miércoles, 6 de julio de 2011

UN DÍA SIN TIEMPO

Quizás muchos de nosotros lo hemos pensado alguna vez; ¿qué haríamos si se nos diera la oportunidad de disfrutar de un día sin tiempo? En mi caso, si se me presentara tal ocasión, un hermoso día gratis que nadie me fuera a cobrar, o que tal vez se hubiera caído del calendario y nadie lo fuera a reclamar... tengo muy claro lo que querría hacer.

Levantarme todo lo tarde que me fuera posible, o quizás no levantarme, pero siempre a tu lado, contigo. O despertarme algo más decidido, un poco más valiente que de costumbre (es un día medio real y medio fantasía, como un sueño), y caminar las pocas calles que me separan de tu casa. Escribir un poema en el que cada verso termine con dos pequeñas y hermosas palabras que hace mucho no te digo, y gritarlas a pleno pulmón hasta que te asomes a la ventana... o hasta que lo hagan tus vecinos. Secuestrarte y enseñarte el plural de la primera persona, pero siempre conmigo. Decirte que no tengo mucho dinero, pero que me sobran sueños, alma y corazón. Desnudarte en el mismo sitio y en el mismo momento en que te encuentre. Llevarte a aquel lugar que imaginé para ti y en que debimos haber hecho el amor por primera vez y no lo hicimos. Hacerlo ahora. Abrazarte y acariciarte como hace siglos sueño, diciéndote todo eso que normalmente no te digo porque ya lo sabes de memoria o porque tengo miedo de acabar siendo el protagonista mismo de uno de mis cuentos.

Llorar, todo lo que me apetezca, pero tristeza, dolor ni vergüenza. Inventar mi mejor argumento de veinticuatro horas. Escribir, corregir y tal vez publicar que los meses deberían ser amigos que construyen y no enemigos que hacen mella, que he comprado toalla nueva y está en mi casa esperando impaciente para secarte, que el corazón no se clausurará más por dejadez o abandono, que extrañar y añorar y anhelar el amor no es un crimen, aunque a veces lo parezca. Escribirte a mano una carta de varios folios y mandarla por correo, como antiguamente. Besarte. Ir corriendo a abrazarte de nuevo como si hiciese siglos que no lo hiciera Volver de inmediato. Y besarte otra vez.

Tal día no será nunca un día. Quizás como mucho, consiga semejarse a instantes dispersos e inconexos que nadie contempla, pero que alguien consiguió hilvanar, reunir y pegar. Mañana, algunos disfraces y máscaras reemplazarán a las alegrías y las pasiones, y los relojes comenzarán de nuevo a andar. Llegará otra luna nueva. Y yo quizás nunca habré escrito este día sin tiempo...

Juanma - 6 - Julio - 2011

martes, 17 de mayo de 2011

EL ABISMO DE TUS OJOS

Porque eres sueño que girando en rebeldía
desafía la bruma
                                     la fría noche
haciéndola más honda y más oscura
y más inmenso el mar
más azul y más hermoso
                                     porque eres nave y náufraga a la vez
                                     sin velas y sin anclas
                                     solitaria
                                     profanadora de todos los confines
yegua de sombras desbocada y dulce
para la libertad
la esperanza
                                     y el cielo galopante
hecha de vientos y hecha de huracanes
y sin embargo serena como el agua
de misteriosos y profundos lagos
                                     porque extraviada pero indiferente
                                     como una reina agraviada deambulas
                                     por los caminos de un imperio en ruinas
                                     porque eres un reloj sin manecillas
                                     un bello loto sobre los pantanos
porque te vi sonriendo en tus orillas
                    cayendo voy
                    errático y perdido
en tus oscuros ojos abismales.




Juanma - 17 - Mayo - 2011





DECLARACIÓN CLÍNICA

Mucho mejor, doctor. No bien, lo cual sería un milagro... pero mejor, que siempre es algo. Ahora ya consigo sonreír durante el día, hago algo de  ejercicio, salgo a pasear un par de veces por semana, estudio todo lo que dejé a medias, me vacuno contra todo aquello contra lo que aún no soy inmune... Escribo bastante, menos que antes, claro está... pero escribo bastante. Ya no mando mensajes telefónicos y borro sin leer los que aún recibo. Aunque, eso sí, sigo sin dormir suficientes horas por las noches; supongo que eso no tiene remedio ni medicina que lo cure, Morfeo y yo siempre nos hemos evitado todo lo posible... incompatibilidad de caracteres.


Yo diría que normal, con todas las vaguedades y ambigüedades del término. Quiero decir que a veces leo poesía en voz alta y lloro un rato... emocionarse no es malo, ¿verdad? O me tumbo en la cama y paso horas y horas releyendo cartas antiguas... la nostalgia es una enfermedad humana, ¿no cree? A veces pronuncio nombres prohibidos, otras hablo con los muertos. Me escondo en los lugares públicos... los océanos de almas urbanas siguen sin ser de mi agrado, no reflejan el azul del cielo. También creo que me he olvidado de cantar, aunque eso creo que no es del todo negativo teniendo en cuenta que nunca lo hice demasiado bien... ni en ningún otro sitio que estuviera un metro más allá de la ducha. En fin, cosas así... cosas nimias. Temer al otoño, resguardarse del invierno, guardar en el armario sábanas sin usar, hablar con la cafetera para decirle que la he abandonado por el té, pasar horas contemplando las nubes e imaginando figuras imposibles entre sus formas... Nada serio, nada incurable.

El alma aquí, en su sitio. Aunque a veces la confundo con el corazón. Porque es la pieza del puzzle que aún no encaja y que más me sigue doliendo. El eje del mal de mis torturas. Creo que la única posibilidad es extirparlo. ¿Existe eso?¿Se puede hacer? Me lo temía. Me duele antes de dormir y al despertar. También cuando me lavo los dientes o doy un baño. Me duele cuando me masturbo o miro fotografías viejas. Me duele en las bibliotecas y en los parques. El resto, bien. No, por eso no se preocupe. En realidad el pulso quedó en otro sitio, en otro tiempo... en alguna otra dimensión. Todo bien.

Todavía, sí. Eso es algo que me cuesta controlar, algo que todavía no sé manejar. Vienen en cualquier momento y por cualquier cosa... los jodidos temblores por los recuerdos. Alguien dice Abril y ya está; ¿ve usted? Un balcón, una ardilla, una mariposa, un verso... Alguien diciéndome "cariño", recordar la palabra "te quiero". La puta luna llena. Perdón. También estoy diciendo menos palabrotas... o al menos eso intento.


¿Una lista de síntomas? No, tampoco es demasiado extensa. La maldita fobia al pisar ciertas aceras, al pasear por algunas calles, al cruzar nostálgicas esquinas. La tristeza que me hunde cada vez que hace frío y me preparo una taza de chocolate caliente. La ternura del insomnio. La ternura... y también la mala leche por no descansar lo suficiente, por no conseguir dormir. Y cuando lo hago, el miedo de los sueños... casi siempre pesadillas. Ya ve, casi nada. Quizás también la imposibilidad de cocinar cuando tengo hambre, la impotencia. El hábito de hacer afirmaciones con la ridícula entonación de quien pregunta... ¡jodida manía! Las lecturas huérfanas que ya no consigo compartir...

   
Pues sí, mejor. Cada día más sano. Ya no corro por las calles en horas imposibles e intempestivas. El camino que escogen mis pasos siempre me conduce ahora hacia mi casa. Ya casi no me importa que al llegar a ella la luz esté apagada y no haya nadie esperándome para darme las buenas noches con un dulce beso de bienvenida... ni que la gente se deshaga de los libros que le regalé, cosa que antes siempre me sacaba de quicio; casi tanto como los cuadros torcidos o las puertas entreabiertas. Ni siquiera me molesta ya que las mariposas aparezcan muertas en el alféizar de la ventana de mi cuarto.

¿No lo dije? Sin duda mejor, mucho mejor...




Juanma - 17 - Mayo - 2011

martes, 26 de abril de 2011

POSTDATA

Se dice que cuando las penas dejan de doler, uno ya puede hablar de ellas. 
   Nunca fueron nada de mi agrado aquellas historias del pretérito (sobre todo si es el imperfecto), porque a veces cuando uno cree que por fin ha dejado los fantasmas atrás, una noche aparecen de nuevo todos alineados frente a su cama...
   Por fin he hallado nuevos métodos de habitar la ciudad en tu ausencia, de cruzar las calles, de arrastrarme por algunos callejones oscuros, de doblar según qué esquinas...  

     No es fácil, pero es posible. 
     No es mejor, tan sólo distinto.
   Los codos ya gastados y en carne viva de apoyarlos en las barras de los bares. El humo de los cigarrillos formando figuras inverosímiles en el aire. La poesía entre copa y copa, tu sombra a la sombra de los versos de Lord Byron, tu sonrisa entre líneas en los poemas de William Blake. Tus alegres carcajadas, tus tiernos susurros, tus anhelantes jadeos danzando al son de la música. La belleza de tu cuerpo dibujado en los lienzos. Ráfagas de aroma conocido, sonidos primitivos y prohibidos, un rayo de luz de luna colándose a hurtadillas en la noche entre las cortinas, tu vaivén y tu pelo...
    He de aclarar que no me gustabas hasta que me gustaste. Menuda tontería, pensarás. Pero para mí no lo es tanto, porque a veces llegué a pensar que me gustaste desde siempre. Llegué a afirmarlo, a jurarlo ante la Biblia, a escribirlo en las paredes con sangre y fuego. Pero lo cierto es que no es así...
    No me gustabas hasta que me gustaste. Aunque después me gustaras mucho, tanto... tal vez demasiado. La culpa de todo pudo tenerla una simple mirada, una palabra, un beso... ¡quién sabe! Aquel olimpo que nos inventaste, el universo que me descubriste, la ciudad que pusiste a mis pies. Las estrellas dándote siempre la razón, un planeta opaco reflejando la luminosidad de tu sonrisa, el mapa del firmamento en la maravillosa geografía de tu cuerpo...

    Aullando como lobos a la luna llena, componiendo y tocando para ella canciones inventadas por nosotros, danzando en el mar y bailando al viento. El siempre escurridizo principio de incertidumbre como un augurio. Hasta aquel mismo instante nunca lo supe. Ni siquiera estabas presente en la lista de casualidades de mis mínimas posibilidades. Eras una mera anécdota, un sueño inalcanzable, una alegre y hermosa gota en el océano de mi esperanza.
    Los jadeos acompasados en la memoria de los tímpanos me atormentan. Aún me duele aquella respiración que sincronizábamos una y otra vez, aquellas palabras tuyas que me hechizaban y hacían levitar, que me acariciaban la garganta y el alma por dentro, que me frotaban las desesperanzas, que giraban como un remolino vertiginoso para ir siempre a fundirse de nuevo en los volcanes de tu cuerpo. Me duelen tus preguntas que no recuerdo, la risa acompañándote en el abrazo, las discusiones por nada y sinsentido. Me duelen los recuerdos alegres, casi tanto como me duelen los tristes... que siempre se graban más hondo y profundo.
    Me adormezco como un niño febril recordando tu acento dulce, la última letra de cada palabra de cada frase de amor resonando un segundo más del necesario en el aire, como una brasa encendida que se niega a abandonar definitivamente la vida al calor de su hoguera. Aprendí a imitarlo, pero ahora esa clave no encaja en ninguna de mis partituras, esa llave no abre más ninguna puerta...
    Tus gestos espontáneos eran siempre una constante y continua sorpresa, como el hallazgo de tu humanidad sensible, como el desentierro de una ternura remota. Una flor al borde de un lago hermoso, un poema de Rimbaud poblando con versos la madrugada, unos acordes deliciosos sellando mi adhesión a los territorios de tu mundo, una invitación no consumada, un miedo desatado...
    Los días subiendo y bajando en espiral como una montaña rusa, queriéndote del modo más insospechado, radiante, perdida en tus mundos de Alicia, desorientada sin que me importara porque en el extremo de las yemas de mis dedos estaba tu geografía. Y los reinos que inventamos, y las canciones que bailaste, y los versos que rimamos. Las camas esperándonos, como un verde prado de primavera, como fin de toda conversación, los teléfonos como una perpetua maldición estridente, la gente como testigo inservible de estas ruinas que hoy añoro.
   
   Aquellos hermosos apelativos recién estrenados se fueron, se marcharon sin previo aviso, prisioneros de tu sonrisa, enredados en el filo inapelable de tus pestañas. Pequeña hada de bosque, conjetura imposible, semilla tierna, beso veloz, caricia profunda. Pusiste tu cadáver sobre la mesa, De sangre a sangre nos entendimos, nos prendimos como una mecha, y hoy estoy yo en la superficie helada. No estoy siquiera ya en las casualidades estadísticas de mis mínimas posibilidades. Soy tan sólo una simple anécdota. Y una palabra, que como un copo de nieve, cae temblando desde el cielo del invierno.
 Creo en los aleatorios y caprichosos azares trascendentales. Creo en las extrañas elecciones por raros motivos insospechados, que luego revelan ser tan sólo excusas y pretextos. Creo en aquellas miradas encontradas, enfrente de tus preguntas, cuando tú menos lo esperabas. Creo en los sentidos que se desnudan cuando la razón se piensa, sabe y siente victoriosa. Creo en ese ínfimo y efímero instante en que los caminos se enlazan y entrelazan y alumbran las siniestras oscuridades que proyectan las sombras.  Creo que causalidad y casualidad son sinónimos solapados y encubiertos.
    Creo en nuestra capacidad de asombro constante y permanente, en nuestra continua disposición de ver, sentir y amar. Creo en aquello que llega sin que uno lo busque o se lo proponga. En los maravillosos libros ocultos en antiguas bibliotecas, polvorientos y pacientes, esperando que su mensaje sea leído y descifrado por alguien en particular. Creo en las canciones que asaltan con dulzura los tímpanos para susurrar dulces alegrías o tiernas melancolías. Creo en las botellas con mensaje lanzadas desde una orilla al mar. Y creo en las orillas opuestas, en la inocente mano que allí las recogerá, en las islas que tienden puentes a los continentes con un papel o una palabra como único material palpable. 
    Creo en las casualidades que vienen y van. En los azares fundamentales. En todos los azares. Ésos que, en todo su contexto y conjunto, aquellos antiguos sabios griegos llamaron destino.
   Y creo en el amor. Creo porque lo he vivido. 
   Igual que creo en el dolor. Creo porque lo he sufrido.
   Se dice que cuando las penas dejan de doler, uno ya puede hablar de ellas...


Juanma - 26 - Abril - 2011

lunes, 25 de abril de 2011

IMÁGENES Y PALABRAS...

Siempre me han gustado más las palabras que las imágenes... por mucho que se afirme en el refranero popular que una imagen vale más que mil palabras. Una imagen no es como una palabra, por muy poderosa que aquélla sea. Se puede ver una imagen en la televisión, o una fotografía, y escribir un texto debajo. Pero a esa imagen, cualquier imagen, se le cambia el texto y ya significa otra cosa. Se puede ver una foto de dos niños en un parque y hasta que alguien diga algo, hasta que el lenguaje en forma analítica exprese lo que se ve en la imagen, esa imagen no nos hablará a todos del mismo modo. La imagen en sí misma puede intentar decir mil cosas, pero por mucho poder que ello conlleve, por sí sola no dirá nada hasta que el lenguaje nos lo aclare. Los niños tanto podrían haber estado jugando como riñendo. Por sí sola la imagen es opaca, necesitamos de la palabra para entenderla y descifrarla. Las imágenes pasan en apenas segundos una tras otra, no se puede tener la misma actitud frente a la televisión que leyendo un libro. El libro y la palabra tienen alma, tanta o más que la música. Pero uno no puede tener esa misma actitud leyendo que viendo un cuadro o escuchando una canción, por muy maravillosas que sean también estas experiencias. Para la literatura uno tiene que aislarse de todo, uno no puede leer o escribir en compañía, como si fuera a un museo o al cine. Tienes que aislarte, permanecer en silencio, abstraerte... te exige un esfuerzo, estás mucho más alerta, tus sentidos más despiertos. Después el hecho de que te lean una o mil personas da igual, no tiene tanta importancia. La recompensa al terminar aquello que empezaste a escribir vale por todo el esfuerzo solitario realizado...  y por ese silencio de la palabra cuando sólo vive en el pensamiento.


Juanma - 25 - Abril - 2011

miércoles, 23 de marzo de 2011

EL ALMA

Es mentira que el alma no duela.
   Duele casi tanto como un hueso roto, como un diente partido, como un corazón traicionado.
   Es mentira que sea una ficción pasajera, que no posea vida propia, que no tenga asiento corporal. Cada uno tenemos el alma en un sitio diferente. Yo tengo la mía justo aquí, en el hueco entre el cuello y el diafragma, justo en ese agujero que duele, en esa cavidad donde los vacíos están repletos de sentido y, a veces, cortan con un filo oxidado.
   No saco nada con preguntarme. Y sin duda obtengo mucho menos con responderme. Entender es una cosa y sentir otra muy distinta que ni siquiera se le parece. A veces creo que entiendo cosas porque juego a ser inteligente. Pero en el fondo siento como si no comprendiera nada. Y poco me importa que a eso le llamen de una forma u otra mientras yo no entienda de formas ni de nombres.
   A mí el alma me duele barbaridades. Y por eso me invento síntomas diagnosticables para racionales y caóticos para irracionales. Funciona perfecto. O casi perfecto. Si alguien me pregunta qué tengo, puedo responder "reflujo" en vez de "silencio forzado". Y así esa persona puede darme una pastilla para los jugos gástricos, y yo tomármela, como si otras aguas más profundas no se desbordaran más y llegaran más lejos.
   Y también, si me despierto llorando una noche, puedo decir que la pesadilla fue culpa del dolor de estómago. Aunque luego haya alguien que no comprenda porqué me agarro justo debajo de la garganta, en ese hueco vacío y extraño que hay entre el cuello y el diafragma.
   Puede que a ese alguien no le duela, puede que ese alguien jamás haya tenido alma...



 Juanma - 24 - Marzo - 2011

martes, 25 de enero de 2011

EL TEXTO INVISIBLE

Llevo tiempo pensando en escribir un texto invisible. Aunque quizás no sea esa la forma correcta de definirlo; más bien sería una especie de ideograma de invisibilidades intermitentes. Un texto en el cada lector pueda vislumbrar algo; pero que ese algo se oculte al mismo tiempo a los demás. Tal vez una pequeña carta abierta a todos... y que en el fondo sea un mensaje personalizado. Un texto en el que uno pueda leer una historia, que en realidad sea distinta para cada persona; y que al mismo tiempo nadie por separado conozca jamás. Cada uno leería las palabras exactas que le corresponden y punto. Y yo sabría que no se me van a pedir explicaciones por lo que dije o dejé de decir ni nadie va a venir a reclamarme coherencias de las que carezco.

Poder decirlo todo. Todo de una sola vez y en público. Y que llegue en una frecuencia distinta para cada oído que reciba sus ondas. Un texto lleno de ventanas y de juegos secretos de espejos; donde nadie llegue al mismo sitio, pero todos puedan entrar. Quiero escribir algo que sea cierto. Pero eso, soy consciente de ello, sería mucho más dramático que cualquier silencio. Permaneced atentos a vuestras pantallas. En breve veréis ese texto. O no lo veréis...

Juanma - 25 - Enero - 2011





jueves, 16 de diciembre de 2010

EL SUEÑO

De una verde pradera, en un día de primavera, ascendían los ligeros destellos de un profundo río, azul y cristalino. Una pequeña barca surcaba las aguas transparentes. En un extremo de ella iba sentada una hermosa muchacha. Miraba dulce y melancólicamente a un  joven que permanecía sentado en el extremo opuesto de la barca, frente a ella. El muchacho sentía un temor infundado en su corazón, sin poder explicarse la causa y procedencia de aquel miedo, desconocido hasta entonces para él. El cielo se mostraba sereno y las aguas tranquilas. El joven había olvidado su nombre y la muchacha nunca lo había tenido. Por otro lado, era tanta su belleza que cualquier nombre hubiera resultado indigno ante aquel rostro, delicado como el cristal, que se reflejaba con gracia en la superficie de las olas.
De repente, todo se transformó. La barca se puso a dar vueltas sobre si misma, girando de forma descontrolada. El joven llamó a su amada con un grito de angustia. Ella, sin dejar de sonreír, dejó el remo en la barca, que no paraba de dar vueltas. Una sensación de pánico se apoderó del muchacho. Se lanzó al agua, pero no podía avanzar. La corriente era más poderosa y se lo llevaba. Ella le hacía señas, parecía querer decirle algo. La barca se hundía. Sin embargo, ella permanecía sonriendo con ternura y miraba con serenidad aquel remolino que, de improviso, se la tragó.
Una suave brisa sopló sobre las aguas del río que, como minutos antes, volvía a correr tranquilo y sereno. El joven había perdido el conocimiento presa de la desesperación. Cuando volvió en sí se encontraba en tierra firme, pero en un lugar extraño y desconocido.
No recordaba nada de lo sucedido. Sin pensarlo más se puso en pie y se adentró en aquella misteriosa región. Notaba una sorprendente calma. De la falda de una colina, surgió una fuente cristalina cuyas aguas tintineaban cual campanas celestiales. Aquella terrible aventura formaba parte del pasado, debía haber sido un mal sueño. El muchacho caminaba entre flores y árboles que parecían querer hablarle. Se sentía feliz, como si hubiera regresado a casa.

En esos momentos escuchó una canción que conocía de memoria. Corrió hacia la dirección de la que brotaba la música. Casi cayó al suelo cuando alguien le sujetó por la espalda. Escuchó una voz conocida. Se dio la vuelta y la muchacha sin nombre estaba allí, dispuesta a estrecharle entre sus brazos.
-¿Por qué corres?¿Por qué huyes de mí? -le preguntó ella recobrando el aliento- Casi no te alcanzo.
El chico lloraba mientras la abrazaba con fuerza.
-¿Dónde está el río? -preguntó entre sollozos.
- Aquí, encima de nosotros -le indicó ella-. Mira sus ondas azules. Entonces él alzó la mirada y vio como el río azul discurría silencioso sobre sus cabezas.
-¿Dónde estamos? 
-Donde siempre quisimos estar. En el paraíso, donde el mundo se hace sueño y el sueño mundo.
-¿Vamos a estar juntos?
-Eternamente -contestó ella acercando sus labios a los de él y sellándolos con un beso. Entonces ella pronunció en su oído una extraña y misteriosa palabra que le atravesó y resonó en todo su ser.


Cuando el joven iba a repetirla para memorizarla escuchó la voz de su madre que le llamaba y despertó. Hubiera dado su vida entera por poder recordar aquella palabra.


 Juanma 16 - Marzo - 1993

viernes, 10 de diciembre de 2010

SOLEDAD...

Amigos...

Con una mirada inquieta bajo por una calle semidesierta.

El aliento del otoño barre la candidez de los últimos días de verano. Una nube gris vierte las primeras lágrimas de tristeza. Aún no hace frío, pero camino encogido. Llevo las manos en los bolsillos y miro hacia ambos lados... como si esperara que me acompañase alguien. Acabo de celebrar mi cumpleaños... Más años de los que quiero, menos de los que necesito. Aunque aún no sé muy bien para qué.

Las hojas secas, arrebatadas sin permiso por el viento a las ramas de los árboles, se arremolinan unas junto a otras en los oscuros rincones.Temerosas de qué la muerte las sorprenda en solitario. Pese al paisaje sombrío aún llevo manga corta, resistiéndome a abandonar el recuerdo del efímero verano. Miro al suelo y, por un fugaz momento, siento una extraña felicidad corretear por los callejones y recovecos de mi alma.

Ha llegado el momento.

Mi cabeza está terminando de poner en marcha el engranaje de la maquinaria de sus pensamientos.

Escucho en mi interior el compás de las pisadas, las voces apremiantes, el aroma del camino...                                                                    

Noto en el aire un silencio denso, pesado, plomizo... como el que precede a una batalla o cualquier tormenta.

Pronto escucharé otras músicas, risas nuevas...

Por un momento, la noche me hace sentir de nuevo aquél tierno e inocente niño que ya se fue.

Pronto...
 
Parezco feliz. Y es posible que lo sea. Acabo de llegar a un pueblo nuevo y desconocido. Todo lo nuevo suena siempre como música alegre. Por las mañanas, saldré a visitar sus plazas y sus calles. La gente me preguntará por mi vida. Amablemente, yo les preguntaré por las suyas. Y, salvo pequeños detalles, todo será como en otros lugares.

Pienso en una chica. Rubia. Pelo largo. La chica que, en la foto de la cartera, debería bajar ahora conmigo por la misma calle semidesierta. Con una mirada tan inquieta como la mía .Sé que quiere mucho. Y ella sabe que yo también a ella.

Ha tenido muchos nombres. Pero yo la sigo llamando Estrella.

Se acerca el otoño y, corriendo tras de mí, parece acercarse también la silenciosa y dulce lluvia. La misma que, en sueños, me persigue. Y al despertar, tanto echo de menos.

¿Es posible que pueda uno presentir lo que le va a suceder al día siguiente?


Postdata: Todos los días parecen iguales. Y, sin embargo, sabemos que ya nada volverá a ser como en aquellos días en que la mirada de la inocencia lo hacía todo más fácil, más sencillo...

Más lejano a uno y, a la vez, más cerca de todo al mismo tiempo.

Otra vez mirando a todos lados... y después al suelo.

Pero ahora mi mirada es distinta. Los tiempos están cambiando y, como un anciano castigado por un ejército de invisibles años, parezco llevar gran parte del peso del mundo sobre mi espalda. Ya nunca podré librarme de esa carga. Todos espían y buscan señales en cada uno de mis gestos y palabras.


Pero casi nadie escucha ya. Y el que escucha, parece haber dejado de comprender.

Aunque yo tampoco consigo ya comprender nada.

Ya no soy un niño que pueda dejar de lado aquello que le sobra o no le gusta para construirse un hermoso castillo de sueños e ilusiones con todo lo demás.

De niño lo observaba todo. Ahora soy yo el observado.

Desde entonces todos están conmigo, pero yo estoy siempre solo...



 Juanma - 10 - Diciembre - 2010
                                                                                                                                                        

  .