jueves, 27 de octubre de 2016

EL DIFUNTO

Robert había muerto.
     
Su vida había sido plena, feliz y maravillosa. Supo sacar provecho a sus años, pese a que no fueron demasiados. Resumiendo, podría decirse que había vivido. Pero su llama se había apagado de repente. Es curioso cómo algunas almas se marchitan o desvanecen de forma tan sutil, poco a poco, mientras que otras brillan y se apagan furiosas como un relámpago.

     Su otrora esbelto cuerpo lleno de vida, descansaba ahora inerme en un opulento ataúd de ébano como si fuera una espléndida estatua griega. Había sido hermoso. A uno al verlo siempre le venía a la cabeza la sugerente definición de hermoso. Su expresión irradiaba algo formidable que siempre inspiró confianza en todos aquellos que se acercaban a él. Sus ojos verdes, grandes y alegres, enamoraron a muchas damas de la sociedad de la época; su sonrisa, afable y embriagadora, se encargó de conquistar los corazones de otras tantas. Pero en el suyo solo hubo amor para una mujer. Ellen.

     Los concienzudos y meticulosos preparativos del funeral habían sido tan pulcra y correctamente ejecutados que ni el propio difunto los hubiera dispuesto mejor de haber podido imaginar su funeral. Las exquisitas facciones de su rostro, tal y como podía mostrarse tras el reluciente cristal, seguían ejerciendo una irresistible atracción ante todo aquel que se acercaba a mirar: mostraba una cándida y tierna sonrisa y, aunque la muerte tampoco había sido dolorosa, no parecía apenas desfigurado después del excelente trabajo realizado por los empleados, y a la vez propietarios, de la funeraria.

     A las tres en punto de la tarde, sus allegados y amigos iban a reunirse en la catedral de San Patricio para ofrecer un último adiós a un hombre que ya no necesitaba de adioses, allegados ni amigos. Los numerosos presentes se fueron acercando al féretro uno tras otro, en silencio, con aspecto serio y abatido, a derramar sus dolorosas lágrimas sobre el pulido cristal.

     Todo había sido demasiado rápido, tan fugaz como un suspiro arrancado a destiempo de unos labios sellados. El ataque al corazón resultó fulminante. Parecía extraño en alguien de aspecto tan saludable, de vida lujosa e intensa, pero al mismo tiempo sana, sin vicios conocidos salvo alguna copa de brandy o vino en la soledad y quietud nocturnas de su biblioteca. Pero cuando La Parca viene a buscar a alguien no da explicaciones de sus motivos. Se lleva su alma y adiós.

     La inmensa fortuna de Robert quedaba ahora en su totalidad en manos de su esposa. No habían logrado concebir hijos. Se rumoreaba que ella era estéril y no pudo darle ningún heredero. Pero la verdad en lo referente a este asunto se desconoce. Y lo que se cuenta no son más que las típicas habladurías con que tanto gusta de entretenerse la gente. Tampoco el fallecido contaba con más parientes vivos. Así que Ellen era su única beneficiaria a todos los efectos.

     Pasados unos minutos de las tres de la tarde, los asistentes comenzaron a acercarse a la primera fila y, después de ofrecer el ceremonial pésame y consuelo a la afligida viuda, imponente toda vestida de negro y con una palidez de ultratumba que destacaba sobremanera entre aquellos ropajes oscuros que enmarcaban su rostro como un cuadro gótico. Tal y como mandan los cánones, fueron tomando asiento de forma solemne en los inmaculados bancos de madera pulida de la catedral. Entonces llegó el sacerdote y, ante su imponente presencia, el resto de luces y las numerosas velas y cirios parecieron apagarse y dejar de brillar.

     Con tono ceremonioso, el ministro de la iglesia comenzó el rutinario elogio de los muertos y su semblante lúgubre, acompañado de aquella letanía pesarosa, parecía ascender y descender, subir y bajar, acercarse y retroceder, como el murmullo de las olas meciendo un mar compungido. El fúnebre día parecía oscurecerse más y más a medida que hablaba; una pesada cortina de oscuras nubes ensombreció el cielo y las frías y tristes gotas de lluvia no tardaron en hacer también acto de presencia en el funeral. Era como si el cielo también quisiera llorar la muerte de Robert.

     Tras un discurso casi interminable, el reverendo concluyó la eucaristía con una oración por el alma de los difuntos; se cantó un himno solemne, y los que iban a ocuparse de llevar el féretro a hombros ocuparon sus respectivos lugares junto al mismo. Entonces los apagados sollozos de la viuda se transformaron en compungidos lamentos que inundaron todos los huecos, recorriendo los laterales y arcos de la nave y subiendo hasta la bóveda donde reverberaron de forma lastimera.

     Al tiempo que las últimas notas y compases del himno se extinguían con un eco apagado, Ellen corrió hacia el ataúd, se arrojó sobre el cristal y comenzó a llorar de un modo histérico que heló el corazón a todos los presentes. Un par de monaguillos y varias conocidas suyas intentaron ofrecerle consuelo y darle ánimos, con lo que poco a poco se fue calmando y recobrando la compostura. Mientras el sacerdote la instaba a acompañarla de vuelta a su asiento, los ojos de Ellen buscaron de nuevo el rostro de Robert bajo el cristal. Entonces se llevó las manos a la cara y, dando un alarido de pánico y horror, cayó al suelo perdiendo el conocimiento.

     Como un resorte, los dolientes corrieron hacia el púlpito, precipitándose sobre el féretro. Un trueno retumbó en el exterior, haciendo estremecerse todas las hermosas vidrieras de colores, al mismo tiempo que del órgano de la catedral se escapaban unas lúgubres y desacompasadas notas que ninguna mano visible producía. Todos se quedaron observando el rostro de Robert al tiempo que las campanas del reloj de la torre volvían a tañer en honor de las tres de la tarde, cuando hacía ya casi media hora que habían sonado dando con puntualidad por primera vez dicha hora. Un cuervo negro surgió de entre las sombras y fue a posarse con majestuosidad sobre el altar. Graznó una, dos, tres veces. Seguidamente calló.

     La catedral quedó en silencio. Cuando todos los presentes se volvieron dando la espalda al ataúd, parecían envejecidos, pálidos y moribundos. Un monaguillo, intentando huir horrorizado de aquella visión escalofriante, tropezó con el féretro cayendo al suelo con torpeza. Cuando el sacerdote se acercó a mirar por el cristal, casi se desmaya ante la imagen que allí encontró. El difunto tenía los ojos abiertos, pero su otrora mirada dulce ahora rezumaba ira. Su tibia sonrisa se había evaporado dando paso a un rictus mezcla de odio, rabia y tristeza. Como si hubiera vuelto a respirar, el interior del cristal se había empañado. En la fina capa de vaho que había aparecido, se habían formado tres palabras perfectamente legibles:

   “Ellen me envenenó”.


Juanma - 27 - Octubre - 2016                                                           

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