lunes, 28 de marzo de 2016

LOS OLVIDADOS

—¿Me podría servir otra Judas y un chupito de tequila, por favor? La noche es larga al principio, pero al final siempre termina siendo demasiado corta... En fin, como le iba diciendo, una extraña e inquieta melancolía se ha apoderado de mí como un espíritu maléfico en las últimas semanas. Y ya no quedan muchos buenos bares como este donde brindar por los paraísos perdidos… ni por Milton, claro está.

     »Si voy a serle sincero, he de confesarle antes de nada que yo era un olvidado, ¿comprende? No, claro que no lo comprende… ¿Quién podría entenderlo ahora? Mire, le explico; en “Los olvidados”, que era nuestro antiguo club de amores y desamores, aventuras y desventuras, los neones, los hígados y las canciones no tenían horario de cierre. Los fines de semana ni siquiera lo tenían de apertura. Estaba situado en pleno corazón del emblemático barrio de Malasaña, el famoso barrio de "La Movida Madrileña". Recuerdo que en una de las paredes había un enorme cartel de la película de Luis Buñuel, aunque nunca supimos si el nombre del local era una especie de homenaje al film, o no tenía nada que ver y el póster lo colocaron ahí como mera curiosidad. Dee Dee, el camarero, nos servía decenas de penúltimas rondas, con aquel rostro imperturbable de amíyatodomedaigual y esas largas patillas de canalla de movida ochentera, de Kerouac pendenciero, de Dylan trasnochador. Marc destrozaba servilletas y las esparcía en delgadas tiras por el suelo, como confeti caducado, mientras Elena y Carla bailaban sobre ellas. Tras la barra, un reloj de pared parado y anclado eternamente a las tres de la madrugada, en medio de otros dos grandes pósteres del "Nevermind" de Nirvana y el "Blood Sugar Sex Magik" de Red Hot Chili Peppers. Quizá, simplemente, se paró porque se había estropeado; o tal vez sucedía que el tiempo no tenía cabida allí dentro y se quedaba siempre a las puertas del local, diseccionando con sus afiladas agujas el exterior de la ciudad como si fuese una membrana. Y luego estaba Audrey, mi secreto (por aquel entonces) amor platónico, mi querida dj despeinada de asombroso parecido con la actriz de Hollywood, pinchando durante horas y horas discos que eran como concisos simulacros sonoros de nuestras vidas o increíbles orgasmos auditivos. Todo lo que podía tener cabida en este mundo, lo palpable y lo intangible, lo humano y lo espiritual, lo eterno y lo frugal, se encontraba diseminado en pequeñas dosis en todas aquellas canciones. Llevábamos, donde quiera que fuésemos, aquella banda sonora a cuestas. Audrey decía que se baila con la mirada, que la música de verdad nunca vive en los pies ni descansa en unos zapatos. Todos formábamos partes individuales de una indivisible, pintoresca, perdida y olvidada tribu nocturna y noctámbula. Los jóvenes olvidados de Nunca Jamás. ¡Qué nostalgia!...

      »No, tampoco se trata de tristeza como tal en su acepción exacta del término… es solo que cada vez que recuerdo las luces azules y rojas de los neones, la gastada barra de estilo antiguo, el billar de tapiz verde ya descolorido de tanto uso, los sofás de cuero parcheado y ese hondo e inconfundible aroma a barniz, a whisky, a juventud y a madera vieja, la melancolía me trepa por la columna vertebral y acampa a sus anchas en la zona del alma habilitada para ella y me vuelven esas tremendas ganas de fumarme un porro, a pesar de que hace más de diez años que ya no fumo. No pasa un solo día sin que vuelvan a mi cabeza los jodidos recuerdos, todos ellos. Verá, lo importante de “Los Olvidados” era la maravillosa obligación colectiva y autoimpuesta de eliminar el tiempo y el espacio y la distancia, y cualquier otra dimensión existente o imaginada, y la rutina y el aburrimiento y los exámenes y la hipoteca y las facturas y las tarjetas de crédito y el agujero de la capa de ozono y el eterno retorno de las cosas, y la basura de la televisión, y la suciedad de las ciudades, la cirrosis y las pastillas de colores para dormir, o para despertar, los divorcios y los otoños, las malas rachas y las rachas peores, los sueños rotos y las heridas del corazón, los hospitales y los vómitos, las ascuas agonizantes de los calentones y los trenes perdidos u olvidados… eliminarlas todas ellas del fondo del armario de nuestras extasiadas mentes. Le aseguro que lo conseguimos. ¡Vaya si lo conseguimos! Con creces y alevosía. Todo confiado a la promesa de un alto el fuego definitivo y aderezado, mientras tanto, por la alegría de unos cuantos buenos tragos, y esperanzadores besos, y sanadoras risas, y agradables conversaciones para redimirnos del Averno exterior. “Los Olvidados” era nuestro paraíso íntimo, personal, terrenal, perdido y encontrado, un club de olvidados vampiros de las madrugadas mordiéndole las arterias a la ciudad dormida, una banda de ingobernables piratas adictos a la sangre de la noche.

     »Ah, se me olvidaba comentarle que era un lugar secreto, claro está. No vaya usted a pensar que un olvidado lo puede ser cualquiera. No era un pub con las puertas abiertas al público ni a corazones social alquitranados, con licencia en regla, horarios inflexibles y precios estándares fijados por políticos corruptos al cargo de las corruptas instituciones. “Los Olvidados” daba a un sucio patio de luces, con ventanucos polvorientos, al que se accedía por una puerta metálica y herrumbrosa, al estilo de un viejo garaje de mala muerte, con contraseña incluso para los de siempre, para los que frecuentábamos su poética atmósfera y bailábamos dentro de su caparazón de humo durante largas horas que igual podían ser meses que minutos. No éramos delincuentes, ni vagos, ni drogadictos, ni snobs alternativos, ni una loca masonería de alguna antigua logia, ni teníamos grandes (ni pequeños) planes diseñados para cambiar el mundo a corto (o medio) plazo. Solo nos queríamos salvar a nosotros mismos, lo cual era ya un enorme logro en sí mismo, y aunque nos llamasen raros o locos o huraños nos negábamos a vivir en el patético planeta de los sumisos y los arrodillados y los cuerdos. Simplemente estábamos rabiosos, éramos rebeldes con causa contra nuestras propias vidas programadas. La sociedad nos convirtió en olvidados vocacionales y amantes de la libertad y el placer, hastiados de publicidad subliminal, de catálogos de productos milagrosos y asqueroso consumismo, de farolas, semáforos y polución, de interminables colas en centros de ocio e hipermercados a reventar, de oficinas y aleteos de teclados y cementerios, de cibersexo y perfumes baratos, de revistas frívolas y tediosas conversaciones de ascensor, de la polvareda de las obras y el ruido de los andamios, de radio fórmulas y reality shows, de autobuses urbanos contaminados de sudor y prisa, de sueldos de miseria, domingos en standby y podridos protocolos que pautaban como iba a ser nuestra existencia precaria, alienada y aburrida... 

     »¿Que si quiero otra cerveza? Por supuesto, muchas gracias. No me había dado cuenta de que había terminado la anterior. Y otro chupito, si es tan amable. Creo que voy a necesitar la ayuda de ambos. Tanto hablar de recuerdos seca la garganta... y zarandea y estremece los cimientos del corazón. Le contaba de nuestro hastío por la sociedad... Estábamos, hablando mal y claro y alto, hasta los cojones. Inundados de rabia y olvido desde las plantas de los pies al cielo de nuestras quemadas neuronas. Y queríamos ser felices, escapar de esa inmunda y espantosa jaula urbana y mundana que nos congelaba las ansias de seguir respirando, que nos convertía en pájaros idiotizados con alas ortopédicas que merodeaban por las calles de la ciudad trabajando por cuatro míseros duros, que se sentían anodinos en las gasolineras, desubicados en las iglesias y extraviados en los parques, que se creían todo lo que decían los telediarios, que saciaban su hambre con comida enlatada y sin alma, y su necesidad de cariño o de sexo o de compañía con un polvo salpicado de urgencia y vodka y desidia. Nos negábamos a ser pájaros domesticados con plumas sintéticas que no se reconocían a sí mismos ni gozaban del aire por el que volaban. Los tan publicitados y vendidos remedios contra la rabia y la frustración no se encontraban en la televisión ni en las malditas farmacias, ni siquiera en los jodidos burdeles ni en las enormes discotecas donde subastabas tu futuro al precio de una pastilla o un tripi; y por supuesto que nuestras alas, nuestro espíritu de evasión, no se cernían a una nebulosa de alcohol encadenada con grilletes a la bruma soporífera de la del día siguiente. Éramos razas de la noche, sí. Pero más poetas que borrachos. Mitad Blake mitad Bukowski. Aunque, eso sí, queríamos borrar nuestras coordenadas de todos los putos mapas, rociar de gasolina y prender fuego a las jodidas facturas y los puñeteros horarios, engatusar y hacerles el amor a las musas y enamorarnos de las melodías de los violines y las guitarras. Una y otra vez. Todas y cada una de las madrugadas. Un ciclo que nos devolviese poco a poco toda la fe en nosotros mismos que habíamos ido perdiendo y desperdigando por el camino: a base de caricias si era posible, o de machetazos si no nos quedaba otra. Alérgicos al desencanto y dueños aún de un pequeño pedacito de naturaleza pura y auténtica y libre que nos empeñábamos en cuidar y preservar del virus de aquella enferma sociedad…

      »Por aquel entonces yo tenía veintiuno o veintidós años. Una cifra preciosa, ideal para sacarle el jugo a la vida ¿no le parece? Claro que aún no tenía el miedo metido en el cuerpo. Poseía la rabia, la ira, la rebeldía, la frustración… pero todavía no el miedo. Los temores vinieron después, junto a los adioses y las ausencias. Los años han pasado y, pese a que siempre he aparentado menos de los que tengo, los reales anidan en el interior y poco a poco empiezan también a rebelarse. Pero en la época de “Los olvidados” la edad no nos importaba mucho más que la reproducción asexual de las amebas. No nos importaba la edad, ni los nombres, los apellidos, las arrugas, la cuenta corriente, los empastes, la alopecia, las dioptrías o el síndrome postvacacional. La única y verdadera adicción que teníamos era la inquebrantable devoción a nosotros mismos, a nuestro maravilloso antro y a los espumosos litros de deliciosa cerveza importada, a los besos robados y las caricias trasnochadas, a nuestros bailes sin ritmo, conciencias despeinadas, insurrecciones con o sin causa… y aquellas noches más largas y felices que primaveras enteras. El grifo de cerveza nunca estaba cerrado más de unos segundos. Belga, alemana, holandesa, irlandesa… nos gustaban todas. Aunque algunos tiraban de Mahou o Voll-Damn, yo me convertí en un auténtico experto catador. Aunque he de reconocer que siempre tuve una especial predilección y debilidad por la Judas. Además, a pesar de que en el colegio y los primeros años de instituto me caractericé por ser un alma solitaria e introvertida y frecuenté siempre la frontera que separaba a los insoportables empollones de los irremediables amantes de la juerga, en “Los olvidados” descubrí que mi peculiar, ácido e irreverente sentido del humor arrancaba de vez en cuando alguna que otra carcajada, que cuando lo intentaba era mejor conversador de lo que solía imaginarme y que la verdadera amistad no se limitaba a un par de frívolas conversaciones sobre sexo, música y exámenes en la terraza de algún bar y delante de unas cañas y tapas, sino que se dejaba entrever en las palabras, en los gestos, en las miradas y en un montón de cosas que no cabían en las páginas de las enciclopedias ni explicaban todos los putos términos del diccionario; y que la cultura, por todos los demonios del inframundo, sabía mucho mejor paladeándola en libertad y no enclaustrándola tan solo en tediosas clases y soporíferos libros.

     »Sí, claro que los libros están bien. Son maravillosos. Son necesarios e indispensables. Casi más que el mismo oxígeno. En ellos se guarda todo el saber de la humanidad…. y aún mucho más. ¿Qué me va a decir a mí que soy un amante devoto de los libros y un voraz devorador de sus páginas? No me malinterprete; no me refiero a los libros en general, sino a aquellos diseñados y programados para tareas de adiestramiento colectivo. Me refiero a la obligación de leer determinadas cosas, al hecho de intentar hacer que aprendamos a ladrillazos. Y que aprendamos solo lo que a ellos les interesa que sepamos. Por eso los olvidados huíamos de todo aquello. En cambio, intercambiábamos entre nosotros manoseadas recopilaciones de poesía antigua (yo era un acérrimo fanático de los versos de Wordsworth y de Whitman, que recitaba con inusitada elocuencia cuando el descarnado demonio del tequila poseía mi alma), novelas de toda clase (nos  considerábamos una secuela más liviana y epicúrea de “El Club de la Lucha” mezclada con una versión más aguerrida e irreverente de “El club de los poetas muertos") y un rato antes de comenzar las sesiones de delirio, música y besos, de abandonar nuestro yo a su suerte por el infierno, veíamos alguna buena película clásica, porque en el local teníamos un viejo proyector propiedad de la madre de Luca…

     »¿Me deja que le cuente una anécdota? Claro, si no he parado de hacerlo desde que me he sentado en este taburete… Sirva un par de chupitos más, tómese uno conmigo, brindemos por las anécdotas y los recuerdos y la piel de gallina que te deja en el alma la jodida añoranza. Bien, pues recuerdo que un viernes, unos minutos antes de ver “El Gran Dictador” de Chaplin, la bella y encantadora Audrey, tan torpe a veces como etérea otras, sujetando un porro de marihuana en los labios, un par de libros en una mano, y la funda de la guitarra de Marc colgada al hombro, jodió el tirador de las cañas y se empapó enterita de cerveza. Recuerdo aquella camiseta amarilla y desgastada de los Sex Pistols, que le hacía parecer una flor inconquistable y salvaje, un hada burlona y traviesa, con el pelo siempre alborotado y aquella noche también mojado de espuma. ¡Audrey! ¡Qué enamorado estaba de ella! ¡Ni se lo imagina! No sé por qué se lo cuento a usted que no la conoció y que, ni siquiera con toda la imaginación del mundo, podría imaginarse unos ojos tan exóticos e indescifrables como los suyos. Eran de un color maravilloso y extraño, como el de esas hojas rojizas y amarillentas y ocres medio caídas del otoño que nunca conseguí volver a ver jamás en ninguna otra parte. Y una sonrisa dulce e hipnótica que te robaba el pensamiento, el alma y la voluntad. Y un cuerpo de escándalo, dicho sea de paso. Dee Dee la apodaba “el cuerpo del delito”. Y yo sabía que Audrey, incluso dentro de su mente privilegiada, inteligente, emocional, laberíntica, dispersa, poblada de dogmas prohibidos, de saberes ocultos, de desprecio por toda la cultura tradicional y consumista, de clara oposición a las relaciones monógamas y las instituciones familiares…, también estaba en secreto algo enamorada de mí. 


     »Porque, si quiere saber la verdad, al amor sincero y puro y auténtico se la sudan todas las ideologías. Me guiñaba un ojo siempre que pinchaba “Love will tear us apart” de Joy Division o “Friday, I´m in love”, de The Cure, cuando el incipiente amanecer bañaba de luz el ventanuco roto del fondo, y se le marcaba aquel hoyuelo precioso en la mejilla derecha. Y no sabía si llevarla a la cama y hacerle el amor hasta que nos doliesen incluso las pestañas, si abrazarla sin soltarla hasta que me dejase de latir el corazón de quererla tanto o si romper de una patada todos los relojes del universo para congelar el puto tiempo. En “Los olvidados” teníamos un almacén de libros, y otro de alcohol, donde a veces dejábamos aparcadas las bicicletas los que pasábamos olímpicamente de los vehículos de motor y la mierda que arrojaban al aire y a nuestros olvidados pulmones. ¿Cuántas veces follamos como animales enamorados, como invertebrados urbanos sin ganas de volver a casa a dormir, entre el brillo de las botellas sin estrenar y las botellas a medias y las botellas vacías, el olor del barniz de los estantes, el residuo del perfume que Audrey abandonaba en mi nuca, el eco de sus gemidos en mis oídos como una promesa cíclica para soportar la vida aburrida y normal? Aquella vida normal, sin alegría ni color ni melodía, aquella agorafobia mundana, estaba acotada, al menos en mi caso, a buzonear folletos publicitarios de lo que fuese por cuatro duros y estudiar historia y filosofía con una desgana cada vez mayor, a aguantar el mal humor de mi jefe y de mis profesores y de medio mundo por doquier. Fue por aquellos días cuando empecé a escribir mis primeros poemas en serio. Digo en serio, porque ya tenía varios cuadernos garabateados de algo que intentaba ser poesía, pero que aún distaba un mundo de serlo. Quería escribir algo de verdad, algo con sentido, con mensaje, con alma… Pero cada vez que lo intentaba "en serio" me sobrevenía aquella extraña sensación de que las condenadas palabras se habían marchado de vacaciones, más allá de aquel lóbrego entumecimiento etílico y su sorda desesperación. Como si el mundo y su significado se encogieran en un mosaico de piezas inseparables. Como un sagrado idioma resquebrajándose al verse desprovisto de sus jodidos referentes. Encogido como un cuerpo a la intemperie que intentara preservar algo de calor. A punto de esfumarse para siempre en un parpadeo. ¿Cuánto de aquel mundo que creía real no habría desaparecido ya? Pero en nuestro querido club, embriagados de sueños y alcohol y música y amor y libertad, improvisábamos poesía. Engendrábamos poesía. Y dábamos a luz poesía. Poesía de verdad.

     »¿Que le hable un poco del resto de “Los olvidados”? Claro, faltaría más. A ver por dónde empiezo. Mejor dicho, por quién... Tal vez por Nacho, mi por entonces mejor "amigo olvidado”, que emigró a Argentina hace ya varios años cuando falleció su padre. Era aprendiz de peluquero en la barbería de su padre. Aunque, paradojas de la vida, él jamás se cortaba el pelo ni se afeitaba. Nacho tenía una fisonomía un tanto peculiar; mirada ultrasensible, manos de jugador de póquer, rasgos de judío, sueños de adolescente... También ayudaba a Audrey con el tema del celuloide. Porque ha de saber también que, en cuanto a ella, lo del cine iba más allá de su apodo: resulta que actuaba, producía y dirigía cortometrajes para una productora de cine independiente, además de que era una maravillosa fotógrafa. No es por alabarla así porque sí y de forma gratuita, claro. Pero también mezclaba las bandas sonoras con maestría y hasta ganó un primer premio en un prestigioso festival por una obra de doce minutos titulada “Los plenilunios orgásmicos de las hadas”. Se la podría enviar si le interesa, la he pasado hace unos meses de cinta a DVD. En fin... ¿Cuántos seríamos? Mmmm… Aquello duró cuatro o cinco años, pero los de siempre, los que no aguantábamos ni doce horas fuera del club sin el mono de decir la contraseña a través de aquella puerta de mala muerte garabateada de extraños versos e indescifrables grafitis, seríamos unos catorce o quince. El local era, más que coqueto o acogedor, pequeño: por tamaño podría hacerse una idea imaginándose un sótano. Pero Roberto, “Rob”, hijo de una estirpe de importantes editores y dueño de una cuantiosa herencia, lo había decorado todo de forma gratuita y, más que un claustrofóbico garaje, parecía un espacioso ático. Rob era un chico cojonudo, inquieto, imaginativo, despierto. Con cara de pajarito audaz, de esos que jamás se dejan enjaular. De él nació la idea, ¿sabe? La idea de los tatuajes. Los miembros del club, allá donde quiera que estemos, y aunque este mundo de mierda nos haya ido separando a fuerza de tiempo y distancia, aún seguimos ladrando. Errantes. Ingobernables. Enfadados. Porque, por aquella idea de Rob, todos llevamos el mismo tatuaje en el hombro derecho. “Los olvidados”, en cursiva y negrita, un emblema de unos quince centímetros aproximadamente. Y, con una promesa solemne, habíamos prometido no hablarle a nadie de esto, como un secreto perpetuo sellado con litros de cerveza en el estómago y acordes de “The Sisters Of Mercy" en el corazón.

      »Pero claro, han pasado ya bastantes años de aquello, y uno empieza a despertarse por las mañanas con un cierto desaliento y con ganas de vomitar su historia. Además, quiero pensar que usted no se la va a contar nunca a nadie, ¿verdad? ¿Para qué? ¿De qué le serviría contar una historia que no es la suya y por la que no siente ningún apego? Conversar es una de las mejores terapias del mundo, se lo aseguro. Y aún sigo siendo joven, eso es cierto, pero ya tengo adherido en algún recóndito lugar del hipotálamo encargado de la memoria el residuo pegajoso del recuerdo, y también ese sabor agridulce de la nostalgia metido entre los dientes. Nunca volveré a sentirme tan unido a un amigo como a Nacho, y eso que a día de hoy hablamos lo que podemos; pero las llamadas a través del océano son bastante caras, además de que el salitre del mar y la distancia las torna irreales, desenfocadas, fingidas. Recuerdo con cariño lo muchísimo que me gustaba brindar con él por gilipolleces varias que entonces considerábamos heroicas, hacer interminables maratones de chistes tontos y sinsentido, que siempre ganaba él, ni que decir tiene, prestarnos libros de Hermann Hesse o William Burroughs, reír hasta que nos doliesen todos los músculos por el esfuerzo, o desertar del latir imperturbable de todos los relojes. Luego estaba Marta… ¡qué recuerdos también! La mejor dibujante que haya conocido jamás: risueña, inconformista dulce, vivaz: con tanta energía contenida entre el contorno de su piel morena como para detener en seco a un tsunami. El diseño de las letras de nuestro tatuaje fue suyo. Y los mejores dibujos y grafitis que adornaban las paredes del club también eran de su cosecha. Trabajaba en un centro para niños con problemas de aprendizaje, y aquella contagiosa sensibilidad le asomaba siempre por sus bellos ojos de color aceituna. Por seguir presumiendo de artistas, le diría que Bernard, de padre francés y madre danesa, el de cara de duende travieso y, por aquel entonces, vendedor del “Círculo de Lectores”, era un virtuoso guitarrista en ciernes. Tocaba con la acústica algunos temas de Neil Young y Leonard Cohen que harían llorar al más curtido mafioso matón de La Camorra.

     »Así que, ya ve, estaría horas y horas hablándole de “Los olvidados”, de aquella tribu urbana y nocturna de pecado vocacional, de madrugadas que nos abrían en canal y nos desparramaban las vísceras por las paredes. De los trabalenguas y acertijos de Riki, del odio que le asomaba a Irene cuando hablaba de la televisión como una catedrática ofendida y enfadada: “Esa mala droga de mierda, gratuita y banal, cuya máxima ambición es engancharnos a la afligida y hueca vida vacía de otros pringados, a concursos basura para tristes y babosos, y a películas odiosas de sobremesa de domingo”. Irene tenía arranques febriles y poderosos, aplastante elocuencia y muchas ganas de cambiar las cosas. Podría haber sido una gran política, de no ser porque cualquier partido hubiese quedado pequeño y estrecho a sus ganas de demolerlo todo. Superó un cáncer de mama hace un par de años, y ya está liderando desde hace unos meses una organización que realiza funciones de teatro en hospitales. Irene es puro amor y absoluto corazón, y se me hincha el pecho de orgullo de nuestra amistad cuando me percato de sus proezas. 

     »¿Y qué fue de Audrey? Uf, perdone, pero esto no sé si voy a ser capaz de contárselo sin derramar alguna lágrima. Audrey murió en un fatal accidente de tráfico mientras conducía por la costa cantábrica hacia un festival de cine en Santander, cuando llevábamos cinco años juntos. Un camión se comió de llenó su viejo Renault azul. Y me devoró a mí también por dentro, como una caries que se ensaña poco a poco con las encías. No volví nunca más al club de “Los olvidados” y, al final, todos los demás también se fueron disgregando como volutas de humo al viento. Me convertí en el principito caído y destronado, guerreando, absurdo, contra los puñeteros efectos secundarios de la realidad. Es espantoso escupirle al olvido cada mañana y que al atardecer el recuerdo te devuelva todo lo escupido. Es insufrible no poder volver a tocar con las manos al único y gran amor de tu vida…

     »Pero, ¿sabe otra cosa? En las peores noches, en las más jodidas madrugadas, desafío al insomnio y a la tristeza escribiendo poemas de manera compulsiva, y robo unas cuantas latas de cerveza de la nevera (ya me da igual que no sea Judas), y desempolvo los mejores vinilos de sus fundas, y el maravilloso crujir y girar de la agujita me devuelve al recuerdo el tacto de seda y terciopelo de su cuerpo, sus ojos de aviesa enamorada, nuestras canciones eternas, y casi es como si pudiese sentir su aliento en mi oreja, aquella voz dulce y exótica que me ponía los pelos de punta y mareaba a la vez al tiempo y al recuerdo y al olvido. Ya le he dicho que nunca antes había contado esto a nadie. Será que, llegado un momento dado, todos necesitamos desprendernos en parte de nuestra propia historia, con todas sus benditas carcajadas y todos sus malditos lamentos.


     »En días como este, con toda certeza, me siento más viejo de lo que soy, pero más feliz y consciente y orgulloso de quién soy… y de mi pasado. Porque en alguna parte inquebrantable de mi alma, aquella época de mi vida sigue siendo mi mejor amante, la que mejor socorre mis penas del corazón. Porque los viernes al caer la noche, los acordes melancólicos y febriles de “Friday, I’m In Love” de “The Cure” o el paraíso abandonado de alguna foto arrugada de Audrey en algún cajón de la mesita de mi habitación, me hacen recordar que no todo lo que soñamos es sueño. Esas pequeñas joyas son parte de un tesoro maravilloso que nadie podrá arrebatarme nunca. Y en cualquier otro sitio, en algún otro club o antro o rincón lejano, dispersos, rebeldes, rabiosos, sedientos, valientes, airosos, “Los olvidados” aún seguimos odiando las gasolineras y las iglesias y los centros comerciales, seguimos siendo inocentes Peter Pan soñadores, adalides del baile sin ritmo, poetas de la entropía y la madrugada, niños perdidos de Nunca Jamás alérgicos al desencanto, con una promesa eterna tatuada en el hombro de nuestro brazo derecho... y también en el corazón.» 


Juanma - 28 - Marzo - 2016



                                                                                




miércoles, 16 de marzo de 2016

PARPADEO

Su corazón es tan grande
que dentro caben el mundo...
y su ausencia.

Cierra los ojos en un acorde,
breve como la alevosía de un parpadeo,
termina su cerveza y resopla
porque siente que se derrama
por los bordes de aquel tugurio
de mala muerte
donde todos parecen maniquíes de risa enlatada con ojeras y alopecia.

Otra semana perdida
entre sueños sin vísceras
y fantasmas con ictus
y arrugadas esperanzas descarnadas.

A veces los pensamientos son inexplicables
y el inconsciente un burdel lleno de trastos.
Reinventa las historias, y sus finales,
y truca las lágrimas, y las sonrisas,
para que el pasado le parezca,
cual un abrir y cerrar de ojos,
el último reducto de su salvación.

Con un tintineo de llaves abre la puerta,
entra en su piso vacío
y se queda mirando la cama huérfana;
limpia el polvo a sus discos de Dylan...
Malasaña es, por derecho,
su respuesta en el viento,
y su ciudad un lecho de espinas,
y su alma un laberinto
que huele a farolas y a octubre
y a Lucky Strike;
como un mendigo malabarista
rebusca entre callejones olvidados
donde laten perturbardoras tinieblas
y un puñado de recuerdos,
desgarradores como cristales rotos,
le devuelve a su pasado...
y a la siniestra delgadez de su sombra,
y a una infancia lejana que parece
un islote perdido entre la bruma.

Otra noche que se arrastra
por otra semana enferma...
fotos antiguas que parecen mausoleos
y la multitud paseando sola
y la ¿última copa? tirada por la borda
y su alma frenética como un enjambre
de avispas psicópatas.

Al final, todos los sueños acaban en el camión de la basura,
con la melodía de la ciudad nocturna
robándole pensamientos a su memoria
y esparciéndolos bajo los neones.
De ella hace casi un siglo ya
y en el Centro del Universo de sus labios
aún se lamentan los besos no dados.

¿Quién sabe nada con catorce años
si hasta los sabios enseñan
que veinte no son más que un parpadeo?


Juanma - 16 - Marzo - 2016


                                                                                                   

lunes, 29 de febrero de 2016

KILÓMETRO CERO

Allí donde todo está quemado hasta las cenizas, es imposible encender hoguera alguna. En tales circunstancias, las noches se vuelven más largas y amenazantes y oscuras. Y un péndulo, enorme como el vacío del universo, oscila sobre nuestras cabezas, decapitando constelaciones enteras con su filo inapelable, desgarrando el vientre de esa eternidad de la que se puede afirmar que nada sabe y, sin embargo, algo debe de saber. Porque de las pesadillas diurnas no hay manera de despertar. Visiones de languidez, de desamparo, de enfermedad. En el camino no suele haber ángeles autoestopistas ni interlocutores del más allá. Cuando llegas a cada curva ya se han marchado y llevado consigo el mundo y sus cenizas. ¿En qué se diferencia todo aquello que nunca fue de aquello que jamás será? Apenas ha terminado de amanecer cuando ya está de vuelta la luz grisácea y mortecina de la tarde agonizante. Como un romance ritual e irreversible en el que siempre gana el insomnio. Es curioso el tiempo: fugaz y eterno; breve y perpetuo; efímero e imperecedero a un mismo tiempo. Miras a tu alrededor y en un parpadeo todo es distinto. Te han dicho desde que tienes uso de razón que "siempre" es mucho tiempo. Pero al final descubres la verdad. La escalofriante verdad. Que "siempre" es tan solo un abrir y cerrar de ojos. Y a la luz mezquina que precede al crepúsculo, hay que añadirle también la luz temblorosa y yerma y sombría que acompaña a menudo a nuestros corazones. Se oscurecen a cada tramo del sendero, reflejando el sol moribundo desde una nada insondable, como destellos de cuchillos en una cueva profunda. Y, sin apenas darnos cuenta, rezamos en sueños como en un antiguo y sagrado ungimiento. Como estrofas de un mantra de signos. Evocando las formas, los gestos, los movimientos... Quizá sea bueno para sentirnos vivos y parte de algo, aunque no sepamos de qué algo se trata. Cuando no tenemos nada mejor que hacer, inventamos ceremonias y les insuflamos vida. Cada vez tenemos más a menudo esa extraña sensación de perpetuo vacío, más allá de nuestro lóbrego entumecimiento y su sorda desesperación. Como si el camino y el mundo se encogieran en un mosaico de piezas inseparables. Vuelta al olvido de las formas y sus nombres. Y su significado. Todas aquellas cosas que damos por sentado como verdaderas desvaneciéndose en volutas de humo. Más frágiles de lo que jamás hubiéramos imaginado. Como un hierático idioma resquebrajándose al verse desprovisto de sus jodidos referentes. Encogido como un cuerpo a la intemperie que intentara preservar algo de calor. A punto de esfumarse para siempre en un pestañeo ¿Cuánto de este mundo que creemos real no ha desaparecido ya? ¿Acaso esperamos que haya algún Dios bondadoso observando? ¿O, quizá, uno sin escrúpulos? ¿Redactando en un libro inmenso de tapas doradas nuestros hechos terrenales? A dos columnas en una página. En una hilera los buenos, los piadosos, aquellos que te consiguen el ansiado pasaporte al cielo: y en otra los malos, los pecaminosos, esos que te condenan a las inmisericordes llamas del averno. Actos buenos y actos malos. ¿Con relación a qué? No, no hay libro de cuentas alguno y todos los dioses amigos y desconocidos están muertos y olvidados. Aunque creamos saber cómo es el mundo, en el fondo lo ignoramos. Tal vez sea imposible conocerlo desde el punto de vista de la creación. Quizá, tan solo, en su destrucción nos pueda ser revelado el cómo, cuándo y porqué de su existencia. Y de la nuestra propia dentro de la suya. Su verdadera estructura, más allá de átomos, células o galaxias. El misterio de su mecanismo y de quién se empeña en darle cuerda. Es posible que en ese cataclismo se nos desvele todo. El enigmático espectáculo de las cosas y sus sombras dejando de existir. El inabarcable universo baldío, erosionado, agonizante. Y su pavoroso silencio.


(Capítulo de "Seis Balas")

Juanma - 29 - Febrero - 2016                                       


sábado, 6 de febrero de 2016

LA LEYENDA DE LA MUÑECA MATRIOSKA

Cuenta una antigua leyenda rusa que, hace mucho tiempo, en lo más recóndito y profundo de la estepa siberiana, vivía un humilde carpintero llamado Serguei que tenía unas manos prodigiosas. En su pequeño taller fabricaba y tallaba los muebles mas exquisitos, los instrumentos de música mas bellos o los juguetes más hermosos. Del más inverosímil y maltrecho pedazo de madera conseguía realizar una obra de arte admirada por todos. Para poder realizar su trabajo, él mismo salia cada mañana al bosque a buscar las mejores maderas para poder dar vida a aquello que, en su mente, ya había dado forma.

Una mañana, en lo más crudo del gélido invierno, se disponía a salir de casa para cumplir con su laboriosa tarea. Pero la noche anterior cayó una gran tormenta de nieve que había mojado toda la madera. Para poder construir, su materia prima tenia que estar seca así que, aguantando el frío siberiano, se internó más que de costumbre en la espesura del bosque intentando hallar algún tronco medio seco. Caminó sin descanso varias horas, pero toda la madera que encontraba a su paso estaba húmeda y no servía para sus propósitos. Así que, cansado y  abatido, decidió emprender el camino de regreso a casa.

Volvía caminando cuando, de repente, encontró un tronco que sobresalía de la nieve y que llamó su atención. Con mucha curiosidad se acerco a ver qué tipo de árbol era aquel. Para su sorpresa, tenia ante sí uno de los troncos de madera mas hermosos que jamás había contemplado, de una madera tan blanca y pulida como porcelana china. Con enorme entusiasmo, Serguei recogió aquel regalo de la providencia como el mayor de los tesoros y decidió que con él debía fabricar algo muy especial.

Pasó muchas noches sin poder conciliar el sueño imaginando qué objeto maravilloso debía tallar. Cada mañana se levantaba y admiraba su trozo de madera durante largas horas. Era tan hermoso que no se le ocurría algo que fuera digno de su elegancia. Hasta que, en un sueño, tuvo una singular visión y decidió tallar una muñeca.

Se puso manos a la obra y realizó un trabajo espléndido. Cuando termino, la muñeca que tenía en sus manos era tan maravillosa que decidió no ponerla a la venta y quedársela para él. Vivía solo y pensó que aquel objeto tan preciado le haría compañía en su soledad. Le puso de nombre Matrioska. Día tras día se levantaba y le daba los buenos días para después quedarse un buen rato contemplándola sonriente. Era su más bella y querida creación. Y he aquí que, una buena mañana, la muñeca le contestó:

—Buenos días Serguei.

Pese a quedar muy sorprendido, el viejo carpintero no se asustó. Que su hermosa muñeca le hablara le llenó el corazón de alegría. A partir de aquel día mantenía largas y entretenidas charlas con la muñeca. Pero un día la encontró triste y compungida y le pregunto la causa de aquella profunda aflicción. Matrioska le contestó: 

—Veo que el mundo no es justo. Todos los animales del bosque tienen hijos e hijas, pero yo nunca podré tener ninguno. Y me gustaría ser madre para no sentirme tan sola

Entonces Serguei buscó una solución para el problema y se le ocurrió una idea.

—Matrioska —le dijo—, la única manera de conseguir eso seria abrirte para sacar madera de tus entrañas. Pero eso te dolería mucho y me entristece.

—No me importa —respondió la muñeca—. Las cosas importantes de la vida siempre necesitan de grandes sacrificios.

Así que el carpintero, con sumo cuidado, la vacío y talló una muñeca mas pequeña pero igual de hermosa. La llevó ante Matrioska y le dijo: 

—Aquí tienes a tu preciosa hija. La llamaremos Trioska.

Pero aquella felicidad duró poco, pues Trioska también tenía instinto maternal y Serguei tuvo que volver a tallar otra muñeca más pequeña de su interior a la que llamo Oska. Tiempo después a Oska también le apetecía ser madre, y al carpintero no le quedó más remedio que volver a repetir la operación. Pero se dio cuenta de que a la última muñeca ya casi no le quedaba madera en su interior.

Preocupado y pensando que la futura hija también querría, a su vez, ser madre, se le ocurrió una idea diferente. Esta vez tallaría a un varón. Así que creo un pequeño muñeco al que pintó unos grandes bigotes y puso el nombre de Ka. Lo llevó ante el espejo y le explicó:

—Tu eres el hombre de la familia. Y contigo se acaba la descendencia, pues no puedes engendrar hijo o hija en tu interior.

Seguidamente metió a Ka dentro de Oska; a Oska dentro de Troiska; y a Troiska en el interior de Matrioska, dejando tan solo a esta última a la vista. Vivieron juntos muchos y felices años. Pero una mañana al levantarse ya no estaban. Matrioska se había marchado misteriosamente, llevándose a su descendencia consigo y dejando a Serguei de nuevo solo y afligido. Murió de tristeza pocos días después.


                                                                                       * * *

Dejando de lado la leyenda, las famosas muñecas rusas tienen más de ciento veinte años. La primera matrioska salió del taller de un mecenas ruso llamado Savva Mamontov en 1890 y fue inspirada en un juego de muñecas de porcelana traído de Japón y que representaba al sabio Fukurama. El nombre de matrioska procede de Matriona, un nombre ruso que se asocia a una mujer fuerte y robusta en clara alusión a la madre y su maternidad. Las muñecas se tallan a partir de un bloque de madera de tilo o abedul, previamente secado como mínimo durante dos años, y se pintan siempre a mano. Suelen ser muñecas vestidas con trajes regionales de distintas zonas de Rusia, desmontables y huecas por dentro que encajan unas dentro de otras de tal forma que cada siguiente muñeca es mas pequeña que la anterior y así hasta la última figura que representa a un bebe arropado y en pañales. Una matrioska rusa puede contener tres, cinco y hasta veinte muñecas de madera. En sus mas de cien años de historia se hicieron matrioskas con hasta setenta y cinco muñecas dentro. Todas las muñecas se fabrican de un mismo bloque de madera, pues la dilatación y contracción de la madera son características únicas de cada bloque. No es nada sencillo tornear las piezas y lograr que encajen una en otra, especialmente teniendo en cuenta que durante el proceso de elaboración no se toman medidas de ninguna clase. Aunque la forma de las matrioskas cambia muy poco, su decoración sí que varia mucho, pues se utilizan las mas diversas técnicas artesanales tradicionales rusas. Cada familia de muñecas rusas es única, precisamente, porque los diseños no se repiten.


Juanma - 6 - Febrero - 2016    

sábado, 30 de enero de 2016

DOS MINUTOS DE DESIDIA

A veces bastan dos minutos de desidia para inyectar una dosis de "melargodeaquí" en el torrente sanguíneo de las venas y echarte a la carretera como Jack Kerouac. O cuando aparece ese ruido ensordecedor que preludia el inminente desastre y que, inoportunamente, surge cada vez que uno quiere cicatrizarse en otra parte. Como una canción de acordes blasfemos sin estribillo que solo alcanza el estatus de murmullo antes de suicidarse. Largarse a tierra de nadie: como una revelación, como un orgasmo. A veces hasta se podría dejar de estar allí para siempre y abandonar el cuerpo como en un viaje astral en uno de esos sofás desgastados de piel sintética, como una cáscara a punto de quebrarse, con los pantalones remendados y la melodía del tintineo de cuatro monedas sueltas en el bolsillo. Ese tic inesperado que sobreviene de repente, la sonrisa torcida, las pestañas largas como lianas y el porvenir como un cristal hecho añicos. El paisaje quedando atrás como si fuese un espejismo. O un sueño. Porque de las fantasías diurnas en la carretera no hay manera de despertar. Los sueños recurrentes para un chico en peligro son sueños de peligro. Visiones de languidez, de desamparo, de enfermedad. Pesadillas en pantalla grande y a todo color. ¿Cómo si no te reclaman tus fantasmas? No hace falta hacerse demasiado viejo para comprender que casi todo el mundo al final termina disparando contra sus propios miedos y complejos.

Es la cercanía y lejanía de todas partes a la vez. Y, en la mayoría de las ocasiones, no se echa de menos la voz afónica, ni los neones de la ciudad, ni tan siquiera el olor a humo y a aceite y a tristeza que revolotea entre las luces, ni las risitas nerviosas que blasfemamos en el mismo lugar de todas las madrugadas, donde ya, por mucho que se quiera, no se vuelve nunca a ser uno mismo. El vodka a raudales y los bares de mala muerte y su muchedumbre perdida que cada noche huye de algo distinto para encontrase siempre con lo mismo. En esos avatares de la existencia, no se extrañan tampoco las dudas ni las certezas, ni las manos grandes de pulso dudoso sosteniendo las cartas, el mechero, el palo de billar o las lágrimas en un rincón solitario. Las manos de un animal asustado con ganas de salir corriendo, de empuñar una navaja y destripar esos sofás de resaca y borrachera, arañando la realidad que molesta hasta que la sangre se queda atrapada entre los huecos de las uñas. Sondeando la alevosía del pensamiento, renegando de querer volver ya de ningún sitio, y menos de aquellos lugares con espejo que vomitan imágenes de tu pasado como inquietantes reflejos de un pobre diablo enfermo de recuerdos. Volver a acercarte a ellos es como el absurdo caminar de vuelta de un cangrejo borracho en una pecera de arena. Y otras veces, sencillamente, damas y caballeros, ni siquiera  volvemos la esquina mientras algo tuyo se queda atrás, en la tierra de la nieve sin sonido, en el firmamento sin estrellas, en el vacío sideral mecido por las luces del olvido. Será algo parecido a estar haciéndote mayor sin haberte dado apenas cuenta.

Parece tan difícil que resulta endiabladamente sencillo. Bastan tan solo esos dos minutos de desidia para que la realidad se convierta en una enfermedad inaguantable o una letanía afligida. Ciento veinte segundos de reloj y una pequeña cucharada de fuerza de voluntad. Los ojos en blanco, una electricidad poderosa sacudiéndote la espalda y los nudillos, espasmos de vértigo agarrándote por detrás de las empalizadas del alma... y, en un visto y no visto, ya no estás. Te habían dicho que "siempre" era mucho tiempo. Hasta que comprendes que siempre es tan solo un abrir y cerrar de ojos. ¿En qué difiere aquello que nuca fue de aquello que nunca será?


Juanma - 31 - Enero - 2016 

miércoles, 13 de enero de 2016

MADRE

                                                                                                I


—¡Cariño, entra en casa! ¡Se está haciendo de noche!
     El niño al que van dirigidas aquellas palabras está en el jardín que hay en la parte trasera de la casa. Se encuentra agachado y parece jugar a algo. O con algo. Solo tiene cinco años. Es alto, delgado y desgarbado. “Igual que su padre”, piensa su madre desde la ventana de la cocina mientras vigila sus movimientos con gesto de preocupación y, tal vez, tristeza. Una tristeza antigua que apenas se ve, pero se nota. Mientras piensa en su hijo, termina de fregar los platos de la cena. Es consciente de que tendrá que esperar hasta que termine lo que sea que está haciendo. Porque sabe que nunca deja algo a medias. Es tímido, huraño e irascible, y eso le preocupa. Le quiere más que a su propia vida, por más que aquello sea tan tópico que ya suene ridículo. Pero es así. Y sabe que él también la quiere a ella con locura. Pero hay algo que no funciona del todo bien dentro de su cabeza. Y eso la inquieta. El niño mira con atención el interior de una caja de zapatos. Dentro hay un escarabajo y una cucaracha. Los azuza con un palo de madera para que peleen entre ellos. Como si estuvieran en un ring. Le gustan mucho los combates de boxeo. Sobre todo cuando alguno de los púgiles es derribado por el otro y cae al suelo inconsciente. Y si tiene el rostro destrozado y lleno de sangre, mejor. Los adversarios que ha elegido hoy son estúpidos y no pelean. El saltamontes del día anterior era bastante mejor. Se está aburriendo mucho, y no le gusta nada aburrirse. Finalmente, se da por vencido. Con una piedra machaca a los dos contrincantes hasta que en el fondo de la caja sólo queda un amasijo de fluidos, sangre y exoesqueletos donde no puede distinguirse ni una sola parte del cuerpo del escarabajo del cuerpo de la cucaracha. Cierra la caja con su tapa y la guarda con cuidado en el hueco de un árbol del jardín.
     —¡Cariño, por favor, entra ya en casa!
     El niño se da la vuelta y sonríe a su madre saludándola con una mano. Aquello es lo que a ella le hiela la sangre. Es capaz de esbozar la más inocente, maravillosa y tierna de las sonrisas y, un solo instante después, obsequiarte con una mirada cargada de ira, odio y crueldad. Aquellos ojos fríos, sin sentimientos, perdidos en un mundo lejano, o tal vez tan sólo interior, que parecen mirar en una sola dirección y no ver nada más de todo el fascinante mundo que le rodea. Siente miedo. Le da pánico pensar que aquello que no está en paz dentro de su mente, termine haciéndole daño. No a ella, sino a él mismo. Cuando por fin entra en casa, ella suspira y se relaja. Le da un beso en la mejilla. Le revuelve el pelo con ternura.
     —¿Qué hacías? —le pregunta.
     —Jugaba —responde él aburrido, como si acaso aquel punto no estuviera ya lo suficientemente claro y tuviese que perder el tiempo explicándolo.
     —¿No te aburre jugar siempre solo?
     —Pero si no jugaba solo…
     —¡Ah, es verdad! Tu amigo… ¿Cómo se llama? Espera un momento a ver si lo recuerdo…
     —Peter. Se llama Peter, madre.
     —Cierto hijo, siempre lo olvido —Sabe que los niños pequeños a veces juegan y hablan con amigos imaginarios. Pero suelen ser niños de dos o tres años a lo sumo. Con cinco años los niños juegan con chicos de su edad. Y, por regla general, suelen ser de carne y hueso. Su hijo juega solo en el jardín y, aunque él ignora que ella lo sabe, mata pequeños animales con una crueldad que la aterra. Mientras tanto, mantiene largas conversaciones con Peter, el supuesto amigo que no está y nunca ha estado allí. Es alguien que vive solo en su imaginación. Por lo demás, no se relaciona con nadie. No tiene amigos allí y tampoco en el colegio. Su profesora y el director ya la han puesto al corriente de su extraño comportamiento en ocasiones, de su falta de empatía y compañerismo, de su personalidad retraída… y de una gran inteligencia que guarda en estado latente.
     Ella lo sabe, pero no piensa llevarlo a un colegio especial. Ya se encargará, como pueda, de que su hijo crezca como un niño normal. Quizá solo necesite tiempo y todo vuelva a su cauce. Tal vez la culpa sea en parte suya por haberlo sobreprotegido demasiado. Es lo único que tiene en el mundo. Su primogénito murió al nacer por unas complicaciones respiratorias. Su marido la abandonó nada más decirle que se había quedado embarazada del segundo. Aunque mejor eso que las continuas vejaciones y palizas a que la sometía cuando llegaba a casa borracho. Y, en los últimos tiempos de su vida en común, también sin estarlo. Cuando nació aquel segundo bebé, se abrazó a él con tal fuerza que ni un huracán hubiera podido arrebatárselo de los brazos. Desde entonces, no se había separado un solo instante de él. Y ahora pensaba, por primera vez, que era posible que tantos cariños, cuidados y atenciones hubieran podido malcriarlo.
     Más bien había pensado aquello, por primera vez, una noche un par de semanas atrás. Se estaba duchando y, al cerrar el grifo y descorrer las cortinas para coger la toalla y secarse, se encontró a su hijo allí plantado, en medio del cuarto de baño, de pie y con un dedo en la boca, observando su cuerpo desnudo con una mirada mezcla de curiosidad, fascinación y sorpresa. Se quedó mirando con fijeza hacia aquel punto donde una pequeña mata de vello oscuro crecía entre sus piernas, antes de que pudiera taparse. Pocos días después, encontró una muñeca en la habitación de él. Supuso que la habría encontrado por ahí. O incluso quitado a alguna de las niñas de su clase. La había desnudado y, con un rotulador, había pintado de negro sus partes íntimas emulando el vello púbico que había visto en ella. En la frente de la muñeca había escrito la palabra “Madre”. Aquellos dos sucesos le habían hecho ver una realidad que hasta entonces ignoraba. O había querido ignorar. Algo no marchaba demasiado bien dentro de la cabeza de su hijo. Desde entonces, siempre cerraba la puerta del baño cuando estaba dentro. Ni siquiera habían hablado del tema. Aquella noche, cuando ella se cubrió con la toalla, él dio media vuelta y regresó a su habitación sin decir una sola palabra.
  


                                                                                                    II



—Cariño, ¿estás bien?
     Su madre siempre preocupándose por él. Le gusta y le disgusta a un mismo tiempo. Le sucede lo mismo con el verano. Le encanta y le saca de quicio. Está dentro del agua dándose un baño. Han ido a la playa por primera vez desde que era pequeño. El agua está templada tirando a fría, una temperatura ideal. Ella odia el mar. Más bien, odia bañarse en el mar. Dice que no soporta la sal pegándose a su piel. La comprende. Tiene una piel tersa y maravillosa. Así que se queda tumbada sobre una toalla en la arena tomando el sol. Es guapa. Muy guapa. Tan guapa como siempre. O más. Le gusta la suavidad y el color de esa piel que no quiere estropear con la sal, el olor de su pelo, el brillo de sus ojos, la forma de sus curvas…
     Acaba de cumplir trece años. Esta breve escapada a la costa es el regalo de su madre. Por la noche salen a cenar a un restaurante al aire libre. Acepta a regañadientes. No le gusta cenar fuera de casa. No le gusta estar rodeado de gente. No le gustan sus risas, su hipocresía y sus aparentes vidas maravillosas. Una chica de su misma edad le dirige una tímida sonrisa desde una mesa cercana. Es bonita. Pero no le gusta su sonrisa ni aquella manera de coquetear con él. Le hace un gesto obsceno con el dedo corazón. La chica se ruboriza y baja la mirada avergonzada y ofendida. Cuando acaban de cenar le pide a su madre si puede dar a solas un paseo por la playa. Le apetece ver el mar bajo la luz de la luna. A ella no le hace demasiada gracia dejarlo a solas ni un momento. Pero ya es casi un hombre y no puede negarle aquello.
     Mientras pasea por la orilla, hundiendo sus pies descalzos en la suave y fina arena, sus pensamientos giran alrededor de su cabeza y algunas imágenes inconexas, fugaces como flashes, desfilan por su mente: la chica que le ha sonreído durante la cena, una vaca decapitada vagando sin rumbo por un camino de tierra, una araña corriendo voraz hacia una mosca presa en su tela, un corazón latiendo servido en un plato, la chica de la cena de nuevo, esta vez ensangrentada de pies a cabeza, su madre desnuda… En esos momentos, el desfile de imágenes se detiene y su cabeza vuelve a quedar en paz y silencio. Porque esas diapositivas mentales vienen acompañadas de un zumbido insoportable que penetra desde sus sienes hasta el interior de su cerebro. Este trastorno, o lo que sea, le sucede desde niño. Desde que tiene uso de razón. Pero cada vez le ocurre más a menudo. Y nunca le ha contado nada a su madre. Ni siquiera que cuando visualiza la imagen de ella desnuda, sufre una fuerte erección.
     Un maullido a sus pies le devuelve a la realidad. Un gatito de pocos meses se ha acercado hasta él. Sin querer, abstraído en su mundo interior, ha abandonado la playa y se encuentra en la parte de atrás de uno de los restaurantes de la zona. Hay algunos cubos de basura. El pequeño felino debe de estar buscando restos de comida. Pero no llega aún a subirse a los altos cubos. Y además, están cerrados. Se agacha y lo coge entre sus brazos con delicadeza. El minino maúlla reconfortado. Mira con cariño los ojos de aquel humano que lo abraza con ternura. Será lo último que vea. Un instante después su cuello cruje al ser descoyuntado. Su cabeza se separa de su cuerpo y la sangre brota como un geiser. La sonrisa de aquel humano se ha tornado grotesca, desencajada, demencial. En su mirada siniestra brilla la fiebre de la locura.
                                                              

                                  
                                                                                                    III  



“¿Cariño, estás bien?”
     Despierta asustado, jadeando, con el corazón dando brincos dentro de su pecho y aquellas palabras retumbando en su cabeza. ¿Aquello ha sido una pesadilla? ¿O más bien ha sido una premonición? Tal vez una visión, una manera de decirle cómo debe hacer las cosas. ¡Sí, eso ha sido! ¡Ahora lo ve todo con prístina claridad en su mente!
     Ya ha cumplido dieciséis años. Es casi un hombre y, sin embargo, su madre lo sigue llamando “cariño”. “Cariño por aquí, cariño por allá”. De pequeño le gustaba. Incluso en su adolescencia le resultaba divertido. Pero ahora… Se lo ha comentado en repetidas ocasiones. Ella dice que es y será siempre su niño, su querido niño, y que le llama así porque le quiere tanto… Pero él le repite una y otra vez que no le gusta que se lo diga, que tiene un nombre. Nombre y apellidos. Pero no hay manera. Siempre vuelve a llamarle…
     Cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño…
     Siempre preocupada por él. Siempre diciéndole cómo y cuándo hacer las cosas. Que si ya no sonríe tanto como antes, que si ya no habla tanto antes, que si ya no come tanto como antes. Cada dos por tres llevándolo al médico. Que si su aspecto es demasiado pálido, que parece excesivamente delgado, que está siempre molesto o preocupado, o distraído. A todas horas haciéndole tomar montones de pastillas inservibles para montones de enfermedades que no tiene. Él es como es. Y va siendo hora de hacerle entender que ya es un hombre, que debe mostrarle también un respeto, que no quiere que le vuelca a llamar…
     “¿Cariño?”
     La maldita y dulce voz de ella resonando en la caverna de su mente. No es sólo fuera, también le roba la intimidad interior.
     Se levanta. Sale de su habitación y baja las escaleras hasta la planta de abajo. Con cuidado de no hacer ningún ruido. Su madre tiene el sueño muy ligero. Demasiado. Es capaz de escuchar el vuelo de una mosca en mitad de la noche. Se dirige a la cocina. Abre un cajón y saca un enorme cuchillo de carnicero. La luz de la luna entra por la ventana y se refleja en la hoja de acero arrancando un fugaz destello que ilumina su rostro. Se mira en el cuchillo. Ve su imagen en él. Sonríe. Al cuchillo, a la noche, a la luna… Y a su madre.



                                                                                                  IV



—¿Qué se siente, cariño?
     El loro al que está abriendo el abdomen con un bisturí para vaciarle las entrañas, no puede responder. Y no porque no supiera hablar. Había aprendido a decir un buen puñado de palabras, entre ellas “cariño”. De tanto oírsela a su dueño, había pasado a repetirla a todas horas. Pero ahora está muerto.
     Procede al vaciado del animal de manera pulcra y meticulosa, con la precisión de un cirujano. Su amor-odio por los animales viene de muy pequeño. De cuando hacia pelear insectos, invertebrados y otros pequeños animales en su vieja caja de zapatos convertida en ring de boxeo. Más tarde fueron ardillas, gatos o perros. Le encantaba el sonido de sus huesos al crujir. Sobre todo, cuando les partía el cuello o la columna vertebral. Su última gran afición es la taxidermia. Y le encanta practicarla sobre todo con aves. Las caza o las compra. Después de tenerlas por compañeras durante un tiempo, las diseca. Tiene una buena colección de ellas; búhos, lechuzas, halcones, cuervos, urracas, palomas… El loro ha sido su última adquisición. Y ahora es también su último trabajo. En el sótano de casa alberga su espléndida colección. Se siente muy orgulloso de ella.
     Unas toses ahogadas al otro lado de la habitación le desconcentran y hace una mala incisión en la carne del animal. Aquello le pone furioso. No soporta que le interrumpan por nada del mundo cuando está trabajando. Se vuelve hacia la cama que hay tras él. Tendida en ella, hay una chica desnuda. Tiene una mano amputada y metida dentro de la boca. El muñón está cauterizado. La otra mano y los pies están atados a los postes de la cama. La extremidad hundida casi en su garganta hace que la muchacha tenga arcadas y apenas pueda respirar. Deja en la mesa al animal y sus útiles de trabajo. Se levanta y acerca hasta la cama con gesto furioso. Y, al mismo tiempo, esbozando una encantadora sonrisa. El rostro de la chica es una máscara de terror. Cuando lo ve acercarse, sus ojos están a punto de salirse de las cuencas. Tiene el cuerpo cubierto de heridas y moratones. Le faltan los dos pezones y la sangre reseca que ha manado de ellos cubre sus grandes pechos como lava derramada por las laderas de un volcán. Le ha quemado el vello púbico con un soplete antes de violarla. No lo soporta desde que se lo viera a su madre desnuda de pequeño.
     —¡Me dijiste que ibas a estar callada! —le recrimina— ¡No puedo concentrarme en el trabajo si haces ruido! ¡Y mi madre está durmiendo arriba… la vas a despertar! —Le introduce la mano cercenada aún más al fondo de la garganta, apretando con todas sus fuerzas. La chica se debate, intenta respirar, patalea. Él sonríe y la besa con suavidad en la frente. Cuando cesan los últimos estertores, le extrae la mano y la lanza hacia un lado. Se vuelve hacia el loro.
     —Me temo que vas a tener que esperar un ratito más —Coge el bisturí de la mesa y  empieza a abrir el abdomen de la muchacha. Últimamente se ha aficionado también a la disección de seres humanos. Especialmente del género femenino. Y le gusta abrir los cuerpos cuando aún están calientes…

                                                              

                                                                                                    V



Hay un enorme y profundo lago a tan sólo un centenar de metros de la parte trasera de la casa. Allí se deshace de la mayoría de las chicas violadas, torturadas, asesinadas y descuartizadas. Lleva los cuerpos, o los restos de ellos, en el maletero de su coche hasta un bote con remos que tiene amarrado en el embarcadero. Siempre lo hace de madrugada, al abrigo de la luz y miradas curiosas. Rema hasta el centro del lago y allí lanza los cadáveres, lastrados con pesadas piedras para que se hundan, por la borda. En aquella zona, el lago tiene más de doscientos metros de profundidad. Los grandes y feroces peces que habitan aquellas aguas seguro que se encargan de eliminar cualquier rastro de carne y vísceras. También de cualquier otro tipo de prueba que haya podido quedar en los cuerpos, aunque suele ser muy meticuloso en ese aspecto. Los huesos descansarán para toda la eternidad en el fondo del lago, lejos de poder ser vistos o hallados por nadie. Ni siquiera los submarinistas que a veces se dejan caer por allí se sumergen tan profundo. Es un método mucho más eficaz que enterrarlos bajo tierra, donde por algún descuido o casualidad puedan ser descubiertos.
     Aunque él no cree ser el responsable de la muerte de ninguna de esas chicas. Siempre las encuentra ya muertas y sin ningún recuerdo de lo sucedido. Hay una especie de vacío y oscuridad en su mente desde el momento en que las conoce hasta que las encuentra sin vida. ¿Amnesia? Es algo tan doloroso para él que piensa que quizá sea una reacción de su cerebro para no causarle más sufrimiento. Como si decidiera borrar de su memoria ciertas escenas terribles que podrían traumatizarle. Porque, en el fondo de su mente, sabe lo que está ocurriendo. Es su madre la que se deshace de todas aquellas muchachas. Siempre lo ha querido solo para ella. Jamás soportó la idea de compartirlo con alguien más. Cada vez que intentaba entablar una relación con alguna chica, los celos de ella no podían aceptar la situación.
     —¡Cariño, esa ramera no te conviene! —Solía decirle cada vez que le presentaba a alguna. Y tenía una ligera idea de lo que sucedía después. Le echaba alguna droga en la comida o bebida y, cuando él estaba sedado e inconsciente, las asesinaba para apartarlas de él. Era tal el odio que le producían, que en algunos casos se ensañaba con ella de manera espantosa y cruel; descuartizándolas, sacándoles las vísceras, violándolas con algún objeto contundente… Después él las encontraba y no le quedaba más remedio que limpiar todo el estropicio y deshacerse de los cuerpos en el lago. Porque aunque repudiara y condenara de manera tajante el comportamiento de su madre, la quería más que a su vida. Pese a sus diferentes puntos de vista y desencuentros, pese a sus continuas peleas y discusiones, pese a que le siguiera llamando “cariño”, era su deber protegerla. No podía consentir que la policía tuviera conocimiento de nada de aquello. Tenía que ocultarlo y cuidar de su madre, era su obligación como hijo único y ejemplar.
     Volvió a la casa. Tenía que revisar toda la escena del crimen para limpiar cualquier rastro de sangre, cabello o ropa. No recibían apenas visita alguna. Pero, de vez en cuando, sí que paraba alguien a alojarse en el pequeño motel que su madre y él regentaban y que estaba al lado de la casa. La carretera interestatal no pasaba por allí, por eso solo algún viajero perdido o despistado daba con sus huesos en aquel lugar. Pero siempre había que tener el máximo cuidado y precaución por si alguno de aquellos visitantes era demasiado curioso. Podía ver cosas que no debía. Aunque a la casa jamás subía nadie, no estaba de más ser precavido. Cuando se cercioró de que no quedaba ninguna huella o resto de lo sucedido, volvió a su trabajo en el sótano de la casa.
     Pese a que su gran pasión seguía siendo la taxidermia, una nueva afición ocupaba últimamente gran parte de su tiempo. Y como era algo relacionado con lo anterior, también se le daba de maravilla. Estaba confeccionando un vestido de piel humana para su madre. Aquellas muchachas ya estaban muertas… y desperdiciar aquel material tan delicado y maravilloso que ya no podrían lucir, hubiera sido una lástima. Así que despellejaba a las muchachas con sumo cuidado para secar y guardar la piel. Muchas de las pieles estaban tan desgarradas e inservibles por la violencia que tenía que desecharlas. De otras sólo podía rescatar algunos pequeños retales. Y muchas partes también se le rompían, así que tenía que coserlas con fragmentos de otras para unirlas entre sí. Era un trabajo delicado y meticuloso, pero le encantaba. Sentía especial predilección por la piel humana desde que se había enamorado de la de su madre. La de ella estaba ahora vieja y marchita, así que había pensado que sería estupendo regalarle un nuevo y precioso vestido de piel humana. Estaba convencido de que le gustaría mucho. Y no podría reprocharle nada. Total, a aquellas chicas las asesinaba ella…



                                                                                                      VI



Es una lluviosa noche de otoño. Su madre y él están en la habitación de arriba. Ella duerme sentada en una silla. Él está a punto de bajar de cenar. En esos momentos, el ruido del motor y las luces de un coche llaman su atención. Se asoma con cuidado a la ventana. Un automóvil acaba de aparcar delante del motel. Se apagan las luces y del interior del vehículo sale una joven rubia. Parece muy guapa. Corre a refugiarse de la lluvia al cuarto de recepción del motel.
     —Madre, tenemos un nuevo huésped. Tengo que bajar a atenderla…
     —¿Atenderla? ¿Acaso es otra de esas sucias rameras que tanto te gustan?
     —Madre, es una clienta. Está abajo esperando…
     —¡Dile que está cerrado! ¡No queremos furcias baratas en nuestra casa!
     —No está en nuestra casa. El motel está abierto a todo el mundo. Tengo que ir…
     —¡Está bien! ¡Pero ten mucho cuidado con ella, cariño!
     —¡¡No me vuelvas a llamar así!! —Estalla por fin en un rugido. Se vuelve y mira con furia a su madre.
   Sale corriendo de la habitación y baja a toda prisa las escaleras. Está harto de su madre. No va a consentir que se entrometa entre esa linda muchacha y él. Es sólo un huésped pero… ¿quién sabe? Quizá pueda entablar conversación con ella. Puede invitarla a cenar con él… ¡Sí, eso hará! Le ofrecerá tomar un aperitivo con él, abajo en el motel. Y le explicará su afición a la taxidermia. Seguro que le entusiasma. Tal vez consigan hacerse amigos. Y después le dará la habitación número 1, justo al lado de la recepción. Para no perderla de vista. Pero tendrá que vigilar de cerca a su madre. Esta vez se andará con cuidado. Con mucho cuidado… Se detiene y se vuelve a mirar atrás. Hacia las escaleras y el piso de arriba. Hacia su madre. 
      —¡Me llamo Norman, madre! ¡Norman Bates! 


(Con todo mi cariño al maestro Alfred Hitchcock.)


Juanma Nova García
                                                               

martes, 12 de enero de 2016

MIRADAS

Se sentaron frente a frente, contemplándose. Alzaron las manos, poco a poco, y las colocaron a ambos lados de sus rostros, como quien sostiene el mundo en el aire, casi sin tocarlo, pero rozando la eternidad.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la vida a la esperanza.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la paciencia a la confianza.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la sabiduría a la enseñanza.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó el amor a la pasión.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la humildad a la admiración.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la magia a la ilusión. 

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó la música a la canción.

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó el beso al beso, la caricia a la caricia, el susurro al susurro, la mirada a la mirada, la letra a la letra, la mano a la mano, la piel a la piel, el corazón al corazón...

No me dejes nunca, le pidió.
Y tú no te vayas jamás, le contestó.

Y se quedaron; rozando con sus dedos el infinito y mirándose hasta que se les gastaron las pupilas.


Juanma - 12 - Enero - 2016