jueves, 19 de noviembre de 2015

SANGRE (CAPÍTULO II)

CAPÍTULO II


"Excelente el vino, querido anfitrión. Tengo que reconocerlo.
     Me sucede con el vino lo mismo que con la sangre. Después de tantos siglos de probar incontables tragos de cada, pocas veces encuentro alguno nuevo que me estremezca de emoción. Mi paladar se ha vuelto delicado. Y exquisito.
     Quería hablarle de mis orígenes. No de mi despertar como ser humano. De la vida y obra de Vlad Tepes ya se relata bastante en los libros de historia. Aunque no todo es cierto. Y hay muchas cosas que se han tergiversado. Pero lo que quería contarle es el origen de mi vida como vampiro.
     Muy poca gente a lo largo de la historia se ha preguntado por este detalle. ¿Acaso a nadie le interesa cómo, cuándo y quién me convirtió? ¿Cómo fueron aquellos primeros tiempos? ¿Qué fue de mi padrino o si vive todavía? ¿Quién fue mi primera víctima? ¿No les parecen de importancia tales aspectos?
     ¿Verdad que sí, amigo? Por supuesto.
     Aunque también es cierto que, para comprender cómo me convertí, es necesario hablar un poco de mis tiempos de humano. Sólo lo necesario. La realidad es que nadie me convirtió en contra de mi voluntad. Fui yo el que eligió ser transformado. Se ha hablado y escrito mucho sobre ciertas costumbres extrañas de mi juventud. Sí, he de confesarlo. Sentía placer con la práctica de ciertas perversiones y torturas sobre mis enemigos. Y cuando probé la sangre por primera vez… ¡No puede imaginar el deleite que embriagó todo mi ser! ¡Jamás cosa alguna me había extasiado tanto! No lo pude evitar. Se convirtió en un deseo irrefrenable. Una pasión inimaginable se apoderaba de mí cuando contemplaba el líquido vital de la existencia. ¡No podía resistirme! Y ya no conseguí detenerme. Era como una droga. Y cuando no la tomaba, tenía lo que ustedes llaman síndrome de abstinencia, ¿no es así?
     Como ya habrá deducido por algunos pequeños detalles de nuestra conversación, el cine es uno de los inventos de sus congéneres que más me fascinan. Por supuesto, dentro de todo ese amplio submundo, también he degustado muchas de esas películas del género que ustedes denominan gore. ¡Ay, qué tiernos son ustedes en ocasiones! Si hubieran pasado un par de noches en los mejores tiempos de mi castillo, esas filmaciones les hubieran parecido más propias de Walt Disney. 
     Pero regresemos a nuestra historia. No era ningún secreto en mi querida patria la existencia de unos seres ancestrales mitad humanos, mitad demonios. Las criaturas de la noche, las llamaban los gitanos de las aldeas. Desde muchos siglos atrás, formaban parte de la cultura y el folclore popular de mí país. Todo el mundo conocía su existencia. Aunque nadie quería hablar abiertamente de ello. Se consideraba de mal agüero. La superstición era muy fuerte por aquel entonces entre los lugareños. Se temía que, al nombrarlos o hablar de ellos, se les diera pie a venir o entrar en sus vidas. Como una invitación. Eso no era del todo cierto. Pero el tema era tabú y se esquivaba mencionarlo.
     Sin embargo, yo me había decidido a contactar con alguna de aquellas criaturas. Estaba dispuesto a llegar hasta ellas. Se hablaba de que conocían el secreto de la inmortalidad. Y de que se alimentaban exclusivamente de sangre. Cualquiera de aquellas dos razones por separado ya era para mí más que suficiente. Las dos juntas eran algo, más que irresistible, vital.
     Claro que tenía miedo, Víctor. No se conocía demasiado de aquellos seres, pero sí se sabía que eran salvajes, indómitos, imprevisibles… No podía estar seguro de salir con vida de contactar con alguno de ellos. Lo más probable es que incluso las posibilidades fuesen mínimas. Debía de intentar ser convincente en la exposición de mis argumentos. Debía de andar con mucha cautela. Y debía ir solo. Así que, mi querido amigo, tenía miedo. Sentía pavor, pánico, terror. El mismísimo príncipe de Valaquia, el azote y horror de sus enemigos y sus propios amigos, vecinos y congéneres, aquel ser inmundo con piel humana que era capaz de las más sangrientas y crueles atrocidades, también era capaz de sentir temor. Había seres más poderosos y terroríficos que él sobre la faz de la tierra. Y él quería ser como ellos. Uno de ellos.
     Conseguir mi propósito no fue tarea sencilla. Me costó meses. No se nos puede encontrar si no queremos. Somos nosotros los que encontramos o nos dejamos ver si así lo deseamos. Primero debía saber dónde hallarlos, cuál era su hogar o escondite si es que lo tenían, o sus lugares de paso si eran nómadas. Me contaron de un clan de gitanos de las montañas que conocían su paradero. Y hacia allí me encaminé. Me costó encontrarlos aún a ellos, tan recóndito e inaccesible era el lugar. Y el encuentro no fue demasiado amigable, que digamos. No eran gente hospitalaria y dada a entablar ningún tipo de vínculo con extranjeros. Para ellos, cualquiera que no perteneciera a su raza lo era.
     Pero también sabían quién era yo. Hasta en lugares tan remotos habían llegado mis hazañas. Lo quisieran o no, yo también era su príncipe. No sabían si alguna guarnición de mis soldados se hallaba oculta en las inmediaciones. Podía reducir a cenizas a toda su familia con sólo chasquear los dedos. Es más, podía disfrutar empalando a algunos de sus niños, comiéndome crudas sus vísceras, haciéndome un traje con su piel. Tampoco eran desconocedores de que era yo el que protegía las fronteras de nuestro reino de los invasores bárbaros e impíos, de las hordas de infieles musulmanes que intentaban asolar la cristiandad. Los gitanos tienen sus propios y extraños dioses, pero también son fieles devotos de Cristo.
     Con cierto temor, desprecio y desdén, pero accedieron a hablarme de los vampiros. Me contaron que conocían un sitio, un enorme círculo de cuevas horadadas en lo más inaccesible de los Cárpatos, donde habitaban algunos de ellos. Les pregunté cómo sabían de su existencia y, aun así, seguían con vida. Sabían protegerse de ellos. Había ciertos remedios, protecciones, defensas… Y también conocían armas que podían hacerles daño. No eran infalibles, pero solían ser fiables. Ellos les evitaban y, los vampiros, hacían lo propio con ellos. Tenían una especie de trato de no agresión. Se ignoraban mutuamente. Había alimento de sobra para todos en la inmensidad de los valles y montañas.
     Hicieron una especie de conjuro para ofrecerme protección. Me obsequiaron con un collar de flores de ajo y un recipiente de agua bendita. He de aclarar que el ajo no sirve de ayuda contra nosotros, tan sólo nos molesta su olor. No más que el del azahar o el sándalo. Y el agua bendita tampoco es de mucha ayuda contra nosotros. Quema un poco, nada más. Tampoco los crucifijos nos devuelven a nuestra tumba. Nos repugna su visión y la evitamos, como sucede con cualquier otra reliquia o adorno cristiano. Somos criaturas que han renegado de Dios; nos repudia y, a su vez, le repudiamos. No obstante, con toda esa mísera parafernalia no se termina con la vida de un vampiro. Aunque sí les puede hacer apartarse. Retroceder unos metros. Darte unos valiosos momentos para intentar escapar o, como yo pretendía, conseguir hablar con ellos. Pese a todas las precauciones, mis anfitriones me aseguraron que la misión en la que me embarcaba era un suicidio, que no tenía salvación posible. Que una vez me adentrara en sus dominios, no dispondría de ayuda exterior… y que el nombre de Vlad Tepes, nada les diría a aquellas criaturas ni me serviría de salvoconducto para atravesar protegido sus fronteras.
     Eso ya lo sabía, pero no había vuelta atrás…
     ¿Me ofrece otra copa de ese maravilloso vino, querido amigo?

Juanma - Octubre - 2015                                 


                                                                                                  

viernes, 13 de noviembre de 2015

SANGRE (CAPÍTULO I)

CAPÍTULO 1


“Víctor… Se llama Víctor, ¿verdad?
     ¿Ya ha enchufado ese magnetófono? ¿Se están grabando mis palabras?
     He de confesarle que prefiero las notas a mano en una libreta, como antes… ¡pero qué se le va a hacer! La vida evoluciona… ¡y de qué manera!
     Se preguntará por qué le he elegido a usted de entre tantos periodistas para que cuente mi historia. Parte de mi historia, para ser exactos. Para el relato entero tendría que reencarnarse usted varias veces…
     No se sorprenda. He tenido una vida algo más larga que la suya. Le decía que le he escogido a usted por un motivo muy concreto y sencillo. Ya tiene experiencia en escribir sobre vampiros. No se extrañe usted. Estoy al corriente de su vida y publicaciones.
     Leí hace algún tiempo un libro titulado “Entrevista con el vampiro” de una tal Anne Rice. Doy por sentado que lo habrá leído, por supuesto. El libro relata cómo el vampiro Louis de Pointe cuenta su historia al periodista Daniel Malloy. Sus andanzas y las de Lestat de Lioncourt, el vampiro que lo convirtió. Una historia de chupasangres de pacotilla, pero una buena novela en todo caso. Mientras estaba sumergido en su lectura, tuve la idea. ¿Por qué no buscaba yo a un escritor o periodista al que relatar mi azarosa existencia? Se han dicho muchas mentiras sobre ella. Algunas verdades, también. Pero hay mucha invención en torno a mi leyenda. Y muchísimas partes que se desconocen. Demasiadas lagunas, podríamos decir…
     Como le decía antes, he leído todos los artículos sobre vampirismo que ha escrito en la revista de misterio para la que trabaja. Y también sus dos magníficos libros. Créame, me han sorprendido bastante. Iría más lejos; me han impresionado. Tiene usted vastos conocimientos sobre el tema. Y lo trata con bastante respeto y honestidad. Así que he decidido que sea usted el que narre las aventuras y desventuras que quiero contarle.
     ¿Mi nombre? Discúlpeme, Víctor. Tiene usted razón. He sido un maleducado por no haberme presentado todavía.
     Drácula. Me llamo Drácula.
     No me mire así. Parece que haya visto usted un fantasma. ¿Le sorprende mi aspecto? ¿Me imaginaba de otra forma? ¡Ay, amigo… he cambiado tantas veces! Si pudiera reflejarme en el espejo, ni yo mismo me reconocería.
     ¿No lo cree usted? No le culpo por ello. ¿Qué pensaría yo si fuese un simple humano y un tipo que no conozco de nada me viniese con semejante argumento? Pensaría que está loco, claro está. Podría ofrecerle una sencilla muestra ahora mismo, pero me gustaría que escuchara antes lo que tengo que contarle. Cuando termine mi narración, le haré una demostración de mi poder. O le convertiré en uno de mi raza, si así lo prefiere. Pero deje… deje que le cuente.
     Sí, Drácula me llaman. En otros tiempos fui Vlad Tepes, príncipe de Valaquia. Y he tenido unos cuantos nombres y pseudónimos más. Pero su cine y su literatura han grabado a fuego el nombre de Drácula en el inconsciente popular. Y le he cogido cariño al nombre, para qué negarlo.
     No, no morí. De haberlo hecho, no estaría aquí. Aunque, en realidad, sí que he muerto. De no haberlo hecho, no sería un vampiro. Irónico, ¿no le parece? ¿Muerto? ¿No muerto? ¡Qué poco saben ustedes de la vida y de la muerte!
     Aunque supongo que se refiere a las anotaciones de Jonathan Harker, Abraham Van Helsing, Lucy Westenra o Mina Harker, ¿verdad? Lo que escribieron en sus diarios es todo cierto. Y, por supuesto, ellos creyeron haber acabado conmigo. Pero no fue así, como puede comprobar. Estuvieron cerca, eso sí. ¡Y fastidiaron mis vacaciones en Londres los muy malditos!
     También por muy poco tiempo, y por su culpa, no llegué a conocer a Jack, el Destripador. Me hubiera gustado coincidir con él. Haber tomado juntos el té. Haber charlado de nuestros asuntos… Sí claro, de la sangre y todo eso… Creo que es un tema que a los dos nos apasiona. Me corrijo, a él ya no. Por distintos motivos, por supuesto. Pero ambos teníamos aquel mismo gusto en común. En realidad, yo lo sigo teniendo. Me impresionó mucho el trabajo que hizo con aquellas muchachas. Esa constancia, esa minuciosidad, esa determinación… ese pulso firme. Por supuesto, después de conocernos un tiempo no hubiera dudado en acabar con él. Su sangre me hubiera sido muy preciada…
     Pero el profesor Van Helsing y los demás  se entrometieron demasiado en mis asuntos y me hicieron huir de allí. Aunque yo también me estaba involucrando bastante en los suyos, eso es cierto. He de reconocerles su valor. Aunque la culpa fue mía en gran medida. Los subestimé demasiado. Pero no tenía prevista la aparición de aquel profesor holandés en la historia. Echó por tierra todos mis planes. Años después me vengué de manera adecuada, pero esa ya es otra historia…
     Volvamos ahora a Transilvania. Regresemos a mi castillo allá en los Cárpatos. El final de sus diarios es tal como ellos relataron. Es lo que creyeron ver. Pero no fue del todo así. Temiendo precisamente aquello, sustituí mi cuerpo por uno de los zíngaros que me llevaban a casa y le hice tomar mi aspecto. Ni siquiera el resto de los gitanos fue conocedor de aquello, pues lo hice durante la noche, cuando todos dormían. Necesitaba de todas las precauciones posibles. Utilicé las últimas fuerzas que me quedaban para aquello y para regresar como me fue posible al castillo. Al llegar allí, Vah Helsing había matado a mis tres hermosas niñas, a mis queridas y apreciadas criaturas. Eso fue otro enorme revés. Sin ellas para conseguirme sustento en mi estado de extrema debilidad, casi muero de inanición. No me quedaban fuerzas para salir al exterior. Hube de alimentarme de la sangre de ratas durante meses hasta que pude volver a salir para cazar carne humana. Fueron tiempos duros…
     Muy duros, sí. Pero sobreviví. Sobreviví de nuevo a todos ellos. No llevaba siglos recorriendo la faz de la tierra para ser derrotado de una manera tan simple. Pero entonces quise desaparecer de mi patria. Me había expuesto demasiado y a punto estuve de pagarlo caro. Recorrí con cautela y en total anonimato otras tierras lejanas. Estuve en China y la India. ¡Imagínese!  ¡Jamás había visto tanta gente ni sangre humana junta en mi vida! ¡Qué deleite! ¡Qué placer! ¡No se imagina qué festines! Pero no podía permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar sin correr demasiados riesgos.
     Sí, querido Víctor. Viajé bastante durante muchas décadas. Todos parecían haberse olvidado de mí. ¡Era feliz! ¡Desconocido y feliz! Hasta que un entrometido escritor irlandés decidió escribir una novela sobre mí. Si, amigo. Hablo de Bram Stoker. No sé cómo se hizo con los diarios de Jonathan Harker, Mina, Abraham y los demás. Aunque lo cierto es que los consiguió y decidió escribir una novela con ellos. La gente cree que la historia es invención suya, ignoran que aquellos manuscritos existían. ¡No habría mil temas mejores sobre los que darle a la pluma, maldita sea! Y además, la condenada novela fue todo un éxito…
     ¿También está tomando notas? Eso me gusta. Que anote además sus impresiones sobre mis palabras, mis gestos, mis movimientos… mis colmillos en su cuello... ¡Tranquilo, tranquilo! Sólo era una broma. Aunque no lo parezca, también tengo sentido del humor. He tenido océanos de tiempo para desarrollarlo.
     ¿Por dónde iba…? Mmm… ¡Ah, ya recuerdo! Por Bram Stoker y su dichosa novela. Él tuvo la culpa de todo. A partir de ahí, me conocían en todas partes. No es que creyeran en mi existencia, claro que no. Pensaban que todo era ficción. El mismo escritor lo pensaba. O eso quiero creer. El que tuviera acceso a aquellos diarios todavía es un enigma que me atormenta. Cuenta la leyenda que en su último aliento, pobre y olvidado de la mano de Dios en aquella mísera pensión londinense, murmuraba en rumano «Strigoi, Strigoi» mientras apuntaba con el dedo a un lugar en penumbra de la habitación. ¡Sí, lo ha adivinado, querido amigo! Era a mí a quien apuntaba con su índice. Fui a visitarle y a sonsacarle algo sobre la procedencia de aquellos escritos. Sin embargo, ya no estaba en sus cabales. Deliraba. No pudo contarme nada. Pensé en transformarlo, pero ya era demasiado tarde. Se llevó el secreto a su tumba.
     Pero la pesadilla no había hecho más que comenzar. Una buena mañana a los hermanos Lumière se les ocurrió inventar el cine y el aleteo de la mariposa de Stoker se convirtió en un huracán devastador en todo el mundo. No me malinterprete mal. Me encanta el cine. Sobre todo las películas de asesinos en serie y hombres-lobo. Lo que quiero decir es que entonces todo se fue definitivamente de las manos. Llegó Murnau, aquel joven alemán, con su Nosferatu para dar más fama a mi leyenda y los vampiros. Pese al fastidio, tuve la enorme suerte de verla de estreno allá por 1921. ¡Y créame si le digo que es la versión más terrorífica de todas cuantas han rodado sobre mí! No me parezco a él, como puede comprobar. No obstante, captaba la esencia del vampiro. ¡Vaya si la captaba! ¡Muy buena película, sí señor!
     Pero cuanto más se acrecentaba mi leyenda, más obligado me veía a esconderme y andarme con cuidado. Y más precaución debía tener a la hora de elegir a mis víctimas. Y aquello tan sólo era la minúscula punta de un enorme iceberg: después llegaron Bela Lugosi, del que soy fan y admirador confeso, Christopher Lee, al que llegué a conocer en persona en una fiesta (él no supo quién era yo, por supuesto)… y cientos de películas y libros sobre mi figura. ¡Si mi madre hubiese vivido se habría sentido orgullosa de su hijo y de todo lo que estaba consiguiendo! Aunque para mí fue una desgracia. La fama no es algo que haya buscado durante mi existencia. A mi profesión le viene mejor el anonimato. Pero también son gajes del oficio.
     ¿Qué si vi la versión de Francis Ford Coppola? ¡Claro que sí! Me pilló en Rumania tratando unos asuntos familiares. Pero pude verla en versión original subtitulada. ¡Y menudo despropósito! ¡De las peores versiones que he visto sobre mi persona! ¿Qué se supone que eran esas cosas que me pusieron en la cabeza? Me parecía más a la princesa Leia que a una criatura legendaria. ¿Acaso ve usted algo así en mi cabeza? ¡Tanto mejor que me hubieran puesto cuernos de macho cabrío! No es que Gary Oldman estuviera mal, hizo una magnífica interpretación, pero no imagina la vergüenza que sentía cada vez que veía aquella imagen surrealista de mí en la pantalla. Mi aspecto de joven lo lograron un poco mejor. ¡Y sí, siempre he sido un romántico de manual sin remedio! Pero de romántico a cursi como en la película va en trecho. ¡Vamos, que no me hizo demasiada ilusión! Ni siquiera la he vuelto a ver en televisión.
     Y si hablamos del actual cine de vampiros, ¿qué me dice? ¡Menudo bochorno! ¡Qué triste espectáculo! ¿Vampiros de gimnasio e instituto que brillan como diamantes a la luz del sol? ¡Si muchos de los que perdieron su cabeza pudieran levantarla…!

     Se hace tarde, amigo Víctor. Es la hora sagrada de mi aperitivo. Y usted también tendrá hambre, sin duda. Podemos dejarlo aquí por ahora. Cuando vuelva le hablaré de mis orígenes. De la leyenda. De Vlad, el Empalador… Podría poner usted a enfriar una buena botella de su bodega. Después de saciar mi apetito, siempre me apetece una copa de buen vino…

Continuará...

Juanma - Octubre - 2015 
                                                                                                       

miércoles, 11 de noviembre de 2015

NUESTRO LECHO DE SUERTE

Despertar de un sueño
para soñar despierto.
Plantarse por una semilla
y engendrar un árbol.
Alzar las cabezas sentadas
con el corazón latiendo
y supurando inquietudes de sus heridas..
Astronautas con plumas y papel.
Asteroides de coincidencias
y naves especiales de casualidades.
Abrazar(te).
Un desahucio de ausencias
Un abandono de vacíos.
Asomados a la ventana del infierno
y delimitando sus fronteras.
Durmiendo a tu lado
para doctorarme en la geografía
de los valles de tu espalda.
Improvisadas salidas de emergencia para
peligros desconocidos.
Envolver tu cuerpo
con papel de regalo del universo...

Buscar pues templos sin religión
y países sin alambradas.
Que crezca todo lo infantil
que aún se conserve en nosotros.
Quitemos los entierros de las velas.
Desordenemos las calles
y subamos la música hasta ensordecer
de ritmos y melodías.
Desvistámonos con letras.
Desandemos todos los caminos
que no conservaron nuestras huellas.
Tal vez fue el acierto de no tener ningún fallo.
Empapémonos de lluvia de estrellas fugaces
que no se fuguen de nuestros sueños.
Y disfrutemos de un nuevo viernes noche
cada aburrida tarde de domingo.
Subamos de espaldas las escaleras.
Despeguemos del suelo con un beso.

Enmarquemos arco iris en el cielo...
y construyamos todos los castillos
encantados que nos encanten.
Bajemos del avión en un tobogán.
y regalemos a nuestros oídos
un sonajero de piropos.
En el manicomio de nuestra cordura
aprendamos el placer de la locura.
Marca-pasos en el sendero.
Montaña rusa de sorpresas.
Y nuestro hermoso lecho de suerte
arropado de bellas palabras.

Juanma - 11 - Noviembre - 2015                                                              

jueves, 29 de octubre de 2015

AVERNO

Silencioso. Sigiloso. Agazapado bajo la sombra. Con sus alas abiertas traspasando los muros de los sueños que el viento helado del norte quebraba. Era abismo. Era oscuridad. Un firmamento de rostros siniestros con coronas de astros que se podía casi tocar. Lo intentaba. Él siempre lo intentaba. Intentaba rozar con las yemas de los dedos esas estrellas que con su brío esplendoroso le daban cierta solemnidad errante. A lo lejos, en la inmensidad de la nada, contemplaba su ciudad natal, su tierra, tal y como se iba consumiendo. La eternidad, aquella bestia negra, estaba llegando. Desolación de montañas y valles, de bosques y mares. No quería. Y sin embargo, tendría que huir. Huir para salvar lo que pudiera de sí mismo. Huir para no ser tan sólo uno más. Uno como ellos. Uno de ellos. Aquellos de alma oscura y corazón negro que asolan todo lo que pisan, que devastan todo lo que tocan. Pero el viento gélido del norte no llegaba. Esperaba. Acechaba. Meditaba en las ancestrales danzas macabras de sus antepasados. En el ritmo sosegado de sus días y sus noches en aquel paraje desierto, olvidado. Toda la vida ahí. Toda la muerte ahí. Toda la luz y la oscuridad. Siempre ahí. Ahora no era más ayer. Y ahora todo era aniquilación, caos, destrucción de su cultura, de su saber, de sus costumbres. Sabía que aquello estaba cerca de ocurrir. Lo olía en el polvo del viento, se lo había dicho el lamento de los gatos y los cuervos. Ellos lo preveían... se anticiparon al desastre. Ahora que todo era humo y cenizas permanecía sigiloso, agazapado bajo la sombra, con sus alas abiertas traspasando los muros de los sueños y esperando al viento helado del norte. Cerrar los ojos, dejarse ir, volar tan lejos como fuera posible... donde quizás pudiera empezar de nuevo. Pero el viento se demora, no llega. La atmósfera que envuelve sofocante el lugar está ahí. Densa y plomiza. Pesada. Ahí donde la naturaleza es convocada para un ritual de no sé qué fuerzas primigenias y espectrales. Mis montañas, dice. Mis rocas, dice. Mis árboles, mi tierra, mis raíces, dice. Danzaré en el viento con la corriente de las aves migratorias del Averno que vengan a beber de ese agua que discurre contaminada sobre la tierra, dice. Danzaré con la penumbra y el silencio de un crepúsculo que me dé aliento para dejarme llevar, dice. Para seguir anhelando, esperando el regreso de la bestia. La desdicha brota sobre él. La tristeza. La pena. Espera el viento congelado del norte. Que se retrasa. Que no llega ¡Qué no llega! Sus sueños se cosen al destino. Persevera en su danza. Persevera su sangre. Persevera en la vida imposible que se le escapa del alma...

Juanma - 29 - Octubre - 2015                                            

domingo, 16 de agosto de 2015

LAS GRIETAS DEL TIEMPO

¿No os sucede que hay días, a veces semanas enteras, en los que parece que se percibe como una especie de brecha resquebrajando el tiempo? No me refiero al meteorológico, claro está, con sus aburridos anticiclones, sus pesadas borrascas y sus indescifrables isobaras; sino al del tictac, al de los relojes, al intento superfluo y vano de los prepotentes humanos de querer poner muescas en el aire, de intentar contabilizar aquello que, en el fondo, es incontable. De soñar con conquistar aquello que, por suerte o por desgracia, es inconquistable: el tiempo.

Pues una de esas grietas me separó a hurtadillas del mundo; yo le hablaba de ella a todo el mundo desde pequeño pero, como suele suceder con los niños, suponían que eran imaginaciones mías y no me creía nadie. Las puñeteras suposiciones de los adultos que se pasan la vida suponiendo cosas hasta que todo se desmorona y lo único que les queda por suponer es que les llega la muerte. Y eso no es una suposición, es una dolorosa certeza. Se lo contaba a mis padres, a mis abuelos, a mis amigos, a los duendecillos que se escondían debajo de la cama, a la bruja que habitaba en el armario... Se lo contaba hasta a la profesora Isabel que, al menos, me escuchaba con una media sonrisa de no me creo nada pero qué bonito te lo inventas todo; le decía que el sol siempre me daba un poco de miedo, que el olor de las verduras hervidas me ponía de mal humor, que jamás podría dejar de sentir náuseas con cualquier melodía de trompeta. Bueno, los instrumentos en general no me entusiasmaban demasiado. A excepción de la guitarra, claro está. Y el piano. Y los laúdes y las arpas, por supuesto. Quizá hubo un tiempo (un fragmento perdido, una muesca atascada, una telaraña destejida, otro pedazo de retal de mi infancia cosido a la memoria) en que me desenvolvía bien, y podía cantar con la rabia grunge (aún no inventada) de un adolescente rebelde ansiando comerse el mundo; hasta los perros callejeros y los gatitos del callejón me contemplaban atónitos, mirándome de soslayo como si hubieran visto un elefante azul surcando el cielo, con una indescriptible e insólita ternura que se quedaba colgando del alfeizar de mi ventana. 

Los huidizos y buenos tiempos... aquellos veranos de travesuras, con un pie haciendo huella en el cemento recién echado de las aceras, llamando en la hora de la siesta a los telefonillos de las casas de las vecinas que me caían mal, riendo como si la risa fuese eterna y no tuviera fecha de caducidad. De aquellos lodos también han sobrevivido algunos barros, de aquellos huecos aún queda también alguna cáscara; llena de oxígeno, de intemperie, de lazos de sangre. De cosmética inútil para intentar engañar a las arrugas del tiempo. Y de las cervezas que, pocos años después, me mimaban el paladar en el patio del rock and roll. La gente que más habla de ello, es la que menos sabe. Como suele suceder casi siempre. Ellos no lo pueden entender. No lo presenciaron. No fueron partícipes. Definitivamente, no estuvieron allí. Y, por más que se empeñen ahora, no les quedan primaveras ni cofres del tesoro para el futuro, tan sólo recuerdos ahogados de olvido. Todas las madrugadas, antes de iniciar ese pausado y sutil simulacro de convencer al sueño para que venga y me recoja, tirito de nostalgia al recordar el acordeón de la luna de mi niñez, un acordeón imaginario (esta vez sí) que reencarnaba a un alegre y divertido arlequín coleccionista de los subconscientes amorosos de mi conciencia, Hay noches febriles en las que el colchón parece un océano que me acuna, un déjà-vu inquietante que me encharca los tímpanos de lamentos, de susurros, de aullidos de los lobos de otras lunas. De los extraños ungüentos y pócimas que supuran y burbujean en los calderos de mi aquelarre particular. La luna y sus ojos selenitas, que siempre se ponen de eclipse cuando arrecian las pesadillas. El mañana que llega, cuando no se necesita. El hoy que se escapa, cuando más falta hace. Observando la marea que engulle la arena de mi playa. Y aún hoy, el hada del espejo de mi cuarto me sigue sacando los colores con sus hermosos hoyuelos y su voz de cuentacuentos.

¿Sabéis una cosa? El pasado es un afilado péndulo que oscila sin cesar, incansable como ese reloj de cuco que cada uno de nosotros porta en su corazón. Y ese tic-tac, tic-tac, tic-tac que no da tregua y nos recuerda que viajamos a la deriva, nos desconsuela. Pero el tiempo también se puede disecar. ¿Cómo lo consigo yo? Cojo una piedra redonda y pulida o la corteza de un árbol muerto, también sirve una caracola de mar; y le pongo encima unas gotas de mi sangre. Tampoco es necesario abrirte las venas. Entonces cierro los ojos y tarareo en mi memoria alguna canción que de niño me hizo feliz. Y me llevo su melodía a mis sueños. Entonces soy capaz de escucharme a mi mismo. El reloj se detiene y, por un fugaz instante que brilla tanto que parece eterno, puedo ver por esa grieta el alma del universo.

Juanma - 16 - Agosto - 2015                                                           

viernes, 24 de julio de 2015

LOS COÁGULOS DEL TIEMPO

¡Qué complicado resulta respirar
en esta era tecnológica sin alma
ni recuerdos...!
Cambiar los mapas por prisiones,
los sueños por pesadillas,
la eternidad por un suspiro
en la frontera del abismo.
Los regalos por anhelos,
el otoño por el sueño de una noche de verano,
los mariposas en el estómago
por un atardecer en el hueco de tu ombligo.

¡Qué complicado es ocultar las huellas,
crucificar el aroma de la juventud como si fuese
un jodido mandamiento...!
Hacer guardia noches enteras
esperando a que se abracen los muñequitos del semáforo
sin recompensa.
Es triste vivir fuera de la música de los discos,
lejos de las aventuras de los libros
y de las madrugadas libres y salvajes,
no poder (ni saber) quedarse a dormir
en el tejado de las canciones.
Desdicha es que el tiempo a tu lado sea limitado,
felicidad convertir tu pelo y tu piel en un templo
o un parapeto contra las flechas
de los coágulos del tiempo.

Tristeza es tomarse la última al amanecer,
querer conservar tu corazón en ámbar,
o como una flor deshojada y cosida
con fuego al infierno de mis entrañas.
Querer y no poder encontrarnos por dentro,
tener que escapar del bullicio,
las sonrisas enclaustradas,
que los sábados se deshagan
como jirones de niebla,
o el canto de hermosas sirenas
que habitaban en islas
más allá del último confín de tu espalda.

Dejar atrás nuestra infancia es
acercarse a bailar con la muerte,
aunque a veces consigamos regresar a ella
con un aroma o alguna canción
y un vaivén de poesía entre las pestañas.
Por un momento
volvíamos a ser niños para la eternidad
y yo notaba un escalofrío
en la nuca
y un vértigo tatuado
en la piel del alma.

Llevamos el miedo en la mirada
como una cicatriz,
un algoritmo,
o el aullido
de la libertad
de los niños que fuimos,
de los años sin calendarios ni relojes,
de las ilusiones que dormían
agazapadas en los laberintos
del corazón..


Juanma - 24 - Julio - 2015                                                                  

viernes, 17 de julio de 2015

NOCHES DE INSOMNIO

Siento nostalgia de aquellos mágicos desayunos en blanco y negro de nuestra adolescencia. El trigo dorado de los verdes campos ahora en las tostadas de nuestra mesa. Mientras tanto, se nos había quedado Junio enredado en el pelo, trenzado entre las pestañas. Azul oscuro casi negro era el color de los fantasmas que se acercaban a visitarnos, monstruos envidiosos y celosos del elixir de la felicidad alrededor de la hoguera de la madrugada. Extrañas y efímeras materializaciones del infierno de nuestros recuerdos. Y, pese a que nadie nos creía, eran tan ciertos como el trigo y las tostadas. No eran neblinosas presencias como dibujos animados surgidos del exceso de cerveza y marihuana. Podíamos tocarlos. Acariciarlos con la punta de los dedos. Aullaban nuestros terrores más profundos desde el corazón de nuestras médulas bajo la gélida bóveda de las constelaciones. Y, por cierto, hablando de estrellas y luces en el firmamento, siempre decía Venus, muy dulce y suave: “voy titilando entre ellas”. ¡Y por supuesto que titilaba! La fortuna era un aguijón de hermosa locura, de néctar venenoso trazando una perfecta bisectriz en los huecos del viento. Sobrellevábamos la desgana de deshojar las margaritas del futuro como unos hermosos kamikazes desafiando la eternidad del tiempo, una falsa moneda de dos caras y tres cruces desafiando la gravedad de las almas. Almas rebeldes esnifando el sonido de las arpas. Y afirmábamos que nos dolían las ojeras cuando bien sabíamos que las ojeras no duelen. Lo que nos dolía era su peso. Y los pensamientos. ¡Ésos sí que dolían! Porque éramos adictos a decir idioteces posmodernas para rellenar aquellos incómodos silencios que surgían cuando las palabras parecían haberse marchado de vacaciones. Nuestras cabezas albergaban más aire que el interior de un globo. Nos giraban las pupilas de tanto cielo, de demasiado firmamento, de infinito azul. Y nos temblaban las pestañas por culpa de la desafinada melodía de la luna llena y su risa más glacial que todos los inviernos del mundo juntos. Así que sí, siento nostalgia de aquellos mágicos desayunos y de todo lo que, tras ellos, nos deparaba el largo día...


                                                                       * * *


Hubiese sido maravilloso poder quedarnos a habitar, o como poco a acampar, un fin de semana dentro de nuestros sueños. Poder regalar todos los viejos tesoros que ya no cabían en los cofres de nuestras venas, o las excusas imperfectas inventadas en momentos imperfectos; subastar la tristeza, la pereza, la mala vida, los marchitos momentos caducados de una juventud ya cicatrizada de arañazos; vender la felicidad, el alma, la inocencia, la risa, y las últimas puestas de sol de los veranos; y los helados de formas y sabores y colores, y los gintonics fríos; recordar aquellos sujetadores que no aprendíamos a desabrochar a la primera, y las sonrisas traviesas, y las pupilas enamoradas, y los besos que no nos atrevíamos a dar ni a la segunda, y las medianoches a medio acabar sin estrenar, y los pinchos y las cervezas a pie de playa, y los bañadores horteras de colores horteras que siempre llevaban gentes horteras; dar rienda suelta al corazón que desafiaba al futuro y al destino con emociones cada vez más fuertes, recuerdos del anoche y del ayer desde su guarida secreta en nuestro corazón; todo, absoluta y definitivamente todo, la música, las barbacoas, el agua salada, las facturas sin pagar, el viento, las bicicletas, los orgasmos, las cintas de cassete rebobinadas con un gastado bic sin tinta, y aquellas viejas y encantadoras salas de cine con antipático acomodador de gesto huraño, el olor a pescaíto frito, o a un perfume nuevo, el salitre en la piel; todo el infinito por permanecer tan sólo otro efímero instante más allí y en aquel momento; acampados, vivos, queridos, renovados, añorados, especiales... volviendo a ser etéreos y únicos y maravillosos entre los acordes renacidos y las voces resucitadas. De aquellas canciones de nuestros sueños...


                                                                       * * *


Algunas veces olvido muchas más cosas de las que recuerdo. Y a estas alturas del largometraje, eso puede ser un virus mortal mutando dentro del cuerpo. Y a veces es al contrario. De repente, se me viene encima un alud ingente de imágenes eclosionando ladera abajo de la montaña de mis recuerdos. Flashes, fotografías, diapositivas que, a trasluz del hipotálamo, moldean y distorsionan a su antojo la realidad de los colores que alguna vez desfilaron por la pasarela de mi retina; y todo es verde, azul, amarillo, sepia y gris. Tonalidades gastadas y marchitas de tanto usarlas.


                                                                       * * *


¿Recuerdas cuando todas las noches eran una revolución en las calles, una vieja herida supurando olas y espuma en nuestro alma indomable? Éramos conscientes de que no teníamos alas, pero casi sabíamos volar. Aquel extraño mundo que se tornaba indómito y salvaje cuando llegaba la madrugada y subía la marea... y los buenos tragos y los valientes amigos aderezaban la melodía que atesorábamos dentro. Aquello había sucedido desde siempre, pero no lo sabíamos... ¿y cómo demonios lo íbamos a saber? Todavía no se había agrandado, ni siquiera producido, la enorme grieta superpuesta entre los mundos, los continuos y delirantes déjà-vu alucinados ni el incontrolable temblor en las manos y en el tiempo. Jugábamos a músicos y compositores conscientes de que no éramos nosotros, sino el viento, el que hacía el amor a nuestras trompetas. Y que su hermosa y bella melodía, citando a Keats, era incluso más dulce cuando no se oía, como el canto de las sirenas, y que hechizaba a los marineros, embriagaba a los caminantes y cortejaba sin reparo ni timidez las medias sonrisas de la luna. ¿Recuerdas aquellos grandes milagros de las pequeñas cosas? Esos nunca se vendieron en las tiendas...


                                                                        * * *


Por mucho que los médicos lo afirmen, yo sé bien que los fármacos apenas sirven para mucho. Desde luego, no tras los conjuros, las oraciones, las pócimas o el fabuloso aullido de los lobos amarrados al bosque del invierno. La melancolía más profunda del mundo es un corazón latiendo entre tus sienes. Pero siempre es lo mismo... ¿qué van a decir ellos? ¡Ellos, que nunca acaban de entender, quizá porque ni han empezado a hacerlo, que el alma del universo no puede medirse en gramos, metros, minutos o porciones!. Esas mentes de miras tan estrechas que jamás se atreven a pisar el maravilloso borde del círculo frente a ellos, pese a que ellos mismos lo hayan trazado infinitas veces con la tiza de sus dogmas, mantras y lecciones. 


                                                                       * * *


Pepito Grillo siempre me decía, mientras se liaba otro porro o abría una lata de cerveza ya caliente por los vaivenes de la conciencia, que el tiempo se puede disecar. Yo me reía a carcajadas y le decía que no fumase más marihuana Pero poco rato después, cuando pensaba que quizá pudiera estar perdiéndome algo importante, le preguntaba: "¿A qué te refieres? ¿Es como coger una fotografía y meterla dentro del congelador?" Entonces era él quien se desternillaba de risa. "¡No, inútil, así no! En ese caso nunca dejarías de imaginar, soñar y pensar en ese congelador, en esa bella sonrisa femenina de la foto que ahora se está cubriendo con una capa de hielo, o en tu felicidad al lado de esa chica fragmentándose en cristales de nieve. Terminarías por congelarte tú mismo o mudándote a vivir al frigorífico para vigilar de reojo si tu pasado se escapa por alguna grieta. El tiempo es una especie de péndulo enorme que oscila sin cesar suspendido en los hombros del Universo, un travieso reloj de cuco que todos y cada uno de nosotros lleva en la puerta de su corazón. Si decides colgarte de él, es probable que te caigas. Y también es posible que no. Depende de como agarres tu tiempo. Ten por seguro que nadie quiere caerse, pero la mayoría termina por romperse el cuello".


                                                                       * * *


Cae la tarde y se pone el sol, tambaleante y de color óxido, en las afueras de un día cualquiera de cualquier ciudad. Caen con él dos primaveras y un deseo y un quizá como si fuesen telones desgarrados y descoloridos por detrás de los tejados humeantes de las fábricas. A pocos metros de allí, una muchacha tose con fuerza en un lavabo sucio y solitario porque el amor hace que le pique a horrores la garganta, y la luna llena de la noche que se aproxima es un Cupido cazador experto y sin escrúpulos. Mientras tanto, un tembloroso anciano hojea, melancólico, un periódico amarillento de hace siete vidas, setenta años o la mismísima eternidad. Varios infartos, en distintos hospitales, apagan la llama de respectivas vidas sin hacer ruido, como pistolas con silenciador, un alegre mimo sonríe por placer y por querer y por inercia tras su inmaculada pintura blanca, bajo el mismo perpetuo silencio callejero que llena a medianoche un cuarteto de saxofonistas tiñendo las calles de partituras y acordes de jazz. En uno de los breves descansos en que la música cesa, un suicida se lanza a volar al vacío desde uno de esos malditos y enormes rascacielos que tapan la mitad de las estrellas del firmamento, una tienda de "tenemos cualquier cosa que no sirve para nada" baja al fin su persiana y un huraño adolescente, de rostro surcado de nostalgia y acné, garabatea en el interior de un cine su firma en el asiento de delante como si de su primer contrato remunerado se tratase. Y al ritmo de su firma, su padre, en el otro extremo de la ciudad, que viene a ser como el otro extremo del mundo, se limpia los restos de desesperanza y olvido de la camisa y baja a beber un trago, o dos o tres, al bar de abajo, al tiempo que su madre se ducha, pero sin conseguir que el agua disipe las lágrimas de fuera, o siquiera las tristezas y desilusiones de dentro. Y en la esquina de la calle de abajo, al lado mismo del bar, cuatro amigas sonríen al flash de una foto y tal vez al futuro, y una florista con gesto de pesadumbre y cansancio termina su último ramo de la tarde y la semana, se levanta de su mesa de trabajo, pone el cartel de cerrado a su tienda y se pregunta, un día más, por qué coño las flores no vivirán para siempre igual que las añoranzas.


                                                                       * * *


No sé muy bien por qué, pero desde niño me han gustado mucho todas las formas trapezoides, sin terminar, del Universo. Y los triángulos escalenos y obtusos. Y las formas obscenas de tan bellas. Quizá, de forma inconsciente, haya sido una forma de definir mi oposición a ciertas cosas... o tal vez de exteriorizar mi rebeldía. Todos mis vicios, mis gustos y aficiones opuestos a mi educación obligatoria. Mi capacidad analítica podría ser cuantificada, dentro del subsuelo, como bajo mínimos. Algunos de mis profesores nunca entendieron la naturaleza embriagadora, liberadora y enriquecedora de los viajes, por no decir galimatías, en forma de versos de mi mente. Es posible que, sin saberlo, anduviese escudriñando o merodeando por aquellos pequeños precipicios ausentes de significado cuando me topase de bruces con la luna llena a lo lejos, y me sintiese como un lobo en celo, al tiempo que exhalaba bocanadas de humo con olor a Lord Byron o William Blake. Y el alma más revuelta que un puzle. A menudo observaba cómo mi memoria se fragmentaba en piezas de mosaico de colores violentos, vaporosos o translúcidos. Y era extraño comprobar que te reñían por querer alcanzar siempre las cotas o simas más elevadas o profundas del escepticismo. Así que me gustaba contestar a las preguntas con otras preguntas. Eso siempre daba resultado; sacaba de quicio al rival. Las preguntas son mariposas que vuelan en libertad hasta que se multiplican y siguen volando. La mirada interrogante, al acecho; varias luciérnagas encerradas dentro de una urna de cristal en una habitación a oscuras; la eternidad de lo efímero; Bob Dylan, Billie Holiday, Jim Morrison, Elvis Presley Janis Joplin... Tal vez todo fue resultado y consecuencia de atiborrar con vodka a un duende de la ciudad hasta dejar su garganta como un desfiladero, con afán de comprobar hasta dónde llegaban los acantilados del mundo. Algo parecido. O, quizá, todo lo contrario. Después de caminar hacia ninguna parte durante bastante tiempo, ya no te interesan demasiado los senderos que acaban en algún lugar...


Juanma - Julio - 2015                                                                                  

miércoles, 8 de julio de 2015

HUELLAS

Busco tus huellas y quiero encontrarte
para siempre jamás,
como en la última frase de mi cuento favorito.
Una molécula de tu aliento,
el manantial de tus labios
o un equinoccio en tus pestañas.
La misteriosa luz de una luciérnaga al otro lado del mundo,
en Irlanda,
en China,
en Praga...
la cicatriz temblorosa
de otra
madrugada
en el reino sinuoso de tu espalda,
media mañana a deshora. Tres relámpagos de amor.

Ahora vuelvo.

Un blues de medianoche en la mirada,
las células de tu adolescencia,
las pecas de tu niñez
a toda prisa como esporas.
O mariposas que preferían danzar colgadas de tus pestañas
a regalarle su vuelo a cualquiera.

El futuro en una incógnita,
y el vértigo de una duda
con las muñecas cortadas
y desangrada en la bañera,
los atardeceres que evaporan los cuatro puntos cardinales,
o un abrazo de no te vayas
y una cerveza fría..

El atlas de tu dormitorio,
dos tercios de abril entre tus piernas,
el otro entre mis brazos
porque la primavera no caduca
ni a las entrañas de Madrid le duelen los reproches.
Un pupitre con un niño nuevo,
la brújula desimantada de un marinero,
perdiendo el norte y el sur por el hueco de tu ombligo,
toda la eternidad jugando a inventar
rosas de los vientos que nunca marcaron los rumbos
del horizonte.

Aburrido, insustancial y anodino.

Como las páginas de esquelas de los periódicos viejos.
Los espejos que devuelven
el reflejo de tu mirada a mis pupilas.
Los icebergs derretidos y las alas de las libélulas.
El presente pausado en las pantallas de cine.
Los espíritus de los antepasados en las fotos,
tristes y marchitos y somnolientos.
O un suspiro aullando en la madrugada de los lobos.
Mi sed de ti rugiendo en todas nuestras melodías.
La bruja de la noche robando neones a los bares.
Tu olor a bosque que siempre regresa para embriagarme.
Y enterrar mi cadáver en una fosa de estrellas fugaces
para resucitar a últimos de Octubre y buscarte de nuevo a primeros
de Noviembre.

Podría quedarme atrapado en un recuerdo tan fugaz y dulce,
entre cautivos,
y gemidos
y colores
y océanos
y olvidos
y senderos
y andenes
y trenes
y parpadeos
y relámpagos
y acordes...

Y si Tokio ya no nos quiere,
saber que en tu pelo es siempre verano y vacaciones.
y guardarte como el secreto perpetuo de un niño,
las diabluras de un duende travieso,
el espantapájaros de Oz,
la sonrisa de Cheshire,
o la flor de aquel Principito,
que no comprendía a los adultos
ni quería ser nunca mayor.

Entre rosas y espinas
la luz de las televisiones encendidas
y ardiendo en las casas de los infernales agostos,
pero con programas y gente distinta
cada verano.
Y amantes teniendo salvajes orgasmos en los hoteles.
Y el asfalto un horno,
los tejados derritiéndose,
las conversaciones de los bares,
la breve pero inabarcable distancia entre
la piel y los tejidos
y, o
nosotros besándonos con pasión,
la prisa de la comida del supermercado por subir las escaleras
y ponerse a salvo en el frigorífico,
y el ruido de las latas de cerveza al abrirse
y al vaciarse,
mientras otra malvada cigarra riéndose de una nueva hormiga
y las semanas parecen de arena y sol
hasta que llegan los viernes.

Otro vinilo rayado
y el aguijón de un te quiero en la garganta,
el paraíso es un billete sin retorno al asiento
de atrás
de las llamas del infierno más acá de tu bufanda.
Amar es
una isla perdida y solitaria y,
desde allí,
el mundo es verde,
más verde que el verde de la primavera de los cuadros,
porque todas mis vidas y muertes y reencarnaciones
empiezan y acaban en Septiembre..

Los caricias infinitas,
el solsticio de tu ombligo,
astronautas enredados en tu pelo,
el cuelga tú, tú primero,
el ajedrez de la vida,
la lujuria de las abejas y las flores,
las cañas y las tapas,
los gusanos de los vicios,
las noches sin dormir tatuadas en los rostros,
el sopor y desencanto de los lunes...
Pasatiempos, sopa de nostalgias,
juegos de niños y, en un parpadeo, juegos de manos.

¿Tal vez o quizá?

Ámame si te atreves.
Mi lengua en tu cuello es un acróbata
valiente y decidido...
Pero,
(puñetera palabra)
ya nada es mío ni tuyo ni de nadie;
la primavera, imperfecta,
el otoño, desconfiado,
el océano, un vertedero,
nosotros, distintos,
pero los mismos.
Sobrevolando abismos
como buitres la carroña,
disfrazándonos de hipócritas y cínicos,
regalando colores que no son nuestros.

Te conservo en el baúl de los recuerdos
donde guardo los tesoros que más quiero,
por debajo del subsuelo,
por encima de las nubes,
entre llamas del Averno...
Tal cual un verso aguerrido y salvaje
que sobrevive a la batalla
y nos empuja hacia el acantilado
y nos corona como héroes del abismo.
Sin pensarlo.
Sin quererlo.
Hemos sido la pesadilla favorita de un idiota,
mientras los dioses bebían de nuestros sueños
hasta dormirse, ebrios y felices.
Como tus manos dormidas en las mías,
como gatitos perezosos
en el vals de mi regazo.

Te guardo como huellas del desierto,
como luces del pasado,
como restos de una hoguera
fugaz y eterna,
que insufla aire,
que desangra
que da muerte y que da vida
al embrión de cada amor.


Juanma - 8 - Julio - 2015                                                            



jueves, 18 de junio de 2015

CANCIÓN TRISTE

Os voy a contar una historia.

     Sea; comenzaremos por donde mandan las reglas de los cuentos, y cuando lleguemos al final sabremos más que ahora. Se trata de una canción triste.
     Hay un bosque lejano, oculto y perdido como tantos otros en un lugar inaccesible. Pero posee éste una peculiaridad que lo diferencia en mucho de todos los demás; tiene una canción.
   Todos los árboles y animales la escuchan con tristeza y atención cada noche. Los delicados acordes nacían de un laúd y hablaban de una despedida. Pero eso era antes; ahora nacen del silencio y hablan de la tristeza. Claro está que esto no lo sabemos por nosotros, pues los humanos desconocemos el lenguaje de la música que es, sin duda alguna, mucho más hermoso que el de las palabras. Todo esto lo conocemos, como el resto de la historia, gracias a un bardo del bosque que, generosamente, ha querido traducirla a nuestro idioma para que podamos disfrutarla y ser también partícipes de ella.
      El relato del bardo comienza así:

     Hace mucho, mucho tiempo, tanto que los árboles más longevos eran aún tiernos retoños, un joven lloraba con amargura sentado en una roca, al amparo del abrigo del bosque. El muchacho, de largos cabellos negros y ojos oscuros, vestía todo de verde y acariciaba las cuerdas de un laúd que sostenía entre sus manos. Sollozaba para sí:
   “¡Ay, si el último beso muere antes de llegar a su destino, si las caricias perecen sin conocer siquiera la piel y el tacto de otro cuerpo! He esperado un año aquí sentado como te prometí, bajo nuestro árbol, con mi laúd, regalo de los dioses para cantar tu incomparable belleza, sin abandonar la esperanza y con la mirada recorriendo, anhelante los recodos del camino. Aquella tarde prometiste volver; en cambio, no lo has hecho y ahora conozco el motivo; no puedes. La hierba del camino se ha marchitado esperando el beso de tus pies descalzos, los ruiseñores hace tiempo que no cantan y las ardillas se han olvidado de jugar como antaño. Enamoraste con tu gracia al bosque; y a mí con tu mirada. Pero los árboles han dejado de crecer en tu ausencia y hasta el silencio echa de menos el roce de tus largos cabellos acariciando al viento.
     “Hoy se cumple un año de tu partida y de mi sufrida espera, un año contemplando el corazón que, ebrios de amor, esculpimos en el tronco de nuestro árbol, un año empapando el suelo con mis lágrimas derramadas. Anoche llegó un cuervo a anunciarme tu muerte y hasta los sonidos del bosque guardaron silencio en señal de duelo. Y ahora dime, ¿con qué quieres que viva? No tengo más que recuerdos; son mi pequeño tesoro, pero sin ti no soy capaz de seguir. Y ya no puedo esperar más…
     “La sangre ha comenzado a manar de mis venas. Tan sólo me resta un momento más de soledad, de sudor frío, de ausencia irreemplazable… Los duendes del bosque lloran mi muerte inminente, pero se alegran por nosotros pues sin duda saben que vuelvo contigo, que voy a tu encuentro, a buscarte. ¡Espérame tan sólo unos minutos más! ¡Siéntate un instante y descansa que ya dejo el bosque atrás, que no quiero vivir si no es contigo, ni soñar si no es con tus besos! ¡Aguarda que ya salen las nubes de la muerte a mi encuentro y quizá esta noche volvamos a abrazarnos allá arriba, cabalgando a lomos de la eternidad!

     En el suelo del bosque quedaron tan sólo unas sucias y gastadas ropas verdes junto a un laúd cubierto de polvo y barro seco. Estaban en una pequeña franja de tierra árida, encima de un montón de huesos. Desde entonces se escucha cada noche la triste canción y una profunda melancolía se apodera y asola los corazones del bosque, pues el muchacho murió sin esperar ni conocer el cruel y macabro desenlace de la historia.

     “¡Aguarda tan sólo unas horas más, príncipe del bosque —exclamaba la muchacha mientras atravesaba las brumas de la muerte de regreso a la vida—, que voy de vuelta a tus brazos! ¡La muerte no es sombra tan poderosa como para poder encerrar mi pasión! ¡El más allá no es digno rival para ese paraíso terrenal que se llama amor! ¡Mi piel rebosa alegría por todos sus poros y mi corazón ya vuela hacia el tuyo que, aunque ahora esté triste, volverá a reír de felicidad mucho antes de lo que piensas! ¡Hace un año la muerte segó, como el vuelo de la hoz sobre una espiga, esta vida mía que sólo a ti pertenece! Pero he hecho un pacto con el diablo gracias al cual, en el aniversario de mi muerte, podré regresar a la vida. Por ti he renunciado a dios y al cielo. Sólo hay una pequeña pega y es que, para renunciar a la muerte, he tenido que aceptar la vida eterna, con lo que no podré volver a morir nunca más; así que el día de tu muerte habremos de volver a separarnos. Pero para eso también hay solución ya que el diablo, que ha sido muy benévolo conmigo, me ha prometido que, a cambio de cierto favor que ya te pedirá llegado el momento, te concederá a ti también la vida eterna, con lo que podremos estar juntos y ser felices para siempre. Puede decirse que todo este año de tormento y terribles sufrimientos puede darse por bien empleado y que tan sólo es un leve castigo en comparación con la enorme recompensa que nos espera.
     “¡Ábreme ahora tus cálidos brazos que corro, veloz como el viento, a refugiarme de nuevo en ellos!

     En el mismo momento en que el joven cruzaba el umbral de la muerte, la muchacha hacía lo propio con el de la vida. En ese  preciso instante ambos se cruzaron en ese limbo que separa el mundo conocido del más allá misterioso. Durante un fugaz relámpago miradas se buscaron y los dos enamorados se reconocieron. Pero nada pudieron hacer, pese a todos sus intentos de dar media vuelta, pues su suerte estaba ya echada y sus destinos escritos.
     Desde entonces la muchacha pasea solitaria por el bosque, siempre tan joven y hermosa como el día de su regreso, observando el cielo con la mirada perdida, acariciando el corazón tatuado en la corteza de su árbol, intentando quitarse la vida y, sin embargo, sin poder morir jamás.
     El joven toca noche tras noche su melancólica melodía desde el otro mundo, desde la casa de la muerte, intentando regresar y sin hallar modo alguno de conseguirlo.
     Y el bosque entero llora cada vez que el astro sol se esconde tras las montañas de poniente y la canción, al ritmo de la oscuridad, se apodera de su alma.

     Hasta aquí lo que el bardo del bosque ha traducido para nosotros. Para el resto tendremos que echar mano de nuestro buen juicio e imaginación. Sin duda os estaréis preguntando por la promesa del diablo y el supuesto favor que, como trueque, iba a pedir al joven a cambio de la vida eterna.
    Bueno, estoy convencido de que el muchacho ofreció al diablo todos los favores, tesoros y argumentos que tenía a su alcance.
     Pero, ¿no habréis creído de verdad ni por un sólo momento en la benevolencia del diablo? Sin duda, estaba utilizando una más de sus ingeniosas y perversas artimañas.
     Seguramente, lo que más atormenta a la muchacha no es la canción triste que su amado le envía cada noche desde las sombras eternas, sino la malévola y perniciosa risa que el diablo entona bajo tierra cada vez que la escucha.


Juanma – Mayo – 1996                                                                  

domingo, 14 de junio de 2015

LA NIÑA QUE NO HABLA

La niña que no habla tiene apenas siete años. Le gusta jugar al escondite con sus amigas en las tardes de primavera. Cuenta hasta diez y se da la vuelta recorriendo todo el parque con la mirada, imaginando detrás de qué árbol o seto se pueden haber escondido. Siempre las encuentra a todas, menos a una. A la última la deja salir de su escondrijo y le regala tiempo para que llegue a la pared y salve a todas sus compañeras. Ellas no saben que se deja ganar. Porque le gusta volver a contar hasta diez. Le gusta buscar, más que esconderse.

Después cae la tarde noche sobre el parque y su madre la llama a casa. Se despide de sus amigas y, una a una, se van marchando de vuelta a sus hogares. Es uno de los momentos tristes del día. Ya en casa, se sienta en la cocina mientras mamá prepara la cena. Mira la televisión. Un señor mayor habla de cosas de mayores que ella no entiende. No entiende ni le interesan. Se levanta y se asoma a la ventana. En el cielo aún queda algo de luz. Hay unas cuantas nubes dispersas. Le gusta mirarlas e imaginar cosas con los extraños dibujos que a veces forman: una flor, la pipa donde fuma papá, una mariposa. A veces son solo nubes con forma de otras nubes. Aquella noche no le sugieren nada nuevo. Apenas ve en ellas cosas que ya ha visto. Su madre dice algo. Vuelve la cabeza, pero se da cuenta de que no habla con ella. Se vuelve a sentar a la mesa. Su hermanito entra con la cara y la ropa pringadas de chocolate. Acaba de cumplir tres años. Siempre se pringa de chocolate. Y de barro en la calle. Sonríe al verlo relamiéndose los labios.

Se sientan todos a la mesa para cenar. Menos su hermanito que siempre cena aparte. Coge el cuchillo y el tenedor sin demasiadas ganas. Hay pescado para cenar. Y el pescado no le gusta mucho. No, mucho no. El pescado no le gusta nada. Pero siempre se lo come porque mamá pasa mucho tiempo cocinándolo. Mamá siempre está haciendo cosas. Y si no come, se enfada. Y no le gusta verla enfadada. Ni enfadada ni triste. Papá y mamá están hablando de cosas de mayores. Hablan mucho durante la cena. Y viendo la televisión. Bueno, hablan mucho todo el rato. Siempre de cosas de mayores. Cosas que ni entiende ni le interesan. Se escucha un ruido de cristales rotos. Su hermano ha debido romper algo en el salón. Para variar. Es travieso como un duende. Vuelve a sonreír.

Poco después mamá la llama. Es hora de bañarse. Se mete en la bañera mientras se va llenando. El agua va subiendo poco a poco. Primero le tapa las rodillas, luego el ombligo, hasta que llega a su pecho. Mamá se acerca para cerrar el grifo. El agua está estupenda. Ni muy fría ni muy caliente. Le gusta mucho bañarse. Jugar con la espuma. Y con su hermano. Se mete también en la bañera. En el otro extremo. Cuando está dentro estira las piernas y toca las de ella. Entonces empiezan a darse patadas y a salpicar de agua todo el suelo y a reírse. Hasta que mamá vuelve y les regaña. Se callan y se quedan quietos. Pero se observan de reojo aviesamente, con una mirada cómplice que pareciera esconder un millón de secretos. Mamá les lava la cabeza. Después les peina y cepilla el pelo. Sale de la bañera goteando y toda llena de espuma. Se cobija dentro de su toalla y se seca. 

La niña que no habla va a su habitación. Allí se pone su pijama rosa de algodón. Se queda un ratito mirando los dibujos de Disney que lleva estampados: Mickey, Donald, Goofy, Minnie... Le gusta ese pijama. Es suave y calentito. No le gusta el otro de color blanco y verde. No tiene dibujos. Tampoco le gusta el amarillo. El amarillo pica. Papá y mamá están hablando en el pasillo. No pone mucho interés en lo que dicen, Ya sabe que casi siempre hablan de tonterías sin sentido. Poco después mamá viene para meterla en la cama y darle un beso de buenas noches. Le tapa con la manta y el edredón hasta el cuello. Como si estuvieran en el Polo Norte. Pero ella nunca se queja. Sabe que lo hace porque la quiere mucho, porque no quiere que coja frío. Espera hasta que ella se marcha para sacar los brazos fuera. Si no lo hace siente que se ahoga. Por la pequeña rendija de la puerta que mamá siempre deja abierta, entra un poco de luz desde el salón. El haz de luz ilumina su colección de muñecas que hay en la estantería. Pero no a todas. Algunas de sus favoritas han quedado a oscuras en la sombra y tal vez tengan miedo. Piensa que mañana las cambiara de sitio. Siempre lo piensa. Pero siempre se le olvida. Mañana no. Mañana lo recordará y las colocará en otro sitio en cuanto se levante. 

Al final cierra los ojos. Con los ojos cerrados siempre ve cosas. Si los cierra muy fuerte, el negro se vuelve un poco gris, o rosa. Y ve pequeñas luces y estrellitas de colores. La conversación de fondo de sus padres le da sosiego y la tranquiliza, pese a que hablan de cosas triviales que a ella ni fu ni fa. Casi sin quererlo, sin saber exactamente cómo ni cuándo, se queda profundamente dormida. Sueña con un tiovivo y su hemanito y ella montando en él. Sueña con que el aula de su colegio tiene árboles y flores entre los pupitres y que su profesora es a veces mamá y a veces no. También sueña con un anciano de larga barba blanca y muchas arrugas que la asusta cuando vuelve de la escuela camino a casa. Despierta asustada. Siempre despierta asustada cuando sueña con aquel viejo que no conoce de nada. Ha debido de pasar mucho tiempo desde que se durmiera. La casa está a oscuras y en silencio.

Aparta la manta de encima y se levanta. Sale al pasillo y camina hasta al baño para hacer pis. Al volver a su habitación y meterse de nuevo en la cama, se da cuenta de que se ha dejado la luz del pasillo encendida, pero no tiene ganas de volver a levantarse y la deja así. Muy despacio, sin saber de nuevo cómo ni cuándo, vuelve a viajar al país de los sueños. Esta vez no recuerda si sueña o no. Cuando vuelve a abrir los ojos ya es de día y el sol entra radiante por la ventana iluminando con alegría todas sus muñecas. Ahora ya no tienen miedo, así que de nuevo olvida cambiarlas de sitio. De día todo se ve diferente. Incluso los monstruos parecen amables y simpáticos. Cree recordar algo de un anciano en su sueño, pero no sabe qué. Finalmente, ese pequeño recuerdo se desvanece con la brisa de la mañana que entra por la ventana.

Desayuna su Cola Cao con cereales viendo los dibujos animados de la tele. Su hermanito se vuelca el vaso encima y se mancha de cacao toda la ropa. Ella se ríe, pese a que sabe que a mamá no le va a hacer ninguna gracia. En los dibujos, el Coyote persigue al Correcaminos. Una vez más, no consigue atraparlo. Al final cae por un precipicio y se estrella contra el suelo. Vuelve a reír. Su hermanito también ríe con ella, pese a que ni está mirando la tele. Es hora de ir al cole. Coge la cartera. Como de costumbre, pesa lo que los mayores llaman una tonelada. Camina por la calle de la mano de mamá. Se va encontrando con algunos de sus compañeros y amigas de clase. Se van saludando entre tímidas sonrisas.

La niña que no habla tiene ganas de que el día se escabulla rápido, de que vuelva a llegar otra vez la tarde. Quiere volver a jugar al escondite con sus amigas. Aunque siempre pierda. Le gusta buscar, no esconderse. En el colegio se aburre. Intuye cosas para las que no tiene nombre. Sabe que cada vez está más lejos de algo. No sabe lo que es y eso le asusta. También sabe que está muy cerca de otro algo. Pero tampoco consigue saber qué es y se siente mal por ello. Los niños y niñas de su clase sí hablan, pero no escuchan. Parecen muñecos de trapo en sus pupitres. Como esos maniquíes de los escaparates de las tiendas de ropa. Un recuerdo fugaz empieza a rondar su cabeza, como una peonza dando vueltas a su alrededor. Sabe que acaba de aprender algo, pero aún no sabe qué. Y sabe que ese recuerdo seguirá ahí para siempre, aunque ya se haya desvanecido.

Juanma - 14 - Junio - 2015