sábado, 30 de enero de 2016

DOS MINUTOS DE DESIDIA

A veces bastan dos minutos de desidia para inyectar una dosis de "melargodeaquí" en el torrente sanguíneo de las venas y echarte a la carretera como Jack Kerouac. O cuando aparece ese ruido ensordecedor que preludia el inminente desastre y que, inoportunamente, surge cada vez que uno quiere cicatrizarse en otra parte. Como una canción de acordes blasfemos sin estribillo que solo alcanza el estatus de murmullo antes de suicidarse. Largarse a tierra de nadie: como una revelación, como un orgasmo. A veces hasta se podría dejar de estar allí para siempre y abandonar el cuerpo como en un viaje astral en uno de esos sofás desgastados de piel sintética, como una cáscara a punto de quebrarse, con los pantalones remendados y la melodía del tintineo de cuatro monedas sueltas en el bolsillo. Ese tic inesperado que sobreviene de repente, la sonrisa torcida, las pestañas largas como lianas y el porvenir como un cristal hecho añicos. El paisaje quedando atrás como si fuese un espejismo. O un sueño. Porque de las fantasías diurnas en la carretera no hay manera de despertar. Los sueños recurrentes para un chico en peligro son sueños de peligro. Visiones de languidez, de desamparo, de enfermedad. Pesadillas en pantalla grande y a todo color. ¿Cómo si no te reclaman tus fantasmas? No hace falta hacerse demasiado viejo para comprender que casi todo el mundo al final termina disparando contra sus propios miedos y complejos.

Es la cercanía y lejanía de todas partes a la vez. Y, en la mayoría de las ocasiones, no se echa de menos la voz afónica, ni los neones de la ciudad, ni tan siquiera el olor a humo y a aceite y a tristeza que revolotea entre las luces, ni las risitas nerviosas que blasfemamos en el mismo lugar de todas las madrugadas, donde ya, por mucho que se quiera, no se vuelve nunca a ser uno mismo. El vodka a raudales y los bares de mala muerte y su muchedumbre perdida que cada noche huye de algo distinto para encontrase siempre con lo mismo. En esos avatares de la existencia, no se extrañan tampoco las dudas ni las certezas, ni las manos grandes de pulso dudoso sosteniendo las cartas, el mechero, el palo de billar o las lágrimas en un rincón solitario. Las manos de un animal asustado con ganas de salir corriendo, de empuñar una navaja y destripar esos sofás de resaca y borrachera, arañando la realidad que molesta hasta que la sangre se queda atrapada entre los huecos de las uñas. Sondeando la alevosía del pensamiento, renegando de querer volver ya de ningún sitio, y menos de aquellos lugares con espejo que vomitan imágenes de tu pasado como inquietantes reflejos de un pobre diablo enfermo de recuerdos. Volver a acercarte a ellos es como el absurdo caminar de vuelta de un cangrejo borracho en una pecera de arena. Y otras veces, sencillamente, damas y caballeros, ni siquiera  volvemos la esquina mientras algo tuyo se queda atrás, en la tierra de la nieve sin sonido, en el firmamento sin estrellas, en el vacío sideral mecido por las luces del olvido. Será algo parecido a estar haciéndote mayor sin haberte dado apenas cuenta.

Parece tan difícil que resulta endiabladamente sencillo. Bastan tan solo esos dos minutos de desidia para que la realidad se convierta en una enfermedad inaguantable o una letanía afligida. Ciento veinte segundos de reloj y una pequeña cucharada de fuerza de voluntad. Los ojos en blanco, una electricidad poderosa sacudiéndote la espalda y los nudillos, espasmos de vértigo agarrándote por detrás de las empalizadas del alma... y, en un visto y no visto, ya no estás. Te habían dicho que "siempre" era mucho tiempo. Hasta que comprendes que siempre es tan solo un abrir y cerrar de ojos. ¿En qué difiere aquello que nuca fue de aquello que nunca será?


Juanma - 31 - Enero - 2016 

miércoles, 13 de enero de 2016

MADRE

                                                                                                I


—¡Cariño, entra en casa! ¡Se está haciendo de noche!
     El niño al que van dirigidas aquellas palabras está en el jardín que hay en la parte trasera de la casa. Se encuentra agachado y parece jugar a algo. O con algo. Solo tiene cinco años. Es alto, delgado y desgarbado. “Igual que su padre”, piensa su madre desde la ventana de la cocina mientras vigila sus movimientos con gesto de preocupación y, tal vez, tristeza. Una tristeza antigua que apenas se ve, pero se nota. Mientras piensa en su hijo, termina de fregar los platos de la cena. Es consciente de que tendrá que esperar hasta que termine lo que sea que está haciendo. Porque sabe que nunca deja algo a medias. Es tímido, huraño e irascible, y eso le preocupa. Le quiere más que a su propia vida, por más que aquello sea tan tópico que ya suene ridículo. Pero es así. Y sabe que él también la quiere a ella con locura. Pero hay algo que no funciona del todo bien dentro de su cabeza. Y eso la inquieta. El niño mira con atención el interior de una caja de zapatos. Dentro hay un escarabajo y una cucaracha. Los azuza con un palo de madera para que peleen entre ellos. Como si estuvieran en un ring. Le gustan mucho los combates de boxeo. Sobre todo cuando alguno de los púgiles es derribado por el otro y cae al suelo inconsciente. Y si tiene el rostro destrozado y lleno de sangre, mejor. Los adversarios que ha elegido hoy son estúpidos y no pelean. El saltamontes del día anterior era bastante mejor. Se está aburriendo mucho, y no le gusta nada aburrirse. Finalmente, se da por vencido. Con una piedra machaca a los dos contrincantes hasta que en el fondo de la caja sólo queda un amasijo de fluidos, sangre y exoesqueletos donde no puede distinguirse ni una sola parte del cuerpo del escarabajo del cuerpo de la cucaracha. Cierra la caja con su tapa y la guarda con cuidado en el hueco de un árbol del jardín.
     —¡Cariño, por favor, entra ya en casa!
     El niño se da la vuelta y sonríe a su madre saludándola con una mano. Aquello es lo que a ella le hiela la sangre. Es capaz de esbozar la más inocente, maravillosa y tierna de las sonrisas y, un solo instante después, obsequiarte con una mirada cargada de ira, odio y crueldad. Aquellos ojos fríos, sin sentimientos, perdidos en un mundo lejano, o tal vez tan sólo interior, que parecen mirar en una sola dirección y no ver nada más de todo el fascinante mundo que le rodea. Siente miedo. Le da pánico pensar que aquello que no está en paz dentro de su mente, termine haciéndole daño. No a ella, sino a él mismo. Cuando por fin entra en casa, ella suspira y se relaja. Le da un beso en la mejilla. Le revuelve el pelo con ternura.
     —¿Qué hacías? —le pregunta.
     —Jugaba —responde él aburrido, como si acaso aquel punto no estuviera ya lo suficientemente claro y tuviese que perder el tiempo explicándolo.
     —¿No te aburre jugar siempre solo?
     —Pero si no jugaba solo…
     —¡Ah, es verdad! Tu amigo… ¿Cómo se llama? Espera un momento a ver si lo recuerdo…
     —Peter. Se llama Peter, madre.
     —Cierto hijo, siempre lo olvido —Sabe que los niños pequeños a veces juegan y hablan con amigos imaginarios. Pero suelen ser niños de dos o tres años a lo sumo. Con cinco años los niños juegan con chicos de su edad. Y, por regla general, suelen ser de carne y hueso. Su hijo juega solo en el jardín y, aunque él ignora que ella lo sabe, mata pequeños animales con una crueldad que la aterra. Mientras tanto, mantiene largas conversaciones con Peter, el supuesto amigo que no está y nunca ha estado allí. Es alguien que vive solo en su imaginación. Por lo demás, no se relaciona con nadie. No tiene amigos allí y tampoco en el colegio. Su profesora y el director ya la han puesto al corriente de su extraño comportamiento en ocasiones, de su falta de empatía y compañerismo, de su personalidad retraída… y de una gran inteligencia que guarda en estado latente.
     Ella lo sabe, pero no piensa llevarlo a un colegio especial. Ya se encargará, como pueda, de que su hijo crezca como un niño normal. Quizá solo necesite tiempo y todo vuelva a su cauce. Tal vez la culpa sea en parte suya por haberlo sobreprotegido demasiado. Es lo único que tiene en el mundo. Su primogénito murió al nacer por unas complicaciones respiratorias. Su marido la abandonó nada más decirle que se había quedado embarazada del segundo. Aunque mejor eso que las continuas vejaciones y palizas a que la sometía cuando llegaba a casa borracho. Y, en los últimos tiempos de su vida en común, también sin estarlo. Cuando nació aquel segundo bebé, se abrazó a él con tal fuerza que ni un huracán hubiera podido arrebatárselo de los brazos. Desde entonces, no se había separado un solo instante de él. Y ahora pensaba, por primera vez, que era posible que tantos cariños, cuidados y atenciones hubieran podido malcriarlo.
     Más bien había pensado aquello, por primera vez, una noche un par de semanas atrás. Se estaba duchando y, al cerrar el grifo y descorrer las cortinas para coger la toalla y secarse, se encontró a su hijo allí plantado, en medio del cuarto de baño, de pie y con un dedo en la boca, observando su cuerpo desnudo con una mirada mezcla de curiosidad, fascinación y sorpresa. Se quedó mirando con fijeza hacia aquel punto donde una pequeña mata de vello oscuro crecía entre sus piernas, antes de que pudiera taparse. Pocos días después, encontró una muñeca en la habitación de él. Supuso que la habría encontrado por ahí. O incluso quitado a alguna de las niñas de su clase. La había desnudado y, con un rotulador, había pintado de negro sus partes íntimas emulando el vello púbico que había visto en ella. En la frente de la muñeca había escrito la palabra “Madre”. Aquellos dos sucesos le habían hecho ver una realidad que hasta entonces ignoraba. O había querido ignorar. Algo no marchaba demasiado bien dentro de la cabeza de su hijo. Desde entonces, siempre cerraba la puerta del baño cuando estaba dentro. Ni siquiera habían hablado del tema. Aquella noche, cuando ella se cubrió con la toalla, él dio media vuelta y regresó a su habitación sin decir una sola palabra.
  


                                                                                                    II



—Cariño, ¿estás bien?
     Su madre siempre preocupándose por él. Le gusta y le disgusta a un mismo tiempo. Le sucede lo mismo con el verano. Le encanta y le saca de quicio. Está dentro del agua dándose un baño. Han ido a la playa por primera vez desde que era pequeño. El agua está templada tirando a fría, una temperatura ideal. Ella odia el mar. Más bien, odia bañarse en el mar. Dice que no soporta la sal pegándose a su piel. La comprende. Tiene una piel tersa y maravillosa. Así que se queda tumbada sobre una toalla en la arena tomando el sol. Es guapa. Muy guapa. Tan guapa como siempre. O más. Le gusta la suavidad y el color de esa piel que no quiere estropear con la sal, el olor de su pelo, el brillo de sus ojos, la forma de sus curvas…
     Acaba de cumplir trece años. Esta breve escapada a la costa es el regalo de su madre. Por la noche salen a cenar a un restaurante al aire libre. Acepta a regañadientes. No le gusta cenar fuera de casa. No le gusta estar rodeado de gente. No le gustan sus risas, su hipocresía y sus aparentes vidas maravillosas. Una chica de su misma edad le dirige una tímida sonrisa desde una mesa cercana. Es bonita. Pero no le gusta su sonrisa ni aquella manera de coquetear con él. Le hace un gesto obsceno con el dedo corazón. La chica se ruboriza y baja la mirada avergonzada y ofendida. Cuando acaban de cenar le pide a su madre si puede dar a solas un paseo por la playa. Le apetece ver el mar bajo la luz de la luna. A ella no le hace demasiada gracia dejarlo a solas ni un momento. Pero ya es casi un hombre y no puede negarle aquello.
     Mientras pasea por la orilla, hundiendo sus pies descalzos en la suave y fina arena, sus pensamientos giran alrededor de su cabeza y algunas imágenes inconexas, fugaces como flashes, desfilan por su mente: la chica que le ha sonreído durante la cena, una vaca decapitada vagando sin rumbo por un camino de tierra, una araña corriendo voraz hacia una mosca presa en su tela, un corazón latiendo servido en un plato, la chica de la cena de nuevo, esta vez ensangrentada de pies a cabeza, su madre desnuda… En esos momentos, el desfile de imágenes se detiene y su cabeza vuelve a quedar en paz y silencio. Porque esas diapositivas mentales vienen acompañadas de un zumbido insoportable que penetra desde sus sienes hasta el interior de su cerebro. Este trastorno, o lo que sea, le sucede desde niño. Desde que tiene uso de razón. Pero cada vez le ocurre más a menudo. Y nunca le ha contado nada a su madre. Ni siquiera que cuando visualiza la imagen de ella desnuda, sufre una fuerte erección.
     Un maullido a sus pies le devuelve a la realidad. Un gatito de pocos meses se ha acercado hasta él. Sin querer, abstraído en su mundo interior, ha abandonado la playa y se encuentra en la parte de atrás de uno de los restaurantes de la zona. Hay algunos cubos de basura. El pequeño felino debe de estar buscando restos de comida. Pero no llega aún a subirse a los altos cubos. Y además, están cerrados. Se agacha y lo coge entre sus brazos con delicadeza. El minino maúlla reconfortado. Mira con cariño los ojos de aquel humano que lo abraza con ternura. Será lo último que vea. Un instante después su cuello cruje al ser descoyuntado. Su cabeza se separa de su cuerpo y la sangre brota como un geiser. La sonrisa de aquel humano se ha tornado grotesca, desencajada, demencial. En su mirada siniestra brilla la fiebre de la locura.
                                                              

                                  
                                                                                                    III  



“¿Cariño, estás bien?”
     Despierta asustado, jadeando, con el corazón dando brincos dentro de su pecho y aquellas palabras retumbando en su cabeza. ¿Aquello ha sido una pesadilla? ¿O más bien ha sido una premonición? Tal vez una visión, una manera de decirle cómo debe hacer las cosas. ¡Sí, eso ha sido! ¡Ahora lo ve todo con prístina claridad en su mente!
     Ya ha cumplido dieciséis años. Es casi un hombre y, sin embargo, su madre lo sigue llamando “cariño”. “Cariño por aquí, cariño por allá”. De pequeño le gustaba. Incluso en su adolescencia le resultaba divertido. Pero ahora… Se lo ha comentado en repetidas ocasiones. Ella dice que es y será siempre su niño, su querido niño, y que le llama así porque le quiere tanto… Pero él le repite una y otra vez que no le gusta que se lo diga, que tiene un nombre. Nombre y apellidos. Pero no hay manera. Siempre vuelve a llamarle…
     Cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño…
     Siempre preocupada por él. Siempre diciéndole cómo y cuándo hacer las cosas. Que si ya no sonríe tanto como antes, que si ya no habla tanto antes, que si ya no come tanto como antes. Cada dos por tres llevándolo al médico. Que si su aspecto es demasiado pálido, que parece excesivamente delgado, que está siempre molesto o preocupado, o distraído. A todas horas haciéndole tomar montones de pastillas inservibles para montones de enfermedades que no tiene. Él es como es. Y va siendo hora de hacerle entender que ya es un hombre, que debe mostrarle también un respeto, que no quiere que le vuelca a llamar…
     “¿Cariño?”
     La maldita y dulce voz de ella resonando en la caverna de su mente. No es sólo fuera, también le roba la intimidad interior.
     Se levanta. Sale de su habitación y baja las escaleras hasta la planta de abajo. Con cuidado de no hacer ningún ruido. Su madre tiene el sueño muy ligero. Demasiado. Es capaz de escuchar el vuelo de una mosca en mitad de la noche. Se dirige a la cocina. Abre un cajón y saca un enorme cuchillo de carnicero. La luz de la luna entra por la ventana y se refleja en la hoja de acero arrancando un fugaz destello que ilumina su rostro. Se mira en el cuchillo. Ve su imagen en él. Sonríe. Al cuchillo, a la noche, a la luna… Y a su madre.



                                                                                                  IV



—¿Qué se siente, cariño?
     El loro al que está abriendo el abdomen con un bisturí para vaciarle las entrañas, no puede responder. Y no porque no supiera hablar. Había aprendido a decir un buen puñado de palabras, entre ellas “cariño”. De tanto oírsela a su dueño, había pasado a repetirla a todas horas. Pero ahora está muerto.
     Procede al vaciado del animal de manera pulcra y meticulosa, con la precisión de un cirujano. Su amor-odio por los animales viene de muy pequeño. De cuando hacia pelear insectos, invertebrados y otros pequeños animales en su vieja caja de zapatos convertida en ring de boxeo. Más tarde fueron ardillas, gatos o perros. Le encantaba el sonido de sus huesos al crujir. Sobre todo, cuando les partía el cuello o la columna vertebral. Su última gran afición es la taxidermia. Y le encanta practicarla sobre todo con aves. Las caza o las compra. Después de tenerlas por compañeras durante un tiempo, las diseca. Tiene una buena colección de ellas; búhos, lechuzas, halcones, cuervos, urracas, palomas… El loro ha sido su última adquisición. Y ahora es también su último trabajo. En el sótano de casa alberga su espléndida colección. Se siente muy orgulloso de ella.
     Unas toses ahogadas al otro lado de la habitación le desconcentran y hace una mala incisión en la carne del animal. Aquello le pone furioso. No soporta que le interrumpan por nada del mundo cuando está trabajando. Se vuelve hacia la cama que hay tras él. Tendida en ella, hay una chica desnuda. Tiene una mano amputada y metida dentro de la boca. El muñón está cauterizado. La otra mano y los pies están atados a los postes de la cama. La extremidad hundida casi en su garganta hace que la muchacha tenga arcadas y apenas pueda respirar. Deja en la mesa al animal y sus útiles de trabajo. Se levanta y acerca hasta la cama con gesto furioso. Y, al mismo tiempo, esbozando una encantadora sonrisa. El rostro de la chica es una máscara de terror. Cuando lo ve acercarse, sus ojos están a punto de salirse de las cuencas. Tiene el cuerpo cubierto de heridas y moratones. Le faltan los dos pezones y la sangre reseca que ha manado de ellos cubre sus grandes pechos como lava derramada por las laderas de un volcán. Le ha quemado el vello púbico con un soplete antes de violarla. No lo soporta desde que se lo viera a su madre desnuda de pequeño.
     —¡Me dijiste que ibas a estar callada! —le recrimina— ¡No puedo concentrarme en el trabajo si haces ruido! ¡Y mi madre está durmiendo arriba… la vas a despertar! —Le introduce la mano cercenada aún más al fondo de la garganta, apretando con todas sus fuerzas. La chica se debate, intenta respirar, patalea. Él sonríe y la besa con suavidad en la frente. Cuando cesan los últimos estertores, le extrae la mano y la lanza hacia un lado. Se vuelve hacia el loro.
     —Me temo que vas a tener que esperar un ratito más —Coge el bisturí de la mesa y  empieza a abrir el abdomen de la muchacha. Últimamente se ha aficionado también a la disección de seres humanos. Especialmente del género femenino. Y le gusta abrir los cuerpos cuando aún están calientes…

                                                              

                                                                                                    V



Hay un enorme y profundo lago a tan sólo un centenar de metros de la parte trasera de la casa. Allí se deshace de la mayoría de las chicas violadas, torturadas, asesinadas y descuartizadas. Lleva los cuerpos, o los restos de ellos, en el maletero de su coche hasta un bote con remos que tiene amarrado en el embarcadero. Siempre lo hace de madrugada, al abrigo de la luz y miradas curiosas. Rema hasta el centro del lago y allí lanza los cadáveres, lastrados con pesadas piedras para que se hundan, por la borda. En aquella zona, el lago tiene más de doscientos metros de profundidad. Los grandes y feroces peces que habitan aquellas aguas seguro que se encargan de eliminar cualquier rastro de carne y vísceras. También de cualquier otro tipo de prueba que haya podido quedar en los cuerpos, aunque suele ser muy meticuloso en ese aspecto. Los huesos descansarán para toda la eternidad en el fondo del lago, lejos de poder ser vistos o hallados por nadie. Ni siquiera los submarinistas que a veces se dejan caer por allí se sumergen tan profundo. Es un método mucho más eficaz que enterrarlos bajo tierra, donde por algún descuido o casualidad puedan ser descubiertos.
     Aunque él no cree ser el responsable de la muerte de ninguna de esas chicas. Siempre las encuentra ya muertas y sin ningún recuerdo de lo sucedido. Hay una especie de vacío y oscuridad en su mente desde el momento en que las conoce hasta que las encuentra sin vida. ¿Amnesia? Es algo tan doloroso para él que piensa que quizá sea una reacción de su cerebro para no causarle más sufrimiento. Como si decidiera borrar de su memoria ciertas escenas terribles que podrían traumatizarle. Porque, en el fondo de su mente, sabe lo que está ocurriendo. Es su madre la que se deshace de todas aquellas muchachas. Siempre lo ha querido solo para ella. Jamás soportó la idea de compartirlo con alguien más. Cada vez que intentaba entablar una relación con alguna chica, los celos de ella no podían aceptar la situación.
     —¡Cariño, esa ramera no te conviene! —Solía decirle cada vez que le presentaba a alguna. Y tenía una ligera idea de lo que sucedía después. Le echaba alguna droga en la comida o bebida y, cuando él estaba sedado e inconsciente, las asesinaba para apartarlas de él. Era tal el odio que le producían, que en algunos casos se ensañaba con ella de manera espantosa y cruel; descuartizándolas, sacándoles las vísceras, violándolas con algún objeto contundente… Después él las encontraba y no le quedaba más remedio que limpiar todo el estropicio y deshacerse de los cuerpos en el lago. Porque aunque repudiara y condenara de manera tajante el comportamiento de su madre, la quería más que a su vida. Pese a sus diferentes puntos de vista y desencuentros, pese a sus continuas peleas y discusiones, pese a que le siguiera llamando “cariño”, era su deber protegerla. No podía consentir que la policía tuviera conocimiento de nada de aquello. Tenía que ocultarlo y cuidar de su madre, era su obligación como hijo único y ejemplar.
     Volvió a la casa. Tenía que revisar toda la escena del crimen para limpiar cualquier rastro de sangre, cabello o ropa. No recibían apenas visita alguna. Pero, de vez en cuando, sí que paraba alguien a alojarse en el pequeño motel que su madre y él regentaban y que estaba al lado de la casa. La carretera interestatal no pasaba por allí, por eso solo algún viajero perdido o despistado daba con sus huesos en aquel lugar. Pero siempre había que tener el máximo cuidado y precaución por si alguno de aquellos visitantes era demasiado curioso. Podía ver cosas que no debía. Aunque a la casa jamás subía nadie, no estaba de más ser precavido. Cuando se cercioró de que no quedaba ninguna huella o resto de lo sucedido, volvió a su trabajo en el sótano de la casa.
     Pese a que su gran pasión seguía siendo la taxidermia, una nueva afición ocupaba últimamente gran parte de su tiempo. Y como era algo relacionado con lo anterior, también se le daba de maravilla. Estaba confeccionando un vestido de piel humana para su madre. Aquellas muchachas ya estaban muertas… y desperdiciar aquel material tan delicado y maravilloso que ya no podrían lucir, hubiera sido una lástima. Así que despellejaba a las muchachas con sumo cuidado para secar y guardar la piel. Muchas de las pieles estaban tan desgarradas e inservibles por la violencia que tenía que desecharlas. De otras sólo podía rescatar algunos pequeños retales. Y muchas partes también se le rompían, así que tenía que coserlas con fragmentos de otras para unirlas entre sí. Era un trabajo delicado y meticuloso, pero le encantaba. Sentía especial predilección por la piel humana desde que se había enamorado de la de su madre. La de ella estaba ahora vieja y marchita, así que había pensado que sería estupendo regalarle un nuevo y precioso vestido de piel humana. Estaba convencido de que le gustaría mucho. Y no podría reprocharle nada. Total, a aquellas chicas las asesinaba ella…



                                                                                                      VI



Es una lluviosa noche de otoño. Su madre y él están en la habitación de arriba. Ella duerme sentada en una silla. Él está a punto de bajar de cenar. En esos momentos, el ruido del motor y las luces de un coche llaman su atención. Se asoma con cuidado a la ventana. Un automóvil acaba de aparcar delante del motel. Se apagan las luces y del interior del vehículo sale una joven rubia. Parece muy guapa. Corre a refugiarse de la lluvia al cuarto de recepción del motel.
     —Madre, tenemos un nuevo huésped. Tengo que bajar a atenderla…
     —¿Atenderla? ¿Acaso es otra de esas sucias rameras que tanto te gustan?
     —Madre, es una clienta. Está abajo esperando…
     —¡Dile que está cerrado! ¡No queremos furcias baratas en nuestra casa!
     —No está en nuestra casa. El motel está abierto a todo el mundo. Tengo que ir…
     —¡Está bien! ¡Pero ten mucho cuidado con ella, cariño!
     —¡¡No me vuelvas a llamar así!! —Estalla por fin en un rugido. Se vuelve y mira con furia a su madre.
   Sale corriendo de la habitación y baja a toda prisa las escaleras. Está harto de su madre. No va a consentir que se entrometa entre esa linda muchacha y él. Es sólo un huésped pero… ¿quién sabe? Quizá pueda entablar conversación con ella. Puede invitarla a cenar con él… ¡Sí, eso hará! Le ofrecerá tomar un aperitivo con él, abajo en el motel. Y le explicará su afición a la taxidermia. Seguro que le entusiasma. Tal vez consigan hacerse amigos. Y después le dará la habitación número 1, justo al lado de la recepción. Para no perderla de vista. Pero tendrá que vigilar de cerca a su madre. Esta vez se andará con cuidado. Con mucho cuidado… Se detiene y se vuelve a mirar atrás. Hacia las escaleras y el piso de arriba. Hacia su madre. 
      —¡Me llamo Norman, madre! ¡Norman Bates! 


(Con todo mi cariño al maestro Alfred Hitchcock.)


Juanma Nova García
                                                               

martes, 12 de enero de 2016

MIRADAS

Se sentaron frente a frente, contemplándose. Alzaron las manos, poco a poco, y las colocaron a ambos lados de sus rostros, como quien sostiene el mundo en el aire, casi sin tocarlo, pero rozando la eternidad.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la vida a la esperanza.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la paciencia a la confianza.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la sabiduría a la enseñanza.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó el amor a la pasión.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la humildad a la admiración.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la magia a la ilusión. 

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la música a la canción.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó el beso al beso, la caricia a la caricia, el susurro al susurro, la mirada a la mirada, la letra a la letra, la mano a la mano, la piel a la piel, el corazón al corazón...

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó.

Y se quedaron; rozando con sus dedos el infinito y mirándose hasta que se les gastaron las pupilas.


Juanma - 12 - Enero - 2016








miércoles, 23 de diciembre de 2015

JINGLE BELLS

El reloj del campanario de alguna iglesia dio las doce de la medianoche. Las calles estaban desiertas y el silencio era sepulcral, casi fantasmagórico. Una densa niebla había caído al anochecer tornando la ciudad en una bella postal londinense. Era Nochebuena y a esa hora la mayoría de la gente permanecía en sus casas ingiriendo cantidades inverosímiles de alcohol, alimentos, abrazos y cursilerías varias. Otra tanta, menos cada año, acudía a la llamada de parroquias como la que acababa de tañer sus campanas para asistir a la tediosa misa del gallo. En un callejón solitario y casi a oscuras cercano a aquella iglesia, una figura envuelta en raídas mantas rebuscaba entre los cubos de basura. Era el contraste entre la opulencia y derroche de algunos en aquellas fiestas y la miseria e indigencia de otros. Pero para aquel pobre mendigo andrajoso, aquella noche significaba también un motivo de celebración. No porque le gustara la Navidad, a la que despreciaba con todo su alma, sino porque aquella noche los cubos de basura rebosaban de sobras de manjares exquisitos y postres deliciosos que la gente desechaba de sus mesas tras el atracón navideño.
     Acababa de encontrar un pequeño tesoro en forma de tarta de queso cuando otra figura encapuchada apareció en la entrada del callejón. El anciano mendigo le dirigió una mirada hostil. Aquél era su territorio, aquéllos sus cubos y todo lo que contenían, sus pertenencias. Pero como era Nochebuena, decidió que podría compartir parte de su botín con aquel otro pobre hombre. Siempre que sus intenciones fuesen buenas y no viniera con intención de buscar pelea o querer apropiarse del callejón. Había muchos como aquél en la ciudad. Cuando se acercó y estuvo a una distancia suficiente como para poder distinguir algo de entre las sombras siniestras, comprobó que no era una capucha lo que cubría la cabeza del extraño, sino un gorro rojo. Aquel personaje que se acercaba era un puto Papá Noel. ¡Cómo odiaba a aquellos malditos gordos asquerosos que estaban por todas partes y a todas horas aquellos días! ¡Con sus ridículos trajes rojos, su hipócrita sonrisa y su jodido Ho Ho Ho!
       —¡Ho Ho Ho! —exclamó el recién llegado como si le hubiera leído el pensamiento— ¡Feliz Navidad!
    —¡Feliz Navidad una mierda! —masculló el viejo— ¡Cómo se nota que no pasas hambre, gordo cabrón! Esa barriga no la has conseguido comiendo verdura…
     —¡Tranquilo amigo, tengamos la fiesta en paz!¡No sé a qué viene tanta hostilidad! Sólo me he acercado a saludar y ver si querría aceptar un humilde regalo de Papá Noel. ¡Es Navidad!
     El mendigo siguió mirándole con recelo y hostilidad, pero su corazón se ablandó un poco cuando vio que aquel hombre le ofrecía un paquete envuelto en papel de regalo y con un lazo blanco alrededor que acababa de sacar del enorme saco gris que portaba a la espalda.
     —No quiero nada. No necesito nada salvo encontrar algo de comida cada día para poder seguir viviendo.
     —Un pequeño obsequio no le va a hacer ningún daño. No es justo que todos esos niños que disponen de todas las comodidades del mundo en sus hermosas casas tengan docenas de regalos y la gente que más lo necesita se quede sin nada.
     —No sé… —El pobre anciano seguía titubeando indeciso, pero ya sentía cierta curiosidad ante lo que pudiera contener aquella misteriosa caja.
     —No tengo toda la noche… —añadió Papá Noel.
     —Tal vez… —empezó a ceder por fin ante la insistencia.
   —¡Vamos, cójalo!¡Es suyo! —le apremió el amable y jovial bonachón. Estiró la mano acercando el paquete al vagabundo. Éste alargó a su vez la suya con cuidado. Seguía sin confiar demasiado en aquel tipo. Nadie ofrecía obsequios a los viejos, los pobres y los indigentes. ¡Pero caramba, a caballo regalado no había que buscarle caries! Aferró el paquete con la mano derecha.
     Todo sucedió en un relámpago. El pobre diablo ni siquiera se enteró de qué había sucedido. Un instante antes tenía aquello en la mano. Después un resplandor surgió de la nada surcando la noche y las tinieblas del callejón. Y ahora su mano derecha estaba en el suelo, aferrando aún el regalo, cercenada de su muñeca. Del muñón le brotaba ahora un espeso chorro de sangre que salpicaba las mantas y su rostro. Papá Noel sujetaba un enorme machete que había sacado con la otra mano de un bolsillo oculto bajo el engañoso traje y reía a carcajadas.
     —¡Ho Ho Ho!¡Ho Ho Ho!¡Ho Ho Ho!
     —¿Pero qué demonios…? —El mendigo miraba confundido en todas direcciones; primero a su mano, después al muñón y seguidamente a su agresor.
     —Así que gordo cabrón, ¿eh? Así que lo único que deseabas era seguir viviendo, ¿eh? —le preguntó mientras que, con una lengua sibilante, lamía la sangre que goteaba del cuchillo— Lo siento, deseo no concedido. Eso tenías que habérselo pedido a los Reyes Magos.
     El pobre vagabundo ni siquiera pensó en salir corriendo. Tampoco le hubiera dado tiempo. Papá Noel se acercó a él y con el afilado machete le abrió en canal desde la ingle hasta el esternón. Los intestinos se abrieron paso hacia el exterior, desparramándose como un ovillo de sucias y oscuras lombrices por el suelo.
     —¡Feliz Navidad! —canturreó en su oído mientras le rebanaba la garganta y, cerrando los ojos, abría la boca sobre la herida abierta y succionaba con deleite la sangre tibia que brotaba de ella, deleitándose con aquel salado sabor a hierro que abría las puertas de su alma y su percepción de par en par, transportándolo a perdidas y recónditas regiones del subconsciente que no era capaz de visitar en ningún otro momento de su vida cotidiana. Se dejó llevar por un éxtasis inimaginable.
     Aquella época del año era la mejor para su misión. Había cientos de aquellos personajes disfrazados por todas partes y podía pasar desapercibido haciéndose pasar por uno de ellos. Conocía de memoria las cuatro frases amables que tenía que decir a la gente con la que se cruzase. Sabía comportarse como era debido en según qué situaciones. Podía ser tan altruista, cariñoso y entrañable como un puñetero ángel del cielo. Y en la quieta y silenciosa madrugada, viejos solitarios como aquél, prostitutas haciendo la calle o algún que otro borracho perdido de vuelta a casa, resultaban un objetivo tan sencillo como apetitoso. Por supuesto, los niños y jovencitas eran su plato preferido y perdición, pero casi siempre iban acompañados de adultos. Aunque alguno también se dejaba camelar y caía en sus redes de vez en cuando. Le resultaba gracioso recordar cuando su madre le asustaba de pequeño con aquel cuento de que si se portaba mal se lo llevaría el hombre del saco. Ahora el portador del saco era él.
—¡Ho Ho Ho!
     Siempre repetía el mismo ritual. Cuando se había saciado de sangre, su licor navideño favorito por excelencia, les cortaba la cabeza y las echaba a su saco lleno de regalos. Cuando terminaba su cacería nocturna regresaba a su casa, muy alejada de la ciudad, gente curiosa e indiscreciones, y allí abría las cabezas para vaciarlas (¡los sesos en salsa y una copa de buen vino tinto le volvían loco!) y disecarlas a continuación. En la parte trasera de la casa, en una pequeña parcela que había aislado rodeándola de un alto y grueso muro de piedra, crecía un pequeño bosque de abetos. Sus preciosos árboles de Navidad. Cada año colgaba sus trofeos disecados de uno de ellos. Recordaba con particular cariño y entusiasmo el año 2007. De las ramas de aquel árbol colgaban diecisiete hermosas cabezas.
     El reloj del campanario de alguna iglesia dio la una de la madrugada. Le gustaba el canto de las campanas en el silencio de la noche. Terminó de lamer los restos de sangre que se habían coagulado alrededor del tajo de la garganta y se dispuso a cercenar la cabeza. Quedaba mucho trabajo por hacer y una larga noche de paz y amor por delante. Pero antes debía cambiarse la barba. Siempre le pasaba lo mismo. Se olvidaba de quitársela para beber y la dejaba toda pringada de sangre.

Juanma - 15 - Diciembre - 2014

                                       

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL REY DRUIDA

En los días en que el rocío de la creación aún estaba húmedo sobre la tierra, Elphín era señor de los nueve reinos de Rieland, y de los cinco mares que los circundaban. Al despertarse un día en Celydon, su principal fortaleza, contempló las agrestes colinas rebosantes de toda clase de vida y decidió reunir a sus hombres para organizar una cacería.
    La próspera zona del reino en la que Elphín solía cazar era conocida como Lloerg Fyn. Se puso en marcha hacia ella de inmediato con una considerable hueste de hombres de confianza y cabalgaron buena parte de la mañana, hasta cuando el sol comenzaba a imponerse a las brumas de la mañana para reinar otro día más sobre el mundo.
   Desmontaron para descansar y almorzaron en una gruta y, antes de que el astro rey calentara, se adentraron en la espesura de los bosques de Lloerg Fyn, donde soltaron a los perros. Elphín hizo sonar su cuerno de caza, reunió a sus huestes y, como era el jinete más rápido, salió al galope detrás de sus canes.

    
    Siguió a la primera presa que atisbó y, al poco tiempo, sus compañeros lo perdieron de vista y quedaron rezagados en la espesura. Mientras seguía los gritos de su jauría, escuchó a lo lejos los ladridos de otra, muy diferente de la suya, que parecía dirigirse hacia él y cuyo estruendo pavoroso helaba el aire. Cabalgó hasta un claro que se abría cerca, un terreno amplio y llano donde encontró a sus perros agazapados y lívidos de terror junto a unos arbustos, mientras la otra jauría corría detrás de un magnífico venado. Y he aquí que, mientras él observaba, los extraños mastines alcanzaron al animal derribándolo al suelo.
    Se acercó sin desmontar y notó entonces un extraño y peculiar olor que envolvía como una manta a los animales. De todos los perros de caza del mundo que había conocido, jamás había encontrado alguno como aquellos; el pelaje que los cubría era de un blanco reluciente y puro, casi albino, y el de sus orejas, rojo como sangre fresca, brillaba con igual pureza que el de sus cuerpos. Elphín cabalgó hasta los extraños animales y los dispersó, dejando a sus perros la pieza cobrada por los otros.
    Mientras sus hombres cargaban el enorme ciervo y él daba de comer a sus canes, apareció de repente ante él un jinete montado en un hermoso e imponente caballo negro, con un cuerno de caza colgado al cuello y camisa, calzas y botas grises por todo atuendo. Se acercó y habló:
    —Señor, sé quién sois, pero no os saludo.
    —Tal vez vuestro rango no lo requiera —contestó Elphín.
  —¡Los dioses son mis testigos! —exclamó el jinete— No es mi dignidad o la obligación del rango las que me lo impiden.
   —¿Qué otra cosa entonces, señor?¡Decídmelo pues!
   —Puedo y quiero —replicó el desconocido con voz hosca— ¡Juro por los dioses del cielo y de la tierra que es por vuestra propia ignorancia y descortesía!
   —¿Qué falta de cortesía para con vos habéis visto en mí? —preguntó Elphín, al que no se le ocurría ninguna.
   —No he visto jamás mayor desconsideración en ningún hombre —replicó el extraño—, que espantar a la jauría que ha cobrado una pieza y lanzar a la propia sobre ella. ¡Qué deshonra! Eso demuestra una deplorable falta de respeto. No obstante, no me vengaré de vos, aunque bien podría. Pero haré que un bardo os satirice en todos los rincones de vuestros reinos por un valor al que mil ciervos no competirían en precio.
   —Señor –le rogó Elphín compungido—. Si he cometido una equivocación, os pido disculpas y desearía que hiciéramos las paces.
   —¿En qué términos?
   —Aquellos que vuestro rango, cualquiera que sea, requiera.
   —Conocedme, pues. Soy rey elegido y coronado del reino del que procedo.
   —¡Qué prosperéis con grandeza! —le deseó Elphín— ¿Qué reino es ése, mi señor? Yo mismo soy rey de todas las tierras que conozco.
   —Ese reino es Arawn —respondió con solemnidad el jinete—. Soy Anawn de Arawn.
   Elphín se quedó mudo de asombro al oír ese nombre, ya que traía mala suerte conversar con alguien de las tierras oscuras… y más aún con el misterioso Rey Druida. Pero como se había comprometido a pagar su deuda, no tenía otra elección que mantener su palabra si no quería provocar mayor deshonor y desgracia sobre su reino y su propia persona.
   —Decidme pues, ¡Oh Rey!, si así lo queréis, cómo puedo enmendar mi desagravio y recuperar vuestra estima y obedeceré de buen grado.
   —Escuchádme, Rey Elphín; así la recuperaréis —explicó Anawn—. Un hombre cuyo reino limita con el mío me declara la guerra continuamente. Es Gudwyn, un noble traidor de Arawn.
   “Si me liberáis de su acoso —continuó—, lo cual para un gran rey como vos no debería resultar difícil, el daño será reparado, la deuda saldada y vos y vuestros descendientes seguiréis viviendo en paz conmigo y manteniendo el honor que se os supone.
   El Rey Oscuro pronunció unas misteriosas y arcanas palabras en un idioma desconocido y Elphín tomó la apariencia de Anawn, de modo que hubiera sido imposible diferenciarlos.
   —Como podéis comprobar, ahora tenéis mi forma y aspecto; por lo tanto, id a mi reino, ocupad mi lugar y gobernad como más conveniente creáis hasta que, a partir de mañana, se cumpla justo un año. Transcurrido ese tiempo volveremos a encontrarnos en este mismo lugar.
   —¿Y cómo reconoceré al enemigo del que me habláis? —preguntó Elphín.
   —Gudwyn y yo estamos comprometidos por un juramento a encontrarnos dentro de un año, esta misma noche, en el vado del río que separa nuestras tierras. Tú estarás en mi lugar, y si le asestas un único golpe mortal, no sobrevivirá. Pero por mucho que te suplique que le golpees de nuevo y le remates, no lo hagas; ni siquiera le escuches. Yo he luchado muchas veces contra él y después de rematarlo, por algún extraño conjuro, siempre reaparecía ileso y sin un rasguño a la mañana siguiente.
   —Muy bien —concedió Elphín—, haré lo que pedís. Pero, ¿qué le sucederá a mi reino durante mi ausencia?
   Anawn pronunció de nuevo aquellas palabras antiguas y oscuras y pasó e tomar el aspecto de Elphín.
   —Ningún hombre o mujer de tu reino notará el cambio —aseguró—. Yo ocuparé tu lugar, al igual que tú lo harás con el mío.

   Y de esta forma se pusieron en marcha. Elphín cabalgó a las profundidades del reino de Anawn y llegó varios días después a su castillo, con los más hermosos torreones, almenas, salones, patios y dormitorios que hubiera visto jamás. Los sirvientes salieron a recibirlo y le ayudaron a quitarse el traje de caza; a continuación lo vistieron con las más preciadas sedas y le condujeron hasta un gran salón, al que entró también una compañía de soldados, la más espléndida y mejor formada guardia que hubiera imaginado. La reina estaba allí, la mujer más hermosa de todas las de su época, como bien cantaban en sus canciones los bardos, ataviada con una túnica de terciopelo azul con bordados de oro y una larga melena de rizos y bucles rubios que brillaba como la luz del sol sobre el trigo dorado.
   La reina ocupó su lugar a la diestra de él y se pusieron a conversar. A Elphín le pareció la más encantadora, dulce, considerada, amable y complaciente de las compañeras. Su corazón se deshacía por ella, y deseó con todo su pensamiento llegar a tener algún día una reina para él la mitad de noble y hermosa que aquella. Pasaron la cena en agradable conversación, entre buenos manjares y exquisito vino, bellas canciones y entretenimientos de toda clase.
   Cuando llegó la hora de dormir, ambos se fueron al lecho. Sin embargo, tan pronto como estuvieron acostados, Elphín se volvió de cara a la pared dando la espalda a la reina. Así sucedió cada noche desde entonces en el transcurso del año siguiente. Cada mañana volvía a reinar el afecto y la ternura entre ellos, pero no importaba. Pese a la amabilidad que pudiera existir en las palabras que se dirigían durante el día, no hubo ni una sola noche diferente de la primera.
   Elphín pasó aquel año entre celebraciones y cacerías al tiempo que gobernaba el reino de Arawn equitativamente, con sabiduría y justicia, hasta que llegó la noche, recordada muy bien incluso por el más humilde habitante del reino, en que debía tener lugar el duelo con Gudwyn. Se preparó pues para asistir al encuentro, al sitio acordado, acompañado por los nobles de su reino.
   Cuando llegaron al vado, apareció un jinete que gritó:
   —¡Caballeros, prestad atención! Este es un encuentro entre dos caballeros, y entre sus dos cuerpos tan sólo. Cada uno de ellos reclama las tierras del otro, por lo tanto, apartémonos y dejemos que diriman entre ellos sus diferencias.
   Los dos jinetes cabalgaron al encuentro sin apartar el uno la mirada del otro ni un sólo instante. Elphín arrojó su lanza y la clavó en medio del emblema del escudo de Gudwyn, partiéndolo en dos y provocando que cayera hacia atrás, sujetando aún su lanza sobre la grupa del caballo, yendo a dar con sus huesos en tierra, con una profunda herida en el pecho, allí donde la lanza había seccionado el escudo.
   —¡Gran Señor! —gritó Gudwyn— No conozco ninguna razón por la que deseéis hacerme sufrir. Ya que me habéis herido de muerte, os suplico por todos los dioses que pongáis fin a mi sufrimiento.
   —Señor —respondió Elphín recordando el aviso de Anawn—, lamento tener que hacer esto. Encontrad a otro hombre que os mate, pues yo no lo haré.
   —Leales caballeros —suplicó Gudwyn a sus señores—, sacadme de aquí. Mi muerte es segura ahora y ya no podré proporcionaros más mi apoyo.
   Elphín, que para todos los presentes era Anawn, se volvió hacia los nobles caballeros y exclamó:
   —¡Súbditos míos, poneos de acuerdo ahora y decidid quién me debe lealtad!
  —¡Rey Anawn! —exclamaron todos, tanto del bando propio como del ajeno— ¡Todos os la debemos, ya que no hay más rey ahora que vos en Arawn!
   Y entonces le rindieron homenaje, le juraron obediencia y pleitesía, y Anawn tomó posesión de todas las tierras en litigio. Al mediodía de la mañana siguiente los dos reinos ya estaban en su poder, así que se puso en marcha para cumplir su cita con el otro rey, que aguardaba su llegada. Y ambos se alegraron de volverse a ver.
   —¡Qué los dioses os recompensen por vuestra amistad hacia mí! —exclamó alegre el verdadero Anawn— ¡Me he enterado de vuestro éxito!
   —Sí —replicó Elphín—, cuando lleguéis a vuestro hogar podréis comprobar que vuestros dominios han crecido.
   —Escuchadme pues —dijo Anawn—. En agradecimiento, cualquier cosa que hayáis deseado de mi reino será vuestra.
   Entonces Anawn pronunció las ya conocidas palabras mágicas y se produjo de nuevo la transformación, recuperando cada rey su apariencia verdadera, tras lo cual ambos regresaron de nuevo a sus respectivos reinos. Cuando Anawn llegó a su castillo, se sintió muy feliz y complacido de volver a encontrarse de nuevo entre los suyos. Sobre todo de volver a tener entre los brazos a su amada reina, a la que tanto había echado de menos en el último año. En cambio, los soldados y sirvientes, que no habían sentido su falta ni vieron nada extraño en su presencia allí, le trataron como de costumbre.
   Pasó el día disfrutando de su compañía y conversación. Después de la cena y las diversiones, cuando llegó el momento de irse a dormir, la reina y él se acomodaron en su lecho. Al principio el rey le habló, luego la acarició cariñosamente, y después hicieron el amor. Ella, que hacía ya un año que no conocía tal cosa, se dijo para sí:
   “¡Palabra de honor, que diferente esta noche de cómo se ha comportado durante el último año!”
   Y pensó en ello durante toda la noche. Y seguía pensando cuando Anawn despertó y le habló. Al no obtener respuesta de ella, la interpeló de nuevo, y a continuación una tercera vez. Finalmente, le preguntó:
   —Mujer, ¿por qué no me contestas?
  —Te diré la verdad —respondió volviéndose hacia él—. No había hablado nada durante un año en estas mismas circunstancias.
   —¡Mi señora! Yo creía que habíamos hablado continuamente, como siempre.
  —¡Qué me muera de vergüenza —replicó la reina—, si durante este último año, desde el momento en que nos metíamos entre las sábanas, ha habido cariño o conversación entre nosotros; ni tan siquiera me mirabas a la cara! ¡Mucho menos cualquier otra cosa!
   “Dioses del cielo y de la tierra, pensó Anawn, qué hombre tan extraordinario he encontrado como amigo. Una amistad tan fuerte e inquebrantable merece ser recompensada”.
   Y le explicó a su esposa todo lo que había sucedido en el último año.
   —Confieso —explicó ella cuando él hubo terminado—, que en lo que respecta a luchar contra la tentación y mantenerme fiel a ti, encontraste un magnífico aliado.
   Entretanto Elphín llegó a su propio reino y empezó a hacer preguntas entre sus nobles y siervos para sondear lo acontecido durante el último año sin que ellos sospecharan nada.
   —Rey y señor —le dijeron—, vuestro criterio no pudo ser mejor, nunca os habíais mostrado tan amable y comprensivo, y jamás tan dispuesto a utilizar vuestros bienes en favor del pueblo. A decir verdad, nunca habíais gobernado con tanta justicia como el pasado año. Por consiguiente, os damos las gracias de todo corazón.
   —¡No me deis las gracias a mí! —replicó el rey— Dádselas más bien al hombre que ha realizado todas esas acciones en mi lugar –observó que lo miraban boquiabiertos y procedió a relatarles la historia. Todos se asombraron de su lealtad y castidad.
   Porque Elphín, a pesar de ser un rey apuesto y aun joven, no tenía reina. Recordó a la hermosa dama que había sido su supuesta esposa en Arawn y suspiró por ella, dando largos paseos nocturnos por las solitarias colinas que circundaban su palacio.
   Una noche, a la hora del crepúsculo, se encontraba de pie sobre un montículo de piedra contemplando parte de la inmensidad de sus dominios, cuando ante él apareció un anciano que le dijo:
   —Es característico de este lugar que quien se siente sobre este promontorio, sufrirá en breve un profundo cambio en su vida; o bien recibirá una herida terrible y morirá, o bien presenciará un maravilloso prodigio.
   —La verdad es que en mi presente estado, poco me importa vivir o morir, pero bien que podría animarme algo el contemplar una visión maravillosa. Por lo tanto, aquí seguiré posado y que acontezca lo que deba ser.
   Elphín siguió sentado mientras el anciano desaparecía tras el recodo de un camino. De pronto contempló a una mujer montando una magnífica yegua blanca, pálida como la luna cuando se alza sobre los campos en la época de la cosecha. Iba engalanada con telas y sedas bordadas en plata y oro y cabalgaba hacia él con paso lento y firme.
   El rey bajó de su improvisado trono para ir a su encuentro, pero cuando llegó al camino que discurría al pie de la colina, ella se había alejado. La persiguió tan deprisa como sus pies podían llevarle, pero cuanto más intentaba darle alcance más se distanciaba ella. Por fin abandonó la persecución y regresó a sus aposentos.
   No obstante, pensó en aquella visión toda la noche y concluyó:
   “Mañana por la noche, me sentaré de nuevo en el mismo sitio y llevaré conmigo el caballo más veloz de todo el reino”.
   Así lo hizo. Y una vez más observó a la doncella que se acercaba. Elphín saltó sobre la silla de su corcel y lo espoleó para salir a su encuentro. Sin embargo, a pesar de que ella mantenía a su espléndida montura al paso, y él marchaba al trote, cuando llegó al pie de la colina, ella se hallaba ya demasiado lejos. El caballo del rey salió como un rayo al galope tras su estela pero, aunque volaba veloz como un huracán furioso, no le sirvió de nada; cuanto más rápido la perseguía, más era la distancia que se interponía entre ellos.
   Elphín se maravilló de aquel extraordinario suceso y dijo:
   —Por los dioses que es inútil perseguir a la dama. No sé de ningún caballo que sea más rápido que éste y ni siquiera ha conseguido acercarse un poco más de lo que estaba al principio —y su corazón se sintió tan desdichado que gritó invadido por un gran dolor mezclado con rabia:
   —¡Doncella, por el bien del hombre al que améis, esperadme!
   La mujer se detuvo y volvió hacia él. Cuando llegó a su lado, retiró el velo de seda que le cubría el rostro. Y he aquí que se encontró con la mujer más bella y hermosa que hubiera contemplado cualquier mortal de sus nueve reinos. Más bella que una primavera entera sembrada de flores, que la primera nevada del invierno, que el cielo estrellado de una noche de verano, que los colores ocres del otoño.
   —Os esperaré de buen grado —comentó risueña—: y hubiera sido mejor para vuestro caballo si lo hubieseis pedido antes.
   —Señora —dijo él amablemente—, ¿de dónde venís? Y decidme, si podéis hacerlo, la naturaleza de vuestro viaje.
   —Mi señor —añadió la dama en tono respetuoso—, viajo en una misión secreta y me alegro de encontraros.
   —Sed bienvenida entonces —saludó Elphín, mientras pensaba que la belleza junta de todas las hermosas damas que había conocido, eran insignificantes comparada con aquella musa de ensueño.
   —¿Cuál es entonces, si me permitís preguntarlo, el motivo de esa misión?
   —Por supuesto que podéis; el motivo de mi búsqueda no era otro que vos.
   Elphín sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
   —Esa resulta ser una excelente búsqueda desde mi punto de vista pero, ¿quién sois?
   —Mi nombre es Rhiannon; soy hermana de Anawn de Arawn.
   El rey no daba crédito a lo que escuchaba.
   —No sabía que mi buen amigo Anawn tuviera una hermana.
   —Ahora lo sabéis —contestó la muchacha—. Además de un buen rey, y de un maravilloso hermano, es un loable amigo para aquellos que se lo demuestran. Aquí estoy para vos, y si me rechazáis, jamás amaré a nadie más.
   Elphín seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo, pero se dejó llevar por la fuerza de aquel maravilloso prodigio y el encanto de la doncella.
   —Hermosa criatura, si pudiera escoger entre todas las mujeres de este mundo y de cualquier otro, mi dama siempre seríais vos.
   La muchacha sonrió, y brilló tal felicidad en sus ojos que Elphín tuvo que entrecerrar los suyos para no quedar cegado.
   —Muy bien, mi señor —dijo Rhiannon—. Venid pues al castillo de mi hermano donde va a celebrarse una gran fiesta, y pedid allí mi mano.
   —Con mucho gusto lo haré —concluyó Elphín inclinándose ante su señora.
   Y así fue como el Señor de los nueve reinos de Rieland y los cinco mares que los circundaban, contrajo matrimonio con la hermana de su buen amigo, Anawn de Arawn, y pudo tener, al fin, su propia reina; Rhiannon, la Reina Druida, con la que compartió un reinado próspero y feliz.



Juanma – 16 Diciembre - 2015