domingo, 13 de diciembre de 2015

LA NOVIA NEGRA

Avanzaba por un pasillo húmedo y estrecho. Tan oscuro como aquella larga noche de los tiempos que nunca comenzó… y que jamás verá el fin. El aire olía a rancio y descomposición. A muerte. Al fondo se vislumbraba una pequeña ventana, con vidrios de colores como los de las antiguas iglesias góticas. Se escuchaban susurros y voces sibilantes surgiendo del silencio. Sonaban como ponzoñosas serpientes gimiendo bajo mis pies descalzos. La madera carcomida por la humedad y los siglos, crujía bajo ellos. En esos momentos escuché un nauseabundo gorgoteo alrededor y, pese a la escasa luminosidad, pude contemplar con cristalina nitidez un nido de arañas que invadía gran parte del techo y las paredes. Cientos, miles de arañas arremolinadas unas encima de otras en una pestilente y grasienta bola de maldad apelmazada. Sus cuerpos eran grandes como cucarachas, velludos, sin forma definida. De ellos surgían largas patas dentadas como aguijones de escorpión. Un estremecimiento frío recorrió mi espina dorsal erizándome el vello de todo el cuerpo, como el lomo arqueado de un gato. Entonces escuché de nuevo aquella voz, la misma triste letanía que me había guiado hacia las profundidades de aquel pasillo sin principio ni final.
     —Sigo muerta... tú me has matado... me has matado muchas veces...
     Era la voz de una niña pequeña, de pocos años de edad. Pero su tono sonaba extraño, como sepultado por varias edades de tiempo y distancia. Errante, como si llegara a mí a través del enorme vacío de un espacio agonizante. No conocía aquella voz y, sin embargo, me estaba guiando, me llamaba…
     Y daba miedo.
     Seguí avanzando por el pasillo. Un pozo sin fondo que parecía no tener salida. La ventana era cada vez más pequeña, lejana, irreal...
     Al momento, apareció una escalera a mi izquierda. Telarañas inmemoriales cubrían su entrada bloqueando el acceso. Con un gesto de asco y repugnancia las aparté con una mano. Los dedos se me quedaron helados al contacto. Comencé a subir las viejas y desvencijadas escaleras de madera que chirriaban y gemían bajo el peso de mi cuerpo, como un coro de miles de almas condenadas, ardiendo y gritando entre las llamas del Averno. Consumiéndose a fuego lento en sus calderas.
     Las paredes agrietadas, que otrora debieron ser blancas, estaban manchadas de pinturas siniestras y… sangre. Mi corazón aleteaba de miedo contra los muros de mi pecho, como un murciélago clavado en un árbol intentando escapar de su prisión. Dirigí la mirada arriba, hacia el final de la escalera. Una pequeña puerta, ligeramente entreabierta, emblema de todos los terrores infantiles, daba suaves bandazos, gimiendo al compás de una gélida corriente de aire mientras sus goznes trataban de devolverla a su sitio. Subí hacia ella.
     Estaba en el umbral de la puerta, en la cima de mi pesadilla. Mis dedos cortaron el aire helado asiéndose al pomo que sobresalía de la madera muerta. Cuando iba a abrirla surgió de nuevo la voz, hablándome entre sollozos.
     —Siempre que sueñas me matas... muero cada noche... en  todos y cada uno de tus sueños...
     La habitación era amplia, espaciosa y estaba envuelta en una sofocante penumbra. Viejos muebles cubiertos de polvo y telarañas adornaban la estancia. Al fondo, una alta cama con sábanas negras completaba el angustioso decorado. Algunos cirios y velas menores sobre los muebles y alrededor de extrañas cábalas pintadas en el suelo daban un aspecto aún más demoníaco y sobrecogedor al lugar. Su luz no significaba consuelo alguno. Más bien inquietaba aún en mayor grado mi desasosegado espíritu. Un pequeño espejo redondo colgaba de una de las paredes laterales de la habitación. Sin quererlo, guiado por una insondable fuerza sobrenatural, me dirigí hacia él. Estaba sucio y polvoriento, pero se podía ver a través del lúgubre cristal. La visión de lo que allí vi reflejado hizo que me encogiera como un animalillo asustado. Tras mi imagen allí reflejada y bajo el resplandor de las velas, la luz vacilante de la estancia me mostró a una vieja y sucia muñeca arrebujada en un oscuro rincón. Llevaba vestido y zapatos negros. Su larga melena también era negra; lacia y espesa.
     —¿Por qué te empeñas en matarme?... No quiero morir otra noche más...
     Su boca se movía, articulada como la del muñeco de un ventrílocuo. El tono compungido de su voz me sobrecogió. Pero era aún peor la expresión de su rostro, consumida por el espanto y el horror. Su cara era fría; agrietada, pálida y marchita como una máscara de terror. Las cuencas de sus ojos estaban vacías. De uno de los agujeros huecos asomaba la pata velluda de una enorme tarántula.
     —No me mates otra vez... las arañas quieren beberse mi sangre... —volvió a susurrar con aquella voz áspera y desencajada. Lejana, pese a estar tan sólo unos metros detrás de mí, flotando en el ambiente como una antigua guadaña afilada.
     Quise escapar de allí, pero el terror tenía paralizados todos mis músculos. Tan sólo mis ojos, atormentados por las lágrimas que nacían y vivían del miedo, podían moverse de un lado a otro de la funesta sala, contemplando aquel siniestro y lúgubre espectáculo. Probé a cerrarlos, pero no obedecían orden alguna. En un rincón, una horrible y enorme mosca cayó presa en las redes de una pegajosa telaraña. Al instante, una procesión de enloquecidas y hambrientas arañas se abalanzó con avidez hacia ella, rápida como la venganza de un rayo, deleitándose con la substancia de su enorme vientre verde-amarillo.
     Presa del pánico y haciendo un último y descomunal esfuerzo, volví a poner los miembros del cuerpo bajo mis órdenes. Mientras corría hacia la puerta, atisbé por un breve y fugaz instante a la muñeca por el rabillo del ojo. Fue sólo un relámpago, pero la imagen ha quedado grabada en mi memoria, vívida y sobrecogedora como un cruel recuerdo de la infancia que jamás conseguimos desterrar del palacio de la culpa de nuestra conciencia. Un hilillo rojo oscuro asomaba por las negras cuencas de sus ojos sin vida. Lloraba lágrimas de sangre turbia y espesa. Su boca volvió a abrirse para hablarme:
     —No te vayas... muere esta noche conmigo... la casa de la muerte es muy grande... aquí cabemos los dos... aquí cabemos todos... ella también quiere que te quedes... te ha preparado la habitación de los invitados... al lado de la mía...
     Cuando abrió la boca, observé como se retorcían en su interior ovillos de cientos de asquerosos y repugnantes gusanos, reptando unos sobre otros como diabólicas criaturas bailando tras las escabrosas puertas del castillo del mal. Una carcajada gutural y metálica recorrió los huecos de mi alma cuando cerré la puerta a mi espalda. Tras la risa, un trueno demoníaco retumbó, seco como el golpe de un martillo en el cráneo de un niño recién nacido. Un vendaval huracanado se abrió paso desde las entrañas de la casa, aullando y filtrándose por sus grietas y recovecos, invadiendo todos los rincones a través de las ventanas rotas. De no haber mirado hacia el suelo, habría caído al abismo del pozo negro que se abría ante mí. De abajo surgían extrañas voces guturales, risas y llantos obscenos, olores sin nombre de carne y vísceras quemadas, llamas ardientes rugiendo y lacerando el aire desde el fondo a la superficie, desde su génesis en lo más profundo de los oscuros y secretos pensamientos de Aquél que no se debe nombrar.
     Rodeé como pude la insondable grieta que sólo podía ser una cosa: el umbral de la impresentable puerta del infierno. Llegué a las escaleras y bajé a toda prisa por ellas. Justo cuando alcanzaba el piso de abajo, un cegador relámpago iluminó el pasillo liberándome por un instante de las perversas sombras y oscuras tinieblas. En aquel instante, que hubiera debido ser de luz y esperanza, regresé de nuevo al reino lóbrego de las pesadillas. La luz me reveló una visión estremecedora. En el techo, colgando de las vigas podridas y destrozadas, había docenas de muñecas con un lazo negro apretando su cuello descoyunto, atadas a viejos clavos oxidados que supuraban herrumbre, ahorcadas a un destino de dolor y pesadumbre.
     Todas eran iguales. Calzaban zapatitos blancos y su vestido era rojo y blanco. Eran rubias, de gélidos ojos azules, y esbozaban en su semblante una perdida y olvidada sonrisa macabra. Todas menos una que parecía abrumada, triste y desconsolada. Su vestido y zapatos eran del todo negros. De su pelo, oscuro como el odio, colgaban largos gusanos enmohecidos y cubiertos de barro fresco. Sus cuencas vacías eran sueños desvanecidos desde la larga noche de los tiempos. Abrió los labios en una mueca burlona y la voz resonó de nuevo ensordecedora, retumbando desde todos los ángulos y penetrando en mi mente como un dardo afilado y agudo, envenenado como la picadura de un escorpión.
     —No me dejes sola... vuelve aquí, conmigo... soy tu novia... la novia negra... ven con la muerte...
     Cerré los ojos y me tapé los oídos con las manos intentando escapar de aquella atroz pesadilla. Tenebrosas imágenes se sucedieron cual golpes sordos de mi cerebro. Contemplé ríos de sangre y torrentes de cadáveres; ciudades de tumbas, las confortables casas de los muertos; armarios repletos de perchas de las que colgaban esqueletos marchitos; y sacerdotes del mundo subterráneo, ángeles negros pregonando nuevas de los oscuros tiempos por venir desde el interior de siniestras iglesias coronadas por cruces invertidas... y cosas aún más atroces y espeluznantes para las que el lenguaje de los vivos carece de nombre.
     Traté de gritar intentando sacudirme y alejar a la horda de fantasmas y demonios de Satán que se aferraba a morar en los recovecos de mi conciencia. Un grito seco y ronco, pero cortante como el filo de una guadaña, la hoz de muerte, brotó de algún sitio del interior de mi garganta... y de mi alma. Yo mismo me asusté de aquel alarido informe. Jadeante y sofocado, con la respiración entrecortada, logré abrir los ojos.
     Ya no estaba en el pasillo. Ahora recorría un inmenso salón cuyo único adorno eran las antiguas pinturas de sus paredes: oscuros demonios, formas grotescas, seres deformes, gárgolas siniestras, príncipes del mal, gentes arrebatadas de voluntad, criaturas aún a medio formar... Una mesa alta, más oscura que el ébano, coronaba como un trono el fondo de la estancia. Sobre ella había un único candelabro de siete brazos, pero del que sólo ardían tres velas. La atmósfera estaba impregnada de un embriagador olor a incienso. Pero también a algo más...
     Recorrí la docena de pasos que me separaban del aterrador altar. Junto al candelabro brillaba un libro de tapas negras y letras rojas.  Lo cogí con sumo cuidado entre mis manos y examiné el título:

"CANTOS A LA MUERTE"

     El corazón volvió a darme un vuelco. Mi frente y manos sudaban, pero sentía un frío antinatural, rígido, polar... un frío de muerte. 
     Pese a que el pánico dominaba todas mis acciones, hice acopio de toda la valentía suficiente para abrir el libro. Algunas páginas milenarias, sin duda corroídas por el paso del tiempo, cayeron casi deshechas al suelo, desvaneciéndose en pequeñas volutas de humo y ceniza. En la primera página que quedó descubierta ante mis ojos, rezaba un pequeño poema escrito con sospechosa tinta roja que, pese a lo que mi razón sospechaba, quise pensar que no era sangre. Con algo de esfuerzo, pues la tímida luz de la velas era escasa, logré leerlo. Decía así:

"¡Que llamen a nuestra puerta
los huesos de la muerte                                                                                                                    
que entre, que entre...
primero el cuervo negro, 
después la agusanada serpiente,
y por último ella...
la más hermosa, la más sensata...
la Muerte... la Muerte!"

     Poseído por una fuerza acerva, primigenia y maligna, que sin duda había hecho presa en mí y que no era capaz de dominar, seguí ojeando, devorando páginas y pasajes de aquel macabro y maldito libro.

"La sonrisa lúgubre,
la mirada funesta; 
la vida pendiendo de un hilo,
inerte, siempre inerte...

El hogar de las pesadillas,
la voz del infierno;
la mirada de las tinieblas,
no has de atreverte a moverte...

El canto fúnebre,
el baile maligno;
la fiesta del pecado acechando,
tras ella la Muerte, la Muerte...”

     Absorto, leí con avidez todo el libro hasta legar a la última página. Tras leer el canto que allí se entonaba, quedé pálido y sin aliento, desposeído de mi cordura por un halo demoníaco. El libro cayó de mis manos y golpeó el suelo como un martillo que hubiera estado esperando un millón de eternidades su maldito yunque. Las últimas palabras, apenas legibles en el papel, se grabaron a fuego y látigo en mi alma ya perdida y condenada:

"Ya no puedes vivir más, 
has visto a la Novia Negra,
has contemplado a la Muerte;
estás en la casa del silencio,
en el terrible umbral oscuro
de las sangrientas cuentas pendientes;
las dulces criaturas dementes
vestidas de tristeza,
sorberán tu amargura
y harán de tus huesos sus huestes;
cuando termines de leer iré a verte,
no leas más... ¡soy la Muerte!"

     Mi piel se reblandeció y comenzó a deshacerse en jirones, en mil pedazos de lepra y peste malolientes. Miré hacia atrás y allí, erguida como una niña y sonriente frente a mí, se hallaba la muñeca vestida de negro.
La Novia Negra. La Muerte.

Juanma Nova García                                                                                       


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