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miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL REY DRUIDA

En los días en que el rocío de la creación aún estaba húmedo sobre la tierra, Elphín era señor de los nueve reinos de Rieland, y de los cinco mares que los circundaban. Al despertarse un día en Celydon, su principal fortaleza, contempló las agrestes colinas rebosantes de toda clase de vida y decidió reunir a sus hombres para organizar una cacería.
    La próspera zona del reino en la que Elphín solía cazar era conocida como Lloerg Fyn. Se puso en marcha hacia ella de inmediato con una considerable hueste de hombres de confianza y cabalgaron buena parte de la mañana, hasta cuando el sol comenzaba a imponerse a las brumas de la mañana para reinar otro día más sobre el mundo.
   Desmontaron para descansar y almorzaron en una gruta y, antes de que el astro rey calentara, se adentraron en la espesura de los bosques de Lloerg Fyn, donde soltaron a los perros. Elphín hizo sonar su cuerno de caza, reunió a sus huestes y, como era el jinete más rápido, salió al galope detrás de sus canes.

    
    Siguió a la primera presa que atisbó y, al poco tiempo, sus compañeros lo perdieron de vista y quedaron rezagados en la espesura. Mientras seguía los gritos de su jauría, escuchó a lo lejos los ladridos de otra, muy diferente de la suya, que parecía dirigirse hacia él y cuyo estruendo pavoroso helaba el aire. Cabalgó hasta un claro que se abría cerca, un terreno amplio y llano donde encontró a sus perros agazapados y lívidos de terror junto a unos arbustos, mientras la otra jauría corría detrás de un magnífico venado. Y he aquí que, mientras él observaba, los extraños mastines alcanzaron al animal derribándolo al suelo.
    Se acercó sin desmontar y notó entonces un extraño y peculiar olor que envolvía como una manta a los animales. De todos los perros de caza del mundo que había conocido, jamás había encontrado alguno como aquellos; el pelaje que los cubría era de un blanco reluciente y puro, casi albino, y el de sus orejas, rojo como sangre fresca, brillaba con igual pureza que el de sus cuerpos. Elphín cabalgó hasta los extraños animales y los dispersó, dejando a sus perros la pieza cobrada por los otros.
    Mientras sus hombres cargaban el enorme ciervo y él daba de comer a sus canes, apareció de repente ante él un jinete montado en un hermoso e imponente caballo negro, con un cuerno de caza colgado al cuello y camisa, calzas y botas grises por todo atuendo. Se acercó y habló:
    —Señor, sé quién sois, pero no os saludo.
    —Tal vez vuestro rango no lo requiera —contestó Elphín.
  —¡Los dioses son mis testigos! —exclamó el jinete— No es mi dignidad o la obligación del rango las que me lo impiden.
   —¿Qué otra cosa entonces, señor?¡Decídmelo pues!
   —Puedo y quiero —replicó el desconocido con voz hosca— ¡Juro por los dioses del cielo y de la tierra que es por vuestra propia ignorancia y descortesía!
   —¿Qué falta de cortesía para con vos habéis visto en mí? —preguntó Elphín, al que no se le ocurría ninguna.
   —No he visto jamás mayor desconsideración en ningún hombre —replicó el extraño—, que espantar a la jauría que ha cobrado una pieza y lanzar a la propia sobre ella. ¡Qué deshonra! Eso demuestra una deplorable falta de respeto. No obstante, no me vengaré de vos, aunque bien podría. Pero haré que un bardo os satirice en todos los rincones de vuestros reinos por un valor al que mil ciervos no competirían en precio.
   —Señor –le rogó Elphín compungido—. Si he cometido una equivocación, os pido disculpas y desearía que hiciéramos las paces.
   —¿En qué términos?
   —Aquellos que vuestro rango, cualquiera que sea, requiera.
   —Conocedme, pues. Soy rey elegido y coronado del reino del que procedo.
   —¡Qué prosperéis con grandeza! —le deseó Elphín— ¿Qué reino es ése, mi señor? Yo mismo soy rey de todas las tierras que conozco.
   —Ese reino es Arawn —respondió con solemnidad el jinete—. Soy Anawn de Arawn.
   Elphín se quedó mudo de asombro al oír ese nombre, ya que traía mala suerte conversar con alguien de las tierras oscuras… y más aún con el misterioso Rey Druida. Pero como se había comprometido a pagar su deuda, no tenía otra elección que mantener su palabra si no quería provocar mayor deshonor y desgracia sobre su reino y su propia persona.
   —Decidme pues, ¡Oh Rey!, si así lo queréis, cómo puedo enmendar mi desagravio y recuperar vuestra estima y obedeceré de buen grado.
   —Escuchádme, Rey Elphín; así la recuperaréis —explicó Anawn—. Un hombre cuyo reino limita con el mío me declara la guerra continuamente. Es Gudwyn, un noble traidor de Arawn.
   “Si me liberáis de su acoso —continuó—, lo cual para un gran rey como vos no debería resultar difícil, el daño será reparado, la deuda saldada y vos y vuestros descendientes seguiréis viviendo en paz conmigo y manteniendo el honor que se os supone.
   El Rey Oscuro pronunció unas misteriosas y arcanas palabras en un idioma desconocido y Elphín tomó la apariencia de Anawn, de modo que hubiera sido imposible diferenciarlos.
   —Como podéis comprobar, ahora tenéis mi forma y aspecto; por lo tanto, id a mi reino, ocupad mi lugar y gobernad como más conveniente creáis hasta que, a partir de mañana, se cumpla justo un año. Transcurrido ese tiempo volveremos a encontrarnos en este mismo lugar.
   —¿Y cómo reconoceré al enemigo del que me habláis? —preguntó Elphín.
   —Gudwyn y yo estamos comprometidos por un juramento a encontrarnos dentro de un año, esta misma noche, en el vado del río que separa nuestras tierras. Tú estarás en mi lugar, y si le asestas un único golpe mortal, no sobrevivirá. Pero por mucho que te suplique que le golpees de nuevo y le remates, no lo hagas; ni siquiera le escuches. Yo he luchado muchas veces contra él y después de rematarlo, por algún extraño conjuro, siempre reaparecía ileso y sin un rasguño a la mañana siguiente.
   —Muy bien —concedió Elphín—, haré lo que pedís. Pero, ¿qué le sucederá a mi reino durante mi ausencia?
   Anawn pronunció de nuevo aquellas palabras antiguas y oscuras y pasó e tomar el aspecto de Elphín.
   —Ningún hombre o mujer de tu reino notará el cambio —aseguró—. Yo ocuparé tu lugar, al igual que tú lo harás con el mío.

   Y de esta forma se pusieron en marcha. Elphín cabalgó a las profundidades del reino de Anawn y llegó varios días después a su castillo, con los más hermosos torreones, almenas, salones, patios y dormitorios que hubiera visto jamás. Los sirvientes salieron a recibirlo y le ayudaron a quitarse el traje de caza; a continuación lo vistieron con las más preciadas sedas y le condujeron hasta un gran salón, al que entró también una compañía de soldados, la más espléndida y mejor formada guardia que hubiera imaginado. La reina estaba allí, la mujer más hermosa de todas las de su época, como bien cantaban en sus canciones los bardos, ataviada con una túnica de terciopelo azul con bordados de oro y una larga melena de rizos y bucles rubios que brillaba como la luz del sol sobre el trigo dorado.
   La reina ocupó su lugar a la diestra de él y se pusieron a conversar. A Elphín le pareció la más encantadora, dulce, considerada, amable y complaciente de las compañeras. Su corazón se deshacía por ella, y deseó con todo su pensamiento llegar a tener algún día una reina para él la mitad de noble y hermosa que aquella. Pasaron la cena en agradable conversación, entre buenos manjares y exquisito vino, bellas canciones y entretenimientos de toda clase.
   Cuando llegó la hora de dormir, ambos se fueron al lecho. Sin embargo, tan pronto como estuvieron acostados, Elphín se volvió de cara a la pared dando la espalda a la reina. Así sucedió cada noche desde entonces en el transcurso del año siguiente. Cada mañana volvía a reinar el afecto y la ternura entre ellos, pero no importaba. Pese a la amabilidad que pudiera existir en las palabras que se dirigían durante el día, no hubo ni una sola noche diferente de la primera.
   Elphín pasó aquel año entre celebraciones y cacerías al tiempo que gobernaba el reino de Arawn equitativamente, con sabiduría y justicia, hasta que llegó la noche, recordada muy bien incluso por el más humilde habitante del reino, en que debía tener lugar el duelo con Gudwyn. Se preparó pues para asistir al encuentro, al sitio acordado, acompañado por los nobles de su reino.
   Cuando llegaron al vado, apareció un jinete que gritó:
   —¡Caballeros, prestad atención! Este es un encuentro entre dos caballeros, y entre sus dos cuerpos tan sólo. Cada uno de ellos reclama las tierras del otro, por lo tanto, apartémonos y dejemos que diriman entre ellos sus diferencias.
   Los dos jinetes cabalgaron al encuentro sin apartar el uno la mirada del otro ni un sólo instante. Elphín arrojó su lanza y la clavó en medio del emblema del escudo de Gudwyn, partiéndolo en dos y provocando que cayera hacia atrás, sujetando aún su lanza sobre la grupa del caballo, yendo a dar con sus huesos en tierra, con una profunda herida en el pecho, allí donde la lanza había seccionado el escudo.
   —¡Gran Señor! —gritó Gudwyn— No conozco ninguna razón por la que deseéis hacerme sufrir. Ya que me habéis herido de muerte, os suplico por todos los dioses que pongáis fin a mi sufrimiento.
   —Señor —respondió Elphín recordando el aviso de Anawn—, lamento tener que hacer esto. Encontrad a otro hombre que os mate, pues yo no lo haré.
   —Leales caballeros —suplicó Gudwyn a sus señores—, sacadme de aquí. Mi muerte es segura ahora y ya no podré proporcionaros más mi apoyo.
   Elphín, que para todos los presentes era Anawn, se volvió hacia los nobles caballeros y exclamó:
   —¡Súbditos míos, poneos de acuerdo ahora y decidid quién me debe lealtad!
  —¡Rey Anawn! —exclamaron todos, tanto del bando propio como del ajeno— ¡Todos os la debemos, ya que no hay más rey ahora que vos en Arawn!
   Y entonces le rindieron homenaje, le juraron obediencia y pleitesía, y Anawn tomó posesión de todas las tierras en litigio. Al mediodía de la mañana siguiente los dos reinos ya estaban en su poder, así que se puso en marcha para cumplir su cita con el otro rey, que aguardaba su llegada. Y ambos se alegraron de volverse a ver.
   —¡Qué los dioses os recompensen por vuestra amistad hacia mí! —exclamó alegre el verdadero Anawn— ¡Me he enterado de vuestro éxito!
   —Sí —replicó Elphín—, cuando lleguéis a vuestro hogar podréis comprobar que vuestros dominios han crecido.
   —Escuchadme pues —dijo Anawn—. En agradecimiento, cualquier cosa que hayáis deseado de mi reino será vuestra.
   Entonces Anawn pronunció las ya conocidas palabras mágicas y se produjo de nuevo la transformación, recuperando cada rey su apariencia verdadera, tras lo cual ambos regresaron de nuevo a sus respectivos reinos. Cuando Anawn llegó a su castillo, se sintió muy feliz y complacido de volver a encontrarse de nuevo entre los suyos. Sobre todo de volver a tener entre los brazos a su amada reina, a la que tanto había echado de menos en el último año. En cambio, los soldados y sirvientes, que no habían sentido su falta ni vieron nada extraño en su presencia allí, le trataron como de costumbre.
   Pasó el día disfrutando de su compañía y conversación. Después de la cena y las diversiones, cuando llegó el momento de irse a dormir, la reina y él se acomodaron en su lecho. Al principio el rey le habló, luego la acarició cariñosamente, y después hicieron el amor. Ella, que hacía ya un año que no conocía tal cosa, se dijo para sí:
   “¡Palabra de honor, que diferente esta noche de cómo se ha comportado durante el último año!”
   Y pensó en ello durante toda la noche. Y seguía pensando cuando Anawn despertó y le habló. Al no obtener respuesta de ella, la interpeló de nuevo, y a continuación una tercera vez. Finalmente, le preguntó:
   —Mujer, ¿por qué no me contestas?
  —Te diré la verdad —respondió volviéndose hacia él—. No había hablado nada durante un año en estas mismas circunstancias.
   —¡Mi señora! Yo creía que habíamos hablado continuamente, como siempre.
  —¡Qué me muera de vergüenza —replicó la reina—, si durante este último año, desde el momento en que nos metíamos entre las sábanas, ha habido cariño o conversación entre nosotros; ni tan siquiera me mirabas a la cara! ¡Mucho menos cualquier otra cosa!
   “Dioses del cielo y de la tierra, pensó Anawn, qué hombre tan extraordinario he encontrado como amigo. Una amistad tan fuerte e inquebrantable merece ser recompensada”.
   Y le explicó a su esposa todo lo que había sucedido en el último año.
   —Confieso —explicó ella cuando él hubo terminado—, que en lo que respecta a luchar contra la tentación y mantenerme fiel a ti, encontraste un magnífico aliado.
   Entretanto Elphín llegó a su propio reino y empezó a hacer preguntas entre sus nobles y siervos para sondear lo acontecido durante el último año sin que ellos sospecharan nada.
   —Rey y señor —le dijeron—, vuestro criterio no pudo ser mejor, nunca os habíais mostrado tan amable y comprensivo, y jamás tan dispuesto a utilizar vuestros bienes en favor del pueblo. A decir verdad, nunca habíais gobernado con tanta justicia como el pasado año. Por consiguiente, os damos las gracias de todo corazón.
   —¡No me deis las gracias a mí! —replicó el rey— Dádselas más bien al hombre que ha realizado todas esas acciones en mi lugar –observó que lo miraban boquiabiertos y procedió a relatarles la historia. Todos se asombraron de su lealtad y castidad.
   Porque Elphín, a pesar de ser un rey apuesto y aun joven, no tenía reina. Recordó a la hermosa dama que había sido su supuesta esposa en Arawn y suspiró por ella, dando largos paseos nocturnos por las solitarias colinas que circundaban su palacio.
   Una noche, a la hora del crepúsculo, se encontraba de pie sobre un montículo de piedra contemplando parte de la inmensidad de sus dominios, cuando ante él apareció un anciano que le dijo:
   —Es característico de este lugar que quien se siente sobre este promontorio, sufrirá en breve un profundo cambio en su vida; o bien recibirá una herida terrible y morirá, o bien presenciará un maravilloso prodigio.
   —La verdad es que en mi presente estado, poco me importa vivir o morir, pero bien que podría animarme algo el contemplar una visión maravillosa. Por lo tanto, aquí seguiré posado y que acontezca lo que deba ser.
   Elphín siguió sentado mientras el anciano desaparecía tras el recodo de un camino. De pronto contempló a una mujer montando una magnífica yegua blanca, pálida como la luna cuando se alza sobre los campos en la época de la cosecha. Iba engalanada con telas y sedas bordadas en plata y oro y cabalgaba hacia él con paso lento y firme.
   El rey bajó de su improvisado trono para ir a su encuentro, pero cuando llegó al camino que discurría al pie de la colina, ella se había alejado. La persiguió tan deprisa como sus pies podían llevarle, pero cuanto más intentaba darle alcance más se distanciaba ella. Por fin abandonó la persecución y regresó a sus aposentos.
   No obstante, pensó en aquella visión toda la noche y concluyó:
   “Mañana por la noche, me sentaré de nuevo en el mismo sitio y llevaré conmigo el caballo más veloz de todo el reino”.
   Así lo hizo. Y una vez más observó a la doncella que se acercaba. Elphín saltó sobre la silla de su corcel y lo espoleó para salir a su encuentro. Sin embargo, a pesar de que ella mantenía a su espléndida montura al paso, y él marchaba al trote, cuando llegó al pie de la colina, ella se hallaba ya demasiado lejos. El caballo del rey salió como un rayo al galope tras su estela pero, aunque volaba veloz como un huracán furioso, no le sirvió de nada; cuanto más rápido la perseguía, más era la distancia que se interponía entre ellos.
   Elphín se maravilló de aquel extraordinario suceso y dijo:
   —Por los dioses que es inútil perseguir a la dama. No sé de ningún caballo que sea más rápido que éste y ni siquiera ha conseguido acercarse un poco más de lo que estaba al principio —y su corazón se sintió tan desdichado que gritó invadido por un gran dolor mezclado con rabia:
   —¡Doncella, por el bien del hombre al que améis, esperadme!
   La mujer se detuvo y volvió hacia él. Cuando llegó a su lado, retiró el velo de seda que le cubría el rostro. Y he aquí que se encontró con la mujer más bella y hermosa que hubiera contemplado cualquier mortal de sus nueve reinos. Más bella que una primavera entera sembrada de flores, que la primera nevada del invierno, que el cielo estrellado de una noche de verano, que los colores ocres del otoño.
   —Os esperaré de buen grado —comentó risueña—: y hubiera sido mejor para vuestro caballo si lo hubieseis pedido antes.
   —Señora —dijo él amablemente—, ¿de dónde venís? Y decidme, si podéis hacerlo, la naturaleza de vuestro viaje.
   —Mi señor —añadió la dama en tono respetuoso—, viajo en una misión secreta y me alegro de encontraros.
   —Sed bienvenida entonces —saludó Elphín, mientras pensaba que la belleza junta de todas las hermosas damas que había conocido, eran insignificantes comparada con aquella musa de ensueño.
   —¿Cuál es entonces, si me permitís preguntarlo, el motivo de esa misión?
   —Por supuesto que podéis; el motivo de mi búsqueda no era otro que vos.
   Elphín sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
   —Esa resulta ser una excelente búsqueda desde mi punto de vista pero, ¿quién sois?
   —Mi nombre es Rhiannon; soy hermana de Anawn de Arawn.
   El rey no daba crédito a lo que escuchaba.
   —No sabía que mi buen amigo Anawn tuviera una hermana.
   —Ahora lo sabéis —contestó la muchacha—. Además de un buen rey, y de un maravilloso hermano, es un loable amigo para aquellos que se lo demuestran. Aquí estoy para vos, y si me rechazáis, jamás amaré a nadie más.
   Elphín seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo, pero se dejó llevar por la fuerza de aquel maravilloso prodigio y el encanto de la doncella.
   —Hermosa criatura, si pudiera escoger entre todas las mujeres de este mundo y de cualquier otro, mi dama siempre seríais vos.
   La muchacha sonrió, y brilló tal felicidad en sus ojos que Elphín tuvo que entrecerrar los suyos para no quedar cegado.
   —Muy bien, mi señor —dijo Rhiannon—. Venid pues al castillo de mi hermano donde va a celebrarse una gran fiesta, y pedid allí mi mano.
   —Con mucho gusto lo haré —concluyó Elphín inclinándose ante su señora.
   Y así fue como el Señor de los nueve reinos de Rieland y los cinco mares que los circundaban, contrajo matrimonio con la hermana de su buen amigo, Anawn de Arawn, y pudo tener, al fin, su propia reina; Rhiannon, la Reina Druida, con la que compartió un reinado próspero y feliz.



Juanma – 16 Diciembre - 2015                        

domingo, 13 de diciembre de 2015

ZOEIDA

“¿No es cierto que todo sueño, aún el más confuso, es una visión extraordinaria que, incluso sin pensar que nos la haya podido mandar Dios, podemos verla como un gran desgarrón que se abre en el misterioso velo que con mil pliegues cubre nuestro interior?”
 ( Novalis )




 Zoeida
     Era una ciudad inimaginable, hermosa como pocas. Como ninguna, si nos permiten las ciudades invisibles. Serena, majestuosa, de cuento de hadas. A su alrededor, una majestuosa y colosal muralla de hielo la protegía y daba esplendor. Qué hechizo, magia o invento impedía que el hielo se derritiera, era un misterio para todos. Desde la lejanía, quizás por las condiciones de difusión de la luz, tal vez por el efecto óptico de ésta, un matiz azulado proporcionaba a la muralla un color y aspecto celestiales.
      Su contemplación más que gustar o fascinar, embelesaba los sentidos. De puertas para adentro, la ciudad era aún más fascinante y conmovedora. Los palacios y catedrales, de altas torres y cúpulas, brillaban con luz propia. Unos eran de dorados, otros nacarados, algunos más brillaban con todos los colores del arco iris; aquí adornados con diamantes, allá con esmeraldas, y en casi ninguno faltaba el oro en grandes cantidades. Algunas mansiones y edificios más pudientes habían sido construidos con delicado cristal, zafiros o rubíes. Todas las calles y avenidas, amplias pero retorcidas como un ovillo, estaban adornadas por filas de árboles enormes, dantescos, que se perdían en la altura, allá donde no alcanzaba la vista humana, como queriendo hacer cosquillas con sus copas más altas en las plantas de los imponentes pies del cielo. En primavera, el colorido de sus flores daba, si cabe, aún más alegría y fastuosidad a la ciudad.
       Por ella paseaban, en perfecta armonía y convivencia, hombres y animales. Los niños jugaban con fieras de aspecto peligroso igual que con sus mascotas, las mujeres montaban a lomos de hermosos corceles y unicornios y los ancianos acariciaban con la misma ternura a perros y lobos. Surcando los cielos águilas, halcones y otras mil aves multicolor animaban con su variedad y melodías las siempre diferentes, aunque siempre hermosas, auroras zoedianas. Pintorescos y divertidos bufones y payasos entretenían y animaban a los más pequeños en las numerosas plazas y mercados de la ciudad. En el centro de cada plaza se situaba un estanque de aguas templadas y serenas, adornando con sus reflejos cristalinos las casas de alrededor. Dentro de ellos flotaban y vivían plantas acuáticas, nenúfares y peces tropicales de todas las especies y colores imaginables.
      Pero, quizá, lo que más llamaba la atención de tan singular paraje era el lago. Un hermoso lago de aguas serenas y diáfanas, habitado y animado por focas y delfines que, con su gracia e inteligencia, copaban el cariño y simpatía de todos, a la vez que hacían las delicias de niños… y quizás no tan niños. El lago se encontraba situado al pie de la Gran Montaña; una montaña inmemorial que se erguía imponente frente a la majestuosidad del paisaje, desafiando al firmamento como una diosa inmortal, con la cima cubierta de nieves eternas a modo de bufanda. La montaña marcaba el centro mismo de la ciudad; a su alrededor se expandían las calles y avenidas, como anillos brillantes, círculos concéntricos que, como ondas refulgentes, se perdían en la distancia, allá donde la hermosa muralla glacial asomaba con orgullo su grandeza.



Eo soñaba con Zoeida todas las noches. En su recién estrenada adolescencia, la ciudad de los sueños de su niñez se había vuelto más nítida, más cristalina, casi real. Estaba convencido de su existencia, pues llevaba soñando con ella toda su vida. Al menos toda la vida que recordaba. Noche tras noche, mes a mes, año tras año. Y eso tenía que significar algo; una visión, una premonición, tal vez un aviso. Pero no sabía dónde buscarla.

      Eo era huérfano. Sus padres habían muerto calcinados cuando el bosque ardió e incendió su casa. Era muy pequeño entonces; un niño vivo, curioso, inquieto. Puede que eso le hubiera salvado la vida, pues la mañana del desastre había salido, alegre y juguetón, tras unas ardillas traviesas que, salto tras salto, le habían conducido lejos, hacia el corazón del bosque, hasta la orilla del lecho de un gran río.
      Cuando regresó, bien alto ya en su camino el sol de mediodía, ya era tarde. De la parte del bosque que había conocido y sido su hogar tan sólo quedaban árboles carbonizados, desnudos como osamentas, animales muertos y cenizas humeantes. De su casa ya no quedaba ni rastro.
      Eo era pequeño, pero compendió lo sucedido y lloró. Lloró amargamente porque sabía que toda la vida que había conocido anteriormente había acabado y que si hubieran estado en Zoeida aquello no habría sucedido.
      ¿Cuántas veces le había hablado a su padre de aquella ciudad, cuántas veces la había descrito emocionado ante su madre, cuántas veces había tratado de convencerlos de que debían buscarla e ir a vivir allí?
      No lo recordaba. No sabía contar bien, pero tantas como estrellas en el cielo, pensó. Sus padres se limitaban a sonreír y decirle que aquél lugar no existía, que era sólo fruto de su imaginación y que su hogar estaba allí, en aquel bosque. Pero él en su fuero interno sabía que era real, tenía que existir; él contemplaba Zoeida todas las noches. Sabía ya incluso de memoria sus calles y avenidas, tabernas y foros, templos y plazas…
      Eo no tenía hermanos ni conocía de la existencia de ningún otro pariente cercano, así que después del incendio, una familia de granjeros que vivía en las lindes del bosque, le acogió. Pero ya nada volvería a ser como antes del desastre. Aquellos nuevos padres nunca le demostraron cariño. Para él eran unos desconocidos. No le dispensaban el mismo trato, no le ofrecían los mismos favores… ni siquiera la ropa y la comida eran las mismas que las de sus hermanastros. Le hacían trabajar duro, más duro que a ellos, recogiendo leña, acarreando agua o pieles, echando de comer a los animales, limpiando los graneros… Con frecuencia, cuando hacía algo mal o rompía sin querer algún objeto de valor, era castigado, azotado sin compasión y privado de la escasa libertad de que disponía; todo aquello ante la burla y risas de aquellos impuestos nuevos hermanos. Aquella nunca fue una verdadera familia para él y tuvo que vivir la misma situación durante largos años de pesadilla. Sólo el sueño de Zoeida le devolvía la sonrisa, le mantenía despierto, le proporcionaba fuerzas para seguir viviendo.
      Una madrugada despertó con la imagen de Zoeida grabada todavía hondamente en su memoria. Y decidió que había llegado el día, la hora y el momento de ponerse en marcha, de dar vida a su sueño, de buscar su nueva casa. Su verdadero hogar.
      No estaba dispuesto a soportar aquel infierno ni un solo día más. Una mañana se levantó con cuidado y en silencio antes de despuntar el alba, antes de que el resto de la familia se pusiera en pie y, metiendo en una pequeña mochila toda la comida que pudo y sus ropas más queridas, escapó.



 Eo había sufrido ese cambio que todos los muchachos sufren en la adolescencia. Su voz se había tornado más grave, sus músculos más marcados y fuertes, y una ligera sombra, de pelusa más que barba, le cubría con ternura el rostro. El cabello le caía en largos mechones rubios a ambos lados de la cara y descansaba descuidadamente en sus hombros camino de la espalda. Se había visto obligado a cambiar sus ropas cuando su cuerpo había decidido estirarse y crecer. Llevaba ya dos años vagando en solitario, dos años desde que emprendiera su solitaria fuga.
      Dos años buscando. Había preguntado por aquí y por allá, a granjeros, peregrinos y campesinos por la ciudad de sus sueños. Pero nadie había oído nunca hablar de Zoeida. Sus pasos le habían conducido de manera atormentada a decenas de aldeas, pueblos y pequeñas ciudades. Pero Zoeida era un enigma para todo el mundo. Se había sentado a menudo sobre una roca en los acantilados, frente al mar, a mirar hacia lo lejos, hacia el horizonte, pensando en aquellos países lejanos al otro lado de las aguas, donde quizás se levantara la  ciudad de hielo. Por las tardes bajaba a los puertos a preguntar a los marineros y pescadores que regresaban de tierras y mares lejanos, de largos viajes y batallas o en busca de pesca o especias. Pero ni el más anciano de todos ellos tenía el más mínimo conocimiento de la existencia de tal lugar.
     Pero todos los reveses y decepciones no mermaban su ilusión y la certeza de que sus esfuerzos se verían recompensados algún día. Lejos de ello, cada nueva negativa acrecentaba su valor, sus ganas, su decisión. Se había embarcado en una cruzada de lo que sólo podía imaginar dos desenlaces posibles; el triunfo o la muerte. Pero la palabra derrota no figuraba en ninguna de las páginas de su diccionario, y menos aún dentro de su vocabulario. Dedicaría su vida entera a la búsqueda de Zoeida, hasta el fin de sus días, hasta el postrero hálito de vida. En sus pensamientos no había cabida para ninguna otra cosa.
     Triunfar o morir.
     El mundo tal como él lo imaginaba, no guardaba sitio para los cobardes, para los fracasados, para los perdedores. Los acontecimientos de su niñez habían marcado toda su vida y ahora no era el momento de echarse atrás. Encontraría Zoeida aunque fuese agonizando y aunque  fuera tan sólo para honrar la trágica muerte de sus padres.



Con esa palabra en la mente, en su alma, en el corazón, transcurrieron los meses. Y con el paso y la acumulación de éstos, el devenir de los años. La esperanza no decrecía, pero sí la vida, las fuerzas y el tiempo que le quedaba por delante.
     No se conformó con preguntar. Trabajó, ahorró todas las monedas que pudo, embarcó y viajó por todo el mundo conocido. País por país, ciudad tras ciudad, paso a paso; infatigable. Pero el resultado no variaba con el cambio de paisaje. La respuesta era siempre la misma en todas partes, en cualquier lugar. Zoeida, si existía, debía ser una ciudad de leyenda, de sueño infantil, de cuento de hadas. Eo no lo aceptaba de buen grado y seguía viajando, navegando y preguntando. En algún lugar tenía que levantarse Zoeida, esperándole. Y él pensaba acudir a su llamada, a su confianza, a si fiel espera.
     Pero con el transcurso de los años pasó su juventud y quedó atrás su madurez, sumergiéndose en la acechante y siempre esquivada vejez. Y por falta de fuerzas, que no de ganas, abandonó la búsqueda y volvió a su país natal a quemar sus últimas jornadas, a escribir el epílogo del libro de su vida.
     Escogió como última morada una escondida cueva olvidada, perdida en los recovecos de una gran montaña, al pie de un extenso lago. Estaba a punto de expirar cuando un muchacho que pasaba por allí lo encontró tirado abandonándose al abrazo de la muerte. El anciano lo contempló con una sonrisa y lo acogió como un regalo de la providencia, un envío de los dioses.
     Así fue como Eo narró su desdichada historia a Tengel para que no cayera en el olvido, para que toda su búsqueda, esperanza y sufrimiento no hubieran sido en vano y para que otros, después de él, supieran de Zoeida y ¡quién sabe! si alguno de ellos tal vez pudiera encontrarla.



Nada más expirar Eo, Tengel acudió a una aldea cercana en busca de un pico y una pala y, allí mismo, en el interior de la cueva que había escogido como lugar de descanso y lecho de muerte, el muchacho cavó una fosa y le dio sepultura. Rezó por él amargamente, con los ojos anegados en lágrimas.
     Tras el entierro, Tengel salió de la cueva, dejó a un  lado las herramientas y se sentó solemnemente sobre una roca. Allí permaneció quieto y en silencio, con el rostro sereno muchas horas, con el pensamiento y la mirada vagando lejos, en el vacío, quizás en Zoeida.
     Después de una larga espera, a punto de caer la noche, se levantó como un resorte, con resolución, como si acabara de tener una brillante idea; miró hacia la cumbre de la montaña y después hacia el lago, recogió del suelo el pico y la pala y, con una enigmática sonrisa en los labios, comenzó a cavar en aquel mismo lugar.
     Transcurrieron las jornadas y allí seguía Tengel, entregado a su  trabajo, sin desfallecer, con obstinación y firmeza. Poco a poco comenzaron a llegar curiosos que le habían observado trabajar. Todos le preguntaban lo mismo; la causa de su esfuerzo firme, decidido y solitario. Y él, sin abandonar su cálida sonrisa, respondía a todos lo mismo.
     Zoeida.



Así fue como contó a los lugareños y viajeros que se acercaban hasta allí la triste historia de Eo. Y así fue como muchos se unieron a él en una empresa sin precedentes. Comenzaron a cavar, a extraer tierra, a preparar el terreno, a allanar los caminos, a traer materiales. Cada día iban llegando gentes nuevas de todos los lugares del mundo, gentes que habían conocido la noticia y querían sumarse y unir sus fuerzas en aquella maravillosa empresa, aquella deliciosa quimera que comenzaba a tener visos de realidad y que mantenía unida y feliz a aquella ingente masa de campesinos, granjeros, pescadores y comerciantes transformados ahora en incansables obreros.
     De países lejanos comenzaron a llegar materias primas así como metales preciosos; oro, plata, diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, topacio, ámbar, amatista y delicado cristal. Lo que en un principio había parecido una utopía, un imposible, se fue tornando poco a poco en un sueño realizable, una futura realidad. Arquitectos y delineantes dibujaron los planos para que los obreros pusieran los cimientos y alrededor de aquella montaña comenzaran a levantarse las cristalinas casas y espléndidos edificios que fueron dando forma a los perfiles de una impresionante ciudad.
     La tarea llevó años, lustros y décadas. Fue una obra faraónica, inimaginable para quien no contemplara a aquella ingente cantidad de obreros trabajando como poseídos en pos de un sueño común. Conforme los barrios iban quedando terminados en un sinuoso ovillo de calles, canales y avenidas, fueron también llegando árboles y plantas, no conocidos por aquellos lares, de países del otro lado del mar. Y al mismo tiempo que la ciudad seguía su lenta pero incansable construcción, los mismos obreros comenzaron a adquirir viviendas para instalarse y comenzar a habitar la ciudad, trayendo consigo también a sus familias para que fueran dando alegría y vida al lugar. Las aves exóticas, las fieras amaestradas, los peces tropicales y las focas y delfines fueron los últimos en llegar.
La ciudad quedó levantada. Imponente y majestuosa como no se conocía otra en ningún otro confín de todo el mundo conocido. Tan sólo un detalle restaba para hacer realidad por completo el sueño de Eo; la hermosa muralla de hielo.
     Pero si bien todo lo demás había sido posible gracias al esfuerzo, la colaboración, las ganas, el deseo y la ilusión, nadie sabía cómo hacer posible aquel último detalle. Se celebraron extensas reuniones y consejos en los que se discutía acaloradamente sobre las fórmulas que podían utilizarse, pero nadie sabía ofrecer una solución válida, una respuesta factible… o tan sólo una alternativa. Aunque complicado, era posible traer grandes masas de hielo e icebergs de los lejanos países del norte, se podían tallar los bloques y construir la muralla, pero no se podía desafiar a las leyes de la naturaleza, no se podía soñar con que fuera a permanecer allí erguida desafiando al sol y al viento, sin derretirse con el tibio latigazo del calor ni fundirse con el implacable paso del tiempo.
     Al no encontrar una opción mejor, decidieron poner en marcha este último proyecto; si bien no era posible conseguir que el hielo permaneciera inalterable y no se fundiera, si bien no podía prosperar el deseo de todos de que el sueño fuese eterno, pues al fin y al cabo toda aquella obra mastodóntica no había sido más que eso, un hermoso sueño, sí podían conseguir, en cambio, levantar la muralla y ponerla en pie aunque fuese tan sólo por unas horas o días y, dedicar así, tal y como la imaginó, la obra completa a la memoria de Eo.
     Grandes barcos zarparon en dirección al norte, hacia los lejanos países y mares helados, en busca de icebergs y grandes masas de hielo. Pocos meses después comenzaron a regresar los primeros de ellos a puerto. Y todos los habitantes se unieron de nuevo en la tarea y empeño de tallar, esculpir, dar forma y levantar aquellos bloques alrededor de la ciudad de ensueño.
     Y un par de años más tarde, la ciudad quedó al fin en pie, levantada, erguida orgullosa con grandeza y maestría, espléndida y reluciente como un sueño, brillante como una estrella.


Sólo que ahora ya no era un sueño.
     Y nadie pudo explicarlo después. O más bien sería correcto que nadie supo explicarlo jamás, pues el misterio y el enigma siguen aún ahí…pero el caso es que el hielo no sólo no se fundió, sino que fue ganando en firmeza y consistencia con el paso del tiempo, adquiriendo aquel tono azulado que todos habían imaginado y vislumbrado en sus sueños, tal y como Eo lo había descrito.
     Cada vez que llegaba el verano y las largas jornadas de sofocante calor parecían poner en peligro la vida de la muralla, como por mandato divino llegaban las nieves y el frío, que en circunstancias normales no tenían cabida y lugar en aquella época, restituyendo las mermas y pérdidas que el sol hubiera podido ocasionar. Ninguno lo comentaba en voz alta, pero todos pensaban que era el espíritu de Eo el que estaba detrás de todo aquel misterio, velando su obra, protegiendo con cariño aquello que su imaginación y toda una vida de viajes y empeño habían forjado plantando la semilla que tiempo después, gracias a Tengel germinaría.
     A todo esto, habían pasado muchas décadas y el joven Tengel se había convertido en un apacible y feliz anciano que andaba siempre rodeado de una legión de hijos y maravillosos nietos. Cuando éstos le preguntaban cómo había podido hacerse realidad lo que para ellos era ya toda una inexplicable leyenda, Tengel sólo podía sonreír y contestar:
     “Hay algunos sueños tan hermosos, tan llenos de vida, magia y significado que no pueden morir y evaporarse al despertar, tienen que seguir avanzando, como las olas del mar hacia su orilla, hasta que consigan hacerse realidad.”
     En los últimos años, Tengel subía todos los días a la cueva de la montaña y se sentaba allí, frente a la tumba de Eo, sonriente y radiante de dicha y felicidad, contemplando el epitafio que ahora rezaba sobre un hermoso mausoleo del color del lapislázuli.
     “A Eo,  verdadero  constructor  de Zoeida.
De todos sus habitantes que jamás dejarán
morir el lugar que imaginaste para ellos.”
     Y el anciano murmuraba en silencio para sus adentros:
     “Sí, tú la imaginaste, tú dibujaste los planos, tú allanaste el terreno, tú preparaste los cimientos. Incluso sin quererlo, encontraste la montaña y el lago. Yo tan sólo tenía que poner en marcha el resto.”
     Poco tiempo después, unos niños que jugando pasaban por casualidad cerca de allí, lo encontraron apoyado en una roca, frente a la tumba de Eo. Había dejado de respirar. Pero la cándida sonrisa y la feliz mirada de Tengel seguían muy vivas. Estaban cerca, muy cerca; allí mismo. En el lugar del que ya jamás se irían.
     Zoeida. La ciudad azul.


 Juanma Nova García – 10 – Septiembre – 2012   



          

lunes, 12 de mayo de 2014

EL TREN FANTASMA

La espeluznante y terrible historia que les voy a narrar, por descabellada, quizás parezca no tener el menor sentido. Me interesan los misterios y las llamadas historias del más allá, así como penetrar en los más oscuros y recónditos secretos del alma humana. Por eso a veces he hurgado en sitios donde nada se me había perdido... esos mismos lugares donde la gente sufre y donde lo racional y cotidiano se mezcla y confunde con lo inescrutable, lo irracional y la locura...

Esta historia que me dispongo a contar, dramática y sorprendente, me la narró su protagonista hace ya algunos años y seguramente, hasta entonces, nadie más la había escuchado. Por un lado la lógica me aconseja que no busque explicaciones extrañas ni trate de justificar un suceso inverosímil que, aparentemente, se cae y desmorona bajo su propio peso. Pero por otro lado, una parte de mí está convencida de que hay algo de cierto en su relato, algo de verdad irrebatible. Y aquí nada tiene que ver mi imaginación desbocada, como quizás puedan estar pensando. Tampoco mi fantasía don quijotesca por el exceso de lectura. A este respecto, me considero una persona bastante racional y equilibrada, capaz de delimitar la línea o barrera que separa lo fantástico de lo real. Intento calibrar y ver todos los acontecimientos que encuentro a mi alrededor de forma objetiva y sin dejarme llevar por emociones, supersticiones o sensaciones.

Pero estoy convencido de gran parte de la veracidad del suceso y de que, cuando me contaba su historia, aquel hombre no mentía. Y no sólo porque sus ojos lloraban; ni porque en todo aquello, tan extraño y terrorífico, pudiera existir algún oscuro misterio que lo justificara. Hay algo más que me reafirma en mis convencimientos. Pero ese algo más lo explicaré tras relatar la historia de aquel pobre hombre sin ninguna adulteración, tan sólo como él la interpretaba. Así todos podremos tener nuestra propia visión de los hechos y acontecimientos mientras escudriñamos algunos de los misterios que acechan bajo la luminosa realidad.



                                                                                                 *   *   *



"Aceptar lo que me sucedió puede parecer, por mi parte, un claro síntoma de locura. Pero yo no estoy loco. Ante todo quiero dejar eso bien claro.

"Hace ya algún tiempo, he de aclarar que no tengo coche y siempre utilizo el transporte público... Hace ya algún tiempo, como decía, me dirigía una noche, como otras tantas, hacia la boca de Metro correspondiente a la línea que todos los días tomaba para hacer el trayecto desde mi lugar de trabajo a casa.

"No es aquella una parada demasiado concurrida ni transitada. Más bien podría decirse que es solitaria de más, en especial a la hora nocturna en que yo suelo utilizarla, cerca de la medianoche. Aquella noche no era distinta y la estación se encontraba prácticamente desierta. Pasaron  varios minutos sin que apareciera ningún tren. Los usuarios miraban sus relojes con impaciencia. Deseosos, como yo, de marcharse de aquel lugar solitario y llegar cuanto antes a sus hogares.

"De repente divisé a mi derecha las luces de la cabina del tren iluminando el oscuro túnel. La luz de los vagones hacía parecer a las ventanas enormes sonrisas blancas. El tren se detuvo, abrió sus puertas y yo entré en el tercer vagón, que era el que se había detenido a la altura de la estación en que yo me encontraba. Estaba casi vacío, así que me senté en uno de los muchos asientos libres que quedaban, dispuesto a relajarme y leer unos minutos antes de llegar a casa.

"Sólo cuando sonó el silbato de aviso de partida y el tren cerró sus puertas, reparé en que ninguna de las otras personas que esperaban en la estación había subido al tren. Es más, seguían leyendo sus revistas y mirando sus relojes con impaciencia, como si no hubieran advertido su presencia. Quizás alguno de ellos estuviera esperando a otra persona, quizás no tenían prisa... ¡quién podía saberlo! Esos fueron los argumentos que me di a mí mismo. Se encuentra uno a tanta gente rara a diario que no puede ir por ahí intentando analizar y explicar todo lo que sucede a su alrededor. 


"El tren arrancó e inmediatamente dejó atrás la estación sumergiéndose en las tinieblas del túnel. Me encontraba en el asiento de uno de los extremos del vagón. Miré hacia el otro, tal y como por curiosidad  o inercia hacemos casi siempre, para ver al resto de viajeros. Había tres mujeres al otro lado del vehículo, de pie, apoyadas sus espaldas en la pared del tren y charlando entre ellas. Me sorprendió su actitud en exceso seria y como malhumorada. Las tres llevaban el pelo teñido de negro. Parecían llevar los ojos pintados también de negro, y los labios de morado. Ello contrastaba en exceso con sus rostros, que tenían una palidez cadavérica y de ultratumba. Quizás fuera maquillaje, o tal vez se dirigieran a alguna fiesta. La juventud vestía últimamente de manera tan variopinta y desenfrenada que ya casi nada sorprendía o llamaba la atención. Sin duda, podían pertenecer a alguna de esas tribus urbanas góticas que tanto abundaban y estaban de moda. Dos de ellas llevaban las uñas largas en exceso y pintadas también de negro. La tercera llevaba las manos enfundadas en unos impecables guantes blancos.

"El tren continuó su marcha y nos estábamos acercando a la siguiente estación. Al llegar a ella comprobé que tampoco había casi nadie en el andén y, tras detenernos, los vagones abrieron sus puertas para dar entrada a los viajeros. Observé que, por segunda vez, nadie subía a bordo. El conductor arrancó de nuevo y seguimos nuestra ruta. Ahora el suceso sí que me había producido una cierta inquietud. Rayaba ya en lo más extraño que en dos estaciones seguidas nadie, excepto yo, hubiera subido a aquel tren, teniendo en cuenta sobre todo que la gente que allí aguardaba esperaba precisamente ese tren. Pero al final pensé que tal vez todo fuera fruto de una simple y extraña casualidad, y que no había motivos para preocuparme en exceso.

"Pero en la siguiente parada volvió a repetirse el mismo fenómeno. Tan sólo había dos personas, pero no subieron a ningún vagón. Iría más lejos y podría afirmar que parecían no fijarse ni ver el vehículo que se detenía justamente frente a ellos. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lo que estaba sucediendo allí no parecía para nada normal.

"Inquieto, miré hacia el fondo del vagón y vi que las tres mujeres miraban de reojo en mi dirección, manteniendo aquella misma actitud seria e irascible. Empecé a intranquilizarme y aparté la mirada. Ya nos aproximábamos a la siguiente parada y me estaban entrando ganas de bajarme en ella, pese a que no era la que me correspondía. Sin embargo, me retuve. Decidí aguantar pensando que todavía faltaban varias estaciones más y que era una tontería innecesaria perder más tiempo. Esperé deseando ver subir a alguien. Vana esperanza ya que nadie lo hizo.

"Volví a mirar a mis acompañantes femeninas. Seguía percibiendo en ellas algo indefinible que me inspiraba temor y desconfianza. Si bien su indumentaria podía pasar desapercibida en una gran ciudad como aquella, había algo extraño en ellas... algo que se me escapaba. Una idea cruzó fugazmente mi mente. No eran disfraces ni indumentarias góticas... más bien parecían de otra época. ¡Eso era, eran trajes antiguos! En esos momentos, atisbé un cierto cambio en su actitud. Ahora me miraban más fijamente y parecían sonreír con una mueca falsa y burlona que me heló la sangre. En la próxima parada me bajaría y esperaría al siguiente tren. No pensaba seguir allí dentro ni un sólo minuto más.

"Me levanté, pero cuando el tren llegó a la estación no se detuvo. En el andén había gente, pero parecía como si fuésemos invisibles y no se percatasen de nuestro paso. Mis jóvenes acompañantes sonreían cada vez más abiertamente y me sobrecogió la dosis de malignidad que parecía esconderse tras aquellas sonrisas de bufón y aquellos ojos pintados y envueltos en sombras. Angustiado, tiré del freno de emergencia, pero el tren no hizo intento alguno de detenerse. Unas carcajadas entre diabólicas y perversas brotaron del fondo del vagón, del fondo del alma y las gargantas de aquellas tres mujeres arrastrándome hasta el mismísimo borde y paroxismo de la locura. Estaba tan angustiado que no podía pensar con claridad, no sabía qué hacer...

"El tren había cogido una velocidad endiablada, infernal. Pasamos varias paradas más, entre ellas la mía, sin que hiciera el más mínimo ademán de detenerse. Por el contrario, aumentaba cada vez más y más la velocidad. Imposible de describir con palabras el horror que me atenazaba en aquellos momentos. Y la gente de fuera impasible, sin reparar en nuestra presencia, sin percatarse de nuestro paso.

"Próximo ya a la desesperación, advertí un ligero movimiento en las jóvenes del fondo. Se estaban moviendo, acercándose hacia mí sin parar de reír. Lentamente. Casi a cámara lenta. Haciendo un esfuerzo de concentración y de auto control de mi angustia y mis sentidos, cogí el paraguas -por suerte para mí había llovido aquel día y lo llevaba encima- y con fuerza y decisión golpeé repetidamente una de las ventanas del vagón hasta romper el cristal.

"Ellas seguían acercándose, despacio como zombies, mostrándome sus encías en una risa perversa, alargando sus brazos, que entonces me parecieron inmensos, hacia mí. Ya las tenía casi encima. Me encaramé con cuidado a la ventana en el preciso instante en que cruzábamos la siguiente estación. Sin pensarlo dos veces, salté fuera en el preciso momento en que unas largas uñas intentaban aferrar uno de mis tobillos.

"Caí al suelo con estrépito y, tumbado en él, observé como aquel tren del infierno se alejaba a gran velocidad, sumergiéndose entre las sombras mientras, desde la ventana rota, las tres mujeres me miraban con una expresión de infinita rabia, odio y maldad. El resto del tren iba vacío. Antes de perderlo de vista pude fijarme en el número pintado en el lateral del vagón. El 103. 

"La estación también estaba vacía, así que para mi contrariedad nadie fue testigo de los hechos y de cómo me arrojaba del tren. Me levanté intentando sosegarme. En un bar cercano tomé un par de copas mientras pensaba en todo lo acontecido. Los huesos me dolían a causa de la caída y el subsiguiente golpe. Pero por fortuna, parecía no haberme roto ninguno.

"Volví a casa y ya en la cama -eso sí, con la luz encendida, pues la oscuridad me devolvía aquellos rostros fantasmales a la memoria-, rodeado de la serenidad y sosiego que proporcionan el descanso y el silencio del hogar, repasé varias veces mentalmente la película de los hechos que me acababan de acontecer en aquella aciaga noche.

"Al día siguiente me dirigí a las oficinas del Metro. Allí pregunté por algún responsable que pudiera informarme sobre un tema relacionado con aquella linea que yo utilizaba. Me pasaron con uno de los jefes de mantenimiento.

"Me inventé una excusa que justificase mi presencia allí y le expliqué a aquel hombre que el día anterior había montado en dicha línea y había perdido la cartera pero que, por casualidad, recordaba el número del tren en el que había viajado. Así que le rogué que mirase si, por suerte, la cartera hubiera aparecido. El número del tren era el 103.

"Mi interlocutor consultó unos libros y, tras unos minutos, meneó la cabeza negativamente y me dijo:

"-Sin duda debe de tratarse de un error. El tren número 103 fue mandado al desguace hace ya cuarenta años, después de un terrible accidente en el que perecieron tres chicas jóvenes.

"Asentí, admitiendo que sin duda debía tratarse de un error por mi parte al visualizar el número que vi escrito en el vagón. Le pedí disculpas por las molestias y me despedí. Él, por su parte, se brindó amablemente a informarme de inmediato si aparecía la cartera.

"El fresco aire matinal despejó en parte mi mente de la conmoción que acababa de sufrir al recibir aquella espeluznante información.

"¿Cómo podía ser?¿Cómo podía haber viajado en un tren desguazado cuarenta años antes? No podía aceptar aquella cosa así como así. Y además, parecía que yo era la única persona capaz de verlo y viajar en él. Por supuesto, ¿cómo iba a subir la gente a bordo si aquel tren no existía? Pero, ¿por qué yo si pude hacerlo? No era capaz de hallar ninguna respuesta lógica o coherente..

"Pasó el tiempo y mi único deseo durante aquel largo periodo no fue otro que el de olvidar el suceso. Me dolía y quemaba su recuerdo, pero hice todos los esfuerzos posibles por borrarlo de mi mente. Poco a poco, el trabajo, la rutina y la vida diaria consiguieron que fuera quedando aparcado en la memoria como un mal sueño, una pequeña pesadilla.

"Pero no he podido volver a subir a ningún vagón de Metro o tren. Un par de veces lo he intentado sin conseguirlo. Una terrible sensación de pánico y ansiedad se apodera entonces de mí. El mero hecho de acercarme a una parada me provoca ya un intenso desasosiego.

"Parece ser, al menos que yo sepa, que he sido la única persona capaz de ver y subir a aquel fantasmagórico vagón de tren. Pero ante todo quiero dejarle claro que nunca antes ni después en mi vida he tenido ninguna otra experiencia similar ni cualquier otra alucinación. Y por supuesto, sepa usted que no estoy loco...



                                                                                                        *  *  *



Nunca más he vuelto a ver a aquel desdichado hombre cuyo único deseo era dejar, ante todo, demostrada su cordura. Ya he dicho que estoy acostumbrado a escuchar cientos de relatos y sucesos relacionados con el más allá. Algunos son meras invenciones y fraudes de gente deseosa de darse publicidad u obtener pingues beneficios. En ocasiones son meras ilusiones y fantasías. Y hay muchas también producto de la demencia y la locura. Mucha falsedad y demasiada propaganda, ya que todo lo macabro, misterioso o inexplicable vende y puede ser un filón de oro para gente sin escrúpulos capaz de exprimirlo. El dinero y la codicia pueden llevar al hombre a cruzar los límites más insospechados. Pero tras mucho sondear y bucear en el mundo de lo paranormal, he podido llegar a la conclusión de que hay debajo de ese mundo oscuro mucho más de lo que lo parece y que esas señales que vemos a veces, son tan sólo la punta del iceberg.

Aquel hombre no buscaba propaganda o publicidad, ya que tanto en su círculo de amistades como en su puesto de trabajo, donde ocupaba un empleo de importancia en una gran empresa, lo que menos necesitaba era inventarse y contar un suceso de tales características y ser tomado por un chiflado, arriesgándose a perder así todo aquello por lo que había luchado y tantos esfuerzos le había costado conseguir.

Tampoco perseguía dinero. Que yo sepa jamás vendió su relato y, según creo, soy el único o uno de los pocos afortunados en conocerlo. Y, como él mismo me confesó, sólo necesitaba desahogarse, quitarse un peso de encima y hacer a otro partícipe, o al menos conocedor de su experiencia. Tales sucesos, cuando se guardan dentro, al igual que sucede con determinados sentimientos aunque parezcan muertos, están tan sólo aletargados y, cuando uno menos lo espera, la más leve corriente de aire los aviva originando el peor de los incendios. Es como si al contarlos, consiguieras  desprenderte en parte de ellos.

Creo en la historia de aquel hombre. Y no sólo por las lágrimas que vertió mientras la contaba, ni por la coherencia que mostró durante todo el relato, donde no se contradijo ni una sola vez pese al aparatoso tercer grado a que le sometí. Como ya dije antes, hay algo más que contar.

Esta historia me fue referida hace ya varios años y yo, al igual que su protagonista, la había guardado ya en el cajón del olvido de la memoria. Pero hace un mes aproximadamente, sucedió algo que me hizo darme de nuevo de bruces con ella.

Me encontraba, casualmente pues no suelo usarlo mucho, en la misma línea de Metro de nuestra narración. Y no había reparado siquiera en ello hasta que el tren hizo acto de presencia en la estación. Pero para mi sorpresa, llegaba con más velocidad de la que era habitual si debía, como era su obligación, detenerse allí.

Y mi asombro fue aún mayor cuando vi que pasaba de largo. Una tuerca hizo click en mis recuerdos al mismo tiempo que algo en el tren llamaba mi atención. El tercer vagón llevaba una ventana rota. En su interior había tres pálidas mujeres jóvenes vestidas de negro, de pie y en actitud en exceso seria y apesadumbrada. El número pintado en el lateral del vagón era el 103...



                                                                                                     *  *  *



Ahí tienen el relato. La historia de aquel hombre... y ahora también la mía propia. Son libres de pensar lo que quieran. Es una historia aterradora, a la vez que difícil de creer y ser tomada en serio. Soy consciente de ello. Y sé también que suena más a leyenda urbana que a cualquier otra cosa. En todo ello estoy de acuerdo.

Pero anden con cuidado. A nuestro alrededor merodean más acontecimientos extraños de los que somos capaces de vislumbrar a simple vista. Sobre todo si es uno un poco dado a mirar más abajo de la superficie. Y no se trata de exceso de imaginación, sugestión o paranoia. Sé distinguir perfectamente la línea que separa la fantasía de la realidad y el sueño del despertar.

Estoy casi por completo convencido de la cordura de nuestro entrañable protagonista. Pero si hay algo de lo que si puedo estar completamente seguro, es de que yo no estoy loco...


Juanma -  19 - Octubre - 1995






lunes, 3 de marzo de 2014

EL ÚLTIMO TREN

Estaba sentado al fondo, en el asiento más alejado del decrépito andén. El olor a madera vieja, al paso del tiempo, a los perfumes de la gente mecidos por el viento, eran olores que a él siempre le embriagaban y le contaban pequeñas, o grandes, historias. Sin embargo este era su último viaje, y como todo final, ya no importaban esos pequeños, o grandes, detalles. 

Era la última vez que pisaba el viejo y agrietado suelo de la estación; aquella estación donde muchos zapatos dejaron con sus huellas, seguramente, alguna historia semejante a la suya, pero él no lo sabía. Quizá por la esperanza, tal vez por el miedo. Notó los pasos de ella. No los escuchó, los notó caminando por los pasillos de su alma. Los pasos de aquella mujer que tanto había amado, que aún amaba, y que seguiría siempre amando.

Un destello cruzó fugaz por sus recuerdos, tan breve como el olvido. Sólo un instante. Recordó aquellas piernas esbeltas entrelazadas con las suyas, su sonrisa vestida de alegría y sus dientes blancos desnudos sólo para él. Recordó su brazo perdiendo la noción del tiempo y la circulación por abrazarla mientras dormía, recordó cómo sus dedos caminaban por un hermoso paisaje lleno de montañas y valles, acariciando cada pliegue y cada rincón. Todo esto, y muchas cosas más, vinieron a su mente, solitario y perdido en el silencio del andén. Y supo que ella estaba allí.

Parpadeó levantando una ligera brisa con el vuelo de sus pestañas. Giró la cabeza con cuidado hacia la derecha, pero se percató de que todos sus sentidos, por una vez, le habían fallado: ella no estaba. ¿Dónde se había metido? Lo único que faltaba es que ese malestar, aquel suplicio del alma, se alargara por más tiempo.

No estaba a su lado, sino del otro lado, justo en el otro andén. Su cuerpo, esculpido en la atmósfera, dibujado en el aire, daba la sensación de ser una silueta intocable, una estatua imperturbable. Allí estaba ella, con las piernas como dos anclas sumergidas y ancladas en el océano del pavimento, con los blancos dientes escondidos tras su boca sellada como un cofre lleno de tesoros secretos. Fue un momento, un tic-tac, apenas un aleteo, y contempló de nuevo la eternidad y el infinito. Pero ese instante terminó. Porque como bien sabía Alicia, en el país de la maravillas para siempre a veces no es más que un segundo.

Ella abrió la boca y dijo algo: "Yo también te soñé. Pero en mi sueño estabas a este lado". Pero desde aquella distancia él no consiguió escucharla. Tic-tac. Aparecieron de repente los trenes. Tic-tac. Y de nuevo la vio, que no la oyó, decir algo: "No te subas". Pero el ruido de los motores silenció la frase. Los trenes se cruzaron, y por otro instante, dudó si a aquella aparición, si a ese holograma, si a aquel fantasma, lo había atropellado el vagón del otro lado. Sabía que su mente pensaba muy despacio a la hora de encajar las piezas de cualquier puzzle. Ni siquiera tuvo tiempo de mover ninguna y se subió en silencio a su vagón, con destino a quién sabe dónde. Sólo sabía que su tren partía hacia el Sur y que el de ella viajaba hacia el Norte. 

Se resignó, creyendo que entendió. Sabiendo que perdió. Aquellos dos trenes, y sus respectivos vagones, nunca más iban a compartir estación. Y ellos tampoco iban a compartir ni un retazo de recuerdo más sobre dos vías. Y cada día vivido junto a ella, todos los meses, todos los años, se le hicieron diminutos, casi nada, cuando miró hacia atrás por la ventanilla. Después, oscuridad. Miedo. En algún momento, iba a llegar a otra estación. Más al Sur, cuando la vida se le escapaba a toda velocidad hacia el Norte.

Juanma - 12 - Febrero - 2014