, vertiendo la droga en el vino de misa que sigue usted bebiendo a raudales. ¿Tal vez para olvidar?... Me contó que, pese a estar suspendido de sus funciones, el arzobispado le permite seguir viviendo de momento en la misma casa parroquial que hay adosada a la iglesia. Casa de la que, gracias a Dios, Pedro también tiene llave. Así que, cerca de la medianoche, comprobó que había estado bebiendo como de costumbre y que la droga había hecho su efecto dejándole fuera de combate. Me llamó y después me ayudó a meterlo en el coche y traerlo hasta aquí. Es una casita que tengo en una finca en el campo, a mucha distancia de cualquier sitio civilizado. Ideal para pasar la Semana Santa en comunión. Pedro está arriba, durmiendo. Después me tendrá que volver a ayudar. Yo he pasado toda la mañana ultimando mi trabajo. ¿Quiere ver de qué se trata? Seguro que arde en deseos de saberlo… —se encaminó hasta el fondo de la estancia, y allí se agachó para levantar un pesado objeto del suelo. Eran dos grandes tablones, uno en vertical y el otro en horizontal, unidos entre sí y formando… ¡Una cruz de madera!
     “¡Santo Cristo!”, pensó el cura. Una expresión muy apropiada, no cabía duda.
     —La he terminado esta mañana. Justo a tiempo… Se me ocurrió la semana pasada. Podría decirse que tuve una inspiración divina. ¿Usted ha tenido alguna? ¿O sólo le hablaba su Dios para decirle que violara niños? A lo que iba… tuve una inspiración. Pensé que, siendo Semana Santa, no habría fecha más idónea para llevar a cabo mi acto de fe. Aunque más bien podría decirse que es la venganza de todos esos niños y sus padres. ¡Qué fecha tan adecuada para que el siervo pecador de Dios haga penitencia y acepte el castigo divino como redención de sus pecados! Lo que tenía pensado era algo bastante más rápido y sencillo. Esto necesitaba trabajo y elaboración, era un plan más complejo. Pero cuando visualicé la imagen en mi mente, supe que debía hacerlo, que era justo el tipo de justicia que usted necesitaba. Y me puse manos a la obra. Los caminos del Señor son inescrutables…
     Apoyó la cruz en la pared para que el párroco la pudiera contemplar en toda su grandeza y esplendor. Incluso había colocado una inscripción en la parte superior del madero. Había sustituido las palabras latinas Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, el típico acrónimo cristiano INRI, por PACO. No quedaba igual de bello, pero era un detalle.
     —¿Verdad que es hermosa? Me ha costado trabajo, no crea. Y aún queda. Ahora tengo que anclarla a la pared para que no se mueva cuando lo crucifique… ¿Por qué abre tanto los ojos? ¿Acaso se extraña? —El sacerdote se había quedado lívido como una máscara de porcelana y temblaba de pies a cabeza. No podía creer lo que oía. Aquel hombre estaba loco. Debía tratarse de una broma. Tan sólo quería asustarle un poco. Y él estaba dispuesto a redimirse— Pero si está temblando… ¿Para qué creía que era la cruz? Mejor dicho, ¿para quién? Si hasta lleva inscrito su nombre… Venga, hay que apresurarse. Sólo quedan cuatro horas para el momento en que crucificaron a Jesús. Y aún tengo que flagelarle…
     El párroco se desmayó.

                                                                                   ***

Esta vez le despertaron unos golpes. Abrió los ojos con pereza, como si no estuviera seguro de querer ver lo que éstos iban a mostrarle. Pero se encontró tumbado boca abajo, con la cabeza ladeada hacia la izquierda, justo donde se encontraba su captor. Se afanaba en hundir unos enormes clavos en la madera de aquella cruz. ¡Jesucristo, entonces no lo había soñado! Allí seguía aquel tarado preparando su crucifixión. ¡No podía ser cierto!
     —¡Ya está! —Se volvió hacia él— Siento si le han despertado los golpes, pero tenía que terminar su cruz a tiempo. ¿Le gusta cómo ha quedado todo? Ya sé que no es el Gólgota, pero espero que no le disguste. Tampoco he encontrado ningún Sanedrín para que le juzgue, pero yo hago las veces de Poncio Pilato y he decidido que de esta no le salva ni Dios. Podríamos decir que su alumno Pedro representa el papel de Judas y le ha traicionado. Pero después de todo lo que le hizo en su adolescencia, convendrá usted conmigo en que está en todo su derecho de guardarle algún rencor. Y si Pedro quiere hacer su propio papel de Pedro, creo que estaría dispuesto a renegar de usted tres y las veces que hagan falta. Así que todo marcha según los Evangelios… ¿Preparado?
     El sacerdote gimió. Intentó decir algo, pero la mordaza se lo impedía. Aquel monstruo se acercaba hacia él, agitando un látigo en la mano. Se le erizó el vello de todo el cuerpo. Era un látigo como el que, según las santas escrituras, se usaba para la flagelación en las prácticas romanas. A la pieza principal había añadidas varias tiras de cuero trenzadas entre sí, de distintos grosores y longitudes, que llevaban atadas a intervalos irregulares pequeñas bolas de hierro y lo que le parecieron cristales afilados. “¡Señor, sálvame! ¡Apiádate de mí, te lo ruego!”, empezó a rezar todas las oraciones y padrenuestros que recordaba. Antes de empezar su purificación, el verdugo le quitó la mordaza al reo para que pudiera hablar.
     —¡Por favor, no lo haga! ¡Se lo suplico, por favor!...
     —No hace falta que intente redimirse ahora. En su martirio está su salvación. ¡Y no llore; Jesús no lo hizo! Me dirá que no quería hacer todo aquello, que la carne es débil… Vamos a comprobar cómo de débil es su carne —Restalló el látigo en el aire y azotó la espalda del cura con violencia. El sacerdote profirió un grito espantoso. Las tiras de cuero rajaron la piel y los tejidos subcutáneos y las bolas de hierro se hundieron en la carne. La sangre manó de las heridas. El segundo latigazo le hizo aullar. Para el octavo tan sólo gemía. Las profundas heridas llegaban ya hasta los músculos, que se iban convirtiendo en amasijos de carne desgarrada. En algunos puntos se veían algunas costillas y partes del esqueleto. Algunos cristales se habían adherido a la carne, cortándola en largas tiras temblorosas que rezumaban sangre.
     El párroco volvió a desmayarse.

                                                                                        ***

Cuando volvió en sí, ya estaba atado a la cruz. Colgado allí, pudo ver frente a él a Pedro, su antiguo monaguillo. Estaba junto a aquel sádico bastardo.
     —Pedro, de verdad que lo siento… —sollozó con un hilo de voz— Hice cosas terribles, lo sé. Pero esto que estáis haciendo no es humano… Esto es… ¡Por favor!
     Su ayudante le miró con desprecio y a continuación, tal y como hicieran los romanos con el Mesías, le escupió en el rostro. El verdugo se adelantó de nuevo y se interpuso entre maestro y alumno.
     —Dé gracias a que no haya tenido que cargar con la cruz a cuestas. Y por cierto, pesa usted como una ballena; para subirlo ahí hemos sudado lo que no está escrito en la Biblia. He jurado hasta en arameo, y eso que no conozco el idioma.
     —¡Por favor!
     —Mejor debería decir aquello de “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pero no veo por ningún lado a su Dios. Claro que tampoco estaba para defender a aquellos pobres niños. Rece lo que sepa, porque le voy a clavar uno de éstos por cada uno de ellos —Abrió la mano y le enseñó unos clavos enormes y afilados de al menos diez centímetros de longitud. El cura cerró los ojos y suspiró. Rezó.
     —Pero antes queda otra cosa. Pedro, por favor… —El chico le acerco una corona de espinas ribeteada de pequeños clavos. Se subió a una escalera y le ciñó el trofeo a la cabeza. Apretó hasta que las pequeñas puntas de hierro se hundieron en el cráneo y la sangre manó en abundancia de cada una de las pequeñas incisiones. Los gritos inhumanos reverberaron entre las paredes de piedra del sótano, pero apenas consiguieron salir al exterior. Eran las tres de la tarde del Jueves Santo. Pero hacía un día espléndido y soleado en los albores de la primavera y allí, en mitad de la nada y la naturaleza, era un día tranquilo como cualquier otro.
     —¡Ha llegado la hora!
     —¡Por favor, no sigáis con esto! —siguió suplicando el sacerdote. Miraba hacia arriba, como si el en el techo pudiera ver la imagen de Dios. Se encomendaba a él aunque sabía, no podía ser de otro modo, que si ese ser superior existía, para él no había salvación posible. Estaba condenado. Su único consuelo era pensar que si el cielo no existía, tampoco hubiera un infierno. Sabía que era su sitio y, por primera vez en toda su vida, temía la ira de lo que pudiera haber más allá. Sus esfínteres se aflojaron y se hizo las necesidades encima.
     —¡Vaya por Dios! —exclamó su torturador arrugando la nariz— Vamos a tener que aligerar esto. Dame los útiles… —cogió uno de los clavos y el enorme martillo que le ofrecía Pedro— Si quiere decir sus últimas palabras…
     El párroco negó con la cabeza. Lloraba. Pero no había salvación. Tan sólo un largo calvario hasta el final… Un golpe seco. El clavo penetró en la carne de la mano derecha, pero chocó con el hueso y se desvió, después de que algunas esquirlas de éste asomaran al exterior junto a un chorro de sangre. Los alaridos ya no eran tan terribles. Más bien eran pequeños graznidos, como de un cuervo agonizante. Fueron necesarios tres golpes más para que el clavo traspasase toda la carne de la mano y se hundiera en la madera de la cruz.
     —Always look on the bright side of life… —El implacable verdugo empezó a canturrear y silbar la canción de la película “La vida de Brian” de los Monty Phyton mientras cambiaba la escalera de posición. A continuación se acercó hasta la otra mano para continuar con el ritual. Mientras el siguiente clavo hendía la carne, hizo una pausa para dirigirse al párroco—. Y espero que no se le ocurra resucitar también al tercer día. Lo digo por su propio bien. Si lo hace, le crucifico de nuevo…


Juanma Nova García                                                                       

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