lunes, 23 de enero de 2017

DESPERTAR

Despertó con terribles dolores en todo el cuerpo. Apenas podía abrir los ojos. La luz de los fluorescentes del techo le cegaba y no podía pensar con claridad. Intentó situar la habitación donde se encontraba. Miró alrededor. Varias máquinas controlaban su respiración, ritmo cardíaco y demás constantes vitales. De su brazo izquierdo salía una vía que le suministraba medicamentos. También se encontraba intubada para permitir la entrada de aire a sus pulmones. No hacía falta pensar demasiado. Estaba en un hospital y, a juzgar por toda aquella parafernalia, su estado no era bueno. Una enfermera cruzó el pasillo a toda prisa. Quiso llamarla, pero no pudo.
     No recordaba nada de lo sucedido. Los dolores eran insoportables pese a los calmantes que le debían de estar suministrando. Cuando observó con más detalle sus brazos, comprobó que sufrían horribles quemaduras. ¡Claro! Empezó a recordar… ¡El incendio! ¡Las llamas! ¡Su vestido ardiendo! Y después… oscuridad. Los recuerdos le hicieron sentir pinchazos de dolor en las sienes. Una nube gris oscuro le nubló la vista. Comenzó a caer en un pozo oscuro de sopor y volvió a dormirse.
     Volvió en sí de nuevo tras lo que le pareció una eternidad. Seguía intubada y conectada a todos aquellos malditos aparatos. A su derecha había unas hermosas flores metidas en un jarrón sobre una mesita. No recordaba si estaban ahí la vez anterior o las habían dejado mientras dormía. Podía olerlas desde la cama. Su perfume le hizo relajarse. Parecía que ya no le dolía tanto. Pero tenía la cabeza embotada y le costaba hilvanar las ideas. Sin duda, estaba sedada hasta los huesos y eso debía mitigar en gran parte el dolor. Levantó un poco la sábana y se subió el camisón. La rozadura de la tela con la piel le hizo ver las estrellas. También tenía quemaduras en las piernas. Dio por sentado que las tendría por todo el cuerpo.
     A su derecha había un timbre. Pulsó el interruptor. En breve aparecería una enfermera. Tenía la boca seca y quería un poco de agua. Y necesitaba que alguien le explicara la gravedad de su estado. Sin tapujos ni mentiras. Esperó más de un minuto sin que apareciese alguien. Volvió a llamar. Un par de minutos más con el mismo resultado. Nadie acudía a su llamada. Pensó que, tal vez, el timbre estuviera estropeado. Sí, esa sería una posibilidad. O que su enfermera estuviera ocupada. Pero si así era, lo normal es que hubiera acudido otra a ver qué sucedía. Volvió a llamar tres veces más hasta que se dio por vencida.
     Permaneció alerta y esperando por si veía algún doctor o enfermera pasar por delante de la puerta. Pero, tras varios minutos, tampoco vio señal alguna de nadie. Aquello sí que era extraño. Por regla general, los pasillos de los hospitales son un hervidero de médicos, celadores, personal de servicio y limpieza o visitas. A no ser que fuera de madrugada y casi todo el mundo estuviese durmiendo. Se encontraba completamente desorientada en cuanto a la hora. No llevaba puesto su reloj. Y tampoco había ninguno de pared en la habitación. Aun así, algún personal de guardia tenía que haber. Y si era de noche, ¿qué hacían las luces encendidas? Otro pensamiento cruzó por su mente. Tal vez no estuviera en ninguna de las plantas generales del hospital, sino en la unidad de cuidados intensivos. Eso explicaría la soledad del lugar, aunque tampoco aclaraba otras cosas. Sin darse apenas cuenta, se fue adormilando de nuevo.
     Soñó, o creyó soñar, que una voz la llamaba por su nombre. Una voz desconocida que susurraba. Pero todo estaba envuelto en una espesa niebla. No veía ni un solo palmo más allá de sus narices. Tampoco se atrevía a caminar pues temía tropezarse o caer. La visibilidad era nula. Y aquella bruma era gélida. Se le habían helado las manos y los pies. La voz la seguía llamando. Pero en medio de la densa niebla, no era capaz de situarla. Parecía provenir de todas partes. Tan pronto la escuchaba detrás como delante, a su izquierda o su derecha, arriba y abajo al mismo tiempo. Y el eco que reverberaba y se perdía en todas direcciones lo complicaba aún más. Dio unos pasos hacia delante y perdió pie. Un abismo se abrió ante ella. Dio un grito y cayó. Cayo, cayó, cayó…
     Se incorporó en la cama entre jadeos. Había sufrido una pesadilla. Aún podía sentir el vértigo de la caída en su estómago. Respiró hondo varias veces hasta que consiguió serenarse. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. Las flores en el jarrón, la puerta abierta, las maquinas… ¡Un momento! Las máquinas estaban paradas y en silencio. No monitorizaban sus constantes vitales. ¿Cuándo habían dejado de funcionar? ¿La última vez antes de dormirse ya estaban así? No podía recordarlo. Todo estaba confuso. Envuelto en una niebla tan espesa y desconcertante como la de su sueño.
     Como las máquinas no la estaban ayudando, decidió que no tenía sentido seguir conectada a ellas. Así que, uno a uno, fue quitándose todos los cables y vías que la tenían enchufada a aquellos mil artilugios. Si nadie venía a verla, saldría ella misma a buscar explicaciones. Al ponerse en pie, notó un ligero mareo y le costó mantener el equilibrio. Sintió unas ligeras vibraciones en el aire. Le seguía doliendo todo el cuerpo, pero era un sufrimiento más llevadero. Un dolor en estado latente, incómodo, aunque no insufrible.     
     Salió al pasillo. Desierto. Decidió caminar hacia su derecha. En algunas habitaciones había gente durmiendo y otras estaban vacías. También había algunas cerradas. Llegó hasta el final del pasillo que ahora giraba a su izquierda. Al fondo vio a una enfermera. Caminó hacia ella. La auxiliar dobló, a su vez, hacia otro pasillo a la derecha. Aligeró el paso para alcanzarla. Intentó llamarla en vano. No salía ningún sonido de su garganta. Quizá el fuego le había destrozado las cuerdas vocales. La enfermera abrió una puerta en mitad de aquel nuevo pasillo. Por lo demás, el lugar estaba tan solitario como unas tierras baldías. Y envuelto en una sofocante penumbra, por lo que resultaba claustrofóbico y siniestro. Llegó hasta la puerta por la que se había perdido la mujer. La abrió. Unas escaleras que bajaban hacia alguna especie de sótano o almacén. Bajó con cautela, pues le costaba flexionar las rodillas. Oía el eco de los pasos de la sanitaria perdiéndose en la distancia. Intentó bajar más deprisa. Al fondo de las escaleras había un pequeño pasillo que terminaba en una puerta de metal. No había más salidas o pasillos a izquierda o derecha. Así que la enfermera debía de haber entrado en aquella estancia. Se encaminó hacia la puerta. Tenía un letrero a la altura de sus ojos:
     “DEPÓSITO DE CADÁVERES”.
     ¡Dios mío! La enfermera le había conducido hasta la misma Morgue. Sintió un súbito escalofrío recorriendo toda su espalda hasta la nuca. El vello se le erizó. No le gustaban los cementerios, tanatorios ni nada que tuviera que ver con los muertos. Pero debía de hablar con aquella mujer. Alguien tenía que explicarle su estado y ponerle en contacto con su doctor. Así que, armándose de valor, abrió la puerta y entró en la sala. Dentro no había rastro alguno de la enfermera, pero había puertas que conducían a otras habitaciones, así que podía haberse metido en cualquiera de ellas. La sala era inmensa y en las paredes había compartimentos frigoríficos donde, sin duda, descansaban los cadáveres de las personas fallecidas recientemente en el hospital a la espera de ser recogidos y trasladados. Había una hilera de mesas metálicas dispuestas a intervalos regulares por toda la sala. Las mesas donde se realizaban las autopsias. Una gran cantidad de herramientas de trabajo, cuchillos, bisturís, sierras, pinzas, tijeras y objetos cortantes de todo tipo, estaban relucientes y preparadas para su función en unos bancos de trabajo contiguos pegados a las paredes. Todas las camillas estaban vacías excepto una. En ella se encontraba dispuesto boca arriba un cuerpo esperando a su disección. O tal vez ya descansando tras la misma. Pero no lo creía, pues todo estaba limpio y reluciente. Sentía aversión a los muertos, pero le pudo más la curiosidad. Se acercó a la mesa.
     Conforme se iba aproximando, el estómago se le fue encogiendo. Era el cuerpo de una mujer. Y le era extrañamente familiar. Cuando llegó a su altura se tuvo que contener para no vomitar. El cuerpo estaba completamente quemado de arriba abajo. Todo menos el rostro. Reconoció aquellas facciones. ¡Eran las suyas!
     Escuchó una risita a su espalda. Se volvió a mirar. Había una niña de pelo lacio y negro y apenas seis o siete años de edad sentada en el suelo contra la pared. Estaba pálida y demacrada, aunque sonreía.
     —Al principio cuesta hacerse a la idea, pero con el tiempo te acostumbras  —le susurró y volvió a reír entre dientes mientras le guiñaba un ojo. 

Juanma Nova García                                         

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