lunes, 20 de noviembre de 2017

ROSTROS EN LA LLUVIA

                                                                                             I


—Todo empezó el 1 de Octubre. Lo recuerdo bien porque era mi primer día de trabajo tras las vacaciones de verano —le comentaba Elías a su psicólogo. Había acudido a él tras semanas de fenómenos inexplicables en los que había empezado a creer que había perdido la cordura. No le había quedado más remedio. No sabía a quién recurrir. Y no había querido asustar a su esposa en su estado, embarazada de seis meses.
     —Empecemos pues por ahí. Cuéntemelo todo. Y no le importe detenerse en cualquier pequeño detalle, por insignificante que le parezca —le contestó el doctor. El paciente suspiró, se reclinó en el diván y cerró los ojos, intentando relajarse, buscando algo de concentración. Se demoró unos instantes, ordenando sus recuerdos. Finalmente, comenzó su relato:
     —Como le decía, era mi primer día de trabajo después de las vacaciones. El día en la oficina fue como de costumbre. Siempre el primer día hay un poco más de ajetreo para ponerse al día con todo, pero nada distinto ni  fuera de lo normal. A mediodía comí con los compañeros y nos contamos todo lo acontecido durante el verano. Lo de todos los años, vamos. Y por la tarde, más de lo mismo. Mi trabajo, en esencia, es rutina y más rutina. Pocas veces surge algo imprevisto o inusual.
     »Salí con un poco de demora sobre mi horario habitual por aquello de ponerme al día. Serían cerca de las ocho de la tarde. Había comenzado el otoño y, a aquella hora, ya era noche cerrada. Y más con el mal tiempo que teníamos aquella semana. Llevaba todo el día lloviendo sin parar y los oscuros nubarrones habían dejado en penumbra la ciudad poco después del mediodía. Saqué mi paraguas y me encaminé hacia mi casa. Siempre voy y vuelvo del trabajo a pie. Apenas hay poco más de un kilómetro de trayecto. Me gusta caminar. Y al mismo tiempo hago algo de ejercicio. Tardo unos diez minutos. Así que no tengo que andar sacando y metiendo el coche del garaje, gastar gasolina y pagar luego por una plaza de parking. Soy afortunado de tener el trabajo tan cerca de casa.
     »Llovía bastante, como le decía. Estaba a mitad del trayecto, más o menos. Fue en ese momento cuando escuché las risas de unos niños. Me giré, pero no había nadie alrededor. Ni siquiera en las inmediaciones. Ya le digo que hacía un día desapacible de viento y lluvia. Ni un alma fuera de sus hogares. Pero aparte de eso, en aquella zona por la que transitaba no había casas ni edificios construidos. Por lo tanto, la zona estaba desierta. Y las risas habían sonado allí mismo. Empecé a pensar que lo había imaginado cuando las escuché de nuevo. Risas de niño: inocentes, tiernas… pero a la vez siniestras. Esta vez las ubiqué mejor. Sonaban como en el suelo. Miré hacia abajo y, en el charco que había a mis pies, pude ver reflejadas las caras de dos niños de corta edad, desfiguradas por las ondulaciones que las continuas y persistentes gotas de lluvia dejaban en el charco.
     »No podía ser cierto, por supuesto. Es lo primero que pensé. Y en un pestañeo, desaparecieron. Las ondulaciones seguían dando movimiento y vida al charco. Y la luz de una farola cercana se reflejaba en su superficie. Pero no había rostros de niños. Sin duda debía de haberlo imaginado. Todo había sido el efecto del movimiento del agua a consecuencia del viento y la lluvia y del reflejo de las luces. No podía ser otra cosa. Había creído ver unos rostros donde sólo había sombras y luces. Una alucinación, un juego de la mente… Sí, pero ¿y las risas? ¿También habían sido una alucinación? Las había escuchado con claridad no una, sino dos veces. Nítidas y musicales. ¿Era probable que también hubiera sido el efecto del aullido del viento y el repiqueteo de la lluvia chocando incansable con mil objetos diferentes y produciendo otros tantos sonidos distintos? Estaba dispuesto a asegurar que no y, sin embargo, cuanto más lo pensaba, tanto más lo dudaba. Allí no había niños, por supuesto. Ni risas o rostros espectrales surgiendo de la nada. Ni alrededor ni dentro del charco. Y tampoco creía en los fantasmas. Así que empecé a asegurarme a mí mismo que todo había sido una alucinación. Imaginaciones mías. Decidí seguir mi camino de vuelta a casa. No sin antes echar un último vistazo atrás. Lluvia y viento. Y una calle desierta.
     —¿Puedo beber un poco de agua? —preguntó haciendo una pausa e incorporándose a medias.
     —Por supuesto —afirmó el doctor. Llenó dos vasos de una jarra de agua fría y le tendió uno a Elías. Bebió tan solo un par de sorbos y volvió a dejar el vaso sobre la mesa. Se tumbó cerrando los ojos de nuevo. Y continuó con la narración de su historia:
     »Pasaron un par de semanas sin que sucediera nada nuevo. Mi vida siguió con normalidad. Mi trabajo rutinario y feliz en la oficina. Mi vida tan distinta y también feliz fuera de ella. Y mi esposa y yo deseando que llegara ya el niño para terminar de colmar aquella dicha que nos embriagaba. Una pareja de recién casados a punto de ser padres. Una pareja como tantas otras. Y puedo asegurar que, en medio de todo aquello, había olvidado por completo el anterior incidente. Incidente… o como quiera llamarlo.
    »Hasta que otra lluviosa noche, nuevamente de regreso a casa, aunque en esta ocasión a tan solo un centenar de metros de ella, volvió a suceder de nuevo. Caminaba absorto mirando mi teléfono móvil y no me di cuenta de que metía el pie en un charco. Entonces escuché un grito bajo mis pies, procedente del agua. Tan claro y audible como le estoy hablando ahora mismo. Un “ayyyyyy” de dolor como cuando nos damos un martillazo en un dedo. No fue un quejido sordo. Fue casi un alarido. Salté del charco como si me hubiera mordido un perro. Y al mirar hacia él, de nuevo el rostro de dos niños ondulando en la superficie del agua. Uno pertenecía a un niño rubio de pelo rizado y el otro al de una chiquilla de pelo liso y moreno. Sonreían. Y su imagen se iba difuminando al mismo tiempo que me acercaba más a mirar. Pero justo antes de desvanecerse del todo, escuché la voz de uno de ellos. Era el niño. Y me dijo con voz lastimera: “Ten cuidado, me has hecho daño”. El corazón me dio un vuelco y creo que casi me da un infarto. Tragué saliva, di media vuelta y salí corriendo hacia mi casa como alma que lleva el diablo.
     »En esta ocasión, no pude ocultar a mi mujer mi estado de ánimo y nerviosismo. Soy capaz de contener mis emociones, pero solo hasta cierto punto. Y como no quería inquietarla, lo achaqué todo al exceso de trabajo y a algunos cambios que se avecinaban en la empresa. Las mujeres tienen un sexto sentido para estas cosas, así que no se lo creyó del todo. Sabía que algo más me sucedía. Pero decidió no ahondar en el tema. De momento. Yo me conformaba con no tener que contarle la verdad. La verdad de la realidad o ficción que yo vivía o creía estar viviendo. De nuevo, las cosas volvieron a tranquilizarse después de aquel día. Los sucesos se espaciaban bastante en el tiempo. Lo cual no sé si era bueno o malo. Conseguir olvidar los hechos para, de repente, volver a toparme de bruces con ellos no era mejor que vivirlos de manera continuada.
     —¿Cuánto tiempo transcurrió en esta ocasión? —le interrumpió el doctor.
     —¿En esta ocasión…? —repitió Elías intentando hacer memoria— Tal vez algo menos que en la anterior... Quizá unos ocho o diez días.
     —¿Y volvió a suceder en el mismo sitio? ¿De camino a su casa al volver del trabajo?
     —No, esta vez fue diferente… —continuó.
     »Esta vez fue diferente. Me impresionaron tanto los dos anteriores sucesos, que decidí dejar de ir andando y volver a ir al trabajo en coche. Al trabajo y a cualquier otro sitio. Especialmente los días de lluvia. Evitaba los charcos como un vampiro las estacas. Si los fines de semana llovía me inventaba cualquier excusa para no salir de casa. Pero a diario tenía que ir a trabajar…
    »Una mañana lluviosa acababa de detenerme ante un semáforo en rojo. Llevaba el limpiaparabrisas en funcionamiento, apartando el agua que caía sobre el cristal. Estaba ajustándome el nudo de la corbata cuando escuché unos golpes en mi ventanilla. Giré la cabeza para mirar, esperando encontrarme algún vendedor de pañuelos o a alguien pidiendo información sobre alguna calle, aunque era bastante extraño bajo aquel aguacero, y no pude evitar proferir un grito de terror… En la superficie de agua que se había formado en el cristal, estaba de nuevo el rostro de aquel niño de pelo rubio y rizado. Me sonreía. Tenía los ojos azules y una mirada inquietante… No sé cómo definirla, la verdad. Era fría, pero había algo más. De sus pupilas emanaba una especie de brillo… maligno. La imagen se desfiguraba y volvía a formar a medida que el agua resbalaba sobre el cristal, adquiriendo diferentes tonos y matices. Pero la imagen en todo momento era la misma: un niño pequeño de cabello rubio y mirada celeste.
     »Por el rabillo del ojo noté como el disco del semáforo cambiaba del color rojo al verde, pero estaba paralizado. No podía apartar la mirada de aquel rostro hecho de lluvia, de aquellas facciones imposibles formadas tan solo por miles de minúsculas gotas de agua que resbalaban las unas sobre las otras. Entonces escuché un ruido en la otra ventanilla, en la del lado del copiloto. Me volví hacia aquel lado y ahí, en el otro cristal, estaba el rostro de la otra niña de pelo moreno, liso y largo. Sus pupilas eran negras y su mirada oscura e insondable. También sonreía. Pero aquella sonrisa era aún más desangelada que la del chico. Era siniestra. Siniestra y burlona. Y esta vez había algo más aparte del rostro. Debajo de él se perfilaban los dedos de una mano. Sus largas uñas arañaban la superficie del cristal. El sonido de aquellas uñas afiladas me produjo dentera y sufrí un escalofrío. En esos momentos, los bocinazos del automóvil que se encontraba detrás de mí me devolvieron al mundo real. El semáforo seguía en verde. Así que aceleré y conduje unos metros hasta que encontré un sitio donde apartarme y aparcar. Mire las dos ventanillas. Los rostros habían desaparecido. Tan sólo una pantalla de agua que iba cambiando según la intensidad y dirección de la lluvia. Me costó varios minutos conseguir que el corazón me volviera a latir con cierta normalidad. No podía quitarme de la mente la sonrisa malévola de aquellos dos niños. Ni sus miradas frías y siniestras. Y mucho menos el espantoso ruido de aquellas uñas arañando la ventana. Ni aun hoy he dejado de escucharlo una sola noche…
     —¿Tiene pesadillas con ello? —preguntó el doctor dejando la libreta y el bolígrafo con los que tomaba notas encima de la mesa para quitarse las gafas y frotarse los ojos.
     —¿Pesadillas? —inquirió Elías— Alguna he tenido. Pero tampoco se puede decir que no duerma por las noches. Más bien son flashes y recuerdos que me vienen despierto. Su sonrisa, su mirada, el sonido de aquellas uñas… Y sobre todo, el miedo a la lluvia. Ya no la soporto.
     —Volveremos más tarde a su miedo a la lluvia. Pero aún queda algún suceso más según me comentaba, ¿no?
     —Sí, uno más. El último. Y el más estremecedor.
     —Cuéntemelo, por favor.
     —Fue la semana pasada. El sábado, el único día que llovió. Los fines de semana suelo levantarme temprano para salir a correr y hacer un poco de ejercicio. En las últimas semanas había dejado de hacerlo por lo que le he comentado antes; buscaba cualquier excusa con tal de quedarme en casa. Pero aquel día decidí que no iba a dejarme vencer por aquellos miedos, con toda seguridad, infundados. Cuando transcurrían unos días desde el último suceso, la razón y la lógica me convencían de que habían sido tan solo imaginaciones. Cuántos más días pasaban, más irreal lo veía todo y más convencido estaba de mi confusión y de que todo era algo pasajero en mi mente.
     »Así que me armé de valor, mucho más teniendo en cuenta que esa mañana llovía a cántaros, y salí a hacer deporte. Siempre me acercaba a correr a un parque que hay cerca de mi casa. Además, el río pasa justo al lado, con lo que puedo sentir la naturaleza respirando, girando en torno a mí, entrando por todos los poros de mi cuerpo y alejándome por un tiempo de la civilización y la gran ciudad. Llevaba más o menos un cuarto de hora de ejercicio. Llovía sin parar y el camino de tierra estaba  lleno de barro y charcos que tenía que ir sorteando. Había decidido dejar mi mente en blanco. No pensar nada más que en mi respiración y el movimiento de mis brazos y piernas. No quería dejarme arrastrar por el pánico recordando los sucesos acontecidos semanas atrás. Y conforme pasaban los minutos me fui serenando. Conseguí centrarme tan solo en mí y en el sendero que tenía por delante. Intenté ver la lluvia como una bendición, no como una amenaza. Y lo estaba consiguiendo…
   »En esos momentos se cruzó en mi camino un charco enorme, bastante más grande que los anteriores. Podía saltarlo, así que no valía la pena perder el tiempo rodeándolo. Cogí impulso al llegar a su altura y salté. Y cuando estaba en el aire, a punto de poner un pie en el otro lado, una mano me agarró el otro tobillo, tiró hacia atrás y me hizo caer de bruces contra el charco y contra el suelo. Pude estirar los brazos por delante y cubrirme, con lo que evité darme un golpe en la cara o la cabeza. Me raspé las manos y los codos. Aquí puede ver los arañazos que aún conservo. No lo imaginé. No tropecé. Estaba completamente en el aire cuando sucedió. Era inverosímil haber chocado contra algo. Noté con total claridad cómo una mano se aferraba a mi pie y tiraba de él.
    »Pero eso no fue lo peor. Justo tras impactar contra la tierra, me giré para ver qué me había hecho caer. Una mano pequeña se escondía en esos momentos dentro del agua. Despacio, casi a cámara lenta. Como si quisiera que la viera, que la grabase en mi mente, que supiera que había sido ella. Cuando se sumergió por completo, las ondulaciones que dejó fueron engullidas por el resto de vaivenes que dejaba la lluvia al caer. Pero pude escuchar de nuevo las risas. Taimadas y burlonas. Siniestras. Enloquecedoras. Saliendo de dentro del charco. De las gotas de agua que caían alrededor. De todo el maldito líquido elemento que había por doquier. Repiqueteando en mi cerebro como campanas demenciales.
     »¿Quiénes sois?, les grité.
     »¿Qué queréis de mí, malditos niños?
     »Pero no hubo respuesta. Solo risas. Y lluvia. Más y más lluvia.
                                                              

                                                                                              II


Varias sesiones con el psicólogo no le aclararon ni sirvieron de mucho. Por no decir de nada. Hablaron largo y tendido sobre su infancia, sus terrores y traumas infantiles, la relación afectiva con sus padres y hermanos, posibles abusos o malos tratos, complejos de inferioridad en el colegio… Repasaron una y mil veces sus fobias y manías, si el agua le daba aprensión o temor, si la lluvia le había causado algún momento doloroso o problemático en su niñez.
     Hablaron sobre su vida conyugal, su vida familiar y su vida laboral. No tenía problemas en ninguna de las tres. Es más, se sentía agradecido con cada una de ellas. Era dichoso en su matrimonio, con una esposa a la que amaba… y estaba a punto de ser padre. Tenía una familia maravillosa a la que también quería con locura y por la que se sabía correspondido. Y se sentía realizado en su trabajo, pese a que fuera aburrido en ocasiones. Trabajaba cerca de casa. Tenía un jefe afable con el que se llevaba bastante bien y unos buenos compañeros. Además, quizá el año siguiente consiguiese un ascenso y, por ende, un aumento de sueldo. No podía pedir mucho más en la vida. ¡No, su vida conyugal, su vida familiar y su vida laboral no se escondían en los charcos esperando a que él pasase para asustarle! ¡No se reían de él a hurtadillas ni arañaban los cristales de su coche!
     Tampoco había sufrido depresiones ni enfermedades recientemente. No recordaba ningún suceso extraño en los meses anteriores a las visiones. No tomaba drogas ni bebía. Solo una copa o cerveza de vez en cuando. Tampoco fumaba. No se medicaba, salvo alguna aspirina para el dolor de cabeza como todo el mundo. Hacía deporte. Su vida conyugal y sexual era satisfactoria. No iba a la iglesia. No era creyente ni profesaba religión alguna. Se declaraba ateo. ¿Sus aficiones? Normales, como las de cualquiera. La música, el cine, la literatura, los comics, el deporte, la naturaleza, viajar, la comida italiana…
     Después de todas aquellas sesiones, lo único que le pudo decir en claro su doctor es que no veía nada anormal dentro de su cabeza. Que a todas luces era una persona sensata, racional y poco propensa a la imaginación. Que no encontraba motivo alguno para que algo funcionara mal dentro del engranaje de su cerebro. No obstante, aquella historia no podía ser real. Era inverosímil, fantástica e imposible. Ninguno creía en fantasmas, por lo tanto descartaban el espectro paranormal. No había lógica en todo aquello. Así que, como último recurso, le sugirió someterse a una sesión de hipnosis regresiva. Quizá hubiera algún terrible o doloroso suceso de su infancia o adolescencia que, incluso inconscientemente, hubiera ocultado, guardado y sellado después en algún sótano muy profundo de su mente. Algo que, por tanto, hubiera olvidado por completo y fuera incapaz de recordar. La hipnosis era el único método posible y eficaz para derribar esas barreras casi infranqueables y ver si allí debajo se sumergía algo más que era posible sacar a flote. No de muy buena gana, pues tampoco creía demasiado en aquellas prácticas, pero alentado por una última posibilidad de arrojar algo de luz sobre aquellas tinieblas, accedió a someterse a ella.
     Pero tampoco la sesión de hipnosis arrojo ninguna pista o indicio sobra las causas u orígenes de la pesadilla que atormentaba a Elías. Ni desde sus primeros años de vida había ningún trauma o problema relacionado con el agua o la lluvia. Tampoco nada relativo a un niño y una niña, que por alguna razón, hubieran dejado huella en su vida. Nada de niños muertos o desapariciones. Nada de separaciones. Su infancia, adolescencia y juventud eran prácticamente un remanso de paz. Lo más terrible que recordaba era el sentimiento de culpa que arrastró un par de semanas por un balón que le pinchó a su hermano un día que estaban enfadados. No encontró nada oscuro en ningún desván recóndito de su mente. Quedaba muy poco que pudiera hacer para ayudarle. En última instancia, le recomendó visitar a un psiquiatra amigo suyo y de muy buena reputación. ¿Un psiquiatra? Bueno, ¿qué podía perder con otra opinión?
     Así que acudió a la cita y, tras contarle de nuevo varias veces la historia al completo, el especialista llegó a la conclusión de que quizá estuviera ante el principio de algún tipo de esquizofrenia paranoide. Era lo único que podía justificar las alucinaciones visuales y auditivas. Una esquizofrenia podía aparecer por muy diversos motivos. En su caso, no había evidencias de ninguna causa externa que hubiera conducido a ella. Tampoco  mostraba indicios o manifestaciones anteriores. Pero, en ocasiones, también podía presentarse de repente y sin avisar. En su cuadro, no se observaban la mayoría de los síntomas, pero sí algunos. De hecho, el resto podían ir apareciendo próximamente o manifestarse en cualquier momento. No había cura, pero sí tratamiento. El objetivo del mismo se centraba en la reducción de la frecuencia, la gravedad y consecuencias de los episodios de la enfermedad.
     No aceptó de buen grado aquel diagnóstico, pues estaba convencido de que no sufría ningún tipo de problema mental. Lo que había sufrido no eran alucinaciones. ¿Pero qué hubiera pensado si cualquier otra persona le hubiera venido contando aquella misma historia a él? Así que decidió someterse al tratamiento, el cual se dividiría en dos fases en un principio: farmacológico y terapéutico. Si tras esto las alucinaciones desaparecían, tendría que darle la razón al doctor. No sabía qué era peor: si tener que aceptar que sufría esquizofrenia pese a que las visiones desaparecieran, o que continuaran y con ello poder demostrar que no sufría ningún tipo de enfermedad mental.
     Ese era el plan. Empezaría a tomar los fármacos prescritos y seguiría acudiendo a las sesiones recomendadas. Por lo demás, intentaría seguir con su vida como de costumbre, pues la enfermedad, según el doctor, aún no afectaba a su vida afectiva, sus relaciones personales o su vida social. Así que, de momento, solo irían vigilando el estado del paciente y el retroceso o avance de las alucinaciones.
     Por supuesto, decidió seguir sin contarle nada a su esposa pese a la recomendación del médico de que sí compartiese su historia con ella.

                                                           
                                                                                              III


Transcurrieron varias semanas de tranquilidad y sin ningún tipo de suceso o alteración. A regañadientes, empezó a aceptar que tal vez el psiquiatra estaba en lo cierto y lo que había estado sufriendo eran las primeras manifestaciones de una esquizofrenia paranoide. Eso no era nada bueno, pues significaba que tendría que seguir medicándose. Quizá para siempre. Pero desde luego, eso era mejor que seguir sufriendo aquellas apariciones.
     Aunque había algo que no terminaba de encajar. Y era el hecho de que, en su caso, las apariciones siempre tuvieran los mismos rostros, las mismas voces y se materializaran en idénticas o similares circunstancias. En cualquier otro momento o situación, no sufría ningún otro tipo de delirio o paranoia. Pese a que el doctor le dijera que eso era posible en un estado primario de la enfermedad, aquello no le convencía demasiado. Pero como las cosas parecían haber mejorado, decidió que podía estar equivocado. En todo caso, no iba a saber más él que los mismos especialistas en la materia.
     Así pues, todo continuó con relativa normalidad hasta que otra lluviosa mañana, cuando se dirigía al trabajo, escuchó de nuevo aquellas risas taimadas a su alrededor. Se paró en seco y aguzó el oído.
     —Aquí —dijo la voz del niño. Escudriño a través de la cortina de lluvia y pudo ver la silueta de los dos niños unos metros más adelante. Esta vez no contemplaba tan sólo los rostros, sino el cuerpo entero de los chicos. Parecían figuras hechas de agua, deformándose a cada momento y volviéndose a formar. El niño y la niña estaban cogidos de la mano.
      —¿Por qué no vienes a jugar con nosotros? —le preguntó la niña en esta ocasión.
     —Sí, ¿por qué no vienes? Podemos jugar al escondite —sugirió el niño. Empezó a avanzar hacia ellos. Esta vez no había vuelta atrás. Debía llegar al fondo del asunto, pasara lo que pasase. Pero los niños dieron media vuelta y echaron a correr.
     —¡Un momento! —les gritó— ¡Esperad!
     Salió corriendo tras ellos. Podía ver sus espaldas en la distancia mientras sus risas juguetonas les precedían. Al menos iban bien equipados para un día desapacible como aquel, pensó. Llevaban largos chubasqueros amarillos con capucha y altas botas de agua: rojas las del niño y rosas las de la niña. Pese a que era un buen deportista y corría deprisa, no les ganaba terreno. Más bien, parecía ir perdiéndolos de vista.
     —¡Niños, esperad! —volvió a gritarles— Estos, en cambio, giraron hacia la izquierda dejando atrás las urbanizaciones de edificios para adentrarse en un descampado. La lluvia arreciaba por momentos. Se había transformado en una furiosa tormenta.
     —¡Ven a jugar! —escuchó la voz del niño a lo lejos.
     —¡Es tan divertido! —añadió la niña.
     Aceleró el ritmo de su carrera. Prácticamente, estaba esprintando. Sin embargo, no era capaz de darles alcance. Podía seguirlos a duras penas gracias a lo llamativo y colorido de sus atuendos, que destacaban en la penumbra; sino los hubiera perdido de vista entre la lluvia. La tormenta seguía arreciendo y se estaban formando pequeños riachuelos por todas partes. Pequeñas lenguas de agua que corrían en la misma dirección y hacia el mismo sitio.
     “Hacia el río”, pensó. “Se dirigen hacia el río”.
     Aumentó aún más la velocidad, pese a que se encontraba exhausto. Le dolían los pulmones, pues no conseguía introducir en ellos la cantidad de oxígeno necesario. El corazón le latía como si un murciélago aleteara dentro de su pecho. Estaba a punto de reventar. Pero por fin empezaba a vislumbrar las figuras de los niños más cerca. Con mucho esfuerzo, les estaba recortando la distancia.
   —¡Niños… no vayáis… hacia allí! —logró gritarles entre jadeos. Se estaban acercando peligrosamente al río. En aquel momento, todo eran pequeños arroyos a su alrededor que se dirigían a converger en un mismo punto. El cauce del río debía de haber subido muchísimo y tenía que bajar con la furia de un torrente. Si los niños llegaban a él, podían ser arrastrados por la fuerza de la corriente.
     —¡Ven a jugar! ¡Ven a jugar! —seguía escuchando sus voces, cada vez más cerca. Ya podía ver el río. Bajaba con una fuerza descomunal. Y los niños seguían corriendo hacia él, alegres y despreocupados. Pero  por fin estaba a punto de darles alcance. Un poco más. Casi los tenía. El río rugía como las cataratas del infierno. Engullía todo lo que encontraba a su paso. Vio cómo arrancaba de cuajo árboles y postes eléctricos, cómo arrastraba farolas y carteles publicitarios. Los niños ya casi llegaban a la orilla. El ruido era ensordecedor. Y él ya casi llegaba hasta ellos. Solo unos pasos más y los tendría. Se lanzó en plancha y con la punta de los dedos agarró al niño por la bota…
     —¡Ya te tengo! —exclamó.


                                                                                              IV


Cuando la policía cogió a Elías, había asesinado en total a nueve niños. Dieron con él gracias a la llamada de una mujer que le vio paseando por la ribera del río, con la mirada ausente y perdida, el rostro manchado de sangre y una bota roja de niño en la mano. Al pobre chico lo había estrangulado y sacado los ojos. Su hermana había conseguido escapar por los pelos cuando los perseguía.
     “El Asesino de la lluvia”, como lo había bautizado la prensa, llevaba un par de meses volviendo locas a las autoridades. Un psicólogo y un psiquiatra lo habían tenido sentado en su consulta. Pero el primero no veía apenas la televisión ni leía los diarios, así que no estaba al tanto de la ola de asesinatos infantiles que se estaba sucediendo en la ciudad. Y el segundo no lo había relacionado en absoluto con los hechos, pese a que todos los crímenes se habían realizado en días de lluvia y su paciente deliraba con ver a niños fantasmales bajo ella.
     Pero es que Elías parecía a todas luces una persona cuerda y normal. Después de su detención se seguía declarando inocente y asegurando que no sabía nada de los hechos sobre los que se le condenaba. Repetía una y otra vez que había visto rostros de niños, y a niños de verdad, bajo la lluvia. Pero él no les había hecho nada. Eran ellos los que lo acosaban. Los distintos exámenes a los que le sometieron y el resultado de la máquina de la verdad, indicaban que no mentía. Entonces, ¿qué pasaba?
     En meses posteriores se fue conociendo la verdad. El hombre que todo el mundo conocía era una persona amable, trabajadora, responsable y felizmente casada. Pero bajo aquel hombre mundano y sencillo se escondía una segunda personalidad, un asesino demente y despiadado, un monstruo vil y repugnante que se cebaba con las víctimas más débiles; los niños. Por alguna extraña razón que los psiquiatras aún no han podido desentrañar, esa segunda bestia perversa y cruel solo hacía su aparición en presencia de la lluvia. Igual que el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado Mr. Hyde después de beber un extraño brebaje,  la némesis de Elías le poseía de alguna peculiar manera únicamente cuando llovía. Un hecho que tiene desconcertado a forenses y especialistas en psicología y psiquiatría. Tal vez algún trauma infantil que aún no han logrado desenterrar de las catacumbas de su cerebro. Del mismo modo que tampoco han conseguido desentrañar la razón de que siempre buscase parejas de hermanos, niño rubio y niña morena, para sus abominables asesinatos.
     Seguramente jamás conozcamos del todo la verdad. Pues bajo toda nuestra retahíla de conjeturas, datos y análisis se esconden los misterios insondables de la mente humana: esa máquina tan compleja que, a menudo, resulta inquietante e imprevisible. A sus órdenes se encuentra ese ser indescifrable que frente al espejo nos saluda con un rostro y, a nuestra espalda, nos observa y vigila con otro muy distinto. Y que tras una tierna sonrisa, oculta una lengua viperina. Aunque decidme, ¿qué Dr. Jekyll no esconde un Mr. Hyde en interior?



Juanma Nova García



                                                                                                             

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