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martes, 6 de mayo de 2014

DIVAGACIONES

Quería estar. De hecho, estaba. Aunque tal vez estuviera tan sólo soñando. Miraba. Contemplaba los caminos errantes de la noche con sus astros de plata alumbrando mis pupilas tras esas lágrimas huidizas que se escapaban por la incierta puerta del adiós. La noche y el tiempo se detenían y junto a los ecos de las gaviotas que sobrevuelan al océano, quedaba hechizado y atrapado en aquel sueño.

Debía estar. Y en cierto modo, estaba. Pero quizás nada más que soñando. Volaba. Sí, planeaba a través de un enorme arco iris que me mostraba antiguas calles y plazas alfombradas de rosas rojas. Mis pasos se extraviaban y un tierno deseo se incrustaba con timidez en mis sentidos. Sentía ganas de cantar. Sí, cantar. Cantar todo lo alto que me fuese posible. Y canté hasta que el tiempo perdido volvió a mí y me pregunto: "¿Qué haces?" No dejé de mirarle a los ojos cuando respondí: “¡Cantar a la vida!”.  A esta extraña vida que nos hace deambular por retorcidos túneles y misteriosos caminos que a veces no dejan vislumbrar ni un sólo resquicio de luz o verdad. Pero llegaré. Llegaré solo. O lo haré de la mano de mi canto. Porque la alegría de ir y la esperanza de volver despiertan la sangre y el brío que fluyen por mis venas y los antiguos lamentos se alejan. Se van.

Tenía que estar. Y claro que estaba. Aunque sólo fuera en sueños. Entusiasmado por la fuerza de la sabia naturaleza cuando con sus sueños de verde piel acarician mi alma. Alejado de los pesares de este mundo donde todo parece magnificado, descompensado, distorsionado... No. No quiero pensar. Ya no. Ahora que el sueño me lleve por los derroteros de la felicidad en mayúsculas. Queda mucho. Falta el resto. El resto del tiempo y sus estaciones para volverme pensamiento de todos esos seres abatidos por tantas cosas. Tantas... y tan pocas en realidad!!

Juanma - 6 - Mayo - 2014

lunes, 21 de abril de 2014

HORIZONTE

Intento caminar y tropiezo; no quiero ver pasar el tiempo, es preferible apoyarme en el vacío y esperar a que pase el viento para suplicarle un par de alas con las que batir el vestigio de mi pasado, junto a las rosas y las espinas, allá donde el sol se compadece de aquellos insolentes girasoles que un día le miraron con ironía a la cara sin saber que su futuro era breve, que morirían en tan sólo un latido del cielo, iluminados por la oscuridad y la soledad y tal vez el polvo del camino...

Yo también estoy en el camino; en el de siempre no, en el otro: creyendo que es el bosque, y soñando que es el mar y no el asfalto, el que abrasa mi destino y derrite las suelas de mis botas. No quedan espejos donde pararse a contemplar los reflejos y regresa a mi retina la grieta del día engullida por la oscuridad...

Me repliego donde antes, donde nunca; en la última pincelada apenas perceptible del horizonte, y todavía alcanzo a sentir unas uñas arañando mi espalda, unos dientes mordiendo mi cuello, y tengo motivos de sobra para no pensar en nada más, o para pensar en blanco...

Porque pensar en negro es otra cosa más oscura y diferente; y la carne y los huesos con sus preguntas y conjeturas señalan entonces tan sólo hacia arriba, donde no habita nadie ni sobrevive nada, y donde mi destino no es ya otra cosa que el parpadeo de una mirada apagada que quiere volver a brillar...

Juanma - 21 - Abril - 2014

viernes, 11 de abril de 2014

ENTROPÍA

Se acercó despacio, así como difuminado y a cámara lenta. Se sentó de manera tan sutil que pareciera querer hacer notar al universo que lo que más deseaba en el mundo era esquivar su propia presencia. Quería decirles, aclararles, hacerles saber lo poco que se sentía, y lo mucho menos que en realidad era. Deseaba permanecer mudo, quedarse callado para evitar aquel comentario desdeñoso, aquella sonrisa desganada, todas sus miradas huidizas...

Se embarcaba en un viaje astral en cada paso que daba; intentando imaginar cómo sería la vida de haber nacido tan sólo un par de siglos más temprano, en un amanecer rosado, en un mundo dorado, y con un silencio cómplice recién estrenado... de esos que resultan ya imposibles de conseguir bajo la bóveda celeste, no hablemos ya de la órbita terrestre.

La evidencia resultaba insultante, sólo faltaba grabarla y reproducirla. Sus labios sellados en una mueca trágica por el sentimiento de culpa y sus ojos vidriosos, anegados en tristeza, lo señalaban... y le dejaban desnudo. Se empeñaba en dejar solo al vacío, en vaciar los huecos, en rellenar la nada...

El desorden se hizo tan evidente que se convirtió en orden; resulta inconcebible cómo la gente se empeña en manipular el ambiente según convenga, o según la situación. A veces se actúa dramatizando, haciéndose la víctima, culpándonos de todo lo sucedido, desde el mismo génesis hasta el inminente apocalipsis... dibujando a nuestros seres queridos y cercanos el más cruel retrato de nuestra propia miseria e invitándoles a que le den color a su gusto.

En otras ocasiones procedemos minimizando, atenuando y escondiendo lo insoportable que nos resulta el sentido de nuestra existencia; trivializando, lamiendo la herida, cerrando el paraguas bajo la tormenta y tapándonos los oídos ante el inminente restallido del trueno.

Al final todo desemboca en el caos, en la confusión; nos adentramos en una selva peligrosa y oscura donde cada cual dicta y sigue sus propias leyes y actúa al son de sus argumentos inventados (es tan, tan siniestra y oscura que no alcanzamos a vislumbrar las lágrimas de nuestros propios ojos). La oscuridad avanza implacable, sin dar tregua, se expande hasta el infinito y nos asfixia, nos arrebata el oxígeno y deja sin aliento... y el terror, ese miedo más primitivo y ancestral del ser humano, aquél con el que fuimos abandonados al mundo, llega con agilidad y premura hasta el rincón más oculto y preciado de nuestra alma, fundiéndose en un sólo ser con ella y haciendo de ambos un pozo turbio, fangoso, sucio... un lodazal donde ya no valen ni dicen siquiera nada aquellas miradas al vacío que a veces solían decir tanto.

La desesperación se extiende alrededor, se propaga por todos los poros del cuerpo, y ya sólo genera manos frías y temblorosas, lágrimas amargas y extrañas figuras encapuchadas a lo lejos, siniestras y encorvadas... hasta que aparece en algún hueco desconocido de nuestro yo una pequeña entidad con vida propia que brilla con una luz maravillosa y que se atreve a gritarnos:

                                                                
                                                                                     "¡¡¡BASTA!!!"

Juanma - 11 - Abril - 2014

martes, 4 de marzo de 2014

EFÍMERO

Suelo preguntarme a menudo, y muy especialmente ahora que me encuentro deambulando a tientas hacia ningún sitio: ¿esto es real? Por una parte, me gustaría que durase para siempre este sentimiento de caminar sin rumbo fijo ni dirección establecida, sin huir de nada ni buscar tampoco a nadie. Que la única distancia que sienta sea la que me falte para llegar a la cima del mundo o a la inmensidad del infinito. Esta sensación de frío exterior, pero de tener el corazón ardiendo en llamas, palpitando a velocidades incontrolables y descontroladas. Simplemente dejarme llevar, sentir, volar... dejarme ser. Sentir la hierba húmeda bajo los pies, la neblina adueñándose de cada poro de mi cuerpo y penetrando en él hasta fundirse con el alma, la belleza del mundo en una puesta de sol o en el despertar del alba... la eternidad del todo y lo efímero de la nada. ¿Será posible esto de sentir tanto mis latidos, hasta el punto de querer arrancarme el corazón? Podría dártelo sin pedir que me jures que lo vas a cuidar. Envolverlo en un hermoso papel de colores y versos, y regalártelo.

Yo ya estoy con él, galopando a lomos de su destino. Me voy a internar en el bosque de los sueños y voy a desaparecer, al menos por un instante. Al menos por ese instante, nunca más voy a sentirme solo, nunca más voy a sentir que me falta el corazón...

Juanma - 4 - Marzo - 2014

viernes, 7 de febrero de 2014

UNIVERSO

¿Recuerdas cuando cogíamos el arco iris del cielo y jugábamos a cambiarle los colores de sitio?¿Recuerdas cuando deshacíamos el firmamento en pequeños fragmentos y escribíamos versos y poemas con las mágicas constelaciones?¿Cuando desterrábamos la oscuridad con la excelsa luz de las estrellas? La noche era como una inmensa sábana de terciopelo que nos arropaba, que nos mimaba y nos cubría. Era como el reflejo de la inmensidad del océano en el abismo de tus ojos. Éramos tú, y yo, y el eterno y misterioso azul de lo insondable. Lo soñábamos, lo hacíamos real, lo atesorábamos. Nos repartíamos minuciosamente cada pequeño resto del infinito que quedaba prendido en el mantel de aquella forma tan aleatoria, tan infantil, tan despreocupada... Lo que nuestros ojos encontraban al mirarse era un espejo que sólo reflejaba lo más secreto y ancestral del universo y de la vida. Tras los tuyos podía ver el enigma del amor y del tiempo navegando a la deriva. Me sonreías, y en esos momentos no existía ningún otro ser vivo en el mundo; estaba solo, solo contigo, y sabía que era todo cuanto necesitaba y todo lo que siempre había querido. Aquella sábana oscura e inmaculada nos unía y nos abrigaba. Podría haber jurado, sin temor a equivocarme, que tú también albergabas una galaxia escondida entre los pliegues de tu alma... o los laberintos del corazón. Tu mirada acarició la noche y se giró hacia el cielo. Y en la luz y en el reflejo de tus ojos, lo pude ver con claridad de nuevo: el cielo eras tú, en ti nacía y moría mi universo.

Juanma - 7 - Febrero - 2014

miércoles, 25 de diciembre de 2013

TSUNAMI


Era una ola. Una ola con aires de tsunami que hacía temblar la casa de la playa, que hacía crujir las maderas y se llevaba consigo las esperanzas, los sueños y las almas. Era una ola que entraba por cada abertura y sumergía el piso, los libros, los muebles...

Era una ola que aterraba a ese muchacho que siempre está conmigo y no conozco; esa muchacho que siempre grita y solloza como si el abismo se le cayera encima.

Mojado de los pies a la cabeza, asustado pero entero, me anclaba a un mueble con un cordel y una argolla de metal. Alguien más se aferraba a esa argolla conmigo y, aunque todo caía y se cimbreaba en la marejada telúrica, yo dialogaba con el agua, sin negar la fuerza y sin dejarme arrastrar.

Y el mar me arrastraba lejos, a la orilla del alma, al acantilado de la soledad. Una soledad que no me es extraña, no me resulta desconocida...y que jamás me esquiva.

La soledad es como el tiempo: relativa. Y jodida, cuando quiere. El corazón me susurra: "ya no me duele tanto sentirme solo". Eso significa que ya duele menos el nombre con el que bautizó a su soledad. 

Porque el verdadero problema son los nombres.

Y porque cuando decimos que nos duele la soledad, lo que casi siempre sucede es que nos atormenta una ausencia.

Eso es al menos lo que nos queda de las esperanzas que mueren sin apenas llegar a nacer.

A veces estamos solos porque tenemos una puñalada en el corazón con una huella digital. Estamos solos porque allá donde mires ves un fantasma, porque hay espejos terribles en cada esquina, reflejando lo que ya no va a pasar.

Porque uno puede ser un circuito cortado, una conexión estropeada, una foto en blanco y negro. Uno puede ser alguien que ya no existe, o que se deshace en jirones de niebla, o que se arruga hasta no poder leerse ni una puta vocal en su abecedario.

Pero otras veces uno es algo o alguien mejor. Otras veces eres una novela entera, y tiene sentido. Otras veces eres una luz que se desliza y brilla y resuena. Otras veces te despiertas y hay amigos que te invitan a desayunar o poemas que te dibujan una sonrisa en la cara y no te dejan dormir.

Y no te quedan más ausencias en el pasado. Ni se vislumbran en el futuro.

Y no te queda ninguna lágrima pendiente en la nómina de llantos. Esas veces, si cierras los ojos, te encuentras a ti mismo abrazándote cuando alguien te dice soledad. Entonces le soplas un beso en la nariz a esa palabra extraña, y ella se ríe contigo; callada y quieta. Y te promete no volver a desatar pesadillas en el mar de tus sueños nunca jamás. 

Era una ola. Una ola con aires de tsunami. Una ola que, sin embargo, no logró empapar mis ilusiones ni arrastrarme al océano de la desesperanza.

Y así, soñando con olas, despertando perdido y a la vez eufórico, fue que aprendí por fin a nadar.

Juanma - 20 - Enero - 2012

miércoles, 18 de diciembre de 2013

TU AUSENCIA

El tiempo resbala de los relojes, se escapa por entre las grietas, se escurre de entre mis dedos... y ya no me alcanza ni con todas las horas de esperanza que generosamente me regalan. No basta con los sueños conservados, las pinceladas de magia, los versos encontrados. No basta con los nombres que recuerdo, que invento o que pronuncio para rellenar tu ausencia.

El tiempo se escurre de entre mis dedos cuando recorro las calles y los parques en tu ausencia, cuando evoco tu figura en las nubes o creo escuchar tu risa en la melodía del viento. Cuando despierto a medianoche y no estás, cuando mis manos no encuentran tu piel, cuando busco con mis labios tus pliegues, tus sabores, tus cicatrices, cuando a mi nariz ya no la embriaga tu aroma, cuando susurro en silencio lo que recitabas en voz alta, cuando leo lo que escribimos, cuando palpo el vacío y añoro lo que falta, cuando regresas en medio de un sueño o una canción, cuando recorro geografías que invadimos y países que conquistamos, la esperanza  no me alcanza.

El tiempo resbala de los relojes... y no me alcanza. No me alcanzan los años ni me alcanza el valor. No me alegran las sonrisas ni las emociones. No me alcanza la sabiduría, no me alcanza el amor. No me duelen los llantos ni los lamentos. No me alumbra la luz, no me ciega la oscuridad. No me alcanza la ilusión, no me llega la fe, no me basta el corazón.

Me dejo llevar hundido como el ayer, gélido como el invierno; congelado de sorpresa y enfermo de abandono. Me acurruco en una acera que no me reconoce, condenado como la confesión de un reo, oscuro como el mañana que no tuvimos... y ni todas las maravillosas luces de la ciudad, ni todas las espléndidas estrellas del firmamento, me alcanzan...

Juanma - 18 - Diciembre - 2013

jueves, 8 de agosto de 2013

VOLVER A EMPEZAR

"Nada" puede ser un buen comienzo, pues todo empieza en nada. Nada es como ese hueco que a veces siento dentro del pecho. Un pozo sin fondo, donde no hay nada. Debo admitir mi tendencia al caos, a la complejidad y lo subjetivo y con ello admitir las consecuencias de vivir así. Mis pensamientos rayan quizás en lo exagerado, en lo intenso, una sucesión de líneas que pasan frente a mis ojos a velocidades distintas y vertiginosas. En ocasiones no soy capaz de entenderlas, pero sí de sentirlas, como si cada una atravesara mi cuerpo dejando una pequeña descarga eléctrica y confundiéndome aún más. Más de una vez he intentado explicarlo, ojalá tuviera la oportunidad de mostrar a través de mis ojos como percibo el mundo, porque dentro de mi caos irónicamente todo es lógico, todo es como debe ser, por el simple hecho de ser, aunque sea distinto a todos los parámetros, aún lo más inverosímil, irracional o anárquico es natural. Soy consciente de la inferioridad que represento, no me considero inteligente, aprendo por que aprendí a aprender, porque saber me da esperanza y no resignación, resignarme a vivir como no soy es continuar en el camino pero sin caminar. Los caminos en mi vida suelen ser cortos, con caídas continúas y tropezones, de otra manera nunca terminaría de andar, así que no, no soy de los que creen que la felicidad es un largo camino de baldosas amarillas hasta llegar a Oz. Quizás sea inconstante, tal vez irresponsable, por esta razón mis metas son a corto plazo, pequeñas, puede que ordinarias a la vista de los demás. Para mí son extraordinarias. Cerrar círculos y volver a empezar...

Juanma - 8 - Agosto - 2013


martes, 11 de junio de 2013

EL YO DE ANTES

Algunas veces me da por releer mis escritos antiguos y me sorprende cuán rápidamente se han ido los yo que era antes y cuán lejos de esos yo están los yo que soy ahora. Mucha agua debajo de los puentes, quizás terribles inundaciones. Hace tiempo que llueve demasiado. Y quizás también demasiada vida, demasiado trasiego, demasiada existencia o inexistencia, vete tú a saber. El caso es que cuanto menos llueve, más diluvia. De todos modos hay algo que no varía y que parece ser esa minúscula gota que soy verdaderamente yo, y que es semejante a lo que puedo entrever al mirar hacia todas partes a la vez, que es como mirar a ningún sitio en concreto. Supongo que tiene algo que ver con el mañana, casi tanto como con el ayer. Como un retrato en el que dejas de ser persona y pasas a ser personaje. Como el aire y el éter de que están compuestos mis delirios y fantasías antes de que aparezcan las palabras. Tal vez debería mostrarme como uno de mis personajes ante mí mismo. No sé. Pero ahora que no encuentro a mis yo de antes, ahora que parecemos extraños y que el cielo amenaza tormenta cada vez más a menudo, si algún día consigo volver a ser el yo de antaño en uno de mis personajes, al menos sabré cómo se camina y sobrevive en mis relatos. Y si lo consigo, no me lo pienso perder. No me lo quiero perder por nada del mundo...

Juanma - 11 - Junio - 2013

viernes, 17 de mayo de 2013

LA ISLA DEL FIN DEL MUNDO


Hace tiempo que me desvela un sueño que se repite constantemente; un sueño que podría parecer perfecto, pero que en realidad es terrible. En mi viaje onírico yo siempre estoy en una isla al fin del mundo. Cada noche se celebra allí una especie de fiesta enorme, algo así como un banquete en la aldea de "Asterix y Obelix", un encuentro de mucha gente. Sobre todo de mujeres. Y esa  situación que, sin duda, sería la fantasía de muchos hombres, se convuerte en realidad una pesadilla: todas las mujeres que he querido, que quiero o que pienso querer están en el mismo sitio, conversando entre ellas, como en un cuadro surrealista, como en una despreocupada tertulia de sobremesa.


¿Sabéis lo que puede ser que todas esas ex-novias y/o-futuras estén en un lugar común, conversando, comentando vete a saber tú qué anécdotas, discutiendo de cómo besabas, cómo hacías el amor o si roncabas? Incluso había un anciano que me abrazaba cada cierto tiempo ante mi horror, diciéndome que cuando las viera acercarse a todas por mi habitación saliera corriendo como Forrest Gump en la película y no parase hasta llegar al océano... cuanto menos!!!


Para mí, lejos de un episodio erótico, o siquiera de alta autoestima, era la vulnerabilidad misma. Ellas conocen tus secretos y fortalezas, tus mentiras y tus cobardías, cada una tiene un trocito de ti, pedazos que sumados pesan más que tú mismo y que terminan por desarmarte. La intimidad que había tenido con cada una de ellas, y que permanece como un regalo subterráneo, como una chispa secreta, se ventilaba abiertamente... y mi vida afectiva se vaciaba así de todo sentido.


Recuerdo vagamente que me perdía por la isla mientras buscaba un agujero en el que esconder la cabeza... y que después corría desesperado en busca de un taxi. No sabía cómo volver, la calma esperaba en mi casa con el resto de los muebles y yo no tenía teléfono... ni allí nadie era amigo de nadie. Todas estaban unidas a mí por diferentes motivos, algunas más que otras, unas antes que otras, pero la comunicación era una sucesión de monólogos, y yo un desesperado más con el corazón expuesto como en un escaparate.


Por otra parte, cualquier gesto de cariño o ternura hacia alguna de ellas era imposible. El surrealismo de la situación impedía todo acto. Un movimiento, un solo movimiento y todas esas mujeres –la mayoría de ellas exiliadas de mis emociones hacía bastante tiempo- tendrían el flujo de mis sentimientos en sus manos, sabrían todo sobre mí, porque siempre terminamos siendo un poco bastante lo que amamos. Qué situación más ridícula... como mucho de todo aquello que hacemos en el nombre del amor!!!


Por fortuna, como en cada terrible pesadilla, desperté antes de que fuera demasiado tarde. En perpetua soledad. “Es lo malo de mezclar sentimientos como si fuesen ingredientes de una tarta”, conseguí pensar antes de despegarme de las sábanas y bajarme de la cama.  Por una vez estuve de acuerdo con que el tiempo y la distancia hacen bien en dejar a cada uno en su lugar...


Juanma - 17 - Mayo - 2013

domingo, 28 de abril de 2013

LOS HUECOS DEL CORAZÓN

De madrugada casi puedo hasta palparlo.

Es un hueco diminuto en el centro mismo de mi pecho, apenas un espacio, algo como un ojo sin pupila o una grieta. Hasta duele la piel que cubre esa sombra, como cuando se presiona una herida reciente y la carne late acompasada y latente. Ahí está, y yo lo noto. Me dirás que no es algo muy normal o racional, pero ahí está...

Podría poner tu mano sobre este precipicio y tal vez contarte cómo se formó. Enumerarte la larga lista de silencios y renuncias que fue cincelando este pequeño pozo al que si me asomo, se convertirá en abismo.

Podría ir y relatarte un par de confesiones sin aspavientos, como quien hace inventario en una oficina: 20 lápices, 10 paquetes de folios, 3 cajas de clips, una impresora, un escanner... es así de fácil, tan básico que espanta...

Aquí es, aquí... toca aquí. Aquí te extraño. En este rinconcito. Tú dices que se puede querer sin piel. No es cierto. Toca. ¿Lo sientes? Yo necesito besos y caricias. Así de sencillo...

Podría también esperar a que ese agujero se cerrara o se tragara todas las palabras que yo me trago. Podría esconderme ahí, en esa perforación que no es más grande que una bala y que tiene sabor a pólvora. Animarme en ese desierto, mientras el recuerdo se reseca y las resacas en que tú estuviste se cubren de imprecisiones.

¿Dije lo que creo que dije?¿De verdad temblabas con mi abrazo?¿Hubo alguna vez un esbozo de un nosotros en tiempo presente?

¡Ah! El recuerdo... 

El recuerdo es lo único real de la memoria y sabemos que ni eso puedo traerme ya a la boca. Olerte. Olfatear tu pelo recién lavado, tu cuello, tu ombligo... retroceder y volver al recorrido... A
vanzar...

¿Alguna vez lo hice?

Pues debí. Antes de este nimio vacío debí rescatar la osadía y desarmar tus murallas, acribillar tus nudos y mutilar los míos. Desnudarnos... ves, así de simple. Pero ahora ya es tarde. Puedo palparlo. Es un diminuto hueco en el centro mismo de mi pecho...


Juanma - 28 - Abril - 2013

   

   

martes, 4 de diciembre de 2012

MOMENTOS

Muchos de los espacios entre huecos siguen vacíos, pero al menos los duendes al fin son míos. No tengo ninguna prisa por terminar y recreo en el orden del caos el desarreglo de la multitud de objetos que amontono delante de los espejos sin darme apenas cuenta. Objetos que aprendo a no ver, a no sentir, a no tocar, pero que rompen el tenue equilibrio aletargado del momento en el que dejo de tener localizada la huella de sus encuentros; son como el verde confuso de las enredaderas, que si te descuidas se comen los turnos y las esperas, escondiendo todo aquello que anida tras sus sombras, desorbitando la cantidad de minutos y horas vividos y olvidados, sin podarlos de vez en cuando porque sus efectos desaparecen sólo para ser entreabiertos en sueños. Y sin quererlo acabo acomodándome en la sala de estar de mis recuerdos y sin dejar de volar mi inagotable imaginación de cuando era niño, entre sortilegios y acertijos, me dejo llevar pensando que ojalá al recorrer cada habitación de mi cabeza pudiera hacer recuento y desechar aquellos tormentos que impiden la soltura para sonreír en determinados momentos. Momentos que nunca serán los adecuados si no hay una verdadera predisposición para que así lo sean...

Juanma - 4 - Diciembre - 2012




lunes, 19 de noviembre de 2012

FANTASMAS


Tengo muchas noches a mis espaldas... y otras tantas madrugadas.

Tengo ojos tristes y un corazón que aletea en mi pecho como un murciélago.
Tengo más años de los que quiero y menos de los que necesito.
Escúchame, que esto es importante!! Cuando me muera, no tiene que haber ningún puto cura cerca. Ninguno.
Y el ataúd, que sea el más barato que haya en el mercado. Si es de segunda mano tampoco me importa.
Aunque vaya a estar dentro toda la eternidad, tampoco es que lo vaya a usar demasiado.
Pero no, por ahora no me muero...
No ahora que la vida me grita tan fuerte que asusta hasta a mis fantasmas arrinconados.
Salen en desbandada; los felices y los tristes.
Y como el día es territorio de besos, la noche cobija siempre alguna que otra sombra.
A veces, cuando tienen peso específico, se asoman a mi alma con tal desparpajo que no me dejan ni respirar.
Cuando encuentre alguien que me quiera, le pediré que me vigile mientras duermo.
A mi lado izquierdo...
Y que con una red implacable, vaya separando mis sueños por temas, colores y sabores.
Que vaya recibiendo mariposas y lagartijas, agujeros y lunas en el parto onírico de cada madrugada, acariciando el ritmo de mi corazón con una mano.
Vaciando vacíos, colmando almas...
Cuando llega la mañana, los fantasmas espían al borde de la cama, con la respiración acompasada.
Pero los sueños felices saltan por los costados y los atropellan sin respeto.
Los oscuros, se agazapan jurando maldiciones.
Ellos, los monstruos nocturnos de mi alma, tienen mucho más miedo que yo.
Será que se saben condenados a la extinción...

Juanma - 19 - Noviembre - 2012


miércoles, 10 de octubre de 2012

FELICIDAD

Aprendí la lección, a patadas.  Como  siempre que se trata de algo fundamental.  Algunos no tenemos remedio... ni  nos molestamos  en buscarlo,  claro está.  Era 17 de  Agosto  en  una casa ajena,  eso lo recuerdo muy bien. Dabas vueltas por detrás de las cortinas, fantasma persistente, rostro despiadado de todas mis  obsesiones.  Te asomabas  a la ventana  sólo para  hacerme  sentir lo  distinto que pudo haber sido si hubiese estado contigo. No estaba. Y no estabas...

Alguien que no tenía un ápice de delicadeza, o de memoria, o simplemente alguien lo suficientemente ebrio como para no temer a los recuerdos, puso esa canción que te reclamaba desde mi extremo de la ciudad... y de mi alma. Alguien -otro alguien- me abrazó por detrás, adivinando probablemente mis tristezas en silencio. En ese segundo, antes de que la maldita lágrima traidora me delatara, o te descubriera en mis pupilas, aprendí la lección.

No sé si todavía te quiero (ya sabes, es tan corto el amor y tan largo el olvido), ni sé qué haces entre mis sentimientos y pensamientos, aparte de desorganizarlos por completo, pero sí tengo la certeza de que todas estas noches sin un mal beso que llevarme a los labios han pasado por mi necesidad de decirte esto que por fin te dije... y de aprender por fin lo que aprendí.

Nunca más desconfiaré de la felicidad. Es tan breve, tan volátil, tan precaria, que cualquier análisis científico la termina por destruir por completo. La pesé, la medí, la maquillé, la olí, la miré de reojo y la dejé pasar. Me miraba desde tus ojos con cara de primavera, pero en mi mente era demasiado invierno todavía. Me equivoqué. Errar es de sabios. Creo que esa culpa me ha mantenido atado al espectro de tu cintura, hoy que tu cuerpo es una realidad lejana, un cementerio de nostalgias. Y hoy es ésa la enseñanza que no me resta tristezas, pero me regala pequeñas libertades.

No sé porqué esto, que era una especie de redención, me ha quedado tan triste como de costumbre. Y sí, lección aprendida y todo, sigo llorando a menudo con tus recuerdos...


Juanma - 11 - Octubre - 2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

ADIÓS

Desde muy pequeño crecí con ese pegadizo sentimiento de apego que me inculcaron los mayores; la familia primero, los amigos después. Algo de quimérica utopía y contradicción encierra ese sentimiento, pues la misma vida se empeña en llevarnos cada vez que puede la contraria, dándonos a entender el verdadero final, el desapego... recordándonos que nada es para siempre. A lo largo de todos estos años lo experiementé en mis propias carnes. Y aún así, jamás me cansé de mimar y cuidar mis afectos... cometiendo muchos errores, también es verdad. Y sabiendo también de antemano que en un este mundo de locos que giraba a mi alrededor, en quizás tan sólo un suspiro, algunos de ellos tomarían rumbos y caminos distintos a los míos...

Y apenas queda entonces otra opción que la resignación compartida y consentida, intentando comprender que ellos también tienen el derecho a vivir su propia vida, tal y como yo hago con la mía. Cuesta entonces comprender ese apego con los que nos rodean, si sabemos que antes o después llegará el inevitable adiós. Sabor agridulce, diferentes consistencias, aromas contradictorios... sensaciones del todo extrañas, sin llegar a saber jamás muy bien si merece la pena vivir así. Quizá sea otra perspectiva distinta con la cual aprender a evolucionar en nuestras relaciones cotidianas con los demás, de crecer en nuestra consideración de no padecer o sufrir demasiado con lo que vendrá después... de no querer decir adiós!!!

Mientras tanto, sigo transitando mi camino solitario. Siempre tratando de encontrar mi lugar en el mundo, aquel que por defecto o efecto, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir... buscando la confianza necesaria para ir más allá de meras y simples palabras. En época de lluvias todo luce mojado, dejando golpear la inexperiencia consabida por miles de gotas estrellándose contra los delirios, aquellos que provocan mis propias desventuras. Hay otras épocas en que la lluvia no es tan intensa y tan sólo se dedica a resbalar en forma de desconfianzas dolorosas. Aún así, cada pequeño chubasco me viene a recordar cada fracaso, desilusión o desesperanza vivida. Después llegará la inevitable sequía haciendo estragos, tornando el porvenir duro e inhóspito, intransitable para los sentidos, ya curtidos por el doloroso y triste camino. A veces es en esos momentos cuando más quisiera cambiar la soledad por el amor, la amistad, la vida... cargar las alforjas de valentía y girar y danzar en cada constelación ebrio de ilusión y sueños como hace tiempo que no hago...

Y es en esos momentos en que más quisiera cambiar esa soledad y cuando más lo intento, justo cuando precisamente menos lo consigo y más ganas tengo de decir adiós!!!


Juanma - 5 - Septiembre - 2012
  

lunes, 13 de agosto de 2012

CAZANDO SUEÑOS

Hace ya algún tiempo que la vida hace caso omiso de mis sueños. Aun así, seguiré en su búsqueda y captura... porque puede robarme el aliento sin pedir permiso y conjugar cada uno de mis verbos a su antojo y capricho, pero no volveré la vista atrás, no desandaré el camino largo tiempo recorrido; muy al contrario, seguiré apostando todo al número ganador...

Las bellas locuras no son sino deseos por cumplir, y sólo espero que esta vida que hace caso omiso de mis deseos me deje susurrar cada hebra de los acordes que imagine para ti, de los versos sin rima en el papel de mi piel que hojeas cada nuevo amanecer, de todo aquello que me hace recordar el movimiento de tus pestañas, del zigzag de tus latidos, del recodo de tus sentidos, soñando con algo de tu tiempo, con esos minutos a tu lado que me dan la vida, porque la mía sin ti dura cada día un poquito menos...

No me cansaré de buscar bajo las estrellas aquello que te enamora para vivir ese dulce encuentro contigo,  despacito, sin prisas, detrás de cada sonrisa tras cada nuevo despertar, respirando en cada instante el aroma particular que me hace sentir especial, exhalando suspiros mientras escribimos la historia que brota a raudales entre el cielo y la tierra, de norte a sur, donde sutiles encuentros se llenan de esperanza recorriendo como cada noche distancias inimaginables, queriéndolas acortar sin dejar de contarme bajito, al oído, aquello que adoro escuchar...


P.D. Seguiré cazando sueños cada noche para ti...


Juanma - 13 - Agosto - 2012

jueves, 9 de agosto de 2012

DENTRO DE FUERA


(Prólogo de "Dentro de fuera")


Escribo desde que tengo uso de razón. Puede que incluso antes. Desde pequeño, siempre me gustó escribir historias. Y si no las escribía, las contaba a los amigos. Y si no había amigos a quien contarlas, simplemente las inventaba o imaginaba para mí. En las noches en vela es bastante más divertido que contar ovejitas. La imaginación es un duende de alas invisibles que se eleva tan alto como nosotros podamos remontarnos. A veces permanece debajo de la cama, otras escondido dentro del armario y algunas más sonando en el equipo de música. Es tímido, pero divertido e insaciable.
   Lo que voy a contar  parecerá una historia de locos. Quizá lo sea. ¿Quién no ha mirado alguna vez cara a cara a la locura? Pese a todo, nada hay más cierto en mi vida que aquella extraña aventura que me sucedió un verano, hace ya algunos años. Por aquel entonces, yo hacía vida en mi habitación. Toda la vida que me era posible sin salir de ella. Sólo abría la puerta si era totalmente inevitable. Cuando mi padre se ponía nervioso y llamaba con insistencia, cuando era necesario ir al baño o cuando me encontraba tan enfermo que ya no era lógico dejarse torturar por el dolor. Comía y cenaba incluso dentro los días que mi padre no andaba por allí.
   Aquel verano me quedé solo en mi casa por primera vez. Aún no había cumplido los diecisiete años y, pese a mi juventud, me sentía hastiado, aburrido del mundo, cansado de la gente, desenamorado de la vida y del amor. Aproveché la ocasión para convertir la habitación en todo mi universo y llenarla de luces y colores, amigos y enemigos, amores y desamores, estrellas y galaxias …
   Pero dentro nada podía hacerme daño. Todo aquello que nos hace sucumbir quedaba fuera para los demás; los coches, la contaminación, el ruido, la televisión, la lotería, las máquinas tragaperras, los semáforos, los relojes, los centros comerciales, los satélites de comunicaciones, la religión, las antenas parabólicas, las peleas por el partido del domingo, las tiendas de todo a cien, el trabajo, las prisas, los restaurantes de comida barata, los restaurantes de comida cara, la prensa del corazón, las vallas publicitarias, el gobierno, la oposición, los sindicatos que no paran de hablar y nunca hacen nada, el Peugeot trecientosypico, los elevalunas eléctricos, el yonqui de la esquina, la puta de la esquina de enfrente, la nueva canción del verano, la última película de Stallone, la primera película de Stallone, dinero, corredores de apuestas, vendedores de enciclopedias, enormes autopistas, farolas que no dejan ver las estrellas y odio, egoísmo, avaricia, envidia y densas nubes de hipocresía. Todo ello a todas horas y en todos sitios.
   Pero nada de ello tenía cabida en mi habitación. Allí dentro sólo estaban mi pluma y mi folio en blanco, mis lápices de colores, mis discos, mis libros y todo el universo que el duende de la imaginación era capaz de sostener sobre sus hombros.
   La música jamás dejaba de sonar. La noche en que Dios habló conmigo, en mi viejo equipo de música sonaba “Imagine” de Jhon Lenon. La figura nebulosa entró, con muy poca educación por su parte, sin llamar a la puerta. Tenía cerrojo por dentro, pero supongo que para Dios eso no debe suponer un gran obstáculo. Tampoco creo que la cortesía y los buenos modales puedan denominarse cualidades divinas. Se sentó en el suelo, frente a mí, y tras echarse hacia atrás sus eternos cabellos blancos me preguntó:
    - ¿A dónde piensas ir sin salir de aquí?
    - No pensaba ir a ningún lugar que no esté ya aquí dentro -respondí.
    - ¿Eres feliz? -inquirió meditabundo.
   - Soy tan feliz y desdichado como quiero. Tan dichoso como en el más hermoso sueño. Tan desgraciado como en la más terrible de las pesadillas. Pero acepto ambas cosas. El bien como parte indivisible del mal. Tú sabes mucho sobre ello. Tú creaste ambas cosas de esa nada que es a la vez lleno y vacío. Para enemistarnos y alejarnos a unos de otros.
   - No llegarás a otra comarca si no cruzas sus fronteras -repuso orgulloso, como si todas las comarcas y fronteras fueran suyas.
   - ¿Creaste tú las fronteras? -contesté casi escupiéndole la pregunta- Porque si es así, no dice mucho en tu favor. Aquí dentro no existen fronteras ni países. Por eso no hay guerras ni necesito armas. A nadie incomodo y nada me molesta. Entre estas cuatro paredes me muevo a mi antojo. Son mi universo, el firmamento que me sostiene. Y yo soy su energía. El océano no es una sola gota de agua, pero una sola gota si puede crear un océano. Tú no podrías ser yo aunque quisieras. Soy demasiado humano, que diría Nietzsche. Pero yo podría ser Dios si me lo propusiera. De hecho, tengo más imaginación que tú. Yo no hubiera creado un mundo tan violento. Y por qué no decirlo; tan inhumano.
   Cerré los ojos mientras daba un largo trago a mi cerveza. Cuando volví a abrirlos, Dios ya no estaba allí. Se había marchado. Quizá le molestó lo que le dije y se ofendió. O quizá mi conversación le resultaba aburrida. No pretendía ni una cosa ni otra. Ni hablaba en serio ni en broma. Hablaba por hablar. Por no permanecer callado ante Dios. Por no tener que escuchar ese incómodo silencio que surge cuando se está frente a alguien y las palabras parecen haberse marchado de vacaciones. No soy quién para juzgar a Dios. Ni para intentar comprender sus razonamientos. Pero sí puedo al menos reprocharle que entre en mi habitación sin pedir permiso y se esfume sin decir siquiera adiós.
   Si no creásemos dioses, no tendríamos que pasarnos toda la vida intentando justificar sus actos. Ni pidiendo favores que jamás concederá. Antes de eso yo seré Aladino, mi habitación La Lámpara Maravillosa y mi cama El Genio de los Deseos. Sin dioses, no tendríamos que rezar. Ni buscar demonios que los combatan.
   Sí, Dios se marchó sin despedirse. El mundo entero está lleno de dioses que entran sin llamar y se van sin decir adiós.
   “Imagine” ya había terminado hace rato. Pero seguro que allá donde esté, Jhon Lenon sigue imaginando un mundo mejor donde los niños no lloren, los maridos no peguen a sus mujeres, las luces de las farolas no nos priven de ver las de las estrellas y los dioses no se despidan a la francesa.    Al menos los que no sean franceses.
   A nuestro alrededor giran, en órbitas desconocidas, cientos de cosas que no comprendemos. Pero, ¿para qué quiere uno ya comprender todo lo demás si tiene en su habitación todo aquello que quiere y necesita?
   El mundo podía seguir a lo suyo ahí fuera. Yo ya tenía sitio por dónde moverme. Pensar es una de las pocas cosas que nos diferencian de las amebas y los peces. Pero hay veces que sencillamente es mejor no pensar en nada.
   Si Janis Joplin hubiese vivido un poco más, Dios habría llevado falda y unas bonitas curvas bajo ella...


  
 Juanma - Julio - 1998

jueves, 5 de julio de 2012

QUIZÁS...

Quizás no sea melancolía.

Quizás pueda ser tan sólo el inquieto desasosiego al sentarte en el borde de la cama después de una atroz pesadilla que, a hurtadillas, hace añicos tu tranquilidad. De esas que te sobresaltan y sobrevuelan sin saber muy bien de dónde vienen o hasta cuándo pretenden llegar. O tal vez el saber, sospechar o intuir que estuvimos cerca, demasiado cerca; tan cerca y al mismo tiempo tan lejos de donde jamás pudimos imaginar.

Como esa confusa y fugaz imagen que de repente estalla en un arco iris de espléndidos colores, en una miríada de dulces sensaciones o simplemente en un breve Érase una vez... una palabra o quizás tantas que se atrevían a oscurecer y ocultar a la misma luna llena. Y quizás no esté preparado el cuerpo para despertar a tiempo al alma adormecida y desprotegida después de tantas dolorosas ausencias. 

O quizás, quién sabe, sea solamente otra noche más dubitativo, con algo de añoranza en la mirada y sonrisas fingidas y forzadas, un no averiguar donde esta el verdadero lugar para comprender tu habitat y su alrededor, un no saber hacia dónde orientar tu prosa tras la poesía envenenada, un desconfiar para siempre jamás de todo aquello que te rodea.

Todo tiene cabida en este universo infinito, en esta oscuridad sofocante y pertinaz, este no encontrar tu galaxia entre tantas estrellas fugaces, este no escuchar los sonidos del silencio que den vida y sentido a tu movimiento, este no ver las formas, figuras y sombras que acechan intentado descifrar lo que separa al cielo del suelo, este no saber cuánta gente quiere decirte algo... y cuánta hacerte callar, este no comprender el porqué a veces cerramos con cadena y candado las luminosas puertas de la salvación...

Quizás tampoco sea tristeza.

Quizás sea únicamente el secreto deseo de pasear por el escenario mil veces imaginado y fantaseado, agradeciendo los colores y sabores regalados mientras los fantasmas recrean lugares siniestros y ensombrecidos y en los oídos nos retumba el susurro silencioso, tratando de localizar la ternura misteriosa, arrojado al vacío blanco de este abismo artificial de los pensamientos que se pierden de nuevo en los caminos olvidados, esos que han quedado anclados en algún lugar inhóspito del universo, en el espacio y el tiempo que delimitan los alfabetos prohibidos, en este sueño burlón y esquivo, a la espera de desentumecer avatares intrascendentes que cohabitan en mi cabeza, mientras las orillas añoradas humedecen sin mojar el paso a paso de una constante y casi enfermiza ambición por recrear sueños mágicos...

Con frecuencia resulta agotador bordear la orilla, obsesionado siempre con la angustiosa posibilidad de terminar en el lugar y momento equivocados, en esa arquitectura desahuciada tras la violenta presunción de creerme capaz de solventar cualquier situación. A veces quisiera ser tan atemporal como el mismo tiempo que se expande a mi alrededor, resolver las incógnitas implícitas en cada ecuación, resultado inequívoco del supuesto infinito en la añoranza de tus caricias, al vértigo de proclamar a los cuatro vientos la complicidad de tus sonrisas, imaginando como siempre soñé, que solo hacia falta pedir de nuevo los dados para seguir jugando...

Quizás no fue ninguna de las dos cosas.

Porque lo más normal es perder las batallas cuando no se digieren las palabras, cuando no se acepta la realidad irrevocable y ahí me encuentro, cabizbajo, obligado a vaivenes de pensamientos y sentimientos que deforman el falso destino, las manos tristes en los bolsillos, el firmamento como sombrero y la brisa como desabrigo, deambulando de un lugar a otro, ofreciendo mis pies desnudos como tributo a mis continuas locuras, intentando ser comprendido a pesar de creer en la verdad y soñar, soñar, soñar con el paraíso de mi timidez bajo el cielo azul y las caricias del mar regalándome lo que no es mío, la levedad del ser y estar bajo el tintineo de supuestas conjeturas... y se va agotando la fe, la esperanza descafeinada, sin encontrar la salida a lo que siento y tras la aparente invisibilidad devuelta por el reflejo desconocido de cualquier escenario donde quieran que interprete lo que no es parte de mi alma, pues allí se encuentra un corazón solitario, el mío, que no accederé a traicionar por nada del mundo...
                          
Y es también que al pensarlo divago entre los últimos estertores embarrados de un tiempo prestado por el mismo universo, con un pie dentro y los dos fuera, errónea perspectiva de un equilibrista no titulado ambicionando corregir con sus alas de papel el escenario del mundo, enjaulado a golpes de sinrazón, buscando el escalofrío de unas garras afiladas recorriendo mi espina dorsal, en la punta de los dedos ajenos superpuesta la complejidad de infinitos matices que adormecen al mar embravecido de constantes quejidos, unas veces aterciopelados y otras engendrados por la inconclusa creación de sueños arrebatados tras su silenciosa hibernación... y quizás al despertar todo seguirá igual y las bestias primitivas me recordaran lo inusual de poder volar sin tener alas, como ilusiones comprimidas que al explotar nos recuerdan cuan duro puede ser pisar de nuevo el suelo a ras de la realidad...

Quizás ni siquiera sea nostalgia.

Sino un sin fin de letras compartidas y amadas rellenando los tristes momentos e implicándome con tanta y tanta gente a la que quiero sin contemplaciones, que bien merece la pena no perderse en los oscuros suburbios que a veces construimos en nuestra ciudad de los sueños. Es necesario pararse, respirar profundamente, cotejar las posibilidades, los retos y los logros, resumir los innumerables intentos, asumir los constantes fracasos y reflexionar a partir del momento en el que uno decide abrirse en canal para sacar a relucir los entresijos escondidos tras la inocencia de no poder o saber encauzar las ganas de compartir... cierto es que a nadie le amarga un dulce y aunque no sé venderme lo suficientemente bien como para delegar en mí la venta y llegar a buen puerto, si es verdad que la magia hace que sienta escalofríos a mi alrededor, que los números, números son, que la complicidad llena el corazón, que los sueños también se hacen realidad y que la ventana mágica de la virtualidad abierta de par en par ante el teatro del mundo revoluciona el concepto de la cercanía, un, dos y tres, volvería de nuevo a empezar, una y otra vez...

Quizás, al fin y al cabo, no sean más que desvaríos...


 Juanma - 5 - Julio - 2012

   
 

   

                           
   
  

   
  







martes, 19 de junio de 2012

VÉRTIGO


Tenemos vértigo. Mi sombra y yo tenemos vértigo. Hemos hablado de esto mucho. Lo hablo también con mi reflejo en el espejo, sólo que con otros nombres distintos. Pero siempre sucede lo mismo con esto de tener tanto miedo a la caída. Tanto miedo como para lanzarnos desde lo alto con tal de eliminar la tensión.

Mucha gente se suicida de vértigo.

La gente cae de los balcones, se precipita hacia el suelo, dispara contra sí misma o contra los otros. El vértigo no se parece tanto como uno creería a la locura. Por desgracia. Pero está lleno de pánico.

A veces, incluso, tenemos vértigo ajeno. Y cuando más alto estamos, o cuanto más cerca estamos de algo insondablemente profundo, más vértigo nos posee y atenaza.

Y entonces damos vueltas en círculo. Nos tiemblan las rodillas, se nos  humedecen las palmas de las manos, se nos seca la boca. El corazón se nos quiere salir por la garganta y escapar de la prisión de nuestro pecho... y las pupilas se transforman en enormes y oscuros pozos sin fondo.

Uno puede caer. O no. Depende de cómo de fuerte y resistente sea el pasamanos al que nos aferramos o de que tengamos cerca ese abrazo que tanto anhelamos siempre. Depende de si tenemos un escondite donde ocultar el miedo, que equilibre nuestros propios oídos y que haga pasar el mareo.

El vértigo puede ser una enfermedad incurable. Pero también puede ser un mágico túnel secreto. Dicen que quienes lo atraviesan, casi siempre, en lugar de romperse las alas, aprenden a volar...

Juanma - 20 - 6 - 2012

miércoles, 23 de mayo de 2012

CERRAR LOS OJOS

Es curioso como solemos cerrar los ojos en momentos cruciales de nuestras vidas. Y resulta aún más extraño que suelan ser justo esos momentos los que parecemos disfrutar más. Es probable que si los abriésemos, nuestros sentidos siempre alerta se distraerían con cualquier otra cosa; una nube, el vuelo de una mariposa, una araña en un rincón... Puede suceder que con los ojos abiertos no seamos capaces de experimentar las cosas de la misma manera ni de sentirlas en igual magnitud. Quizás ese sentido de la vista tan preciado para nosotros, se convierta a menudo en nuestro peor enemigo cuando de imaginar, sentir y soñar se trata. Estoy convencido de que la experiencia de nuestra vista física le ponga una especie de freno mental a nuestras alas y nos haga sopesar y pensar más en las posibles barreras que en las probables recompensas. Y ya que los delicados asuntos del corazón no se pueden medir y calcular con los ojos o la mirada, tal vez valdría la pena atesorar más tiempo dejando a nuestros sentimientos abrirse más intensamente, como si estuviéramos solos y nadie nos observara. Cerrar los ojos es una experiencia maravillosa pues nos depara momentos únicos e inolvidables...

Los cerramos cuando vemos surcar en el cielo una estrella fugaz y le pedimos un deseo intensamente.
También cuando soñamos, ya sea dormidos o despiertos.
Los cerramos cuando saboreamos ese helado que nos encanta o al oler se perfume que nos arrebata.
Al escuchar esa canción o aquella melodía que nos transporta a otro tiempo, otro lugar, y nos llega al alma.
Al recordar cualquier momento que nos hizo felices.
Siempre los cerramos al entregarnos a ese beso profundo con la persona amada.
Y cuando nos fundimos en un cariñoso o emotivo abrazo con un amigo.
Se nos cierran por inercia cuando nos van a dar una bonita sorpresa.
Y justo antes de apagar las velas de la tarta de cumpleaños.

Ojalá pasáramos más tiempo de nuestras vidas con los ojos cerrados...


Juanma - 23 - Mayo - 2012