jueves, 9 de junio de 2016

AMANECER

En aquellas cálidas y postreras noches de verano, tenía por costumbre salir de la casa a fumar una pipa de tabaco antes de irme a la cama. Esto era del todo imposible en los gélidos y quejumbrosos crepúsculos de invierno. Me sentaba en la puerta, o apoyado en el tronco de algún árbol, y allí fumaba mientras contemplaba las estrellas y los difusos contornos de las lápidas y mausoleos del cementerio. La mansión estaba construida sobre una pequeña colina. En el lado norte, y a los pies de esta, se hallaba el antiguo camposanto. Y unos centenares de metros más allá, el pueblo de mis ancestros ya deshabitado. Nuestra mansión era el último vestigio de vida en aquellas tierras. Unas tierras yermas, desoladas y baldías.
     Tras terminar mi pipa volvía a la casa y me sentaba un rato a leer en la biblioteca hasta que Sophie me llamaba para irnos a la cama. Uno se acostumbra con el tiempo a realizar los mismos rituales en su vida. Como si cada movimiento fuese una oración, y cada gesto un ungimiento. Inventamos ceremonias y les insuflamos vida. Tal es la rutina de la vida. Así que allí me tomaba una copa de brandy o whisky mientras leía y rememoraba algún pasaje de mis libros preferidos: “Moby Dick” de Herman Melville, “Madame Bovary” de Gustave Flaubert o “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde. Me sumergía en aquellas páginas mientras escuchaba los mil y un sonidos de la melodía de la noche a través de los ventanales abiertos del salón. O bien me quedaba absorto contemplando los retratos de William y Gloria, mis padres, que adornaban la pared principal de la estancia. Allí estaba el recuerdo de mi padre aún vivo en aquellas pinceladas congeladas para la eternidad: su expresión fría y severa, su aire de autoritaria distinción, sus facciones aguileñas y nerviosas, a las que ciertamente el pintor había hecho justicia. Y las de mi madre: su porte elegante y gentil, su mirada translúcida y serena, su belleza sin par vigilando, más allá de la muerte, todo cuanto sucedía en nuestra casa.
     Cada noche escuchaba a Sophie terminar sus tareas. Cerraba el libro que tenía sobre mi regazo y me levantaba, sin prisa, a cerrar las vidrieras del salón, cuyos dibujos de colores representaban escenas de una batalla, y correr las suaves cortinas de terciopelo.
     —James… —Aquella noche la melodiosa voz de Sophie susurró, como siempre, mi nombre a mis espaldas. Me volví para encontrarla recortada contra el umbral de la puerta: esbelta y hermosa como una antigua estatua griega. Apagué de un soplo la vela de la lámpara.
     —Ya voy, mi amor —Y la seguí escaleras arriba hasta nuestro dormitorio. Allí la contemplé desvestirse, dejar sobre la cama su vestido negro, sonreírme con dulzura y meterse con elegancia bajo las sábanas. Hice lo propio y me deslicé a su lado, abrazando su cintura y besando sus hombros níveos y desnudos, acariciando aquella piel de seda y porcelana, aquel maravilloso cuerpo que era la razón de mi existencia y mis desvelos.
     —Tengo frío —susurró.
  —Hace una noche espléndida, mi amor —le contesté apartando los rizos negros de su rostro y besándola en la curva de cisne de su cuello.
     —Abrázame más fuerte —me pidió. La acuné entre mis brazos. Y, en algún momento de la madrugada, nos quedamos dormidos. Abrazados y felices.

Los primeros rayos del alba expulsaron a las sombras de la habitación tras una silenciosa noche sin sueños, luna ni estrellas. Desperté aterido de frío y, como cada mañana durante los últimos tres meses, abrazado al vestido negro con el que Sophie fue sepultada. 


Juanma - Abril - 2016                                                                 

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