martes, 14 de febrero de 2017

LAS FLECHAS DE CUPIDO

 Nunca le gustó San Valentín.
     Desde que era una adolescente de apenas quince años y se enamoró por primera vez (para meses después ser arrancada de los brazos de aquel adictivo estado de ensoñación y ser arrojada de bruces a la más absoluta miseria e infelicidad), siempre había odiado aquel día y al puñetero Cupido con sus caprichosas y envenenadas flechas de mierda.
     Pero aquel año su aversión fue sustituida por una profunda sensación de inquietud, que había ido dando paso al temor, que a su vez consiguió evolucionar hasta un primer atisbo de miedo, tal vez irracional o exagerado, pero miedo, al fin y al cabo. Hasta que, al despertarse aquella mañana de San Valentín, estaba totalmente paralizada y atenazada por un pánico cerval. También por las pastillas que había ingerido la noche anterior. La fecha señalada había llegado…
     Todo comenzó el día 1 de aquel gélido febrero. Esa mañana, al recoger el correo del buzón, encontró una carta sin remitente dirigida a ella. El sobre era blanco e inmaculado. La caligrafía que indicaba su dirección pulcra y exquisita, con algunos toques góticos que le llamaron la atención sorprendiéndola gratamente. El matasellos señalaba que la misiva procedía de Madrid, su misma ciudad. Hacía muchos años que no recibía una carta particular. Desde la llegada de internet, el correo electrónico, las redes sociales y los smartphones con todas sus aplicaciones para enviar mensajes gratuitos, era un hábito que se había ido perdiendo. Como mucho, seguía recibiendo alguna postal navideña de sus tíos paternos desde el pueblo o de sus amigas regalando envidia desde sus paradisíacos destinos vacacionales. Pero una carta… No recordaba la última vez que había sentido ilusión, curiosidad o nervios al recoger algo del buzón que no fuera propaganda, notificaciones del banco o facturas. Así que subió a toda prisa las escaleras para abrir aquella nota misteriosa.
     No esperó siquiera a tomar asiento o quitarse el abrigo. La intriga se había tornado ansiedad. Rajó el sobre por un extremo y vació el contenido sobre la cama de su habitación: una nota doblada por la mitad y una rosa roja. La rosa estaba marchita, seca y prensada. Sin duda, había pasado sus últimos meses, tal vez años, en el interior de un libro. Dejó la flor a un lado y abrió la nota. La misma caligrafía cuidada y meticulosa del exterior del sobre y dos escuetas frases que le encogieron el corazón:
   “Este año vas a odiar San Valentín de verdad. La muerte vendrá a recogerte el día 14 y te dejará tan marchita como esta flor”.
     Releyó la nota una decena de veces intentando cerciorarse de que había entendido bien el contenido. Tras ese primer escalofrío, se relajó un poco y se tumbó de espaldas en la cama, mirando la lámpara del techo. Después se echó a reír. Era una risa nerviosa, casi histérica, pero que consiguió relajarla por completo. Sin duda, debía tratarse de una broma. Alguna amiga que sabía de su aversión por aquella fecha y había querido reírse un poco a su costa. O tal vez algún amante obsesionado. Recordaba a uno que, durante unos meses, estuvo acosándola hasta el punto de que tuvo que acudir a la policía. Pero eso fue muchos años atrás. Y tampoco volvió a saber nunca más de aquel energúmeno. Pero quién sabe si había seguido vigilándola en la distancia, esperando el momento propicio para vengarse de ella por haberlo rechazado y haberse burlado de él. Pero no… Seguro que estaba desvariando. Demasiadas películas… Siguió dándole vueltas al asunto. Podría ser también algún antiguo exnovio. Pero tan solo había tenido dos parejas estables en toda su vida, y ninguna tenía motivo alguno para guardar algo contra ella. Con Carlos, su primer novio, tuvo una relación de poco más de un año. Fue él quien rompió y, desde entonces, nunca volvió a saber de su existencia. Y con Héctor convivió casi tres años. Rompieron hacía más de dos, pero desde entonces eran buenos amigos… Suspiró y se levantó de la cama. Cogió la rosa, el sobre y la nota, y los guardó en el cajón de la mesita.
     Durante los días venideros continuó con su vida anodina y rutinaria. Y aunque no logró olvidar por completo el incidente de la carta, si consiguió que dejará de perturbarla y volvió a conciliar el sueño que el puto Cupido le arrebató la noche siguiente a recibir el misterioso correo. Pero aquello distaba mucho de haber concluido…
     Una semana más tarde, cuando restaban justo siete jornadas para el día de los enamorados, recibió un segundo mensaje secreto. Pero esta vez su estupor e inquietud fueron aún mayores al encontrarlo en el suelo del recibidor de entrada a su casa. El bromista o acosador se había tomado la molestia de subir hasta la cuarta planta donde vivía, para depositar la carta por debajo de la puerta de su piso. Fuera quien fuese, sabía dónde vivía. Lo otro fue depositar un sobre en cualquier estafeta de correos de la ciudad. En cambio, esto… Aquella persona había estado en la misma puerta de su apartamento para llevar su mensaje en persona. Podía estar en cualquier parte; vigilando desde la esquina, sentado en el bar de enfrente tomando un café… incluso escondido en el rellano de las escaleras. En esta ocasión se trataba de una simple hoja de papel doblada. El texto estaba mecanografiado. Se vio tentada a tirar el sobre a la basura sin leerlo. Pero finalmente cedió a la curiosidad:
     “Dentro de una semana… Recuerda que quedan siete días para que la muerte enamorada venga a por ti”.
     Desde entonces, había recibido un mensaje distinto cada día. El día 8 volvió a encontrar otro sobre en el buzón. Pero en esta ocasión la letra era distinta y el tipo de sobre, también diferente al primero. En el interior sí había otra rosa muerta, esta vez blanca. Y unas amorosas palabras dedicadas expresamente a ella:
     “¿Has pensado ya en cómo será tu muerte? No, claro que no; te encantan las sorpresas. Y Cupido te tiene preparada una muy especial…”.
     En este punto ya empezó a mostrarse preocupada en exceso. Y fue cuando decidió contárselo a su hermano. Pero este la tranquilizó arguyendo que lo más probable es que se tratara de algún bromista. Tal y como ella quiso creer en un primer momento. Pero ya no estaba tan convencida. Eran demasiadas molestias las que aquella persona se estaba tomando. Todo muy bien pensado. Todo demasiado meticuloso. Nadie se toma tantas atenciones por una simple broma o juego. Pero se serenó un poco cuando su hermano le ofreció que, llegado San Valentín, fuese a pasar el día a su casa si seguía estando asustada. No quería llegar al punto de tener que molestar a su hermano por lo que quizás no fuese más que una tontería, pero saber que podía contar con su protección llegado el momento, suponía todo un alivio.
     El día 9 el mensaje fue más escueto, pero brutal:
     “Tu corazón será mío cuando abra tu caja torácica y lo saque de sus entrañas”.
     El día 10 lo que recibió fue una llamada telefónica en su oficina. Lo que indicaba que aquel degenerado sabía también dónde trabajaba y el número de extensión de su línea telefónica en la empresa. La voz que escuchó al otro lado no le resultó familiar. Además de que seguro estaba distorsionada, o tal vez tapado el auricular con un pañuelo, pues sonaba extraña, distante y algo metálica.
     “Quedan solo cuatro días, amor mío. ¿Quieres saber quién soy? Supongo que ardes en deseos de conocerme. Siento los latidos enamorados de tu corazón desde aquí. Cupido lo ha atravesado con una de sus saetas. No te preocupes, también hizo lo propio con el mío. Estamos hechos el uno para el otro… ¡¡Qué bonito es morir de amor!!”
     Colgó.
     Fue entonces cuando decidió acudir a la policía. Al investigar el número desde el que se realizó la llamada, descubrieron que fue hecha desde una cabina telefónica situada en un concurrido centro comercial del centro de la ciudad. Por allí pasaban miles de personas a diario. Ni siquiera las cámaras de seguridad de los establecimientos cercanos sirvieron de ayuda. También analizaron las cartas y las notas. Ninguna huella. Cada envío realizado desde un sitio distinto. Quien fuera, había tomado todas las precauciones posibles para no dejar rastro ni ser descubierto. Pero no podían hacer nada más. También insistieron en la socorrida teoría del bromista. No podían ponerle vigilancia a cada persona que venía con un caso similar. Eran muchos cada día. Y la policía tenía cosas más importantes que investigar y no disponía de tantos efectivos como para poder prescindir de ellos por incidentes como aquellos. Ella lo comprendía, pero… Le aconsejaron que estuviera atenta, y siempre alerta, por si veía a alguien sospechoso, que mantuviera la puerta y las ventanas de casa bien cerradas, que se asegurara de llevar siempre el móvil encendido y con batería y que, ante cualquier nuevo incidente, les avisara de inmediato. Pero poco más. Como mucho, que hiciera caso a su hermano y si se encontraba insegura, se fuera a pasar la noche a su casa.
     Para el día 11 lo que recibió por mensajería fue un ramo con doce rosas rojas. El remitente no dejó ningún dato y pagó en metálico, según la encargada de la floristería. Dentro del ramo, un mensaje. Por supuesto.
     “Doce hermosas flores. Tan rojas como los jugosos órganos internos de tu cuerpo que saborearé, junto al néctar de tu sangre, cuando te abra en canal después de hacerte el amor en nuestra noche de enamorados…”
     Con cada mensaje que recibía, sus temores se incrementaban. Quizá ya debería haberse insensibilizado después de varios días. Pero lo cierto era que no, cada vez estaba más aterrorizada. Los dos días posteriores los pasó en una nube de inquietud rayana en la paranoia. Veía sombras en cada esquina. Escuchaba risas por los rincones. Todo el mundo parecía acecharla, seguirla, amenazarla… Las horas se convirtieron en siglos y el trayecto de casa al supermercado de la esquina, un laberinto de dudas y eternidades. No quiso volver a molestar a su hermano o a la policía. No quería dar la sensación de haber perdido los nervios o su sano juicio. Aunque razones tenía para ello.
     El día 12 la carta que recibió no llevaba escrito mensaje alguno. Solo una hoja en blanco manchada con algunas gotas de sangre y, le dio un vuelco el corazón, también algunas de su perfume. Aquel acosador conocía más de ella de lo que hubiera pensado en un principio. Para saber qué perfume usaba, tenía que conocerla. Les unía algún tipo de relación o vínculo; laboral, de amistad o de lo que fuera. Pero la conocía bien. Volvió a sopesar la teoría de aquel amante despechado que la acosó durante una temporada. Pero después de tantos años…
     El día anterior a San Valentín, lo que encontró en el buzón fue un paquete que contenía un pendrive. Cuando lo conectó a su ordenador portátil, comprobó que solo había un archivo de video. Esta vez ya no se sorprendió demasiado cuando, al reproducirlo, se vio a si misma grabada haciendo topless en la playa donde pasó sus vacaciones el verano pasado. Ya había llegado a la conclusión de que su “admirador secreto” la llevaba siguiendo desde hacía tiempo y conocía todos sus movimientos. Quién sabe hasta qué punto había violado su intimidad, lo cerca que había estado de ella o lo que habían compartido. Y lo peor de todo era la incertidumbre de desconocer quién estaba detrás de todo aquello. ¿Una broma? Si se trataba de eso, aquel bromista se iba a enterar de lo que era jugar. No estábamos en Halloween. Tampoco era el día de los inocentes. Y los mensajes… No, no podía tratarse de una broma. Eran amenazas. Crueles y sangrientas amenazas. Aquella noche se fue a la cama con un ataque de ansiedad. Telefoneó a su hermano para decirle que el día siguiente iría a pasarlo a su casa, tal como él le había sugerido. Llamaría al trabajo para decir que se encontraba mal. Algo que no era del todo incierto. En su actual estado de nervios, no sería aconsejable ir a trabajar. Tuvo que tomar varias pastillas para poder conciliar el sueño.
                                                                 
                                                                                                    ***                                                                     

Amanece. Un lluvioso y gris día de los enamorados. Se levanta un poco aturdida y con la cabeza embotada por los tranquilizantes. Pero al mismo tiempo, atenazada por un pánico como no había experimentado antes en su vida. Cuando puede desperezarse y serenarse al mismo tiempo, una alarma, como esas bombillitas que surgían en la cabeza de los personajes de dibujos animados cuando tenían una idea, se enciende en su interior.
      Algo no encaja en la habitación. Como si hubiera una pieza fuera de lugar. No logra encontrar esa pieza, y sin embargo sabe que algo está mal. La claridad que se cuela por las rendijas de la persiana no es suficiente. Siempre hay más luz por las mañanas. ¡Al fin lo comprende! Ella nunca baja las persianas por la noche. No le gusta la completa oscuridad. Siempre le reconforta la luz que, desde la calle, se cuela para iluminar las paredes y los rincones. Se pone en pie a duras penas. Si ella no bajó la persiana, ¿quién lo hizo? Recuerda de golpe los acontecimientos de la semana anterior y el corazón se le desboca dentro del pecho. Un momento… La puerta tampoco encaja en el plano habitual que de su mundo cotidiano guarda en su cabeza. Al contrario que la persiana, siempre la cierra al acostarse. Uno de sus terrores de la niñez. Jamás consiguió dormir con la puerta de su cuarto y del armario abiertas. Y ahora lo está. De par en par. Pudiera ser que tal vez la noche anterior, algo aturdida por los calmantes, la dejara abierta sin querer y bajara también ella misma la persiana. Se encuentra tan confusa… ¿Está desvariando? Entonces escucha un crujido en el exterior…
     Ese ruido no lo ha causado su imaginación. Se incorpora lentamente. Recuerda lo que le dijeron los policías. Mira en la mesita de noche, pero su teléfono móvil no se encuentra allí. Otra pieza del puzle que no encaja. Jamás lo deja en otro sitio. Alguien ha entrado en su habitación, ha bajado la persiana y ha cogido su móvil para que no pueda usarlo. Las pastillas debieron inducirle a un sueño profundo y no se ha enterado de nada… ¡Maldita sea! Cuando intenta dar dos pasos nota que le tiemblan las rodillas y está a punto de caer de bruces al suelo. Se tambalea, pero logra estabilizarse. Mira hacia todas partes, ve sombras siniestras surgiendo de los rincones. Está sudando y temblando al mismo tiempo. Su corazón es un taladro a punto de reventar su pecho. Encima de la silla hay algo. Se acerca con cautela. Sus ojos se han acostumbrado a la penumbra y puede ver con mayor claridad. Es otra rosa roja. Al lado hay una tarjeta. Ya sabe lo que pone. Sin embargo, la abre y lee el mensaje:
     “Feliz San Valentín, amor mío. Vamos a pasarlo de muerte.”
     Sale de la habitación y se encamina con pasos vacilantes hacia el pasillo. Sabe que hay alguien ahí. Ya le da igual lo que suceda a continuación. Necesita saber quién es. Quién está detrás de todo aquello. Quién quiere matarla. Y quién está enamorado de ella. Llora de miedo, de rabia, de desesperación. Cuando sale al pasillo, él está ahí.
     No se trata de aquel amante acosador. Tampoco es ningún bromista desconocido o un compañero del trabajo desequilibrado y obsesionado con ella. Ni es Carlos, su primer novio, quien desapareció de su vida sin dar muchas explicaciones. No es nadie que hubiera podido imaginar. Quien se encuentra ahora frente a ella es Héctor, su segunda pareja. Aquel que, desde entonces, se había convertido en su aliado fiel e inseparable, su mayor apoyo, su amigo del alma. Héctor, con quien compartía todos sus secretos y curiosidades, sus tristezas y alegrías, sus proyectos e ilusiones, estaba ahora allí, de pie al fondo del pasillo, con un enorme cuchillo de carnicero en la mano y una macabra sonrisa aún mayor en los labios.
     Se acerca a ella, paso a paso. El odio que ve reflejado en su mirada, se lo aclara todo. Jamás le perdonó que lo dejara. El juego del amigo fiel había sido un truco, una treta para estar siempre a su lado, junto a ella. Un malnacido que supo aprovecharse de su amistad e inocencia para ir trazando su plan y urdir su venganza. Semana tras semana, mes a mes, se fue ganando su confianza. En realidad, nunca superó la separación. Siguió enamorado y obsesionado con ella… Y él, más que nadie, conocía su aversión al día de los enamorados. En los tres años que habían pasado juntos, se lo dejó muy claro rechazando sus regalos y no ofreciéndole a él ninguno. Eso tampoco se lo perdonó nunca, pese a que entonces fingiera que no le importaba. Y había escogido aquel mismo día para culminar su gran obra…
     Sabe que no tiene escapatoria. Se interpone entre él y la puerta de salida. Y está a menos de cinco pasos de ella. Por mucho que grite, ya nadie llegará a tiempo. Ni los vecinos. Ni su hermano. Ni la policía. Puede luchar… pero él tiene el doble de fuerza que ella y un cuchillo descomunal en su poder. Ella solo miedo, temblores y las neuronas y músculos a medio gas por culpa de las jodidas pastillas.
     Sigue avanzando. Ella exhala un suspiro ahogado y cae de rodillas. Cuando le acaricia el pelo y acerca la hoja afilada a su garganta, lo último que piensa es otra vez en las jodidas flechas de Cupido y en que quizás la gente no muera de amor, pero sí que hay muchos locos capaces de matar en su nombre.


Juanma Nova García


lunes, 23 de enero de 2017

DESPERTAR

Despertó con terribles dolores en todo el cuerpo. Apenas podía abrir los ojos. La luz de los fluorescentes del techo le cegaba y no podía pensar con claridad. Intentó situar la habitación donde se encontraba. Miró alrededor. Varias máquinas controlaban su respiración, ritmo cardíaco y demás constantes vitales. De su brazo izquierdo salía una vía que le suministraba medicamentos. También se encontraba intubada para permitir la entrada de aire a sus pulmones. No hacía falta pensar demasiado. Estaba en un hospital y, a juzgar por toda aquella parafernalia, su estado no era bueno. Una enfermera cruzó el pasillo a toda prisa. Quiso llamarla, pero no pudo.
     No recordaba nada de lo sucedido. Los dolores eran insoportables pese a los calmantes que le debían de estar suministrando. Cuando observó con más detalle sus brazos, comprobó que sufrían horribles quemaduras. ¡Claro! Empezó a recordar… ¡El incendio! ¡Las llamas! ¡Su vestido ardiendo! Y después… oscuridad. Los recuerdos le hicieron sentir pinchazos de dolor en las sienes. Una nube gris oscuro le nubló la vista. Comenzó a caer en un pozo oscuro de sopor y volvió a dormirse.
     Volvió en sí de nuevo tras lo que le pareció una eternidad. Seguía intubada y conectada a todos aquellos malditos aparatos. A su derecha había unas hermosas flores metidas en un jarrón sobre una mesita. No recordaba si estaban ahí la vez anterior o las habían dejado mientras dormía. Podía olerlas desde la cama. Su perfume le hizo relajarse. Parecía que ya no le dolía tanto. Pero tenía la cabeza embotada y le costaba hilvanar las ideas. Sin duda, estaba sedada hasta los huesos y eso debía mitigar en gran parte el dolor. Levantó un poco la sábana y se subió el camisón. La rozadura de la tela con la piel le hizo ver las estrellas. También tenía quemaduras en las piernas. Dio por sentado que las tendría por todo el cuerpo.
     A su derecha había un timbre. Pulsó el interruptor. En breve aparecería una enfermera. Tenía la boca seca y quería un poco de agua. Y necesitaba que alguien le explicara la gravedad de su estado. Sin tapujos ni mentiras. Esperó más de un minuto sin que apareciese alguien. Volvió a llamar. Un par de minutos más con el mismo resultado. Nadie acudía a su llamada. Pensó que, tal vez, el timbre estuviera estropeado. Sí, esa sería una posibilidad. O que su enfermera estuviera ocupada. Pero si así era, lo normal es que hubiera acudido otra a ver qué sucedía. Volvió a llamar tres veces más hasta que se dio por vencida.
     Permaneció alerta y esperando por si veía algún doctor o enfermera pasar por delante de la puerta. Pero, tras varios minutos, tampoco vio señal alguna de nadie. Aquello sí que era extraño. Por regla general, los pasillos de los hospitales son un hervidero de médicos, celadores, personal de servicio y limpieza o visitas. A no ser que fuera de madrugada y casi todo el mundo estuviese durmiendo. Se encontraba completamente desorientada en cuanto a la hora. No llevaba puesto su reloj. Y tampoco había ninguno de pared en la habitación. Aun así, algún personal de guardia tenía que haber. Y si era de noche, ¿qué hacían las luces encendidas? Otro pensamiento cruzó por su mente. Tal vez no estuviera en ninguna de las plantas generales del hospital, sino en la unidad de cuidados intensivos. Eso explicaría la soledad del lugar, aunque tampoco aclaraba otras cosas. Sin darse apenas cuenta, se fue adormilando de nuevo.
     Soñó, o creyó soñar, que una voz la llamaba por su nombre. Una voz desconocida que susurraba. Pero todo estaba envuelto en una espesa niebla. No veía ni un solo palmo más allá de sus narices. Tampoco se atrevía a caminar pues temía tropezarse o caer. La visibilidad era nula. Y aquella bruma era gélida. Se le habían helado las manos y los pies. La voz la seguía llamando. Pero en medio de la densa niebla, no era capaz de situarla. Parecía provenir de todas partes. Tan pronto la escuchaba detrás como delante, a su izquierda o su derecha, arriba y abajo al mismo tiempo. Y el eco que reverberaba y se perdía en todas direcciones lo complicaba aún más. Dio unos pasos hacia delante y perdió pie. Un abismo se abrió ante ella. Dio un grito y cayó. Cayo, cayó, cayó…
     Se incorporó en la cama entre jadeos. Había sufrido una pesadilla. Aún podía sentir el vértigo de la caída en su estómago. Respiró hondo varias veces hasta que consiguió serenarse. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. Las flores en el jarrón, la puerta abierta, las maquinas… ¡Un momento! Las máquinas estaban paradas y en silencio. No monitorizaban sus constantes vitales. ¿Cuándo habían dejado de funcionar? ¿La última vez antes de dormirse ya estaban así? No podía recordarlo. Todo estaba confuso. Envuelto en una niebla tan espesa y desconcertante como la de su sueño.
     Como las máquinas no la estaban ayudando, decidió que no tenía sentido seguir conectada a ellas. Así que, uno a uno, fue quitándose todos los cables y vías que la tenían enchufada a aquellos mil artilugios. Si nadie venía a verla, saldría ella misma a buscar explicaciones. Al ponerse en pie, notó un ligero mareo y le costó mantener el equilibrio. Sintió unas ligeras vibraciones en el aire. Le seguía doliendo todo el cuerpo, pero era un sufrimiento más llevadero. Un dolor en estado latente, incómodo, aunque no insufrible.     
     Salió al pasillo. Desierto. Decidió caminar hacia su derecha. En algunas habitaciones había gente durmiendo y otras estaban vacías. También había algunas cerradas. Llegó hasta el final del pasillo que ahora giraba a su izquierda. Al fondo vio a una enfermera. Caminó hacia ella. La auxiliar dobló, a su vez, hacia otro pasillo a la derecha. Aligeró el paso para alcanzarla. Intentó llamarla en vano. No salía ningún sonido de su garganta. Quizá el fuego le había destrozado las cuerdas vocales. La enfermera abrió una puerta en mitad de aquel nuevo pasillo. Por lo demás, el lugar estaba tan solitario como unas tierras baldías. Y envuelto en una sofocante penumbra, por lo que resultaba claustrofóbico y siniestro. Llegó hasta la puerta por la que se había perdido la mujer. La abrió. Unas escaleras que bajaban hacia alguna especie de sótano o almacén. Bajó con cautela, pues le costaba flexionar las rodillas. Oía el eco de los pasos de la sanitaria perdiéndose en la distancia. Intentó bajar más deprisa. Al fondo de las escaleras había un pequeño pasillo que terminaba en una puerta de metal. No había más salidas o pasillos a izquierda o derecha. Así que la enfermera debía de haber entrado en aquella estancia. Se encaminó hacia la puerta. Tenía un letrero a la altura de sus ojos:
     “DEPÓSITO DE CADÁVERES”.
     ¡Dios mío! La enfermera le había conducido hasta la misma Morgue. Sintió un súbito escalofrío recorriendo toda su espalda hasta la nuca. El vello se le erizó. No le gustaban los cementerios, tanatorios ni nada que tuviera que ver con los muertos. Pero debía de hablar con aquella mujer. Alguien tenía que explicarle su estado y ponerle en contacto con su doctor. Así que, armándose de valor, abrió la puerta y entró en la sala. Dentro no había rastro alguno de la enfermera, pero había puertas que conducían a otras habitaciones, así que podía haberse metido en cualquiera de ellas. La sala era inmensa y en las paredes había compartimentos frigoríficos donde, sin duda, descansaban los cadáveres de las personas fallecidas recientemente en el hospital a la espera de ser recogidos y trasladados. Había una hilera de mesas metálicas dispuestas a intervalos regulares por toda la sala. Las mesas donde se realizaban las autopsias. Una gran cantidad de herramientas de trabajo, cuchillos, bisturís, sierras, pinzas, tijeras y objetos cortantes de todo tipo, estaban relucientes y preparadas para su función en unos bancos de trabajo contiguos pegados a las paredes. Todas las camillas estaban vacías excepto una. En ella se encontraba dispuesto boca arriba un cuerpo esperando a su disección. O tal vez ya descansando tras la misma. Pero no lo creía, pues todo estaba limpio y reluciente. Sentía aversión a los muertos, pero le pudo más la curiosidad. Se acercó a la mesa.
     Conforme se iba aproximando, el estómago se le fue encogiendo. Era el cuerpo de una mujer. Y le era extrañamente familiar. Cuando llegó a su altura se tuvo que contener para no vomitar. El cuerpo estaba completamente quemado de arriba abajo. Todo menos el rostro. Reconoció aquellas facciones. ¡Eran las suyas!
     Escuchó una risita a su espalda. Se volvió a mirar. Había una niña de pelo lacio y negro y apenas seis o siete años de edad sentada en el suelo contra la pared. Estaba pálida y demacrada, aunque sonreía.
     —Al principio cuesta hacerse a la idea, pero con el tiempo te acostumbras  —le susurró y volvió a reír entre dientes mientras le guiñaba un ojo. 

Juanma Nova García                                         

viernes, 13 de enero de 2017

EL PROFANADOR

Su nombre de pila era Sándor, pero todos lo conocían como “El profanador”. Originario de Békéscsaba, desde que se casó con Erika vivía junto a ella en Gyula, una pequeña ciudad del sudeste de Hungría, cerca del río Fehér-Körös y la frontera con Rumanía. Si algún forastero llegaba por allí, no necesitaba indagar demasiado para conocer la naturaleza de su trabajo. Pero nadie le temía, culpaba o reprochaba aquello. Más bien, eran muchos los que solicitaban sus servicios
     Desde muy joven, había seguido los pasos de su padre László. En aquella época, la creencia en bestias y criaturas nocturnas deambulando entre los vivos iba más allá de la mera superstición. Todo el mundo estaba convencido de su existencia y era difícil encontrar a alguien que no jurara haberse topado con alguna. Se pensaba que aquellas razas de la noche eran inmortales y tenían el poder de volver de sus tumbas una vez muertas. Así que la única manera conocida de acabar con ellas definitivamente era descuartizarlas en vida, o abrir sus tumbas una vez muertas y proceder de la misma manera. Su padre había luchado y exterminado a decenas de aquellas bestias. Ahora Sándor, con la ayuda de Dios, seguía librando la eterna batalla contra los demonios del mal.
     El trabajo de aquella noche sería uno más. Una familia pobre de una aldea cercana le había llamado. Su hijo había fallecido por la mañana, víctima de unas repentinas fiebres, y le habían dado sepultura aquella misma tarde. Sus padres siempre sospecharon que, de alguna manera, pertenecía a aquella estirpe maldita. Desde pequeño disfrutaba torturando y matando animales para después beberse su sangre. Ya de adulto le habían pillado haciendo lo mismo… con su propia hermana. La chica despertó y gritó, y ellos llegaron a tiempo. El joven argumentó en su defensa que era sonámbulo, estaba dormido y no sabía lo que había hecho. Pero aun así lo echaron de casa. En los meses siguientes, dos jóvenes muchachas murieron desangradas y torturadas de forma atroz. El resto del pueblo sospechaba del chico. Ellos sabían con absoluta certeza que era él. Ya estaban pensando en hablar con los vecinos, contarles la verdad y acabar con su vida cuando aquellas benditas fiebres les habían ahorrado el trabajo. Pero ahora temían que volviera de su tumba con sed de venganza y apetitos aún más depravados. No se atrevieron a descuartizar el cuerpo ellos mismos. Pese a todo, había sido su hijo. Llamarían a “El profanador”.
     Estaba acostumbrado a aquel ritual, lo había realizado hasta la saciedad desde su juventud. Sin embargo, aquella noche sintió un súbito escalofrío cuando pisó por primera vez aquel cementerio. El invierno acababa de asentarse y sus primeros alientos gélidos, tétricos como lamentos, sisearon oscuros murmullos entre las lápidas agrietadas y mohosas. Varios cipreses ya muertos levantaban su leprosa y desnuda osamenta hacia la eternidad del cielo, evidenciando su pesada y lúgubre antigüedad. Mientras, la mano helada del viento arrancaba de sus ramas notas y vibraciones insufribles, componiendo una melodía de macabra y aterradora desolación. Pero no se dejó intimidar. Había venido a realizar un trabajo… y lo haría. No se trataba solo de dinero; él era un ángel enviado por Dios para librar su divina batalla en la tierra contra las alimañas de las tinieblas. Así que levantó la pesada losa de mármol negro y retiró la primera paletada de gusanos y tierra.
     Mientras realizaba su trabajo, tuvo la impresión de que una miríada de seres invisibles y llenos de ira le acechaba en la oscuridad. El viento gélido arreciaba y parecía arrastrar consigo inconfesables letanías de pesadumbre. Fue entonces cuando le pareció escuchar el susurro de unas pisadas sobre la hierba. Se volvió asustado, escudriñando las sombras en todas direcciones. Pero la lámpara de aceite que había llevado consigo apenas alumbraba un par de metros alrededor. En el círculo de luz que la llama había iluminado, nada se movía. Contuvo la respiración. Aguzó el oído… Nada. Ningún sonido salvo el ulular del viento y los latidos dentro de su pecho. Pero le había parecido oír unos pasos acercándose por detrás. No… no podía ser. Allí no había nadie. Sin duda, se había sugestionado demasiado. Dejó que su respiración se acompasara, que el corazón volviera a latir a su ritmo…
     Una vez hubo desenterrado el cadáver, la tarea no le llevó demasiado tiempo. El cuerpo ya estaba frío, pero aún no había empezado a descomponerse. Si era un hijo de la noche, nunca lo haría. A no ser que se le pusiera verdadero fin a su existencia. Para eso estaba allí. En primer lugar, atravesó su corazón con una daga afilada. Mientras lo hacía, le pareció ver por el rabillo de su ojo izquierdo como el difunto abría los suyos. Cuando se giró para mirar, estaban cerrados. ¿Habría sido su imaginación? Sin duda. Aunque si aquel ser aún no estaba muerto del todo… Desterró aquella idea. Debía acabar su trabajo con premura antes de que el pánico se apoderase de él. Con un hacha afilada cercenó la cabeza de sus hombros. A continuación, desmembró las extremidades del resto del cuerpo. Ya no habría manera de que aquel engendro escapara de su tumba para seguir dando rienda suelta a su sed de sangre. Volvió a cerrar el ataúd, lo cubrió con tierra y selló la losa de mármol de su lápida.
     Caminaba ya hacia la salida cuando, esta vez sí con total nitidez, escuchó extraños crujidos, como de pisadas sobre hojarasca, que se acercaban tras él. Miró en derredor, pero no consiguió ver nada... ¿De dónde había salido de repente aquella niebla? No era raro que muchas noches de invierno se posara sobre el valle y las riberas del río. Pero siempre lo hacía de manera paulatina, nunca de golpe. Además, aquel pesado manto parecía insano, maligno; como si escondiera seres perversos y hostiles en su interior. Escuchó un sonido tembloroso y lóbrego, como si procediera de las profundidades de la tierra. Tenía que llegar a la verja de salida, pero con la niebla se había desorientado y no sabía en qué dirección caminaba. Por si fuera poco, había olvidado la lámpara de aceite al lado de la tumba, perdiendo con ella su única fuente de luz. La niebla hacía que la noche fuese menos oscura, pero no sabía si prefería aquellas oscuras tinieblas insondables de antes o aquel nuevo halo fantasmagórico de agobiante invisibilidad.
    Llegó a una pared de piedra. Al menos ya no se encontraba en las entrañas del camposanto, pero tampoco sabía en qué punto cardinal se hallaba. Así que empezó a dudar hacía dónde dirigirse. Escalar el muro tampoco era algo factible. Las paredes eran demasiado altas y las piedras lisas estaban resbaladizas por la humedad con que la niebla las había lamido. Y no había nada que le sirviera de asidero. Si al menos encontrara algo a lo que poder subirse. ¿Pero qué? No tenía tiempo. Y mientras, algo se acercaba por detrás. Cerca, cada vez más cerca... reptando por el suelo… Debía ponerse en movimiento ya. ¿Izquierda o derecha? ¡Qué más daba! Se dio la vuelta…
     …Y allí estaba el joven demonio al que acababa de descuartizar, de pie frente a él. Volvía a tener la cabeza sobre los hombros y los miembros en su sitio, aunque se contemplaban con nitidez los espantosos tajos que su hacha le había producido. De ellos surgían jirones de carne muerta y resbalaban surcos de sangre. Quiso gritar, pero no lo consiguió. Intento correr, pero no supo. La criatura se acercaba a él. Sonreía. Tras ella, con repugnante sigilo, surgían extrañas figuras de cada una de las lápidas arcanas.
     El espectro sacó una larga y monstruosa lengua por entre dos largos y afilados colmillos y se lamió los labios resecos con deleite. Tras sus ojos negros y profundos acechaba un abismo. Las figuras siniestras se acercaron reptando lentamente; rictus relampagueantes de ira, rostros carcomidos por la descomposición, desgarrones de sudario que apenas ocultaban los multiformes horrores de la descomposición. Escuchó la congregación de siseos ansiosos, de alaridos triunfantes y espantosos que surgían del coro de bocas cadavéricas, de las repulsivas llamas del mismísimo Averno.
     Se formó una danza alucinada. Sintió sobre su rostro el roce nauseabundo de unos dedos rugosos. Tuvo el efecto de una sacudida. Intentó huir, pero aquellos engendros demoníacos le cerraban el paso. Sintió unas manos frías acariciando sus mejillas, una lengua helada lamiendo sus labios, unos afilados colmillos hundiéndose en su cuello. Regresaron entonces las bestias a sus refugios infectos y hediondos…
     …Y él se hundió con ellas.   

Juanma Nova García                                                    

lunes, 2 de enero de 2017

EL SECRETO DE SU MANO

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una tarde de primavera la abrió...

Al principio no conseguí ver nada, pues tuve que cerrar los ojos ante el resplandor que surgió de ella, pero después... Abrió la mano y fue como volver a la habitación y los juegos y secretos de la niñez para decirle al espejo: Por fin he vuelto a casa.

Abrió la mano y de su interior sopló una brisa risueña, un viento travieso que al acariciarte el rostro te leía los pensamientos y revolvía tus cabellos como si fuesen algodón o risa o un jardín de mariposas que te subiera por los tobillos hasta las rodillas haciéndote cosquillas, como el revuelo de las flores en primavera y las nubes y su eco, como si una estrella fugaz te levantara el sombrero sin hacer apenas ruido, como el rebelde crujido de un relámpago en el cielo de la tormenta.

Recuerdo los pliegues de sus dedos níveos, casi de porcelana, formando un mágico cuenco, un pequeño y cristalino estanque en el que las ocas y los cisnes iban ahora de sur a norte en una nueva y desconocida migración, regresando siempre a su nido en el hueco del meñique que los acunaba y acariciaba como si él mismo fuese también tersa pluma; recuerdo los remolinos del agua y sus vaivenes alrededor de las aves, y las olas que conquistaban la orilla como si fuesen sueños.

En aquella mano que por fin se abrió suspiraba y deliraba el Mistral formando espirales a veces de magia, a veces de fuego; en ocasiones no decía nada y en otras, sin hablar, lo decía todo... y se acurrucaba en la curva del cuello, en las mejillas sonrosadas o en la comisura de la boca y, de regreso a su hogar, se colaba por la ventana abierta y pequeñita de un "estoy contigo por siempre jamás".

También se convertía en una caricia de arco iris, pero la melodía de su voz no cabía toda dentro y surgía y brotaba formando colores habitados por abejas que traían miel y luciérnagas que irradiaban luz y hormigas que portaban hojas carmesí y púrpura y verdeazuladas, y brillantes grises y rosados desde el sendero inquebrantable de las uñas.

En las líneas de su mano había un tiempo y una historia y un lugar... Y un alfabeto y una constelación y un mapa donde no había fronteras y sí manantiales y sirenas en busca de náufragos medio ahogados en su sed de nuevas tierras, arribando a una orilla y una costa de cristal y nácar para adentrarse tierra adentro y llegar a las arterias de los bosques y al pulmón de las montañas y sentir el latido de los caminos cuando los recorre el corazón.

Lo que tenía en la mano era un pestañeo de esperanza y un temblor de rodillas y un cosquilleo en el estómago... y apenas terminó de abrirla me besó como se besan dos labios enamorados. Lo que tenía en la mano más que carne, piel y huesos era cariño y ternura y una canción que te llamaba y te desnudaba dejándote de regalo un nombre mágico como el eco de una risa lanzándose en picado como un halcón desde el acantilado del alma.

Y aquella mano indescifrable, impensable e imposible se abrió como una flor al sol de la mañana y sentí vértigo y alegría y un escalofrío que me acarició y fue... Fue como si siempre hubiese estado muerto y al mismo tiempo no pudiera morir jamás... y como si todas las veces que muriera de ahí en adelante fuesen para estar cada vez más vivo y alegre y despierto.

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una noche de verano la abrió de nuevo...

Y esta vez entrelazó sus dedos con los míos y me perdí para siempre en el laberinto de la magia y el abismo del amor...


Juanma                                                                                 

sábado, 31 de diciembre de 2016

EL LIBRO EN BLANCO

Abrí el libro...

Abrí el libro que acababa de escribir. Y volvía a estar en blanco. Tan pulcro e inmaculado como antes de sembrar en él la semilla de la primera letra. Todo lo que mi imaginación había depositado allí con esmero y cuidado, había desaparecido; se había esfumado como tragado por la nada. Pero aquello no me produjo asombro. Ni siquiera tristeza o preocupación. Porque me dio la sensación de que aquellas páginas necesitaban y pedían a gritos una gran historia. Podría ser la mía o la de cualquier otro; pero una gran historia. Y si aquellos márgenes y esquinas se habían tragado la anterior, es sin duda porque no lo era. Así que no había más remedio que empezar de nuevo. Con paciencia. Con cariño, cuidado y esmero. Y con algo más. Quizá con alma...

No quedé muy satisfecho con el comienzo, pero después me di cuenta de que el libro escondía algo único, maravilloso y especial entre sus hojas. Necesitaba sacarlo de allí, pero ¿cómo? Entonces rebusqué entre aquella maraña de palabras y frases sin sentido que no me acababa de convencer. Seguí y seguí escarbando hasta que cavé un profundo agujero. Las letras, poco a poco, se desvanecieron, vaciándose hacia el interior de aquel pozo como si un manantial de tinta mágica se hubiese vertido hacia el corazón del libro. Tal vez en el fondo se trataba de eso, de magia.

El libro, totalmente pálido y ausente de tinta y color, me desafiaba a que yo escribiera nuevamente en él, me pedía que le insuflara vida. Que rescatara su historia de la muerte. Y del olvido. Pensé que lo mejor era ponerse a escribir y dejar de buscar musas. Al fin y al cabo, la imaginación no siempre viene de la mano de esas impostoras. Así que seguí intentando descifrar lo que escondía aquel misterio en blanco, ese abismo de vacío que tanto me pesaba. No sé si fue la eternidad del momento, o si en cambio fue recuperar de nuevo mi alma, pero parte de mis recuerdos se posaron en ese agujero para siempre, llenándolo al fin.

En fin, la magia y el duende de escribir o crear una historia, y de que alguien la lea. Siempre es importante para cualquiera depositar nuestra confianza en algún otro. Y que ese alguien, tal vez, la deposite también en nosotros. Arriesgarse. Luchar. Coger los pensamientos y sentimientos de uno mismo, empaquetarlos, ponerles un hermoso lazo, y confiárselos a otra persona para que pueda atesorarlos, cuidarlos...y guardarlos al fin. Y después de ello reflexionar. Liberarse. Y volver a soñar.


Juanma - 31 - Diciembre - 2016


                                                                                              

sábado, 17 de diciembre de 2016

EL CIRCO

William Derry detuvo la máquina cortacésped al lado de unos setos y se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo lleno de grasa y suciedad que, en tiempos mejores, quizá pudo ser blanco. Hacía un calor del demonio aquel día. Claro que un 8 de julio en la población de Corcoran, estado de Maine, un calor infernal a las 4 de la tarde era lo más normal del mundo. Se dirigió hacia el garaje que había en la parte trasera de la casa y sacó una lata de cerveza de medio litro de la pequeña nevera azul y naranja en cuyo interior reposaban otras cinco “Budweiser” sumergidas en una montaña de hielo. Vació media lata de un solo trago y se sentó en las escaleras del porche a descansar. Aún le quedaba medio jardín por recortar, pero disponía de toda la tarde. Se fijó en la pequeña bicicleta rosa de su hija que descansaba en un rincón y volvió a recordar la fecha. Quedaba menos de una semana para el día 14, el cumpleaños de Beverly, y aún no habían ultimado todos los detalles de la fiesta. Bev era su única hija y estaba a punto de cumplir 7 años. Y su mujer Bárbara y él querían que aquel fuese un día muy especial para su querida niña. Así que habían preparado una celebración por todo lo alto, pero aún quedaban algunos pequeños flecos para que fuese perfecta…
    —¡Barbara! —llamó. Al cabo de unos segundos su mujer apareció en el umbral de la puerta interior del garaje que comunicaba con la casa. Venía secando unos platos con un paño de cocina.
     —¿Qué quieres Bill? —contestó con dulzura. Siempre que lo apodaba Bill era en tono alegre y cariñoso, señal de que las cosas marchaban bien. Cuando discutían o tenían problemas ella lo llamaba William, cosa que a él le enfurecía.
     —¿Tienes guardado en algún sitio el número de teléfono del señor Bowers?
     —¿De Henry o de su hermano? —inquirió Bárbara.
     —De Henry, por supuesto. El párroco no me interesa en absoluto —comentó en tono jocoso y casi de desprecio.
     —Mike nos casó, Bill. Y bautizó a Beverly…
     —Por no dar un disgusto a tu madre. Ya sabes que de haber sido por mí…
   —¿Para qué quieres el número de Henry? —lo interrumpió ella. Siempre que salía su madre a relucir en algún asunto o discusión ella terminaba enfadada y llamándole William. Intentaba siempre evitar llegar a tal extremo, cosa que no siempre conseguía.
     —Hace unas semanas, tomando unas copas en “The Loosers”, escuché a alguien decir que Henry era amigo de un payaso… Un payaso de verdad, de uno de esos circos ambulantes que van de pueblo en pueblo durante los meses de verano —aclaró ante la mirada interrogante de su esposa—. Y que también acepta trabajos por horas cuando no tiene función, como extra en fiestas o celebraciones para niños. He pensado que sería la guinda del pastel para el cumpleaños de Bev. Un payaso profesional para amenizar la tarde y hacer disfrutar y reír a los niños… No sé, podríamos contratarlo, ¿qué te parece?
     —Me parece una idea estupenda, Bill —contestó Bárbara con una sonrisa jovial—. De las mejores que has tenido desde que decidiste casarte conmigo…
    —¡Esta noche te vas a enterar! —exclamó él riendo y lanzándole el sucio pañuelo a la cabeza— Echa a lavar ese trapo grasiento. O mejor, tíralo a la basura. Y busca el número de Henry. A ver si con suerte ese payaso tiene libre el día 14.

                                                                                            ***

Richie, el payaso, libraba el día 14 de julio. Y se mostró encantado de participar en la fiesta de cumpleaños de Beverly. Apareció a media tarde, a la hora convenida, para dar una sorpresa a la pequeña Bev y todos sus amigos que disfrutaban de una estupenda merienda y divertidos juegos en el jardín trasero de la casa. Su entrada, más que sorpresa, causó confusión, estupor… y hasta cierta inquietud. Podría decirse que tanto el disfraz como el maquillaje no eran los más adecuados para una celebración infantil. Su rizada peluca, verde, naranja y azul, era horrible y exagerada. La pintura blanca de la cara y negra alrededor de los ojos semejaban más bien una máscara de horror o el semblante de un fantasma gótico. Su enorme e irónica sonrisa pintada de rojo más que alegría parecía esconder aviesas intenciones. Y la redonda y enorme nariz amarilla desentonaba también en aquel rostro. Todo resultaba inarmónico y artificioso, fuera de lugar y exagerado. El disfraz a rombos psicodélicos de todos los colores imaginables, también parecía extravagante en exceso aun para un payaso. Por no hablar de aquellos enormes y espantosos zapatos medio rotos, uno amarillo y el otro rojo. En una mano traía un precioso ramo de flores para la pequeña y en la otra portaba un enorme manojo de globos para todos sus amiguitos.
     Por un momento, Bill y Bárbara estuvieron a punto de hablar con él y decirle que aquel no era el tipo de profesional que esperaban para atender una fiesta infantil y que, sintiéndolo mucho, preferían prescindir de sus servicios. Pero en cuanto Richie empezó a repartir globos entre los niños, a hacer cabriolas y saltos divertidos y estos empezaron a reírse a carcajadas con sus chistes, convinieron en que aquello era lo único que importaba. Y, de todos modos, ¿no eran todos los payasos extravagantes y un tanto grotescos, cada uno a su manera? Que los niños se divirtieran era su función, y parecía estar consiguiéndolo con creces a tenor de la algarabía y felicidad de su pequeño y entusiasmado público.
     Dos horas duró la actuación de Richie, el payaso. Al término de la cual, hasta algunos niños lloraron porque tuviera que marcharse. La misma Beverly quedó desconsolada cuando vio a su nuevo amigo despedirse y enfilar el camino que conducía a la carretera sin dejar de tropezar y caerse al suelo mientras seguía hinchando globos que parecía sacarse de la manga.
     —¡No quiero que se vaya! —imploraba la pequeña entre sollozos.
     —Tiene que volver a casa, cariño —Trataba de consolarla Bárbara—. Él también tiene su familia y amigos, y seguro que lo están echando mucho de menos.
     —Pero también es mi amigo ahora…
    —Claro que sí, Bev. Otro día lo llamaremos para que vuelva a venir. ¿Te parece bien? —le dijo Bill secándole las lágrimas y dándole un tierno beso en la frente.
     —¿De verdad? —preguntó la niña entusiasmada— ¿Me lo prometes, papá?
    —¡Dalo por hecho! —Y volvió a besar de nuevo a la pequeña— Pero solo si prometes ayudar a papá y mamá a recoger todo este estropicio y te vas pronto a la cama. Esta noche debes estar muy cansada —Y Beverly devolvió el beso a su padre y se lanzó al suelo como un terremoto a recoger juguetes, globos y trozos de tarta desparramados por todo el jardín.

                                                                                                    ***

Ya en la calma de la madrugada, en la quietud de su habitación, abrazados después de hacer el amor, Bill y Bárbara conversaban de lo sucedido aquella tarde:
     —Por un momento estuve a punto de echarlo. Daba miedo, Bill —decía su mujer entre risitas ahogadas.
     —Cuando lo vi llegar no podía creerlo —comentó él—. Parecía uno de esos payasos diabólicos de relato de terror. Solo le faltaban esos dientes afilados para parecerse a… ¿Cómo se llamaba el puto payaso asesino de aquella película? ¿Pennywife?
     —No sé, cariño. No recuerdo esa película. Pero da igual, los niños lo han pasado de maravilla. ¿Has visto cómo reían? ¡Estaban entusiasmados! ¡Oh, he gozado mucho viendo a Beverly tan alegre, disfrutando tanto!
     —Sí, pese a todo ha sido un acierto contratar al tal Richie. Pero si volvemos a hacer algo parecido, le diré a Henry que antes nos ponga sobre aviso o nos envíe una fotografía del personaje. No sé cómo los niños no han salido corriendo al verlo llegar…
     —Le has prometido a Bev que volverías a traerlo. ¿Lo harás? —le preguntó ella incorporándose a medias en la cama.
     —Con una vez ha sido suficiente, ¿no crees?
     —Pero se lo has prometido…
     —En un par de semanas lo habrá olvidado, Bárbara. No te preocupes.
     —¿Y si no lo hace?
     —Si no lo hace, ya veremos. Quizá tengamos que llamar de nuevo a Richie. O tal vez sea suficiente con que me disfrace yo. Ahora vamos a intentar dormir, ha sido un día agotador.

                                                                                                         ***

En su sueño, Bill estaba en la arena de un gran circo. La lona de la carpa era blanca y negra, y en los trozos blancos había pintadas bocas de las que chorreaba sangre. Frente a él colgaba un herrumbroso y viejo cartel de madera que se balanceaba adelante y atrás produciendo un gañido estridente y enloquecedor. En la parte superior podía leerse la frase “SI NO TE RÍES, LLORARÄS”, pero el texto de la parte de abajo era ilegible o estaba escrito en un idioma extranjero cuyos caracteres desconocía. Estaba atado, con las manos y piernas abiertas, a un círculo de madera que representaba una diana y donde también había colocados, a intervalos irregulares, unos cuantos globos. Una docena de payasos, todos idénticos a Richie, afilaban otra docena de cuchillos en una enorme piedra de amolar. Lanzaban risas aterradoras mientras jaleaban al público, que abarrotaba las gradas. Uno de los payasos se acercó hasta él sonriendo, abriendo y cerrando una mano cuyos dedos terminaban en unas largas y afiladas uñas, y le susurró al oído:
     “Aún no ha acabado la fiesta de cumpleaños. Beverly quiere más. Sí, la pequeña Bev siempre quiere más…”
     Y tras casi desgañitarse con una espantosa y terrorífica carcajada, volvió haciendo piruetas junto a sus compañeros. Otro de ellos se adelantó con uno de aquellos enormes y amenazadores cuchillos en la mano izquierda.
     —Tranquilo, soy zurdo —aclaró mientras hacia una reverencia ante Bill y el público aplaudía a rabiar la ocurrente broma. Tras aquello apuntó hacia su objetivo. Cerró un ojo. Lo abrió. Después cerró el otro. Bill cerró los suyos. Y un instante después, que le pareció una eternidad, escuchó como el cuchillo se incrustaba con un golpe seco en la madera tras explotar el globo azul que había estado al lado de su oreja derecha tan solo un momento antes…

¡¡PLOOOOOOOF!!
     Bill despertó sobresaltado. El estallido del globo lo había liberado de aquella sofocante pesadilla. Estaba sudando y aún le parecía escuchar las inquietantes risas de los payasos, los fervorosos aplausos de aquellos dementes espectadores, el sonido del globo al…
     —¿Has oído eso? —Oyó preguntar a Bárbara. Estaba sentada en la cama, con todos los sentidos alerta.
     —¿A qué te refieres…? —empezó a preguntar él aún aturdido por el sopor del sueño.
     —Ha sonado como… no sé, como un globo que explotara en el pasillo.
     —Pero ha sido un sueño, cariño. En mi sueño ha explotado un globo y…
     —Puedo escuchar el aleteo de una mosca en la madrugada, pero aún no he adquirido la maravillosa capacidad de escuchar o ver dentro de tus sueños, Bill. Y en el mío te puedo asegurar que no había ningún maldito globo. Ha sonado en el pasillo…
     —¡Vale, tranquilízate! —Intentó calmarla— Saldré a mirar. Tal vez alguno de los globos que quedaron tirados por el suelo del pasillo haya…
     —¿Solo?
     —Sí, puede suceder. Porque se esté moviendo con el aire y se haya pinchado con algo o… No te preocupes, voy a mirar.
     Bill se calzó sus zapatillas y salió al pasillo a oscuras. Encendió la luz y, al momento, dio un paso atrás horrorizado. Todo el pasillo estaba lleno de globos, decenas de ellos. Cuando se fueron a dormir tan solo había dos o tres. Pero eso no fue lo que casi le paró el corazón. Había pisadas de barro, grandes como de zapatos gigantescos, que venían desde la ventana abierta del salón, recorrían la mitad del pasillo y se perdían en el interior de la habitación de su hija. La puerta del cuarto estaba abierta.
     —¡Beverly! —gritó al tiempo que salía corriendo hacia el dormitorio. La cama de la pequeña estaba deshecha… y vacía. Y la ventana también estaba abierta. Hasta ella conducía otra docena de pisadas de barro. Las cortinas de la habitación se movían al compás de una ligera brisa que se colaba desde el exterior. Al mismo ritmo se movían también otros manojos de globos que casi abarrotaban el pequeño cuarto. Algunos de ellos estaban manchados de sangre.
     —¡Bill! ¡Bill! ¿Qué ocurre? —Bárbara había aparecido a su lado. Cuando contempló la escena y comprendió lo sucedido profirió un grito de espanto y horror y cayó desmayada a los pies de su marido.

                                                                                                       ***

El bosque de Neibolt rodeaba toda la localidad de Cormoran, así como otras poblaciones vecinas. Era uno de aquellos bosques ancestrales que le recordaban a uno la naturaleza en estado salvaje y primigenio. En las profundidades de la floresta, a muchas millas de cualquier conato de civilización se abría, escondida y disimulada, la entrada de una inquietante y oscura cueva en la ladera de una montaña. Unos centenares de metros dentro de la gruta, en una ancha y espaciosa galería a la que se accedía tras recorrer un angosto pasadizo, alguien con mucho tiempo, trabajo e infinita paciencia, había levantado una carpa de circo. Desde el interior se escuchaban a ratos los desgarradores gritos de pánico, dolor y agonía de algunos niños desde hacía varias semanas. Pero los lamentos apenas llegaban al exterior y, además, nadie pasaba por allí para escucharlos.

                                                                                                       ***

—Mucho nos tememos que su hija no es la primera… ni la única —le decía el sheriff Alvin a un destrozado William Derry.
    —¿Cómo que no es la única? ¿A qué se refiere?
    —En las últimas semanas han desaparecido varios niños y niñas en algunas localidades vecinas. Su hija Beverly es la primera aquí, en Corcoran. Pero…
     —¡Oh, Dios! —exclamó Bárbara— Había oído algo en las noticias. Ese niño que desapareció en Juniper Hills. Y ese otro chico en Haven… ¿Quién podía pensar…? —La pregunta quedó ahogada entre sollozos.
     —¿Tienen alguna pista de ese tal Richie? —preguntó Bill.
    —La verdad es que sí. Y su confesión ha supuesto un espaldarazo decisivo para la investigación. Nadie estaba siguiendo a ese… payaso. Pero tras su declaración de esta mañana, un detective de Bangor nos avisó de que en el expediente de otro de los niños desaparecidos también se informaba de que ese tal Richie había estado en la celebración de cumpleaños del chico unos días antes. Hasta entonces se estaban siguiendo otras pesquisas. —El sheriff hizo una breve pausa para encender un cigarrillo—. Tras esta esclarecedora coincidencia, se ha vuelto a interrogar a todos los padres del resto de desaparecidos. Y todos menos uno, en los días o semanas anteriores a la desaparición, habían contratado los servicios de ese payaso.
     —Entonces no les será difícil dar con él —comentó Bill—. Ni conocer su verdadera identidad…
    —Lo cierto es que no va a ser tan sencillo. Nos pusimos en contacto con el director del Circo y Carnaval Itinerante Curry & Trembo, el espectáculo donde había trabajado. Y sí, nos reveló la identidad del payaso Richie. Su verdadero nombre es Richard Dean, un viejo heroinómano que ya tuvo un par de juicios en su juventud por abuso de menores.
     —¿Y cuál es el problema? —preguntó Bárbara.
     —Bueno, parece que ahora Richard Dean trabaja por su cuenta. Fue despedido del Circo Curry & Trembo hace más de un año por el intento de violación de una compañera.
     —Pero Henry Bowers tiene su número de teléfono… Habló con él para cerrar nuestro…
     —Ya hemos interrogado también a Henry. Es Dean el que se pone en contacto con él. Siempre con números de prepago que utiliza y cambia cada día. No tiene número fijo ni pertenece a ninguna compañía telefónica. No tiene domicilio conocido, cuentas bancarias, familiares, amigos… nada. Es casi como si no existiera. Ahora que conocemos su identidad, si vuelve a contactar con Henry podremos tenderle una trampa y atraparlo. Pero si anda vigilando y atento y huele algo raro después de todo este revuelo, tal vez desaparezca. Confiemos entre tanto en que suceda lo primero. No perdamos la esperanza.

                                                                                                         ***

Dentro de la carpa de aquel circo improvisado en las entrañas de la montaña, el espectáculo era terrible y sobrecogedor. Había que tener un buen estómago para soportar aquella visión e incluso así… Un niño colgaba boca abajo de un trapecio, con los pies atados a la barra para que no pudiera soltarse. Cada vez que se detenía, el payaso le daba un empojuncito para que siguiera columpiándose. El chico llevaba ya bastante tiempo muerto, lo cual era casi un consuelo, debido al edema cerebral sufrido como consecuencia de la presión de la sangre acumulada en el cerebro. También tenía la espalda en carne viva debido a los latigazos que había recibido. Otro niño, también a golpe de látigo, era obligado a hacer juegos malabares con los ojos, nariz y orejas de un pequeño que yacía en una jaula de la carpa, muerto y horriblemente mutilado. Una niña había sido metida a la fuerza en una urna de cristal y agonizaba entre lastimeros aullidos de dolor, con la mayoría de los huesos rotos o descoyuntados y su frágil cuerpo doblado en una postura grotesca e inverosímil. Otro chico algo mayor, casi un adolescente, yacía en un gran charco de sangre. Tenía un sable introducido por la boca que le había desgarrado todos los órganos internos. En una esquina, otra muchacha maniatada hacia la representación de mimo. Tenía los labios pintados de rojo, los ojos sombreados de negro y el resto de la cara y cuerpo estaban embadurnados de blanco. No era pintura o maquillaje, sino cal viva. Las quemaduras producidas por el elemento químico, que iba devorando su piel y tejidos, le hacían proferir gritos desgarradores.  Mientras tanto, el payaso Richie no dejaba de ir de un lado a otro, entusiasmado, casi en estado de éxtasis y delirio.
     —¡Bienvenidos al Circo Happy Children! ¡El único espectáculo circense donde todos nuestros artistas son niños! —vociferaba a pleno pulmón a un público existente solo en su imaginación. O tal vez, en su egocentrismo, lo escenificase para sí mismo— Tenemos de todo: acróbatas, contorsionistas, equilibristas, escapistas, pequeños forzudos, magos, malabaristas, mimos, payasos, titiriteros, tragafuegos, tragasables, trapecistas, ventrílocuos, zanqueros… ¡Nunca han visto nada igual! ¡Una representación inimitable, novedosa, indispensable! ¡Vengan a deleitarse con nuestros increíbles y maravillosos números! ¡Circo Happy Children! ¡El único del mundo donde los niños no son espectadores, sino el espectáculo mismo!
     La pequeña Beverly miraba a todos lados con los ojos fuera de sus órbitas. Había dejado de gritar, sollozar o quejarse porque había aprendido con rapidez el dolor que sobrevenía tras cada uno de aquellos llantos o lamentos. Estaba atada y amarrada a una enorme diana de madera. De vez en cuando, el payaso se divertía lanzándole cuchillos. Casi siempre se clavaban en la tabla, pero ya había fallado dos veces. Uno de aquellos cuchillos le desgarró el antebrazo, el otro se hundió en su espinilla. Richie, aquel encantador payaso que había llegado a amar el día de la fiesta de cumpleaños, era ahora un monstruo cruel, una bestia despiadada y sin sentimientos. ¿Cómo podía ser? No creía que pudiera ser la misma persona y, sin embargo, lo era. ¡Le había hecho tanto daño! Con el látigo, con las correas, con las tenazas, con aquel hierro al rojo vivo… Mirara donde mirase, había sangre por todas partes. También trozos de vísceras y extremidades de todos aquellos niños. Y globos. ¡Muchos globos!
     —¿Quién quiere ser el próximo en actuar? —prosiguió Richie— ¿A quién le toca ahora el turno de encandilarnos, de divertirnos, de enamorarnos? —Miró uno a unos a todos los niños… a todos los que aún seguían con vida. Su mirada se detuvo en Beverly, esa adorable niñita que le miraba con auténtico pavor. Eso era lo que a él le gustaba, lo que le excitaba, lo que disparaba su adrenalina. Aquellas miradas de pánico, esos ojos de terror, sus expresiones de súplica, de desamparo, de indefensión… Y él era su Dios, el nuevo Mesías, aquel que podía librarlos de todos sus tormentos, o conseguir que visitasen los rincones más atroces y pavorosos del mismísimo Averno.
     —¡Hola, mi encantadora Bev! —Se acercó lentamente hacia ella, su enorme y tétrica sombra proyectándose sobre el cuerpo tembloroso de la pequeña, engulléndolo en su totalidad. Disfrutaba con sadismo de aquellos momentos de angustia y sufrimiento de la niña— ¿Cómo te encuentras hoy? ¿Te apetece jugar otra vez a los cuchillos? —Llegó hasta la pequeña y se agachó para que sus caras quedasen frente a frente y a la misma altura. Sacó una enorme y monstruosa lengua, que Beverly no sabía dónde podía guardar, y lamió el rostro de la niña. Era áspera como la de un gato, y parecía que le clavara alfileres en las mejillas. Ella se retorció asqueada y, sin querer, volvió a gritar. Entonces Richie se apartó, la miró con fastidio y esbozó una cruel sonrisa que le heló el corazón.
     —¿Otra vez volvemos con esos horribles lloriqueos? —preguntó— ¡No hagas que me vuelva a enfadar! ¿Acaso quieres que vaya a por las tenazas? —Beverly lo miró aterrada, a punto de desmayarse al recordar lo que le había hecho con aquel instrumento. Cesó en sus gritos y cerró los ojos, resignada— ¡Voy a por los cuchillos! Recuerda que has de estar muy quieta… nada de moverse, ¿eh? No querrás que vuelva a fallar, ¿verdad?

                                                                                                     ***

Un par de semanas después, un joven excursionista que pasaba por delante de la cueva, se extrañó al ver justo en la entrada pisadas en el barro de lo que parecían unos enormes zapatos. Encontró también otras huellas más pequeñas, como de pies de niño. Parecía que todas se perdían en el interior de la gruta. Así que la curiosidad lo instó a husmear. Caminó un buen tramo entre melancólicas telarañas de oscuridad, iluminando apenas el recorrido con su linterna y con el viento que se colaba desde fuera como único sonido. A punto estuvo de volverse al no encontrar nada, pero su instinto le dijo que continuara un tramo más. No le traicionó. Tas recorrer otro centenar de metros por un estrecho túnel llegó a una enorme galería. Allí dentro, un olor nauseabundo casi le hizo caer de espaldas. Se tapó la nariz con un pañuelo y se acercó a ver aquella inaudita carpa de circo que alguien había montado dentro de la caverna. Cuando se asomó a mirar casi le da un infarto al contemplar el monstruoso y sangriento espectáculo. Siempre había imaginado el infierno como un lugar fuera del mundo, un anochecer baldío, lóbrego y silencioso, un erial desolado donde las cosas habían dejado de existir. Pero en aquel momento supo que el infierno se escondía en la tierra y él lo estaba contemplando en primera fila. Vomitó varias veces y, entre sudores fríos, consiguió arrastrarse hasta el exterior para buscar algún sitio con cobertura desde donde llamar a la policía.

                                                                                                       ***

Cuando William Derry recibió la llamada del sheriff ya intuía que no iban a ser buenas noticias. En el fondo de su corazón siempre albergaba la esperanza de que encontrasen a Beverly con vida, pero según pasaban las jornadas esa ilusión se iba desvaneciendo como la luz del atardecer en el crepúsculo.
     —¡Lo siento mucho! —Casi imploraba pidiendo perdón la voz del sheriff Alvin desde el otro lado de la línea— No hemos conseguido llegar a tiempo… Estaban todos… Bueno, ya imaginas. ¡De verdad que lo siento! No hay palabras para describir…
     —¿Y él? ¿Dónde está él, Alvin?
    —Lo siento. No estaba allí —susurró compungido el oficial—. Podía haberse marchado hace varios días. De momento, ha desaparecido —escuchó a William llorar y maldecir— Pero lo encontraremos, Bill. Te prometo que lo encontraremos y pagará por todo lo que ha hecho. Lo pagará con creces.

                                                                                                        ***

Un par de días después, Bill y Bárbara dormían, o lo intentaban, cuando sonó el teléfono a las 3 de la madrugada. Ambos se incorporaron inquietos y de un salto. Habían pasado semanas enteras en estado de alerta, esperando escuchar aquel timbre anunciando buenas noticias en cualquier momento. Ya había terminado todo, pero sus sentidos aún no habían dado por concluido el estado de emergencia. Se levantaron aturdidos, recelosos, confundidos. ¿Acaso habría noticias sobre el payaso? ¿Habrían dado con su paradero? William salió al pasillo. Su esposa le siguió como una sombra. Al encender la luz, los dos profirieron sendos gritos: de sorpresa, de pánico, de horror. En el pasillo flotaban decenas de globos de colores por todas partes. Bárbara se encogió contra la pared como un animalillo asustado, con las manos tapando su boca y el rostro lívido como una máscara de porcelana. Pero Bill avanzó, aunque con cautela, hacia el teléfono de pared que había un par de metros más adelante. Descolgó.
    —¿Diga? —preguntó tras una larga pausa.
     —¡Hola papá! —Era la voz de Beverly. No podía ser, aquello no era posible. No obstante, reconocería aquella dulce voz entre un millón— No os preocupéis más por mí. Os echo mucho de menos, aunque ahora estoy bien. Porque ahora puedo jugar con muchos amigos nuevos. Richie nos ha reunido a todos en este nuevo hogar. Él nos ha traído de la mano. Fuera llueve siempre y el agua golpea la lona todo el rato, pero dentro se está calentito. ¿No es maravilloso, papá? Estoy aquí. ¡Estoy en el Circo!


Juanma - Septiembre - 2016