viernes, 13 de enero de 2017

EL PROFANADOR

Su nombre de pila era Sándor, pero todos lo conocían como “El profanador”. Originario de Békéscsaba, desde que se casó con Erika vivía junto a ella en Gyula, una pequeña ciudad del sudeste de Hungría, cerca del río Fehér-Körös y la frontera con Rumanía. Si algún forastero llegaba por allí, no necesitaba indagar demasiado para conocer la naturaleza de su trabajo. Pero nadie le temía, culpaba o reprochaba aquello. Más bien, eran muchos los que solicitaban sus servicios
     Desde muy joven, había seguido los pasos de su padre László. En aquella época, la creencia en bestias y criaturas nocturnas deambulando entre los vivos iba más allá de la mera superstición. Todo el mundo estaba convencido de su existencia y era difícil encontrar a alguien que no jurara haberse topado con alguna. Se pensaba que aquellas razas de la noche eran inmortales y tenían el poder de volver de sus tumbas una vez muertas. Así que la única manera conocida de acabar con ellas definitivamente era descuartizarlas en vida, o abrir sus tumbas una vez muertas y proceder de la misma manera. Su padre había luchado y exterminado a decenas de aquellas bestias. Ahora Sándor, con la ayuda de Dios, seguía librando la eterna batalla contra los demonios del mal.
     El trabajo de aquella noche sería uno más. Una familia pobre de una aldea cercana le había llamado. Su hijo había fallecido por la mañana, víctima de unas repentinas fiebres, y le habían dado sepultura aquella misma tarde. Sus padres siempre sospecharon que, de alguna manera, pertenecía a aquella estirpe maldita. Desde pequeño disfrutaba torturando y matando animales para después beberse su sangre. Ya de adulto le habían pillado haciendo lo mismo… con su propia hermana. La chica despertó y gritó, y ellos llegaron a tiempo. El joven argumentó en su defensa que era sonámbulo, estaba dormido y no sabía lo que había hecho. Pero aun así lo echaron de casa. En los meses siguientes, dos jóvenes muchachas murieron desangradas y torturadas de forma atroz. El resto del pueblo sospechaba del chico. Ellos sabían con absoluta certeza que era él. Ya estaban pensando en hablar con los vecinos, contarles la verdad y acabar con su vida cuando aquellas benditas fiebres les habían ahorrado el trabajo. Pero ahora temían que volviera de su tumba con sed de venganza y apetitos aún más depravados. No se atrevieron a descuartizar el cuerpo ellos mismos. Pese a todo, había sido su hijo. Llamarían a “El profanador”.
     Estaba acostumbrado a aquel ritual, lo había realizado hasta la saciedad desde su juventud. Sin embargo, aquella noche sintió un súbito escalofrío cuando pisó por primera vez aquel cementerio. El invierno acababa de asentarse y sus primeros alientos gélidos, tétricos como lamentos, sisearon oscuros murmullos entre las lápidas agrietadas y mohosas. Varios cipreses ya muertos levantaban su leprosa y desnuda osamenta hacia la eternidad del cielo, evidenciando su pesada y lúgubre antigüedad. Mientras, la mano helada del viento arrancaba de sus ramas notas y vibraciones insufribles, componiendo una melodía de macabra y aterradora desolación. Pero no se dejó intimidar. Había venido a realizar un trabajo… y lo haría. No se trataba solo de dinero; él era un ángel enviado por Dios para librar su divina batalla en la tierra contra las alimañas de las tinieblas. Así que levantó la pesada losa de mármol negro y retiró la primera paletada de gusanos y tierra.
     Mientras realizaba su trabajo, tuvo la impresión de que una miríada de seres invisibles y llenos de ira le acechaba en la oscuridad. El viento gélido arreciaba y parecía arrastrar consigo inconfesables letanías de pesadumbre. Fue entonces cuando le pareció escuchar el susurro de unas pisadas sobre la hierba. Se volvió asustado, escudriñando las sombras en todas direcciones. Pero la lámpara de aceite que había llevado consigo apenas alumbraba un par de metros alrededor. En el círculo de luz que la llama había iluminado, nada se movía. Contuvo la respiración. Aguzó el oído… Nada. Ningún sonido salvo el ulular del viento y los latidos dentro de su pecho. Pero le había parecido oír unos pasos acercándose por detrás. No… no podía ser. Allí no había nadie. Sin duda, se había sugestionado demasiado. Dejó que su respiración se acompasara, que el corazón volviera a latir a su ritmo…
     Una vez hubo desenterrado el cadáver, la tarea no le llevó demasiado tiempo. El cuerpo ya estaba frío, pero aún no había empezado a descomponerse. Si era un hijo de la noche, nunca lo haría. A no ser que se le pusiera verdadero fin a su existencia. Para eso estaba allí. En primer lugar, atravesó su corazón con una daga afilada. Mientras lo hacía, le pareció ver por el rabillo de su ojo izquierdo como el difunto abría los suyos. Cuando se giró para mirar, estaban cerrados. ¿Habría sido su imaginación? Sin duda. Aunque si aquel ser aún no estaba muerto del todo… Desterró aquella idea. Debía acabar su trabajo con premura antes de que el pánico se apoderase de él. Con un hacha afilada cercenó la cabeza de sus hombros. A continuación, desmembró las extremidades del resto del cuerpo. Ya no habría manera de que aquel engendro escapara de su tumba para seguir dando rienda suelta a su sed de sangre. Volvió a cerrar el ataúd, lo cubrió con tierra y selló la losa de mármol de su lápida.
     Caminaba ya hacia la salida cuando, esta vez sí con total nitidez, escuchó extraños crujidos, como de pisadas sobre hojarasca, que se acercaban tras él. Miró en derredor, pero no consiguió ver nada... ¿De dónde había salido de repente aquella niebla? No era raro que muchas noches de invierno se posara sobre el valle y las riberas del río. Pero siempre lo hacía de manera paulatina, nunca de golpe. Además, aquel pesado manto parecía insano, maligno; como si escondiera seres perversos y hostiles en su interior. Escuchó un sonido tembloroso y lóbrego, como si procediera de las profundidades de la tierra. Tenía que llegar a la verja de salida, pero con la niebla se había desorientado y no sabía en qué dirección caminaba. Por si fuera poco, había olvidado la lámpara de aceite al lado de la tumba, perdiendo con ella su única fuente de luz. La niebla hacía que la noche fuese menos oscura, pero no sabía si prefería aquellas oscuras tinieblas insondables de antes o aquel nuevo halo fantasmagórico de agobiante invisibilidad.
    Llegó a una pared de piedra. Al menos ya no se encontraba en las entrañas del camposanto, pero tampoco sabía en qué punto cardinal se hallaba. Así que empezó a dudar hacía dónde dirigirse. Escalar el muro tampoco era algo factible. Las paredes eran demasiado altas y las piedras lisas estaban resbaladizas por la humedad con que la niebla las había lamido. Y no había nada que le sirviera de asidero. Si al menos encontrara algo a lo que poder subirse. ¿Pero qué? No tenía tiempo. Y mientras, algo se acercaba por detrás. Cerca, cada vez más cerca... reptando por el suelo… Debía ponerse en movimiento ya. ¿Izquierda o derecha? ¡Qué más daba! Se dio la vuelta…
     …Y allí estaba el joven demonio al que acababa de descuartizar, de pie frente a él. Volvía a tener la cabeza sobre los hombros y los miembros en su sitio, aunque se contemplaban con nitidez los espantosos tajos que su hacha le había producido. De ellos surgían jirones de carne muerta y resbalaban surcos de sangre. Quiso gritar, pero no lo consiguió. Intento correr, pero no supo. La criatura se acercaba a él. Sonreía. Tras ella, con repugnante sigilo, surgían extrañas figuras de cada una de las lápidas arcanas.
     El espectro sacó una larga y monstruosa lengua por entre dos largos y afilados colmillos y se lamió los labios resecos con deleite. Tras sus ojos negros y profundos acechaba un abismo. Las figuras siniestras se acercaron reptando lentamente; rictus relampagueantes de ira, rostros carcomidos por la descomposición, desgarrones de sudario que apenas ocultaban los multiformes horrores de la descomposición. Escuchó la congregación de siseos ansiosos, de alaridos triunfantes y espantosos que surgían del coro de bocas cadavéricas, de las repulsivas llamas del mismísimo Averno.
     Se formó una danza alucinada. Sintió sobre su rostro el roce nauseabundo de unos dedos rugosos. Tuvo el efecto de una sacudida. Intentó huir, pero aquellos engendros demoníacos le cerraban el paso. Sintió unas manos frías acariciando sus mejillas, una lengua helada lamiendo sus labios, unos afilados colmillos hundiéndose en su cuello. Regresaron entonces las bestias a sus refugios infectos y hediondos…
     …Y él se hundió con ellas.   

Juanma Nova García                                                    

2 comentarios:

  1. Muy intenso tu relato... ideal para leer de noche en el edificio siniestro jajaja

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  2. Muy intenso tu relato... ideal para leer de noche en el edificio siniestro jajaja

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