"Nunca es tarde para aprender a huir", dijo para sus adentros. Y sin pararse a esperar siquiera a su sombra, salió con
precipitación huracanada, los ojos alerta y el corazón a punto de taquicardia. Subió al ascensor a las 3:23 de la madrugada. Ya en la calle, se arrojó sobre el primer taxi libre que encontró y que le llevó por fin a casa, a salvo de palabras hirientes y de deseos inconfesables. Nunca había estado tan convencido de que había sido un gran error la idea de ir a casa
de ella. Fue un imperdonable momento de debilidad que jamás debió permitirse. Ése fue el
primer eslabón de una cadena de errores. El segundo, dejarla descorchar una botella de vino del que apuró hasta la última gota. Trato de salir del paso, de quitarle hierro al asunto, tal vez inventar algún chiste ocurrente...
El tercer, más grave, crucial y definitivo error fue exhibir, hay que reconocer que el alcohol tuvo gran parte de la culpa, una imprecisa locuacidad peligrosa, lo cual reavivó la llama de aquella confusión esquivada durante tantas semanas. Ella sacó de un cajón un diario que guardaba bajo llave. Se sentó frente a él y leyó un par de páginas con cierto talento e ingenio, pero plagadas de frases de desconsuelo y párrafos de desesperanza. Le arrebató el cuaderno de las manos y comenzó a leer. Y allí estaba él, descrito y retratado; pero al mismo tiempo despedazado, herido, juzgado, manoseado y psicoanalizado. Muerto.
Sintió tristeza. Sintió agonía. Sintió rabia.
Tal vez si hubiese estado lúcido y sobrio, habría tenido también algo de amor propio, pero el vino le enturbió los ojos, le retorció el alma y,
como un perfecto imbécil, se dejó abrazar. Tierno como un estúpido se dejó sondear el corazón, y la besó. Tal vez por melancolía. Quizás por su ebriedad. Pero aquel beso le taladró la razón. Y antes de darse apenas cuenta, se encontró en la cama junto a ese cuerpo hermoso y pecador, naufragando en la nada de su alma, en el vacío de su ansiedad, de la nostalgia y de la
imposibilidad de entregarse de verdad a ella. Se encontró fumando solo frente a la ventana,
extrañando ese cuerpo que desde tiempo atrás se había vuelto indescifrable, extraño, intruso. Se encontró escribiendo terribles cartas humillantes y desgarradoras. Se encontró de todos y cada uno de esos
modos en un parpadeo y la separó de sus labios, la alejó de su brazos, la desterró de su corazón.
En un intento desesperado, trató de explicarle que aquel encuentro nunca debió haber sucedido, y que con aquella niebla de alcohol había olvidado dónde estaba su lugar. ¿Lejos? ¿En ninguna parte? ¡Quién sabe! No encontró otras palabras: “Nunca es tarde para aprender a huir”, sentenció. Salió de la habitación dando un portazo; amándola aún, odiándose siempre. Llamó al ascensor. Cogió un taxi y regresó a casa.
Ya en la cama, arropado por frías sábanas, sigue pensando en esa mujer que le amó, esa mujer que con toda seguridad aún le ama, aunque sea con tristeza y melancolía, tras una membrana implacable que va
seleccionando y separando los sueños del alma de los deseos de su corazón, que va coleccionando mariposas y monstruos, fantasmas y lunas, espinas y flores en el parto
onírico de la madrugada... vaciando vacíos, colmando espacios. Se siente miembro de honor de una especie al borde del abismo y decide extinguirse cuanto
antes... Cierra los ojos y se abandona al recuerdo, y al inevitable adiós...
Sube al tren. Con infinita tristeza. Todos la miran. Y ella lo sabe. Se sienta sola, llora, la siguen mirando. Se ha puesto unas gafas de sol para intentar ocultar su dolor, a al menos para disimular las lágrimas. El tren llega a su destino. Se baja en silencio, llorando. Camina hasta un parque cercano. Se sienta en un banco bajo las osamentas desnudas de los afligidos árboles de otoño. Llora. La miran. Mira dentro de su bolso y saca algo de su interior. Llama por teléfono. Cae la noche. Vuelve a casa y llora. Saca una tiza de un cajón y empieza a marcar cada objeto con una X mayúscula. No hay nadie. Nadie la mira. Nadie la ve. Eso le duele aún más. Se enfrenta a la mirada que le devuelve el espejo. Se contempla largo rato en él. Descubre que tiene un agujero en el pecho. Más bien se trata de un hueco del tamaño del corazón. Ve la pared de detrás a través de aquella abertura que parece haber cobrado vida en su interior. Se sienta. Hunde un cuchillo en lo más profundo de sus entrañas que la atraviesa sin ninguna sensación. Ahora lo entiende. Sonríe al fin. * * * En el pasillo de un avión que atraviesa el océano, él avanza, llorando. Lo miran. Cierra los ojos. Acaba de recibir una llamada. Llora. Se quita las gafas de sol y se desabrocha el cuello de la
camisa. Pone sobre sus piernas temblorosas el bolso de mano. Mete la mano dentro del
bolsillo, buscando algo que le espera allí y que parece ser su única salvación.
Se seca el sudor de la frente. Empieza a inquietarse, se palpa el pecho.
Todo bien. O quizás todo mal, pero al menos en su sitio. ¿Y entonces? Lo coge con
cuidado. Es sólo un papel en el que hay un caligrama con unos versos en francés. Al fin lo entiende. Sonríe también.
"En este espejo estoy encerrado vivo y real como se imagina a los ángeles y no como son los reflejos..."
(Guillaume Apollinaire)
"Hay placer en los bosques sin caminos, hay éxtasis en las
orillas solitarias, hay compañía donde nadie pisa, cerca del profundo
mar y de su rugido musical; no amo menos al hombre, sino más a la
naturaleza"
(Lord Byron)
Hoy, cambiando la dinámica del blog, no voy a escribir un
texto mío. Hoy quiero rendir homenaje a un gran personaje, un hombre
libre que eligió su propio camino y destino, su forma de vivir la vida
hasta sus últimas consecuencias sin dejarse arrastrar por los
convencionalismos sociales... un hombre cuya historia conocí hace un
tiempo, fruto de la casualidad al ver la película sobre su vida, pero
que desde que llegó a mi conocimiento me fascinó y conmovió. Un hombre
que decidió fundirse con la naturaleza buscando la armonía y la
felicidad en ella, dejando de lado todo aquello que odiaba o no le
llenaba de la sociedad en que vivía. Recomiendo sin duda alguna la
lectura del libro "Into de wild" de Jon Krakauer, y también, por
supuesto, la película con el mismo título "Hacia rutas salvajes".
Christopher Johnson McCandless (12 Febrero de 1968 - 18 agosto
1992) fue un errante estadounidense que murió cerca del Parque nacional
Denali después de caminar en solitario en medio del desierto de Alaska
sin apenas comida y escaso equipo. Jon Krakauer escribió un libro
sobre su vida, "Into de wild", en 1996, y que inspiró en 2007 una
película dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch.
McCandless creció en Virginia, en el Condado de Fairfax. Su
padre, Walt McCandless, trabajó para la NASA como un especialista en
antenas. Su madre, Wilhelmina ‘Billie’ Johnson, era la secretaria de su
padre y más tarde ayudó a Walt a instalar una exitosa compañía
consultora. Ya desde muy temprana edad, sus profesores notaron que
Chris tenía una voluntad inusualmente férrea. Cuando creció, agregó a
esa determinación un peculiar y propio idealismo y una gran
resistencia física. En la escuela secundaria, ejerció como capitán en
el equipo de atletismo, donde instó a sus compañeros de equipo a correr
como si de un ejercicio espiritual se tratara, en el que ellos estaban
corriendo "contra las fuerzas de oscuridad (...) contra todo el mal en
el mundo y todo su odio". Se graduó en la escuela secundaria en 1986 y
en la universidad en 1990, especializándose en historia y
antropología. Su rendimiento superior a la media y su éxito académico
enmascararon un desprecio creciente por lo que él consideraba como el
"materialismo vacío de la sociedad norteamericana". En su primer año se
le ofreció pertenecer a la fraternidad Phi Beta Kappa, pero lo rechazó
argumentando que los "honores y los títulos son irrelevantes". Las
obras de Jack London, Leon Tolstoi y Thoreau tuvieron una fuerte
influencia en McCandless, y soñó con abandonar la sociedad, al estilo
de Thoreau, por un período de solitaria contemplación.
Después de graduarse de Emory en 1990, donó sus ahorros de 24,000
dólares a la caridad y empezó a viajar por el país, usando el nombre
de Alexander Supertramp. McCandless hizo su viaje a través de Arizona,
California y Dakota del Sur, donde trabajó en labores agrícolas.
Alternó su periplo entre períodos de trabajo relativamente fijos y con
mucho contacto con gente, con periodos en que estuvo sin dinero y sin
ningún contacto humano, al punto que a veces tuvo que luchar duramente
por conseguir algo de comida con que mantenerse. Sobrevivió a
innumerables peligros durante estos periodos de vida salvaje, como
cuando perdió su automóvil en un diluvio, o cuando decidió descender en
canoa por el río Colorado, en dirección al golfo de California.
McCandless se enorgullecía de sobrevivir con un mínimo de elementos y
una preparación bastante básica.
Durante años, McCandless había soñado con una "Odisea por
Alaska"; vivir de la tierra, lejos de la civilización, y manteniendo un
diario de vida que describiera su progreso físico y espiritual,
enfrentado a las fuerzas de la naturaleza. En abril de 1992 hizo
autostop a Fairbanks, Alaska. Fue visto con vida por última vez por
James Gallien, quien le llevó de Fairbanks a Stampede Trail. Gallien se
preocupó por "Alex", pues tenía pocos medios materiales y ninguna
experiencia en el entorno de Alaska. Gallien intentó persuadir a Alex
para que desistiera en la idea de su viaje, e incluso ofreció
conducirlo a Anchorage para comprar equipamiento adecuado. McCandless
se negó a recibir cualquier ayuda, salvo un par de botas de caucho, dos
latas de atún y una bolsa de maíz. Después de hacer una caminata a
Stampede Trail, McCandless encontró un autobús abandonado como un lugar
para asentarse, y se empeñó en vivir exclusivamente de la tierra.
Llevaba consigo una bolsa de arroz, un rifle Remington semiautomático,
munición, un libro sobre las plantas locales, varios otros libros de
sus autores preferidos y algo de equipo de montaña y acampada. Asumió
que debía cazar para poder vivir; a pesar de su inexperiencia como
cazador, McCandless capturó con éxito algunos animales pequeños tales
como puercoespines y pájaros. Una vez mató un alce; pese a su logro no
pudo conservar toda la carne sobrante, ni siquiera tras haberla ahumado
sobre unos arbustos, tal como le dijeron los cazadores con que se
había encontrado en Dakota del Sur. Su diario de vida contiene entradas
que cubren un total de 113 días. Estas fechas relatan la cambiante
fortuna de McCandless. Después de vivir con éxito en el autobús durante
varios meses, Chris decidió salir en julio, pero encontró el sendero
bloqueado por el río Teklanika, que estaba entonces considerablemente
más crecido que cuando lo había cruzado en abril.
El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de
cazadores de alces encontró esta nota en la puerta del autobús;
"S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, muy cerca de morir y
demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no
es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para
salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde.
Gracias, Chris McCandless".
Era el 12 de agosto, día que escribió lo que se piensa fueron sus
últimas palabras en el diario. Arrancó la página final del libro de
memorias de Louis L’Amour, "Educación de un Hombre Errante". En el otro
lado de la página, Chris agregó; "He tenido una vida feliz y doy
gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos". Su cuerpo se encontró en
su saco de dormir dentro del autobús, con apenas 30 kilos de peso.
Llevaba muerto más de dos semanas. La causa oficial de su muerte fue la
inanición. Su biógrafo Jon Krakauer ha sostenido que dos factores
pueden haber contribuido a la muerte de McCandless en agosto de 1992.
Primero, que estaba en riesgo de inanición debido a su creciente
actividad, en comparación con la escasa comida que consumía por lo poco
que cazaba. Sin embargo, Krakauer insiste que la inanición no fue, tal
como lo indican los certificados de defunción de McCandless, la causa
primaria de su muerte. Inicialmente, Krakauer sugirió que McCandless
podría haber ingerido semillas tóxicas .Sin embargo, las pruebas de
laboratorio demostraron concluyentemente que no había ningún rastro de
toxina presente en los suministros de comida de McCandless. En las
ediciones posteriores de su libro, Krakauer ha sostenido entonces que
fue un hongo, que creció en las semillas que McCandless comió, el que
provocó su fallecimiento. Sin embargo, no queda ninguna evidencia para
apoyar la teoría de Krakauer, salvo un escrito que dejó el propio
McCandless en su diario el día 30 de Julio y que decía; "Extremadamente
débíl, falta de agua, semillas..." pero toda la información forense
disponible sugiere que McCandless simplemente murió de hambre.
Trailer de la película:
"No vivo de lo que el mundo piensa de mí, sino de lo que yo pienso de mí mismo"
(Jack London)
Tuvo un sueño extraño, como tantas y tantas noches, en el que se levantaba de la cama y se miraba al espejo.
Notaba como arena en la boca y todos los dientes se le caían. Primero despacio, de uno en
uno, casi como si fuesen de cristal. Y después sentía cómo se le iban desprendiendo los demás. Se le caían demasiados, cerca de cien, más de los que tenía, sin que entendiera cómo eso podía ser posible; a continuación los escupía en el lavabo con asco y asombro, y sin embargo nunca era el
fin del mundo. Sintió una especie de zarandeo y despertó.
Se levantó y fue caminando con cautela hasta el baño, aunque no conocía los pasillos que recorría, por lo que llegó a la conclusión de que no estaba en su casa. Se sentía extraño, confundido, huraño. Un día pensó que era alguien, pero aquella noche se sentía demasiado lejos de
ser nadie. Se miró al espejo. O eso pretendía, pero no lo consiguió. Del otro lado del
espejo no había nada. No es que no hubiera reflejo, era más bien como
mirar cara a cara al vacío, nada de nada. Ni un ojo, ni una pestaña, ni
un pequeño destello que anunciara que estaba ahí. Nada. Una coqueta estantería de madera,
los azulejos de cerámica de las paredes, una cortina azul casi transparente en la bañera. Aquello sí se reflejaba. Pero él no estaba. Se asustó bastante, por supuesto. Aunque no
tanto como uno podría suponer que alguien se asustaría si desapareciera
del espejo. Recordó el mito de los vampiros, y pensó que él también
hacía tiempo que se estaba quedando sin sangre. Seguramente no fuera eso, pero ni siquiera podía verse el cuello para asegurarlo.
Se metió en la bañera para darse una ducha, intentando cantar alguna canción que recordara. Seguía sin poder entender hacia qué extraño mundo se
había fugado su reflejo, preguntándose si podía uno sentirse completo
cuando aquella persona que habitaba dentro de ti mismo había decidido abandonarte.
Apenas una semana después se dio cuenta de que se había
perdido, que en algún lugar y algún momento de sus últimos días se había extraviado. Que tal vez era lo
que no era, o que quizás ya no era lo que era o, en última instancia, que no
sabía qué diablos era ahora, ni dónde ni cuándo estaba. Dudó: ¿estaría ése, su otro
yo, pensando en aquel mismo momento aquellas mismas cosas? Decidió que no, que aquello era imposible, que estaba desvariando, que como mucho aquel otro estaría ya tomando decisiones para cambiar las cosas, que seguro que no miraba hacia atrás como él y que, de
hecho, tal vez fuera esa la razón de que se hubiera marchado. Se sintió solo y cruelmente abandonado. Sintió algo parecido a la envidia. En aquel instante, casi hubiera preferido que de verdad se le cayeran
los dientes.
Intentó simular que no pasaba nada, que aquello no iba con él, que no le importaba. Pero, ¿cómo podía no importarle?
Cuando se cumplieron otras tres noches más de sueños encriptados decidió salir a
buscarse. En los bares. En los restaurantes. En las bibliotecas. En los parques. En las calles. En los diarios que escribieron cuando aún tenía
reflejo. Pero no estaba.
El espejo se volvió mudo, ciego e insensible.
Una noche mientras paseaba, ya de madrugada, creyó ver en las pupilas de alguien una
boca. Una boca que se movía de manera familiar, y que al instante reconoció como propia; y detrás
nada. ¿Podía imaginarse? Sólo una boca flotando en las pupilas de alguien, pero algo era algo; y en aquellas circunstancias algo era mucho, y mucho era demasiado Volvió a casa radiante y feliz. Y al día siguiente, en los
ojos de una muchacha que había amado, descubrió que no había sólo una
boca, sino su propia mirada. Y de aquella manera tan asombrosa fue reapareciendo, poco a poco, entre los
párpados de aquellos que conocía o con los que se encontraba: una amiga de la infancia tenía una oreja, otra los dientes (por suerte no se le habían caído), un vecino los pómulos, su compañera de trabajo las pestañas. Fue coleccionando mentalmente los fragmentos, y
volvió a conseguir algo remotamente parecido a un reflejo. No era mucho,
era tan sólo el esbozo de un recuerdo triste. No obstante, consiguió volver a dormir.
A la mañana siguiente intentó algo nuevo: probó a sonreír.
Su sonrisa, ya casi no la recordaba, apareció como por arte de magia, estaba ahí detrás. Detrás de
todo... aunque delante de nada. Un poco tenue, casi etérea, pero sí, parecía la
suya, a todo color, con sus labios carnosos y todo. Su sonrisa perdida... por fin ahí estaba. Le vino a la memoria un recuerdo de hacía mucho tiempo, cuando una novia que tuvo le dijo que
él era como el gato de Cheshire y su sonrisa, la misma del gato.
Y probó de nuevo a sonreír. Y comprendió que nunca debió de
dejar de hacerlo y que, de ahí en adelante, jamás dejaría pasar ni un
sólo día más de toda su vida sin regalar una sonrisa a alguien...
Se acerca despacio, apenas una sombra que levitara por el local. Allí está, en primera fila; fumando distraído, a grandes caladas, con alegría. Y se contagia de risa, de humo, de brisa. En primera fila, sostiene en la mano una rosa que le entrega en
cuanto se acerca; él se inclina, sonríe con la mirada y le lanza un beso para que ella lo coja al vuelo. El beso del
loco del tarot que viene de vuelta a la desquiciada baraja de la vida. En primera fila,
se siente capaz de lanzarse al abordaje de todas las naves si es preciso, de arrojarse al vacío sin paracaídas, sólo para comprobar si no se le ha olvidado volar.
Afuera, la noche reclama su sed de sueños. Es temprano para otra partida de cartas: la hechicera y el mago tienen una cita.
Y todo surge como en las canciones: el vértigo del amor prohibido, el hechizo de gustar, el milagro de coincidir, la maravilla de
encajar. Se puede morir de desidia y dejadez como de cualquier otra cosa. ¡A
quién le importa! El mago prestidigitador realiza algún que otro ritual truco de manual mientras los cuerpos exigen aire, exigen agua, exige ser voz. La alquimista vacía el cargador del
revólver, la ruleta de la fortuna convertida en espeluznante ruleta rusa. Y un par de disparos secos y estremecedores antes de comprender que la vida, muchas veces, es igual que una canción.
Lágrimas como perlas de sal, noches gélidas, otoño insistente y sin un mal beso que llevarse a los labios. La hechicera revuelve
la noche de la ciudad con la misma mesura que sus cabellos. Y la ciudad es todo un universo cuando se ama a
uno sólo de sus habitantes. Cumple con puntualidad exquisita los horarios, ¡quién
lo diría! Después, hace horas extra con la demencia y la locura. Y los jodidos recuerdos como un cuchillo de sierra en la garganta.
El mago se vuelve puente levadizo y castillo; ella se acerca desamparada a su fortaleza. Se
pierde entre los pasillos y bajo las mazmorras en que estuvo prisionera. Dice adiós antes incluso de llegar. Bajo las almenas, el reloj del corazón: sobre la cama, las agujas retorcidas y destrozadas. La primavera queda aún bastante lejos del frío invierno que le
espera.
En primera fila, sigue fumando con aire distraído, a grandes caladas, con ironía. Y se
contagia de cenizas, de humo, de triste melancolía. En primera fila, tiene las venas abiertas por afiladas espinas que a nadie mostrará. Él se inclina, se quita con miedo el
sombrero y regala dolores y agonías. El dolor del insensato que empieza a creer de
nuevo en el cruel invierno, en el inminente final. En primera
fila, siente el alma cerrada por acoso y derribo. Se contempla entre sueños malviviendo
irremediablemente con su némesis, su fiera enemiga. Afuera, la noche reclama su
hambre de pesadillas. Es tarde para otra partida de cartas: la hechicera y el mago no vuelven a encontrase jamás...
Desde que tengo uso de razón, tengo miedo. No es un miedo irracional a los monstruos que en nuestra niñez habitan en el armario, a los fantasmas bajo la cama o a seres inimaginables de otros mundos. Tampoco a la noche o la oscuridad. Es un miedo mucho más cercano, más mundano, que casi se puede tocar. Miedo de que mis seres queridos mueran, de que la gente que quiero se marche o se aleje, de quedarme solo Tengo miedo, cada vez que cierro los ojos, de que esta vida no sea en realidad mía, sino que la esté viviendo tan sólo de prestado.
Tengo miedo de mirar hacia atrás y tengo miedo cada vez que voy con alguien a un lugar desconocido, pero más miedo cada vez que alguien se va a algún lugar desconocido sin mí.
Tengo miedo de los días que se escurren demasiado deprisa, así como de los que parecen moverse a cámara lenta.
Tengo miedo de no haber sido ese chico brillante que mis padres esperaban. Tengo miedo de que dios se enoje por haber decidido no seguirle, así que por las dudas me enojé con él yo primero.
Tengo miedo de haber elegido mal los caminos que probablemente pude elegir bien, y de ser un perpetuo y permanente desastre. De morirme de desgana, de desidia, de descontento, tengo miedo.
Tengo miedo de no saber encontrar a mis amigos, de perderme a mí mismo, de deshacerme en mil pedazos, de cambiar hasta no saber reconocerme.
Tengo miedo de traicionar mi propia historia por un suicidio una y otra vez siempre presente, y todavía me estremece el miedo terrible que tuve la primera vez que lo intenté. Tengo miedo de morirme, y cuando me muera tendré miedo de no volver a nacer.
Desde que soy capaz de recordar, soy el príncipe del miedo.
De cuando mis ganas de escribir falten, de que mis hijos no nazcan, de que las estrellas se apaguen De equivocarme en el amor, pero mucho más miedo del miedo a errar. De no confiar en la gente, y también de confiar. De que se me olviden los nombres de las chicas que amé, de la felicidad; y de que me falte, quizás más.
Miedo al reflejo de los espejos. Al invierno que se está yendo siempre, pero siempre volverá. Terror al olvido. Pavor a lo que llegue a hurtadillas. Pánico a lo que espero y no llegará.
Desde que mis pulmones respiran, tengo miedo. Pero entre escalofrío y temblor siento que me encuentro entero, profundo, vital...
Los amantes no despiertan en el pasado ni sueñan con el futuro. Saben que la vida está ahí, a la vuelta de la esquina, en la próxima hoja del calendario, en el halo de luz de las estrellas fugaces. Víctimas de una extraña fuerza que los imanta hacia la penumbra;, apasionados, jadeantes y sonámbulos de amnesia.
Los amantes no pierden el tiempo haciendo planes. Tienen la virtud de estar ahí siempre para el otro. Esa certeza existe, en parte, porque ya probaron antes a ejercer la gravedad inversa; a desimantarse, a desprenderse, a desenredarse. Aunque son conscientes de que no siempre es posible. Intentan no pedirse nunca nada. O casi nada, que pese a que parece lo mismo, no es igual. Entreabren la boca con timidez para susurrar un beso al labio amado, que también reclama su caricia. Escapan siempre de todos los sitios sin huir jamás de ninguno, y nadie sabe cómo lo consiguen.
Los amantes suelen ser perversos. Tanto que ni siquiera les persiguen ni duelen las culpas. Y sin embargo, en algún recóndito rincón de su perversión, una especie de ternura compartida conmueve a los que encuentran a su paso. Cuando llegan a los restaurantes, las mesas parecen desocuparse justo en los rincones menos concurridos, los camareros aparecen con sus sillas más cómodas y, antes de batirse en retirada, bajan la intensidad de la luz de las lámparas para dejarlos en la intimidad de sus bailes, sus rasguños y sus arrullos. En su cercanía, el universo se contrae, como si el olor de las hormonas cruzara las aceras de las calles antes que ellos atrayendo el deseo de los demás, como una respuesta a la propia pregunta de su deseo mutuo. Las mujeres miran a los amantes y se imaginan siempre en el lugar de ella. Intentan herirla a pestañazos, al tiempo que atraen a él con sus cuerpos hermosos y apenas contenidos. Los hombres los maldicen en silencio y tratan de competir con él en una especie de desafío en el que trataran de probarse a sí mismos. Pero cuando los encuentran juntos, regalándose las retinas, desnudándose con la mirada y descifrándose acertijos y enigmas, guardan sus reproches y vuelven cabizbajos sobre sus pasos.
Los amantes no se engañan ni mienten con falsas promesas. Son sinceros a su modo. No reclaman contratos de posesión ni pertenencia. Saben que el fuerte vínculo que los une discurre sigilosamente por el subsuelo de la ciudad. Son auras invisibles, como los frágiles espectros de la vida y de la muerte. Permanecen despiertos noches enteras atravesando los sueños de las personas solitarias, ocultándose entre sus sábanas, hasta que en alguna mente despistada e incauta se encuentran de nuevo y se aman. Se han desgarrado en jirones la piel en todos los rincones del universo sin apenas moverse de la cama, coincidiendo en las agujas del reloj del tiempo. El mago y la emperatriz, el loco y la rueda de la fortuna, escapados del tarot, caminando por su reino inaccesible.
En sus besos tienen siempre un cierto sabor añejo y ajeno. Beben de distintas botellas en la misma copa, se dibujan signos de alfabetos secretos con las manos. Nómadas sin hogar fijo, desesperados en su eterna fuga, todos aquellos que han querido interponerse entre ellos todavía se lamen las heridas. Siempre a solas, se desenmascaran, y en ese secreto al descubierto son tan resplandecientes que eclipsan hasta la misma luna llena.
Quizás muchos de nosotros lo hemos pensado alguna vez; ¿qué haríamos si se nos diera la oportunidad de disfrutar de un día sin tiempo? En mi caso, si se me presentara tal ocasión, un hermoso día gratis que nadie me fuera a cobrar, o que tal vez se hubiera caído del calendario y nadie lo fuera a reclamar... tengo muy claro lo que querría hacer.
Levantarme todo lo tarde que me fuera posible, o quizás no levantarme, pero siempre a tu lado, contigo. O despertarme algo más decidido, un poco más valiente que de costumbre (es un día medio real y medio fantasía, como un sueño), y caminar las pocas calles que me separan de tu casa. Escribir un poema en el que cada verso termine con dos pequeñas y hermosas palabras que hace mucho no te digo, y gritarlas a pleno pulmón hasta que te asomes a la ventana... o hasta que lo hagan tus vecinos. Secuestrarte y enseñarte el plural de la primera persona, pero siempre conmigo. Decirte que no tengo mucho dinero, pero que me sobran sueños, alma y corazón. Desnudarte en el mismo sitio y en el mismo momento en que te encuentre. Llevarte a aquel lugar que imaginé para ti y en que debimos haber hecho el amor por primera vez y no lo hicimos. Hacerlo ahora. Abrazarte y acariciarte como hace siglos sueño, diciéndote todo eso que normalmente no te digo porque ya lo sabes de memoria o porque tengo miedo de acabar siendo el protagonista mismo de uno de mis cuentos.
Llorar, todo lo que me apetezca, pero tristeza, dolor ni vergüenza. Inventar mi mejor argumento de veinticuatro horas. Escribir, corregir y tal vez publicar que los meses deberían ser amigos que construyen y no enemigos que hacen mella, que he comprado toalla nueva y está en mi casa esperando impaciente para secarte, que el corazón no se clausurará más por dejadez o abandono, que extrañar y añorar y anhelar el amor no es un crimen, aunque a veces lo parezca. Escribirte a mano una carta de varios folios y mandarla por correo, como antiguamente. Besarte. Ir corriendo a abrazarte de nuevo como si hiciese siglos que no lo hiciera Volver de inmediato. Y besarte otra vez.
Tal día no será nunca un día. Quizás como mucho, consiga semejarse a instantes dispersos e inconexos que nadie contempla, pero que alguien consiguió hilvanar, reunir y pegar. Mañana, algunos disfraces y máscaras reemplazarán a las alegrías y las pasiones, y los relojes comenzarán de nuevo a andar. Llegará otra luna nueva. Y yo quizás nunca habré escrito este día sin tiempo...
Mucho mejor, doctor. No bien, lo cual sería un milagro... pero mejor, que siempre es algo. Ahora ya consigo sonreír durante el día, hago algo de ejercicio, salgo a pasear un par de veces por semana, estudio todo lo que dejé a medias, me vacuno contra todo aquello contra lo que aún no soy inmune... Escribo bastante, menos que antes, claro está... pero escribo bastante. Ya no mando mensajes telefónicos y borro sin leer los que aún recibo. Aunque, eso sí, sigo sin dormir suficientes horas por las noches; supongo que eso no tiene remedio ni medicina que lo cure, Morfeo y yo siempre nos hemos evitado todo lo posible... incompatibilidad de caracteres.
Yo diría que normal, con todas las vaguedades y ambigüedades del término. Quiero decir que a veces leo poesía en voz alta y lloro un rato... emocionarse no es malo, ¿verdad? O me tumbo en la cama y paso horas y horas releyendo cartas antiguas... la nostalgia es una enfermedad humana, ¿no cree? A veces pronuncio nombres prohibidos, otras hablo con los muertos. Me escondo en los lugares públicos... los océanos de almas urbanas siguen sin ser de mi agrado, no reflejan el azul del cielo. También creo que me he olvidado de cantar, aunque eso creo que no es del todo negativo teniendo en cuenta que nunca lo hice demasiado bien... ni en ningún otro sitio que estuviera un metro más allá de la ducha. En fin, cosas así... cosas nimias. Temer al otoño, resguardarse del invierno, guardar en el armario sábanas sin usar, hablar con la cafetera para decirle que la he abandonado por el té, pasar horas contemplando las nubes e imaginando figuras imposibles entre sus formas... Nada serio, nada incurable.
El alma aquí, en su sitio. Aunque a veces la confundo con el corazón. Porque es la pieza del puzzle que aún no encaja y que más me sigue doliendo. El eje del mal de mis torturas. Creo que la única posibilidad es extirparlo. ¿Existe eso?¿Se puede hacer? Me lo temía. Me duele antes de dormir y al despertar. También cuando me lavo los dientes o doy un baño. Me duele cuando me masturbo o miro fotografías viejas. Me duele en las bibliotecas y en los parques. El resto, bien. No, por eso no se preocupe. En realidad el pulso quedó en otro sitio, en otro tiempo... en alguna otra dimensión. Todo bien.
Todavía, sí. Eso es algo que me cuesta controlar, algo que todavía no sé manejar. Vienen en cualquier momento y por cualquier cosa... los jodidos temblores por los recuerdos. Alguien dice Abril y ya está; ¿ve usted? Un balcón, una ardilla, una mariposa, un verso... Alguien diciéndome "cariño", recordar la palabra "te quiero". La puta luna llena. Perdón. También estoy diciendo menos palabrotas... o al menos eso intento.
¿Una lista de síntomas? No, tampoco es demasiado extensa. La maldita fobia al pisar ciertas aceras, al pasear por algunas calles, al cruzar nostálgicas esquinas. La tristeza que me hunde cada vez que hace frío y me preparo una taza de chocolate caliente. La ternura del insomnio. La ternura... y también la mala leche por no descansar lo suficiente, por no conseguir dormir. Y cuando lo hago, el miedo de los sueños... casi siempre pesadillas. Ya ve, casi nada. Quizás también la imposibilidad de cocinar cuando tengo hambre, la impotencia. El hábito de hacer afirmaciones con la ridícula entonación de quien pregunta... ¡jodida manía! Las lecturas huérfanas que ya no consigo compartir...
Pues sí, mejor. Cada día más sano. Ya no corro por las calles en horas imposibles e intempestivas. El camino que escogen mis pasos siempre me conduce ahora hacia mi casa. Ya casi no me importa que al llegar a ella la luz esté apagada y no haya nadie esperándome para darme las buenas noches con un dulce beso de bienvenida... ni que la gente se deshaga de los libros que le regalé, cosa que antes siempre me sacaba de quicio; casi tanto como los cuadros torcidos o las puertas entreabiertas. Ni siquiera me molesta ya que las mariposas aparezcan muertas en el alféizar de la ventana de mi cuarto.