lunes, 8 de octubre de 2012

CICATRICES


Se agradece la verdad...
   Se agradece... y a veces se maldice.
   Hay palabras para las que no hay mentira,
   palabras para las que no existe el silencio.
   Un ritual solemne, como un desfile de máscaras...
   Cuando caen los antifaces,
   a veces los párpados caen con ellos;
   Quedan las heridas... y la sangre...
   y un deje de melancólica gratitud
   porque la estocada ha sido oportuna.
   Cada vez que nos hieren nos decimos;
   ¡¡¡no ha dolido!!!
   ¡¡¡Y ni siquiera soy capaz de contar todas mis cicatrices!!!
   Cuando digo NO, no hablo de ti sino de mí.
   Conocí una mujer cuya brújula apuntaba al sur,
   una mujer que paría flores y jardines...
   y gatos con ojos de parque.
   Todo eso también cambió mi vida,
   si ahora digo soledad quiero decir compañía,
   porque sé que no todo en la vida es instantáneo...
ni efímero...
   Es cierto que tengo un millón de cicatrices,
   pero no es verdad que vaya a darme por vencido...


  Juanma - 9 - Octubre - 2012

jueves, 6 de septiembre de 2012

REFLEXIONANDO


A menudo, cuando crecemos, solemos decir que nos gustaría volver a la infancia, aquella época en la que no conocíamos los problemas ni las preocupaciones de la vida adulta. De niños nos pasaba justamente lo contrario, queríamos crecer para descubrir todas las maravillas de ese mundo de mayores que, por el momento, nos estaban prohibidas.

   Muchos días me da por reflexionar sobre esa cosa extraña que llamamos "yo". Y suele pasar que cambia a  medida que se le observa, como cuando fijas la mirada en las nubes del cielo tumbado en la hierba. Al principio se asemajan a un caballo, luego a una mariposa, y por último se transforman en un anciano de larga barba. Nada, sin embargo, es fijo, puesto que en abrir y cerrar de ojos vuelven a cambiar de forma.

   Es como cuando vas al retrete de una vieja estación de autobuses en un perdido pueblo de carretera y observas las paredes con manchones. Vas allí a menudo, pero las manchas, por más que sean antiguas, cambian en cada ocasión. La primera vez crees distinguir un rostro humano, luego un perro sentado, observándote atentamente. La vez siguiente se transforma en un árbol bajo el cual una hermosa chiquilla se mesa los cabellos. Dos o tres meses más tarde, una mañana  descubres de repente que las manchas han vuelto a tomar la forma de un rostro humano.

   Si concentramos la atención en nuestro "yo", nos damos cuenta de que se aleja poco a poco de la imagen que nos es familiar, que se multiplica y reviste de rostros que nos asombran. No sabemos cuál de esos rostros nos representan mejor y, cuanto más los observamos, más evidentes nos resultan esas transformaciones. Finalmente, sólo parece quedarnos la sorpresa.

   Cambiamos durante nuestras vidas. Nos cambia la edad, la experiencia, las circunstancias, los acontecimientos... Pero no debemos olvidar jamás nuestra más pura esencia, esa primera mancha en la pared, esa primera forma de nube... ese primer y verdadero "yo" que es la base de nuestra personalidad.

   Debemos intentar seguir siendo nosotros mismos a lo largo de nuestras vidas. Si algún día nos quitan todo lo demás, al menos nadie podrá arrebatarnos aquelllo que somos y nos hace especiales a los ojos de los demás, pues cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible, una obra maravillosa y especial de la naturaleza...

" La sombra del arco iris" - Juanma

miércoles, 5 de septiembre de 2012

ADIÓS

Desde muy pequeño crecí con ese pegadizo sentimiento de apego que me inculcaron los mayores; la familia primero, los amigos después. Algo de quimérica utopía y contradicción encierra ese sentimiento, pues la misma vida se empeña en llevarnos cada vez que puede la contraria, dándonos a entender el verdadero final, el desapego... recordándonos que nada es para siempre. A lo largo de todos estos años lo experiementé en mis propias carnes. Y aún así, jamás me cansé de mimar y cuidar mis afectos... cometiendo muchos errores, también es verdad. Y sabiendo también de antemano que en un este mundo de locos que giraba a mi alrededor, en quizás tan sólo un suspiro, algunos de ellos tomarían rumbos y caminos distintos a los míos...

Y apenas queda entonces otra opción que la resignación compartida y consentida, intentando comprender que ellos también tienen el derecho a vivir su propia vida, tal y como yo hago con la mía. Cuesta entonces comprender ese apego con los que nos rodean, si sabemos que antes o después llegará el inevitable adiós. Sabor agridulce, diferentes consistencias, aromas contradictorios... sensaciones del todo extrañas, sin llegar a saber jamás muy bien si merece la pena vivir así. Quizá sea otra perspectiva distinta con la cual aprender a evolucionar en nuestras relaciones cotidianas con los demás, de crecer en nuestra consideración de no padecer o sufrir demasiado con lo que vendrá después... de no querer decir adiós!!!

Mientras tanto, sigo transitando mi camino solitario. Siempre tratando de encontrar mi lugar en el mundo, aquel que por defecto o efecto, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir... buscando la confianza necesaria para ir más allá de meras y simples palabras. En época de lluvias todo luce mojado, dejando golpear la inexperiencia consabida por miles de gotas estrellándose contra los delirios, aquellos que provocan mis propias desventuras. Hay otras épocas en que la lluvia no es tan intensa y tan sólo se dedica a resbalar en forma de desconfianzas dolorosas. Aún así, cada pequeño chubasco me viene a recordar cada fracaso, desilusión o desesperanza vivida. Después llegará la inevitable sequía haciendo estragos, tornando el porvenir duro e inhóspito, intransitable para los sentidos, ya curtidos por el doloroso y triste camino. A veces es en esos momentos cuando más quisiera cambiar la soledad por el amor, la amistad, la vida... cargar las alforjas de valentía y girar y danzar en cada constelación ebrio de ilusión y sueños como hace tiempo que no hago...

Y es en esos momentos en que más quisiera cambiar esa soledad y cuando más lo intento, justo cuando precisamente menos lo consigo y más ganas tengo de decir adiós!!!


Juanma - 5 - Septiembre - 2012
  

lunes, 13 de agosto de 2012

CAZANDO SUEÑOS

Hace ya algún tiempo que la vida hace caso omiso de mis sueños. Aun así, seguiré en su búsqueda y captura... porque puede robarme el aliento sin pedir permiso y conjugar cada uno de mis verbos a su antojo y capricho, pero no volveré la vista atrás, no desandaré el camino largo tiempo recorrido; muy al contrario, seguiré apostando todo al número ganador...

Las bellas locuras no son sino deseos por cumplir, y sólo espero que esta vida que hace caso omiso de mis deseos me deje susurrar cada hebra de los acordes que imagine para ti, de los versos sin rima en el papel de mi piel que hojeas cada nuevo amanecer, de todo aquello que me hace recordar el movimiento de tus pestañas, del zigzag de tus latidos, del recodo de tus sentidos, soñando con algo de tu tiempo, con esos minutos a tu lado que me dan la vida, porque la mía sin ti dura cada día un poquito menos...

No me cansaré de buscar bajo las estrellas aquello que te enamora para vivir ese dulce encuentro contigo,  despacito, sin prisas, detrás de cada sonrisa tras cada nuevo despertar, respirando en cada instante el aroma particular que me hace sentir especial, exhalando suspiros mientras escribimos la historia que brota a raudales entre el cielo y la tierra, de norte a sur, donde sutiles encuentros se llenan de esperanza recorriendo como cada noche distancias inimaginables, queriéndolas acortar sin dejar de contarme bajito, al oído, aquello que adoro escuchar...


P.D. Seguiré cazando sueños cada noche para ti...


Juanma - 13 - Agosto - 2012

jueves, 9 de agosto de 2012

DENTRO DE FUERA


(Prólogo de "Dentro de fuera")


Escribo desde que tengo uso de razón. Puede que incluso antes. Desde pequeño, siempre me gustó escribir historias. Y si no las escribía, las contaba a los amigos. Y si no había amigos a quien contarlas, simplemente las inventaba o imaginaba para mí. En las noches en vela es bastante más divertido que contar ovejitas. La imaginación es un duende de alas invisibles que se eleva tan alto como nosotros podamos remontarnos. A veces permanece debajo de la cama, otras escondido dentro del armario y algunas más sonando en el equipo de música. Es tímido, pero divertido e insaciable.
   Lo que voy a contar  parecerá una historia de locos. Quizá lo sea. ¿Quién no ha mirado alguna vez cara a cara a la locura? Pese a todo, nada hay más cierto en mi vida que aquella extraña aventura que me sucedió un verano, hace ya algunos años. Por aquel entonces, yo hacía vida en mi habitación. Toda la vida que me era posible sin salir de ella. Sólo abría la puerta si era totalmente inevitable. Cuando mi padre se ponía nervioso y llamaba con insistencia, cuando era necesario ir al baño o cuando me encontraba tan enfermo que ya no era lógico dejarse torturar por el dolor. Comía y cenaba incluso dentro los días que mi padre no andaba por allí.
   Aquel verano me quedé solo en mi casa por primera vez. Aún no había cumplido los diecisiete años y, pese a mi juventud, me sentía hastiado, aburrido del mundo, cansado de la gente, desenamorado de la vida y del amor. Aproveché la ocasión para convertir la habitación en todo mi universo y llenarla de luces y colores, amigos y enemigos, amores y desamores, estrellas y galaxias …
   Pero dentro nada podía hacerme daño. Todo aquello que nos hace sucumbir quedaba fuera para los demás; los coches, la contaminación, el ruido, la televisión, la lotería, las máquinas tragaperras, los semáforos, los relojes, los centros comerciales, los satélites de comunicaciones, la religión, las antenas parabólicas, las peleas por el partido del domingo, las tiendas de todo a cien, el trabajo, las prisas, los restaurantes de comida barata, los restaurantes de comida cara, la prensa del corazón, las vallas publicitarias, el gobierno, la oposición, los sindicatos que no paran de hablar y nunca hacen nada, el Peugeot trecientosypico, los elevalunas eléctricos, el yonqui de la esquina, la puta de la esquina de enfrente, la nueva canción del verano, la última película de Stallone, la primera película de Stallone, dinero, corredores de apuestas, vendedores de enciclopedias, enormes autopistas, farolas que no dejan ver las estrellas y odio, egoísmo, avaricia, envidia y densas nubes de hipocresía. Todo ello a todas horas y en todos sitios.
   Pero nada de ello tenía cabida en mi habitación. Allí dentro sólo estaban mi pluma y mi folio en blanco, mis lápices de colores, mis discos, mis libros y todo el universo que el duende de la imaginación era capaz de sostener sobre sus hombros.
   La música jamás dejaba de sonar. La noche en que Dios habló conmigo, en mi viejo equipo de música sonaba “Imagine” de Jhon Lenon. La figura nebulosa entró, con muy poca educación por su parte, sin llamar a la puerta. Tenía cerrojo por dentro, pero supongo que para Dios eso no debe suponer un gran obstáculo. Tampoco creo que la cortesía y los buenos modales puedan denominarse cualidades divinas. Se sentó en el suelo, frente a mí, y tras echarse hacia atrás sus eternos cabellos blancos me preguntó:
    - ¿A dónde piensas ir sin salir de aquí?
    - No pensaba ir a ningún lugar que no esté ya aquí dentro -respondí.
    - ¿Eres feliz? -inquirió meditabundo.
   - Soy tan feliz y desdichado como quiero. Tan dichoso como en el más hermoso sueño. Tan desgraciado como en la más terrible de las pesadillas. Pero acepto ambas cosas. El bien como parte indivisible del mal. Tú sabes mucho sobre ello. Tú creaste ambas cosas de esa nada que es a la vez lleno y vacío. Para enemistarnos y alejarnos a unos de otros.
   - No llegarás a otra comarca si no cruzas sus fronteras -repuso orgulloso, como si todas las comarcas y fronteras fueran suyas.
   - ¿Creaste tú las fronteras? -contesté casi escupiéndole la pregunta- Porque si es así, no dice mucho en tu favor. Aquí dentro no existen fronteras ni países. Por eso no hay guerras ni necesito armas. A nadie incomodo y nada me molesta. Entre estas cuatro paredes me muevo a mi antojo. Son mi universo, el firmamento que me sostiene. Y yo soy su energía. El océano no es una sola gota de agua, pero una sola gota si puede crear un océano. Tú no podrías ser yo aunque quisieras. Soy demasiado humano, que diría Nietzsche. Pero yo podría ser Dios si me lo propusiera. De hecho, tengo más imaginación que tú. Yo no hubiera creado un mundo tan violento. Y por qué no decirlo; tan inhumano.
   Cerré los ojos mientras daba un largo trago a mi cerveza. Cuando volví a abrirlos, Dios ya no estaba allí. Se había marchado. Quizá le molestó lo que le dije y se ofendió. O quizá mi conversación le resultaba aburrida. No pretendía ni una cosa ni otra. Ni hablaba en serio ni en broma. Hablaba por hablar. Por no permanecer callado ante Dios. Por no tener que escuchar ese incómodo silencio que surge cuando se está frente a alguien y las palabras parecen haberse marchado de vacaciones. No soy quién para juzgar a Dios. Ni para intentar comprender sus razonamientos. Pero sí puedo al menos reprocharle que entre en mi habitación sin pedir permiso y se esfume sin decir siquiera adiós.
   Si no creásemos dioses, no tendríamos que pasarnos toda la vida intentando justificar sus actos. Ni pidiendo favores que jamás concederá. Antes de eso yo seré Aladino, mi habitación La Lámpara Maravillosa y mi cama El Genio de los Deseos. Sin dioses, no tendríamos que rezar. Ni buscar demonios que los combatan.
   Sí, Dios se marchó sin despedirse. El mundo entero está lleno de dioses que entran sin llamar y se van sin decir adiós.
   “Imagine” ya había terminado hace rato. Pero seguro que allá donde esté, Jhon Lenon sigue imaginando un mundo mejor donde los niños no lloren, los maridos no peguen a sus mujeres, las luces de las farolas no nos priven de ver las de las estrellas y los dioses no se despidan a la francesa.    Al menos los que no sean franceses.
   A nuestro alrededor giran, en órbitas desconocidas, cientos de cosas que no comprendemos. Pero, ¿para qué quiere uno ya comprender todo lo demás si tiene en su habitación todo aquello que quiere y necesita?
   El mundo podía seguir a lo suyo ahí fuera. Yo ya tenía sitio por dónde moverme. Pensar es una de las pocas cosas que nos diferencian de las amebas y los peces. Pero hay veces que sencillamente es mejor no pensar en nada.
   Si Janis Joplin hubiese vivido un poco más, Dios habría llevado falda y unas bonitas curvas bajo ella...


  
 Juanma - Julio - 1998

viernes, 3 de agosto de 2012

ELLA


Sonó el despertador.

Era lunes por la mañana. El sueño y la pereza ataban mis músculos a los barrotes de la cama. Las cálidas sábanas blancas me abrazaban con dulzura, susurrándome tiernas palabras de consuelo. La almohada, suave y acogedora, se aferraba a mí como un náufrago a su vela.
Y, lo más maravilloso del mundo, allí estaba también ella.
¿Qué decir de ella con palabras que pudieran acercarse a expresar su belleza? Hermosa como un gran árbol en flor, a ratos ardiente como el sol o misteriosa como la escarcha bajo las estrellas, radiante como el rocío de la mañana, como la sonrisa de la luna, como la remota memoria de las cosas olvidadas…
Era lunes por la mañana. Y, como cada lunes, debía comenzar una nueva semana de trabajo y agotadora rutina. Para mí era un tormento, un castigo, un sufrimiento tener que abandonarla cada día. Un dolor agudo me laceraba el alma, me mortificaba el corazón. Era una agonía despedirme de ella, dejarla allí sola como un recuerdo fugaz. Al contemplarla así, desde el umbral de la puerta, el miedo a que alguien pudiera hacerle daño en mi ausencia me provocaba tal congoja que tenía que hacer acopio de todas mis reservas de fuerza para poder pronunciar la palabra maldita.
Adiós.
Ella lo era todo para mí. El resto de mi vida era rutina y aburrimiento, ese eterno e incontrolado ciclo de nacimiento y muerte, de sufrimiento, el Samsara de mi existencia; sabía que por la noche volvería a estrecharla entre mis brazos, pero el mero pensamiento de la palabra separación, aunque fuese tan sólo por unas horas, me resultaba insoportable y me amargaba el resto del día.
Antes de salir me acerqué, como todas las mañanas, a regalarle un beso de despedida. El deseo de volver a abrazarla me daba pequeños empujoncitos hacia su regazo, pero sabía que si lo hacía estaba perdido, que ya no sería capaz de volver a separarme de su lado una segunda vez. Una lágrima fría rodó por mi mejilla, gota de rocío abandonando el abrigo de la flor querida al despuntar el alba, cuando pronuncié la fatídica palabra.
Adiós.



La puerta del ascensor se abrió con un ruido sordo.
Estaba en la planta sexta, frente a la puerta de mi oficina. Todo estaba tal y como lo había dejado el viernes anterior. Exactamente igual de triste, de monótono, de aburrido; siempre igual de imperturbable, quizás incluso cada un tanto más inhóspito cada semana.
Pasé a mi despacho, la maldita sala rectangular donde se me aplicaban mis torturas diarias. Me senté abatido, como si acabara de correr una maratón o recibido una descomunal paliza. Cada día se me hacía más difícil, más insoportable la eterna repetición de lo mismo: las mismas horas, los mismos gestos y saludos, los mismos movimientos como una máquina, un autómata, un robot teledirigido.
Iba a abrir mi maletín cuando, de manera instintiva, mis ojos se volvieron hacia una esquina de la mesa. Allí estaba, inmaculada y limpia, su fotografía. Era del año en que nos habíamos conocido: estaba preciosa, llena de vida, de esperanza, de sueños…
La quería como sólo se puede querer a alguien en un sueño, en un cuento de hadas, en la casa de los Montescos y los Capuletos. La quería, la amaba, la deseaba con una pasión sin límites.
Intenté apartar mis pensamientos de ella y pensar en el trabajo que, pese a todo, nos proporcionaba el dinero para vivir y poder realizar nuestros sueños. Abrí el maletín y rebusqué entre los papeles los que habría de trabajar aquel día. No recordaba bien de qué documentos se trataba, últimamente iba un poco atrasado y se me acumulaba el trabajo y…
No podía. Por más que lo intentaba, era imposible. No podía apartarla de mis recuerdos, alejarla de mí, barrerla del corazón. Se aferraba a mi alma como las estrellas a la noche. Ella era la luz que me daba vida, el alimento que me proporcionaba fuerzas, la chispa que mantenía prendida la llama de la ilusión. Todo lo que era, todo lo que había conseguido, se lo debía a ella.
Absorto en mis pensamientos, viajé hacia atrás en el tiempo y regresé a los años de mi juventud, a un tiempo donde nuestros caminos aún no se habían cruzado.



Antes de conocerla, todo había sido muy diferente en mi vida, mi pasado y mi presente eran tan distintos como el sol de la luna. Eran tiempos difíciles. Huérfano y solo, vagaba de un lado para otro sin rumbo fijo, sin techo, sin trabajo.
Sí, antes de conocerla a ella yo no era más que un pobre vagabundo. Todo carecía entonces de sentido, excepto encontrar un pedazo de pan que llevarme a la boca, un lugar lo más confortable posible donde pasar la noche y unos cartones para arroparme. Fueron días de desesperación y sufrimiento. La idea del suicidio se cernía sobre mi cabeza como un buitre acechando los últimos minutos de su presa moribunda.
Entonces la conocí.
Y todo cambió: como cambian las imágenes de un sueño cuando despiertas. Recuerdo que era un día de primavera. Y recuerdo que, desde aquel encuentro, fui a visitarla todos los días.
Ella trajo la fortuna a mi vida pues, poco tiempo después, conseguí un empleo y pude alquilarme una pequeña casa. Y las cosas comenzaron a ir rodadas como por arte de magia: aquellos tiempos difíciles fueron quedando atrás como jirones de niebla al levantar con fuerza el cálido sol de la mañana. Toda mi vida se llenó de colores, de sonidos y formas multicolores, de alegría y felicidad bañándolo todo como olas una playa dormida y desierta.
Aquel encuentro inesperado e insospechado fue como tocar las alas de los ángeles con la punta de los dedos… y supe entonces que ya no había dudas ni incertidumbres posibles: estaba enamorado, debía luchar por conseguirla y darle todo ese amor que, durante todos aquellos años de soledad, se había ido acumulando en mí interior como nieve en la ladera de una montaña.
Y así fue como Cupido nos ensartó con una de sus saetas y nuestros senderos convergieron uniendo nuestras vidas para siempre y sellando nuestro amor con un fuerte y poderoso lazo.




   Y así, sumido en bellos pensamientos y dulces recuerdos, perdí por completo la noción del tiempo y seguí vagando y divagando hasta que llegó la hora de cerrar la carpeta, el maletín, la puerta... y regresar a casa.
Llegaba de nuevo la hora del reencuentro, del abrazo, del beso cruzando el puente que separa la luz de las tinieblas, la risa del llanto, la caricia añorada volando de nuevo hacia el sueño de primavera.
Así transcurrieron meses y años felices, rebosantes de dicha y júbilo, de fines de semana y vacaciones entregados a nuestro amor.
Y así se sucedieron odiosos y tediosos lunes con el despertador sonando de fondo y recordándome que el fin de la semana se había agotado de nuevo y que era hora de volver al trabajo y a la rutina de la vida.



   Pero la vida es imprevisible, sus misterios insondables y, un buen día, todo cambia de repente. El amor es un sentimiento mágico, pero también extraño, a veces casi del todo incomprensible. No sabemos cómo ni porqué viene o se va, pero es una fuerza que escapa a nuestro control y razonamiento. Un buen día pasa algo, o no pasa nada durante mucho tiempo, y una llama se apaga, o tal vez otra se encienda, y entonces comprendes que ya nada volverá a ser como antes y que lo mínimo que puedes hacer es ser valiente, honesto y evitar sufrimientos innecesarios.
Debía hablar con ella.
Como siempre, esperaba mi llegada en la habitación. Me enfrentaba a un momento difícil, a una amarga y triste confesión. Pero no quise andarme con rodeos y decidí ir directamente al grano. No podía disimular el dolor y la amargura que, pese a mi comportamiento casi cruel, desgarraban mi corazón.
La había querido mucho. Aún la quería.
Me acerque a ella y con voz grave, como de Humphrey Bogart en el papel de Philip Marlowe, le susurré al oído;
“Nena, tengo algo importante que decirte.
Me senté a su lado, casi a cámara lenta, casi como si le estuviera arrancando la vida como la piel, a tiras.
“Sé que esto va a ser duro pero que, pese a mi egoísmo, creo que sabrás comprenderlo y perdonarme algún día.
“Siempre había soñado con un final diferente, pero quizá hayan pasado ya nuestros mejores años. Y con ellos se apagaron también la ilusión, el deseo, la pasión....
“Además uno no puede saber nunca con certeza aquello que le va a deparar el futuro. Nunca creí posible que esto pudiera llegar a  suceder, pero así ha sido y lo mejor que podemos hacer es afrontarlo. He conocido a otra. No sé si estoy enamorado de ella, pero está claro que mis sentimientos hacia ti han cambiado, ya no siento lo que antes…
“Sí, sé que es cruel y vergonzoso contártelo así de repente, sin más. Pero creo que es preferible hacerlo a ocultártelo, pues antes o después te enterarías y entonces sí que te haría daño. Y no lo mereces. No deseo hacerte sufrir y quiero que sepas que jamás te he engañado ni compartido una noche con ninguna otra, nunca habría sido capaz de serte infiel. Antes de hacerlo y marcharme quería sincerarme contigo. Será difícil tener la conciencia tranquila tras esto, pero más doloroso aún sería vivir con el alma y el corazón manchados y atormentados por la culpa y el pecado.
“Hemos de separarnos. Será terrible hacerme a la idea, pero yo he elegido este camino y tengo que afrontarlo. Jamás te olvidaré y, pese a todo el daño que pueda causarte, espero que tampoco tú lo hagas nunca. Te deseo todo lo mejor y por eso espero que puedas rehacer tu vida y encontrar a alguien que llene mi ausencia, te colme de amor, cariño, atenciones y todo aquello que yo no podría ya darte. Y, sobre todo, que no te falle como yo lo he hecho.
“Ahora tengo que despedirme de ti. Me gustaría volver a verte de vez en cuando para saber que estás bien, pero te comprenderé si no quieres volver a saber nada de mí.



   Ni una palabra de reproche. Así era ella.
Casi sin darme cuenta, las lágrimas habían inundado mi rostro. Estaba llorando como un niño que ve a sus padres marchar y siente miedo y abandono pese a no saber lo que en realidad ocurre. No quería retardar más lo inevitable, así que decidí enfrentarme con firmeza a mi destino, a una nueva vida desconocida y un futuro del todo incierto. Diferente, en todo caso.
Ya nunca volvería a ser el mismo. Ya nada volvería a ser igual. Una lágrima, grande como mi culpa, surcó mi rostro cuando me detuve para contemplarla por última vez.
Iba a susurrarle adiós, como cada mañana, como siempre.
Sin embargo, sólo pude decirle:
“Cuídate, querida cama.



   Juanma

martes, 31 de julio de 2012

TU REGRESO

Y a tu regreso me trajiste más que el arco del triunfo, mucho más que los húmedos cafés donde nuestros alter egos literarios se sentaban a desmadejar su amor laberíntico, su amor metafísico y condenado a lágrimas. Me trajiste más que las garras del silencio de hace siglos; mucho más que el aroma de esperanza e ilusiones. Me trajiste la tierra entera, fragante de olores y sabores, me trajiste la hermosa y convulsionada frescura del amor que aprende y se comprende, me trajiste el romanticismo que se derrama a su pesar, me trajiste la lengua confusa de tanto aparearse con otra cultura. Me quitaste la guillotina y el terror, me quitaste el silencio prologado, la soledad secreta, la intimidad abandonada.

Me regalaste la clandestinidad frenética de este amarte sin salidas, me regalaste la respuesta a tantas dudas turbias y me regalaste el suelo entero, el planeta entero después de estar años suspendido mientras tu hermoso pelo jugaba con otro viento.

Yo podría dejar los pies en los adoquines rotos de esta ciudad si tuviera la certeza de encontrarte, podría traspasar una noche entera de sábanas vacías si al fin de la última tela me esperara tu mirada profunda como el mar, tu mirada bruja, tu mirada abismal que me abre las venas. Yo podría ser el bastión y el refugio de todas tus dudas y terrores si me ofrecieras tu mano sin sombras temerosas.

Pensé que lo harías. Pensé que escaparías. Pensé que era natural que no me extrañaras, pensé que después de todo no somos ni siquiera amantes, que es todo intrincado y que los recuerdos están sólo de esta orilla. Pensé que mi voz no te hacía falta, que a tu corazón no he llegado ni remotamente y que esta apuesta kármica era sólo mi obstinado espejismo. Y cuando a mi garganta llegaba este torpe y áspero sabor de verdad mi teléfono sonó. Y estaba tu voz del otro lado. Estaba tu porte de abismo en esa acera recién llegada, tu bellísima voz de gato ronroneando, tus mensajes asépticos con la lujuria en las entrelíneas y la urgencia de verme, de hablarme, de saberme en un lugar de tu universo. De mi universo...

Juanma - 31 - Julio - 2012

jueves, 26 de julio de 2012

LOS PASADIZOS DE TU AUSENCIA

Soy propenso a dejar olvidadas en cualquier sitio las llaves de la memoria para los alegres momentos y termino perdiéndome con facilidad cuando intento encontrar palabras para definir el desaliento. Fui cómplice y testigo del silencio de tu fugaz compañía, la que día a día agitaba mi respiración, hasta que se tiñó de negro absoluto el azul de mis alas, guardando luto por tu ausencia el precario equilibrio que a duras penas me mantiene sin ti. Mis lágrimas dibujan tu mirada ausente, en la lejanía resuenan melodías tan extrañas como eternas, enfrente mi silueta intenta abarcar tu sombra, en el cielo las nubes grises y la tormenta empañan el día, en el subsuelo un sinuoso chapoteo de crudos sentimientos al compás de mis desvelos, a mi lado... qué no daría yo por tenerte a mi lado mientras intento continuar mi vida, seguir mi camino sin dejar de pensar qué enorme me queda el mundo, qué pequeño me siento sin la alegría de tu compañía, sin poder calcular las distancias de los pasadizos de tu ausencia...

Juanma - 27 - Julio - 212
   


martes, 17 de julio de 2012

PALABRAS

Era mudo.

Dejó su cofre de palabras hermosas en un balcón, las regaló y las lanzó al viento. Otras las enterró en el jardín de su casa para siempre jamás. Las que le quedaron no las quiso usar. Caminó los meses, con la boca cerrada, los ojos cerrados... invierno helado. Mudo.

Una hermosa muchacha le esperaba al otro lado del invierno. Justo en la orilla de una primavera salvaje. Salió de una biblioteca perdida. O quizás de los versos de un poema o los párrafos de un cuento. O de las páginas amarillentas de un periódico olvidado. Le conquistó con una tierna mirada en otro idioma, y le preguntó al chico mudo qué buscaba. Él dudó. Trató de decir algo que ella no pudo entender. Una sílaba, una afirmación mínima. Un gemido, un sonido gutural, un maullido tal vez. Trató de decir algo, y algo dijo. Se inclinó en la vereda y recogió una palabra que alguien había perdido...u olvidado. Se la puso en la boca y habló. Mal, pero habló. Ella, que tenía un bolso de palabras que había coleccionado por las calles, se lo prestó. Él pudo decir de nuevo algunas cosas, y esas pocas cosas se las pudo enseñar.
 
Ella preguntó por la ciudad, y él la caminó con ella. Ella sacaba una palabra del bolso y él la saboreaba, la besaba, la definía y se la regalaba. Ella le regalaba otras...ser, estar, tocar, mirarse, sentir, amarse...

Cuando tuvieron una casa llena de palabras, las unieron para dormir dentro, abrazados. Ahora él la besa con unos labios como manantial de palabras, ella con un río de versos en su boca húmeda. Se miran hasta gastarse, ansiosos. Pero nunca más en silencio...

Juanma - 18 - Julio - 2012

jueves, 5 de julio de 2012

QUIZÁS...

Quizás no sea melancolía.

Quizás pueda ser tan sólo el inquieto desasosiego al sentarte en el borde de la cama después de una atroz pesadilla que, a hurtadillas, hace añicos tu tranquilidad. De esas que te sobresaltan y sobrevuelan sin saber muy bien de dónde vienen o hasta cuándo pretenden llegar. O tal vez el saber, sospechar o intuir que estuvimos cerca, demasiado cerca; tan cerca y al mismo tiempo tan lejos de donde jamás pudimos imaginar.

Como esa confusa y fugaz imagen que de repente estalla en un arco iris de espléndidos colores, en una miríada de dulces sensaciones o simplemente en un breve Érase una vez... una palabra o quizás tantas que se atrevían a oscurecer y ocultar a la misma luna llena. Y quizás no esté preparado el cuerpo para despertar a tiempo al alma adormecida y desprotegida después de tantas dolorosas ausencias. 

O quizás, quién sabe, sea solamente otra noche más dubitativo, con algo de añoranza en la mirada y sonrisas fingidas y forzadas, un no averiguar donde esta el verdadero lugar para comprender tu habitat y su alrededor, un no saber hacia dónde orientar tu prosa tras la poesía envenenada, un desconfiar para siempre jamás de todo aquello que te rodea.

Todo tiene cabida en este universo infinito, en esta oscuridad sofocante y pertinaz, este no encontrar tu galaxia entre tantas estrellas fugaces, este no escuchar los sonidos del silencio que den vida y sentido a tu movimiento, este no ver las formas, figuras y sombras que acechan intentado descifrar lo que separa al cielo del suelo, este no saber cuánta gente quiere decirte algo... y cuánta hacerte callar, este no comprender el porqué a veces cerramos con cadena y candado las luminosas puertas de la salvación...

Quizás tampoco sea tristeza.

Quizás sea únicamente el secreto deseo de pasear por el escenario mil veces imaginado y fantaseado, agradeciendo los colores y sabores regalados mientras los fantasmas recrean lugares siniestros y ensombrecidos y en los oídos nos retumba el susurro silencioso, tratando de localizar la ternura misteriosa, arrojado al vacío blanco de este abismo artificial de los pensamientos que se pierden de nuevo en los caminos olvidados, esos que han quedado anclados en algún lugar inhóspito del universo, en el espacio y el tiempo que delimitan los alfabetos prohibidos, en este sueño burlón y esquivo, a la espera de desentumecer avatares intrascendentes que cohabitan en mi cabeza, mientras las orillas añoradas humedecen sin mojar el paso a paso de una constante y casi enfermiza ambición por recrear sueños mágicos...

Con frecuencia resulta agotador bordear la orilla, obsesionado siempre con la angustiosa posibilidad de terminar en el lugar y momento equivocados, en esa arquitectura desahuciada tras la violenta presunción de creerme capaz de solventar cualquier situación. A veces quisiera ser tan atemporal como el mismo tiempo que se expande a mi alrededor, resolver las incógnitas implícitas en cada ecuación, resultado inequívoco del supuesto infinito en la añoranza de tus caricias, al vértigo de proclamar a los cuatro vientos la complicidad de tus sonrisas, imaginando como siempre soñé, que solo hacia falta pedir de nuevo los dados para seguir jugando...

Quizás no fue ninguna de las dos cosas.

Porque lo más normal es perder las batallas cuando no se digieren las palabras, cuando no se acepta la realidad irrevocable y ahí me encuentro, cabizbajo, obligado a vaivenes de pensamientos y sentimientos que deforman el falso destino, las manos tristes en los bolsillos, el firmamento como sombrero y la brisa como desabrigo, deambulando de un lugar a otro, ofreciendo mis pies desnudos como tributo a mis continuas locuras, intentando ser comprendido a pesar de creer en la verdad y soñar, soñar, soñar con el paraíso de mi timidez bajo el cielo azul y las caricias del mar regalándome lo que no es mío, la levedad del ser y estar bajo el tintineo de supuestas conjeturas... y se va agotando la fe, la esperanza descafeinada, sin encontrar la salida a lo que siento y tras la aparente invisibilidad devuelta por el reflejo desconocido de cualquier escenario donde quieran que interprete lo que no es parte de mi alma, pues allí se encuentra un corazón solitario, el mío, que no accederé a traicionar por nada del mundo...
                          
Y es también que al pensarlo divago entre los últimos estertores embarrados de un tiempo prestado por el mismo universo, con un pie dentro y los dos fuera, errónea perspectiva de un equilibrista no titulado ambicionando corregir con sus alas de papel el escenario del mundo, enjaulado a golpes de sinrazón, buscando el escalofrío de unas garras afiladas recorriendo mi espina dorsal, en la punta de los dedos ajenos superpuesta la complejidad de infinitos matices que adormecen al mar embravecido de constantes quejidos, unas veces aterciopelados y otras engendrados por la inconclusa creación de sueños arrebatados tras su silenciosa hibernación... y quizás al despertar todo seguirá igual y las bestias primitivas me recordaran lo inusual de poder volar sin tener alas, como ilusiones comprimidas que al explotar nos recuerdan cuan duro puede ser pisar de nuevo el suelo a ras de la realidad...

Quizás ni siquiera sea nostalgia.

Sino un sin fin de letras compartidas y amadas rellenando los tristes momentos e implicándome con tanta y tanta gente a la que quiero sin contemplaciones, que bien merece la pena no perderse en los oscuros suburbios que a veces construimos en nuestra ciudad de los sueños. Es necesario pararse, respirar profundamente, cotejar las posibilidades, los retos y los logros, resumir los innumerables intentos, asumir los constantes fracasos y reflexionar a partir del momento en el que uno decide abrirse en canal para sacar a relucir los entresijos escondidos tras la inocencia de no poder o saber encauzar las ganas de compartir... cierto es que a nadie le amarga un dulce y aunque no sé venderme lo suficientemente bien como para delegar en mí la venta y llegar a buen puerto, si es verdad que la magia hace que sienta escalofríos a mi alrededor, que los números, números son, que la complicidad llena el corazón, que los sueños también se hacen realidad y que la ventana mágica de la virtualidad abierta de par en par ante el teatro del mundo revoluciona el concepto de la cercanía, un, dos y tres, volvería de nuevo a empezar, una y otra vez...

Quizás, al fin y al cabo, no sean más que desvaríos...


 Juanma - 5 - Julio - 2012