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martes, 5 de diciembre de 2017

LOS SECRETOS DEL MUNDO

Ella le cogió de la mano. Subieron por unas empinadas y estrechas escaleras de piedra hasta toparse con una puerta redonda, como esas tan graciosas de los hobbits. Daba a un pequeño desván, oscuro y polvoriento. Al fondo había un ventanuco que apenas dejaba pasar los rayos de luz de la mañana. Las tardes debían ser de penumbra, silencio y seres invisibles moviéndose entre las sombras. Las noches... no quería ni pensarlo. Apenas se distinguía gran cosa, pero Loth pudo apreciar que todas las paredes estaban llenas de estanterías, desde el suelo hasta el techo. En unas había libros; en otras extraños objetos, piedras y amuletos; y en algunas más, pequeños recipientes de cristal de muchos colores.
     —Dijiste que me ibas a enseñar los secretos del mundo...
   —Y aquí los tienes —respondió Alana con una sonrisa—. Todos los secretos y misterios del mundo.
     —Yo solo veo cosas inútiles.
     —¿Cosas inútiles? —La muchacha no pudo evitar reírse ante la ingenuidad del chico. Tenía casi la misma edad que ella, pero era tan inocente...— Los libros guardan todos los saberes del mundo. Los conocidos y los prohibidos. Todo lo que fue, es... y quizá también lo que será. Ellos custodian toda la ciencia y fantasía del mundo. También la astronomía, los senderos ocultos del bosque, la poesía...
     —No sé leer —contestó Loth con tristeza.
     —Eso tiene arreglo —respondió Alana—. Yo te enseñaré.
     —¿De veras lo harás? —Y por primera vez asomó a los ojos del chico una chispa de alegría. La muchacha se limitó a sonreír y asentir, cual una madre ante la pregunta divertida de su hijo.
     —En las piedras y amuletos —continuó—, se conserva la magia del universo. Cada uno posee un poder distinto, atesorado desde el amanecer de los tiempos. Todo cuanto nos rodea está impregnado de saber y poder. Los misterios de la naturaleza, los abismos de los océanos, las maravillas de las constelaciones. Todo aquello que muchas veces no comprendemos... ¿Sientes vértigo? Tranquilo. Cuando aprendas a leer y escribir, también te los descubriré.
     —¿Y en los frascos de colores? —preguntó— ¿Qué guardas ahí?
     —¿Ahí? —Alana se giró para mirar los estantes que tenía detrás— Eso es lo menos misterioso de todo. Tan solo es mi pasatiempo. Es con lo que me entretengo en los ratos libres. Ahí voy guardando todos los olores del mundo.
     —¿Todos? —Los ojos de Loth se habían abierto como platos.
     —Bueno, casi todos —Volvió a reír ella.
     —¿Qué hay en ese de allí? —dijo señalando un frasquito con un líquido gris azulado que había en lo más alto de la última estantería.
     —Ése contiene el olor de los ríos y sus peces. El verde que hay a su lado, el aroma de los árboles y las flores en primavera. El rojo de la estantería de debajo, la fragancia de la pasión y los latidos del corazón...
     —¿Y este? —El muchacho se acercó hasta uno más grande que había frente a ellos y que brillaba con un hermoso azul celeste.
     —¡Ten cuidado; este es el más delicado de todos! Guarda uno de los olores que más me costó atrapar. Dentro huele a polvo de estrellas. ¡Pero ven aquí! —Volvió a cogerlo de la mano y le llevó hasta un rincón— Mira estos dos. Este de color ámbar guarda mi perfume. Y ese otro carmesí, tu olor.
     —¿Mi olor? —Cada vez estaba más asombrado— ¿Cómo has atrapado mi olor?
     —Shhhhh... —Alana se llevó un dedo a los labios y, encogiéndose de hombros, dejó escapar otra tímida risita— Eso es un secreto que no está escrito en ninguno de todos estos libros.
     —¿Y aquel otro? El pequeñito que hay al lado de los nuestros. 
     —¿El que está vacío? Ese aún tenemos que rellenarlo...
     —¿Tenemos? —La miró más extrañado todavía— ¿Con qué?
     —¿Aún no lo sabes? —Se acercó y lo abrazó con ternura para susurrarle al oído— Ese lo llenaremos tú y yo, poco a poco, día a día, con la esencia del amor. 

Juanma

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL CUENTO DE LA VIDA

Apenas tienen cinco años cuando se conocen. Es el primer día de colegio y sus madres los dejan en una clase llena de otros niños llamativos, pero menos. Menos niños no, menos llamativos los unos para los otros que como se atraían ellos entre sí.
    Su historia empieza en una mesa verde llena de bolas de arcilla que, a diferencia de la plastilina, al quedarse seca se endurece, como la vida. Él fabrica un unicornio, ella no sabe qué es. Él le explica que es un caballo mágico, ella se ríe y él también. Después moldea un barco y le asegura que, cuando esté acabado, navegarán a bordo de él por el patio de recreo en los días de lluvia, y vivirán aventuras increíbles surcando lagos malditos, mares lejanos, el mundo entero. Ella sonríe con los ojos brillantes de ilusión.
    Pasan los recreos siempre juntos, contándose historias imaginadas, cuentos recién inventados, fábulas en primera persona. Los demás niños los miran con recelo, observándolos a una distancia prudente, como si fuesen bichos raros que no conocieran. Aprenden a escribir juntos, a leer de la mano, a sumar y restar cantando... y cogen la costumbre de contarse el argumento de los libros en primera persona. Se disfrazan de los héroes de sus sueños, crecen dentro de sus mentiras, se abrazan de mentira, y se besan de mentira, como los novios de mentira.
    Llega el último verano de colegio y ya no les quedan más septiembres. Se mienten, esta vez sin saberlo. Poco a poco, como planetas en distintas órbitas, se van distanciando irremediablemente. Siguen viéndose de manera casual por el barrio, pero cada vez conversan menos, se miran menos, se sonríen menos... hasta que el saludo se convierte casi en obligación.
    Pasan los años de mentira y van conociendo a otros ellos. Llenan sus nuevas vidas de otras mentiras, aunque mucho menos cómplices, más mundanas, menos divertidas. Un día ella entra en una discoteca, ya decepcionada de esa nueva vida, y se lo encuentra. Entre tragos de alcohol recapacita: “de todos los que me han mentido, nadie me ha mentido como él”. Se acerca y le saluda. Al oído le confiesa que está en la discoteca porque el descapotable se le ha averiado, iba de camino a una cena con músicos, actores y gente del mundo de la moda. Él se ríe, se separa con los ojos brillantes, hace una pausa para mirarla. Se acerca a su oído y le miente. Así que ambos, mentidos de arriba abajo, salen a buscar al unicornio de arcilla, que con el tiempo ya está amaestrado, para que los lleve a la fiesta. Se besan y hacen el amor en un portal.
    Siguen viéndose de vez en cuando para mentirse. Se mienten incluso sobre sus actuales parejas. Se van contando sus bodas programadas, los hijos que tendrán, sus viajes, sus mascotas... Poco a poco van dejándolo todo para mentirse más frecuentemente, hasta que ya casi se mienten en exclusiva. Hasta que un día deciden irse a vivir juntos, para mentirse ya del todo. Y es entonces cuando cada uno descubre todas las verdades del otro.
    Salen por la mañana a trabajar a la ciudad, y vuelven corriendo por la tarde a mentirse en su reino recién conquistado, a lomos de su caballo mágico. Pero una noche ella se pone enferma, y acuden a un hospital muy falto de fantasía. Un doctor le diagnostica una enfermedad incurable, y le cuenta que apenas le quedan unas semanas de vida. Ella llora y maldice todas las verdades del mundo.
     Él se quita los zapatos y se acurruca en la cama junto a ella, abrazándola con fuerza. Le aparta el pelo de la oreja para alimentarla de una última mentira. Le explica que ellos no existen, que son parte de un cuento, un relato nacido de la fantasía de un pensamiento. Le cuenta que son tan reales como los unicornios, y que al final del cuento no se muere, porque los cuentos no tienen final. Y le promete, sin más mentiras, esta vez ya de verdad, que vivirá para siempre en su recuerdo y su corazón.

Juanma - 26 - Noviembre - 2017

domingo, 9 de abril de 2017

ALICIA

Érase una vez una niña a la que los días de colegio le resultaban aburridos. Aquel enorme edificio que albergaba el aula donde recibía sus clases hacía que se sintiera como un pájaro enjaulado, y sus interminables pasillos e infinitas escaleras le parecían una cueva llena de trampas, o un laberinto sin salida. En aquellas tediosas horas de álgebra o geografía, ella prefería dedicarse a soñar mundos de magia y fantasía, a dibujar sus propios mapas inventados en un cuaderno o a imaginar curiosas y divertidas figuras en las nubes, paisajes de cuento de hadas que se pincelaban como acuarelas en el cielo solo para ella.

En los recreos se sentaba alegre en un banco del patio y dejaba que el aire travieso que movía y cambiaba a su antojo los perfiles de aquellas nubes, le alborotara el pelo y le hiciera cosquillas en las pestañas mientras intentaba hacer desaparecer las pecas de su cara con trucos de prestidigitador. Mientras daba cuenta con parsimonia de su bocadillo, soñaba despierta con reinos y países inconquistables o planetas y universos imposibles. Todavía no le había puesto nombre a ese sueño, pero conocía de memoria sus cientos de apellidos. Mientras fotografiaba siluetas de caballeros o princesas entre las formas de aquellos cúmulos de algodón, no dejaba de esbozar una amplia sonrisa de amanecer y primavera.


Ella no sabía, y tampoco le importaba demasiado, lo que era crecer. Los niños siempre saben soñar despiertos. Cuando la rutina o la tristeza le asfixiaban cerraba los ojos y, como Alicia, se dejaba caer en alguna lejana madriguera donde las penas y la gris monotonía no existían, donde todo estaba pintado de color como el arco iris o de nieve como el blanco de sus dientes cuando reía, y donde era capaz de encontrar gatos de Cheshire que sonreían o conejos blancos que hablaban y que nunca llegaban a tiempo a su destino. Se limitaba tan solo a soñar. A reír. Y a descubrir mundos secretos escondidos entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo.


Juanma - 9 - Abril - 2017



                                          

lunes, 2 de enero de 2017

EL SECRETO DE SU MANO

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una tarde de primavera la abrió...

Al principio no conseguí ver nada, pues tuve que cerrar los ojos ante el resplandor que surgió de ella, pero después... Abrió la mano y fue como volver a la habitación y los juegos y secretos de la niñez para decirle al espejo: Por fin he vuelto a casa.

Abrió la mano y de su interior sopló una brisa risueña, un viento travieso que al acariciarte el rostro te leía los pensamientos y revolvía tus cabellos como si fuesen algodón o risa o un jardín de mariposas que te subiera por los tobillos hasta las rodillas haciéndote cosquillas, como el revuelo de las flores en primavera y las nubes y su eco, como si una estrella fugaz te levantara el sombrero sin hacer apenas ruido, como el rebelde crujido de un relámpago en el cielo de la tormenta.

Recuerdo los pliegues de sus dedos níveos, casi de porcelana, formando un mágico cuenco, un pequeño y cristalino estanque en el que las ocas y los cisnes iban ahora de sur a norte en una nueva y desconocida migración, regresando siempre a su nido en el hueco del meñique que los acunaba y acariciaba como si él mismo fuese también tersa pluma; recuerdo los remolinos del agua y sus vaivenes alrededor de las aves, y las olas que conquistaban la orilla como si fuesen sueños.

En aquella mano que por fin se abrió suspiraba y deliraba el Mistral formando espirales a veces de magia, a veces de fuego; en ocasiones no decía nada y en otras, sin hablar, lo decía todo... y se acurrucaba en la curva del cuello, en las mejillas sonrosadas o en la comisura de la boca y, de regreso a su hogar, se colaba por la ventana abierta y pequeñita de un "estoy contigo por siempre jamás".

También se convertía en una caricia de arco iris, pero la melodía de su voz no cabía toda dentro y surgía y brotaba formando colores habitados por abejas que traían miel y luciérnagas que irradiaban luz y hormigas que portaban hojas carmesí y púrpura y verdeazuladas, y brillantes grises y rosados desde el sendero inquebrantable de las uñas.

En las líneas de su mano había un tiempo y una historia y un lugar... Y un alfabeto y una constelación y un mapa donde no había fronteras y sí manantiales y sirenas en busca de náufragos medio ahogados en su sed de nuevas tierras, arribando a una orilla y una costa de cristal y nácar para adentrarse tierra adentro y llegar a las arterias de los bosques y al pulmón de las montañas y sentir el latido de los caminos cuando los recorre el corazón.

Lo que tenía en la mano era un pestañeo de esperanza y un temblor de rodillas y un cosquilleo en el estómago... y apenas terminó de abrirla me besó como se besan dos labios enamorados. Lo que tenía en la mano más que carne, piel y huesos era cariño y ternura y una canción que te llamaba y te desnudaba dejándote de regalo un nombre mágico como el eco de una risa lanzándose en picado como un halcón desde el acantilado del alma.

Y aquella mano indescifrable, impensable e imposible se abrió como una flor al sol de la mañana y sentí vértigo y alegría y un escalofrío que me acarició y fue... Fue como si siempre hubiese estado muerto y al mismo tiempo no pudiera morir jamás... y como si todas las veces que muriera de ahí en adelante fuesen para estar cada vez más vivo y alegre y despierto.

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una noche de verano la abrió de nuevo...

Y esta vez entrelazó sus dedos con los míos y me perdí para siempre en el laberinto de la magia y el abismo del amor...


Juanma                                                                                 

jueves, 30 de junio de 2016

HÉROES Y CABALLEROS

En tiempos remotos, tras la cena y antes de emprender el camino rumbo a la cama en busca de dulces sueños, las familias se reunían alrededor del fuego del hogar y contaban historias sobre héroes y caballeros.
   Claro que, en tiempos remotos, había héroes y caballeros...

                                                                                              *  *  *

El camino que discurría por el bosque parecía olvidado a juzgar por su aspecto. Los hierbajos y matorrales lo invadían desde ambos lados de la espesura. La capa de musgo que cubría las piedras del camino indicaba que llevaba ya mucho tiempo sin ser transitado.
   La tarde sólo estaba mediada aunque, bajo la espesura del follaje, parecía que la llegada de las sombras de la noche fuera inminente. Un viento helado azotaba los árboles y los primeros copos de nieve de la temporada empezaron a caer.
   —Maestro, ¿cuándo me enseñará a manejar la espada? —preguntó el escudero.
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.
   Drake, el Gran Héroe. Muchas leyendas hablaban de él y su fama se extendía, como una brisa suave, de un extremo a otro de todas las tierras conocidas. Sobre él se contaban innumerables hazañas; que había salido victorioso en casi un centenar de combates cuerpo a cuerpo y vencido en una decena de justas a otros valientes caballeros y heroicos campeones; que había dado muerte a innumerables trasgos y trolls, e incluso a un dragón de las tierras de los volcanes de fuego; que había combatido en sangrientas guerras y batallas cantadas por bardos en hermosas canciones, conquistado reinos enteros para su Rey y robado los corazones de las más hermosas princesas; que había frecuentado la compañía de los más renombrados sabios, magos y druidas...
   Se contaban muchas cosas. Quizás incluso pocas. O tal vez demasiadas. Porque aquellas leyendas podían albergar en su interior tanto de real como de inventado. Y nadie que el muchacho hubiera conocido recordaba haber visto o tenido nunca constancia de nada de lo que en ellas se contaba.
   Sus misteriosos ojos negros, tan oscuros como abismos insondables, contaban que había vivido mucho y sus numerosas cicatrices narraban un duro y difícil camino por una vida que no había sido precisamente de rosas. Un profundo tajo recorría todo el lado derecho de su rostro, desde la oreja hasta la barbilla, convirtiendo aquella zanja en un erial donde la barba, que recorría en desordenados mechones blancos el resto de aquella geografía, no había vuelto a germinar.
   Ahora Drake, el Gran Héroe, se había convertido en un viejo arrogante y gruñón.
   —Pero Maestro —protestó Eric, su joven escudero—, siempre decís lo mismo...
   —Porque siempre preguntas lo mismo; las mismas estúpidas e inútiles preguntas —le interrumpió su mentor-; todo a su debido tiempo, muchacho, todo a su debido tiempo —Arreó su cabalgadura para que se pusiera al trote. El caballo, si es que aquel triste y escuálido jamelgo gris podía recibir tal trato de consideración dentro del  mundo equino, servía de montura para ambos jinetes, lo que acrecentaba aún más, si cabe, las fatigas y desdichas del rocín.
   —Pero ya llevo dos años con vos, he cumplido la mayoría de edad y aún no he aprendido a blandir la espada, ni a luchar cuerpo a cuerpo, manejar el arco o la lanza o montar a caballo —Suspiró Eric con tristeza—. Cuando me tomasteis como aprendiz a vuestro servicio, prometisteis hacer de mí un guerrero temible como vos, pero no he aprendido nada.
   —¿Cómo que no has aprendido nada? —preguntó Drake ofendido, con el semblante enrojecido de ira— ¿Sabes cuántos muchachos darían lo que fuese por ocupar tu lugar ahora mismo? ¡No, claro que no lo sabes! ¡No tienes ni idea! ¡Bastarían tan sólo mi consejo y compañía para hacer de muchos chiquillos enclenques, espléndidos soldados! Pero tú no haces más que hablar y protestar sin valorar siquiera lo que tienes. La paciencia y la espera son dos grandes virtudes del guerrero. Primero has de aprender a usar la cabeza; cuando estés preparado, aprenderás a usar el resto de tu cuerpo. ¿Cómo osas decir que no has aprendido nada?
   —Es que, con todos mis respetos Maestro, no he aprendido nada —afirmó de nuevo el muchacho—. En estos dos años lo único que he hecho es saquear casas abandonadas, husmear en cuevas y caminos y robar granjas, lo cual más que en escudero, me convierte en un ladrón.
   —¡Muchacho insolente! —rugió Drake deteniendo su montura. Se volvió para mirar cara a cara al chico— A eso no se le llama robo, sino supervivencia, y sirve para mantenerte con vida. Deberías darme las gracias aunque sólo fuera por conservarla todavía. A mí también me gustaría combatir, pero ya no hay guerreros ni caballeros por los caminos como antaño. Ni dragones. Y los trolls se han convertido en unos seres ridículos y estúpidos, cobardes y huidizos como ratas, que pasan el tiempo robándose las sobras de sus capturas los unos a los otros en la profundidad y seguridad de bosques perdidos. Los tiempos ya no son como antes, debes creerme; esta vida ha cambiado demasiado. Recuerdo que en mi juventud había batallas y duelos por doquier, en cada rincón de cada reino, y los dragones surcaban el cielo por parejas escupiendo leguas de fuego...
   —Bla, bla, bla... bla, bla, bla... —se burló el escudero en voz baja.
   —¿Decías algo muchacho? —preguntó Drake.
  —Nada, Maestro, escuchaba con atención. Ya sabe que los relatos de sus hazañas me entusiasman; continúe, se lo ruego.
   —Gracias, hijo —contestó el héroe orgulloso—. La primera princesa que rescaté era hija de un gran rey, ¿sabes? —Y Drake siguió su relato mientras el aprendiz se quedaba dormido en la grupa del caballo apenas hubo reanudado el hombre su relato.

                                                                               
                                                                                               *  *  *

—Maestro, ¿cuándo me enseñareis a cazar?
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.
   —¿Por qué no mañana? —insistió Eric.
   —¿Y por qué tanta prisa? —Drake lanzó una mirada suspicaz al muchacho. Estaban sentados al pobre calor de una triste hoguera, disfrutando de una insípida y frugal cena. Aunque a decir verdad, no podría decirse que estuvieran disfrutando demasiado, ni que lo que tenían en sus platos pudiese llamarse cena; un par de nabos asados y unas cuantas castañas medio podridas y comidas por los gusanos, lo poco que había sido capaz de encontrar el chico.
   —Quizá por comer algo de carne de vez en cuando. Ya que vos no os decidís a usar vuestro legendario arco, he pensado que tal vez pudiera hacerlo yo —replicó con ironía.
   —¿Cómo te atreves? —bramó el maestro levantándose— ¿Acaso te ha faltado comida algún día o cena cualquier noche?
   —No, Maestro —afirmó el muchacho—. No, si al hablar de comida os referís a esas bayas, raíces, frutas podridas y verduras marchitas que encontramos por casualidad en nuestro camino —añadió.
   —¿Has olvidado ya acaso la suculenta carne de ciervo que cenaste la otra noche y que yo cacé? —preguntó  dolido el caballero.
   —No, Maestro —suspiró su pupilo—, no he olvidado esa sabrosa carne de venado. Pero cazar, lo que se dice cazar... —Hizo un enorme esfuerzo por contener la risa, cosa que a duras penas consiguió— Si no recuerdo mal, aquel pobre ciervo había caído presa en una trampa que no era vuestra. Vos tan sólo tuvisteis que hundir vuestro cuchillo en el cuello del animal atrapado, destriparlo y asarlo. A eso no se le puede llamar caza, en mi país se lo conoce como robo o hurto; en la más amable de las definiciones, suerte... mucha suerte —añadió en el mismo tono socarrón y mordaz de antes.
   —¡Ya basta muchacho! —gritó Drake dando una patada a la lumbre y esparciendo las escasas brasas que había sido capaz de dar a luz el lastimero fuego— Lo que hay en el campo es de todos. Y si mi perspicaz vista de halcón e intuición de cazador no hubieran reparado en la presencia de aquel animal debatiéndose en su prisión, tú jamás te habrías deleitado con el sabor de su carne —arguyó con arrogancia—. Has de saber que el ayuno también es parte esencial de las enseñanzas que te estoy impartiendo e inculcando, porque es una faceta importante y primordial en la vida del ermitaño; pero tú no pareces apreciar ni agradecer nada. Con el estómago vacío se piensa mejor, se trabaja mejor...
   —No discuto su experiencia —le interrumpió Eric—. Pero si en algo le interesa mi opinión, he de decir que yo reflexiono, pienso, trabajo y duermo mejor con el estómago lleno. Y total, para lo que trabajamos...
   —¡Tú que sabrás! —replicó el maestro— Además, si no estás a gusto  conmigo, ya sabes dónde está la puerta; es bien grande y hermosa —Eric miró hacia la dirección que le señalaba con el dedo, hacia la imaginaria puerta que se escondía entre la enmarañada oscuridad del bosque, y sonrió pensando que quizá estuviera cerrada—. Eres mi aprendiz y escudero, no mi rehén. No necesito una maldita cotorra gruñéndome al oído todo el santo día. Puedes marcharte cuando quieras, en el momento en que lo desees. Aunque sin mí, no llegaras demasiado lejos. De eso puedes estar seguro.
   —Yo no he sugerido que quisiera abandonar vuestra seguridad y compañía...
   —Entonces, ¿qué graznas, corneja?
   —Tan sólo comentaba que si aprendiera a cazar, tal vez podríamos cambiar alguna noche los puerros y zanahorias por un poco de conejo asado o una buena pierna de jabalí.
   —¡Déjalo ya! ¡Aprenderás a cazar a su debido tiempo, cuando estés preparado! Es hora de dormir, esta noche te toca hacer la primera guardia.
   —¡Siempre me toca hacer la primera guardia! —protestó Eric.
   —Cuando seas héroe, comerás huevos —sentenció el maestro.
  —Además —añadió el chico, no exento de razón—, ¿para qué necesitamos montar guardia? ¿Qué van a robarnos si no tenemos ni dónde caernos muertos? ¿Ese adefesio de jamelgo escuálido? —preguntó a la vez que el caballo relinchaba, como ofendido y dándose por aludido por las palabras del escudero— Quizá sería mejor que se lo llevaran, estoy convencido de que avanzaríamos más rápido a pie.
   —Mucha gente mataría a un gran caballero como yo tan sólo por la fama que podría reportarle, muchacho. Anda, hazme caso y deja de discutir; haz la primera guardia —dijo metiéndose bajo sus mantas.
   —No es justo —empezó a replicar Eric, pero escuchó los ronquidos de Drake y se dio por vencido, así que guardo sus súplicas y peticiones para otro momento mejor. Sabía lo que sucedería aquella noche; la primera guardia se convertiría en la única guardia, el Maestro dormiría toda la noche y sólo al amanecer, después de haber roncado a pierna suelta, se despertaría y le dejaría a él dormitar un par de horas. Luego le despertaría sobresaltado, como si se acabara el mundo, y volverían a cabalgar otro largo y duro día, igual que todos, sin rumbo fijo ni propósito conocido, tras las sobras y desechos de ladrones y mendigos. Miró las brasas esparcidas ya casi apagadas, y a continuación al cielo. Se veían algunas estrellas por entre las ramas de los árboles. Por suerte, aquellos primeros copos del atardecer se habían quedado en un aviso, un vago y tímido intento de nevada. De no ser así, quién sabe si hubieran sobrevivido a aquella noche.
   —¡A la mierda! —protestó y se arrebujó lo mejor que pudo él también bajo el calor y abrigo de las mantas. Aquella noche hubo dos coros de ronquidos en vez de uno solo.

                                                                                            *  *  *

—¡Te has quedado dormido, holgazán! —Le despertó el bramido de Drake. A continuación sintió el impacto de una patada en las costillas. Se levantó de un salto. El maestro estaba furioso— ¿Cómo te atreves a quedarte dormido y poner en peligro nuestras vidas?
   —Tenía mucho sueño... —titubeó.
   —Podían habernos degollado... o algo peor. ¿Acaso quieres ser pasto de los buitres?
   —Lo siento...
   —Con sentirlo no vas a salvarnos de tus errores y despistes. Espero que no se vuelva a repetir —Y lanzó una hosca mirada de reproche a su aprendiz—. Ahora vamos, me ha parecido escuchar voces no muy lejos de aquí. Con suerte quizá nos topemos con un suculento botín.
   Subieron a su montura. El corcel lanzó un bufido de resignación y, tras pensárselo con calma y recibir un par de golpes  de fusta en el costado, emprendió la marcha con lentitud, casi con pereza, como si cada pata tuviera que pedir permiso a las demás para avanzar.
   —Maestro, ¿cuándo me enseñará a defenderme?
   —Otro día, quizá... —afirmó Drake.
   —¿Cuándo? —insistió Eric.
   —¿Cómo quieres que lo sepa? —gruñó el viejo— Hoy no, desde luego. Tenemos mucho trabajo. Además, ¿para qué quieres aprender a defenderte? ¿No te basta acaso con mi protección? —El muchacho soltó una carcajada— ¿De qué te ríes? —preguntó Drake volviéndose hacia su pupilo.
   —Recordaba aquella vez en que unos salteadores de caminos aparecieron de repente detrás de unos árboles impidiéndonos continuar nuestra marcha, y vos salió corriendo... —Volvió a reír—, corría como alma que lleva el diablo jajaja... como un caballo desbocado jajaja...
   —Sigues sin comprender nada, ¿verdad? —Se defendió el héroe ruborizándose, pero aparentando estar cargado de razón— No sé para qué me esfuerzo contigo si todo es inútil. Nunca aprenderás.
   —¿Y cuál se supone que es la moraleja de aquella aventura, Maestro? —preguntó el chico sin poder dejar de reír.
   —En primer lugar, deberías aprender algo de educación. ¿Quieres parar de reír de una maldita vez? —Eric obedeció, aunque muy a su pesar— Si salí corriendo aquel día, fue únicamente para salvarte la vida. Al correr, traté de hacerlos venir tras de mí, dándote así a ti una oportunidad de escapar y salvar el pellejo.
   —Pues no funcionó demasiado bien, a juzgar por lo sucedido. Si mal no recuerdo, los dos bandidos se quedaron conmigo. Vos huyó y me dejó solo.
   —¡No estabas solo, presuntuoso chiquillo desconfiado! Yo vigilaba escondido tras unos matorrales cercanos, con una flecha presta en mi arco. En cuanto uno de ellos se hubiera acercado un sólo paso más hacia ti, habría caído ensartado bajo una de mis saetas. Ellos lo sabían, pues me habían reconocido, y por eso decidieron dejarte en paz y seguir su camino. Te salvé la vida.
   —Pues yo creo que si me dejaron en paz fue más bien porque vieron que éramos aún más pobres, ladrones y desgraciados que ellos. Si hasta nos dejaron comida y se mofaron del caballo...
   —Eso fue porque sabían con quién se la estaban jugando.
   —¿Y por qué, entonces, tardasteis tanto en volver?
  —Porque necesitaba cerciorarme, asegurarme de que se habían marchado de verdad y el peligro había pasado por completo.
   —Ya... —dijo Eric, y volvió a reír.
  —Muchacho, algún día te llevarás un par de buenas bofetadas. Te las estás ganando a pulso con tu insolencia. De seguir así, tendré que buscarme otro aprendiz, pues no pareces merecedor de mis  preciadas enseñanzas.
   —Lo siento, Maestro —se disculpó con sorna el escudero.
   —¡Chisssssst! ¡Silencio! —le hizo callar— Mira allí delante —le susurró. En la entrada de una pequeña gruta había dos viajeros saboreando un suculento almuerzo. Sus espléndidos caballos tenían las alforjas llenas.
   —Deben ser ladrones, y lo que llevan ahí un gran tesoro —Le señaló el viejo—. Nos acercaremos con cautela por la espalda. Yo llevaré mi cuchillo de caza, tú blandirás mi espada.
   —Pero si está mellada, Maestro... y parece una vieja sierra oxidada. No me servirá de mucho. Además, gracias a alguien que conozco, no sé usarla. Quizá otro día... —Se burló.
   —¡Cállate! —le espetó el maestro— No necesitas usarla. Sólo hemos de asustarlos y desarmarlos. Después les ataremos y huiremos con el botín.
   —Y según vos eso no es robo, sino supervivencia, ¿verdad?
   —Así es.
   —Ya.
  —¿Quieres dejarte de cháchara? Si seguimos aquí hablando, terminarán por descubrirnos —Drake le tendió la vieja espada mellada y sacó el cuchillo de una de sus botas. Puñal que, por cierto, estaba también cubierto de óxido y no ofrecía un aspecto mucho más saludable que el de la espada—. Ve tú primero —le ordenó el caballero.
   —Pero... —protestó Eric—, vos sois el experto, el maestro y el guerrero. Es lógico que me guiéis. Yo no sé nada de estrategia ni combate. Vos no me habéis enseñado nada.
   —¡No me contradigas! —le susurró el maestro con indignación— Iré detrás para cubrir la retaguardia. Puede que haya más bandidos rondando en las proximidades.
   —¿Y por qué tembláis?
   —¿Cómo dices?
   —La mano que empuña su cuchillo tiembla como un flan en la mano de un anciano, ¿tenéis miedo? —El guerrero miró su mano temblorosa; parecía aterida de frío, aunque era otra la causa que provocaba el temblor. Se la sujetó con la mano libre.
   —¡No es miedo, insolente! Es la excitación, la adrenalina, la emoción del combate durante tanto tiempo olvidada...
   —Ya —concluyó el aprendiz y haciendo acopio de valor, el cual no le faltaba pues era un joven valiente, avanzó hacia la cueva con determinación, con el Gran Héroe cubriéndole las espaldas de unos enemigos invisibles. Todo parecía ir según lo previsto hasta que, a tan sólo unos pasos de los  indefensos bandidos, el hábil y experto estratega Drake pisó una rama que se quebró bajo su peso. El crujido alertó a los bandidos que de un par de veloces y gráciles movimientos se volvieron hacia sus atacantes blandiendo dos enormes espadas bien forjadas, cuyo espléndido acero lanzaba destellos de hielo.
   —Venimos en paz —graznó el viejo lanzando el cuchillo lejos de si y alzando las manos en señal de rendición—. No nos hagáis daño, nobles señores. Os habíamos confundido con otros. Desde lejos, y de espaldas, no se os veía bien. Nos han dicho que rondaban por aquí cerca varios bandidos que habían secuestrado a una muchacha —los dos hombres se miraron sorprendidos, con una mezcla de burla y compasión en sus rostros.
   —Es la prometida del muchacho —continuó volviéndose hacia Eric. El chico lo miró estupefacto, con los ojos como platos—. Es joven, ya sabéis, pero se está haciendo un hombre. Él lo ignora, pero por las noches observo como su mano se mueve bajo las mantas —los dos salteadores no sabían si se encontraban ante un loco chiflado, un charlatán o un pobre diablo; puede que las tres cosas al mismo tiempo. Rieron divertidos al ver el semblante de pánico con el que el viejo miraba sus espadas—. Se da tanta maña en esos menesteres, que aprender a usar la espada ha sido un juego de niños para él...
   —Pero Maestro... —empezó a protestar el muchacho intentando defenderse.
   —¡No me interrumpas! ¡Y envaina esa espada, que estamos ante gente de bien! —Se volvió de nuevo hacia aquellos hombres— Había pensado que ya era hora de que se casen,  el chico aún no sabe lo que es el calor de una mujer por la noche, y ya va siendo hora de que lo aprenda. Pensé que esos bandidos andaban en esta gruta al escuchar ruidos, y decidimos venir hasta aquí para liberar a la chica...
   Pues claro que no sé lo que es el calor de una mujer, pensó Eric. Si encontramos una mujer por el camino, es para el maestro. Si encontramos dos, son para el maestro. Si encontramos tres, son también para el maestro. Yo aún soy demasiado joven....
   Otro día, quizá..., le decía el maestro cuando le preguntaba.

                                                                                           *  *  *

—Maestro... —susurró Eric.
   —¿Qué? —respondió aquél cabizbajo.
  —Siento haber dicho anoche aquello de que ojalá y nos robaran el caballo. Era lento, torpe y feo como un dolor, pero era mucho mejor que caminar a pie...
   —¡Calla! —gruñó el anciano.
  —Y si conserváramos aún nuestras ropas, tal vez no tendríamos que combatir el frío con estas pieles hediondas...
   —¡Calla!
   —Menuda idea la de robar a unos ladrones...
   —¡Qué te calles he dicho! —gritó enfurecido.
   —¿Por qué no les plantó cara, Maestro? Vos sois Drake, el Gran Héroe. Si yo supiese luchar...
   —¡Cierra esa bocaza de una maldita vez! La tarea de un héroe es la de batirse en duelo o justar con otros caballeros, combatir en grandes batallas, rescatar princesas, conquistar reinos...; las peleas entre ladronzuelos de poca monta no son para nosotros.
   —¿Y por qué insistió entonces en robarles?
  —Por ti. Quería que tuvieses por fin una oportunidad de entrar en acción. ¿No era eso lo que tanto deseabas?
   —Ya, sin haberme entrenado antes, ¿verdad? —replicó con sorna— ¿Y a qué cuento venía esa absurda historia sobre bandidos y mi prometida secuestrada?
   —Para salvar nuestras cabezas, muchacho. De no ser por la rapidez de mi ingenio y decisión, ahora mismo sin duda estaríamos criando malvas.
   —Ya veo. Por cierto, Maestro...
   —¿Qué?
  —Es usted el que juega por las noches bajo las mantas, no crea que no me he dado cuenta. Y sin compañía...
   —¡Calla! —rugió Drake.
   Eric rió divertido. Sabía que su maestro no era un gran héroe. Por lo que sabía, quizá la historia del Gran Drake existiera desde hacía siglos. Tal vez milenios. Puede que fuese una leyenda que se contara desde siempre a los niños junto al fuego en las frías y largas noches de invierno. Sabía que sus heridas y magulladuras eran producto de las palizas que había recibido por meter las narices en asuntos de otros y vidas ajenas, y que aquella enorme cicatriz que le desfiguraba el rostro seguramente fuera un castigo, escarmiento o ajuste de cuentas. Sabía que la luz de aquellos profundos ojos, oscuros como una noche sin estrellas, no denotaba valentía o sabiduría, sino la astucia y picaresca de un viejo zorro. Sabía que nunca había luchado, rescatado princesas o matado trolls, no digamos ya un dragón; y que ni siquiera sabía cazar, disparar el arco o manejar la espada. Y que por aquella sencilla razón, jamás le enseñaría. No era más que un vulgar ladronzuelo, un viejo pillín astuto como un zorro, pero a la vez cobarde como una gallina. Pero le gustaban la compañía y ocurrencias de aquel pobre viejo que se creía a si mismo un gran héroe. No tenía otro sitio adónde ir. Y además, le había cogido cariño.
   —Maestro, ¿cuándo rescataréis una princesa para mí?
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.

                                                                                           *  *  *


En tiempos remotos, tras la cena y antes de emprender el camino rumbo a la cama en busca de dulces sueños, las familias se reunían alrededor del fuego del hogar y contaban historias sobre héroes y caballeros.
   Claro que, en tiempos remotos, había héroes y caballeros...


Juanma - 30 - Junio - 2000                                                         



   
   


viernes, 24 de junio de 2016

SANGRE (CAPÍTULO IV)

CAPÍTULO IV


“Lo noto más relajado y tranquilo, querido amigo. Sin duda, la noche de descanso le ha aconsejado bien…
     ¿Cómo? ¿Qué apenas ha dormido?... ¡Vaya! ¡No sabe cuánto lo lamento!... Debí suponer que tantas informaciones de golpe, tantas revelaciones, tantas respuestas halladas y tantas preguntas aún por encontrar, quitarían el sueño a cualquier… humano. Nosotros, en cambio, no tenemos tal problema. Dormimos como troncos, si me permite utilizar esa expresión tan vulgar. Cuando nos vamos a descansar, lo hacemos a conciencia. No nos turban esas mundanas preocupaciones y absurdas obnubilaciones que nublan y atormentan las mentes y sueños de los mortales. Ese divagar en vacuos recuerdos o pensamientos, ese pueril y estéril intento de organizar al detalle el día de mañana y lo que vendrá, ese incesante arrepentimiento por los errores del pasado y el dar vueltas a asuntos que ya no tienen arreglo y a tiempos que no volverán… ¡Ay, qué desdichados son ustedes a veces! ¡Qué superficiales y profundos al mismo tiempo!
     Ya me pongo a divagar de nuevo… Como ve, cada uno tenemos nuestros errores y virtudes. Pero, como le decía, le noto más relajado. Y, si no se debe al reposo, debo entender que es producto de una mayor confianza hacia mi vampírica persona. Eso está bien, es señal de que empezamos a conocernos… y debe confiar en mí. No le queda otra, claro está. Aunque ya le he asegurado que no tengo la menor intención de hacerle ningún daño. Así que sentémonos, ponga en marcha ese artilugio del demonio y continuemos con mi relato…
     Tras las pesadillas, desperté tumbado sobre el suelo pedregoso de aquella cueva. No podría asegurar si habían transcurrido minutos, horas o días de mi estado de sueño o letargo. El fuego estaba apagado y el viento que se colaba sin compasión en la galería era glacial. Sin embargo, no tenía frío. Aquella sensación térmica que afectaba a mi cuerpo mortal, había desaparecido.
     Arkanti también se había esfumado. Pero podía notar su olor a mi alrededor, como ecos de su presencia reverberando en el aire gélido: una mezcla de sangre, semen, humedad y almizcle. Caí en la cuenta de que todos mis sentidos humanos se habían agudizado de manera ostensible: era capaz de diferenciar mil aromas distintos de mi antiguo mundo y otros tantos aún desconocidos para mí, y saber, al mismo tiempo, el punto exacto de su origen y procedencia; el oído me avisaba de multitud de sonidos a mi alrededor que pareciera tener dentro de la mente, seres reptando o arrastrándose por el suelo, una gota de agua resbalando por la pared, el susurro de voces en el viento y lamentos entre las sombras; mi vista también era más aguda y escudriñaba seres ocultos en las tinieblas, formas invisibles y terroríficas, colores más espantosos que el mismísimo arco iris del infierno…
     ¡Oh, aquello era maravilloso! ¡Sensaciones inauditas para el ser humano! Ahora ya me he acostumbrado, pero aquel primer momento… Fue un renacimiento, como descubrir un universo mágico agazapado debajo de aquel otro tan triste y lánguido que yo había conocido como humano. Tan real y vívido como un súbito despertar. Onírico, como una pesadilla inquietante y terrorífica, se movía a mi alrededor como las ondas refulgentes de un estanque que reptan hasta la orilla. Me sentía tan vivo y despierto e inconmensurablemente feliz… ¡Era como tener un nuevo cuerpo, Víctor! ¡Un cuerpo cien veces más hermoso, fascinante y poderoso que el anterior!
     ¡Y tenía hambre! ¿O sería más correcto decir sed? Quizá usted no pueda entenderme sin conocer la sensación… Era hambre; pero no de algo sólido. Y no era sed; aunque, sin embargo, lo que mi cuerpo necesitaba para saciarse era un líquido elemento. ¡Sangre! ¡Necesitaba sangre! Pero no me urgía como en mi anterior vida mortal. No era sangre por deleite, por lujuria o por sádica perversión. Era algo más: una necesidad acuciante, un elixir para aquella nueva existencia. ¡Alimento para mi supervivencia!
     Me levanté y salí de la cueva a disfrutar de mi espléndido cuerpo y de todos los placeres y horrores que intuía se me prometían y avecinaban. Y entonces, en la puerta de aquella gruta que cambió mi destino, apareció ella. Me estaba esperando.
     ¡Lilith! ¡La bella y terrorífica Lilith!

     No podéis imaginar una criatura igual, amigo Víctor. Ni siquiera parecida. Era hermosa y terrible al mismo tiempo. No hay palabras en el lenguaje humano que le puedan hacer justicia. El orden y el caos del universo refulgían como destellos atemporales en su iracunda y celestial mirada. Sus cabellos eran rojos y corrían en cascada, como rugientes ríos de fuego, por toda su nívea espalda. Su piel era tersa y pálida, y su rostro como una hermosa máscara de porcelana. Sus ojos eran verdes cuando estaba serena, y rojos como la lava de un volcán cuando la ira ardía en su interior. En un breve pestañeo escudriñaba todo tu pasado y todo tu futuro, te desnudaba el alma, te desarmaba hasta las entrañas… Sus labios eran carnosos, rojos como la sangre y peligrosos como el infierno. Podría describirla como una guerrera del inframundo, una diosa de hielo y fuego.
     Lilith era otra de Los Antiguos. Para ser más justos, habría que decir que era la madre de todos Los Antiguos…
     Así es, Víctor. Lo ha adivinado usted. Hablo de Lilith, esa que dicen fue la primera mujer de Adán en el Paraíso, la que compartió su lecho mucho antes que Eva. La misma que no se menciona en la Biblia y que el cristianismo ha borrado de su pasado y de la historia. Aquella de la que también cuentan que abandonó el Edén y a su compañero por decisión propia y se unió a Samael, el ángel del Quinto Cielo que también renegó de Dios y se convirtió en demonio.
     Ha adoptado innumerables formas a lo largo de su existencia. Y por incontables nombres ha sido llamada también. En tiempos inmemoriales, en forma de súcubo alado e incandescente de extrema belleza, se apareó con otros ángeles caídos que también habían abandonado el mundo prisionero de aquel Dios hipócrita y esclavizador. De aquella sangre y semen malditos, dentro de su mismo vientre, engendró a Los Antiguos. Ella misma los dio a luz y amamantó con la sangre que manaba de sus pezones.
     Los Antiguos fueron nueve: Nachzeher, Neuntoter, Caorthannach, Ubour, Uttuku, Arkanti, Viesczy, Zmeu y Volkodlak. Sus vástagos de primera generación fueron conocidos como Los Inmortales. Y se dice que hay entre treinta y siete y cuarenta y tres generaciones hasta los nuevos upyr de hoy en día.
     No, yo pertenezco a una generación de última hornada como dirían ustedes, querido amigo. Recuerde que nos remontamos a tiempos del mismísimo Adán y el Paraíso. No lo sé con exactitud, pero mi generación rondará la trigésima más o menos. Podría decirse que, dentro de la escala vampírica, no soy gran cosa.  
     Y, antes de que me lo pregunte, no: tampoco he conocido a todos los Antiguos. Ni siquiera sé si siguen aún con vida. Conocí a Arkanti, por supuesto, mi creador, mi padre, mi mentor… También a Zmeu y Neuntoter. Y a los hijos de Caorthannach.
     Pero volvamos a ella, a la madre de todos: la misteriosa, dulce y lujuriosa Lilith…


Continuará...


Juanma - 24 - Junio - 2016

miércoles, 22 de junio de 2016

EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS

Érase una vez una niña que soñaba con caminos de baldosas amarillas...


Los días de colegio le resultaban aburridos, como una cueva llena de trampas o un laberinto sin salida, y no le gustaba estudiar. Se dedicaba a soñar durante los recreos, a imaginar mundos de magia y fantasía y a no salirse de las líneas cuando coloreaba en clase de dibujo. El verano, en cambio, era diferente. Le emocionaba que sus padres la llevaran de vacaciones al bosque o la montaña. Se acomodaba alegre en el asiento de atrás, bajaba la ventanilla y dejaba que el aire travieso que se colaba le alborotara el pelo y le hiciera cosquillas en las pestañas mientras intentaba hacer desaparecer las pecas de su cara con trucos de prestidigitador.

En estos viajes, casi siempre demasiado largos pero divertidos, la niña soñaba con ser mayor para poder cumplir su sueño. Se imaginaba en una pequeña y graciosa cabañita de madera, aislada y apartada del resto del mundo, imaginando, escribiendo y dando vida de la nada a reinos y países inconquistables o planetas y universos imposibles. Todavía no le había puesto nombre a ese sueño, pero conocía de memoria sus cientos de apellidos. Quería ser la creadora y exploradora de todo aquel mundo que, secretamente, amaba.

Pero al mismo tiempo, como a cualquier otro niño, también le gustaba llegar a su destino estival. Y jugar a adivinar formas de caballeros y princesas por entre las sombras de los árboles, o corretear con alborozo detrás de las ardillas. Su padre la acompañaba siempre al río y la sujetaba con cariño, mientras sumergía sus pies en el agua casi helada, para que la corriente no la arrastrara. Cuando, a finales de verano, bajaba con poco caudal, se bañaban juntos cerca de la orilla y, a menudo, su madre les reñía... aunque siempre con una amplia sonrisa de amanecer y primavera, como la del gato de Cheshire.

Ella no sabía, y tampoco le importaba demasiado, lo que era crecer. Los niños siempre saben soñar despiertos. No pensaba en "aquellas tonterías y conversaciones absurdas del mundo de los adultos" o en "buscar algo más realista sobre lo que inventar y escribir". Cuando la rutina la asfixiaba, cerraba los ojos y viajaba a algún paraíso lejano donde los gritos y el dolor no existían, donde todo estaba pintado de nieve como el blanco de sus dientes cuando reía y donde era capaz de respirar incluso debajo del agua. Se limitaba tan solo a vivir. A soñar. A imaginar caminos de baldosas amarillas. Y a reír...


Juanma - 22 - Junio - 2016

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL REY DRUIDA

En los días en que el rocío de la creación aún estaba húmedo sobre la tierra, Elphín era señor de los nueve reinos de Rieland, y de los cinco mares que los circundaban. Al despertarse un día en Celydon, su principal fortaleza, contempló las agrestes colinas rebosantes de toda clase de vida y decidió reunir a sus hombres para organizar una cacería.
    La próspera zona del reino en la que Elphín solía cazar era conocida como Lloerg Fyn. Se puso en marcha hacia ella de inmediato con una considerable hueste de hombres de confianza y cabalgaron buena parte de la mañana, hasta cuando el sol comenzaba a imponerse a las brumas de la mañana para reinar otro día más sobre el mundo.
   Desmontaron para descansar y almorzaron en una gruta y, antes de que el astro rey calentara, se adentraron en la espesura de los bosques de Lloerg Fyn, donde soltaron a los perros. Elphín hizo sonar su cuerno de caza, reunió a sus huestes y, como era el jinete más rápido, salió al galope detrás de sus canes.

    
    Siguió a la primera presa que atisbó y, al poco tiempo, sus compañeros lo perdieron de vista y quedaron rezagados en la espesura. Mientras seguía los gritos de su jauría, escuchó a lo lejos los ladridos de otra, muy diferente de la suya, que parecía dirigirse hacia él y cuyo estruendo pavoroso helaba el aire. Cabalgó hasta un claro que se abría cerca, un terreno amplio y llano donde encontró a sus perros agazapados y lívidos de terror junto a unos arbustos, mientras la otra jauría corría detrás de un magnífico venado. Y he aquí que, mientras él observaba, los extraños mastines alcanzaron al animal derribándolo al suelo.
    Se acercó sin desmontar y notó entonces un extraño y peculiar olor que envolvía como una manta a los animales. De todos los perros de caza del mundo que había conocido, jamás había encontrado alguno como aquellos; el pelaje que los cubría era de un blanco reluciente y puro, casi albino, y el de sus orejas, rojo como sangre fresca, brillaba con igual pureza que el de sus cuerpos. Elphín cabalgó hasta los extraños animales y los dispersó, dejando a sus perros la pieza cobrada por los otros.
    Mientras sus hombres cargaban el enorme ciervo y él daba de comer a sus canes, apareció de repente ante él un jinete montado en un hermoso e imponente caballo negro, con un cuerno de caza colgado al cuello y camisa, calzas y botas grises por todo atuendo. Se acercó y habló:
    —Señor, sé quién sois, pero no os saludo.
    —Tal vez vuestro rango no lo requiera —contestó Elphín.
  —¡Los dioses son mis testigos! —exclamó el jinete— No es mi dignidad o la obligación del rango las que me lo impiden.
   —¿Qué otra cosa entonces, señor?¡Decídmelo pues!
   —Puedo y quiero —replicó el desconocido con voz hosca— ¡Juro por los dioses del cielo y de la tierra que es por vuestra propia ignorancia y descortesía!
   —¿Qué falta de cortesía para con vos habéis visto en mí? —preguntó Elphín, al que no se le ocurría ninguna.
   —No he visto jamás mayor desconsideración en ningún hombre —replicó el extraño—, que espantar a la jauría que ha cobrado una pieza y lanzar a la propia sobre ella. ¡Qué deshonra! Eso demuestra una deplorable falta de respeto. No obstante, no me vengaré de vos, aunque bien podría. Pero haré que un bardo os satirice en todos los rincones de vuestros reinos por un valor al que mil ciervos no competirían en precio.
   —Señor –le rogó Elphín compungido—. Si he cometido una equivocación, os pido disculpas y desearía que hiciéramos las paces.
   —¿En qué términos?
   —Aquellos que vuestro rango, cualquiera que sea, requiera.
   —Conocedme, pues. Soy rey elegido y coronado del reino del que procedo.
   —¡Qué prosperéis con grandeza! —le deseó Elphín— ¿Qué reino es ése, mi señor? Yo mismo soy rey de todas las tierras que conozco.
   —Ese reino es Arawn —respondió con solemnidad el jinete—. Soy Anawn de Arawn.
   Elphín se quedó mudo de asombro al oír ese nombre, ya que traía mala suerte conversar con alguien de las tierras oscuras… y más aún con el misterioso Rey Druida. Pero como se había comprometido a pagar su deuda, no tenía otra elección que mantener su palabra si no quería provocar mayor deshonor y desgracia sobre su reino y su propia persona.
   —Decidme pues, ¡Oh Rey!, si así lo queréis, cómo puedo enmendar mi desagravio y recuperar vuestra estima y obedeceré de buen grado.
   —Escuchádme, Rey Elphín; así la recuperaréis —explicó Anawn—. Un hombre cuyo reino limita con el mío me declara la guerra continuamente. Es Gudwyn, un noble traidor de Arawn.
   “Si me liberáis de su acoso —continuó—, lo cual para un gran rey como vos no debería resultar difícil, el daño será reparado, la deuda saldada y vos y vuestros descendientes seguiréis viviendo en paz conmigo y manteniendo el honor que se os supone.
   El Rey Oscuro pronunció unas misteriosas y arcanas palabras en un idioma desconocido y Elphín tomó la apariencia de Anawn, de modo que hubiera sido imposible diferenciarlos.
   —Como podéis comprobar, ahora tenéis mi forma y aspecto; por lo tanto, id a mi reino, ocupad mi lugar y gobernad como más conveniente creáis hasta que, a partir de mañana, se cumpla justo un año. Transcurrido ese tiempo volveremos a encontrarnos en este mismo lugar.
   —¿Y cómo reconoceré al enemigo del que me habláis? —preguntó Elphín.
   —Gudwyn y yo estamos comprometidos por un juramento a encontrarnos dentro de un año, esta misma noche, en el vado del río que separa nuestras tierras. Tú estarás en mi lugar, y si le asestas un único golpe mortal, no sobrevivirá. Pero por mucho que te suplique que le golpees de nuevo y le remates, no lo hagas; ni siquiera le escuches. Yo he luchado muchas veces contra él y después de rematarlo, por algún extraño conjuro, siempre reaparecía ileso y sin un rasguño a la mañana siguiente.
   —Muy bien —concedió Elphín—, haré lo que pedís. Pero, ¿qué le sucederá a mi reino durante mi ausencia?
   Anawn pronunció de nuevo aquellas palabras antiguas y oscuras y pasó e tomar el aspecto de Elphín.
   —Ningún hombre o mujer de tu reino notará el cambio —aseguró—. Yo ocuparé tu lugar, al igual que tú lo harás con el mío.

   Y de esta forma se pusieron en marcha. Elphín cabalgó a las profundidades del reino de Anawn y llegó varios días después a su castillo, con los más hermosos torreones, almenas, salones, patios y dormitorios que hubiera visto jamás. Los sirvientes salieron a recibirlo y le ayudaron a quitarse el traje de caza; a continuación lo vistieron con las más preciadas sedas y le condujeron hasta un gran salón, al que entró también una compañía de soldados, la más espléndida y mejor formada guardia que hubiera imaginado. La reina estaba allí, la mujer más hermosa de todas las de su época, como bien cantaban en sus canciones los bardos, ataviada con una túnica de terciopelo azul con bordados de oro y una larga melena de rizos y bucles rubios que brillaba como la luz del sol sobre el trigo dorado.
   La reina ocupó su lugar a la diestra de él y se pusieron a conversar. A Elphín le pareció la más encantadora, dulce, considerada, amable y complaciente de las compañeras. Su corazón se deshacía por ella, y deseó con todo su pensamiento llegar a tener algún día una reina para él la mitad de noble y hermosa que aquella. Pasaron la cena en agradable conversación, entre buenos manjares y exquisito vino, bellas canciones y entretenimientos de toda clase.
   Cuando llegó la hora de dormir, ambos se fueron al lecho. Sin embargo, tan pronto como estuvieron acostados, Elphín se volvió de cara a la pared dando la espalda a la reina. Así sucedió cada noche desde entonces en el transcurso del año siguiente. Cada mañana volvía a reinar el afecto y la ternura entre ellos, pero no importaba. Pese a la amabilidad que pudiera existir en las palabras que se dirigían durante el día, no hubo ni una sola noche diferente de la primera.
   Elphín pasó aquel año entre celebraciones y cacerías al tiempo que gobernaba el reino de Arawn equitativamente, con sabiduría y justicia, hasta que llegó la noche, recordada muy bien incluso por el más humilde habitante del reino, en que debía tener lugar el duelo con Gudwyn. Se preparó pues para asistir al encuentro, al sitio acordado, acompañado por los nobles de su reino.
   Cuando llegaron al vado, apareció un jinete que gritó:
   —¡Caballeros, prestad atención! Este es un encuentro entre dos caballeros, y entre sus dos cuerpos tan sólo. Cada uno de ellos reclama las tierras del otro, por lo tanto, apartémonos y dejemos que diriman entre ellos sus diferencias.
   Los dos jinetes cabalgaron al encuentro sin apartar el uno la mirada del otro ni un sólo instante. Elphín arrojó su lanza y la clavó en medio del emblema del escudo de Gudwyn, partiéndolo en dos y provocando que cayera hacia atrás, sujetando aún su lanza sobre la grupa del caballo, yendo a dar con sus huesos en tierra, con una profunda herida en el pecho, allí donde la lanza había seccionado el escudo.
   —¡Gran Señor! —gritó Gudwyn— No conozco ninguna razón por la que deseéis hacerme sufrir. Ya que me habéis herido de muerte, os suplico por todos los dioses que pongáis fin a mi sufrimiento.
   —Señor —respondió Elphín recordando el aviso de Anawn—, lamento tener que hacer esto. Encontrad a otro hombre que os mate, pues yo no lo haré.
   —Leales caballeros —suplicó Gudwyn a sus señores—, sacadme de aquí. Mi muerte es segura ahora y ya no podré proporcionaros más mi apoyo.
   Elphín, que para todos los presentes era Anawn, se volvió hacia los nobles caballeros y exclamó:
   —¡Súbditos míos, poneos de acuerdo ahora y decidid quién me debe lealtad!
  —¡Rey Anawn! —exclamaron todos, tanto del bando propio como del ajeno— ¡Todos os la debemos, ya que no hay más rey ahora que vos en Arawn!
   Y entonces le rindieron homenaje, le juraron obediencia y pleitesía, y Anawn tomó posesión de todas las tierras en litigio. Al mediodía de la mañana siguiente los dos reinos ya estaban en su poder, así que se puso en marcha para cumplir su cita con el otro rey, que aguardaba su llegada. Y ambos se alegraron de volverse a ver.
   —¡Qué los dioses os recompensen por vuestra amistad hacia mí! —exclamó alegre el verdadero Anawn— ¡Me he enterado de vuestro éxito!
   —Sí —replicó Elphín—, cuando lleguéis a vuestro hogar podréis comprobar que vuestros dominios han crecido.
   —Escuchadme pues —dijo Anawn—. En agradecimiento, cualquier cosa que hayáis deseado de mi reino será vuestra.
   Entonces Anawn pronunció las ya conocidas palabras mágicas y se produjo de nuevo la transformación, recuperando cada rey su apariencia verdadera, tras lo cual ambos regresaron de nuevo a sus respectivos reinos. Cuando Anawn llegó a su castillo, se sintió muy feliz y complacido de volver a encontrarse de nuevo entre los suyos. Sobre todo de volver a tener entre los brazos a su amada reina, a la que tanto había echado de menos en el último año. En cambio, los soldados y sirvientes, que no habían sentido su falta ni vieron nada extraño en su presencia allí, le trataron como de costumbre.
   Pasó el día disfrutando de su compañía y conversación. Después de la cena y las diversiones, cuando llegó el momento de irse a dormir, la reina y él se acomodaron en su lecho. Al principio el rey le habló, luego la acarició cariñosamente, y después hicieron el amor. Ella, que hacía ya un año que no conocía tal cosa, se dijo para sí:
   “¡Palabra de honor, que diferente esta noche de cómo se ha comportado durante el último año!”
   Y pensó en ello durante toda la noche. Y seguía pensando cuando Anawn despertó y le habló. Al no obtener respuesta de ella, la interpeló de nuevo, y a continuación una tercera vez. Finalmente, le preguntó:
   —Mujer, ¿por qué no me contestas?
  —Te diré la verdad —respondió volviéndose hacia él—. No había hablado nada durante un año en estas mismas circunstancias.
   —¡Mi señora! Yo creía que habíamos hablado continuamente, como siempre.
  —¡Qué me muera de vergüenza —replicó la reina—, si durante este último año, desde el momento en que nos metíamos entre las sábanas, ha habido cariño o conversación entre nosotros; ni tan siquiera me mirabas a la cara! ¡Mucho menos cualquier otra cosa!
   “Dioses del cielo y de la tierra, pensó Anawn, qué hombre tan extraordinario he encontrado como amigo. Una amistad tan fuerte e inquebrantable merece ser recompensada”.
   Y le explicó a su esposa todo lo que había sucedido en el último año.
   —Confieso —explicó ella cuando él hubo terminado—, que en lo que respecta a luchar contra la tentación y mantenerme fiel a ti, encontraste un magnífico aliado.
   Entretanto Elphín llegó a su propio reino y empezó a hacer preguntas entre sus nobles y siervos para sondear lo acontecido durante el último año sin que ellos sospecharan nada.
   —Rey y señor —le dijeron—, vuestro criterio no pudo ser mejor, nunca os habíais mostrado tan amable y comprensivo, y jamás tan dispuesto a utilizar vuestros bienes en favor del pueblo. A decir verdad, nunca habíais gobernado con tanta justicia como el pasado año. Por consiguiente, os damos las gracias de todo corazón.
   —¡No me deis las gracias a mí! —replicó el rey— Dádselas más bien al hombre que ha realizado todas esas acciones en mi lugar –observó que lo miraban boquiabiertos y procedió a relatarles la historia. Todos se asombraron de su lealtad y castidad.
   Porque Elphín, a pesar de ser un rey apuesto y aun joven, no tenía reina. Recordó a la hermosa dama que había sido su supuesta esposa en Arawn y suspiró por ella, dando largos paseos nocturnos por las solitarias colinas que circundaban su palacio.
   Una noche, a la hora del crepúsculo, se encontraba de pie sobre un montículo de piedra contemplando parte de la inmensidad de sus dominios, cuando ante él apareció un anciano que le dijo:
   —Es característico de este lugar que quien se siente sobre este promontorio, sufrirá en breve un profundo cambio en su vida; o bien recibirá una herida terrible y morirá, o bien presenciará un maravilloso prodigio.
   —La verdad es que en mi presente estado, poco me importa vivir o morir, pero bien que podría animarme algo el contemplar una visión maravillosa. Por lo tanto, aquí seguiré posado y que acontezca lo que deba ser.
   Elphín siguió sentado mientras el anciano desaparecía tras el recodo de un camino. De pronto contempló a una mujer montando una magnífica yegua blanca, pálida como la luna cuando se alza sobre los campos en la época de la cosecha. Iba engalanada con telas y sedas bordadas en plata y oro y cabalgaba hacia él con paso lento y firme.
   El rey bajó de su improvisado trono para ir a su encuentro, pero cuando llegó al camino que discurría al pie de la colina, ella se había alejado. La persiguió tan deprisa como sus pies podían llevarle, pero cuanto más intentaba darle alcance más se distanciaba ella. Por fin abandonó la persecución y regresó a sus aposentos.
   No obstante, pensó en aquella visión toda la noche y concluyó:
   “Mañana por la noche, me sentaré de nuevo en el mismo sitio y llevaré conmigo el caballo más veloz de todo el reino”.
   Así lo hizo. Y una vez más observó a la doncella que se acercaba. Elphín saltó sobre la silla de su corcel y lo espoleó para salir a su encuentro. Sin embargo, a pesar de que ella mantenía a su espléndida montura al paso, y él marchaba al trote, cuando llegó al pie de la colina, ella se hallaba ya demasiado lejos. El caballo del rey salió como un rayo al galope tras su estela pero, aunque volaba veloz como un huracán furioso, no le sirvió de nada; cuanto más rápido la perseguía, más era la distancia que se interponía entre ellos.
   Elphín se maravilló de aquel extraordinario suceso y dijo:
   —Por los dioses que es inútil perseguir a la dama. No sé de ningún caballo que sea más rápido que éste y ni siquiera ha conseguido acercarse un poco más de lo que estaba al principio —y su corazón se sintió tan desdichado que gritó invadido por un gran dolor mezclado con rabia:
   —¡Doncella, por el bien del hombre al que améis, esperadme!
   La mujer se detuvo y volvió hacia él. Cuando llegó a su lado, retiró el velo de seda que le cubría el rostro. Y he aquí que se encontró con la mujer más bella y hermosa que hubiera contemplado cualquier mortal de sus nueve reinos. Más bella que una primavera entera sembrada de flores, que la primera nevada del invierno, que el cielo estrellado de una noche de verano, que los colores ocres del otoño.
   —Os esperaré de buen grado —comentó risueña—: y hubiera sido mejor para vuestro caballo si lo hubieseis pedido antes.
   —Señora —dijo él amablemente—, ¿de dónde venís? Y decidme, si podéis hacerlo, la naturaleza de vuestro viaje.
   —Mi señor —añadió la dama en tono respetuoso—, viajo en una misión secreta y me alegro de encontraros.
   —Sed bienvenida entonces —saludó Elphín, mientras pensaba que la belleza junta de todas las hermosas damas que había conocido, eran insignificantes comparada con aquella musa de ensueño.
   —¿Cuál es entonces, si me permitís preguntarlo, el motivo de esa misión?
   —Por supuesto que podéis; el motivo de mi búsqueda no era otro que vos.
   Elphín sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
   —Esa resulta ser una excelente búsqueda desde mi punto de vista pero, ¿quién sois?
   —Mi nombre es Rhiannon; soy hermana de Anawn de Arawn.
   El rey no daba crédito a lo que escuchaba.
   —No sabía que mi buen amigo Anawn tuviera una hermana.
   —Ahora lo sabéis —contestó la muchacha—. Además de un buen rey, y de un maravilloso hermano, es un loable amigo para aquellos que se lo demuestran. Aquí estoy para vos, y si me rechazáis, jamás amaré a nadie más.
   Elphín seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo, pero se dejó llevar por la fuerza de aquel maravilloso prodigio y el encanto de la doncella.
   —Hermosa criatura, si pudiera escoger entre todas las mujeres de este mundo y de cualquier otro, mi dama siempre seríais vos.
   La muchacha sonrió, y brilló tal felicidad en sus ojos que Elphín tuvo que entrecerrar los suyos para no quedar cegado.
   —Muy bien, mi señor —dijo Rhiannon—. Venid pues al castillo de mi hermano donde va a celebrarse una gran fiesta, y pedid allí mi mano.
   —Con mucho gusto lo haré —concluyó Elphín inclinándose ante su señora.
   Y así fue como el Señor de los nueve reinos de Rieland y los cinco mares que los circundaban, contrajo matrimonio con la hermana de su buen amigo, Anawn de Arawn, y pudo tener, al fin, su propia reina; Rhiannon, la Reina Druida, con la que compartió un reinado próspero y feliz.



Juanma – 16 Diciembre - 2015