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miércoles, 5 de julio de 2017

FONDO DE ESCRITORIO

Terminó de fumar su cigarrillo y lo apagó, aplastándolo en el cenicero. Pequeñas volutas de humo se elevaron en espiral hacia el techo. Llevaba meses diciendo que tenía que dejar el tabaco; pero aquel propósito había terminado convirtiéndose en un mantra, un consejo que nunca terminaba de tomarse demasiado en serio. Cada vez fumaba menos, se justificaba a sí mismo. Bastante menos que hacía unos años. Y era verdad. Pero ese último cigarro después de cenar era un pequeño placer al que no estaba dispuesto a renunciar. Apartó el cenicero de la mesa y en su lugar colocó su ordenador portátil. Otro ritual. Después de su habitual dosis de nicotina, le gustaba revisar su correo electrónico y echar un vistazo a las redes sociales antes de irse a la cama. Lo abrió y pulsó la tecla de encendido. Mientras se ponía en marcha echó un vistazo a la televisión. Las noticias informaban de un atentado terrorista en un país de Oriente Medio. Otro más. Últimamente ver los informativos sin perder el ánimo suponía un auténtico ejercicio de fuerza de voluntad: asesinatos, violencia, terrorismo, violaciones, ataques xenófobos o machistas, pederastia… Cambió de canal casi como un autómata. A veces pasaba minutos así, haciendo zapping casi por costumbre y sin detenerse en ninguna cadena en particular. Apenas había nada que mereciera la pena. Finalmente apagó el televisor y dejó el mando a distancia a un lado de la mesa. Fijó su atención en la pantalla del ordenador. Ya debería haberse encendido. Pero su página de inicio que mostraba una imagen de la “Estrella de la Muerte” de la película “Star Wars”, junto a los iconos de su escritorio, no estaba allí. En su lugar se mostraba una especie de fotografía borrosa, en la que apenas se distinguía nada. El fondo era negro y parecía difuminado. Parecía intuirse una figura o silueta borrosa frente a un objeto de forma cuadrada o rectangular. Pero la imagen era tan confusa, casi etérea, que era imposible discernir de qué se trataba.
     ¿Qué era aquello? ¿Podía tratarse de alguna fotografía que tuviera guardada en una de sus carpetas y que hubiera utilizado sin querer como fondo de escritorio? No, esa imagen no le sonaba de nada. Y la noche anterior cuando apagó el portátil todo estaba en orden. ¿Tal vez algún virus se había instalado en su equipo? Tenía un potente antivirus, pero eso tampoco era nunca suficiente y él no era un experto en la materia; su nivel informático era solo de usuario. Se acercó para mirar la imagen con más detenimiento; pero cuánto más cerca, más borrosa y extraña parecía. Se levantó del sofá para alejarse un poco. Algo más nítida, sin duda; pero igual de confusa y sin sentido. Una silueta frente a un objeto grande y cuadrado. No le recordaba a nada que conociera. Volvió a sentarse y pulsó la tecla de Escape. Nada que hacer, la fotografía seguía ahí. Probó una, dos tres, cuatro veces más con el mismo resultado. Exasperado se disponía a apagar el equipo cuando la imagen se desvaneció y su familiar “Estrella de la Muerte” volvía a estar allí, ocupando el fondo de escritorio.
     Se quedó unos momentos mirando perplejo la pantalla. Y por primera vez en mucho tiempo, encendió un segundo cigarrillo después de cenar y antes de irse a la cama. Había sido algo extraño. O cuanto menos inusual. Y aquella misteriosa imagen era… ¿Cómo podía definirla? ¿Perturbadora? Eso le había parecido. ¿Qué significaba? ¿Qué demonios hacía en su ordenador? Presionó el icono de la pantalla que abría el antivirus. Inició un análisis completo de su equipo en busca de algún nuevo patógeno informático que hubiera infectado su portátil. Tras unos minutos, este le indicó que no había ningún archivo infectado y que su equipo estaba protegido. Bien, parecía no haber sufrido ningún ataque externo. Se tranquilizó y se recostó en el sofá. Tal vez su pequeño compañero estaba empezando su inevitable declive. Hacía casi ocho años que lo tenía y era probable que su funcionamiento fuera no ya óptimo, si no siquiera aceptable. En los últimos meses había sufrido numerosos problemas de rendimiento y cada vez tardaba más tiempo en encenderse y apagarse. También se calentaba demasiado y se había apagado solo y sin razón aparente en varias ocasiones. Seguro que aquella imagen que se había colado en su pantalla de inicio no era más que otro fallo del sistema. Sí, tenía que ser eso, no había otra explicación. Se le habían pasado las ganas de revisar su correo y redes sociales, así que apagó el ordenador y se fue a la cama.

                                                              ***

En las horas previas al alba despertó varias veces, acechado por sueños extraños e inquietantes. Pero por la mañana apenas recordaba nada de ellos, salvo la sensación de angustia y desazón propia de las pesadillas. Se levantó antes que de costumbre y, tras la ducha y el desayuno, aún le sobraban unos quince minutos antes de salir camino del trabajo. Como la noche anterior no revisó el correo, decidió dedicar esos minutos extras que había conseguido a echarle un vistazo, no fuera a ser que hubiera recibido alguno importante. Se sentó frente a su portátil, que anoche dejó abierto encima de la mesa, y presionó la tecla de encendido. Esperó apenas unos segundos (últimamente tardaba más de un minuto en arrancar) hasta que la pantalla se encendió. Pero, de nuevo, no fue su habitual fondo de escritorio lo que iluminó la pantalla, sino la misma insólita imagen de la pasada noche.
     El maldito equipo estaba empezando a fallar demasiado. Quizá fuera hora de ir pensando en cambiarlo por uno nuevo. Sí, aquella misma tarde se pasaría a… ¡Un momento! Algo en la imagen llamó su atención. Se acercó a la pantalla. Era la misma fotografía y, sin embargo, no lo era. Podía notar algunos cambios. Imperceptibles, pero ahí estaban. Para empezar, la imagen parecía más nítida. Sí, sin duda no estaba tan borrosa como por la noche. La figura que estaba de pie se veía con mayor claridad. Era alta y delgada, pero aún no se apreciaban más detalles a simple vista. Y lo que unas horas antes le pareció un objeto grande de forma cuadrada o rectangular, también había definido bastantes sus contornos, aunque no lo suficiente como para saber de qué se trataba. Pero mirando con detenimiento… Sí, parecía que algo sobresalía de su superficie. Algo abultado. Al mismo tiempo, en el fondo que la noche anterior era del todo oscuro, se apreciaban una especie de manchas de distintos colores, pero era imposible discernir qué eran.
     ¡Santo cielo! La imagen era la misma que la de noche pasada, pero parecía que se estaba definiendo. Como si por alguna extraña razón con el paso del tiempo su contenido fuera aclarándose, iluminándose, mostrándose… ¿Mostrándose? ¿Cómo podía ser eso posible? ¿De qué manera había llegado allí esa fotografía? ¿O quién la había puesto?
     Miró su reloj. ¡Maldita sea! Había consumido más de los quince minutos que le había ganado a la mañana al levantarse. Iba a llegar tarde al trabajo. Cerró el portátil de un golpe y salió de casa a la carrera. Por la noche volvería al tema de aquella maldita imagen… si conseguía quitársela de la cabeza durante el día.

                                                              ***

Como era de esperar, pasó toda la mañana dándole vueltas a la condenada foto. Cada vez que cerraba los ojos, la visión estaba allí, como enmarcada en sus pensamientos. Durante la hora del desayuno no se movió de su mesa y, sin darse apenas cuenta de lo que hacía, se encontró dibujando la fotografía en una libreta con uno de sus bolígrafos. Se detuvo al ser consciente de lo que estaba haciendo. Miró hacia ambos lados para cerciorarse de que nadie le miraba, arrancó la hoja, hizo con ella una bola y la lanzó a la papelera. Era una tontería, pero no quería que alguien le preguntara. Más que nada, no le apetecía hablar con nadie. A mediodía empezó a tranquilizarse. La imagen fue difuminándose con el paso de las horas y empezó a recobrar su buen humor habitual. Se estaba preocupando por una idiotez. Sí, de acuerdo que la fotografía había cambiado en unas horas, pero eso no quería decir nada. Tal vez, en el fondo, su equipo sí se había infectado por algún tipo de virus o malware. Quizá algún hacker estaba jugando con él. O simplemente era algún mal funcionamiento del sistema, una imagen alojada en las entrañas de la máquina, un archivo erróneo o una foto distorsionada… Podía tener mil explicaciones distintas y racionales, ¿y qué hacía él? Devanarse los sesos pensando en fenómenos extraños, espías informáticos y cosas raras. Sin embargo, tenía unas ganas enormes, casi como si un imán lo atrajera sin remisión, de volver a casa y abrir el ordenador. Quería comprobar si todo había desaparecido, si no había sido más que un fallo o si, por el contrario, la fotografía seguía allí. Y lo que era peor, si seguía transformándose.

                                                              ***

Por regla general, jamás tocaba el ordenador al llegar a casa. No sentía la necesidad, o adicción, de pasarse todo el día conectado a internet como esa gente que veía a diario con sus teléfonos móviles en la mano, casi como si fuesen una extensión más de su brazo. Le gustaba tomar algo por la tarde con los amigos tras salir del trabajo, o llegar a casa y beberse una cerveza relajado mientras echaba un vistazo a la televisión u hojeaba el periódico del día o alguna revista. Después se duchaba, cenaba, fumaba un pitillo y ya después, poco antes de acostarse, revisaba su correo y redes sociales. Pero esa tarde salió como alma que lleva el diablo camino de su casa. Pese a todos sus intentos de quitarle importancia al asunto, no podía evitarlo. Sentía una ligera opresión en el pecho y tenía una especie de… ¿premonición? No estaba seguro de si esa era la palabra correcta, pero intuía algo, aunque no sabía qué.
     Fue directo al sofá tras cerrar la puerta de entrada de un portazo. El portátil se encontraba cerrado sobre la mesita de estar, tal y como lo dejara aquella misma mañana. Se sentó de forma solemne en el sofá, como si se dispusiera a oficiar un ritual importante. Encendió un cigarrillo, lo cual era una mala noticia. Si empezaba a fumar en horarios distintos de los que tenía establecidos, sabía que sin darse apenas cuenta volvería a hacerlo de manera habitual. Pero en aquellos momentos lo necesitaba para calmar su ansiedad. Exhaló el humo que había tragado de la primera calada y abrió el portátil con determinación…
     ¡No podía ser! El ordenador debía permanecer en estado de hibernación tras haberlo cerrado sin apagarlo, no podía haber nada en la pantalla hasta que lo encendiera, pero… ¡la maldita imagen volvía a estar allí! ¡Aquello ya sí que era inconcebible! Se levantó y caminó en círculos alrededor de la mesa, lanzando miradas fugaces hacia la pantalla cuando pasaba por delante, tal vez esperando que la fotografía desapareciera por sí misma. Pero seguía en primer plano, reclamando su atención. Se asomó a la ventana y observó la calle. Una densa niebla había caído sobre la ciudad al caer la tarde y la luz de las farolas iluminaba las aceras y a los escasos transeúntes como en una postal londinense. Recordó lo de los cambios que experimentó la imagen por la mañana. Corrió las cortinas y volvió a sentarse para fijarse con detenimiento en ella. ¡Efectivamente, había cambiado otra vez! No era la misma de esta mañana. Sí tal vez el fondo, el encuadre, los objetos… Pero de nuevo la imagen se veía más nítida, los detalles más cristalinos…. La figura que permanecía de pie parecía envuelta en una túnica o capa negra con capucha que cubría todo su cuerpo y la cabeza. Con una mano parecía señalar hacia aquello que tenía frente a él. Estudió el objeto y, por primera vez, supo de qué se trataba. Era una cama. Una cama grande. Y lo que parecía que abultaba encima era otra figura, una persona acostada en ella que descansaba bajo las mantas…
     ¡Era una habitación! La fotografía mostraba una habitación en la que una persona dormía en su cama y, frente a ella, otra persona encapuchada la señalaba con el dedo. Y las manchas del fondo podían ser objetos o cuadros que adornaban las paredes. ¿Qué diablos significaba aquello? ¿Qué era esa habitación y quiénes aquellas personas? Un pensamiento fugaz, casi invisible, consiguió abrirse paso por algún resquicio de su mente, como un desgarrón en el tejido de la memoria, una intersección en el borde del abismo de sus recuerdos, pero no pudo asirlo. Se escabulló por entre las grietas del tiempo dejándolo más confundido aún que antes.
     Presionó la tecla de encendido varias veces sin éxito. Cuando estaba a punto de desistir y cerrar el portátil, este se encendió de repente y la extraña fotografía desapareció dando paso a su familiar “Estrella de la Muerte”. Nada de aquello tenía el menor sentido. ¿Acaso alguien había hackeado su ordenador y estaba jugando con él, gastándole una broma pesada? ¿Algún amigo, tal vez?
     Volvió a cerrarlo sin hacer uso de él. Era viernes por la noche y el fin de semana no podría, pero el lunes sin falta llevaría su ordenador a un técnico para que lo mirara y le dijese qué diablos era aquella condenada fotografía y de dónde había salido. Se fue a la cama inquieto, lanzando miradas furtivas al portátil mientras abandonaba el salón. Se prometió no abrirlo, es más, ni tocarlo, durante todo el fin de semana. Lo ignoraría. Se olvidaría de él. Y borraría aquella jodida imagen de su mente.

                                                              ***

La noche interior y la noche exterior. Una encrucijada de sombras, un cruce de caminos en el que los sueños y la realidad se encontraban, mezclaban y confundían, dos dimensiones paralelas, dos mundos superpuestos donde la oscuridad era el elemento dominante del paisaje. Tuvo pesadillas con la fotografía durante toda aquella madrugada. En una de ellas atravesaba un largo y oscuro pasillo.  A cada lado, una interminable hilera de puertas. Iba abriendo cada una de ellas y todas daban a la misma habitación borrosa y distorsionada. La figura encapuchada era siempre la misma, pero la persona que yacía en la cama cambiaba en cada ocasión. Reconoció a su padre, fallecido hacía ya tres años, a su hermana, a su jefe, a su exnovia, a un amigo… Y también a otra gente que no reconocía, o no recordaba. En la última puerta, la figura de la capa no miraba en dirección a la cama, se volvía hacia él y levantaba su mano derecha para señalarlo con el dedo índice…
     Despertó sobresaltado y jadeando. Tenía la boca seca y un nudo en el estómago. Tuvo que correr hasta el baño para vomitar, aunque no tenía nada sólido dentro de su cuerpo que echar. Le dolía horrores la cabeza, así que se tomó un par de aspirinas y, tras darse una ducha y tomar un café bastante cargado, salió de casa. No quería pasar el sábado encerrado en casa y cerca de aquel maldito cacharro.
     Fue a visitar a su hermana y esta le invitó a comer, a lo que accedió encantado. Habló con ella y su cuñado de mil asuntos triviales, jugó un rato con su sobrino, vieron una película. Por unas horas, consiguió despejar su mente y olvidar los acontecimientos de los últimos días. Por supuesto, no les contó nada acerca de ellos. Por la tarde fue a dar un paseo por el centro de la ciudad y llamó a un par de amigos para tomar unas cervezas y cenar esa noche.
     Regresó a casa pasada la medianoche. Se sentó en el sofá y encendió la televisión. En un canal estaban emitiendo la película “Al final de la escalera”. Pese a que la había visto varias veces, se enganchó de nuevo a ella de inmediato. Era uno de los films de terror que más le impresionó cuando lo vio por primera vez siendo un adolescente. La agobiante atmósfera de aquella mansión, aquellos golpes resonando por toda la casa, la inquietante pelota rodando escaleras abajo… La película le tenía atrapado; sin embargo, no podía evitar echar un vistazo cada dos por tres al portátil que, como un objeto chamánico de poder, parecía reclamar su atención una y otra vez.
     De no haber llevado unas cuantas cervezas encima, podría haber seguido viendo la película y evitar la tentación. Pero la euforia propia del alcohol hizo que se envalentonara y cambiase el guion que había escrito por la mañana. Una parte de él quería olvidar todo aquel tema, pero en el fondo la curiosidad era más fuerte. Necesitaba saber más, desentrañar el misterio, comprobar si la maldita imagen seguía transformándose como por arte de magia delante de sus ojos.
     Abrió el maldito artilugio del demonio. Esperaba volver a encontrarse con la pesadilla de primeras, pero esta vez la pantalla estaba apagada y sin imagen, como debía ser. Pulsó la tecla de encendido y aguardó…. La espera se le hizo eterna. Ahora que quería enfrentarse a aquello, fuera lo que fuese, ahora que decidía plantarle cara, parecía no querer hacer acto de presencia. Treinta segundos. Cuarenta y cinco. Un minuto. Dos… Jamás tardaba tanto en arrancar. ¿Querían jugar con él, sacarlo de quicio? Si así era…
     Y de repente, ahí estaba de nuevo la fotografía ocupando toda su atención e interrumpiendo sus pensamientos. Ahogó un grito de sorpresa y se tapó la boca con una mano, sus ojos abiertos de par en par, sin dar crédito a lo que veían. Esta vez la imagen era totalmente cristalina y bien definida, como un cuadro recién pintado. Y sabía con absoluta certeza lo que estaba viendo. Quizá por eso, sin saber por qué, en las ocasiones anteriores había creído ver o intuir algo familiar en ella. ¿Y cómo podía no serlo? ¡Lo que tenía ante sus ojos era una fotografía de su propia habitación! ¿Cómo era aquello posible?
     Y, sin embargo, ahí estaba. Su habitación. Lo que anteriormente confundiera con manchas eran los cuadros y estanterías que había en la pared del fondo. Y en el centro, una figura con algo parecido a una sotana de monje con capucha señalando en dirección a la cama con el dedo índice de su mano derecha. Y tumbado en ella, arrebujado baso sus mantas, se encontraba él durmiendo y ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor.
     Se levantó aturdido y aterrado. Aquello estaba llegando demasiado lejos. Alguien tenía que haber entrado en su casa, no encontraba otra explicación. Quién fuera, se había colado a hurtadillas en su domicilio, entrado en su habitación disfrazado de Ghostface o lo que fuese aquello… No, como mínimo tenían que haber sido dos personas. La que posaba en el centro del dormitorio y la que, entretanto, sacaba la instantánea. ¿Y cómo no se había despertado? Por regla general, tenía el sueño ligero. El suave aleteo de una mariposa bastaba para despertarlo. ¿Quién podía haber entrado? No encontró la cerradura forzada ningún día y solo su hermana disponía de una copia de la llave para cualquier emergencia. Pero su hermana y su cuñado no podían haber sido. Ellos jamás le gastarían una broma de ese tipo… ¡Pero no, no podía ser!… Además de cerrar la puerta de entrada con llave, por dentro tenía una cadena que también echaba de noche y que tenía que quitar por la mañana para salir. Nadie podía haber salido y echar la cadena desde fuera, eso era imposible. Y no recordaba haberla encontrado desechada ninguna mañana. Tampoco podían haber entrado por alguna ventana o la terraza. Vivía en un sexto piso. Aquello no tenía lógica ninguna. Pero de alguna manera, alguien se había colado en su casa, sacado aquella fotografía, entrado en su ordenador, y ahora le gastaba una broma cruel y macabra.
     Sin darse cuenta se vio con otro cigarrillo en una mano y un vaso de whisky con hielo en la otra. Pero gracias a ello consiguió serenarse un poco. No debía perder los nervios. Tenía que pensar con claridad y no dejarse llevar por la confusión o la ira. Aquella noche ya no podía solucionar nada, lo mejor era intentar descansar y dormir un poco. Por la mañana, en cuanto despertase, acudiría a la comisaría más cercana con su portátil y denunciaría los hechos a la policía. Les explicaría todo lo sucedido, les enseñaría la puñetera imagen, vendrían a su casa a echar un vistazo… Sí, ellos aclararían todo aquel embrollo y le dirían qué hacer. Hasta entonces, lo mejor que podía hacer era irse a la cama y confiar en no volver a sufrir las horribles pesadillas de la noche anterior.

                                                              ***

Le costó más de una hora conciliar el sueño. Y eso que siempre que bebía un poco caía como un tronco en la cama. Pero no era sencillo dejar de darle vueltas al asunto. Por más que intentaba pensar en cualquier otra cosa, las imágenes volvían a su mente una y otra vez, como olas rompiendo sin cesar contra un acantilado siniestro. Pero en algún momento de la noche, consiguió quedarse dormido.
     Despertó de nuevo sobre las tres de la madrugada. Le había parecido escuchar un ruido en la habitación, una especie de susurro o siseo. Abrió los ojos. La oscuridad era total, salvo por los números rojos del reloj digital que tenía en la mesilla junto a la cama. Lo miró. Las tres y seis minutos. Aguzó el oído. No se oía nada, pero notaba algo extraño en el ambiente, como si pudiera intuir una presencia entre las sombras. También podía distinguir un olor dulzón y empalagoso flotando en el aire. Alargó la mano hacia la lámpara de mesa y accionó el interruptor. Se hizo la luz y…
     …Se incorporó a medias de un salto al tiempo que un grito se ahogaba en sus pulmones sin conseguir abrirse paso hasta el exterior. El corazón le dio un vuelco y los ojos casi se le salen de sus órbitas. Allí, frente a él, en el centro de la habitación, una figura con una túnica o sotana negra que le cubría de la cabeza a los pies, le miraba. Estaba totalmente quieta, como una estatua anclada al suelo. Quiso hablar, pero las palabras se desvanecían antes de lograr formar una sola sílaba. En ese momento, la presencia levantó la mano derecha y le señaló con el dedo índice. La oscura capucha envolvía su rostro en impenetrables tinieblas, pero entre las sombras podía distinguir sus ojos, dos puntos rojos, brillantes como ascuas. Estos iluminaban con su luz fulgente y carmesí una tez pálida y surcada de arrugas, como un erial desierto y agrietado. De su boca, en la que sus labios parecían esbozar una macabra sonrisa, se asomó una lengua bífida de serpiente produciendo aquel espantoso siseo que lo había despertado.
     Su corazón daba golpes con la fuerza y velocidad de un martillo hidráulico y comenzó a sentir una fuerte opresión en el pecho. Le costaba hacer llegar el aire a sus pulmones y empezó a marearse. Vio como la figura se movía y sacaba un objeto de mango largo de entre los pliegues de su capa. ¡Una enorme y afilada guadaña que reflejaba en su superficie el brillo maligno de aquellos ojos infernales! Un sudor frío se apoderó de él al tiempo que la opresión en el pecho se agudizaba. Casi no podía respirar. Sintió cómo una docena de grietas desgajaban su corazón; pequeñas fisuras que llevaban tiempo al acecho, se abrieron paso. Las grietas se astillaron, crecieron, se convirtieron en simas insondables. Supo lo que le estaba pasando. La caja torácica se le deshacía en pedazos. ¡Un infarto! ¡Estaba sufriendo un jodido infarto!
     Su conciencia se disolvía, se resquebrajaba, estrechándose como las hojas del diafragma en la apertura de una antigua cámara fotográfica. La figura se acercó hacia él, envuelta en un aura de negrura impenetrable, como en una sofocante pesadilla. Antes de hundirse para siempre en las tinieblas de la eternidad, tuvo tiempo para volver a escudriñar aquel rostro pétreo envuelto en sombras, al mismo tiempo que la verdad se le revelaba en un último instante de lucidez: “La Muerte. La fotografía era la misma Muerte avisándome de que venía a buscarme”.
                                                                                      

Juanma - 5 - Julio - 2017
                                                                                                                               

martes, 14 de febrero de 2017

LAS FLECHAS DE CUPIDO

 Nunca le gustó San Valentín.
     Desde que era una adolescente de apenas quince años y se enamoró por primera vez (para meses después ser arrancada de los brazos de aquel adictivo estado de ensoñación y ser arrojada de bruces a la más absoluta miseria e infelicidad), siempre había odiado aquel día y al puñetero Cupido con sus caprichosas y envenenadas flechas de mierda.
     Pero aquel año su aversión fue sustituida por una profunda sensación de inquietud, que había ido dando paso al temor, que a su vez consiguió evolucionar hasta un primer atisbo de miedo, tal vez irracional o exagerado, pero miedo, al fin y al cabo. Hasta que, al despertarse aquella mañana de San Valentín, estaba totalmente paralizada y atenazada por un pánico cerval. También por las pastillas que había ingerido la noche anterior. La fecha señalada había llegado…
     Todo comenzó el día 1 de aquel gélido febrero. Esa mañana, al recoger el correo del buzón, encontró una carta sin remitente dirigida a ella. El sobre era blanco e inmaculado. La caligrafía que indicaba su dirección pulcra y exquisita, con algunos toques góticos que le llamaron la atención sorprendiéndola gratamente. El matasellos señalaba que la misiva procedía de Madrid, su misma ciudad. Hacía muchos años que no recibía una carta particular. Desde la llegada de internet, el correo electrónico, las redes sociales y los smartphones con todas sus aplicaciones para enviar mensajes gratuitos, era un hábito que se había ido perdiendo. Como mucho, seguía recibiendo alguna postal navideña de sus tíos paternos desde el pueblo o de sus amigas regalando envidia desde sus paradisíacos destinos vacacionales. Pero una carta… No recordaba la última vez que había sentido ilusión, curiosidad o nervios al recoger algo del buzón que no fuera propaganda, notificaciones del banco o facturas. Así que subió a toda prisa las escaleras para abrir aquella nota misteriosa.
     No esperó siquiera a tomar asiento o quitarse el abrigo. La intriga se había tornado ansiedad. Rajó el sobre por un extremo y vació el contenido sobre la cama de su habitación: una nota doblada por la mitad y una rosa roja. La rosa estaba marchita, seca y prensada. Sin duda, había pasado sus últimos meses, tal vez años, en el interior de un libro. Dejó la flor a un lado y abrió la nota. La misma caligrafía cuidada y meticulosa del exterior del sobre y dos escuetas frases que le encogieron el corazón:
   “Este año vas a odiar San Valentín de verdad. La muerte vendrá a recogerte el día 14 y te dejará tan marchita como esta flor”.
     Releyó la nota una decena de veces intentando cerciorarse de que había entendido bien el contenido. Tras ese primer escalofrío, se relajó un poco y se tumbó de espaldas en la cama, mirando la lámpara del techo. Después se echó a reír. Era una risa nerviosa, casi histérica, pero que consiguió relajarla por completo. Sin duda, debía tratarse de una broma. Alguna amiga que sabía de su aversión por aquella fecha y había querido reírse un poco a su costa. O tal vez algún amante obsesionado. Recordaba a uno que, durante unos meses, estuvo acosándola hasta el punto de que tuvo que acudir a la policía. Pero eso fue muchos años atrás. Y tampoco volvió a saber nunca más de aquel energúmeno. Pero quién sabe si había seguido vigilándola en la distancia, esperando el momento propicio para vengarse de ella por haberlo rechazado y haberse burlado de él. Pero no… Seguro que estaba desvariando. Demasiadas películas… Siguió dándole vueltas al asunto. Podría ser también algún antiguo exnovio. Pero tan solo había tenido dos parejas estables en toda su vida, y ninguna tenía motivo alguno para guardar algo contra ella. Con Carlos, su primer novio, tuvo una relación de poco más de un año. Fue él quien rompió y, desde entonces, nunca volvió a saber de su existencia. Y con Héctor convivió casi tres años. Rompieron hacía más de dos, pero desde entonces eran buenos amigos… Suspiró y se levantó de la cama. Cogió la rosa, el sobre y la nota, y los guardó en el cajón de la mesita.
     Durante los días venideros continuó con su vida anodina y rutinaria. Y aunque no logró olvidar por completo el incidente de la carta, si consiguió que dejará de perturbarla y volvió a conciliar el sueño que el puto Cupido le arrebató la noche siguiente a recibir el misterioso correo. Pero aquello distaba mucho de haber concluido…
     Una semana más tarde, cuando restaban justo siete jornadas para el día de los enamorados, recibió un segundo mensaje secreto. Pero esta vez su estupor e inquietud fueron aún mayores al encontrarlo en el suelo del recibidor de entrada a su casa. El bromista o acosador se había tomado la molestia de subir hasta la cuarta planta donde vivía, para depositar la carta por debajo de la puerta de su piso. Fuera quien fuese, sabía dónde vivía. Lo otro fue depositar un sobre en cualquier estafeta de correos de la ciudad. En cambio, esto… Aquella persona había estado en la misma puerta de su apartamento para llevar su mensaje en persona. Podía estar en cualquier parte; vigilando desde la esquina, sentado en el bar de enfrente tomando un café… incluso escondido en el rellano de las escaleras. En esta ocasión se trataba de una simple hoja de papel doblada. El texto estaba mecanografiado. Se vio tentada a tirar el sobre a la basura sin leerlo. Pero finalmente cedió a la curiosidad:
     “Dentro de una semana… Recuerda que quedan siete días para que la muerte enamorada venga a por ti”.
     Desde entonces, había recibido un mensaje distinto cada día. El día 8 volvió a encontrar otro sobre en el buzón. Pero en esta ocasión la letra era distinta y el tipo de sobre, también diferente al primero. En el interior sí había otra rosa muerta, esta vez blanca. Y unas amorosas palabras dedicadas expresamente a ella:
     “¿Has pensado ya en cómo será tu muerte? No, claro que no; te encantan las sorpresas. Y Cupido te tiene preparada una muy especial…”.
     En este punto ya empezó a mostrarse preocupada en exceso. Y fue cuando decidió contárselo a su hermano. Pero este la tranquilizó arguyendo que lo más probable es que se tratara de algún bromista. Tal y como ella quiso creer en un primer momento. Pero ya no estaba tan convencida. Eran demasiadas molestias las que aquella persona se estaba tomando. Todo muy bien pensado. Todo demasiado meticuloso. Nadie se toma tantas atenciones por una simple broma o juego. Pero se serenó un poco cuando su hermano le ofreció que, llegado San Valentín, fuese a pasar el día a su casa si seguía estando asustada. No quería llegar al punto de tener que molestar a su hermano por lo que quizás no fuese más que una tontería, pero saber que podía contar con su protección llegado el momento, suponía todo un alivio.
     El día 9 el mensaje fue más escueto, pero brutal:
     “Tu corazón será mío cuando abra tu caja torácica y lo saque de sus entrañas”.
     El día 10 lo que recibió fue una llamada telefónica en su oficina. Lo que indicaba que aquel degenerado sabía también dónde trabajaba y el número de extensión de su línea telefónica en la empresa. La voz que escuchó al otro lado no le resultó familiar. Además de que seguro estaba distorsionada, o tal vez tapado el auricular con un pañuelo, pues sonaba extraña, distante y algo metálica.
     “Quedan solo cuatro días, amor mío. ¿Quieres saber quién soy? Supongo que ardes en deseos de conocerme. Siento los latidos enamorados de tu corazón desde aquí. Cupido lo ha atravesado con una de sus saetas. No te preocupes, también hizo lo propio con el mío. Estamos hechos el uno para el otro… ¡¡Qué bonito es morir de amor!!”
     Colgó.
     Fue entonces cuando decidió acudir a la policía. Al investigar el número desde el que se realizó la llamada, descubrieron que fue hecha desde una cabina telefónica situada en un concurrido centro comercial del centro de la ciudad. Por allí pasaban miles de personas a diario. Ni siquiera las cámaras de seguridad de los establecimientos cercanos sirvieron de ayuda. También analizaron las cartas y las notas. Ninguna huella. Cada envío realizado desde un sitio distinto. Quien fuera, había tomado todas las precauciones posibles para no dejar rastro ni ser descubierto. Pero no podían hacer nada más. También insistieron en la socorrida teoría del bromista. No podían ponerle vigilancia a cada persona que venía con un caso similar. Eran muchos cada día. Y la policía tenía cosas más importantes que investigar y no disponía de tantos efectivos como para poder prescindir de ellos por incidentes como aquellos. Ella lo comprendía, pero… Le aconsejaron que estuviera atenta, y siempre alerta, por si veía a alguien sospechoso, que mantuviera la puerta y las ventanas de casa bien cerradas, que se asegurara de llevar siempre el móvil encendido y con batería y que, ante cualquier nuevo incidente, les avisara de inmediato. Pero poco más. Como mucho, que hiciera caso a su hermano y si se encontraba insegura, se fuera a pasar la noche a su casa.
     Para el día 11 lo que recibió por mensajería fue un ramo con doce rosas rojas. El remitente no dejó ningún dato y pagó en metálico, según la encargada de la floristería. Dentro del ramo, un mensaje. Por supuesto.
     “Doce hermosas flores. Tan rojas como los jugosos órganos internos de tu cuerpo que saborearé, junto al néctar de tu sangre, cuando te abra en canal después de hacerte el amor en nuestra noche de enamorados…”
     Con cada mensaje que recibía, sus temores se incrementaban. Quizá ya debería haberse insensibilizado después de varios días. Pero lo cierto era que no, cada vez estaba más aterrorizada. Los dos días posteriores los pasó en una nube de inquietud rayana en la paranoia. Veía sombras en cada esquina. Escuchaba risas por los rincones. Todo el mundo parecía acecharla, seguirla, amenazarla… Las horas se convirtieron en siglos y el trayecto de casa al supermercado de la esquina, un laberinto de dudas y eternidades. No quiso volver a molestar a su hermano o a la policía. No quería dar la sensación de haber perdido los nervios o su sano juicio. Aunque razones tenía para ello.
     El día 12 la carta que recibió no llevaba escrito mensaje alguno. Solo una hoja en blanco manchada con algunas gotas de sangre y, le dio un vuelco el corazón, también algunas de su perfume. Aquel acosador conocía más de ella de lo que hubiera pensado en un principio. Para saber qué perfume usaba, tenía que conocerla. Les unía algún tipo de relación o vínculo; laboral, de amistad o de lo que fuera. Pero la conocía bien. Volvió a sopesar la teoría de aquel amante despechado que la acosó durante una temporada. Pero después de tantos años…
     El día anterior a San Valentín, lo que encontró en el buzón fue un paquete que contenía un pendrive. Cuando lo conectó a su ordenador portátil, comprobó que solo había un archivo de video. Esta vez ya no se sorprendió demasiado cuando, al reproducirlo, se vio a si misma grabada haciendo topless en la playa donde pasó sus vacaciones el verano pasado. Ya había llegado a la conclusión de que su “admirador secreto” la llevaba siguiendo desde hacía tiempo y conocía todos sus movimientos. Quién sabe hasta qué punto había violado su intimidad, lo cerca que había estado de ella o lo que habían compartido. Y lo peor de todo era la incertidumbre de desconocer quién estaba detrás de todo aquello. ¿Una broma? Si se trataba de eso, aquel bromista se iba a enterar de lo que era jugar. No estábamos en Halloween. Tampoco era el día de los inocentes. Y los mensajes… No, no podía tratarse de una broma. Eran amenazas. Crueles y sangrientas amenazas. Aquella noche se fue a la cama con un ataque de ansiedad. Telefoneó a su hermano para decirle que el día siguiente iría a pasarlo a su casa, tal como él le había sugerido. Llamaría al trabajo para decir que se encontraba mal. Algo que no era del todo incierto. En su actual estado de nervios, no sería aconsejable ir a trabajar. Tuvo que tomar varias pastillas para poder conciliar el sueño.
                                                                 
                                                                                                    ***                                                                     

Amanece. Un lluvioso y gris día de los enamorados. Se levanta un poco aturdida y con la cabeza embotada por los tranquilizantes. Pero al mismo tiempo, atenazada por un pánico como no había experimentado antes en su vida. Cuando puede desperezarse y serenarse al mismo tiempo, una alarma, como esas bombillitas que surgían en la cabeza de los personajes de dibujos animados cuando tenían una idea, se enciende en su interior.
      Algo no encaja en la habitación. Como si hubiera una pieza fuera de lugar. No logra encontrar esa pieza, y sin embargo sabe que algo está mal. La claridad que se cuela por las rendijas de la persiana no es suficiente. Siempre hay más luz por las mañanas. ¡Al fin lo comprende! Ella nunca baja las persianas por la noche. No le gusta la completa oscuridad. Siempre le reconforta la luz que, desde la calle, se cuela para iluminar las paredes y los rincones. Se pone en pie a duras penas. Si ella no bajó la persiana, ¿quién lo hizo? Recuerda de golpe los acontecimientos de la semana anterior y el corazón se le desboca dentro del pecho. Un momento… La puerta tampoco encaja en el plano habitual que de su mundo cotidiano guarda en su cabeza. Al contrario que la persiana, siempre la cierra al acostarse. Uno de sus terrores de la niñez. Jamás consiguió dormir con la puerta de su cuarto y del armario abiertas. Y ahora lo está. De par en par. Pudiera ser que tal vez la noche anterior, algo aturdida por los calmantes, la dejara abierta sin querer y bajara también ella misma la persiana. Se encuentra tan confusa… ¿Está desvariando? Entonces escucha un crujido en el exterior…
     Ese ruido no lo ha causado su imaginación. Se incorpora lentamente. Recuerda lo que le dijeron los policías. Mira en la mesita de noche, pero su teléfono móvil no se encuentra allí. Otra pieza del puzle que no encaja. Jamás lo deja en otro sitio. Alguien ha entrado en su habitación, ha bajado la persiana y ha cogido su móvil para que no pueda usarlo. Las pastillas debieron inducirle a un sueño profundo y no se ha enterado de nada… ¡Maldita sea! Cuando intenta dar dos pasos nota que le tiemblan las rodillas y está a punto de caer de bruces al suelo. Se tambalea, pero logra estabilizarse. Mira hacia todas partes, ve sombras siniestras surgiendo de los rincones. Está sudando y temblando al mismo tiempo. Su corazón es un taladro a punto de reventar su pecho. Encima de la silla hay algo. Se acerca con cautela. Sus ojos se han acostumbrado a la penumbra y puede ver con mayor claridad. Es otra rosa roja. Al lado hay una tarjeta. Ya sabe lo que pone. Sin embargo, la abre y lee el mensaje:
     “Feliz San Valentín, amor mío. Vamos a pasarlo de muerte.”
     Sale de la habitación y se encamina con pasos vacilantes hacia el pasillo. Sabe que hay alguien ahí. Ya le da igual lo que suceda a continuación. Necesita saber quién es. Quién está detrás de todo aquello. Quién quiere matarla. Y quién está enamorado de ella. Llora de miedo, de rabia, de desesperación. Cuando sale al pasillo, él está ahí.
     No se trata de aquel amante acosador. Tampoco es ningún bromista desconocido o un compañero del trabajo desequilibrado y obsesionado con ella. Ni es Carlos, su primer novio, quien desapareció de su vida sin dar muchas explicaciones. No es nadie que hubiera podido imaginar. Quien se encuentra ahora frente a ella es Héctor, su segunda pareja. Aquel que, desde entonces, se había convertido en su aliado fiel e inseparable, su mayor apoyo, su amigo del alma. Héctor, con quien compartía todos sus secretos y curiosidades, sus tristezas y alegrías, sus proyectos e ilusiones, estaba ahora allí, de pie al fondo del pasillo, con un enorme cuchillo de carnicero en la mano y una macabra sonrisa aún mayor en los labios.
     Se acerca a ella, paso a paso. El odio que ve reflejado en su mirada, se lo aclara todo. Jamás le perdonó que lo dejara. El juego del amigo fiel había sido un truco, una treta para estar siempre a su lado, junto a ella. Un malnacido que supo aprovecharse de su amistad e inocencia para ir trazando su plan y urdir su venganza. Semana tras semana, mes a mes, se fue ganando su confianza. En realidad, nunca superó la separación. Siguió enamorado y obsesionado con ella… Y él, más que nadie, conocía su aversión al día de los enamorados. En los tres años que habían pasado juntos, se lo dejó muy claro rechazando sus regalos y no ofreciéndole a él ninguno. Eso tampoco se lo perdonó nunca, pese a que entonces fingiera que no le importaba. Y había escogido aquel mismo día para culminar su gran obra…
     Sabe que no tiene escapatoria. Se interpone entre él y la puerta de salida. Y está a menos de cinco pasos de ella. Por mucho que grite, ya nadie llegará a tiempo. Ni los vecinos. Ni su hermano. Ni la policía. Puede luchar… pero él tiene el doble de fuerza que ella y un cuchillo descomunal en su poder. Ella solo miedo, temblores y las neuronas y músculos a medio gas por culpa de las jodidas pastillas.
     Sigue avanzando. Ella exhala un suspiro ahogado y cae de rodillas. Cuando le acaricia el pelo y acerca la hoja afilada a su garganta, lo último que piensa es otra vez en las jodidas flechas de Cupido y en que quizás la gente no muera de amor, pero sí que hay muchos locos capaces de matar en su nombre.


Juanma Nova García


viernes, 28 de octubre de 2016

EL FUNERAL

Había caído la noche como un manto fúnebre sobre el milenario castillo que coronaba la escarpada montaña. A lo largo de sus empinadas laderas se asentaba, en dispersos grupos de callejuelas y casas, el pueblo maldito. Las sombras se arremolinaban unas junto a otras dibujando un siniestro paraje. Se podía palpar el silencio sepulcral en las inquietas figuras que escudriñaban las impenetrables tinieblas. Una brisa furiosa despertó para unirse al espectáculo al mismo tiempo que tañían las campanas de la iglesia. Las ramas de los árboles gimieron bajo el azote del viento. Era el momento de encender las antorchas.

     El difunto yacía en su lecho mortuorio, pálido como una pequeña estatua de mármol blanco desafiando al más allá. Su rostro marchito y demacrado contrastaba con sus opulentos y oscuros ropajes: una larga túnica de varias capas de terciopelo rojo y negro. En el dedo corazón de su mano derecha lucía un hermoso anillo, con un íncubo y un súcubo entrelazados entre sí, en el que había engastado un brillante rubí. Los barrotes de la alta y enorme cama terminaban en siniestras gárgolas que escupían miradas de espanto y horror. Cientos de velas ardían temblorosas, dispuestas de forma irregular por toda la estancia. En calma y silencio, y de uno en uno, fueron desfilando ante él todos los habitantes del pueblo. No querían faltar a aquella cita ni perderse el adiós de aquel ser inmundo que en tiempos pasados había representado el huracanado azote de la maldad personificada. ¡Qué diferente parecía ahora, carcomido por la edad, subyugado por la muerte! Pese a todo, le seguían teniendo un pánico reverencial, un miedo atroz y cerval que no era, ni en su grado máximo, infundado. ¿Quién podía saber qué tipo de engendro o demonio podría aún insuflar vida en aquel cuerpo inerte? Todos le temían, todos se santiguaban y temblaban al darle la espalda. No se atrevían siquiera a mirarlo. ¿Para qué, si ya era pasto de gusanos y carne de mortaja?

     Había llegado la medianoche. La hora maldita de un día aciago y sombrío. Se percibía cierto alivio en sus rostros. No obstante, muchos de ellos se preguntaban en el cruce de sus miradas qué sería ahora de su existencia sin él. Durante todas sus vidas había sido él, desde los pasadizos, sombras y mazmorras de aquel temible palacio, quien mandaba, quien ordenaba, quien prohibía, amenazaba y azotaba con el látigo y su lengua viperina a sus fieles esclavos. No había dejado descendencia. Pese a que lo había intentado con insistencia durante su larga vida con todas las mujeres del pueblo, su semilla debía estar maldita, gracias a Dios. Por ello las despreciaba, torturaba y quemaba. Pero despreciaba también a los hombres, a los ancianos, a los niños... Despreciaba la vida tanto como su propia existencia. Ni siquiera para él mismo supo guardar algo de respeto, cariño o amor. ¿Pero cómo, si no los conocía? Siempre miraba con desdén y furiosa cólera a cualquiera que tuviera la mala suerte de toparse de frente con él, de encontrarse siquiera fugazmente con la mirada gris ceniza de aquellos demenciales ojos. Aquél que lo hacía, caía en desgracia para siempre.

     Aunque ahora, por fin, todo había terminado. Sin embargo, quedaba lo peor: el funeral. Se tenía por costumbre, en aquel entonces, coger el cuerpo sin vida y, bajo la luz de las antorchas, acompañarlo al cementerio para enterrarlo. El sitio de aquel engendro, en cambio, estaba en las criptas del castillo, junto a toda su execrable ascendencia. Pero nadie se atrevía a bajar hasta aquellas abominables estancias inmundas. Nadie había tenido tampoco el valor de mencionarlo. Ni siquiera para alzarlo a hombros y llevarlo al camposanto encontraban el arrojo y fuerzas necesarias. Todo estaba demasiado reciente aún y el temor seguía anidando dentro de sus corazones. Se miraron en silencio y, sin decir una sola palabra, todos decidieron lo mismo. Abandonar al difunto. Salir de aquel tenebroso lugar. Dejar las antorchas al lado del cuerpo y que fueran ellas las que se ocuparan de hacer el trabajo. Cabizbajos, desfilaron fuera de la lúgubre estancia. Sin mirar atrás, condenaron al olvido las siniestras salas y los escabrosos pasillos. Solemnes, pero asustados. Las llamas inmisericordes prendieron en las lujosas cortinas, en los antiquísimos muebles, en los exquisitos tapices. Los hermosos vitrales góticos del interior y los ventanales estallaron en mil pedazos. Y el maldito castillo ardió como una tea.

     Cada llamarada que se elevaba hacia el cielo, dibujaba sombras grotescas y deformes que sollozaban, gemían y aullaban. Se miraron aterrorizados. Sabían que alguna terrible maldición les sobrevendría por no haberle dado sepultura como era debido, en las criptas bajo la montaña. Y por haber prendido fuego a un milenario hogar, o tal vez un lugar anclado allí desde el origen de los tiempos, de seres abominables y sin nombre. Sin embargo, ya nada podía hacerse. O más bien, ya nada podía deshacerse. Y también, por primera vez en mucho tiempo, les daba igual. Tantos años de horrores y vejaciones, tantas generaciones de esclavos y torturados, tanta desgracia y sufrimiento por culpa de aquel ser vil y despreciable. El último de su estirpe. Reducido a humo y cenizas junto a los restos de su ancestral y diabólico linaje. Tuvieron que correr para escapar de las espantosas llamas. Lenguas de fuego que les seguían, que les llamaban, que les iban nombrando uno a uno. Huyeron a refugiarse al pueblo, al cobijo y calor de su santa y amada iglesia. Allí congregados, le rezaron, suplicaron y lloraron a su Dios. Pidieron perdón, hicieron promesas, se flagelaron y autoimpusieron severas penitencias…

     Pero ya era tarde. La maldición había surtido efecto y, en cuestión de minutos, el pueblo entero se vio envuelto en llamas. Nada pudo salvarse. Nada quedó en pie. Casas y cultivos, granjas y bosques… todo reducido a escombros humeantes. Todo, salvo la hermosa iglesia de piedra. Así que, en cierto modo, su Dios les había escuchado en el último momento. O tal vez la maldición no consiguió traspasar los muros de aquel lugar sagrado. En apenas un abrir y cerrar de ojos, lo perdieron todo. Sí, pero también habían logrado sobrevivir. Por lo tanto debían sentirse agradecidos. No era tiempo de arrepentirse o lamentarse. Llegaba el momento de comenzar de nuevo. ¿De la nada? Sí,  de la nada. Pero por fin sin la sombra de aquel tétrico castillo ni de la gélida y fantasmal  presencia de su último morador.


Juanma - 28 - Octubre - 2016                                                      

viernes, 24 de junio de 2016

SANGRE (CAPÍTULO IV)

CAPÍTULO IV


“Lo noto más relajado y tranquilo, querido amigo. Sin duda, la noche de descanso le ha aconsejado bien…
     ¿Cómo? ¿Qué apenas ha dormido?... ¡Vaya! ¡No sabe cuánto lo lamento!... Debí suponer que tantas informaciones de golpe, tantas revelaciones, tantas respuestas halladas y tantas preguntas aún por encontrar, quitarían el sueño a cualquier… humano. Nosotros, en cambio, no tenemos tal problema. Dormimos como troncos, si me permite utilizar esa expresión tan vulgar. Cuando nos vamos a descansar, lo hacemos a conciencia. No nos turban esas mundanas preocupaciones y absurdas obnubilaciones que nublan y atormentan las mentes y sueños de los mortales. Ese divagar en vacuos recuerdos o pensamientos, ese pueril y estéril intento de organizar al detalle el día de mañana y lo que vendrá, ese incesante arrepentimiento por los errores del pasado y el dar vueltas a asuntos que ya no tienen arreglo y a tiempos que no volverán… ¡Ay, qué desdichados son ustedes a veces! ¡Qué superficiales y profundos al mismo tiempo!
     Ya me pongo a divagar de nuevo… Como ve, cada uno tenemos nuestros errores y virtudes. Pero, como le decía, le noto más relajado. Y, si no se debe al reposo, debo entender que es producto de una mayor confianza hacia mi vampírica persona. Eso está bien, es señal de que empezamos a conocernos… y debe confiar en mí. No le queda otra, claro está. Aunque ya le he asegurado que no tengo la menor intención de hacerle ningún daño. Así que sentémonos, ponga en marcha ese artilugio del demonio y continuemos con mi relato…
     Tras las pesadillas, desperté tumbado sobre el suelo pedregoso de aquella cueva. No podría asegurar si habían transcurrido minutos, horas o días de mi estado de sueño o letargo. El fuego estaba apagado y el viento que se colaba sin compasión en la galería era glacial. Sin embargo, no tenía frío. Aquella sensación térmica que afectaba a mi cuerpo mortal, había desaparecido.
     Arkanti también se había esfumado. Pero podía notar su olor a mi alrededor, como ecos de su presencia reverberando en el aire gélido: una mezcla de sangre, semen, humedad y almizcle. Caí en la cuenta de que todos mis sentidos humanos se habían agudizado de manera ostensible: era capaz de diferenciar mil aromas distintos de mi antiguo mundo y otros tantos aún desconocidos para mí, y saber, al mismo tiempo, el punto exacto de su origen y procedencia; el oído me avisaba de multitud de sonidos a mi alrededor que pareciera tener dentro de la mente, seres reptando o arrastrándose por el suelo, una gota de agua resbalando por la pared, el susurro de voces en el viento y lamentos entre las sombras; mi vista también era más aguda y escudriñaba seres ocultos en las tinieblas, formas invisibles y terroríficas, colores más espantosos que el mismísimo arco iris del infierno…
     ¡Oh, aquello era maravilloso! ¡Sensaciones inauditas para el ser humano! Ahora ya me he acostumbrado, pero aquel primer momento… Fue un renacimiento, como descubrir un universo mágico agazapado debajo de aquel otro tan triste y lánguido que yo había conocido como humano. Tan real y vívido como un súbito despertar. Onírico, como una pesadilla inquietante y terrorífica, se movía a mi alrededor como las ondas refulgentes de un estanque que reptan hasta la orilla. Me sentía tan vivo y despierto e inconmensurablemente feliz… ¡Era como tener un nuevo cuerpo, Víctor! ¡Un cuerpo cien veces más hermoso, fascinante y poderoso que el anterior!
     ¡Y tenía hambre! ¿O sería más correcto decir sed? Quizá usted no pueda entenderme sin conocer la sensación… Era hambre; pero no de algo sólido. Y no era sed; aunque, sin embargo, lo que mi cuerpo necesitaba para saciarse era un líquido elemento. ¡Sangre! ¡Necesitaba sangre! Pero no me urgía como en mi anterior vida mortal. No era sangre por deleite, por lujuria o por sádica perversión. Era algo más: una necesidad acuciante, un elixir para aquella nueva existencia. ¡Alimento para mi supervivencia!
     Me levanté y salí de la cueva a disfrutar de mi espléndido cuerpo y de todos los placeres y horrores que intuía se me prometían y avecinaban. Y entonces, en la puerta de aquella gruta que cambió mi destino, apareció ella. Me estaba esperando.
     ¡Lilith! ¡La bella y terrorífica Lilith!

     No podéis imaginar una criatura igual, amigo Víctor. Ni siquiera parecida. Era hermosa y terrible al mismo tiempo. No hay palabras en el lenguaje humano que le puedan hacer justicia. El orden y el caos del universo refulgían como destellos atemporales en su iracunda y celestial mirada. Sus cabellos eran rojos y corrían en cascada, como rugientes ríos de fuego, por toda su nívea espalda. Su piel era tersa y pálida, y su rostro como una hermosa máscara de porcelana. Sus ojos eran verdes cuando estaba serena, y rojos como la lava de un volcán cuando la ira ardía en su interior. En un breve pestañeo escudriñaba todo tu pasado y todo tu futuro, te desnudaba el alma, te desarmaba hasta las entrañas… Sus labios eran carnosos, rojos como la sangre y peligrosos como el infierno. Podría describirla como una guerrera del inframundo, una diosa de hielo y fuego.
     Lilith era otra de Los Antiguos. Para ser más justos, habría que decir que era la madre de todos Los Antiguos…
     Así es, Víctor. Lo ha adivinado usted. Hablo de Lilith, esa que dicen fue la primera mujer de Adán en el Paraíso, la que compartió su lecho mucho antes que Eva. La misma que no se menciona en la Biblia y que el cristianismo ha borrado de su pasado y de la historia. Aquella de la que también cuentan que abandonó el Edén y a su compañero por decisión propia y se unió a Samael, el ángel del Quinto Cielo que también renegó de Dios y se convirtió en demonio.
     Ha adoptado innumerables formas a lo largo de su existencia. Y por incontables nombres ha sido llamada también. En tiempos inmemoriales, en forma de súcubo alado e incandescente de extrema belleza, se apareó con otros ángeles caídos que también habían abandonado el mundo prisionero de aquel Dios hipócrita y esclavizador. De aquella sangre y semen malditos, dentro de su mismo vientre, engendró a Los Antiguos. Ella misma los dio a luz y amamantó con la sangre que manaba de sus pezones.
     Los Antiguos fueron nueve: Nachzeher, Neuntoter, Caorthannach, Ubour, Uttuku, Arkanti, Viesczy, Zmeu y Volkodlak. Sus vástagos de primera generación fueron conocidos como Los Inmortales. Y se dice que hay entre treinta y siete y cuarenta y tres generaciones hasta los nuevos upyr de hoy en día.
     No, yo pertenezco a una generación de última hornada como dirían ustedes, querido amigo. Recuerde que nos remontamos a tiempos del mismísimo Adán y el Paraíso. No lo sé con exactitud, pero mi generación rondará la trigésima más o menos. Podría decirse que, dentro de la escala vampírica, no soy gran cosa.  
     Y, antes de que me lo pregunte, no: tampoco he conocido a todos los Antiguos. Ni siquiera sé si siguen aún con vida. Conocí a Arkanti, por supuesto, mi creador, mi padre, mi mentor… También a Zmeu y Neuntoter. Y a los hijos de Caorthannach.
     Pero volvamos a ella, a la madre de todos: la misteriosa, dulce y lujuriosa Lilith…


Continuará...


Juanma - 24 - Junio - 2016

miércoles, 13 de enero de 2016

MADRE

                                                                                                I


—¡Cariño, entra en casa! ¡Se está haciendo de noche!
     El niño al que van dirigidas aquellas palabras está en el jardín que hay en la parte trasera de la casa. Se encuentra agachado y parece jugar a algo. O con algo. Solo tiene cinco años. Es alto, delgado y desgarbado. “Igual que su padre”, piensa su madre desde la ventana de la cocina mientras vigila sus movimientos con gesto de preocupación y, tal vez, tristeza. Una tristeza antigua que apenas se ve, pero se nota. Mientras piensa en su hijo, termina de fregar los platos de la cena. Es consciente de que tendrá que esperar hasta que termine lo que sea que está haciendo. Porque sabe que nunca deja algo a medias. Es tímido, huraño e irascible, y eso le preocupa. Le quiere más que a su propia vida, por más que aquello sea tan tópico que ya suene ridículo. Pero es así. Y sabe que él también la quiere a ella con locura. Pero hay algo que no funciona del todo bien dentro de su cabeza. Y eso la inquieta. El niño mira con atención el interior de una caja de zapatos. Dentro hay un escarabajo y una cucaracha. Los azuza con un palo de madera para que peleen entre ellos. Como si estuvieran en un ring. Le gustan mucho los combates de boxeo. Sobre todo cuando alguno de los púgiles es derribado por el otro y cae al suelo inconsciente. Y si tiene el rostro destrozado y lleno de sangre, mejor. Los adversarios que ha elegido hoy son estúpidos y no pelean. El saltamontes del día anterior era bastante mejor. Se está aburriendo mucho, y no le gusta nada aburrirse. Finalmente, se da por vencido. Con una piedra machaca a los dos contrincantes hasta que en el fondo de la caja sólo queda un amasijo de fluidos, sangre y exoesqueletos donde no puede distinguirse ni una sola parte del cuerpo del escarabajo del cuerpo de la cucaracha. Cierra la caja con su tapa y la guarda con cuidado en el hueco de un árbol del jardín.
     —¡Cariño, por favor, entra ya en casa!
     El niño se da la vuelta y sonríe a su madre saludándola con una mano. Aquello es lo que a ella le hiela la sangre. Es capaz de esbozar la más inocente, maravillosa y tierna de las sonrisas y, un solo instante después, obsequiarte con una mirada cargada de ira, odio y crueldad. Aquellos ojos fríos, sin sentimientos, perdidos en un mundo lejano, o tal vez tan sólo interior, que parecen mirar en una sola dirección y no ver nada más de todo el fascinante mundo que le rodea. Siente miedo. Le da pánico pensar que aquello que no está en paz dentro de su mente, termine haciéndole daño. No a ella, sino a él mismo. Cuando por fin entra en casa, ella suspira y se relaja. Le da un beso en la mejilla. Le revuelve el pelo con ternura.
     —¿Qué hacías? —le pregunta.
     —Jugaba —responde él aburrido, como si acaso aquel punto no estuviera ya lo suficientemente claro y tuviese que perder el tiempo explicándolo.
     —¿No te aburre jugar siempre solo?
     —Pero si no jugaba solo…
     —¡Ah, es verdad! Tu amigo… ¿Cómo se llama? Espera un momento a ver si lo recuerdo…
     —Peter. Se llama Peter, madre.
     —Cierto hijo, siempre lo olvido —Sabe que los niños pequeños a veces juegan y hablan con amigos imaginarios. Pero suelen ser niños de dos o tres años a lo sumo. Con cinco años los niños juegan con chicos de su edad. Y, por regla general, suelen ser de carne y hueso. Su hijo juega solo en el jardín y, aunque él ignora que ella lo sabe, mata pequeños animales con una crueldad que la aterra. Mientras tanto, mantiene largas conversaciones con Peter, el supuesto amigo que no está y nunca ha estado allí. Es alguien que vive solo en su imaginación. Por lo demás, no se relaciona con nadie. No tiene amigos allí y tampoco en el colegio. Su profesora y el director ya la han puesto al corriente de su extraño comportamiento en ocasiones, de su falta de empatía y compañerismo, de su personalidad retraída… y de una gran inteligencia que guarda en estado latente.
     Ella lo sabe, pero no piensa llevarlo a un colegio especial. Ya se encargará, como pueda, de que su hijo crezca como un niño normal. Quizá solo necesite tiempo y todo vuelva a su cauce. Tal vez la culpa sea en parte suya por haberlo sobreprotegido demasiado. Es lo único que tiene en el mundo. Su primogénito murió al nacer por unas complicaciones respiratorias. Su marido la abandonó nada más decirle que se había quedado embarazada del segundo. Aunque mejor eso que las continuas vejaciones y palizas a que la sometía cuando llegaba a casa borracho. Y, en los últimos tiempos de su vida en común, también sin estarlo. Cuando nació aquel segundo bebé, se abrazó a él con tal fuerza que ni un huracán hubiera podido arrebatárselo de los brazos. Desde entonces, no se había separado un solo instante de él. Y ahora pensaba, por primera vez, que era posible que tantos cariños, cuidados y atenciones hubieran podido malcriarlo.
     Más bien había pensado aquello, por primera vez, una noche un par de semanas atrás. Se estaba duchando y, al cerrar el grifo y descorrer las cortinas para coger la toalla y secarse, se encontró a su hijo allí plantado, en medio del cuarto de baño, de pie y con un dedo en la boca, observando su cuerpo desnudo con una mirada mezcla de curiosidad, fascinación y sorpresa. Se quedó mirando con fijeza hacia aquel punto donde una pequeña mata de vello oscuro crecía entre sus piernas, antes de que pudiera taparse. Pocos días después, encontró una muñeca en la habitación de él. Supuso que la habría encontrado por ahí. O incluso quitado a alguna de las niñas de su clase. La había desnudado y, con un rotulador, había pintado de negro sus partes íntimas emulando el vello púbico que había visto en ella. En la frente de la muñeca había escrito la palabra “Madre”. Aquellos dos sucesos le habían hecho ver una realidad que hasta entonces ignoraba. O había querido ignorar. Algo no marchaba demasiado bien dentro de la cabeza de su hijo. Desde entonces, siempre cerraba la puerta del baño cuando estaba dentro. Ni siquiera habían hablado del tema. Aquella noche, cuando ella se cubrió con la toalla, él dio media vuelta y regresó a su habitación sin decir una sola palabra.
  


                                                                                                    II



—Cariño, ¿estás bien?
     Su madre siempre preocupándose por él. Le gusta y le disgusta a un mismo tiempo. Le sucede lo mismo con el verano. Le encanta y le saca de quicio. Está dentro del agua dándose un baño. Han ido a la playa por primera vez desde que era pequeño. El agua está templada tirando a fría, una temperatura ideal. Ella odia el mar. Más bien, odia bañarse en el mar. Dice que no soporta la sal pegándose a su piel. La comprende. Tiene una piel tersa y maravillosa. Así que se queda tumbada sobre una toalla en la arena tomando el sol. Es guapa. Muy guapa. Tan guapa como siempre. O más. Le gusta la suavidad y el color de esa piel que no quiere estropear con la sal, el olor de su pelo, el brillo de sus ojos, la forma de sus curvas…
     Acaba de cumplir trece años. Esta breve escapada a la costa es el regalo de su madre. Por la noche salen a cenar a un restaurante al aire libre. Acepta a regañadientes. No le gusta cenar fuera de casa. No le gusta estar rodeado de gente. No le gustan sus risas, su hipocresía y sus aparentes vidas maravillosas. Una chica de su misma edad le dirige una tímida sonrisa desde una mesa cercana. Es bonita. Pero no le gusta su sonrisa ni aquella manera de coquetear con él. Le hace un gesto obsceno con el dedo corazón. La chica se ruboriza y baja la mirada avergonzada y ofendida. Cuando acaban de cenar le pide a su madre si puede dar a solas un paseo por la playa. Le apetece ver el mar bajo la luz de la luna. A ella no le hace demasiada gracia dejarlo a solas ni un momento. Pero ya es casi un hombre y no puede negarle aquello.
     Mientras pasea por la orilla, hundiendo sus pies descalzos en la suave y fina arena, sus pensamientos giran alrededor de su cabeza y algunas imágenes inconexas, fugaces como flashes, desfilan por su mente: la chica que le ha sonreído durante la cena, una vaca decapitada vagando sin rumbo por un camino de tierra, una araña corriendo voraz hacia una mosca presa en su tela, un corazón latiendo servido en un plato, la chica de la cena de nuevo, esta vez ensangrentada de pies a cabeza, su madre desnuda… En esos momentos, el desfile de imágenes se detiene y su cabeza vuelve a quedar en paz y silencio. Porque esas diapositivas mentales vienen acompañadas de un zumbido insoportable que penetra desde sus sienes hasta el interior de su cerebro. Este trastorno, o lo que sea, le sucede desde niño. Desde que tiene uso de razón. Pero cada vez le ocurre más a menudo. Y nunca le ha contado nada a su madre. Ni siquiera que cuando visualiza la imagen de ella desnuda, sufre una fuerte erección.
     Un maullido a sus pies le devuelve a la realidad. Un gatito de pocos meses se ha acercado hasta él. Sin querer, abstraído en su mundo interior, ha abandonado la playa y se encuentra en la parte de atrás de uno de los restaurantes de la zona. Hay algunos cubos de basura. El pequeño felino debe de estar buscando restos de comida. Pero no llega aún a subirse a los altos cubos. Y además, están cerrados. Se agacha y lo coge entre sus brazos con delicadeza. El minino maúlla reconfortado. Mira con cariño los ojos de aquel humano que lo abraza con ternura. Será lo último que vea. Un instante después su cuello cruje al ser descoyuntado. Su cabeza se separa de su cuerpo y la sangre brota como un geiser. La sonrisa de aquel humano se ha tornado grotesca, desencajada, demencial. En su mirada siniestra brilla la fiebre de la locura.
                                                              

                                  
                                                                                                    III  



“¿Cariño, estás bien?”
     Despierta asustado, jadeando, con el corazón dando brincos dentro de su pecho y aquellas palabras retumbando en su cabeza. ¿Aquello ha sido una pesadilla? ¿O más bien ha sido una premonición? Tal vez una visión, una manera de decirle cómo debe hacer las cosas. ¡Sí, eso ha sido! ¡Ahora lo ve todo con prístina claridad en su mente!
     Ya ha cumplido dieciséis años. Es casi un hombre y, sin embargo, su madre lo sigue llamando “cariño”. “Cariño por aquí, cariño por allá”. De pequeño le gustaba. Incluso en su adolescencia le resultaba divertido. Pero ahora… Se lo ha comentado en repetidas ocasiones. Ella dice que es y será siempre su niño, su querido niño, y que le llama así porque le quiere tanto… Pero él le repite una y otra vez que no le gusta que se lo diga, que tiene un nombre. Nombre y apellidos. Pero no hay manera. Siempre vuelve a llamarle…
     Cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño…
     Siempre preocupada por él. Siempre diciéndole cómo y cuándo hacer las cosas. Que si ya no sonríe tanto como antes, que si ya no habla tanto antes, que si ya no come tanto como antes. Cada dos por tres llevándolo al médico. Que si su aspecto es demasiado pálido, que parece excesivamente delgado, que está siempre molesto o preocupado, o distraído. A todas horas haciéndole tomar montones de pastillas inservibles para montones de enfermedades que no tiene. Él es como es. Y va siendo hora de hacerle entender que ya es un hombre, que debe mostrarle también un respeto, que no quiere que le vuelca a llamar…
     “¿Cariño?”
     La maldita y dulce voz de ella resonando en la caverna de su mente. No es sólo fuera, también le roba la intimidad interior.
     Se levanta. Sale de su habitación y baja las escaleras hasta la planta de abajo. Con cuidado de no hacer ningún ruido. Su madre tiene el sueño muy ligero. Demasiado. Es capaz de escuchar el vuelo de una mosca en mitad de la noche. Se dirige a la cocina. Abre un cajón y saca un enorme cuchillo de carnicero. La luz de la luna entra por la ventana y se refleja en la hoja de acero arrancando un fugaz destello que ilumina su rostro. Se mira en el cuchillo. Ve su imagen en él. Sonríe. Al cuchillo, a la noche, a la luna… Y a su madre.



                                                                                                  IV



—¿Qué se siente, cariño?
     El loro al que está abriendo el abdomen con un bisturí para vaciarle las entrañas, no puede responder. Y no porque no supiera hablar. Había aprendido a decir un buen puñado de palabras, entre ellas “cariño”. De tanto oírsela a su dueño, había pasado a repetirla a todas horas. Pero ahora está muerto.
     Procede al vaciado del animal de manera pulcra y meticulosa, con la precisión de un cirujano. Su amor-odio por los animales viene de muy pequeño. De cuando hacia pelear insectos, invertebrados y otros pequeños animales en su vieja caja de zapatos convertida en ring de boxeo. Más tarde fueron ardillas, gatos o perros. Le encantaba el sonido de sus huesos al crujir. Sobre todo, cuando les partía el cuello o la columna vertebral. Su última gran afición es la taxidermia. Y le encanta practicarla sobre todo con aves. Las caza o las compra. Después de tenerlas por compañeras durante un tiempo, las diseca. Tiene una buena colección de ellas; búhos, lechuzas, halcones, cuervos, urracas, palomas… El loro ha sido su última adquisición. Y ahora es también su último trabajo. En el sótano de casa alberga su espléndida colección. Se siente muy orgulloso de ella.
     Unas toses ahogadas al otro lado de la habitación le desconcentran y hace una mala incisión en la carne del animal. Aquello le pone furioso. No soporta que le interrumpan por nada del mundo cuando está trabajando. Se vuelve hacia la cama que hay tras él. Tendida en ella, hay una chica desnuda. Tiene una mano amputada y metida dentro de la boca. El muñón está cauterizado. La otra mano y los pies están atados a los postes de la cama. La extremidad hundida casi en su garganta hace que la muchacha tenga arcadas y apenas pueda respirar. Deja en la mesa al animal y sus útiles de trabajo. Se levanta y acerca hasta la cama con gesto furioso. Y, al mismo tiempo, esbozando una encantadora sonrisa. El rostro de la chica es una máscara de terror. Cuando lo ve acercarse, sus ojos están a punto de salirse de las cuencas. Tiene el cuerpo cubierto de heridas y moratones. Le faltan los dos pezones y la sangre reseca que ha manado de ellos cubre sus grandes pechos como lava derramada por las laderas de un volcán. Le ha quemado el vello púbico con un soplete antes de violarla. No lo soporta desde que se lo viera a su madre desnuda de pequeño.
     —¡Me dijiste que ibas a estar callada! —le recrimina— ¡No puedo concentrarme en el trabajo si haces ruido! ¡Y mi madre está durmiendo arriba… la vas a despertar! —Le introduce la mano cercenada aún más al fondo de la garganta, apretando con todas sus fuerzas. La chica se debate, intenta respirar, patalea. Él sonríe y la besa con suavidad en la frente. Cuando cesan los últimos estertores, le extrae la mano y la lanza hacia un lado. Se vuelve hacia el loro.
     —Me temo que vas a tener que esperar un ratito más —Coge el bisturí de la mesa y  empieza a abrir el abdomen de la muchacha. Últimamente se ha aficionado también a la disección de seres humanos. Especialmente del género femenino. Y le gusta abrir los cuerpos cuando aún están calientes…

                                                              

                                                                                                    V



Hay un enorme y profundo lago a tan sólo un centenar de metros de la parte trasera de la casa. Allí se deshace de la mayoría de las chicas violadas, torturadas, asesinadas y descuartizadas. Lleva los cuerpos, o los restos de ellos, en el maletero de su coche hasta un bote con remos que tiene amarrado en el embarcadero. Siempre lo hace de madrugada, al abrigo de la luz y miradas curiosas. Rema hasta el centro del lago y allí lanza los cadáveres, lastrados con pesadas piedras para que se hundan, por la borda. En aquella zona, el lago tiene más de doscientos metros de profundidad. Los grandes y feroces peces que habitan aquellas aguas seguro que se encargan de eliminar cualquier rastro de carne y vísceras. También de cualquier otro tipo de prueba que haya podido quedar en los cuerpos, aunque suele ser muy meticuloso en ese aspecto. Los huesos descansarán para toda la eternidad en el fondo del lago, lejos de poder ser vistos o hallados por nadie. Ni siquiera los submarinistas que a veces se dejan caer por allí se sumergen tan profundo. Es un método mucho más eficaz que enterrarlos bajo tierra, donde por algún descuido o casualidad puedan ser descubiertos.
     Aunque él no cree ser el responsable de la muerte de ninguna de esas chicas. Siempre las encuentra ya muertas y sin ningún recuerdo de lo sucedido. Hay una especie de vacío y oscuridad en su mente desde el momento en que las conoce hasta que las encuentra sin vida. ¿Amnesia? Es algo tan doloroso para él que piensa que quizá sea una reacción de su cerebro para no causarle más sufrimiento. Como si decidiera borrar de su memoria ciertas escenas terribles que podrían traumatizarle. Porque, en el fondo de su mente, sabe lo que está ocurriendo. Es su madre la que se deshace de todas aquellas muchachas. Siempre lo ha querido solo para ella. Jamás soportó la idea de compartirlo con alguien más. Cada vez que intentaba entablar una relación con alguna chica, los celos de ella no podían aceptar la situación.
     —¡Cariño, esa ramera no te conviene! —Solía decirle cada vez que le presentaba a alguna. Y tenía una ligera idea de lo que sucedía después. Le echaba alguna droga en la comida o bebida y, cuando él estaba sedado e inconsciente, las asesinaba para apartarlas de él. Era tal el odio que le producían, que en algunos casos se ensañaba con ella de manera espantosa y cruel; descuartizándolas, sacándoles las vísceras, violándolas con algún objeto contundente… Después él las encontraba y no le quedaba más remedio que limpiar todo el estropicio y deshacerse de los cuerpos en el lago. Porque aunque repudiara y condenara de manera tajante el comportamiento de su madre, la quería más que a su vida. Pese a sus diferentes puntos de vista y desencuentros, pese a sus continuas peleas y discusiones, pese a que le siguiera llamando “cariño”, era su deber protegerla. No podía consentir que la policía tuviera conocimiento de nada de aquello. Tenía que ocultarlo y cuidar de su madre, era su obligación como hijo único y ejemplar.
     Volvió a la casa. Tenía que revisar toda la escena del crimen para limpiar cualquier rastro de sangre, cabello o ropa. No recibían apenas visita alguna. Pero, de vez en cuando, sí que paraba alguien a alojarse en el pequeño motel que su madre y él regentaban y que estaba al lado de la casa. La carretera interestatal no pasaba por allí, por eso solo algún viajero perdido o despistado daba con sus huesos en aquel lugar. Pero siempre había que tener el máximo cuidado y precaución por si alguno de aquellos visitantes era demasiado curioso. Podía ver cosas que no debía. Aunque a la casa jamás subía nadie, no estaba de más ser precavido. Cuando se cercioró de que no quedaba ninguna huella o resto de lo sucedido, volvió a su trabajo en el sótano de la casa.
     Pese a que su gran pasión seguía siendo la taxidermia, una nueva afición ocupaba últimamente gran parte de su tiempo. Y como era algo relacionado con lo anterior, también se le daba de maravilla. Estaba confeccionando un vestido de piel humana para su madre. Aquellas muchachas ya estaban muertas… y desperdiciar aquel material tan delicado y maravilloso que ya no podrían lucir, hubiera sido una lástima. Así que despellejaba a las muchachas con sumo cuidado para secar y guardar la piel. Muchas de las pieles estaban tan desgarradas e inservibles por la violencia que tenía que desecharlas. De otras sólo podía rescatar algunos pequeños retales. Y muchas partes también se le rompían, así que tenía que coserlas con fragmentos de otras para unirlas entre sí. Era un trabajo delicado y meticuloso, pero le encantaba. Sentía especial predilección por la piel humana desde que se había enamorado de la de su madre. La de ella estaba ahora vieja y marchita, así que había pensado que sería estupendo regalarle un nuevo y precioso vestido de piel humana. Estaba convencido de que le gustaría mucho. Y no podría reprocharle nada. Total, a aquellas chicas las asesinaba ella…



                                                                                                      VI



Es una lluviosa noche de otoño. Su madre y él están en la habitación de arriba. Ella duerme sentada en una silla. Él está a punto de bajar de cenar. En esos momentos, el ruido del motor y las luces de un coche llaman su atención. Se asoma con cuidado a la ventana. Un automóvil acaba de aparcar delante del motel. Se apagan las luces y del interior del vehículo sale una joven rubia. Parece muy guapa. Corre a refugiarse de la lluvia al cuarto de recepción del motel.
     —Madre, tenemos un nuevo huésped. Tengo que bajar a atenderla…
     —¿Atenderla? ¿Acaso es otra de esas sucias rameras que tanto te gustan?
     —Madre, es una clienta. Está abajo esperando…
     —¡Dile que está cerrado! ¡No queremos furcias baratas en nuestra casa!
     —No está en nuestra casa. El motel está abierto a todo el mundo. Tengo que ir…
     —¡Está bien! ¡Pero ten mucho cuidado con ella, cariño!
     —¡¡No me vuelvas a llamar así!! —Estalla por fin en un rugido. Se vuelve y mira con furia a su madre.
   Sale corriendo de la habitación y baja a toda prisa las escaleras. Está harto de su madre. No va a consentir que se entrometa entre esa linda muchacha y él. Es sólo un huésped pero… ¿quién sabe? Quizá pueda entablar conversación con ella. Puede invitarla a cenar con él… ¡Sí, eso hará! Le ofrecerá tomar un aperitivo con él, abajo en el motel. Y le explicará su afición a la taxidermia. Seguro que le entusiasma. Tal vez consigan hacerse amigos. Y después le dará la habitación número 1, justo al lado de la recepción. Para no perderla de vista. Pero tendrá que vigilar de cerca a su madre. Esta vez se andará con cuidado. Con mucho cuidado… Se detiene y se vuelve a mirar atrás. Hacia las escaleras y el piso de arriba. Hacia su madre. 
      —¡Me llamo Norman, madre! ¡Norman Bates! 


(Con todo mi cariño al maestro Alfred Hitchcock.)


Juanma Nova García