jueves, 2 de junio de 2016

CRUCE DE CAMINOS

Mi nombre es Hans Bauman Kleiber. Quiero relatar, en el escaso margen de tiempo del que aún dispongo, los extraños y misteriosos acontecimientos que me han sucedido en los tres últimos días. He de escribir con premura, pues debo salir de este tenebroso lugar antes de que se ponga el sol. Otra noche más aquí, y quizá no vuelva a contemplar un nuevo amanecer.

     Comencé mi viaje desde Hannover, mi ciudad natal, con destino a Hamburgo el día 6 de noviembre del año de Nuestro Señor 1835, hace ya cinco días. Voy a visitar a Annika, mi prometida, con la que, si el Altísimo me ayuda, tengo previsto contraer matrimonio la próxima primavera. Al segundo día de viaje mi caballo sufrió un percance y perdió la herradura de una de sus patas traseras. Por suerte, a solo media hora de trayecto, encontré una pequeña aldea con una herrería. Cambié la pieza a mi montura y, como ya caía la noche, el amable herrero me recomendó una pequeña posada que había en un cruce de caminos cercano y donde podría conseguir cama y comida. El único inconveniente es que tendría que desviarme de mi ruta un par de millas hacia el oeste; pero tal contrariedad quedaba compensada de sobra con la apetitosa recompensa de una cena caliente y un cómodo lecho donde descansar.

     Llegué al albergue poco antes de la puesta de sol. Dejé al caballo bebiendo en el abrevadero, al cuidado de un mozo de cuadras, y entré en la posada. Era un lugar sucio y maloliente. Invadido por un extraño y desconcertante aroma que me era del todo desconocido. Las paredes eran de piedra y supuraban grasa y suciedad. Y el suelo estaba lleno de barro y húmedas pisadas. Las cuatro personas, incluido el posadero, que había en el interior, me lanzaron miradas hostiles y recelosas cuando crucé el umbral. Pero, de entre todas ellas, me causó especial molestia e inquietud la de un joven que había sentado al fondo de la estancia, en una larga mesa que solo ocupaba él. Rondaría mi edad, unos veinticinco años, aunque era bastante más alto y corpulento. Iba embutido hasta el cuello en una larga y exquisita capa roja con exóticos adornos en el cuello y las mangas. Su larga melena rubia estaba pulcra y concienzudamente peinada hacia atrás. Y su mirada… Su mirada fue la que heló mis huesos hasta el tuétano: fría, hostil, despiadada. Me siguió con ella desde la entrada hasta que llegué a la barra de la taberna. Podría decirse que aquella mirada rezumaba deleite y locura.

    Intenté ignorarla pese a que sentía aquellos ojos helados clavados en mí, desgarrando mi espalda. Pedí una jarra de cerveza, pan, queso y un plato de estofado caliente. Después de la cena, solicité una habitación y pagué la comida y el alojamiento. Antes de ir a dormir, me volví a mirar hacia el rincón, pero estaba vacío. El misterioso huésped había desaparecido, aunque no vi a nadie moverse ni escuché la puerta abrirse o cerrarse tras de mí.

     El dormitorio estaba en la misma planta baja, al fondo de un largo pasillo. Y fue allí donde sucedió el primero de los extraños acontecimientos. Estaba cansado y el sueño me vencía, así que no me fijé demasiado en el mobiliario, ni en la disposición de este, al entrar en mi alcoba. La escasa luz de la vela que me prestó el posadero tampoco ayudaba demasiado. Pero creo recordar que había una ventana a la derecha de la cama, y que por ella se colaba algo de luz. La suficiente para iluminar débilmente un cuadro que había en el lado opuesto. Era el retrato de un hombre joven, de fríos ojos azules como el hielo y melena rubia. El mismo rostro del misterioso hombre que me había escudriñado al entrar al local. Era una mirada perversa y enloquecida, ciega de ira, odio y maldad. Me costó una eternidad lograr conciliar el sueño pese al cansancio que acumulaba. Aunque, cuando lo conseguí, dormí de un tirón y no recuerdo ningún sueño de aquella noche. Lo realmente inverosímil sucedió al despertar, cuando me percaté de que no había ninguna ventana a la derecha ni retrato alguno a mi siniestra. Donde yo había ubicado el cuadro la noche anterior, era donde ahora estaba la ventana. Entonces, si en la pared no había retrato, ¿qué era el rostro que yo había estado contemplado hasta dormirme? ¿Alguien asomado a la ventana? ¿Aquel joven me había estado observando desde fuera mientras yo dormitaba?

     Cuando pregunté sobre el tema al dueño de la posada, evitó mirarme a los ojos y respondió con evasivas. Me contó que no conocía mucho a aquel joven; pasaba por allí de vez en cuando, como cualquier otro viajero. Y no existía ningún retrato, tan solo la ventana que daba al bosque. Así que continué con mis dudas: ignoraba si hubo alguien espiándome desde fuera o fueron imaginaciones mías. Decidí olvidarme del tema. Almorzaría y continuaría mi viaje. Pero he aquí que, después de tomar un cuenco de gachas de avena y una cerveza, me noté sin fuerzas y adormecido. Ya me sentí cansado desde que llegué al comedor como si, pese a haber dormido, mi cuerpo y mente no hubieran descansado.Me encontraba somnoliento y, al ir a levantarme del asiento, me tambaleé como un borracho y casi caigo al suelo. Era incapaz de dar dos pasos seguidos, y así no podía montar tampoco a caballo. La cabeza me daba vueltas y sentí vértigo, náuseas y mareo. Así que pagué al posadero un día más de alojamiento y regresé a mi cuarto.

     Pasé todo el día y la noche en un extraño duermevela, sin saber con certeza cuándo estaba despierto y cuándo dormía. Debido a la fiebre, o algo más, no podía pensar con claridad. Soñé con Annika, con la que debía reunirme al día siguiente; soñé con una extraña ciudad donde siempre era de noche y sus casas parecían enormes mausoleos; y soñé con extrañas criaturas que se alimentaban de sangre humana. Una de las veces que desperté, o creí hacerlo, encontré al posadero intentando hacerme beber de un gran cuenco lo que parecía sopa caliente. En otra ocasión, vi dos figuras en mi habitación, hablando entre ellas y mirando en mi dirección. Y entre las tinieblas de la madrugada, creí ver también al hombre rubio de gélidos ojos. Me sonrió y pude ver cómo asomaban de su boca dos colmillos afilados y prominentes mientras volvía a perderme entre sudores, imágenes inconexas y pesadillas.

     Desperté al día siguiente con la mente más despejada y mi cuerpo casi recuperado por completo. Pero había algo que no encajaba. Mis sentidos estaban mucho más despiertos: notaba mil olores distintos de manera vívida e intensa, y podía escuchar el zumbido de una mosca que aleteaba en el exterior de la ventana como si la tuviera dentro del oído. Un picor recorría también el lado izquierdo de mi cuello. Me levanté y saqué de mi maleta un pequeño espejo de bolsillo. Tenía aquella zona enrojecida y dos pequeñas incisiones encima de la yugular. Al mismo tiempo, mi rostro se encontraba pálido y demacrado como si, de golpe, hubiese envejecido quince años.

     Había oído los rumores de extrañas razas de la noche que habitaban por aquella zona y que se alimentaban de sangre humana, pero jamás les otorgué el menor crédito. Sin embargo, los acontecimientos de los dos últimos días… Me levanté dispuesto a marcharme enseguida de allí. Pero en cuanto recorrí el pasillo y estaba llegando al comedor de la posada, me volvieron los mareos y aquella extraña sensación de falta de fuerzas. Fui incapaz de llegar hasta la puerta y tuve que sentarme en un banco de madera que había adosado a la pared. Era como si una fuerza invisible me retuviera e impidiera avanzar. Me desvanecí y lo siguiente que recuerdo es estar de nuevo tumbado en aquel camastro, envuelto en brumas y pesadillas. En una de ellas, aquel joven extraño de mirada fantasmal estaba sentado a horcajadas sobre mí: sonreía mientras se acercaba a mi cuello para clavarme aquellos afilados colmillos y arrebatarme parte de mi sangre y existencia.

     He vuelto a despertar fresco como una rosa, con mis sentidos aún más agudizados que ayer. Sé que, con artes demoníacos, esa criatura me está robando la vida y el alma cada noche. Sé también que hay una fuerza poderosa e invisible que protege la salida, algún tipo de extraño conjuro o magia negra que me impide huir. Así que no volveré a acercarme a la taberna de la posada. He decidido escapar por la ventana, coger mi caballo y dejar atrás este sitio maldito. Espero conseguirlo con la ayuda de Dios, pero si no es así en estas páginas dejo escrito mi desdichado testimonio por si alguien lo encontrara. Si es así, que busque a Annika, mi prometida, y le haga llegar estas últimas palabras. Que sepa que la amo con todo mi corazón y que la esperaré, si no es en esta vida, en cualquier otra.
                                                                                
H.B.K.


Un par de semanas después, el cuerpo de Hans fue encontrado por un cazador en un claro del bosque. Tenía varias incisiones en el cuello y le habían extraído toda la sangre del cuerpo. Sus facciones estaban desencajadas en una grotesca mueca de horror. En el interior de uno de los bolsillos de su chaqueta se encontró esta misiva. La extraña aldea con la herrería y la posada del cruce de caminos no se hallaron jamás.  


Juanma - Abril - 2016                                             

No hay comentarios:

Publicar un comentario