Aquello que no está y no perdí, seguro que me lo han robado.
No es, obviamente, la primera vez. Me han robado cosas
importantes, la mayoría de ellas con mi inocente complicidad. Pero también otras
muchas sin darme apenas cuenta. Me han saqueado una y otra vez sin
tener valor a denunciarlo...y mucho menos la fortuna de recuperarlo.
Con cada una de esas pérdidas morí un poco. Y escribí en mi cuaderno esos trocitos de muerte para que no murieran del todo.
Anoté todo lo perdido, para perderlo quizás un poco menos.Anoté también lo conquistado, para cantar desde adentro la alegría de mi alma con cada descubrimiento. Anoté lo inconcluso, para darle un poquito de finalidad.
Anoté las tinieblas para darles luz, anoté las sombras para irradiarlas. Anoté lo
bello tan sólo para mirarlo...
Yo, que he conseguido muchos y variados oficios inútiles, encuentro en el oficio
de buscador de palabras el único verso que me rima y encaja con el
acorde de mi propia melodía.
Tal vez por eso duele más.
Un diario es tan poco... a veces apenas nada, salvo para aquél que
lo ha escrito. Anotaciones del alma, páginas de recuerdos que no olvidé,
lágrimas que aprendí a llorar bien o mal, risas hermosas de las que me prendí, que robé y escondí. Pequeñas ilusiones que sólo encontraban sentido en mi propio sinsentido.
Y nadie más que yo poseía el conjuro.
Es lo que pasa cuando se transitan fronteras demasiado próximas a los abismos.
Pero mientras haya manos, pupilas y corazones cómplices, siempre quedarán bellas imágenes reflejadas en los espejos.
Soy la muñeca con que juega la madrugada. Abro los ojos frente al
espejo. Esta desquiciada adolescente que se refleja no se parece en
nada a todos mis años. Es una recién nacida que agoniza de vejez.
Escribir no es una salida, es una trampa. Me pongo unas pestañas postizas y parpadeo.
Las otras muñecas me miran desde sus estanterías. Son tan
bellas... son terriblemente tristes. Son perfectas. Están muertas,
están en silencio. En sus rostros estáticos, inexpresivos, está lo
único que busco.
Abro el lápiz de labios, rojo y vivo como el fuego, y me
dibujo una niña en los labios... pero está viva, y la borro y dejo
apenas una mancha. La niña palpita en la boca disfrazada de corazón.
Enciendo una vela. Soy una moribunda que grita de tristeza. En la
habitación, apenas un agujero, una pared que tiembla. Me maquillo los
ojos con lágrimas de sangre.
La de madera es especial. Es azul, como yo. Es una gota de
alma; un día fue existencia y hoy, fantasma. Me dice tranquila,
tranquila, no te abandones, duerme un poco... o ven aquí. Se lo sabe de
memoria. Lo aprendió mientras dormía, entre las sentencias de muerte y
los indultos. La de madera es especial, y la muy puta está toda pintada pero no quiere que me siga delineando las cejas.
Es honda la noche... y oscura como una boca de lobo. Ya no
puedo decir lo que quiero. Ya no sé. El silencio no puede ser más
elocuente.
Es necesario que yo sea una muñeca. Que me parezca a estos
rostros fríos y hermosos. Que sea yo antes de mí. Me trago una pastilla
y otra... y otra más.
El vértigo de mirarme en este viaje me hipnotiza, no lo puedo negar.
Si trago diez perderé la memoria de mi nombre. Será como
acercarse al no sonido de adentro. Con veinte olvidaré el futuro... y
tal vez el pasado. Se me sonrojan las mejillas y me separo lentamente
del tiempo. Cuento las que quedan en el frasco. Son treinta más.
El frasquito también es perfecto. Cuando está vacío se lo
regalo a mi muñeca favorita. El espejo dice que soy idéntica al final
de mi monólogo. Me desnudo. Los huesos son astillas luminosas, parezco
un pájaro a punto de emigrar. Los ojos enmudecen... callan. Recuerdo los bellos versos de Alejandra Pizarnik:
"Alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va..."
No quiero ir más que hasta el fondo, ser una niña plastificada
en la muerte, entrar en una casita eterna de madera, sin cintas, sin
papel. El regalo será, por fin, el silencio...
—Llevas tanta luz en la mirada que parece que te fueras a morir muy
pronto —le susurro al oído.
—Es que me voy a morir muy pronto —me recuerda ella.
Sonríe con infinita tristeza porque, en verdad, se está muriendo. Sonríe porque los
dos lo sabemos y porque ese próximo adiós es la única razón para que estemos aquí celebrando lo poco que nos queda por celebrar. Vamos a varias fiestas en las que suena música en su honor. La
conocen, la quieren, le dedican canciones. Sitios en los que las conversaciones nos acarician como
manos amigas.
Y ella camina risueña y despreocupada, cogida a ratos de mi brazo, a ratos de mi
cintura, escondiendo en un sueño de marihuana sus dolores, anestesiada tras una
botella de vino su precariedad. No pide que la abrace o que la quiera más. Pide que le
cante... No, que le susurre al oído nuestra canción, que la mire como aquella primera vez cuando nos conocimos, que no ría mezquinamente, que no llore... y que no
la deje llorar a ella.
Me suplica un último baile. Bailamos. Yo apenas la sigo con torpeza infantil, pero ella
se mueve entre la multitud con graciosa elegancia, con desenvoltura natural. Como
una gata que... No, los gatos no piensan en estirarse, simplemente se estiran. Más
bien como un junco bajo la brisa, o un árbol mecido por el viento. Los árboles ni siquiera hacen
eso, oscilan sin más, sin el leve esfuerzo de moverse. Ella se movía así, danzando
como una ola en la madrugada.
Me mira. Y me atrapa en su mirada con una sonrisa adorable que queda
prendida en el aire frente a nosotros. Como el rocío bajo la hermosa luz del embrujo del alba, como un
sueño al despertar resistiendo a desvanecerse.
Ya cerca del amanecer, sonriente, tal vez un poco ebrio, me siento ya su músico,
su poeta, un bardo, un trovador. Y atisbo en el abismo de mi corazón, junto al
acantilado del alma, una tenue esperanza. La oigo llegar, la veo acercarse...y
la noto querer marcharse. Pero decido mantenerla. Porque sin esperanza, ¿qué
nos queda?
—Me gustaría pasar contigo este invierno.
—Sí.
—¿Quieres que pasemos juntos este invierno?
—Sí.
Y ella me abraza. No dice nada más. No hace falta. Y me sonríe con esos maravillosos ojos brillantes, entre verde bosque y bruma de mar, reflejando una y mil veces toda la luz que entra en ellos. Y salimos al encuentro del camino del invierno, pues ninguno de los dos necesita saber ya nada de la primavera.
Ella leía un libro de Julio Cortázar . Él, uno de Walt Whitman.
Ella llevaba zapatos rojos. Él, zapatillas negras.Entraron apenas se
abrieron las puertas del tren. Ella se sentó, él permaneció de pie frente a ella.
Él miró de reojo el libro de ella, y le gustó. Ella miró de frente
el libro de él, y le cautivó. Media estación después, él puso su
zapatilla junto al zapato de ella, tocándolo apenas por la punta. Ella no
movió el pie. Y un calor sutil y agradable empezó a fluir desde los
dedos del pie hasta las manos, desde las manos hasta los libros y desde
los libros hasta el aliento. Si un sobresalto le hacía separar el pie,
lo devolvía de inmediato a su posición deseada.
Así permanecieron los dos lectores ( los ojos clavados en el papel,
los pies clavados en el suelo, sus corazones queriendo desclavarse de
su pecho ) seis estaciones completas... en medio de un breve romance de
solapas y sin verse nunca el rostro.
"Nunca es tarde para aprender a huir", dijo para sus adentros. Y sin pararse a esperar siquiera a su sombra, salió con
precipitación huracanada, los ojos alerta y el corazón a punto de taquicardia. Subió al ascensor a las 3:23 de la madrugada. Ya en la calle, se arrojó sobre el primer taxi libre que encontró y que le llevó por fin a casa, a salvo de palabras hirientes y de deseos inconfesables. Nunca había estado tan convencido de que había sido un gran error la idea de ir a casa
de ella. Fue un imperdonable momento de debilidad que jamás debió permitirse. Ése fue el
primer eslabón de una cadena de errores. El segundo, dejarla descorchar una botella de vino del que apuró hasta la última gota. Trato de salir del paso, de quitarle hierro al asunto, tal vez inventar algún chiste ocurrente...
El tercer, más grave, crucial y definitivo error fue exhibir, hay que reconocer que el alcohol tuvo gran parte de la culpa, una imprecisa locuacidad peligrosa, lo cual reavivó la llama de aquella confusión esquivada durante tantas semanas. Ella sacó de un cajón un diario que guardaba bajo llave. Se sentó frente a él y leyó un par de páginas con cierto talento e ingenio, pero plagadas de frases de desconsuelo y párrafos de desesperanza. Le arrebató el cuaderno de las manos y comenzó a leer. Y allí estaba él, descrito y retratado; pero al mismo tiempo despedazado, herido, juzgado, manoseado y psicoanalizado. Muerto.
Sintió tristeza. Sintió agonía. Sintió rabia.
Tal vez si hubiese estado lúcido y sobrio, habría tenido también algo de amor propio, pero el vino le enturbió los ojos, le retorció el alma y,
como un perfecto imbécil, se dejó abrazar. Tierno como un estúpido se dejó sondear el corazón, y la besó. Tal vez por melancolía. Quizás por su ebriedad. Pero aquel beso le taladró la razón. Y antes de darse apenas cuenta, se encontró en la cama junto a ese cuerpo hermoso y pecador, naufragando en la nada de su alma, en el vacío de su ansiedad, de la nostalgia y de la
imposibilidad de entregarse de verdad a ella. Se encontró fumando solo frente a la ventana,
extrañando ese cuerpo que desde tiempo atrás se había vuelto indescifrable, extraño, intruso. Se encontró escribiendo terribles cartas humillantes y desgarradoras. Se encontró de todos y cada uno de esos
modos en un parpadeo y la separó de sus labios, la alejó de su brazos, la desterró de su corazón.
En un intento desesperado, trató de explicarle que aquel encuentro nunca debió haber sucedido, y que con aquella niebla de alcohol había olvidado dónde estaba su lugar. ¿Lejos? ¿En ninguna parte? ¡Quién sabe! No encontró otras palabras: “Nunca es tarde para aprender a huir”, sentenció. Salió de la habitación dando un portazo; amándola aún, odiándose siempre. Llamó al ascensor. Cogió un taxi y regresó a casa.
Ya en la cama, arropado por frías sábanas, sigue pensando en esa mujer que le amó, esa mujer que con toda seguridad aún le ama, aunque sea con tristeza y melancolía, tras una membrana implacable que va
seleccionando y separando los sueños del alma de los deseos de su corazón, que va coleccionando mariposas y monstruos, fantasmas y lunas, espinas y flores en el parto
onírico de la madrugada... vaciando vacíos, colmando espacios. Se siente miembro de honor de una especie al borde del abismo y decide extinguirse cuanto
antes... Cierra los ojos y se abandona al recuerdo, y al inevitable adiós...
Sube al tren. Con infinita tristeza. Todos la miran. Y ella lo sabe. Se sienta sola, llora, la siguen mirando. Se ha puesto unas gafas de sol para intentar ocultar su dolor, a al menos para disimular las lágrimas. El tren llega a su destino. Se baja en silencio, llorando. Camina hasta un parque cercano. Se sienta en un banco bajo las osamentas desnudas de los afligidos árboles de otoño. Llora. La miran. Mira dentro de su bolso y saca algo de su interior. Llama por teléfono. Cae la noche. Vuelve a casa y llora. Saca una tiza de un cajón y empieza a marcar cada objeto con una X mayúscula. No hay nadie. Nadie la mira. Nadie la ve. Eso le duele aún más. Se enfrenta a la mirada que le devuelve el espejo. Se contempla largo rato en él. Descubre que tiene un agujero en el pecho. Más bien se trata de un hueco del tamaño del corazón. Ve la pared de detrás a través de aquella abertura que parece haber cobrado vida en su interior. Se sienta. Hunde un cuchillo en lo más profundo de sus entrañas que la atraviesa sin ninguna sensación. Ahora lo entiende. Sonríe al fin. * * * En el pasillo de un avión que atraviesa el océano, él avanza, llorando. Lo miran. Cierra los ojos. Acaba de recibir una llamada. Llora. Se quita las gafas de sol y se desabrocha el cuello de la
camisa. Pone sobre sus piernas temblorosas el bolso de mano. Mete la mano dentro del
bolsillo, buscando algo que le espera allí y que parece ser su única salvación.
Se seca el sudor de la frente. Empieza a inquietarse, se palpa el pecho.
Todo bien. O quizás todo mal, pero al menos en su sitio. ¿Y entonces? Lo coge con
cuidado. Es sólo un papel en el que hay un caligrama con unos versos en francés. Al fin lo entiende. Sonríe también.
"En este espejo estoy encerrado vivo y real como se imagina a los ángeles y no como son los reflejos..."
(Guillaume Apollinaire)
"Hay placer en los bosques sin caminos, hay éxtasis en las
orillas solitarias, hay compañía donde nadie pisa, cerca del profundo
mar y de su rugido musical; no amo menos al hombre, sino más a la
naturaleza"
(Lord Byron)
Hoy, cambiando la dinámica del blog, no voy a escribir un
texto mío. Hoy quiero rendir homenaje a un gran personaje, un hombre
libre que eligió su propio camino y destino, su forma de vivir la vida
hasta sus últimas consecuencias sin dejarse arrastrar por los
convencionalismos sociales... un hombre cuya historia conocí hace un
tiempo, fruto de la casualidad al ver la película sobre su vida, pero
que desde que llegó a mi conocimiento me fascinó y conmovió. Un hombre
que decidió fundirse con la naturaleza buscando la armonía y la
felicidad en ella, dejando de lado todo aquello que odiaba o no le
llenaba de la sociedad en que vivía. Recomiendo sin duda alguna la
lectura del libro "Into de wild" de Jon Krakauer, y también, por
supuesto, la película con el mismo título "Hacia rutas salvajes".
Christopher Johnson McCandless (12 Febrero de 1968 - 18 agosto
1992) fue un errante estadounidense que murió cerca del Parque nacional
Denali después de caminar en solitario en medio del desierto de Alaska
sin apenas comida y escaso equipo. Jon Krakauer escribió un libro
sobre su vida, "Into de wild", en 1996, y que inspiró en 2007 una
película dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch.
McCandless creció en Virginia, en el Condado de Fairfax. Su
padre, Walt McCandless, trabajó para la NASA como un especialista en
antenas. Su madre, Wilhelmina ‘Billie’ Johnson, era la secretaria de su
padre y más tarde ayudó a Walt a instalar una exitosa compañía
consultora. Ya desde muy temprana edad, sus profesores notaron que
Chris tenía una voluntad inusualmente férrea. Cuando creció, agregó a
esa determinación un peculiar y propio idealismo y una gran
resistencia física. En la escuela secundaria, ejerció como capitán en
el equipo de atletismo, donde instó a sus compañeros de equipo a correr
como si de un ejercicio espiritual se tratara, en el que ellos estaban
corriendo "contra las fuerzas de oscuridad (...) contra todo el mal en
el mundo y todo su odio". Se graduó en la escuela secundaria en 1986 y
en la universidad en 1990, especializándose en historia y
antropología. Su rendimiento superior a la media y su éxito académico
enmascararon un desprecio creciente por lo que él consideraba como el
"materialismo vacío de la sociedad norteamericana". En su primer año se
le ofreció pertenecer a la fraternidad Phi Beta Kappa, pero lo rechazó
argumentando que los "honores y los títulos son irrelevantes". Las
obras de Jack London, Leon Tolstoi y Thoreau tuvieron una fuerte
influencia en McCandless, y soñó con abandonar la sociedad, al estilo
de Thoreau, por un período de solitaria contemplación.
Después de graduarse de Emory en 1990, donó sus ahorros de 24,000
dólares a la caridad y empezó a viajar por el país, usando el nombre
de Alexander Supertramp. McCandless hizo su viaje a través de Arizona,
California y Dakota del Sur, donde trabajó en labores agrícolas.
Alternó su periplo entre períodos de trabajo relativamente fijos y con
mucho contacto con gente, con periodos en que estuvo sin dinero y sin
ningún contacto humano, al punto que a veces tuvo que luchar duramente
por conseguir algo de comida con que mantenerse. Sobrevivió a
innumerables peligros durante estos periodos de vida salvaje, como
cuando perdió su automóvil en un diluvio, o cuando decidió descender en
canoa por el río Colorado, en dirección al golfo de California.
McCandless se enorgullecía de sobrevivir con un mínimo de elementos y
una preparación bastante básica.
Durante años, McCandless había soñado con una "Odisea por
Alaska"; vivir de la tierra, lejos de la civilización, y manteniendo un
diario de vida que describiera su progreso físico y espiritual,
enfrentado a las fuerzas de la naturaleza. En abril de 1992 hizo
autostop a Fairbanks, Alaska. Fue visto con vida por última vez por
James Gallien, quien le llevó de Fairbanks a Stampede Trail. Gallien se
preocupó por "Alex", pues tenía pocos medios materiales y ninguna
experiencia en el entorno de Alaska. Gallien intentó persuadir a Alex
para que desistiera en la idea de su viaje, e incluso ofreció
conducirlo a Anchorage para comprar equipamiento adecuado. McCandless
se negó a recibir cualquier ayuda, salvo un par de botas de caucho, dos
latas de atún y una bolsa de maíz. Después de hacer una caminata a
Stampede Trail, McCandless encontró un autobús abandonado como un lugar
para asentarse, y se empeñó en vivir exclusivamente de la tierra.
Llevaba consigo una bolsa de arroz, un rifle Remington semiautomático,
munición, un libro sobre las plantas locales, varios otros libros de
sus autores preferidos y algo de equipo de montaña y acampada. Asumió
que debía cazar para poder vivir; a pesar de su inexperiencia como
cazador, McCandless capturó con éxito algunos animales pequeños tales
como puercoespines y pájaros. Una vez mató un alce; pese a su logro no
pudo conservar toda la carne sobrante, ni siquiera tras haberla ahumado
sobre unos arbustos, tal como le dijeron los cazadores con que se
había encontrado en Dakota del Sur. Su diario de vida contiene entradas
que cubren un total de 113 días. Estas fechas relatan la cambiante
fortuna de McCandless. Después de vivir con éxito en el autobús durante
varios meses, Chris decidió salir en julio, pero encontró el sendero
bloqueado por el río Teklanika, que estaba entonces considerablemente
más crecido que cuando lo había cruzado en abril.
El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de
cazadores de alces encontró esta nota en la puerta del autobús;
"S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, muy cerca de morir y
demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no
es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para
salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde.
Gracias, Chris McCandless".
Era el 12 de agosto, día que escribió lo que se piensa fueron sus
últimas palabras en el diario. Arrancó la página final del libro de
memorias de Louis L’Amour, "Educación de un Hombre Errante". En el otro
lado de la página, Chris agregó; "He tenido una vida feliz y doy
gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos". Su cuerpo se encontró en
su saco de dormir dentro del autobús, con apenas 30 kilos de peso.
Llevaba muerto más de dos semanas. La causa oficial de su muerte fue la
inanición. Su biógrafo Jon Krakauer ha sostenido que dos factores
pueden haber contribuido a la muerte de McCandless en agosto de 1992.
Primero, que estaba en riesgo de inanición debido a su creciente
actividad, en comparación con la escasa comida que consumía por lo poco
que cazaba. Sin embargo, Krakauer insiste que la inanición no fue, tal
como lo indican los certificados de defunción de McCandless, la causa
primaria de su muerte. Inicialmente, Krakauer sugirió que McCandless
podría haber ingerido semillas tóxicas .Sin embargo, las pruebas de
laboratorio demostraron concluyentemente que no había ningún rastro de
toxina presente en los suministros de comida de McCandless. En las
ediciones posteriores de su libro, Krakauer ha sostenido entonces que
fue un hongo, que creció en las semillas que McCandless comió, el que
provocó su fallecimiento. Sin embargo, no queda ninguna evidencia para
apoyar la teoría de Krakauer, salvo un escrito que dejó el propio
McCandless en su diario el día 30 de Julio y que decía; "Extremadamente
débíl, falta de agua, semillas..." pero toda la información forense
disponible sugiere que McCandless simplemente murió de hambre.
Trailer de la película:
"No vivo de lo que el mundo piensa de mí, sino de lo que yo pienso de mí mismo"
(Jack London)
Tuvo un sueño extraño, como tantas y tantas noches, en el que se levantaba de la cama y se miraba al espejo.
Notaba como arena en la boca y todos los dientes se le caían. Primero despacio, de uno en
uno, casi como si fuesen de cristal. Y después sentía cómo se le iban desprendiendo los demás. Se le caían demasiados, cerca de cien, más de los que tenía, sin que entendiera cómo eso podía ser posible; a continuación los escupía en el lavabo con asco y asombro, y sin embargo nunca era el
fin del mundo. Sintió una especie de zarandeo y despertó.
Se levantó y fue caminando con cautela hasta el baño, aunque no conocía los pasillos que recorría, por lo que llegó a la conclusión de que no estaba en su casa. Se sentía extraño, confundido, huraño. Un día pensó que era alguien, pero aquella noche se sentía demasiado lejos de
ser nadie. Se miró al espejo. O eso pretendía, pero no lo consiguió. Del otro lado del
espejo no había nada. No es que no hubiera reflejo, era más bien como
mirar cara a cara al vacío, nada de nada. Ni un ojo, ni una pestaña, ni
un pequeño destello que anunciara que estaba ahí. Nada. Una coqueta estantería de madera,
los azulejos de cerámica de las paredes, una cortina azul casi transparente en la bañera. Aquello sí se reflejaba. Pero él no estaba. Se asustó bastante, por supuesto. Aunque no
tanto como uno podría suponer que alguien se asustaría si desapareciera
del espejo. Recordó el mito de los vampiros, y pensó que él también
hacía tiempo que se estaba quedando sin sangre. Seguramente no fuera eso, pero ni siquiera podía verse el cuello para asegurarlo.
Se metió en la bañera para darse una ducha, intentando cantar alguna canción que recordara. Seguía sin poder entender hacia qué extraño mundo se
había fugado su reflejo, preguntándose si podía uno sentirse completo
cuando aquella persona que habitaba dentro de ti mismo había decidido abandonarte.
Apenas una semana después se dio cuenta de que se había
perdido, que en algún lugar y algún momento de sus últimos días se había extraviado. Que tal vez era lo
que no era, o que quizás ya no era lo que era o, en última instancia, que no
sabía qué diablos era ahora, ni dónde ni cuándo estaba. Dudó: ¿estaría ése, su otro
yo, pensando en aquel mismo momento aquellas mismas cosas? Decidió que no, que aquello era imposible, que estaba desvariando, que como mucho aquel otro estaría ya tomando decisiones para cambiar las cosas, que seguro que no miraba hacia atrás como él y que, de
hecho, tal vez fuera esa la razón de que se hubiera marchado. Se sintió solo y cruelmente abandonado. Sintió algo parecido a la envidia. En aquel instante, casi hubiera preferido que de verdad se le cayeran
los dientes.
Intentó simular que no pasaba nada, que aquello no iba con él, que no le importaba. Pero, ¿cómo podía no importarle?
Cuando se cumplieron otras tres noches más de sueños encriptados decidió salir a
buscarse. En los bares. En los restaurantes. En las bibliotecas. En los parques. En las calles. En los diarios que escribieron cuando aún tenía
reflejo. Pero no estaba.
El espejo se volvió mudo, ciego e insensible.
Una noche mientras paseaba, ya de madrugada, creyó ver en las pupilas de alguien una
boca. Una boca que se movía de manera familiar, y que al instante reconoció como propia; y detrás
nada. ¿Podía imaginarse? Sólo una boca flotando en las pupilas de alguien, pero algo era algo; y en aquellas circunstancias algo era mucho, y mucho era demasiado Volvió a casa radiante y feliz. Y al día siguiente, en los
ojos de una muchacha que había amado, descubrió que no había sólo una
boca, sino su propia mirada. Y de aquella manera tan asombrosa fue reapareciendo, poco a poco, entre los
párpados de aquellos que conocía o con los que se encontraba: una amiga de la infancia tenía una oreja, otra los dientes (por suerte no se le habían caído), un vecino los pómulos, su compañera de trabajo las pestañas. Fue coleccionando mentalmente los fragmentos, y
volvió a conseguir algo remotamente parecido a un reflejo. No era mucho,
era tan sólo el esbozo de un recuerdo triste. No obstante, consiguió volver a dormir.
A la mañana siguiente intentó algo nuevo: probó a sonreír.
Su sonrisa, ya casi no la recordaba, apareció como por arte de magia, estaba ahí detrás. Detrás de
todo... aunque delante de nada. Un poco tenue, casi etérea, pero sí, parecía la
suya, a todo color, con sus labios carnosos y todo. Su sonrisa perdida... por fin ahí estaba. Le vino a la memoria un recuerdo de hacía mucho tiempo, cuando una novia que tuvo le dijo que
él era como el gato de Cheshire y su sonrisa, la misma del gato.
Y probó de nuevo a sonreír. Y comprendió que nunca debió de
dejar de hacerlo y que, de ahí en adelante, jamás dejaría pasar ni un
sólo día más de toda su vida sin regalar una sonrisa a alguien...
Se acerca despacio, apenas una sombra que levitara por el local. Allí está, en primera fila; fumando distraído, a grandes caladas, con alegría. Y se contagia de risa, de humo, de brisa. En primera fila, sostiene en la mano una rosa que le entrega en
cuanto se acerca; él se inclina, sonríe con la mirada y le lanza un beso para que ella lo coja al vuelo. El beso del
loco del tarot que viene de vuelta a la desquiciada baraja de la vida. En primera fila,
se siente capaz de lanzarse al abordaje de todas las naves si es preciso, de arrojarse al vacío sin paracaídas, sólo para comprobar si no se le ha olvidado volar.
Afuera, la noche reclama su sed de sueños. Es temprano para otra partida de cartas: la hechicera y el mago tienen una cita.
Y todo surge como en las canciones: el vértigo del amor prohibido, el hechizo de gustar, el milagro de coincidir, la maravilla de
encajar. Se puede morir de desidia y dejadez como de cualquier otra cosa. ¡A
quién le importa! El mago prestidigitador realiza algún que otro ritual truco de manual mientras los cuerpos exigen aire, exigen agua, exige ser voz. La alquimista vacía el cargador del
revólver, la ruleta de la fortuna convertida en espeluznante ruleta rusa. Y un par de disparos secos y estremecedores antes de comprender que la vida, muchas veces, es igual que una canción.
Lágrimas como perlas de sal, noches gélidas, otoño insistente y sin un mal beso que llevarse a los labios. La hechicera revuelve
la noche de la ciudad con la misma mesura que sus cabellos. Y la ciudad es todo un universo cuando se ama a
uno sólo de sus habitantes. Cumple con puntualidad exquisita los horarios, ¡quién
lo diría! Después, hace horas extra con la demencia y la locura. Y los jodidos recuerdos como un cuchillo de sierra en la garganta.
El mago se vuelve puente levadizo y castillo; ella se acerca desamparada a su fortaleza. Se
pierde entre los pasillos y bajo las mazmorras en que estuvo prisionera. Dice adiós antes incluso de llegar. Bajo las almenas, el reloj del corazón: sobre la cama, las agujas retorcidas y destrozadas. La primavera queda aún bastante lejos del frío invierno que le
espera.
En primera fila, sigue fumando con aire distraído, a grandes caladas, con ironía. Y se
contagia de cenizas, de humo, de triste melancolía. En primera fila, tiene las venas abiertas por afiladas espinas que a nadie mostrará. Él se inclina, se quita con miedo el
sombrero y regala dolores y agonías. El dolor del insensato que empieza a creer de
nuevo en el cruel invierno, en el inminente final. En primera
fila, siente el alma cerrada por acoso y derribo. Se contempla entre sueños malviviendo
irremediablemente con su némesis, su fiera enemiga. Afuera, la noche reclama su
hambre de pesadillas. Es tarde para otra partida de cartas: la hechicera y el mago no vuelven a encontrase jamás...
Desde que tengo uso de razón, tengo miedo. No es un miedo irracional a los monstruos que en nuestra niñez habitan en el armario, a los fantasmas bajo la cama o a seres inimaginables de otros mundos. Tampoco a la noche o la oscuridad. Es un miedo mucho más cercano, más mundano, que casi se puede tocar. Miedo de que mis seres queridos mueran, de que la gente que quiero se marche o se aleje, de quedarme solo Tengo miedo, cada vez que cierro los ojos, de que esta vida no sea en realidad mía, sino que la esté viviendo tan sólo de prestado.
Tengo miedo de mirar hacia atrás y tengo miedo cada vez que voy con alguien a un lugar desconocido, pero más miedo cada vez que alguien se va a algún lugar desconocido sin mí.
Tengo miedo de los días que se escurren demasiado deprisa, así como de los que parecen moverse a cámara lenta.
Tengo miedo de no haber sido ese chico brillante que mis padres esperaban. Tengo miedo de que dios se enoje por haber decidido no seguirle, así que por las dudas me enojé con él yo primero.
Tengo miedo de haber elegido mal los caminos que probablemente pude elegir bien, y de ser un perpetuo y permanente desastre. De morirme de desgana, de desidia, de descontento, tengo miedo.
Tengo miedo de no saber encontrar a mis amigos, de perderme a mí mismo, de deshacerme en mil pedazos, de cambiar hasta no saber reconocerme.
Tengo miedo de traicionar mi propia historia por un suicidio una y otra vez siempre presente, y todavía me estremece el miedo terrible que tuve la primera vez que lo intenté. Tengo miedo de morirme, y cuando me muera tendré miedo de no volver a nacer.
Desde que soy capaz de recordar, soy el príncipe del miedo.
De cuando mis ganas de escribir falten, de que mis hijos no nazcan, de que las estrellas se apaguen De equivocarme en el amor, pero mucho más miedo del miedo a errar. De no confiar en la gente, y también de confiar. De que se me olviden los nombres de las chicas que amé, de la felicidad; y de que me falte, quizás más.
Miedo al reflejo de los espejos. Al invierno que se está yendo siempre, pero siempre volverá. Terror al olvido. Pavor a lo que llegue a hurtadillas. Pánico a lo que espero y no llegará.
Desde que mis pulmones respiran, tengo miedo. Pero entre escalofrío y temblor siento que me encuentro entero, profundo, vital...