jueves, 30 de junio de 2016

HÉROES Y CABALLEROS

En tiempos remotos, tras la cena y antes de emprender el camino rumbo a la cama en busca de dulces sueños, las familias se reunían alrededor del fuego del hogar y contaban historias sobre héroes y caballeros.
   Claro que, en tiempos remotos, había héroes y caballeros...

                                                                                              *  *  *

El camino que discurría por el bosque parecía olvidado a juzgar por su aspecto. Los hierbajos y matorrales lo invadían desde ambos lados de la espesura. La capa de musgo que cubría las piedras del camino indicaba que llevaba ya mucho tiempo sin ser transitado.
   La tarde sólo estaba mediada aunque, bajo la espesura del follaje, parecía que la llegada de las sombras de la noche fuera inminente. Un viento helado azotaba los árboles y los primeros copos de nieve de la temporada empezaron a caer.
   —Maestro, ¿cuándo me enseñará a manejar la espada? —preguntó el escudero.
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.
   Drake, el Gran Héroe. Muchas leyendas hablaban de él y su fama se extendía, como una brisa suave, de un extremo a otro de todas las tierras conocidas. Sobre él se contaban innumerables hazañas; que había salido victorioso en casi un centenar de combates cuerpo a cuerpo y vencido en una decena de justas a otros valientes caballeros y heroicos campeones; que había dado muerte a innumerables trasgos y trolls, e incluso a un dragón de las tierras de los volcanes de fuego; que había combatido en sangrientas guerras y batallas cantadas por bardos en hermosas canciones, conquistado reinos enteros para su Rey y robado los corazones de las más hermosas princesas; que había frecuentado la compañía de los más renombrados sabios, magos y druidas...
   Se contaban muchas cosas. Quizás incluso pocas. O tal vez demasiadas. Porque aquellas leyendas podían albergar en su interior tanto de real como de inventado. Y nadie que el muchacho hubiera conocido recordaba haber visto o tenido nunca constancia de nada de lo que en ellas se contaba.
   Sus misteriosos ojos negros, tan oscuros como abismos insondables, contaban que había vivido mucho y sus numerosas cicatrices narraban un duro y difícil camino por una vida que no había sido precisamente de rosas. Un profundo tajo recorría todo el lado derecho de su rostro, desde la oreja hasta la barbilla, convirtiendo aquella zanja en un erial donde la barba, que recorría en desordenados mechones blancos el resto de aquella geografía, no había vuelto a germinar.
   Ahora Drake, el Gran Héroe, se había convertido en un viejo arrogante y gruñón.
   —Pero Maestro —protestó Eric, su joven escudero—, siempre decís lo mismo...
   —Porque siempre preguntas lo mismo; las mismas estúpidas e inútiles preguntas —le interrumpió su mentor-; todo a su debido tiempo, muchacho, todo a su debido tiempo —Arreó su cabalgadura para que se pusiera al trote. El caballo, si es que aquel triste y escuálido jamelgo gris podía recibir tal trato de consideración dentro del  mundo equino, servía de montura para ambos jinetes, lo que acrecentaba aún más, si cabe, las fatigas y desdichas del rocín.
   —Pero ya llevo dos años con vos, he cumplido la mayoría de edad y aún no he aprendido a blandir la espada, ni a luchar cuerpo a cuerpo, manejar el arco o la lanza o montar a caballo —Suspiró Eric con tristeza—. Cuando me tomasteis como aprendiz a vuestro servicio, prometisteis hacer de mí un guerrero temible como vos, pero no he aprendido nada.
   —¿Cómo que no has aprendido nada? —preguntó Drake ofendido, con el semblante enrojecido de ira— ¿Sabes cuántos muchachos darían lo que fuese por ocupar tu lugar ahora mismo? ¡No, claro que no lo sabes! ¡No tienes ni idea! ¡Bastarían tan sólo mi consejo y compañía para hacer de muchos chiquillos enclenques, espléndidos soldados! Pero tú no haces más que hablar y protestar sin valorar siquiera lo que tienes. La paciencia y la espera son dos grandes virtudes del guerrero. Primero has de aprender a usar la cabeza; cuando estés preparado, aprenderás a usar el resto de tu cuerpo. ¿Cómo osas decir que no has aprendido nada?
   —Es que, con todos mis respetos Maestro, no he aprendido nada —afirmó de nuevo el muchacho—. En estos dos años lo único que he hecho es saquear casas abandonadas, husmear en cuevas y caminos y robar granjas, lo cual más que en escudero, me convierte en un ladrón.
   —¡Muchacho insolente! —rugió Drake deteniendo su montura. Se volvió para mirar cara a cara al chico— A eso no se le llama robo, sino supervivencia, y sirve para mantenerte con vida. Deberías darme las gracias aunque sólo fuera por conservarla todavía. A mí también me gustaría combatir, pero ya no hay guerreros ni caballeros por los caminos como antaño. Ni dragones. Y los trolls se han convertido en unos seres ridículos y estúpidos, cobardes y huidizos como ratas, que pasan el tiempo robándose las sobras de sus capturas los unos a los otros en la profundidad y seguridad de bosques perdidos. Los tiempos ya no son como antes, debes creerme; esta vida ha cambiado demasiado. Recuerdo que en mi juventud había batallas y duelos por doquier, en cada rincón de cada reino, y los dragones surcaban el cielo por parejas escupiendo leguas de fuego...
   —Bla, bla, bla... bla, bla, bla... —se burló el escudero en voz baja.
   —¿Decías algo muchacho? —preguntó Drake.
  —Nada, Maestro, escuchaba con atención. Ya sabe que los relatos de sus hazañas me entusiasman; continúe, se lo ruego.
   —Gracias, hijo —contestó el héroe orgulloso—. La primera princesa que rescaté era hija de un gran rey, ¿sabes? —Y Drake siguió su relato mientras el aprendiz se quedaba dormido en la grupa del caballo apenas hubo reanudado el hombre su relato.

                                                                               
                                                                                               *  *  *

—Maestro, ¿cuándo me enseñareis a cazar?
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.
   —¿Por qué no mañana? —insistió Eric.
   —¿Y por qué tanta prisa? —Drake lanzó una mirada suspicaz al muchacho. Estaban sentados al pobre calor de una triste hoguera, disfrutando de una insípida y frugal cena. Aunque a decir verdad, no podría decirse que estuvieran disfrutando demasiado, ni que lo que tenían en sus platos pudiese llamarse cena; un par de nabos asados y unas cuantas castañas medio podridas y comidas por los gusanos, lo poco que había sido capaz de encontrar el chico.
   —Quizá por comer algo de carne de vez en cuando. Ya que vos no os decidís a usar vuestro legendario arco, he pensado que tal vez pudiera hacerlo yo —replicó con ironía.
   —¿Cómo te atreves? —bramó el maestro levantándose— ¿Acaso te ha faltado comida algún día o cena cualquier noche?
   —No, Maestro —afirmó el muchacho—. No, si al hablar de comida os referís a esas bayas, raíces, frutas podridas y verduras marchitas que encontramos por casualidad en nuestro camino —añadió.
   —¿Has olvidado ya acaso la suculenta carne de ciervo que cenaste la otra noche y que yo cacé? —preguntó  dolido el caballero.
   —No, Maestro —suspiró su pupilo—, no he olvidado esa sabrosa carne de venado. Pero cazar, lo que se dice cazar... —Hizo un enorme esfuerzo por contener la risa, cosa que a duras penas consiguió— Si no recuerdo mal, aquel pobre ciervo había caído presa en una trampa que no era vuestra. Vos tan sólo tuvisteis que hundir vuestro cuchillo en el cuello del animal atrapado, destriparlo y asarlo. A eso no se le puede llamar caza, en mi país se lo conoce como robo o hurto; en la más amable de las definiciones, suerte... mucha suerte —añadió en el mismo tono socarrón y mordaz de antes.
   —¡Ya basta muchacho! —gritó Drake dando una patada a la lumbre y esparciendo las escasas brasas que había sido capaz de dar a luz el lastimero fuego— Lo que hay en el campo es de todos. Y si mi perspicaz vista de halcón e intuición de cazador no hubieran reparado en la presencia de aquel animal debatiéndose en su prisión, tú jamás te habrías deleitado con el sabor de su carne —arguyó con arrogancia—. Has de saber que el ayuno también es parte esencial de las enseñanzas que te estoy impartiendo e inculcando, porque es una faceta importante y primordial en la vida del ermitaño; pero tú no pareces apreciar ni agradecer nada. Con el estómago vacío se piensa mejor, se trabaja mejor...
   —No discuto su experiencia —le interrumpió Eric—. Pero si en algo le interesa mi opinión, he de decir que yo reflexiono, pienso, trabajo y duermo mejor con el estómago lleno. Y total, para lo que trabajamos...
   —¡Tú que sabrás! —replicó el maestro— Además, si no estás a gusto  conmigo, ya sabes dónde está la puerta; es bien grande y hermosa —Eric miró hacia la dirección que le señalaba con el dedo, hacia la imaginaria puerta que se escondía entre la enmarañada oscuridad del bosque, y sonrió pensando que quizá estuviera cerrada—. Eres mi aprendiz y escudero, no mi rehén. No necesito una maldita cotorra gruñéndome al oído todo el santo día. Puedes marcharte cuando quieras, en el momento en que lo desees. Aunque sin mí, no llegaras demasiado lejos. De eso puedes estar seguro.
   —Yo no he sugerido que quisiera abandonar vuestra seguridad y compañía...
   —Entonces, ¿qué graznas, corneja?
   —Tan sólo comentaba que si aprendiera a cazar, tal vez podríamos cambiar alguna noche los puerros y zanahorias por un poco de conejo asado o una buena pierna de jabalí.
   —¡Déjalo ya! ¡Aprenderás a cazar a su debido tiempo, cuando estés preparado! Es hora de dormir, esta noche te toca hacer la primera guardia.
   —¡Siempre me toca hacer la primera guardia! —protestó Eric.
   —Cuando seas héroe, comerás huevos —sentenció el maestro.
  —Además —añadió el chico, no exento de razón—, ¿para qué necesitamos montar guardia? ¿Qué van a robarnos si no tenemos ni dónde caernos muertos? ¿Ese adefesio de jamelgo escuálido? —preguntó a la vez que el caballo relinchaba, como ofendido y dándose por aludido por las palabras del escudero— Quizá sería mejor que se lo llevaran, estoy convencido de que avanzaríamos más rápido a pie.
   —Mucha gente mataría a un gran caballero como yo tan sólo por la fama que podría reportarle, muchacho. Anda, hazme caso y deja de discutir; haz la primera guardia —dijo metiéndose bajo sus mantas.
   —No es justo —empezó a replicar Eric, pero escuchó los ronquidos de Drake y se dio por vencido, así que guardo sus súplicas y peticiones para otro momento mejor. Sabía lo que sucedería aquella noche; la primera guardia se convertiría en la única guardia, el Maestro dormiría toda la noche y sólo al amanecer, después de haber roncado a pierna suelta, se despertaría y le dejaría a él dormitar un par de horas. Luego le despertaría sobresaltado, como si se acabara el mundo, y volverían a cabalgar otro largo y duro día, igual que todos, sin rumbo fijo ni propósito conocido, tras las sobras y desechos de ladrones y mendigos. Miró las brasas esparcidas ya casi apagadas, y a continuación al cielo. Se veían algunas estrellas por entre las ramas de los árboles. Por suerte, aquellos primeros copos del atardecer se habían quedado en un aviso, un vago y tímido intento de nevada. De no ser así, quién sabe si hubieran sobrevivido a aquella noche.
   —¡A la mierda! —protestó y se arrebujó lo mejor que pudo él también bajo el calor y abrigo de las mantas. Aquella noche hubo dos coros de ronquidos en vez de uno solo.

                                                                                            *  *  *

—¡Te has quedado dormido, holgazán! —Le despertó el bramido de Drake. A continuación sintió el impacto de una patada en las costillas. Se levantó de un salto. El maestro estaba furioso— ¿Cómo te atreves a quedarte dormido y poner en peligro nuestras vidas?
   —Tenía mucho sueño... —titubeó.
   —Podían habernos degollado... o algo peor. ¿Acaso quieres ser pasto de los buitres?
   —Lo siento...
   —Con sentirlo no vas a salvarnos de tus errores y despistes. Espero que no se vuelva a repetir —Y lanzó una hosca mirada de reproche a su aprendiz—. Ahora vamos, me ha parecido escuchar voces no muy lejos de aquí. Con suerte quizá nos topemos con un suculento botín.
   Subieron a su montura. El corcel lanzó un bufido de resignación y, tras pensárselo con calma y recibir un par de golpes  de fusta en el costado, emprendió la marcha con lentitud, casi con pereza, como si cada pata tuviera que pedir permiso a las demás para avanzar.
   —Maestro, ¿cuándo me enseñará a defenderme?
   —Otro día, quizá... —afirmó Drake.
   —¿Cuándo? —insistió Eric.
   —¿Cómo quieres que lo sepa? —gruñó el viejo— Hoy no, desde luego. Tenemos mucho trabajo. Además, ¿para qué quieres aprender a defenderte? ¿No te basta acaso con mi protección? —El muchacho soltó una carcajada— ¿De qué te ríes? —preguntó Drake volviéndose hacia su pupilo.
   —Recordaba aquella vez en que unos salteadores de caminos aparecieron de repente detrás de unos árboles impidiéndonos continuar nuestra marcha, y vos salió corriendo... —Volvió a reír—, corría como alma que lleva el diablo jajaja... como un caballo desbocado jajaja...
   —Sigues sin comprender nada, ¿verdad? —Se defendió el héroe ruborizándose, pero aparentando estar cargado de razón— No sé para qué me esfuerzo contigo si todo es inútil. Nunca aprenderás.
   —¿Y cuál se supone que es la moraleja de aquella aventura, Maestro? —preguntó el chico sin poder dejar de reír.
   —En primer lugar, deberías aprender algo de educación. ¿Quieres parar de reír de una maldita vez? —Eric obedeció, aunque muy a su pesar— Si salí corriendo aquel día, fue únicamente para salvarte la vida. Al correr, traté de hacerlos venir tras de mí, dándote así a ti una oportunidad de escapar y salvar el pellejo.
   —Pues no funcionó demasiado bien, a juzgar por lo sucedido. Si mal no recuerdo, los dos bandidos se quedaron conmigo. Vos huyó y me dejó solo.
   —¡No estabas solo, presuntuoso chiquillo desconfiado! Yo vigilaba escondido tras unos matorrales cercanos, con una flecha presta en mi arco. En cuanto uno de ellos se hubiera acercado un sólo paso más hacia ti, habría caído ensartado bajo una de mis saetas. Ellos lo sabían, pues me habían reconocido, y por eso decidieron dejarte en paz y seguir su camino. Te salvé la vida.
   —Pues yo creo que si me dejaron en paz fue más bien porque vieron que éramos aún más pobres, ladrones y desgraciados que ellos. Si hasta nos dejaron comida y se mofaron del caballo...
   —Eso fue porque sabían con quién se la estaban jugando.
   —¿Y por qué, entonces, tardasteis tanto en volver?
  —Porque necesitaba cerciorarme, asegurarme de que se habían marchado de verdad y el peligro había pasado por completo.
   —Ya... —dijo Eric, y volvió a reír.
  —Muchacho, algún día te llevarás un par de buenas bofetadas. Te las estás ganando a pulso con tu insolencia. De seguir así, tendré que buscarme otro aprendiz, pues no pareces merecedor de mis  preciadas enseñanzas.
   —Lo siento, Maestro —se disculpó con sorna el escudero.
   —¡Chisssssst! ¡Silencio! —le hizo callar— Mira allí delante —le susurró. En la entrada de una pequeña gruta había dos viajeros saboreando un suculento almuerzo. Sus espléndidos caballos tenían las alforjas llenas.
   —Deben ser ladrones, y lo que llevan ahí un gran tesoro —Le señaló el viejo—. Nos acercaremos con cautela por la espalda. Yo llevaré mi cuchillo de caza, tú blandirás mi espada.
   —Pero si está mellada, Maestro... y parece una vieja sierra oxidada. No me servirá de mucho. Además, gracias a alguien que conozco, no sé usarla. Quizá otro día... —Se burló.
   —¡Cállate! —le espetó el maestro— No necesitas usarla. Sólo hemos de asustarlos y desarmarlos. Después les ataremos y huiremos con el botín.
   —Y según vos eso no es robo, sino supervivencia, ¿verdad?
   —Así es.
   —Ya.
  —¿Quieres dejarte de cháchara? Si seguimos aquí hablando, terminarán por descubrirnos —Drake le tendió la vieja espada mellada y sacó el cuchillo de una de sus botas. Puñal que, por cierto, estaba también cubierto de óxido y no ofrecía un aspecto mucho más saludable que el de la espada—. Ve tú primero —le ordenó el caballero.
   —Pero... —protestó Eric—, vos sois el experto, el maestro y el guerrero. Es lógico que me guiéis. Yo no sé nada de estrategia ni combate. Vos no me habéis enseñado nada.
   —¡No me contradigas! —le susurró el maestro con indignación— Iré detrás para cubrir la retaguardia. Puede que haya más bandidos rondando en las proximidades.
   —¿Y por qué tembláis?
   —¿Cómo dices?
   —La mano que empuña su cuchillo tiembla como un flan en la mano de un anciano, ¿tenéis miedo? —El guerrero miró su mano temblorosa; parecía aterida de frío, aunque era otra la causa que provocaba el temblor. Se la sujetó con la mano libre.
   —¡No es miedo, insolente! Es la excitación, la adrenalina, la emoción del combate durante tanto tiempo olvidada...
   —Ya —concluyó el aprendiz y haciendo acopio de valor, el cual no le faltaba pues era un joven valiente, avanzó hacia la cueva con determinación, con el Gran Héroe cubriéndole las espaldas de unos enemigos invisibles. Todo parecía ir según lo previsto hasta que, a tan sólo unos pasos de los  indefensos bandidos, el hábil y experto estratega Drake pisó una rama que se quebró bajo su peso. El crujido alertó a los bandidos que de un par de veloces y gráciles movimientos se volvieron hacia sus atacantes blandiendo dos enormes espadas bien forjadas, cuyo espléndido acero lanzaba destellos de hielo.
   —Venimos en paz —graznó el viejo lanzando el cuchillo lejos de si y alzando las manos en señal de rendición—. No nos hagáis daño, nobles señores. Os habíamos confundido con otros. Desde lejos, y de espaldas, no se os veía bien. Nos han dicho que rondaban por aquí cerca varios bandidos que habían secuestrado a una muchacha —los dos hombres se miraron sorprendidos, con una mezcla de burla y compasión en sus rostros.
   —Es la prometida del muchacho —continuó volviéndose hacia Eric. El chico lo miró estupefacto, con los ojos como platos—. Es joven, ya sabéis, pero se está haciendo un hombre. Él lo ignora, pero por las noches observo como su mano se mueve bajo las mantas —los dos salteadores no sabían si se encontraban ante un loco chiflado, un charlatán o un pobre diablo; puede que las tres cosas al mismo tiempo. Rieron divertidos al ver el semblante de pánico con el que el viejo miraba sus espadas—. Se da tanta maña en esos menesteres, que aprender a usar la espada ha sido un juego de niños para él...
   —Pero Maestro... —empezó a protestar el muchacho intentando defenderse.
   —¡No me interrumpas! ¡Y envaina esa espada, que estamos ante gente de bien! —Se volvió de nuevo hacia aquellos hombres— Había pensado que ya era hora de que se casen,  el chico aún no sabe lo que es el calor de una mujer por la noche, y ya va siendo hora de que lo aprenda. Pensé que esos bandidos andaban en esta gruta al escuchar ruidos, y decidimos venir hasta aquí para liberar a la chica...
   Pues claro que no sé lo que es el calor de una mujer, pensó Eric. Si encontramos una mujer por el camino, es para el maestro. Si encontramos dos, son para el maestro. Si encontramos tres, son también para el maestro. Yo aún soy demasiado joven....
   Otro día, quizá..., le decía el maestro cuando le preguntaba.

                                                                                           *  *  *

—Maestro... —susurró Eric.
   —¿Qué? —respondió aquél cabizbajo.
  —Siento haber dicho anoche aquello de que ojalá y nos robaran el caballo. Era lento, torpe y feo como un dolor, pero era mucho mejor que caminar a pie...
   —¡Calla! —gruñó el anciano.
  —Y si conserváramos aún nuestras ropas, tal vez no tendríamos que combatir el frío con estas pieles hediondas...
   —¡Calla!
   —Menuda idea la de robar a unos ladrones...
   —¡Qué te calles he dicho! —gritó enfurecido.
   —¿Por qué no les plantó cara, Maestro? Vos sois Drake, el Gran Héroe. Si yo supiese luchar...
   —¡Cierra esa bocaza de una maldita vez! La tarea de un héroe es la de batirse en duelo o justar con otros caballeros, combatir en grandes batallas, rescatar princesas, conquistar reinos...; las peleas entre ladronzuelos de poca monta no son para nosotros.
   —¿Y por qué insistió entonces en robarles?
  —Por ti. Quería que tuvieses por fin una oportunidad de entrar en acción. ¿No era eso lo que tanto deseabas?
   —Ya, sin haberme entrenado antes, ¿verdad? —replicó con sorna— ¿Y a qué cuento venía esa absurda historia sobre bandidos y mi prometida secuestrada?
   —Para salvar nuestras cabezas, muchacho. De no ser por la rapidez de mi ingenio y decisión, ahora mismo sin duda estaríamos criando malvas.
   —Ya veo. Por cierto, Maestro...
   —¿Qué?
  —Es usted el que juega por las noches bajo las mantas, no crea que no me he dado cuenta. Y sin compañía...
   —¡Calla! —rugió Drake.
   Eric rió divertido. Sabía que su maestro no era un gran héroe. Por lo que sabía, quizá la historia del Gran Drake existiera desde hacía siglos. Tal vez milenios. Puede que fuese una leyenda que se contara desde siempre a los niños junto al fuego en las frías y largas noches de invierno. Sabía que sus heridas y magulladuras eran producto de las palizas que había recibido por meter las narices en asuntos de otros y vidas ajenas, y que aquella enorme cicatriz que le desfiguraba el rostro seguramente fuera un castigo, escarmiento o ajuste de cuentas. Sabía que la luz de aquellos profundos ojos, oscuros como una noche sin estrellas, no denotaba valentía o sabiduría, sino la astucia y picaresca de un viejo zorro. Sabía que nunca había luchado, rescatado princesas o matado trolls, no digamos ya un dragón; y que ni siquiera sabía cazar, disparar el arco o manejar la espada. Y que por aquella sencilla razón, jamás le enseñaría. No era más que un vulgar ladronzuelo, un viejo pillín astuto como un zorro, pero a la vez cobarde como una gallina. Pero le gustaban la compañía y ocurrencias de aquel pobre viejo que se creía a si mismo un gran héroe. No tenía otro sitio adónde ir. Y además, le había cogido cariño.
   —Maestro, ¿cuándo rescataréis una princesa para mí?
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.

                                                                                           *  *  *


En tiempos remotos, tras la cena y antes de emprender el camino rumbo a la cama en busca de dulces sueños, las familias se reunían alrededor del fuego del hogar y contaban historias sobre héroes y caballeros.
   Claro que, en tiempos remotos, había héroes y caballeros...


Juanma - 30 - Junio - 2000                                                         



   
   


viernes, 24 de junio de 2016

SANGRE (CAPÍTULO IV)

CAPÍTULO IV


“Lo noto más relajado y tranquilo, querido amigo. Sin duda, la noche de descanso le ha aconsejado bien…
     ¿Cómo? ¿Qué apenas ha dormido?... ¡Vaya! ¡No sabe cuánto lo lamento!... Debí suponer que tantas informaciones de golpe, tantas revelaciones, tantas respuestas halladas y tantas preguntas aún por encontrar, quitarían el sueño a cualquier… humano. Nosotros, en cambio, no tenemos tal problema. Dormimos como troncos, si me permite utilizar esa expresión tan vulgar. Cuando nos vamos a descansar, lo hacemos a conciencia. No nos turban esas mundanas preocupaciones y absurdas obnubilaciones que nublan y atormentan las mentes y sueños de los mortales. Ese divagar en vacuos recuerdos o pensamientos, ese pueril y estéril intento de organizar al detalle el día de mañana y lo que vendrá, ese incesante arrepentimiento por los errores del pasado y el dar vueltas a asuntos que ya no tienen arreglo y a tiempos que no volverán… ¡Ay, qué desdichados son ustedes a veces! ¡Qué superficiales y profundos al mismo tiempo!
     Ya me pongo a divagar de nuevo… Como ve, cada uno tenemos nuestros errores y virtudes. Pero, como le decía, le noto más relajado. Y, si no se debe al reposo, debo entender que es producto de una mayor confianza hacia mi vampírica persona. Eso está bien, es señal de que empezamos a conocernos… y debe confiar en mí. No le queda otra, claro está. Aunque ya le he asegurado que no tengo la menor intención de hacerle ningún daño. Así que sentémonos, ponga en marcha ese artilugio del demonio y continuemos con mi relato…
     Tras las pesadillas, desperté tumbado sobre el suelo pedregoso de aquella cueva. No podría asegurar si habían transcurrido minutos, horas o días de mi estado de sueño o letargo. El fuego estaba apagado y el viento que se colaba sin compasión en la galería era glacial. Sin embargo, no tenía frío. Aquella sensación térmica que afectaba a mi cuerpo mortal, había desaparecido.
     Arkanti también se había esfumado. Pero podía notar su olor a mi alrededor, como ecos de su presencia reverberando en el aire gélido: una mezcla de sangre, semen, humedad y almizcle. Caí en la cuenta de que todos mis sentidos humanos se habían agudizado de manera ostensible: era capaz de diferenciar mil aromas distintos de mi antiguo mundo y otros tantos aún desconocidos para mí, y saber, al mismo tiempo, el punto exacto de su origen y procedencia; el oído me avisaba de multitud de sonidos a mi alrededor que pareciera tener dentro de la mente, seres reptando o arrastrándose por el suelo, una gota de agua resbalando por la pared, el susurro de voces en el viento y lamentos entre las sombras; mi vista también era más aguda y escudriñaba seres ocultos en las tinieblas, formas invisibles y terroríficas, colores más espantosos que el mismísimo arco iris del infierno…
     ¡Oh, aquello era maravilloso! ¡Sensaciones inauditas para el ser humano! Ahora ya me he acostumbrado, pero aquel primer momento… Fue un renacimiento, como descubrir un universo mágico agazapado debajo de aquel otro tan triste y lánguido que yo había conocido como humano. Tan real y vívido como un súbito despertar. Onírico, como una pesadilla inquietante y terrorífica, se movía a mi alrededor como las ondas refulgentes de un estanque que reptan hasta la orilla. Me sentía tan vivo y despierto e inconmensurablemente feliz… ¡Era como tener un nuevo cuerpo, Víctor! ¡Un cuerpo cien veces más hermoso, fascinante y poderoso que el anterior!
     ¡Y tenía hambre! ¿O sería más correcto decir sed? Quizá usted no pueda entenderme sin conocer la sensación… Era hambre; pero no de algo sólido. Y no era sed; aunque, sin embargo, lo que mi cuerpo necesitaba para saciarse era un líquido elemento. ¡Sangre! ¡Necesitaba sangre! Pero no me urgía como en mi anterior vida mortal. No era sangre por deleite, por lujuria o por sádica perversión. Era algo más: una necesidad acuciante, un elixir para aquella nueva existencia. ¡Alimento para mi supervivencia!
     Me levanté y salí de la cueva a disfrutar de mi espléndido cuerpo y de todos los placeres y horrores que intuía se me prometían y avecinaban. Y entonces, en la puerta de aquella gruta que cambió mi destino, apareció ella. Me estaba esperando.
     ¡Lilith! ¡La bella y terrorífica Lilith!

     No podéis imaginar una criatura igual, amigo Víctor. Ni siquiera parecida. Era hermosa y terrible al mismo tiempo. No hay palabras en el lenguaje humano que le puedan hacer justicia. El orden y el caos del universo refulgían como destellos atemporales en su iracunda y celestial mirada. Sus cabellos eran rojos y corrían en cascada, como rugientes ríos de fuego, por toda su nívea espalda. Su piel era tersa y pálida, y su rostro como una hermosa máscara de porcelana. Sus ojos eran verdes cuando estaba serena, y rojos como la lava de un volcán cuando la ira ardía en su interior. En un breve pestañeo escudriñaba todo tu pasado y todo tu futuro, te desnudaba el alma, te desarmaba hasta las entrañas… Sus labios eran carnosos, rojos como la sangre y peligrosos como el infierno. Podría describirla como una guerrera del inframundo, una diosa de hielo y fuego.
     Lilith era otra de Los Antiguos. Para ser más justos, habría que decir que era la madre de todos Los Antiguos…
     Así es, Víctor. Lo ha adivinado usted. Hablo de Lilith, esa que dicen fue la primera mujer de Adán en el Paraíso, la que compartió su lecho mucho antes que Eva. La misma que no se menciona en la Biblia y que el cristianismo ha borrado de su pasado y de la historia. Aquella de la que también cuentan que abandonó el Edén y a su compañero por decisión propia y se unió a Samael, el ángel del Quinto Cielo que también renegó de Dios y se convirtió en demonio.
     Ha adoptado innumerables formas a lo largo de su existencia. Y por incontables nombres ha sido llamada también. En tiempos inmemoriales, en forma de súcubo alado e incandescente de extrema belleza, se apareó con otros ángeles caídos que también habían abandonado el mundo prisionero de aquel Dios hipócrita y esclavizador. De aquella sangre y semen malditos, dentro de su mismo vientre, engendró a Los Antiguos. Ella misma los dio a luz y amamantó con la sangre que manaba de sus pezones.
     Los Antiguos fueron nueve: Nachzeher, Neuntoter, Caorthannach, Ubour, Uttuku, Arkanti, Viesczy, Zmeu y Volkodlak. Sus vástagos de primera generación fueron conocidos como Los Inmortales. Y se dice que hay entre treinta y siete y cuarenta y tres generaciones hasta los nuevos upyr de hoy en día.
     No, yo pertenezco a una generación de última hornada como dirían ustedes, querido amigo. Recuerde que nos remontamos a tiempos del mismísimo Adán y el Paraíso. No lo sé con exactitud, pero mi generación rondará la trigésima más o menos. Podría decirse que, dentro de la escala vampírica, no soy gran cosa.  
     Y, antes de que me lo pregunte, no: tampoco he conocido a todos los Antiguos. Ni siquiera sé si siguen aún con vida. Conocí a Arkanti, por supuesto, mi creador, mi padre, mi mentor… También a Zmeu y Neuntoter. Y a los hijos de Caorthannach.
     Pero volvamos a ella, a la madre de todos: la misteriosa, dulce y lujuriosa Lilith…


Continuará...


Juanma - 24 - Junio - 2016

miércoles, 22 de junio de 2016

EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS

Érase una vez una niña que soñaba con caminos de baldosas amarillas...


Los días de colegio le resultaban aburridos, como una cueva llena de trampas o un laberinto sin salida, y no le gustaba estudiar. Se dedicaba a soñar durante los recreos, a imaginar mundos de magia y fantasía y a no salirse de las líneas cuando coloreaba en clase de dibujo. El verano, en cambio, era diferente. Le emocionaba que sus padres la llevaran de vacaciones al bosque o la montaña. Se acomodaba alegre en el asiento de atrás, bajaba la ventanilla y dejaba que el aire travieso que se colaba le alborotara el pelo y le hiciera cosquillas en las pestañas mientras intentaba hacer desaparecer las pecas de su cara con trucos de prestidigitador.

En estos viajes, casi siempre demasiado largos pero divertidos, la niña soñaba con ser mayor para poder cumplir su sueño. Se imaginaba en una pequeña y graciosa cabañita de madera, aislada y apartada del resto del mundo, imaginando, escribiendo y dando vida de la nada a reinos y países inconquistables o planetas y universos imposibles. Todavía no le había puesto nombre a ese sueño, pero conocía de memoria sus cientos de apellidos. Quería ser la creadora y exploradora de todo aquel mundo que, secretamente, amaba.

Pero al mismo tiempo, como a cualquier otro niño, también le gustaba llegar a su destino estival. Y jugar a adivinar formas de caballeros y princesas por entre las sombras de los árboles, o corretear con alborozo detrás de las ardillas. Su padre la acompañaba siempre al río y la sujetaba con cariño, mientras sumergía sus pies en el agua casi helada, para que la corriente no la arrastrara. Cuando, a finales de verano, bajaba con poco caudal, se bañaban juntos cerca de la orilla y, a menudo, su madre les reñía... aunque siempre con una amplia sonrisa de amanecer y primavera, como la del gato de Cheshire.

Ella no sabía, y tampoco le importaba demasiado, lo que era crecer. Los niños siempre saben soñar despiertos. No pensaba en "aquellas tonterías y conversaciones absurdas del mundo de los adultos" o en "buscar algo más realista sobre lo que inventar y escribir". Cuando la rutina la asfixiaba, cerraba los ojos y viajaba a algún paraíso lejano donde los gritos y el dolor no existían, donde todo estaba pintado de nieve como el blanco de sus dientes cuando reía y donde era capaz de respirar incluso debajo del agua. Se limitaba tan solo a vivir. A soñar. A imaginar caminos de baldosas amarillas. Y a reír...


Juanma - 22 - Junio - 2016

martes, 7 de junio de 2016

HORIZONTE

Salgo al mundo y me tropiezo; no puedo ver los surcos, no debo contemplar las piedras, no quiero mirar mis huellas... Es preferible que me apoye en el quitamiedos de alguna carretera y aguarde a que pase dios, o alguno de sus ángeles, para pedirle un poco de tierra, y agua para regarla, donde plantar el vestigio de mi pasado, junto a las ortigas y las zarzas, allí donde el implacable sol se compadece de los inocentes girasoles que un día le miraron a la cara sin saber que morirían demasiado pronto, sucios de polvo y olvido.

Estoy en la carretera, en una cualquiera, creyendo que es el mar y no el asfalto lo que se derrite bajo mis pies descalzos. No hay taburetes donde sentarse a ver los espejos del futuro. Regresa a mis ojos el desgarro del día, inquebrantable crepúsculo, engullido por la oscuridad.

Retrocedo hasta la última línea del infinito, allí donde aún alcanzo a ver tus uñas arañando mi espalda y tengo suficientes motivos para pensar en blanco.


Porque lo contrario, pensar en negro, es una locura diferente y la carne de los secretos y los misterios y sus conjeturas señalan hacia el horizonte, donde no habita nadie y mi destino es tu mirada. 


Juanma - 7 - Junio - 2016                                                         

lunes, 28 de marzo de 2016

LOS OLVIDADOS

—¿Me podría servir otra Judas y un chupito de tequila, por favor? La noche es larga al principio, pero al final siempre termina siendo demasiado corta... En fin, como le iba diciendo, una extraña e inquieta melancolía se ha apoderado de mí como un espíritu maléfico en las últimas semanas. Y ya no quedan muchos buenos bares como este donde brindar por los paraísos perdidos… ni por Milton, claro está.

     »Si voy a serle sincero, he de confesarle antes de nada que yo era un olvidado, ¿comprende? No, claro que no lo comprende… ¿Quién podría entenderlo ahora? Mire, le explico; en “Los olvidados”, que era nuestro antiguo club de amores y desamores, aventuras y desventuras, los neones, los hígados y las canciones no tenían horario de cierre. Los fines de semana ni siquiera lo tenían de apertura. Estaba situado en pleno corazón del emblemático barrio de Malasaña, el famoso barrio de "La Movida Madrileña". Recuerdo que en una de las paredes había un enorme cartel de la película de Luis Buñuel, aunque nunca supimos si el nombre del local era una especie de homenaje al film, o no tenía nada que ver y el póster lo colocaron ahí como mera curiosidad. Dee Dee, el camarero, nos servía decenas de penúltimas rondas, con aquel rostro imperturbable de amíyatodomedaigual y esas largas patillas de canalla de movida ochentera, de Kerouac pendenciero, de Dylan trasnochador. Marc destrozaba servilletas y las esparcía en delgadas tiras por el suelo, como confeti caducado, mientras Elena y Carla bailaban sobre ellas. Tras la barra, un reloj de pared parado y anclado eternamente a las tres de la madrugada, en medio de otros dos grandes pósteres del "Nevermind" de Nirvana y el "Blood Sugar Sex Magik" de Red Hot Chili Peppers. Quizá, simplemente, se paró porque se había estropeado; o tal vez sucedía que el tiempo no tenía cabida allí dentro y se quedaba siempre a las puertas del local, diseccionando con sus afiladas agujas el exterior de la ciudad como si fuese una membrana. Y luego estaba Audrey, mi secreto (por aquel entonces) amor platónico, mi querida dj despeinada de asombroso parecido con la actriz de Hollywood, pinchando durante horas y horas discos que eran como concisos simulacros sonoros de nuestras vidas o increíbles orgasmos auditivos. Todo lo que podía tener cabida en este mundo, lo palpable y lo intangible, lo humano y lo espiritual, lo eterno y lo frugal, se encontraba diseminado en pequeñas dosis en todas aquellas canciones. Llevábamos, donde quiera que fuésemos, aquella banda sonora a cuestas. Audrey decía que se baila con la mirada, que la música de verdad nunca vive en los pies ni descansa en unos zapatos. Todos formábamos partes individuales de una indivisible, pintoresca, perdida y olvidada tribu nocturna y noctámbula. Los jóvenes olvidados de Nunca Jamás. ¡Qué nostalgia!...

      »No, tampoco se trata de tristeza como tal en su acepción exacta del término… es solo que cada vez que recuerdo las luces azules y rojas de los neones, la gastada barra de estilo antiguo, el billar de tapiz verde ya descolorido de tanto uso, los sofás de cuero parcheado y ese hondo e inconfundible aroma a barniz, a whisky, a juventud y a madera vieja, la melancolía me trepa por la columna vertebral y acampa a sus anchas en la zona del alma habilitada para ella y me vuelven esas tremendas ganas de fumarme un porro, a pesar de que hace más de diez años que ya no fumo. No pasa un solo día sin que vuelvan a mi cabeza los jodidos recuerdos, todos ellos. Verá, lo importante de “Los Olvidados” era la maravillosa obligación colectiva y autoimpuesta de eliminar el tiempo y el espacio y la distancia, y cualquier otra dimensión existente o imaginada, y la rutina y el aburrimiento y los exámenes y la hipoteca y las facturas y las tarjetas de crédito y el agujero de la capa de ozono y el eterno retorno de las cosas, y la basura de la televisión, y la suciedad de las ciudades, la cirrosis y las pastillas de colores para dormir, o para despertar, los divorcios y los otoños, las malas rachas y las rachas peores, los sueños rotos y las heridas del corazón, los hospitales y los vómitos, las ascuas agonizantes de los calentones y los trenes perdidos u olvidados… eliminarlas todas ellas del fondo del armario de nuestras extasiadas mentes. Le aseguro que lo conseguimos. ¡Vaya si lo conseguimos! Con creces y alevosía. Todo confiado a la promesa de un alto el fuego definitivo y aderezado, mientras tanto, por la alegría de unos cuantos buenos tragos, y esperanzadores besos, y sanadoras risas, y agradables conversaciones para redimirnos del Averno exterior. “Los Olvidados” era nuestro paraíso íntimo, personal, terrenal, perdido y encontrado, un club de olvidados vampiros de las madrugadas mordiéndole las arterias a la ciudad dormida, una banda de ingobernables piratas adictos a la sangre de la noche.

     »Ah, se me olvidaba comentarle que era un lugar secreto, claro está. No vaya usted a pensar que un olvidado lo puede ser cualquiera. No era un pub con las puertas abiertas al público ni a corazones social alquitranados, con licencia en regla, horarios inflexibles y precios estándares fijados por políticos corruptos al cargo de las corruptas instituciones. “Los Olvidados” daba a un sucio patio de luces, con ventanucos polvorientos, al que se accedía por una puerta metálica y herrumbrosa, al estilo de un viejo garaje de mala muerte, con contraseña incluso para los de siempre, para los que frecuentábamos su poética atmósfera y bailábamos dentro de su caparazón de humo durante largas horas que igual podían ser meses que minutos. No éramos delincuentes, ni vagos, ni drogadictos, ni snobs alternativos, ni una loca masonería de alguna antigua logia, ni teníamos grandes (ni pequeños) planes diseñados para cambiar el mundo a corto (o medio) plazo. Solo nos queríamos salvar a nosotros mismos, lo cual era ya un enorme logro en sí mismo, y aunque nos llamasen raros o locos o huraños nos negábamos a vivir en el patético planeta de los sumisos y los arrodillados y los cuerdos. Simplemente estábamos rabiosos, éramos rebeldes con causa contra nuestras propias vidas programadas. La sociedad nos convirtió en olvidados vocacionales y amantes de la libertad y el placer, hastiados de publicidad subliminal, de catálogos de productos milagrosos y asqueroso consumismo, de farolas, semáforos y polución, de interminables colas en centros de ocio e hipermercados a reventar, de oficinas y aleteos de teclados y cementerios, de cibersexo y perfumes baratos, de revistas frívolas y tediosas conversaciones de ascensor, de la polvareda de las obras y el ruido de los andamios, de radio fórmulas y reality shows, de autobuses urbanos contaminados de sudor y prisa, de sueldos de miseria, domingos en standby y podridos protocolos que pautaban como iba a ser nuestra existencia precaria, alienada y aburrida... 

     »¿Que si quiero otra cerveza? Por supuesto, muchas gracias. No me había dado cuenta de que había terminado la anterior. Y otro chupito, si es tan amable. Creo que voy a necesitar la ayuda de ambos. Tanto hablar de recuerdos seca la garganta... y zarandea y estremece los cimientos del corazón. Le contaba de nuestro hastío por la sociedad... Estábamos, hablando mal y claro y alto, hasta los cojones. Inundados de rabia y olvido desde las plantas de los pies al cielo de nuestras quemadas neuronas. Y queríamos ser felices, escapar de esa inmunda y espantosa jaula urbana y mundana que nos congelaba las ansias de seguir respirando, que nos convertía en pájaros idiotizados con alas ortopédicas que merodeaban por las calles de la ciudad trabajando por cuatro míseros duros, que se sentían anodinos en las gasolineras, desubicados en las iglesias y extraviados en los parques, que se creían todo lo que decían los telediarios, que saciaban su hambre con comida enlatada y sin alma, y su necesidad de cariño o de sexo o de compañía con un polvo salpicado de urgencia y vodka y desidia. Nos negábamos a ser pájaros domesticados con plumas sintéticas que no se reconocían a sí mismos ni gozaban del aire por el que volaban. Los tan publicitados y vendidos remedios contra la rabia y la frustración no se encontraban en la televisión ni en las malditas farmacias, ni siquiera en los jodidos burdeles ni en las enormes discotecas donde subastabas tu futuro al precio de una pastilla o un tripi; y por supuesto que nuestras alas, nuestro espíritu de evasión, no se cernían a una nebulosa de alcohol encadenada con grilletes a la bruma soporífera de la del día siguiente. Éramos razas de la noche, sí. Pero más poetas que borrachos. Mitad Blake mitad Bukowski. Aunque, eso sí, queríamos borrar nuestras coordenadas de todos los putos mapas, rociar de gasolina y prender fuego a las jodidas facturas y los puñeteros horarios, engatusar y hacerles el amor a las musas y enamorarnos de las melodías de los violines y las guitarras. Una y otra vez. Todas y cada una de las madrugadas. Un ciclo que nos devolviese poco a poco toda la fe en nosotros mismos que habíamos ido perdiendo y desperdigando por el camino: a base de caricias si era posible, o de machetazos si no nos quedaba otra. Alérgicos al desencanto y dueños aún de un pequeño pedacito de naturaleza pura y auténtica y libre que nos empeñábamos en cuidar y preservar del virus de aquella enferma sociedad…

      »Por aquel entonces yo tenía veintiuno o veintidós años. Una cifra preciosa, ideal para sacarle el jugo a la vida ¿no le parece? Claro que aún no tenía el miedo metido en el cuerpo. Poseía la rabia, la ira, la rebeldía, la frustración… pero todavía no el miedo. Los temores vinieron después, junto a los adioses y las ausencias. Los años han pasado y, pese a que siempre he aparentado menos de los que tengo, los reales anidan en el interior y poco a poco empiezan también a rebelarse. Pero en la época de “Los olvidados” la edad no nos importaba mucho más que la reproducción asexual de las amebas. No nos importaba la edad, ni los nombres, los apellidos, las arrugas, la cuenta corriente, los empastes, la alopecia, las dioptrías o el síndrome postvacacional. La única y verdadera adicción que teníamos era la inquebrantable devoción a nosotros mismos, a nuestro maravilloso antro y a los espumosos litros de deliciosa cerveza importada, a los besos robados y las caricias trasnochadas, a nuestros bailes sin ritmo, conciencias despeinadas, insurrecciones con o sin causa… y aquellas noches más largas y felices que primaveras enteras. El grifo de cerveza nunca estaba cerrado más de unos segundos. Belga, alemana, holandesa, irlandesa… nos gustaban todas. Aunque algunos tiraban de Mahou o Voll-Damn, yo me convertí en un auténtico experto catador. Aunque he de reconocer que siempre tuve una especial predilección y debilidad por la Judas. Además, a pesar de que en el colegio y los primeros años de instituto me caractericé por ser un alma solitaria e introvertida y frecuenté siempre la frontera que separaba a los insoportables empollones de los irremediables amantes de la juerga, en “Los olvidados” descubrí que mi peculiar, ácido e irreverente sentido del humor arrancaba de vez en cuando alguna que otra carcajada, que cuando lo intentaba era mejor conversador de lo que solía imaginarme y que la verdadera amistad no se limitaba a un par de frívolas conversaciones sobre sexo, música y exámenes en la terraza de algún bar y delante de unas cañas y tapas, sino que se dejaba entrever en las palabras, en los gestos, en las miradas y en un montón de cosas que no cabían en las páginas de las enciclopedias ni explicaban todos los putos términos del diccionario; y que la cultura, por todos los demonios del inframundo, sabía mucho mejor paladeándola en libertad y no enclaustrándola tan solo en tediosas clases y soporíferos libros.

     »Sí, claro que los libros están bien. Son maravillosos. Son necesarios e indispensables. Casi más que el mismo oxígeno. En ellos se guarda todo el saber de la humanidad…. y aún mucho más. ¿Qué me va a decir a mí que soy un amante devoto de los libros y un voraz devorador de sus páginas? No me malinterprete; no me refiero a los libros en general, sino a aquellos diseñados y programados para tareas de adiestramiento colectivo. Me refiero a la obligación de leer determinadas cosas, al hecho de intentar hacer que aprendamos a ladrillazos. Y que aprendamos solo lo que a ellos les interesa que sepamos. Por eso los olvidados huíamos de todo aquello. En cambio, intercambiábamos entre nosotros manoseadas recopilaciones de poesía antigua (yo era un acérrimo fanático de los versos de Wordsworth y de Whitman, que recitaba con inusitada elocuencia cuando el descarnado demonio del tequila poseía mi alma), novelas de toda clase (nos  considerábamos una secuela más liviana y epicúrea de “El Club de la Lucha” mezclada con una versión más aguerrida e irreverente de “El club de los poetas muertos") y un rato antes de comenzar las sesiones de delirio, música y besos, de abandonar nuestro yo a su suerte por el infierno, veíamos alguna buena película clásica, porque en el local teníamos un viejo proyector propiedad de la madre de Luca…

     »¿Me deja que le cuente una anécdota? Claro, si no he parado de hacerlo desde que me he sentado en este taburete… Sirva un par de chupitos más, tómese uno conmigo, brindemos por las anécdotas y los recuerdos y la piel de gallina que te deja en el alma la jodida añoranza. Bien, pues recuerdo que un viernes, unos minutos antes de ver “El Gran Dictador” de Chaplin, la bella y encantadora Audrey, tan torpe a veces como etérea otras, sujetando un porro de marihuana en los labios, un par de libros en una mano, y la funda de la guitarra de Marc colgada al hombro, jodió el tirador de las cañas y se empapó enterita de cerveza. Recuerdo aquella camiseta amarilla y desgastada de los Sex Pistols, que le hacía parecer una flor inconquistable y salvaje, un hada burlona y traviesa, con el pelo siempre alborotado y aquella noche también mojado de espuma. ¡Audrey! ¡Qué enamorado estaba de ella! ¡Ni se lo imagina! No sé por qué se lo cuento a usted que no la conoció y que, ni siquiera con toda la imaginación del mundo, podría imaginarse unos ojos tan exóticos e indescifrables como los suyos. Eran de un color maravilloso y extraño, como el de esas hojas rojizas y amarillentas y ocres medio caídas del otoño que nunca conseguí volver a ver jamás en ninguna otra parte. Y una sonrisa dulce e hipnótica que te robaba el pensamiento, el alma y la voluntad. Y un cuerpo de escándalo, dicho sea de paso. Dee Dee la apodaba “el cuerpo del delito”. Y yo sabía que Audrey, incluso dentro de su mente privilegiada, inteligente, emocional, laberíntica, dispersa, poblada de dogmas prohibidos, de saberes ocultos, de desprecio por toda la cultura tradicional y consumista, de clara oposición a las relaciones monógamas y las instituciones familiares…, también estaba en secreto algo enamorada de mí. 


     »Porque, si quiere saber la verdad, al amor sincero y puro y auténtico se la sudan todas las ideologías. Me guiñaba un ojo siempre que pinchaba “Love will tear us apart” de Joy Division o “Friday, I´m in love”, de The Cure, cuando el incipiente amanecer bañaba de luz el ventanuco roto del fondo, y se le marcaba aquel hoyuelo precioso en la mejilla derecha. Y no sabía si llevarla a la cama y hacerle el amor hasta que nos doliesen incluso las pestañas, si abrazarla sin soltarla hasta que me dejase de latir el corazón de quererla tanto o si romper de una patada todos los relojes del universo para congelar el puto tiempo. En “Los olvidados” teníamos un almacén de libros, y otro de alcohol, donde a veces dejábamos aparcadas las bicicletas los que pasábamos olímpicamente de los vehículos de motor y la mierda que arrojaban al aire y a nuestros olvidados pulmones. ¿Cuántas veces follamos como animales enamorados, como invertebrados urbanos sin ganas de volver a casa a dormir, entre el brillo de las botellas sin estrenar y las botellas a medias y las botellas vacías, el olor del barniz de los estantes, el residuo del perfume que Audrey abandonaba en mi nuca, el eco de sus gemidos en mis oídos como una promesa cíclica para soportar la vida aburrida y normal? Aquella vida normal, sin alegría ni color ni melodía, aquella agorafobia mundana, estaba acotada, al menos en mi caso, a buzonear folletos publicitarios de lo que fuese por cuatro duros y estudiar historia y filosofía con una desgana cada vez mayor, a aguantar el mal humor de mi jefe y de mis profesores y de medio mundo por doquier. Fue por aquellos días cuando empecé a escribir mis primeros poemas en serio. Digo en serio, porque ya tenía varios cuadernos garabateados de algo que intentaba ser poesía, pero que aún distaba un mundo de serlo. Quería escribir algo de verdad, algo con sentido, con mensaje, con alma… Pero cada vez que lo intentaba "en serio" me sobrevenía aquella extraña sensación de que las condenadas palabras se habían marchado de vacaciones, más allá de aquel lóbrego entumecimiento etílico y su sorda desesperación. Como si el mundo y su significado se encogieran en un mosaico de piezas inseparables. Como un sagrado idioma resquebrajándose al verse desprovisto de sus jodidos referentes. Encogido como un cuerpo a la intemperie que intentara preservar algo de calor. A punto de esfumarse para siempre en un parpadeo. ¿Cuánto de aquel mundo que creía real no habría desaparecido ya? Pero en nuestro querido club, embriagados de sueños y alcohol y música y amor y libertad, improvisábamos poesía. Engendrábamos poesía. Y dábamos a luz poesía. Poesía de verdad.

     »¿Que le hable un poco del resto de “Los olvidados”? Claro, faltaría más. A ver por dónde empiezo. Mejor dicho, por quién... Tal vez por Nacho, mi por entonces mejor "amigo olvidado”, que emigró a Argentina hace ya varios años cuando falleció su padre. Era aprendiz de peluquero en la barbería de su padre. Aunque, paradojas de la vida, él jamás se cortaba el pelo ni se afeitaba. Nacho tenía una fisonomía un tanto peculiar; mirada ultrasensible, manos de jugador de póquer, rasgos de judío, sueños de adolescente... También ayudaba a Audrey con el tema del celuloide. Porque ha de saber también que, en cuanto a ella, lo del cine iba más allá de su apodo: resulta que actuaba, producía y dirigía cortometrajes para una productora de cine independiente, además de que era una maravillosa fotógrafa. No es por alabarla así porque sí y de forma gratuita, claro. Pero también mezclaba las bandas sonoras con maestría y hasta ganó un primer premio en un prestigioso festival por una obra de doce minutos titulada “Los plenilunios orgásmicos de las hadas”. Se la podría enviar si le interesa, la he pasado hace unos meses de cinta a DVD. En fin... ¿Cuántos seríamos? Mmmm… Aquello duró cuatro o cinco años, pero los de siempre, los que no aguantábamos ni doce horas fuera del club sin el mono de decir la contraseña a través de aquella puerta de mala muerte garabateada de extraños versos e indescifrables grafitis, seríamos unos catorce o quince. El local era, más que coqueto o acogedor, pequeño: por tamaño podría hacerse una idea imaginándose un sótano. Pero Roberto, “Rob”, hijo de una estirpe de importantes editores y dueño de una cuantiosa herencia, lo había decorado todo de forma gratuita y, más que un claustrofóbico garaje, parecía un espacioso ático. Rob era un chico cojonudo, inquieto, imaginativo, despierto. Con cara de pajarito audaz, de esos que jamás se dejan enjaular. De él nació la idea, ¿sabe? La idea de los tatuajes. Los miembros del club, allá donde quiera que estemos, y aunque este mundo de mierda nos haya ido separando a fuerza de tiempo y distancia, aún seguimos ladrando. Errantes. Ingobernables. Enfadados. Porque, por aquella idea de Rob, todos llevamos el mismo tatuaje en el hombro derecho. “Los olvidados”, en cursiva y negrita, un emblema de unos quince centímetros aproximadamente. Y, con una promesa solemne, habíamos prometido no hablarle a nadie de esto, como un secreto perpetuo sellado con litros de cerveza en el estómago y acordes de “The Sisters Of Mercy" en el corazón.

      »Pero claro, han pasado ya bastantes años de aquello, y uno empieza a despertarse por las mañanas con un cierto desaliento y con ganas de vomitar su historia. Además, quiero pensar que usted no se la va a contar nunca a nadie, ¿verdad? ¿Para qué? ¿De qué le serviría contar una historia que no es la suya y por la que no siente ningún apego? Conversar es una de las mejores terapias del mundo, se lo aseguro. Y aún sigo siendo joven, eso es cierto, pero ya tengo adherido en algún recóndito lugar del hipotálamo encargado de la memoria el residuo pegajoso del recuerdo, y también ese sabor agridulce de la nostalgia metido entre los dientes. Nunca volveré a sentirme tan unido a un amigo como a Nacho, y eso que a día de hoy hablamos lo que podemos; pero las llamadas a través del océano son bastante caras, además de que el salitre del mar y la distancia las torna irreales, desenfocadas, fingidas. Recuerdo con cariño lo muchísimo que me gustaba brindar con él por gilipolleces varias que entonces considerábamos heroicas, hacer interminables maratones de chistes tontos y sinsentido, que siempre ganaba él, ni que decir tiene, prestarnos libros de Hermann Hesse o William Burroughs, reír hasta que nos doliesen todos los músculos por el esfuerzo, o desertar del latir imperturbable de todos los relojes. Luego estaba Marta… ¡qué recuerdos también! La mejor dibujante que haya conocido jamás: risueña, inconformista dulce, vivaz: con tanta energía contenida entre el contorno de su piel morena como para detener en seco a un tsunami. El diseño de las letras de nuestro tatuaje fue suyo. Y los mejores dibujos y grafitis que adornaban las paredes del club también eran de su cosecha. Trabajaba en un centro para niños con problemas de aprendizaje, y aquella contagiosa sensibilidad le asomaba siempre por sus bellos ojos de color aceituna. Por seguir presumiendo de artistas, le diría que Bernard, de padre francés y madre danesa, el de cara de duende travieso y, por aquel entonces, vendedor del “Círculo de Lectores”, era un virtuoso guitarrista en ciernes. Tocaba con la acústica algunos temas de Neil Young y Leonard Cohen que harían llorar al más curtido mafioso matón de La Camorra.

     »Así que, ya ve, estaría horas y horas hablándole de “Los olvidados”, de aquella tribu urbana y nocturna de pecado vocacional, de madrugadas que nos abrían en canal y nos desparramaban las vísceras por las paredes. De los trabalenguas y acertijos de Riki, del odio que le asomaba a Irene cuando hablaba de la televisión como una catedrática ofendida y enfadada: “Esa mala droga de mierda, gratuita y banal, cuya máxima ambición es engancharnos a la afligida y hueca vida vacía de otros pringados, a concursos basura para tristes y babosos, y a películas odiosas de sobremesa de domingo”. Irene tenía arranques febriles y poderosos, aplastante elocuencia y muchas ganas de cambiar las cosas. Podría haber sido una gran política, de no ser porque cualquier partido hubiese quedado pequeño y estrecho a sus ganas de demolerlo todo. Superó un cáncer de mama hace un par de años, y ya está liderando desde hace unos meses una organización que realiza funciones de teatro en hospitales. Irene es puro amor y absoluto corazón, y se me hincha el pecho de orgullo de nuestra amistad cuando me percato de sus proezas. 

     »¿Y qué fue de Audrey? Uf, perdone, pero esto no sé si voy a ser capaz de contárselo sin derramar alguna lágrima. Audrey murió en un fatal accidente de tráfico mientras conducía por la costa cantábrica hacia un festival de cine en Santander, cuando llevábamos cinco años juntos. Un camión se comió de llenó su viejo Renault azul. Y me devoró a mí también por dentro, como una caries que se ensaña poco a poco con las encías. No volví nunca más al club de “Los olvidados” y, al final, todos los demás también se fueron disgregando como volutas de humo al viento. Me convertí en el principito caído y destronado, guerreando, absurdo, contra los puñeteros efectos secundarios de la realidad. Es espantoso escupirle al olvido cada mañana y que al atardecer el recuerdo te devuelva todo lo escupido. Es insufrible no poder volver a tocar con las manos al único y gran amor de tu vida…

     »Pero, ¿sabe otra cosa? En las peores noches, en las más jodidas madrugadas, desafío al insomnio y a la tristeza escribiendo poemas de manera compulsiva, y robo unas cuantas latas de cerveza de la nevera (ya me da igual que no sea Judas), y desempolvo los mejores vinilos de sus fundas, y el maravilloso crujir y girar de la agujita me devuelve al recuerdo el tacto de seda y terciopelo de su cuerpo, sus ojos de aviesa enamorada, nuestras canciones eternas, y casi es como si pudiese sentir su aliento en mi oreja, aquella voz dulce y exótica que me ponía los pelos de punta y mareaba a la vez al tiempo y al recuerdo y al olvido. Ya le he dicho que nunca antes había contado esto a nadie. Será que, llegado un momento dado, todos necesitamos desprendernos en parte de nuestra propia historia, con todas sus benditas carcajadas y todos sus malditos lamentos.


     »En días como este, con toda certeza, me siento más viejo de lo que soy, pero más feliz y consciente y orgulloso de quién soy… y de mi pasado. Porque en alguna parte inquebrantable de mi alma, aquella época de mi vida sigue siendo mi mejor amante, la que mejor socorre mis penas del corazón. Porque los viernes al caer la noche, los acordes melancólicos y febriles de “Friday, I’m In Love” de “The Cure” o el paraíso abandonado de alguna foto arrugada de Audrey en algún cajón de la mesita de mi habitación, me hacen recordar que no todo lo que soñamos es sueño. Esas pequeñas joyas son parte de un tesoro maravilloso que nadie podrá arrebatarme nunca. Y en cualquier otro sitio, en algún otro club o antro o rincón lejano, dispersos, rebeldes, rabiosos, sedientos, valientes, airosos, “Los olvidados” aún seguimos odiando las gasolineras y las iglesias y los centros comerciales, seguimos siendo inocentes Peter Pan soñadores, adalides del baile sin ritmo, poetas de la entropía y la madrugada, niños perdidos de Nunca Jamás alérgicos al desencanto, con una promesa eterna tatuada en el hombro de nuestro brazo derecho... y también en el corazón.» 


Juanma - 28 - Marzo - 2016



                                                                                




miércoles, 16 de marzo de 2016

PARPADEO

Su corazón es tan grande
que dentro caben el mundo...
y su ausencia.

Cierra los ojos en un acorde,
breve como la alevosía de un parpadeo,
termina su cerveza y resopla
porque siente que se derrama
por los bordes de aquel tugurio
de mala muerte
donde todos parecen maniquíes de risa enlatada con ojeras y alopecia.

Otra semana perdida
entre sueños sin vísceras
y fantasmas con ictus
y arrugadas esperanzas descarnadas.

A veces los pensamientos son inexplicables
y el inconsciente un burdel lleno de trastos.
Reinventa las historias, y sus finales,
y truca las lágrimas, y las sonrisas,
para que el pasado le parezca,
cual un abrir y cerrar de ojos,
el último reducto de su salvación.

Con un tintineo de llaves abre la puerta,
entra en su piso vacío
y se queda mirando la cama huérfana;
limpia el polvo a sus discos de Dylan...
Malasaña es, por derecho,
su respuesta en el viento,
y su ciudad un lecho de espinas,
y su alma un laberinto
que huele a farolas y a octubre
y a Lucky Strike;
como un mendigo malabarista
rebusca entre callejones olvidados
donde laten perturbardoras tinieblas
y un puñado de recuerdos,
desgarradores como cristales rotos,
le devuelve a su pasado...
y a la siniestra delgadez de su sombra,
y a una infancia lejana que parece
un islote perdido entre la bruma.

Otra noche que se arrastra
por otra semana enferma...
fotos antiguas que parecen mausoleos
y la multitud paseando sola
y la ¿última copa? tirada por la borda
y su alma frenética como un enjambre
de avispas psicópatas.

Al final, todos los sueños acaban en el camión de la basura,
con la melodía de la ciudad nocturna
robándole pensamientos a su memoria
y esparciéndolos bajo los neones.
De ella hace casi un siglo ya
y en el Centro del Universo de sus labios
aún se lamentan los besos no dados.

¿Quién sabe nada con catorce años
si hasta los sabios enseñan
que veinte no son más que un parpadeo?


Juanma - 16 - Marzo - 2016