domingo, 20 de mayo de 2018

ELLA


Sonó el despertador.

Era lunes por la mañana. El sueño y la pereza me ataban a los barrotes de la cama. Las cálidas sábanas blancas me abrazaban con dulzura, susurrándome tiernas palabras de consuelo. La almohada, suave y acogedora, se aferraba a mí como un náufrago a su vela. Abrí los ojos y allí estaba ella: me quedé mirándola con una sonrisa prendida de mis labios.
¿Cómo expresar con palabras algo que pudiera acercarse a describir su belleza? Hermosa como un gran árbol en flor, ardiente como el sol y misteriosa como la escarcha bajo las estrellas, radiante como el rocío de la mañana, como la sonrisa de la luna, como la irremediable tentación de las cosas prohibidas…
Pero era lunes por la mañana. Y, como cada lunes, debía comenzar una nueva semana de trabajo y agotadora rutina. Para mí era un tormento, un castigo, un sufrimiento tener que abandonarla cada día. Un dolor agudo me laceraba el alma, me mortificaba el corazón. Era una agonía despedirme de ella, dejarla allí sola como un recuerdo fugaz. Al contemplarla así, desde el umbral de la puerta, el miedo a que alguien pudiera hacerle daño en mi ausencia me provocaba tal congoja que tenía que hacer acopio de todas mis reservas de fuerza para poder pronunciar la palabra maldita.
Adiós.
Ella lo era todo para mí. El resto de mi vida era rutina y aburrimiento, ese eterno e incontrolado ciclo de nacimiento y muerte, de sufrimiento, el Samsara de mi existencia; sabía que por la noche volvería a estrecharla entre mis brazos, pero el mero pensamiento de la palabra separación, aunque fuese tan sólo por unas horas, me resultaba insoportable y me amargaba el resto del día.
Antes de salir me acerqué, como siempre, a regalarle un beso de despedida. El deseo de volver a abrazarla me daba pequeños empujoncitos hacia su regazo, pero sabía que si lo hacía estaba perdido, que ya no sería capaz de volver a separarme de su lado una segunda vez. Una lágrima fría rodó por mi mejilla, cual gota de rocío abandonando el abrigo de la flor querida al despuntar el alba, cuando pronuncié la fatídica palabra.
Adiós.



La puerta del ascensor se abrió con un ruido sordo.
Estaba en la planta sexta, frente a la puerta de mi oficina. Todo estaba tal y como lo había dejado el viernes anterior. Exactamente igual de triste, de monótono, de aburrido; siempre igual de imperturbable, quizás incluso un tanto más inhóspito cada semana.
Pasé a mi despacho, la maldita sala rectangular donde se me aplicaban mis torturas diarias. Me senté abatido, como si acabara de correr una maratón o recibido una descomunal paliza. Cada día se me hacía más difícil, más insoportable la eterna repetición de lo mismo: las mismas horas, los mismos gestos y saludos, los mismos movimientos como una máquina, un autómata, un robot teledirigido.
Iba a abrir mi maletín cuando, de manera instintiva, mis ojos se volvieron hacia una esquina de la mesa. Allí estaba, inmaculada y limpia, su fotografía. Era del año en que nos habíamos conocido: estaba preciosa, llena de vida, de esperanza, de ilusión…
La quería como sólo se puede querer a alguien en un sueño, en un cuento de hadas, en la casa de los Montescos y los Capuletos. La quería, la amaba, la deseaba con una pasión sin límites.
Intenté apartar mis pensamientos de ella y pensar en el trabajo que, pese a todo, nos proporcionaba el dinero para vivir y poder realizar nuestros sueños. Abrí el maletín y rebusqué entre los papeles los que habría de trabajar aquel día. No recordaba bien de qué documentos se trataba, últimamente iba un poco atrasado y se me acumulaba el trabajo y…
No podía. Por más que lo intentaba, era imposible. No podía apartarla de mis recuerdos, alejarla de mí, barrerla del corazón. Se aferraba a mi alma tanto como las estrellas a la noche. Ella era la luz que me daba vida, el alimento que me proporcionaba fuerzas, la chispa que mantenía prendida la llama de la ilusión. Todo lo que era, todo lo que había conseguido, se lo debía a ella.
Absorto en mis pensamientos, viajé hacia atrás en el tiempo y regresé a los años de mi juventud, a un tiempo donde nuestros caminos aún no se habían cruzado.



Antes de conocerla, todo había sido muy diferente en mi vida, mi pasado y mi presente eran tan distintos como el sol de la luna. Eran tiempos difíciles. Huérfano y solo, vagaba de un lado para otro sin rumbo fijo, sin techo, sin trabajo.
Sí, antes de conocerla a ella yo no era más que un pobre vagabundo. Todo carecía entonces de sentido, excepto encontrar un pedazo de pan que llevarme a la boca, un lugar lo más confortable posible donde pasar la noche y unos cartones para arroparme. Fueron días de desesperación y sufrimiento. La idea del suicidio se cernía sobre mi cabeza como un buitre acechando los últimos minutos de su presa moribunda.
Entonces la conocí.
Y todo cambió: como cambian las imágenes de un sueño cuando despiertas. Recuerdo que era un día de primavera. Y recuerdo que, desde aquel encuentro, fui a visitarla todos los días.
Ella trajo la fortuna a mi vida pues, poco tiempo después, conseguí un empleo y pude alquilarme una pequeña casa. Y las cosas comenzaron a ir rodadas como por arte de magia: aquellos tiempos difíciles fueron quedando atrás, apenas unos jirones de niebla al levantar con fuerza el cálido sol de la mañana. Toda mi vida se llenó de colores, de sonidos y formas multicolores, de alegría y felicidad bañándolo todo como olas una playa dormida y desierta.
Aquel encuentro inesperado e insospechado fue como tocar las alas de los ángeles con la punta de los dedos… y supe entonces que ya no había dudas ni incertidumbres posibles: estaba enamorado, debía luchar por conseguirla y darle todo ese amor que, durante todos aquellos años de soledad, se había ido acumulando en mí interior como nieve en la ladera de una montaña.
Y así fue como Cupido nos ensartó con una de sus saetas y nuestros senderos convergieron uniendo nuestras vidas para siempre y sellando nuestro amor con un fuerte y poderoso lazo.




Y así, sumido en bellos pensamientos y dulces recuerdos, perdí por completo la noción del tiempo y seguí vagando y divagando hasta que llegó la hora de cerrar la carpeta, el maletín, la puerta... y regresar a casa.
Llegaba de nuevo la hora del reencuentro, del abrazo, del beso cruzando el puente que separa la luz de las tinieblas, la risa del llanto, la caricia añorada volando de nuevo hacia el sueño de primavera.
Así transcurrieron meses y años felices, rebosantes de dicha y júbilo, de fines de semana y vacaciones entregados a nuestro amor.
Y así se sucedieron odiosos y tediosos lunes con el despertador sonando de fondo y recordándome que el fin de semana se había agotado de nuevo y que era hora de volver al trabajo y a la rutina de la vida.



   
Pero la vida es imprevisible, sus misterios insondables y, un buen día, todo cambia de repente. El amor es un sentimiento mágico, pero también extraño, a veces casi del todo incomprensible. No sabemos cómo ni porqué viene o se va, pero es una fuerza que escapa a nuestro control y razonamiento. Un buen día pasa algo, o no pasa nada durante mucho tiempo, y una llama se apaga, o tal vez otra se encienda, y entonces comprendes que ya nada volverá a ser como antes y que lo mínimo que puedes hacer es ser valiente, honesto y evitar sufrimientos innecesarios.
Debía hablar con ella.
Como siempre, esperaba mi llegada en la habitación. Me enfrentaba a un momento difícil, a una amarga y triste confesión. Pero no quise andarme con rodeos y decidí ir directamente al grano. No podía disimular el dolor y la amargura que, pese a mi comportamiento casi cruel, desgarraban mi corazón.
La había querido mucho. Aún la quería.
Me acerque a ella y con voz grave, como de Humphrey Bogart en el papel de Philip Marlowe, le susurré al oído;
“Nena, tengo algo importante que decirte.
Me senté a su lado, casi a cámara lenta, casi como si le estuviera arrancando la vida como la piel, a tiras.
“Sé que esto va a ser duro pero que, pese a mi egoísmo, creo que sabrás comprenderlo y perdonarme algún día.
“Siempre había soñado con un final diferente, pero quizá hayan pasado ya nuestros mejores años. Y con ellos se apagaron también la ilusión, el deseo, la pasión....
“Además uno no puede saber nunca con certeza aquello que le va a deparar el futuro. Nunca creí posible que esto pudiera llegar a  suceder, pero así ha sido y lo mejor que podemos hacer es afrontarlo. He conocido a otra. No sé si estoy enamorado de ella, pero está claro que mis sentimientos hacia ti han cambiado, ya no siento lo mismo que antes…
“Sí, sé que es cruel y vergonzoso contártelo así de repente, sin más. Pero creo que es preferible hacerlo a ocultártelo, pues antes o después te enterarías y entonces sí que te haría daño. Y no lo mereces. No deseo hacerte sufrir y quiero que sepas que jamás te he engañado ni compartido una noche con ninguna otra, nunca habría sido capaz de serte infiel. Antes de hacerlo y marcharme quería sincerarme contigo. Será difícil tener la conciencia tranquila tras esto, pero más doloroso aún sería vivir con el alma y el corazón manchados y atormentados por la culpa y el pecado.
“Hemos de separarnos. Será terrible hacerme a la idea, pero yo he elegido este camino y tengo que afrontarlo. Jamás te olvidaré y, pese a todo el daño que pueda causarte, espero que tampoco tú lo hagas nunca. Te deseo todo lo mejor y por eso espero que puedas rehacer tu vida y encontrar a alguien que llene mi ausencia, te colme de amor, cariño, atenciones y todo aquello que yo no podría ya darte. Y, sobre todo, que no te falle como yo lo he hecho.
“Ahora tengo que despedirme de ti. Me gustaría volver a verte de vez en cuando para saber que estás bien, pero te comprenderé si no quieres volver a saber nada de mí.



Ni una palabra de reproche. Así era ella.
Casi sin darme cuenta, las lágrimas habían inundado mi rostro. Estaba llorando como un niño que ve a sus padres marchar y siente miedo y abandono pese a no saber lo que en realidad ocurre. No quería retardar más lo inevitable, así que decidí enfrentarme con firmeza a mi destino, a una nueva vida desconocida y un futuro del todo incierto. Diferente, en todo caso.
Ya nunca volvería a ser el mismo. Ya nada volvería a ser igual. Una lágrima, grande como mi culpa, surcó mi rostro cuando me detuve para contemplarla por última vez.
Iba a susurrarle adiós, como cada mañana, como siempre.
Sin embargo, sólo pude decirle:
“Te echaré de menos, querida cama.



   Juanma

lunes, 12 de marzo de 2018

KILÓMETRO CERO

Allí donde todo está quemado hasta las cenizas, es imposible encender hoguera alguna. En tales circunstancias, las noches se vuelven más largas y amenazantes y oscuras. Y un péndulo, enorme como el vacío del universo, oscila sobre nuestras cabezas, decapitando constelaciones enteras con su filo inapelable, desgarrando el vientre de esa eternidad de la que se puede afirmar que nada sabe y, sin embargo, algo debe de saber. Porque de las pesadillas diurnas no hay manera de despertar. Visiones de languidez, de desamparo, de enfermedad. En el camino no suele haber ángeles autoestopistas ni interlocutores del más allá. Cuando llegas a cada curva ya se han marchado y llevado consigo el mundo y sus cenizas. ¿En qué se diferencia todo aquello que nunca fue de aquello que jamás será? Apenas ha terminado de amanecer cuando ya está de vuelta la luz grisácea y mortecina de la tarde agonizante. Como un romance ritual e irreversible en el que siempre gana el insomnio. Es curioso el tiempo: fugaz y eterno; breve y perpetuo; efímero e imperecedero a un mismo tiempo. Miras a tu alrededor y en un parpadeo todo es distinto. Te han dicho desde que tienes uso de razón que "siempre" es mucho tiempo. Pero al final descubres la verdad. La escalofriante verdad. Que "siempre" es tan solo un abrir y cerrar de ojos. Y a la luz mezquina que precede al crepúsculo, hay que añadirle también la luz temblorosa y yerma y sombría que acompaña a menudo a nuestros corazones. Se oscurecen a cada tramo del sendero, reflejando el sol moribundo desde una nada insondable, como destellos de cuchillos en una cueva profunda. Y, sin apenas darnos cuenta, rezamos en sueños como en un antiguo y sagrado ungimiento. Como estrofas de un mantra de signos. Evocando las formas, los gestos, los movimientos... Quizá sea bueno para sentirnos vivos y parte de algo, aunque no sepamos de qué algo se trata. Cuando no tenemos nada mejor que hacer, inventamos ceremonias y les insuflamos vida. Cada vez tenemos más a menudo esa extraña sensación de perpetuo vacío, más allá de nuestro lóbrego entumecimiento y su sorda desesperación. Como si el camino y el mundo se encogieran en un mosaico de piezas inseparables. Vuelta al olvido de las formas y sus nombres. Y su significado. Todas aquellas cosas que damos por sentado como verdaderas desvaneciéndose en volutas de humo. Más frágiles de lo que jamás hubiéramos imaginado. Como un hierático idioma resquebrajándose al verse desprovisto de sus jodidos referentes. Encogido como un cuerpo a la intemperie que intentara preservar algo de calor. A punto de esfumarse para siempre en un pestañeo ¿Cuánto de este mundo que creemos real no ha desaparecido ya? ¿Acaso esperamos que haya algún Dios bondadoso observando? ¿O, quizá, uno sin escrúpulos? ¿Redactando en un libro inmenso de tapas doradas nuestros hechos terrenales? A dos columnas en una página. En una hilera los buenos, los piadosos, aquellos que te consiguen el ansiado pasaporte al cielo: y en otra los malos, los pecaminosos, esos que te condenan a las inmisericordes llamas del averno. Actos buenos y actos malos. ¿Con relación a qué? No, no hay libro de cuentas alguno y todos los dioses amigos y desconocidos están muertos y olvidados. Aunque creamos saber cómo es el mundo, en el fondo lo ignoramos. Tal vez sea imposible conocerlo desde el punto de vista de la creación. Quizá, tan solo, en su destrucción nos pueda ser revelado el cómo, cuándo y porqué de su existencia. Y de la nuestra propia dentro de la suya. Su verdadera estructura, más allá de átomos, células o galaxias. El misterio de su mecanismo y de quién se empeña en darle cuerda. Es posible que en ese cataclismo se nos desvele todo. El enigmático espectáculo de las cosas y sus sombras dejando de existir. El inabarcable universo baldío, erosionado, agonizante. Y su pavoroso silencio.


Juanma Nova García


                                                                                

viernes, 9 de febrero de 2018

MIENTRAS CAMINO

Mientras camino a oscuras la vereda,
sus recuerdos consiguen, sin pudores,
adornar las palabras con sabores,
pintar en el desierto una arboleda.

Cuando sale la luna desenreda
la bruma del pistilo de las flores,
a ver si entre la noche y sus colores
reluce como el sol su piel de seda.

Se acerca a pasos lentos, indecisa, 
pestañea, sonríe, me enamora:
amanece en mis sueños su sonrisa.

Amiga del amor y la deshora,
rebelde del ahora y de la prisa:
son sus ojos el cenit de la aurora.

Juanma - 9 - Febrero - 2017

miércoles, 10 de enero de 2018

SILVIA

17 de noviembre.
Maldito diario:

Tras varios meses de ausencia
(casi desde el último abril
del que ya solo queda un tenue arco iris
en algunos fotogramas polvorientos),
tengo algo nuevo que contarte.

Esta mañana de ido con Silvia
(sí, con Silvia, has leído bien)
de compras a la Gran Vía,
a una de esas tiendas del centro
donde los maniquíes besan
sin censura a la anorexia.
Después de probarse nueve vestidos
he pensado, con franqueza, que para qué,
si no hay tejido mas hermoso que su piel.
(Pero claro, no he podido decírselo).
Al final se ha decidido por uno de flores
de mil formas y colores,
como si hasta el despiadado noviembre
fuese para ella primavera.
Pero si Silvia se empeña en que es primavera
florecen los cerezos hasta en la Antártida.

Después hemos ido de cañas a La Latina,
a los bares y esquinas de siempre;
ella ahora bebe sin alcohol,
y a mí, como siempre, casi me basta
con mirar sus labios mientras bebe.

Comenta Silvia:
"Enamorarse de la persona equivocada
es desenamorarse de uno mismo."
¡Qué poco se imagina ella cuán cierta
(y puñetera)
es esa afirmación!

Me ha hablado del último libro que ha leído,
del frío criminal que hace en Copenhague
del trabajo en el que acaba de empezar,
de que ya ve la luz al final del túnel...
La luz al final del túnel son tus ojos, he pensado,
verdes como las primaveras de la juventud.

Maldito diario...
¡no imaginas cuánta nostalgia cabe
en un par de palmos de distancia,
cuántos recuerdos revividos
de un lado a otro de una mesa,
cuántas primaveras levantando muros
entre su boca y la mía,
cuánta fantasía a mil años luz
de la puta realidad!

De vuelta a casa de sus padres
hemos regresado también a la infancia:
ya no está ese banco donde nos sentábamos
y tantas veces planeé besarla
cuando todavía no teníamos edad
(ni sitio)
para las tristezas,
tampoco el parque donde su risa
convertía un taciturno columpio
en una vertiginosa montaña rusa,
y un centro comercial ha engullido aquel descampado
donde jugábamos al escondite
y siempre me dejaba coger
(aunque ella no lo sabía)
por el simple placer de oírla gritar mi nombre.

"Nos han cambiado la ciudad,
el presente y hasta el futuro...
pero los recuerdos siguen en su sitio",
le he confesado.

Ella me ha mirado con melancolía
pero ha sonreído.
Hasta ese momento casi he creído
que podía salir ileso
(o con escasas secuelas)
de aquel encuentro
Pero esa sonrisa me ha derrotado...
y ya sabemos que no es posible salir ileso
de un naufragio en alta mar
o de los restos de un terremoto.
La misma sonrisa de entonces,
fascinante como un truco de magia;
la sonrisa de los recreos,
la de los cumpleaños en la calle,
la de las miradas cómplices,
la de tantas tardes en mi casa
compartiendo secretos y música,
un auricular para cada uno,
cuando las canciones eran una aventura
y sus letras himnos insondables.

La misma condenada e irresistible sonrisa
de te quiero, pero como amigo,
la de me voy a estudiar a Dinamarca
la del día de su boda
en esa fotografía con ese otro chico
que nunca fui yo.

Nos hemos despedido hasta la próxima
(quizás pronto, tal vez nunca),
con besos y abrazos tímidos.

Ya solo, sentado en el autobús,
con los ojos empañados
e intentando huir del pasado,
con su perfume y su sonrisa
aún prendidos en mi recuerdo,
he pensado en ese afortunado de la foto que,
en la próxima primavera,
decorará el suelo con los pétalos
de su vestido.

No he podido evitar odiarla,
odiarla con todo mi alma;
a la primavera claro,
porque a Silvia la amaré siempre.



Juanma - 9 - Enero - 2018

sábado, 6 de enero de 2018

N

N se asoma a esa ventana
melancólica
de un lunes cualquiera.
Su casa huele a vacío y abandono,
a polución nocturna y a angustia;
un gato maúlla en algún rincón,
el frío se cuela por un cristal roto,
y otra vez se quema el café.

Las farolas parecen curiosas estrellas
mientras N echa de menos
lo que fue ayer,
casi tanto como lo que será mañana.
Más que lo que fue, lo que sentía entonces:
aquellas mariposas en el estómago,
la magia en los huesos,
el amor en el alma
el cóctel de hormonas,
la droga del corazón…

N pone un disco de Leonard Cohen
en el viejo tocadiscos,
enciende un canuto
con el viejo zippo de H
y deja flotar sus pensamientos:
a veces sale de su cuerpo,
flota alrededor de la lámpara
y recupera la fe;
otras, siente que su piel
es una madriguera llena de ladrones,
que las canciones y los porros
jamás le traen ya de vuelta
los posos de su risa,
la ilusión de los viernes,
las caricias multiorgásmicas,
la sensación de ser alguien.
Aunque sea por una última vez.

A N le gustaría abrasarse
la piel con otras manos,
la boca con otros labios;
y poder decir, con algo de fortuna,
aquello de que aún no estamos muertos
mientras se acaba
el último sorbo de cerveza
en las entrañas de un tugurio
de mala muerte;
fuera en la calle huele a mar,
a tierra mojada,
a café derramado
o a apocalipsis, ¡qué más da!
En ese efímero instante
un vagabundo muere,
una duda se disipa,
un mimo estornuda,
un nuevo día amanece
y una niña pide un deseo
mientras el agua del lavabo
se lleva su pestaña por el desagüe.

(Lluvia)

N aplasta la colilla en la acera
y escucha el blues invisible del agua
inundando el mundo.
La ciudad nunca duerme,
eso ya lo sabe
desde siempre.
Como esa puñetera cantinela
de mañana será otro día,
de qué ojeras llevas hoy,
de no bebas entre semana
de un clavo saca otro clavo…
de adiós a tanta tontería.

Juanma - 6 - Enero - 2018

viernes, 8 de diciembre de 2017

INYECTARNOS FANTASÍA

Si te acercases
podrías ver cómo me observan
los buitres que siempre revolotean sobre mi cabeza.
Odio esas noches que se clavan como jodidas lanzas,
esas horas que se suicidan antes de tiempo,
las lágrimas amargas de cualquier chica tiste
al fondo de la barra de cualquier triste bar.
El olor de la desidia, su anestesia en las venas.
Sabes que nos quedamos en la entrada buscando una salida.
Que detrás de los surcos de los años perdidos
todavía laten ascuas de sueños inconclusos.
Tantas historias se quemaron en el fuego del olvido...
Poemas con olor a flores marchitas,
noches con anhelos que abrasaban en el pecho,
calles pintadas de nostalgia y sexo.

Si te acercases
podría enseñarte mi deshabitado mundo,
mi derrotado ejército de ilusiones,
mis últimas primaveras caducadas en la nevera.
Me dueles si estoy lejos de tu cuerpo.
Se alborotan hasta mis pestañas si te quitas la camisa.
Aunque, a veces, no recuerde ni quién eres.
Porque el pasado arde y renace como el Ave Fénix de sus cenizas,
como las risas de unos niños extraviadas en el parque,
o la esperanza desgarrada por las púas del alambre de la piel.

Si te acercases
comprenderías que ya no somos,
ni seremos,
los guardianes de las llaves del querer.
La mirada en la luna, los fines de semana en celo,
los lunes de borrasca lamiéndonos las heridas de las caricias mal dadas.
Aullando como lobos, apurando la madrugada,
estrujándonos los sesos, jugando a no me acuerdo, bebiendo dinamita.
Al amanecer los recuerdos son como jodidas resacas que acechan tras cada esquina.
Te golpean y escupen, te empujan y olvidan...

Si te acercases
sabrías que la única manera de tocar el cielo
ha sido siempre lanzarse de cabeza al infierno.
Porque el paraíso es la barra sucia y pegajosa
de una taberna de mala muerte.
Porque las cicatrices del alma abren la puerta
de alguna dimensión desconocida.
Y porque la realidad es a la imaginación
lo que las estacas para los vampiros.

Si te acercases,
tan solo un poco, a este lado de la jaula
podrías ver a los cuervos agrupados en bandada,
a las bestias arremolinándose en jauría...
Puedo esnifar tus palabras hasta colocarme de tu idioma.
Y después, tal vez, cruzar la Vía Láctea en un Cadillac.
Quizá ser otra persona, ser algo, todavía.
Vivir, aunque sea, en una habitación de madrugadas a deshora,
sobrevivir con cerveza y restos de pizza fría,
Recitarnos poemas aprendidos de memoria,
bailar twist en lo alto de las grúas,
hacer el amor en los escaparates de la Gran Vía.
Sodomizar la pausa y la prisa.
Aullar hasta que la luna nos dé una patada,
Beber torrentes de vodka cerca de un precipicio,
coleccionar estrellas, inyectarnos fantasía.
Escondernos de la gente.
Construir una máquina del tiempo
y volver, a la misma noche, cada día.


Juanma

martes, 5 de diciembre de 2017

LOS SECRETOS DEL MUNDO

Ella le cogió de la mano. Subieron por unas empinadas y estrechas escaleras de piedra hasta toparse con una puerta redonda, como esas tan graciosas de los hobbits. Daba a un pequeño desván, oscuro y polvoriento. Al fondo había un ventanuco que apenas dejaba pasar los rayos de luz de la mañana. Las tardes debían ser de penumbra, silencio y seres invisibles moviéndose entre las sombras. Las noches... no quería ni pensarlo. Apenas se distinguía gran cosa, pero Loth pudo apreciar que todas las paredes estaban llenas de estanterías, desde el suelo hasta el techo. En unas había libros; en otras extraños objetos, piedras y amuletos; y en algunas más, pequeños recipientes de cristal de muchos colores.
     —Dijiste que me ibas a enseñar los secretos del mundo...
   —Y aquí los tienes —respondió Alana con una sonrisa—. Todos los secretos y misterios del mundo.
     —Yo solo veo cosas inútiles.
     —¿Cosas inútiles? —La muchacha no pudo evitar reírse ante la ingenuidad del chico. Tenía casi la misma edad que ella, pero era tan inocente...— Los libros guardan todos los saberes del mundo. Los conocidos y los prohibidos. Todo lo que fue, es... y quizá también lo que será. Ellos custodian toda la ciencia y fantasía del mundo. También la astronomía, los senderos ocultos del bosque, la poesía...
     —No sé leer —contestó Loth con tristeza.
     —Eso tiene arreglo —respondió Alana—. Yo te enseñaré.
     —¿De veras lo harás? —Y por primera vez asomó a los ojos del chico una chispa de alegría. La muchacha se limitó a sonreír y asentir, cual una madre ante la pregunta divertida de su hijo.
     —En las piedras y amuletos —continuó—, se conserva la magia del universo. Cada uno posee un poder distinto, atesorado desde el amanecer de los tiempos. Todo cuanto nos rodea está impregnado de saber y poder. Los misterios de la naturaleza, los abismos de los océanos, las maravillas de las constelaciones. Todo aquello que muchas veces no comprendemos... ¿Sientes vértigo? Tranquilo. Cuando aprendas a leer y escribir, también te los descubriré.
     —¿Y en los frascos de colores? —preguntó— ¿Qué guardas ahí?
     —¿Ahí? —Alana se giró para mirar los estantes que tenía detrás— Eso es lo menos misterioso de todo. Tan solo es mi pasatiempo. Es con lo que me entretengo en los ratos libres. Ahí voy guardando todos los olores del mundo.
     —¿Todos? —Los ojos de Loth se habían abierto como platos.
     —Bueno, casi todos —Volvió a reír ella.
     —¿Qué hay en ese de allí? —dijo señalando un frasquito con un líquido gris azulado que había en lo más alto de la última estantería.
     —Ése contiene el olor de los ríos y sus peces. El verde que hay a su lado, el aroma de los árboles y las flores en primavera. El rojo de la estantería de debajo, la fragancia de la pasión y los latidos del corazón...
     —¿Y este? —El muchacho se acercó hasta uno más grande que había frente a ellos y que brillaba con un hermoso azul celeste.
     —¡Ten cuidado; este es el más delicado de todos! Guarda uno de los olores que más me costó atrapar. Dentro huele a polvo de estrellas. ¡Pero ven aquí! —Volvió a cogerlo de la mano y le llevó hasta un rincón— Mira estos dos. Este de color ámbar guarda mi perfume. Y ese otro carmesí, tu olor.
     —¿Mi olor? —Cada vez estaba más asombrado— ¿Cómo has atrapado mi olor?
     —Shhhhh... —Alana se llevó un dedo a los labios y, encogiéndose de hombros, dejó escapar otra tímida risita— Eso es un secreto que no está escrito en ninguno de todos estos libros.
     —¿Y aquel otro? El pequeñito que hay al lado de los nuestros. 
     —¿El que está vacío? Ese aún tenemos que rellenarlo...
     —¿Tenemos? —La miró más extrañado todavía— ¿Con qué?
     —¿Aún no lo sabes? —Se acercó y lo abrazó con ternura para susurrarle al oído— Ese lo llenaremos tú y yo, poco a poco, día a día, con la esencia del amor. 

Juanma

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL CUENTO DE LA VIDA

Apenas tienen cinco años cuando se conocen. Es el primer día de colegio y sus madres los dejan en una clase llena de otros niños llamativos, pero menos. Menos niños no, menos llamativos los unos para los otros que como se atraían ellos entre sí.
    Su historia empieza en una mesa verde llena de bolas de arcilla que, a diferencia de la plastilina, al quedarse seca se endurece, como la vida. Él fabrica un unicornio, ella no sabe qué es. Él le explica que es un caballo mágico, ella se ríe y él también. Después moldea un barco y le asegura que, cuando esté acabado, navegarán a bordo de él por el patio de recreo en los días de lluvia, y vivirán aventuras increíbles surcando lagos malditos, mares lejanos, el mundo entero. Ella sonríe con los ojos brillantes de ilusión.
    Pasan los recreos siempre juntos, contándose historias imaginadas, cuentos recién inventados, fábulas en primera persona. Los demás niños los miran con recelo, observándolos a una distancia prudente, como si fuesen bichos raros que no conocieran. Aprenden a escribir juntos, a leer de la mano, a sumar y restar cantando... y cogen la costumbre de contarse el argumento de los libros en primera persona. Se disfrazan de los héroes de sus sueños, crecen dentro de sus mentiras, se abrazan de mentira, y se besan de mentira, como los novios de mentira.
    Llega el último verano de colegio y ya no les quedan más septiembres. Se mienten, esta vez sin saberlo. Poco a poco, como planetas en distintas órbitas, se van distanciando irremediablemente. Siguen viéndose de manera casual por el barrio, pero cada vez conversan menos, se miran menos, se sonríen menos... hasta que el saludo se convierte casi en obligación.
    Pasan los años de mentira y van conociendo a otros ellos. Llenan sus nuevas vidas de otras mentiras, aunque mucho menos cómplices, más mundanas, menos divertidas. Un día ella entra en una discoteca, ya decepcionada de esa nueva vida, y se lo encuentra. Entre tragos de alcohol recapacita: “de todos los que me han mentido, nadie me ha mentido como él”. Se acerca y le saluda. Al oído le confiesa que está en la discoteca porque el descapotable se le ha averiado, iba de camino a una cena con músicos, actores y gente del mundo de la moda. Él se ríe, se separa con los ojos brillantes, hace una pausa para mirarla. Se acerca a su oído y le miente. Así que ambos, mentidos de arriba abajo, salen a buscar al unicornio de arcilla, que con el tiempo ya está amaestrado, para que los lleve a la fiesta. Se besan y hacen el amor en un portal.
    Siguen viéndose de vez en cuando para mentirse. Se mienten incluso sobre sus actuales parejas. Se van contando sus bodas programadas, los hijos que tendrán, sus viajes, sus mascotas... Poco a poco van dejándolo todo para mentirse más frecuentemente, hasta que ya casi se mienten en exclusiva. Hasta que un día deciden irse a vivir juntos, para mentirse ya del todo. Y es entonces cuando cada uno descubre todas las verdades del otro.
    Salen por la mañana a trabajar a la ciudad, y vuelven corriendo por la tarde a mentirse en su reino recién conquistado, a lomos de su caballo mágico. Pero una noche ella se pone enferma, y acuden a un hospital muy falto de fantasía. Un doctor le diagnostica una enfermedad incurable, y le cuenta que apenas le quedan unas semanas de vida. Ella llora y maldice todas las verdades del mundo.
     Él se quita los zapatos y se acurruca en la cama junto a ella, abrazándola con fuerza. Le aparta el pelo de la oreja para alimentarla de una última mentira. Le explica que ellos no existen, que son parte de un cuento, un relato nacido de la fantasía de un pensamiento. Le cuenta que son tan reales como los unicornios, y que al final del cuento no se muere, porque los cuentos no tienen final. Y le promete, sin más mentiras, esta vez ya de verdad, que vivirá para siempre en su recuerdo y su corazón.

Juanma - 26 - Noviembre - 2017

lunes, 20 de noviembre de 2017

ROSTROS EN LA LLUVIA

                                                                                             I


—Todo empezó el 1 de Octubre. Lo recuerdo bien porque era mi primer día de trabajo tras las vacaciones de verano —le comentaba Elías a su psicólogo. Había acudido a él tras semanas de fenómenos inexplicables en los que había empezado a creer que había perdido la cordura. No le había quedado más remedio. No sabía a quién recurrir. Y no había querido asustar a su esposa en su estado, embarazada de seis meses.
     —Empecemos pues por ahí. Cuéntemelo todo. Y no le importe detenerse en cualquier pequeño detalle, por insignificante que le parezca —le contestó el doctor. El paciente suspiró, se reclinó en el diván y cerró los ojos, intentando relajarse, buscando algo de concentración. Se demoró unos instantes, ordenando sus recuerdos. Finalmente, comenzó su relato:
     —Como le decía, era mi primer día de trabajo después de las vacaciones. El día en la oficina fue como de costumbre. Siempre el primer día hay un poco más de ajetreo para ponerse al día con todo, pero nada distinto ni  fuera de lo normal. A mediodía comí con los compañeros y nos contamos todo lo acontecido durante el verano. Lo de todos los años, vamos. Y por la tarde, más de lo mismo. Mi trabajo, en esencia, es rutina y más rutina. Pocas veces surge algo imprevisto o inusual.
     »Salí con un poco de demora sobre mi horario habitual por aquello de ponerme al día. Serían cerca de las ocho de la tarde. Había comenzado el otoño y, a aquella hora, ya era noche cerrada. Y más con el mal tiempo que teníamos aquella semana. Llevaba todo el día lloviendo sin parar y los oscuros nubarrones habían dejado en penumbra la ciudad poco después del mediodía. Saqué mi paraguas y me encaminé hacia mi casa. Siempre voy y vuelvo del trabajo a pie. Apenas hay poco más de un kilómetro de trayecto. Me gusta caminar. Y al mismo tiempo hago algo de ejercicio. Tardo unos diez minutos. Así que no tengo que andar sacando y metiendo el coche del garaje, gastar gasolina y pagar luego por una plaza de parking. Soy afortunado de tener el trabajo tan cerca de casa.
     »Llovía bastante, como le decía. Estaba a mitad del trayecto, más o menos. Fue en ese momento cuando escuché las risas de unos niños. Me giré, pero no había nadie alrededor. Ni siquiera en las inmediaciones. Ya le digo que hacía un día desapacible de viento y lluvia. Ni un alma fuera de sus hogares. Pero aparte de eso, en aquella zona por la que transitaba no había casas ni edificios construidos. Por lo tanto, la zona estaba desierta. Y las risas habían sonado allí mismo. Empecé a pensar que lo había imaginado cuando las escuché de nuevo. Risas de niño: inocentes, tiernas… pero a la vez siniestras. Esta vez las ubiqué mejor. Sonaban como en el suelo. Miré hacia abajo y, en el charco que había a mis pies, pude ver reflejadas las caras de dos niños de corta edad, desfiguradas por las ondulaciones que las continuas y persistentes gotas de lluvia dejaban en el charco.
     »No podía ser cierto, por supuesto. Es lo primero que pensé. Y en un pestañeo, desaparecieron. Las ondulaciones seguían dando movimiento y vida al charco. Y la luz de una farola cercana se reflejaba en su superficie. Pero no había rostros de niños. Sin duda debía de haberlo imaginado. Todo había sido el efecto del movimiento del agua a consecuencia del viento y la lluvia y del reflejo de las luces. No podía ser otra cosa. Había creído ver unos rostros donde sólo había sombras y luces. Una alucinación, un juego de la mente… Sí, pero ¿y las risas? ¿También habían sido una alucinación? Las había escuchado con claridad no una, sino dos veces. Nítidas y musicales. ¿Era probable que también hubiera sido el efecto del aullido del viento y el repiqueteo de la lluvia chocando incansable con mil objetos diferentes y produciendo otros tantos sonidos distintos? Estaba dispuesto a asegurar que no y, sin embargo, cuanto más lo pensaba, tanto más lo dudaba. Allí no había niños, por supuesto. Ni risas o rostros espectrales surgiendo de la nada. Ni alrededor ni dentro del charco. Y tampoco creía en los fantasmas. Así que empecé a asegurarme a mí mismo que todo había sido una alucinación. Imaginaciones mías. Decidí seguir mi camino de vuelta a casa. No sin antes echar un último vistazo atrás. Lluvia y viento. Y una calle desierta.
     —¿Puedo beber un poco de agua? —preguntó haciendo una pausa e incorporándose a medias.
     —Por supuesto —afirmó el doctor. Llenó dos vasos de una jarra de agua fría y le tendió uno a Elías. Bebió tan solo un par de sorbos y volvió a dejar el vaso sobre la mesa. Se tumbó cerrando los ojos de nuevo. Y continuó con la narración de su historia:
     »Pasaron un par de semanas sin que sucediera nada nuevo. Mi vida siguió con normalidad. Mi trabajo rutinario y feliz en la oficina. Mi vida tan distinta y también feliz fuera de ella. Y mi esposa y yo deseando que llegara ya el niño para terminar de colmar aquella dicha que nos embriagaba. Una pareja de recién casados a punto de ser padres. Una pareja como tantas otras. Y puedo asegurar que, en medio de todo aquello, había olvidado por completo el anterior incidente. Incidente… o como quiera llamarlo.
    »Hasta que otra lluviosa noche, nuevamente de regreso a casa, aunque en esta ocasión a tan solo un centenar de metros de ella, volvió a suceder de nuevo. Caminaba absorto mirando mi teléfono móvil y no me di cuenta de que metía el pie en un charco. Entonces escuché un grito bajo mis pies, procedente del agua. Tan claro y audible como le estoy hablando ahora mismo. Un “ayyyyyy” de dolor como cuando nos damos un martillazo en un dedo. No fue un quejido sordo. Fue casi un alarido. Salté del charco como si me hubiera mordido un perro. Y al mirar hacia él, de nuevo el rostro de dos niños ondulando en la superficie del agua. Uno pertenecía a un niño rubio de pelo rizado y el otro al de una chiquilla de pelo liso y moreno. Sonreían. Y su imagen se iba difuminando al mismo tiempo que me acercaba más a mirar. Pero justo antes de desvanecerse del todo, escuché la voz de uno de ellos. Era el niño. Y me dijo con voz lastimera: “Ten cuidado, me has hecho daño”. El corazón me dio un vuelco y creo que casi me da un infarto. Tragué saliva, di media vuelta y salí corriendo hacia mi casa como alma que lleva el diablo.
     »En esta ocasión, no pude ocultar a mi mujer mi estado de ánimo y nerviosismo. Soy capaz de contener mis emociones, pero solo hasta cierto punto. Y como no quería inquietarla, lo achaqué todo al exceso de trabajo y a algunos cambios que se avecinaban en la empresa. Las mujeres tienen un sexto sentido para estas cosas, así que no se lo creyó del todo. Sabía que algo más me sucedía. Pero decidió no ahondar en el tema. De momento. Yo me conformaba con no tener que contarle la verdad. La verdad de la realidad o ficción que yo vivía o creía estar viviendo. De nuevo, las cosas volvieron a tranquilizarse después de aquel día. Los sucesos se espaciaban bastante en el tiempo. Lo cual no sé si era bueno o malo. Conseguir olvidar los hechos para, de repente, volver a toparme de bruces con ellos no era mejor que vivirlos de manera continuada.
     —¿Cuánto tiempo transcurrió en esta ocasión? —le interrumpió el doctor.
     —¿En esta ocasión…? —repitió Elías intentando hacer memoria— Tal vez algo menos que en la anterior... Quizá unos ocho o diez días.
     —¿Y volvió a suceder en el mismo sitio? ¿De camino a su casa al volver del trabajo?
     —No, esta vez fue diferente… —continuó.
     »Esta vez fue diferente. Me impresionaron tanto los dos anteriores sucesos, que decidí dejar de ir andando y volver a ir al trabajo en coche. Al trabajo y a cualquier otro sitio. Especialmente los días de lluvia. Evitaba los charcos como un vampiro las estacas. Si los fines de semana llovía me inventaba cualquier excusa para no salir de casa. Pero a diario tenía que ir a trabajar…
    »Una mañana lluviosa acababa de detenerme ante un semáforo en rojo. Llevaba el limpiaparabrisas en funcionamiento, apartando el agua que caía sobre el cristal. Estaba ajustándome el nudo de la corbata cuando escuché unos golpes en mi ventanilla. Giré la cabeza para mirar, esperando encontrarme algún vendedor de pañuelos o a alguien pidiendo información sobre alguna calle, aunque era bastante extraño bajo aquel aguacero, y no pude evitar proferir un grito de terror… En la superficie de agua que se había formado en el cristal, estaba de nuevo el rostro de aquel niño de pelo rubio y rizado. Me sonreía. Tenía los ojos azules y una mirada inquietante… No sé cómo definirla, la verdad. Era fría, pero había algo más. De sus pupilas emanaba una especie de brillo… maligno. La imagen se desfiguraba y volvía a formar a medida que el agua resbalaba sobre el cristal, adquiriendo diferentes tonos y matices. Pero la imagen en todo momento era la misma: un niño pequeño de cabello rubio y mirada celeste.
     »Por el rabillo del ojo noté como el disco del semáforo cambiaba del color rojo al verde, pero estaba paralizado. No podía apartar la mirada de aquel rostro hecho de lluvia, de aquellas facciones imposibles formadas tan solo por miles de minúsculas gotas de agua que resbalaban las unas sobre las otras. Entonces escuché un ruido en la otra ventanilla, en la del lado del copiloto. Me volví hacia aquel lado y ahí, en el otro cristal, estaba el rostro de la otra niña de pelo moreno, liso y largo. Sus pupilas eran negras y su mirada oscura e insondable. También sonreía. Pero aquella sonrisa era aún más desangelada que la del chico. Era siniestra. Siniestra y burlona. Y esta vez había algo más aparte del rostro. Debajo de él se perfilaban los dedos de una mano. Sus largas uñas arañaban la superficie del cristal. El sonido de aquellas uñas afiladas me produjo dentera y sufrí un escalofrío. En esos momentos, los bocinazos del automóvil que se encontraba detrás de mí me devolvieron al mundo real. El semáforo seguía en verde. Así que aceleré y conduje unos metros hasta que encontré un sitio donde apartarme y aparcar. Mire las dos ventanillas. Los rostros habían desaparecido. Tan sólo una pantalla de agua que iba cambiando según la intensidad y dirección de la lluvia. Me costó varios minutos conseguir que el corazón me volviera a latir con cierta normalidad. No podía quitarme de la mente la sonrisa malévola de aquellos dos niños. Ni sus miradas frías y siniestras. Y mucho menos el espantoso ruido de aquellas uñas arañando la ventana. Ni aun hoy he dejado de escucharlo una sola noche…
     —¿Tiene pesadillas con ello? —preguntó el doctor dejando la libreta y el bolígrafo con los que tomaba notas encima de la mesa para quitarse las gafas y frotarse los ojos.
     —¿Pesadillas? —inquirió Elías— Alguna he tenido. Pero tampoco se puede decir que no duerma por las noches. Más bien son flashes y recuerdos que me vienen despierto. Su sonrisa, su mirada, el sonido de aquellas uñas… Y sobre todo, el miedo a la lluvia. Ya no la soporto.
     —Volveremos más tarde a su miedo a la lluvia. Pero aún queda algún suceso más según me comentaba, ¿no?
     —Sí, uno más. El último. Y el más estremecedor.
     —Cuéntemelo, por favor.
     —Fue la semana pasada. El sábado, el único día que llovió. Los fines de semana suelo levantarme temprano para salir a correr y hacer un poco de ejercicio. En las últimas semanas había dejado de hacerlo por lo que le he comentado antes; buscaba cualquier excusa con tal de quedarme en casa. Pero aquel día decidí que no iba a dejarme vencer por aquellos miedos, con toda seguridad, infundados. Cuando transcurrían unos días desde el último suceso, la razón y la lógica me convencían de que habían sido tan solo imaginaciones. Cuántos más días pasaban, más irreal lo veía todo y más convencido estaba de mi confusión y de que todo era algo pasajero en mi mente.
     »Así que me armé de valor, mucho más teniendo en cuenta que esa mañana llovía a cántaros, y salí a hacer deporte. Siempre me acercaba a correr a un parque que hay cerca de mi casa. Además, el río pasa justo al lado, con lo que puedo sentir la naturaleza respirando, girando en torno a mí, entrando por todos los poros de mi cuerpo y alejándome por un tiempo de la civilización y la gran ciudad. Llevaba más o menos un cuarto de hora de ejercicio. Llovía sin parar y el camino de tierra estaba  lleno de barro y charcos que tenía que ir sorteando. Había decidido dejar mi mente en blanco. No pensar nada más que en mi respiración y el movimiento de mis brazos y piernas. No quería dejarme arrastrar por el pánico recordando los sucesos acontecidos semanas atrás. Y conforme pasaban los minutos me fui serenando. Conseguí centrarme tan solo en mí y en el sendero que tenía por delante. Intenté ver la lluvia como una bendición, no como una amenaza. Y lo estaba consiguiendo…
   »En esos momentos se cruzó en mi camino un charco enorme, bastante más grande que los anteriores. Podía saltarlo, así que no valía la pena perder el tiempo rodeándolo. Cogí impulso al llegar a su altura y salté. Y cuando estaba en el aire, a punto de poner un pie en el otro lado, una mano me agarró el otro tobillo, tiró hacia atrás y me hizo caer de bruces contra el charco y contra el suelo. Pude estirar los brazos por delante y cubrirme, con lo que evité darme un golpe en la cara o la cabeza. Me raspé las manos y los codos. Aquí puede ver los arañazos que aún conservo. No lo imaginé. No tropecé. Estaba completamente en el aire cuando sucedió. Era inverosímil haber chocado contra algo. Noté con total claridad cómo una mano se aferraba a mi pie y tiraba de él.
    »Pero eso no fue lo peor. Justo tras impactar contra la tierra, me giré para ver qué me había hecho caer. Una mano pequeña se escondía en esos momentos dentro del agua. Despacio, casi a cámara lenta. Como si quisiera que la viera, que la grabase en mi mente, que supiera que había sido ella. Cuando se sumergió por completo, las ondulaciones que dejó fueron engullidas por el resto de vaivenes que dejaba la lluvia al caer. Pero pude escuchar de nuevo las risas. Taimadas y burlonas. Siniestras. Enloquecedoras. Saliendo de dentro del charco. De las gotas de agua que caían alrededor. De todo el maldito líquido elemento que había por doquier. Repiqueteando en mi cerebro como campanas demenciales.
     »¿Quiénes sois?, les grité.
     »¿Qué queréis de mí, malditos niños?
     »Pero no hubo respuesta. Solo risas. Y lluvia. Más y más lluvia.
                                                              

                                                                                              II


Varias sesiones con el psicólogo no le aclararon ni sirvieron de mucho. Por no decir de nada. Hablaron largo y tendido sobre su infancia, sus terrores y traumas infantiles, la relación afectiva con sus padres y hermanos, posibles abusos o malos tratos, complejos de inferioridad en el colegio… Repasaron una y mil veces sus fobias y manías, si el agua le daba aprensión o temor, si la lluvia le había causado algún momento doloroso o problemático en su niñez.
     Hablaron sobre su vida conyugal, su vida familiar y su vida laboral. No tenía problemas en ninguna de las tres. Es más, se sentía agradecido con cada una de ellas. Era dichoso en su matrimonio, con una esposa a la que amaba… y estaba a punto de ser padre. Tenía una familia maravillosa a la que también quería con locura y por la que se sabía correspondido. Y se sentía realizado en su trabajo, pese a que fuera aburrido en ocasiones. Trabajaba cerca de casa. Tenía un jefe afable con el que se llevaba bastante bien y unos buenos compañeros. Además, quizá el año siguiente consiguiese un ascenso y, por ende, un aumento de sueldo. No podía pedir mucho más en la vida. ¡No, su vida conyugal, su vida familiar y su vida laboral no se escondían en los charcos esperando a que él pasase para asustarle! ¡No se reían de él a hurtadillas ni arañaban los cristales de su coche!
     Tampoco había sufrido depresiones ni enfermedades recientemente. No recordaba ningún suceso extraño en los meses anteriores a las visiones. No tomaba drogas ni bebía. Solo una copa o cerveza de vez en cuando. Tampoco fumaba. No se medicaba, salvo alguna aspirina para el dolor de cabeza como todo el mundo. Hacía deporte. Su vida conyugal y sexual era satisfactoria. No iba a la iglesia. No era creyente ni profesaba religión alguna. Se declaraba ateo. ¿Sus aficiones? Normales, como las de cualquiera. La música, el cine, la literatura, los comics, el deporte, la naturaleza, viajar, la comida italiana…
     Después de todas aquellas sesiones, lo único que le pudo decir en claro su doctor es que no veía nada anormal dentro de su cabeza. Que a todas luces era una persona sensata, racional y poco propensa a la imaginación. Que no encontraba motivo alguno para que algo funcionara mal dentro del engranaje de su cerebro. No obstante, aquella historia no podía ser real. Era inverosímil, fantástica e imposible. Ninguno creía en fantasmas, por lo tanto descartaban el espectro paranormal. No había lógica en todo aquello. Así que, como último recurso, le sugirió someterse a una sesión de hipnosis regresiva. Quizá hubiera algún terrible o doloroso suceso de su infancia o adolescencia que, incluso inconscientemente, hubiera ocultado, guardado y sellado después en algún sótano muy profundo de su mente. Algo que, por tanto, hubiera olvidado por completo y fuera incapaz de recordar. La hipnosis era el único método posible y eficaz para derribar esas barreras casi infranqueables y ver si allí debajo se sumergía algo más que era posible sacar a flote. No de muy buena gana, pues tampoco creía demasiado en aquellas prácticas, pero alentado por una última posibilidad de arrojar algo de luz sobre aquellas tinieblas, accedió a someterse a ella.
     Pero tampoco la sesión de hipnosis arrojo ninguna pista o indicio sobra las causas u orígenes de la pesadilla que atormentaba a Elías. Ni desde sus primeros años de vida había ningún trauma o problema relacionado con el agua o la lluvia. Tampoco nada relativo a un niño y una niña, que por alguna razón, hubieran dejado huella en su vida. Nada de niños muertos o desapariciones. Nada de separaciones. Su infancia, adolescencia y juventud eran prácticamente un remanso de paz. Lo más terrible que recordaba era el sentimiento de culpa que arrastró un par de semanas por un balón que le pinchó a su hermano un día que estaban enfadados. No encontró nada oscuro en ningún desván recóndito de su mente. Quedaba muy poco que pudiera hacer para ayudarle. En última instancia, le recomendó visitar a un psiquiatra amigo suyo y de muy buena reputación. ¿Un psiquiatra? Bueno, ¿qué podía perder con otra opinión?
     Así que acudió a la cita y, tras contarle de nuevo varias veces la historia al completo, el especialista llegó a la conclusión de que quizá estuviera ante el principio de algún tipo de esquizofrenia paranoide. Era lo único que podía justificar las alucinaciones visuales y auditivas. Una esquizofrenia podía aparecer por muy diversos motivos. En su caso, no había evidencias de ninguna causa externa que hubiera conducido a ella. Tampoco  mostraba indicios o manifestaciones anteriores. Pero, en ocasiones, también podía presentarse de repente y sin avisar. En su cuadro, no se observaban la mayoría de los síntomas, pero sí algunos. De hecho, el resto podían ir apareciendo próximamente o manifestarse en cualquier momento. No había cura, pero sí tratamiento. El objetivo del mismo se centraba en la reducción de la frecuencia, la gravedad y consecuencias de los episodios de la enfermedad.
     No aceptó de buen grado aquel diagnóstico, pues estaba convencido de que no sufría ningún tipo de problema mental. Lo que había sufrido no eran alucinaciones. ¿Pero qué hubiera pensado si cualquier otra persona le hubiera venido contando aquella misma historia a él? Así que decidió someterse al tratamiento, el cual se dividiría en dos fases en un principio: farmacológico y terapéutico. Si tras esto las alucinaciones desaparecían, tendría que darle la razón al doctor. No sabía qué era peor: si tener que aceptar que sufría esquizofrenia pese a que las visiones desaparecieran, o que continuaran y con ello poder demostrar que no sufría ningún tipo de enfermedad mental.
     Ese era el plan. Empezaría a tomar los fármacos prescritos y seguiría acudiendo a las sesiones recomendadas. Por lo demás, intentaría seguir con su vida como de costumbre, pues la enfermedad, según el doctor, aún no afectaba a su vida afectiva, sus relaciones personales o su vida social. Así que, de momento, solo irían vigilando el estado del paciente y el retroceso o avance de las alucinaciones.
     Por supuesto, decidió seguir sin contarle nada a su esposa pese a la recomendación del médico de que sí compartiese su historia con ella.

                                                           
                                                                                              III


Transcurrieron varias semanas de tranquilidad y sin ningún tipo de suceso o alteración. A regañadientes, empezó a aceptar que tal vez el psiquiatra estaba en lo cierto y lo que había estado sufriendo eran las primeras manifestaciones de una esquizofrenia paranoide. Eso no era nada bueno, pues significaba que tendría que seguir medicándose. Quizá para siempre. Pero desde luego, eso era mejor que seguir sufriendo aquellas apariciones.
     Aunque había algo que no terminaba de encajar. Y era el hecho de que, en su caso, las apariciones siempre tuvieran los mismos rostros, las mismas voces y se materializaran en idénticas o similares circunstancias. En cualquier otro momento o situación, no sufría ningún otro tipo de delirio o paranoia. Pese a que el doctor le dijera que eso era posible en un estado primario de la enfermedad, aquello no le convencía demasiado. Pero como las cosas parecían haber mejorado, decidió que podía estar equivocado. En todo caso, no iba a saber más él que los mismos especialistas en la materia.
     Así pues, todo continuó con relativa normalidad hasta que otra lluviosa mañana, cuando se dirigía al trabajo, escuchó de nuevo aquellas risas taimadas a su alrededor. Se paró en seco y aguzó el oído.
     —Aquí —dijo la voz del niño. Escudriño a través de la cortina de lluvia y pudo ver la silueta de los dos niños unos metros más adelante. Esta vez no contemplaba tan sólo los rostros, sino el cuerpo entero de los chicos. Parecían figuras hechas de agua, deformándose a cada momento y volviéndose a formar. El niño y la niña estaban cogidos de la mano.
      —¿Por qué no vienes a jugar con nosotros? —le preguntó la niña en esta ocasión.
     —Sí, ¿por qué no vienes? Podemos jugar al escondite —sugirió el niño. Empezó a avanzar hacia ellos. Esta vez no había vuelta atrás. Debía llegar al fondo del asunto, pasara lo que pasase. Pero los niños dieron media vuelta y echaron a correr.
     —¡Un momento! —les gritó— ¡Esperad!
     Salió corriendo tras ellos. Podía ver sus espaldas en la distancia mientras sus risas juguetonas les precedían. Al menos iban bien equipados para un día desapacible como aquel, pensó. Llevaban largos chubasqueros amarillos con capucha y altas botas de agua: rojas las del niño y rosas las de la niña. Pese a que era un buen deportista y corría deprisa, no les ganaba terreno. Más bien, parecía ir perdiéndolos de vista.
     —¡Niños, esperad! —volvió a gritarles— Estos, en cambio, giraron hacia la izquierda dejando atrás las urbanizaciones de edificios para adentrarse en un descampado. La lluvia arreciaba por momentos. Se había transformado en una furiosa tormenta.
     —¡Ven a jugar! —escuchó la voz del niño a lo lejos.
     —¡Es tan divertido! —añadió la niña.
     Aceleró el ritmo de su carrera. Prácticamente, estaba esprintando. Sin embargo, no era capaz de darles alcance. Podía seguirlos a duras penas gracias a lo llamativo y colorido de sus atuendos, que destacaban en la penumbra; sino los hubiera perdido de vista entre la lluvia. La tormenta seguía arreciendo y se estaban formando pequeños riachuelos por todas partes. Pequeñas lenguas de agua que corrían en la misma dirección y hacia el mismo sitio.
     “Hacia el río”, pensó. “Se dirigen hacia el río”.
     Aumentó aún más la velocidad, pese a que se encontraba exhausto. Le dolían los pulmones, pues no conseguía introducir en ellos la cantidad de oxígeno necesario. El corazón le latía como si un murciélago aleteara dentro de su pecho. Estaba a punto de reventar. Pero por fin empezaba a vislumbrar las figuras de los niños más cerca. Con mucho esfuerzo, les estaba recortando la distancia.
   —¡Niños… no vayáis… hacia allí! —logró gritarles entre jadeos. Se estaban acercando peligrosamente al río. En aquel momento, todo eran pequeños arroyos a su alrededor que se dirigían a converger en un mismo punto. El cauce del río debía de haber subido muchísimo y tenía que bajar con la furia de un torrente. Si los niños llegaban a él, podían ser arrastrados por la fuerza de la corriente.
     —¡Ven a jugar! ¡Ven a jugar! —seguía escuchando sus voces, cada vez más cerca. Ya podía ver el río. Bajaba con una fuerza descomunal. Y los niños seguían corriendo hacia él, alegres y despreocupados. Pero  por fin estaba a punto de darles alcance. Un poco más. Casi los tenía. El río rugía como las cataratas del infierno. Engullía todo lo que encontraba a su paso. Vio cómo arrancaba de cuajo árboles y postes eléctricos, cómo arrastraba farolas y carteles publicitarios. Los niños ya casi llegaban a la orilla. El ruido era ensordecedor. Y él ya casi llegaba hasta ellos. Solo unos pasos más y los tendría. Se lanzó en plancha y con la punta de los dedos agarró al niño por la bota…
     —¡Ya te tengo! —exclamó.


                                                                                              IV


Cuando la policía cogió a Elías, había asesinado en total a nueve niños. Dieron con él gracias a la llamada de una mujer que le vio paseando por la ribera del río, con la mirada ausente y perdida, el rostro manchado de sangre y una bota roja de niño en la mano. Al pobre chico lo había estrangulado y sacado los ojos. Su hermana había conseguido escapar por los pelos cuando los perseguía.
     “El Asesino de la lluvia”, como lo había bautizado la prensa, llevaba un par de meses volviendo locas a las autoridades. Un psicólogo y un psiquiatra lo habían tenido sentado en su consulta. Pero el primero no veía apenas la televisión ni leía los diarios, así que no estaba al tanto de la ola de asesinatos infantiles que se estaba sucediendo en la ciudad. Y el segundo no lo había relacionado en absoluto con los hechos, pese a que todos los crímenes se habían realizado en días de lluvia y su paciente deliraba con ver a niños fantasmales bajo ella.
     Pero es que Elías parecía a todas luces una persona cuerda y normal. Después de su detención se seguía declarando inocente y asegurando que no sabía nada de los hechos sobre los que se le condenaba. Repetía una y otra vez que había visto rostros de niños, y a niños de verdad, bajo la lluvia. Pero él no les había hecho nada. Eran ellos los que lo acosaban. Los distintos exámenes a los que le sometieron y el resultado de la máquina de la verdad, indicaban que no mentía. Entonces, ¿qué pasaba?
     En meses posteriores se fue conociendo la verdad. El hombre que todo el mundo conocía era una persona amable, trabajadora, responsable y felizmente casada. Pero bajo aquel hombre mundano y sencillo se escondía una segunda personalidad, un asesino demente y despiadado, un monstruo vil y repugnante que se cebaba con las víctimas más débiles; los niños. Por alguna extraña razón que los psiquiatras aún no han podido desentrañar, esa segunda bestia perversa y cruel solo hacía su aparición en presencia de la lluvia. Igual que el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado Mr. Hyde después de beber un extraño brebaje,  la némesis de Elías le poseía de alguna peculiar manera únicamente cuando llovía. Un hecho que tiene desconcertado a forenses y especialistas en psicología y psiquiatría. Tal vez algún trauma infantil que aún no han logrado desenterrar de las catacumbas de su cerebro. Del mismo modo que tampoco han conseguido desentrañar la razón de que siempre buscase parejas de hermanos, niño rubio y niña morena, para sus abominables asesinatos.
     Seguramente jamás conozcamos del todo la verdad. Pues bajo toda nuestra retahíla de conjeturas, datos y análisis se esconden los misterios insondables de la mente humana: esa máquina tan compleja que, a menudo, resulta inquietante e imprevisible. A sus órdenes se encuentra ese ser indescifrable que frente al espejo nos saluda con un rostro y, a nuestra espalda, nos observa y vigila con otro muy distinto. Y que tras una tierna sonrisa, oculta una lengua viperina. Aunque decidme, ¿qué Dr. Jekyll no esconde un Mr. Hyde en interior?



Juanma Nova García