domingo, 13 de diciembre de 2015

EL OJO

"Cuando aparece una sensación fuera de lo común, la razón siempre encuentra una docena de argumentos para explicarla a posteriori."
(El Wendigo - Algernon Blackwood)


                                                                                                 I


Me desperté sobresaltado. Me había quedado dormido viendo la televisión. Miré el reloj. Pasaban unos minutos de las tres de la madrugada. Todavía podía notar el aturdimiento del sueño y no estaba seguro de no encontrarme aún bajo su hechizo. Entonces volví a escuchar el ruido que me había despertado. Agucé con más cuidado el oído intentando hallar su origen y procedencia. Parecían pasos... sigilosos pasos que se arrastraban a través del corredor de la escalera. Y, pese a lo absurdo de la idea, me resultaban familiares. Conocidos, a la vez que inquietantes. Parecían producidos por unos pies descalzos y fangosos... como si una masa viscosa se arrastrara por el suelo, como el beso largo y blando de las tripas de un sapo reventado en el asfalto bajo la rueda de un coche. No fue el oído el único sentido que me puso sobre aviso. El olfato también me revelaba un olor nauseabundo penetrando por la pequeña rendija de la puerta. Un olor a tubérculo podrido, a descomposición. Casi vomité pese a que, al igual que me ocurriera con los pasos, algo en ello me resultaba familiar.

       Los pasos se detuvieron de repente, como si por algún secreto mecanismo telepático hubieran podido captar mis pensamientos. Creo que, si algún día dejo de mentirme y decido aceptar por completo la realidad de la evidencia, podré asegurar que yo mismo era capaz también de visualizar los suyos. Aunque quizás sea mejor olvidar que así era, no me gustaría que escapasen de ese oculto y profundo pozo del subconsciente donde han debido de quedar sepultados. Hay cosas que suponen una ofensa a la razón y que es preferible que nunca salgan a la luz.

    Los pasos aguardaban. Una quietud tensa y peligrosa me envolvía. Extraños pensamientos se revolvían en mi interior; miedo y curiosidad a un mismo tiempo. La eterna espera se quebró cuando unos nudillos golpearon tres veces la puerta. Había algo irracional en aquel sonido. No parecían unos nudillos corrientes... Era como si no hubiese  hueso bajo ellos. Sólo carne... carne blanda y podrida como fruta pasada.

     No sé cómo sabía todas aquellas cosas acerca del aspecto de aquel ser, ni cómo aún las recuerdo. Sólo sé que tenía la absoluta certeza de ello, quizás debido a esa extraña comunicación telepática de la que ya os he hablado y que parecía haber surgido entre los dos.

     Me acerqué a la puerta con cautela, asustado... pero aun así sin poder dejar de avanzar hacia ella. Mis pasos eran lentos, inseguros y vacilantes. Mi mirada vagaba perdida, fija en la puerta, huyendo cansadamente de mí. Me pareció una eternidad los breves segundos que tardé en recorrer el pasillo.

     Y hoy pienso que ojalá hubiera sido una verdadera eternidad y jamás hubiese llegado a asomarme a la mirilla. Aquella espantosa  mirilla que me abrió las ventanas del mismísimo infierno y que ya nunca podré olvidar, por mucho que lo intente, en lo que me reste de triste y gris existencia.


                                                                                                 II


El ojo estaba allí, avizor, tras la mirilla. Contemplándome con deleite desde el otro lado de la puerta, esperando que la abriera para venir a mi encuentro. Era un ojo muerto, como de cuervo. Pero no negro sino aterciopelado, salpicado de gotas resecas de sangre. Más grande que cualquier ojo humano y parecía, a simple vista, no tener dueño. Como si tuviera vida propia, sostenido en el vacío por una fuerza invisible y sobrehumana.

    Allí estaba, inmóvil, sin dejar de observarme. Levitando y con una malévola expresión de burla y maldad emanando de su pupila. A punto estuve de abrir la puerta movido por una poderosa fuerza que me controlaba y no era capaz de contener. Pero logré hallar la resistencia necesaria para adueñarme del control en el último momento y detener la mano justo a tiempo. Fuera lo que fuese, aquello no era humano ni algo que la lógica o la razón pudiesen explicar. Y hacía ya demasiado tiempo que había aprendido que con las cosas que uno no puede entender es mejor no jugar, preferible ignorarlas, y necesario tener cuidado.


      Por el escaso hueco que me dejaba la mirilla no quedaba ángulo ni perspectiva para alcanzar a atisbar más allá del ojo, pero suponía que bajo él estaban las manos y pies viscosos que había escuchado. Y me alegraba de no poder contemplarlos. No creo que hubiera sido capaz de soportar también aquello sin que mi cordura se resquebrajase e hiciese añicos por completo. Ya era suficiente, de momento, la visión, el hachazo de aquella mirada sanguinolenta.

       Entonces comenzaron los arañazos. Y con ellos, la pesadilla.


                                                                                                         III


El ojo me mantenía hipnotizado, adsorbido, hechizado; no podía moverme ni apartar la vista de él. Como si la malévola mirada de la Medusa me hubiera transformado en piedra. La sensación era angustiosa, la situación desesperante, imposible de describir con palabras de este mundo. Fue entonces cuando comenzó aquel sonido rasposo, cuando aquellas uñas afiladas empezaron a rasgar la madera.

    Yo permanecía sedado, adormecido... y el ojo al acecho, controlando a su presa. Mientras, las garras haciendo su tarea, trabajando incansables, perforando surcos cada vez más profundos en la puerta, acercándose a mí desde el otro lado. Podía escuchar su jadeo informe, su ansiedad, su deleite; como una fiera que ve cercano el momento de la captura, su festín. Notaba que estaba sediento, ávido de la sangre fresca de mis entrañas... y comprendí, por sus prisas y su afán, que llevaba mucho tiempo soñando con darme caza.

     ¡Y estaba a punto de conseguirlo!

    Empezaron a asomar astillas y a caer virutas de madera a este lado de la puerta. Ya asomaba una de sus uñas, afilada como un bisturí, como una cuchilla recién forjada, brillante como un espejo ante el reflejo del sol.

    No hubo más tiempo ni en qué pensar. Era una garra inmunda, infesta, cosida a un grasiento y podrido muñón negro del que asomaban la cabeza blancuzcos y retorcidos gusanos vomitando sólo Satán sabe qué babosa y oleaginosa sustancia del Averno.

     La mano se alzó antes mis absortos y aterrorizados ojos y me desgarró la camisa...



                                                                                                       IV


... en esos momentos desperté, jadeante y sofocado. Poco a poco fui tranquilizándome al tiempo que todo parecía volver a la normalidad. Recordé a Lovecraft y sus mitos de Cthulú que había releído cientos de veces. Recordé mi desbocada imaginación. Y suspiré sonriendo.

    Pero aquello distaba mucho de ser una macabra broma del sueño, como habréis pensado. Y como yo mismo creí también en aquel primer momento de duda y confusión, de vigilia y despertar. Tras incorporarme de un salto de la cama, traté de olvidar y negar la pesadilla. Pero algo en mi interior me decía que la historia difería un abismo de ser sólo un sueño y que no había hecho nada más que comenzar.

    ¿Un sueño dentro de otro?

    No. La sensación había sido bastante vívida y demasiado real. 

    Al levantarme encontré la camisa de mi pijama desgarrada y hecha jirones... y unos apenas perceptibles, pero brillantes, hilos de sangre brotando de delgados cortes en mi pecho.

    Eso no fue lo peor; ni lo único. Me encaminé hacia el pasillo. No quería, pero sabía que tenía que mirar. No me quedaba otra opción. 

    Y miré. La puerta de entrada estaba astillada y rota y una sustancia viscosa y gelatinosa empapaba el suelo del par

                                                              
                                                                                                        V


¿No me creéis?
     Sin duda yo tampoco lo haría si alguno de vosotros me contara tal historia. Pero a mí, al menos, no me queda otro remedio que hacerlo. Los arañazos de la puerta y las heridas de mi pecho no los ha causado mi imaginación, como dicen algunos, ni la autosugestión como afirman otros.

     Llevo dos semanas visitando a un psicólogo. Y no porque crea que me estoy volviendo loco o piense que aquello fue una alucinación. Al respecto tengo las cosas bastante claras. He decidido acudir a él porque ya no soy capaz de conciliar el sueño por las noches y ni siquiera los fármacos me ayudan a conseguirlo. Cada vez que cierro los ojos, escucho esos pasos agusanados arrastrándose por el corredor de la escalera. Cada vez que me meto en la cama, recuerdo aquel ojo demoníaco observando, burlándose de mí con esa mirada de horror punzante...

     Me es imposible pensar en nada sin escuchar esos nudillos pastosos llamando a la puerta, ni mirar a cualquier sitio sin ver la garra infernal, engendro de algún monstruo espantoso surgido del vacío, de la nada más absoluta como un fantasma sediento de almas y sangre.

     Aunque lo más terrible e inquietante de la historia radica en que todo me resulta demasiado familiar, como si todo formase parte de mí y en el fondo yo supiera la verdad de todo ello.

     Pero lo cierto es que no lo sé. O no quiero saberlo.

    A veces esa pupila y su olor me hacen pensar en mi padre, sin saber muy bien el porqué. Pero no me refiero al padre que conozco desde niño, ese que me ha criado, alimentado y amado, ese que siempre di por sentado que era el verdadero. Me refiero a otro más antiguo y primitivo, una fuerza primordial y primigenia, formidable y salvaje, que acecha desde todos los ángulos, esquinas y dimensiones del universo. Una potencia perversa y hostil a la humanidad de la que mi subconsciente guarda aún algún ignoto recuerdo.

     Un padre que, quizás, volvía en busca de su hijo.

     Sé que todo esto os parecerá una aberración. Pero es todo cuanto puedo contaros y lo único que sé de cierto.

     Por lo demás, las heridas de mi pecho empiezan a cicatrizar y he puesto una nueva puerta en la entrada. Pero esta vez he sido más previsor y precavido. Sí, esta vez no tiene mirilla.

     Dudo mucho de poder librarme de nuevo de la garra si mi padre decide volver a buscarme cualquier otra noche. Pero al menos no tendré que contemplar su espantosa y enfermiza pupila mientras sus amorosas uñas desgarran mi pecho en busca del corazón...

 
Juanma Nova García                                                               


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