viernes, 26 de octubre de 2018

VIAJE ENTRE LAS RUINAS Y FANTASMAS DE BELCHITE

Belchite, martes 24 de julio de 2018

     Son las 22:00 horas cuando se abre el portón de madera situado en el Arco de la Villa, actualmente la única entrada al pueblo, y en un silencio casi sepulcral accedemos al interior una decena de personas. Hasta hace pocos años los visitantes podían entrar por cualquier punto y caminar a sus anchas entre las ruinas, pero debido a los saqueos y actos de vandalismo producidos, y también en prevención de posibles accidentes, el ayuntamiento decidió vallar el pueblo en su totalidad y tapiar la entrada. Tras la restauración de algunos edificios, la completa rehabilitación del Arco de la Villa y la instalación en ella de los servicios de recepción e información turística, se decidió poner en marcha un servicio de visitas guiadas para los turistas: una diurna a las 12:00 del mediodía donde se explica la historia del pueblo y, sobre todo, los sucesos de la famosa batalla de Belchite acaecida entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937 en el transcurso de la Guerra Civil, y donde murieron cerca de 6.000 personas entre soldados de ambos bandos y habitantes del pueblo; y otra excursión nocturna a las 22:00 más centrada en los diferentes sucesos paranormales acontecidos entre sus calles y en algunos de sus edificios e iglesias más emblemáticos.
     Habíamos llegado sobre las 19:00 de la tarde y antes de ir a nuestro hotel situado en el nuevo Belchite, a solo unos metros del pueblo viejo, decidimos echar un primer vistazo a las ruinas desde el exterior. Ya al acercarte al lugar se nota en el ambiente una sensación extraña. Hay un silencio inquietante, una calma tensa, donde no se escucha ningún sonido, salvo nuestras pisadas sobre las piedras del camino, ni se ve animal o pájaro alguno en los alrededores o sobrevolando el lugar. Incluso desde fuera el sitio impresiona: la desolación de los edificios derribados, los restos de sus muros, columnas y torres que aún se recortan en el horizonte como viejas osamentas fruto de la barbarie humana de la que antaño fueron testigos, y hoy narradores silenciosos. Pero esa primera impresión fue tan solo un aperitivo de lo que nos íbamos a encontrar cuando 3 horas más tarde cruzábamos el umbral de la puerta del Arco tras Carlota, la que iba a ser nuestra guía en aquella ruta nocturna.
     Justo tras la arcada se extendía ante nosotros la Calle Mayor, una larga travesía que se perdía en la distancia. A izquierda y derecha, casas en ruinas y llenas de escombros pero que, gracias a ser de mejor construcción, junto al hecho de que se apoyen en el sólido Arco de La Villa, son las únicas casas de esa zona que aún conservan la fachada y se mantienen en pie en la actualidad. Según avanza la calle, las casas van estando en peor estado hasta que de las últimas no se conserva prácticamente nada. Está anocheciendo y esa primera imagen casi espectral, junto al silencio y una luna casi llena iluminando las ruinas, queda grabada en mi retina. Todo el mundo que lo ha visitado comenta que siente algo raro al entrar en Belchite, y supongo que esas sensaciones serán más intensas cuanto más sensible sea la persona, habiendo gente que ha tenido incluso que dejar la visita e irse debido a la angustia que el lugar les provocaba. No es que tuviera yo una impresión tan desagradable, pero lo cierto es que parece que allí haya una frontera, un umbral que al ser cruzado te transporta a otro sitio… u otro tiempo. Se nota, casi puede palparse, una energía extraña, diferente a la que puede experimentarse tan solo unos metros más atrás. Cada persona tiene sensaciones diferentes y, en mi caso, no sé si podré ser capaz de expresar con palabras lo que allí sentí porque son emociones propias y, en el ambiente agónico de aquel entorno, no puedo afirmar que sean del todo objetivas. Pero sí es cierto que una energía especial, como una densa niebla, se nota nada más llegar, y yo no la percibí, al menos en aquellos primeros metros, como inquietante o peligrosa, sino más bien como una impregnación de tristeza y desazón, como si entre aquellos muros hubiera quedado atrapado todo el sufrimiento y dolor de sus habitantes y aún reverberaran los ecos de tanta desolación.
     Mientras avanzábamos por la calle y Carlota nos preguntaba por las razones que nos habían llevado a querer conocer Belchite de noche y nos iba empezando a narrar anécdotas de las visitas de Cuarto Milenio y otros programas de investigación, los restos del pueblo se levantaban a nuestro alrededor como esqueletos decrépitos saludando a la noche. La presencia de la luna casi llena nos vino bien, pues hizo que pudiéramos caminar sin llevar todo el rato las linternas encendidas, que eran un excelente reclamo para una legión de mosquitos que, pese a todo, nos dejaron huella para varios días.
     Continuamos nuestra ruta sin parar de hacer fotos a diestro y siniestro, esperando encontrarnos después con alguna “sorpresa” al revisarlas. Nuestra siguiente parada fue en la confluencia de las calles Mayor y Sagasta. En la casa que había situada justo en dicha esquina vivían dos hermanas solteras, Paulina y Antonia. Un cañonazo derribó parte de la casa y murieron en el interior. Hoy tan solo quedan unos cuantos ladrillos como recuerdo de la vivienda. Aquí nos detuvimos, como decía, pues Carlota quería contarnos unas cuantas anécdotas relacionadas con las hermanas. Una noche, tres décadas atrás, durante el rodaje de la película "Las aventuras del barón Munchausen" de Terry Gilliam, uno de los moembros de los Monty Phyton, y que se filmó casi por completo en la localidad aragonesa, un vigilante de seguridad al acercarse a dicha esquina vio a dos señoras que caminaban por allí. Las llamó, aunque no le hicieron ningún caso. Entonces decidió seguirlas calle abajo hasta el Convento de San Agustín, donde al parecer se dirigían. Cuando llegó allí vio a su compañero, que se encontraba en aquella otra zona vigilando, y al preguntarle por las dos señoras que caminaban en su dirección este respondió diciendo que llevaba bastante tiempo sin moverse de allí y no había visto venir ni pasar a nadie. No volvieron a ver a dichas señoras en toda la noche, pese a que buscaron y miraron por todo el pueblo. Tiempo después, un pintor que visitó las ruinas y decidió plasmar algunas imágenes del pueblo en sus lienzos, realizó uno justo sobre las ruinas de la casa de las hermanas. Delante de la fachada dibujó a dos señoras. Cuando más adelante le preguntaron por qué había pintado a esas dos mujeres o si conocía algo de la historia de aquella casa respondió que no, pero que al encontrarse mirando hacia ese lugar tuvo una visión de esas dos señoras delante de la casa y sintió como que algo le empujaba a pintar ese cuadro. Carlota nos enseñó una fotografía del retrato que tenía en su teléfono, pero, aunque he buscado por todo internet, e incluso solicité a la oficina de turismo de Belchite si podían facilitarme una copia o darme información sobre dónde conseguirla, no lo he logrado. Antes de seguir adelante, otro apunte sobre el rodaje de “Las aventuras del barón Munchausen”: durante todo el rodaje no pararon de suceder fenómenos extraños; partes del decorado que desaparecían o aparecían caídas o cambiadas de sitio, extrañas luces que surgían de la nada en la noche, apariciones fantasmales… Varios miembros del equipo, y el propio Terry Gilliam, fueron testigos de ello.
     Tras dejar atrás la casa de Antonia y Paulina, no sin antes volverme para echar unas cuantas fotografías del lugar con la esperanza de que las dos mujeres quisieran dar fe de la veracidad de la historia apareciendo en alguna de ellas, seguimos el camino por la Calle Mayor. Nuestra siguiente parada fue “El Trujal”, antiguamente una especie de molino donde había una prensa para exprimir la cosecha de aceituna y obtener así el aceite. En el pozo donde se guardaba el preciado líquido, durante la batalla de 1937 fueron arrojados al pozo más de cien cuerpos haciendo del lugar una macabra fosa común. Se cuenta que eran soldados nacionales quienes fueron enterrados allí por el bando republicano, pero según recordaban algunos testigos, allí se arrojaron soldados de ambos frentes y también niños y habitantes del pueblo, muchos de ellos aún vivos y malheridos que sufrirían una larga agonía hacinados hasta el momento de su muerte. En el lugar hizo Franco después de la guerra un monumento a los Caídos (de su bando) y un mausoleo donde se grabaron los nombres de algunos de los militares más importantes o de las personas más pudientes del pueblo que allí perecieron. Y, desde entonces, es aquel uno de los lugares más inquietantes y donde han sucedido algunos de los sucesos más extraños. Allí se centró parte de un especial del programa de misterio “Cuarto Milenio” donde el investigador Iker Jiménez y su equipo se dieron de bruces con fenómenos paranormales. Una colaboradora habitual del programa, la médium y parapsicóloga Paloma Navarrete, se resistió a entrar en el recinto, cosa que nunca había hecho antes en ningún otro lugar durante todos sus años de profesional. Explicaba que la energía que había allí dentro era terrible, que olía a sangre y pólvora, que los escalones del suelo estaban llenos de cadáveres y que algunas presencias querían echarla de allí. Mientras nos contaba esto, Carlota nos animaba a dejar nuestros teléfonos y grabadoras en una piedra junto al trujal para ver si captaban algo, puesto que en ese mismo lugar se han grabado psicofonías de un niño gritando. También nos explicaba que aquello sería posible siempre que los aparatos no dejasen de funcionar, ya que hay allí un fuerte campo electromagnético que impide que estos funcionen con normalidad. Ya sea como consecuencia de ese campo electromagnético u otras razones inexplicables o paranormales, lo cierto es que a más de uno de los presentes se les descargó toda la batería de sus cámaras digitales, teniéndola cargada al máximo solo unos minutos antes, y a mí dejó de funcionarme el flash de mi smartphone, volviendo a hacerlo sin problemas nada más salir del inquietante lugar.
     De ahí seguimos nuestro recorrido hasta llegar a la Plaza Vieja, donde volvemos a detenernos. Allí hay otros 3 lugares de interés: la casa de “la Domi”, la Torre del Reloj y una gran Cruz de Hierro. La casa de “la Domi”, que se encuentra en la esquina de la Calle Mayor que acabamos de dejar atrás, era, al inicio de la guerra, la mejor de todo Belchite. En sus pisos se alojaba una familia adinerada y de buena posición social, la familia de Dominica Fanlo, y en sus bajos había un comercio de tejidos. Durante la guerra alojó la Jefatura de la Falange y también hizo las veces de hospital. Era una casa de cinco plantas, enorme para una vivienda de un pueblo de aquella época. Ahora apenas quedan los restos de un par de plantas. Un poco más adelante y a nuestra izquierda encontramos la torre del Reloj, que es lo único que se mantiene en pie de la antigua iglesia de San Juan. Es este también un lugar un tanto extraño, con esa torre levantándose solitaria como un dedo acusador que señalara al cielo. Según nos cuenta nuestra guía, en el interior de esta iglesia se encontraron los esqueletos de lo que se cree fueron algunas monjas, emparedados entre un par de tabiques. Frente a la torre, y en un descampado que fue un día la Plaza Vieja, se levanta una gran cruz de hierro forjado que realizaron dos prisioneros catalanes apellidados Balaguer y que fue inaugurada en 1944. Fue levantada por el régimen de Franco y es gemela a otra ubicada en el santuario de Santa María de la Cabeza, en Andújar, Jaén. En ese punto se quemó durante la famosa batalla una enorme montaña de cadáveres, ya que no había dónde enterrarlos y estos se descomponían en las calles bajo el abrasador sol de aquel agosto aragonés. Cuentan que la grasa de los cadáveres quemados formó un riachuelo que descendió la pequeña pendiente y allí fue a juntarse en la calle con otro torrente de sangre que provenía de otra montaña de muertos apilados en otro lugar.
     Siguiendo nuestra ruta, nos encaminamos a la Iglesia de San Martín de Tours, quizá el más misterioso e inquietante rincón de Belchite. La iglesia, como todo, se encuentra en ruinas y pésimas condiciones, aunque de las iglesias del pueblo es la que en mejor estado se conserva. Aquí encontramos grabada con pintura en una de las antiguas puertas de entrada la famosa jotilla de Natalio Baquero, un octogenario nacido en mitad de la cruenta batalla y uno de sus últimos supervivientes, que dice así:

“Pueblo viejo de Belchite,
ya no te rondan zagales,
ya no se oirán las jotas
que cantaban nuestros padres”

     La iglesia tiene también escrita con sangre su propia historia negra, ya que en su interior murieron decenas de inocentes, sobre todo niños, mujeres y ancianos que se habían refugiado en su interior huyendo de la sangrienta batalla que ya se desarrollaba calle por calle, e incluso casa por casa. Una bomba destruyó el tejado y las piedras cayeron sobre los inocentes allí refugiados, produciéndose otra masacre. También los soldados del bando sublevado la utilizaron como punto estratégico y en la torre se refugiaron de los republicanos sus últimos soldados durante las horas finales del asedio, muriendo también bastantes de ellos. Aquí también se han producido bastantes fenómenos paranormales, como nos relata Carlota. En varias ocasiones, se ha visto a un niño deambular por entre los muros con una especie de luz, un candil según parece, en la mano. Uno de los que han presenciado la figura del niño fue Javier Campos, colaborador de Cuarto Milenio, que pasó una noche a solas y a oscuras dentro de la Iglesia. El interior de la capilla donde pernoctó es un sitio bastante inquietante, como si el ambiente estuviera más cargado o la energía fuese distinta. Imaginar estar allí en completa soledad y totalmente en silencio, envuelto por las tinieblas de la noche, y ver aparecer la figura de un niño entre las ruinas me puso los pelos de punta. También aquí, el periodista e investigador Carlos Bogdanich, junto a su equipo de Cuarta Dimensión, consiguió en el año 1986 algunas de las más espectaculares psicofonías grabadas en Belchite. Aparte de las más típicas de algunas voces humanas, las más impactantes son sin duda las del ruido de los cazas con hélice de la época surcando el cielo o el de los bombardeos y las nítidas explosiones de bombas, sonidos inexplicables recogidos en las grabadoras en el silencio de la noche. También el colaborador de Cuarto Milenio y médium, Aldo Linares, dijo que en aquella iglesia vio una figura encapuchada, como de un monje o monja, con una especie de tijeras en la mano, que le llamaba y decía que fuese con él. Comentaba que la sensación fue tan negativa y la presencia le dio tanto miedo que, por supuesto, no se atrevió a acercarse a la siniestra figura y después sintió nauseas y un fuerte dolor de cabeza que le hizo salir del lugar.
     Volvemos ahora atrás en nuestro recorrido para regresar a la esquina de las calles Mayor y Sagasta, donde se encontraba la casa de las hermanas Antonia y Paulina, y bajar por esta última calle hasta la Plaza del Convento, donde se encuentra la Iglesia de San Agustín, último de los lugares principales de nuestra ruta nocturna. En su interior también se han recogido grabaciones de voces y se han visto luces extrañas. El lugar me parece aún más inquietante y perturbador que los anteriores, incluso que la Iglesia de San Martín, sin saber explicar el porqué de tal sensación. No nos dejan acceder nada más que un par de metros en la entrada porque, según nos cuenta nuestra guía, los arcos están partidos y corren peligro de caerse o desprenderse algunas partes de ellos. El interior impresiona, allí debajo de todos aquellos arcos resquebrajados, parece estar uno en el interior de un enorme esqueleto, y me viene a la mente la imagen de las vértebras de una descomunal ballena. Al lado y a mano derecha hay un pasadizo o túnel oscuro sin puerta que parece descender hacia alguna cripta o sótano y que me produce un escalofrío y temor inexplicables. No me atrevo a acercarme, es como si uno pudiera intuir que hay algo malo, una especie de energía negativa que emana de su interior, algo que no quiere que estés allí. No he sentido nada igual en todo el recorrido, ni siquiera en el trujal o la iglesia de San Martín, y sin duda ha sido el momento más extraño de toda la noche (y mira que los ha habido) por esa inquietante sensación de agobio y mal rollo que os cuento y que no era entonces capaz de explicarme… ni soy ahora capaz de describir en toda su esencia. No sé si alguien más tuvo la misma sensación en aquel sitio o fue solo cosa mía, pues imagino que cada persona sintió cosas distintas en cada lugar. La experiencia es tan personal que estoy convencido de que cada visitante haría un relato parecido al de los demás, pero a la vez muy diferente. Yo recuerdo aún aquel momento mirando hacia esa especie de puerta y lo que hubiese tras su umbral, aquella sensación desagradable y de temor, y cómo se me erizó el vello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Aún lo hace cada vez que pienso en ello.  Un apunte más sobre esta iglesia antes de marcharnos: en el exterior y en lo alto de una de las paredes de la torre puede verse aún un misil que quedó incrustado durante la batalla y que no llegó a explotar. Esperemos que nunca lo haga.
     Tras este último punto del recorrido, volvemos junto a Carlota, hacia al Arco de la Villa, para terminar nuestra ruta nocturna. Por el camino le formulamos preguntas y curiosidades, y le instamos a que nos cuente si acaso le han sucedido a ella fenómenos extraños o algún suceso paranormal durante sus innumerables marchas nocturnas. Nos comenta que ella al principio era escéptica a todo este tipo de historias, pero que ahora ya no lo era tanto después de tantos testimonios y ver “algunas cosas”. Tras haber pasado noches enteras allí, acompañando a grupos de investigadores que iban a hacer sus reportajes, ha podido escuchar algunas psicofonías espeluznantes que se han grabado, estando ella presente y siendo testigo del silencio absoluto que había en el lugar. Esto le ha hecho replantearse muchas cosas y no estar ya tan segura de que allí dentro no haya “algo más” que no somos capaces de comprender ni explicar. Y es que uno no sabe con certeza qué es lo que sucede allí dentro, pero sí que es consciente de estar caminando sobre un enorme cementerio. En cualquier lugar del pueblo, en cada calle que pisamos, en cada casa que miramos, hay personas muertas o enterradas. Hay incluso un Belchite subterráneo bajo nuestros pies, ya que durante la guerra los vecinos excavaron túneles que conectaban las diferentes casas como manera de poder comunicarse entre ellos y también como refugio. ¿Cuántos vecinos del pueblo morirían y tendrían su tumba también bajo sus propios hogares? Porque hablando de fallecidos, no solo hay que contar los casi 6.000 muertos de la batalla de la Guerra Civil, sino muchos más anteriormente, pues en el pasado hubo otras dos importantes batallas en el pueblo: una durante la Guerra de Independencia y otra durante las Guerras Carlistas, donde también murieron cientos o miles de soldados. Sin duda, es aquel un lugar que parecía estar predestinado a ser azotado por la tragedia hasta su total destrucción.
     Antes de salir y mientras apaga las luces de la oficina en la entrada y recoge sus cosas, Carlota nos pide por favor si alguno de nosotros sería tan amable de esperarla hasta que salga y cierre las puertas. Le da miedo quedarse sola. Nos quedamos a esperarla y ninguno hace ninguna broma al respecto. A cualquiera de nosotros también le daría miedo quedarse a oscuras y solo allí. Nos da las gracias y nos despide ya en el exterior, esperando que nos haya gustado la visita y deseándonos que disfrutemos al día siguiente de la ruta diurna. Nos vamos hacia el hotel pensando en todo lo que nos ha contado, pero sobre todo interiorizando la experiencia, curiosa e inquietante cuando menos, y las sensaciones, quizá diferentes para cada uno, pero muy íntimas y personales y que seguro no vamos a olvidar nunca. Como una tintura que se quedara adherida a tu piel, al igual que la muerte, el dolor y el sufrimiento parecen haberse quedado pegados al suelo y las paredes de las calles de Belchite.

     Por último, abajo os dejo una selección de algunas de las fotografías que hicimos, tanto en la ruta nocturna como en la diurna del día siguiente.


Juanma Nova García                                                                             













































































domingo, 2 de septiembre de 2018

ELENA

Elena, tenemos que hablar:

     Es posible que no te interese nada de lo que voy a contarte y me leas, exhausta, después de hacer el amor o, no lo descarto, también es posible que estés ahora mismo desolada en el suelo del baño, secándote las lágrimas de dos en dos con una toalla de mano, mientras sujetas con la otra el teléfono y dejas que te arrase el drama del amor. Todo puede ser.
     Teníamos quince años recién cumplidos, eso hay que tenerlo muy presente. No pretendo justificarme diciendo que no sabíamos lo que hacíamos, porque, hoy en día, sigo haciendo todo igual de mal que antes. Pero, Elena, no me falta razón; estábamos en plena adolescencia. No todo era cuestión de espinillas, pero importaban: las tuyas no tanto, porque nunca se portaron mal y siempre le robabas un poco de maquillaje caro a tu madre, pero se notaba que las mías salían a joder, pero a joder mucho. Era nuestro cuerpo adolescente, qué enigma, cambiando de la noche a la mañana.
     Sé que fuimos novios. O eso decían todos, pero no recuerdo que nadie me preguntara, ni siquiera tú. Aquel día que quedamos para hacer los deberes de inglés en tu casa fue todo bastante raro, reconócelo. Nadie espera a un amigo para hacer los deberes de matemáticas y se pone medio litro de perfume de su madre. Tu madre iba a recogerte al instituto muchas veces, por eso reconocí el perfume en cuanto entré por la puerta. Las palomitas para merendar no ayudaron. Yo no meriendo palomitas, Elena, y sospecho que tú tampoco. Por eso estaban un poco quemadas, se notaba que habías quitado las peores, pero se te quemaron y decidiste llevarlas a la habitación igualmente. Aquello no dio un toque muy elegante al ambiente, esa es la verdad. Recuerdo que empezamos a hacer los deberes en la mesa de tu habitación. Y que me pillaste varias veces mirándote el escote de la camisa de reojo. Aunque yo también te pillé de vez en cuando mirándome a hurtadillas. Seguimos trabajando un poco más y, cuando estaba explicándote cómo resolver una ecuación, decidiste complicarlo todo. Me miraste fijamente. Igual tú no lo recuerdas, Elena, pero aún tengo escalofríos recordando cómo eras capaz de no pestañear y de pensar y decir tantas cosas a la vez con la mirada… Se notaba que luchabas por dentro. Fue un silencio hermoso, pero muy largo e incómodo. Y aquella mirada… Aquellos ojos preciosos perdiéndose en los míos…
     Entonces decidí besarte, ¿recuerdas? Pero aquello también fue raro, porque estábamos sentados en dos sillas de escritorio y no llegaba bien… y tampoco se me ocurrió acercarme más. Pero me gustó, me gustó mucho. Aunque fue todo muy rápido, como si lleváramos prisa porque fuéramos de compras y fuesen a cerrar la tienda. Descubrí que en algún momento furtivo habías decidido tomar alguna pastilla de menta y, por la infusión mentolada que recibí, pude calcular que serían entre cinco y diez mentoles, así que todo fue muy bonito, pero a la vez frío. Y olía a perfume de tu madre y a palomitas quemadas. Más que bonito, fue un primer beso maravilloso. Porque todo aquello en conjunto hizo del momento algo mágico. Creo que después de aquel beso decidiste que éramos pareja, mientras yo te hablaba de variables y coeficientes, y para cuando salí de tu casa, estabas tan convencida que, mientras forcejeaba para ponerme la cazadora, me invitaste a comer con tus padres el sábado a mediodía. Dios, ¿el sábado? Si ya estábamos a jueves, no había apenas tiempo de digerirlo. Salí de allí confuso, muy confuso, y con los deberes sin terminar.
     Yo de los misterios insondables del amor no tenía ni idea, pero salí de tu casa contento. No extasiado, ni eufórico. Pero contento. Le conté todo a Sergio, mi mejor amigo, que ya había tenido dos novias, se compraba la Interviú y veía a diario Al salir de clase. Eso, por aquel entonces, te convertía casi en un experto en la materia al instante. Me dijo que parecías de las que ibas a saco buscando un novio formal, que ibas a atarme en corto y que habías acelerado todo porque estabas llena de inseguridades. Yo no estaba convencido de lo que decía, más bien pensaba todo lo contrario. Solo sabía que no quería comer con tus padres. Estar a solas contigo me gustaba. Joder, me encantaba. Pero ocurrió muy pocas veces. Después de la comida con tus padres, vinieron los partidos de voleibol de tu equipo, los entrenamientos de tu equipo, los cumpleaños de las amigas de tu equipo, los cumpleaños de tus otras amigas… y más reuniones familiares.
     Solo habían pasado seis semanas y yo, que quizá fuera el chico más tímido de todo el instituto no había querido hacer nada eso y actué mal. Error mío, lo admito ahora mismo. Tenía que haberte dicho cómo me sentía. Error mío, lo reconozco. Haberte dado plantón aquella noche en el cine fue una putada. Error mío, no lo voy a negar. No devolverte los mensajes ni las llamadas durante todo el verano fue mezquino y cobarde y miserable... y todo lo que se te ocurra decirme. Sí, todos fueron errores míos, a ti no puedo reprocharte nada. Me marché y ni siquiera pudiste ver mi espalda cuando me alejaba. 
     Pero últimamente me ha dado por pensar en nuestra relación... y he llegado a la conclusión de que tú y yo nunca lo hemos dejado porque jamás rompimos, así que podría decirse que seguimos siendo novios. Al menos tan novios como entonces, o tan poco como nunca fuimos. Sé que no siempre te he tratado con el cariño y respeto que mereces; y que, durante los últimos catorce años, he estado algo frío y distante, pero esta vez quiero hacer las cosas bien y sin errores.

     Elena, tenemos que hablar.


     Juanma - 2 - Septiembre - 2018

domingo, 20 de mayo de 2018

ELLA


Sonó el despertador.

Era lunes por la mañana. El sueño y la pereza me ataban a los barrotes de la cama. Las cálidas sábanas blancas me abrazaban con dulzura, susurrándome tiernas palabras de consuelo. La almohada, suave y acogedora, se aferraba a mí como un náufrago a su vela. Abrí los ojos y allí estaba ella: me quedé mirándola con una sonrisa prendida de mis labios.
¿Cómo expresar con palabras algo que pudiera acercarse a describir su belleza? Hermosa como un gran árbol en flor, ardiente como el sol y misteriosa como la escarcha bajo las estrellas, radiante como el rocío de la mañana, como la sonrisa de la luna, como la irremediable tentación de las cosas prohibidas…
Pero era lunes por la mañana. Y, como cada lunes, debía comenzar una nueva semana de trabajo y agotadora rutina. Para mí era un tormento, un castigo, un sufrimiento tener que abandonarla cada día. Un dolor agudo me laceraba el alma, me mortificaba el corazón. Era una agonía despedirme de ella, dejarla allí sola como un recuerdo fugaz. Al contemplarla así, desde el umbral de la puerta, el miedo a que alguien pudiera hacerle daño en mi ausencia me provocaba tal congoja que tenía que hacer acopio de todas mis reservas de fuerza para poder pronunciar la palabra maldita.
Adiós.
Ella lo era todo para mí. El resto de mi vida era rutina y aburrimiento, ese eterno e incontrolado ciclo de nacimiento y muerte, de sufrimiento, el Samsara de mi existencia; sabía que por la noche volvería a estrecharla entre mis brazos, pero el mero pensamiento de la palabra separación, aunque fuese tan sólo por unas horas, me resultaba insoportable y me amargaba el resto del día.
Antes de salir me acerqué, como siempre, a regalarle un beso de despedida. El deseo de volver a abrazarla me daba pequeños empujoncitos hacia su regazo, pero sabía que si lo hacía estaba perdido, que ya no sería capaz de volver a separarme de su lado una segunda vez. Una lágrima fría rodó por mi mejilla, cual gota de rocío abandonando el abrigo de la flor querida al despuntar el alba, cuando pronuncié la fatídica palabra.
Adiós.



La puerta del ascensor se abrió con un ruido sordo.
Estaba en la planta sexta, frente a la puerta de mi oficina. Todo estaba tal y como lo había dejado el viernes anterior. Exactamente igual de triste, de monótono, de aburrido; siempre igual de imperturbable, quizás incluso un tanto más inhóspito cada semana.
Pasé a mi despacho, la maldita sala rectangular donde se me aplicaban mis torturas diarias. Me senté abatido, como si acabara de correr una maratón o recibido una descomunal paliza. Cada día se me hacía más difícil, más insoportable la eterna repetición de lo mismo: las mismas horas, los mismos gestos y saludos, los mismos movimientos como una máquina, un autómata, un robot teledirigido.
Iba a abrir mi maletín cuando, de manera instintiva, mis ojos se volvieron hacia una esquina de la mesa. Allí estaba, inmaculada y limpia, su fotografía. Era del año en que nos habíamos conocido: estaba preciosa, llena de vida, de esperanza, de ilusión…
La quería como sólo se puede querer a alguien en un sueño, en un cuento de hadas, en la casa de los Montescos y los Capuletos. La quería, la amaba, la deseaba con una pasión sin límites.
Intenté apartar mis pensamientos de ella y pensar en el trabajo que, pese a todo, nos proporcionaba el dinero para vivir y poder realizar nuestros sueños. Abrí el maletín y rebusqué entre los papeles los que habría de trabajar aquel día. No recordaba bien de qué documentos se trataba, últimamente iba un poco atrasado y se me acumulaba el trabajo y…
No podía. Por más que lo intentaba, era imposible. No podía apartarla de mis recuerdos, alejarla de mí, barrerla del corazón. Se aferraba a mi alma tanto como las estrellas a la noche. Ella era la luz que me daba vida, el alimento que me proporcionaba fuerzas, la chispa que mantenía prendida la llama de la ilusión. Todo lo que era, todo lo que había conseguido, se lo debía a ella.
Absorto en mis pensamientos, viajé hacia atrás en el tiempo y regresé a los años de mi juventud, a un tiempo donde nuestros caminos aún no se habían cruzado.



Antes de conocerla, todo había sido muy diferente en mi vida, mi pasado y mi presente eran tan distintos como el sol de la luna. Eran tiempos difíciles. Huérfano y solo, vagaba de un lado para otro sin rumbo fijo, sin techo, sin trabajo.
Sí, antes de conocerla a ella yo no era más que un pobre vagabundo. Todo carecía entonces de sentido, excepto encontrar un pedazo de pan que llevarme a la boca, un lugar lo más confortable posible donde pasar la noche y unos cartones para arroparme. Fueron días de desesperación y sufrimiento. La idea del suicidio se cernía sobre mi cabeza como un buitre acechando los últimos minutos de su presa moribunda.
Entonces la conocí.
Y todo cambió: como cambian las imágenes de un sueño cuando despiertas. Recuerdo que era un día de primavera. Y recuerdo que, desde aquel encuentro, fui a visitarla todos los días.
Ella trajo la fortuna a mi vida pues, poco tiempo después, conseguí un empleo y pude alquilarme una pequeña casa. Y las cosas comenzaron a ir rodadas como por arte de magia: aquellos tiempos difíciles fueron quedando atrás, apenas unos jirones de niebla al levantar con fuerza el cálido sol de la mañana. Toda mi vida se llenó de colores, de sonidos y formas multicolores, de alegría y felicidad bañándolo todo como olas una playa dormida y desierta.
Aquel encuentro inesperado e insospechado fue como tocar las alas de los ángeles con la punta de los dedos… y supe entonces que ya no había dudas ni incertidumbres posibles: estaba enamorado, debía luchar por conseguirla y darle todo ese amor que, durante todos aquellos años de soledad, se había ido acumulando en mí interior como nieve en la ladera de una montaña.
Y así fue como Cupido nos ensartó con una de sus saetas y nuestros senderos convergieron uniendo nuestras vidas para siempre y sellando nuestro amor con un fuerte y poderoso lazo.




Y así, sumido en bellos pensamientos y dulces recuerdos, perdí por completo la noción del tiempo y seguí vagando y divagando hasta que llegó la hora de cerrar la carpeta, el maletín, la puerta... y regresar a casa.
Llegaba de nuevo la hora del reencuentro, del abrazo, del beso cruzando el puente que separa la luz de las tinieblas, la risa del llanto, la caricia añorada volando de nuevo hacia el sueño de primavera.
Así transcurrieron meses y años felices, rebosantes de dicha y júbilo, de fines de semana y vacaciones entregados a nuestro amor.
Y así se sucedieron odiosos y tediosos lunes con el despertador sonando de fondo y recordándome que el fin de semana se había agotado de nuevo y que era hora de volver al trabajo y a la rutina de la vida.



   
Pero la vida es imprevisible, sus misterios insondables y, un buen día, todo cambia de repente. El amor es un sentimiento mágico, pero también extraño, a veces casi del todo incomprensible. No sabemos cómo ni porqué viene o se va, pero es una fuerza que escapa a nuestro control y razonamiento. Un buen día pasa algo, o no pasa nada durante mucho tiempo, y una llama se apaga, o tal vez otra se encienda, y entonces comprendes que ya nada volverá a ser como antes y que lo mínimo que puedes hacer es ser valiente, honesto y evitar sufrimientos innecesarios.
Debía hablar con ella.
Como siempre, esperaba mi llegada en la habitación. Me enfrentaba a un momento difícil, a una amarga y triste confesión. Pero no quise andarme con rodeos y decidí ir directamente al grano. No podía disimular el dolor y la amargura que, pese a mi comportamiento casi cruel, desgarraban mi corazón.
La había querido mucho. Aún la quería.
Me acerque a ella y con voz grave, como de Humphrey Bogart en el papel de Philip Marlowe, le susurré al oído;
“Nena, tengo algo importante que decirte.
Me senté a su lado, casi a cámara lenta, casi como si le estuviera arrancando la vida como la piel, a tiras.
“Sé que esto va a ser duro pero que, pese a mi egoísmo, creo que sabrás comprenderlo y perdonarme algún día.
“Siempre había soñado con un final diferente, pero quizá hayan pasado ya nuestros mejores años. Y con ellos se apagaron también la ilusión, el deseo, la pasión....
“Además uno no puede saber nunca con certeza aquello que le va a deparar el futuro. Nunca creí posible que esto pudiera llegar a  suceder, pero así ha sido y lo mejor que podemos hacer es afrontarlo. He conocido a otra. No sé si estoy enamorado de ella, pero está claro que mis sentimientos hacia ti han cambiado, ya no siento lo mismo que antes…
“Sí, sé que es cruel y vergonzoso contártelo así de repente, sin más. Pero creo que es preferible hacerlo a ocultártelo, pues antes o después te enterarías y entonces sí que te haría daño. Y no lo mereces. No deseo hacerte sufrir y quiero que sepas que jamás te he engañado ni compartido una noche con ninguna otra, nunca habría sido capaz de serte infiel. Antes de hacerlo y marcharme quería sincerarme contigo. Será difícil tener la conciencia tranquila tras esto, pero más doloroso aún sería vivir con el alma y el corazón manchados y atormentados por la culpa y el pecado.
“Hemos de separarnos. Será terrible hacerme a la idea, pero yo he elegido este camino y tengo que afrontarlo. Jamás te olvidaré y, pese a todo el daño que pueda causarte, espero que tampoco tú lo hagas nunca. Te deseo todo lo mejor y por eso espero que puedas rehacer tu vida y encontrar a alguien que llene mi ausencia, te colme de amor, cariño, atenciones y todo aquello que yo no podría ya darte. Y, sobre todo, que no te falle como yo lo he hecho.
“Ahora tengo que despedirme de ti. Me gustaría volver a verte de vez en cuando para saber que estás bien, pero te comprenderé si no quieres volver a saber nada de mí.



Ni una palabra de reproche. Así era ella.
Casi sin darme cuenta, las lágrimas habían inundado mi rostro. Estaba llorando como un niño que ve a sus padres marchar y siente miedo y abandono pese a no saber lo que en realidad ocurre. No quería retardar más lo inevitable, así que decidí enfrentarme con firmeza a mi destino, a una nueva vida desconocida y un futuro del todo incierto. Diferente, en todo caso.
Ya nunca volvería a ser el mismo. Ya nada volvería a ser igual. Una lágrima, grande como mi culpa, surcó mi rostro cuando me detuve para contemplarla por última vez.
Iba a susurrarle adiós, como cada mañana, como siempre.
Sin embargo, sólo pude decirle:
“Te echaré de menos, querida cama.



   Juanma

lunes, 12 de marzo de 2018

KILÓMETRO CERO

Allí donde todo está quemado hasta las cenizas, es imposible encender hoguera alguna. En tales circunstancias, las noches se vuelven más largas y amenazantes y oscuras. Y un péndulo, enorme como el vacío del universo, oscila sobre nuestras cabezas, decapitando constelaciones enteras con su filo inapelable, desgarrando el vientre de esa eternidad de la que se puede afirmar que nada sabe y, sin embargo, algo debe de saber. Porque de las pesadillas diurnas no hay manera de despertar. Visiones de languidez, de desamparo, de enfermedad. En el camino no suele haber ángeles autoestopistas ni interlocutores del más allá. Cuando llegas a cada curva ya se han marchado y llevado consigo el mundo y sus cenizas. ¿En qué se diferencia todo aquello que nunca fue de aquello que jamás será? Apenas ha terminado de amanecer cuando ya está de vuelta la luz grisácea y mortecina de la tarde agonizante. Como un romance ritual e irreversible en el que siempre gana el insomnio. Es curioso el tiempo: fugaz y eterno; breve y perpetuo; efímero e imperecedero a un mismo tiempo. Miras a tu alrededor y en un parpadeo todo es distinto. Te han dicho desde que tienes uso de razón que "siempre" es mucho tiempo. Pero al final descubres la verdad. La escalofriante verdad. Que "siempre" es tan solo un abrir y cerrar de ojos. Y a la luz mezquina que precede al crepúsculo, hay que añadirle también la luz temblorosa y yerma y sombría que acompaña a menudo a nuestros corazones. Se oscurecen a cada tramo del sendero, reflejando el sol moribundo desde una nada insondable, como destellos de cuchillos en una cueva profunda. Y, sin apenas darnos cuenta, rezamos en sueños como en un antiguo y sagrado ungimiento. Como estrofas de un mantra de signos. Evocando las formas, los gestos, los movimientos... Quizá sea bueno para sentirnos vivos y parte de algo, aunque no sepamos de qué algo se trata. Cuando no tenemos nada mejor que hacer, inventamos ceremonias y les insuflamos vida. Cada vez tenemos más a menudo esa extraña sensación de perpetuo vacío, más allá de nuestro lóbrego entumecimiento y su sorda desesperación. Como si el camino y el mundo se encogieran en un mosaico de piezas inseparables. Vuelta al olvido de las formas y sus nombres. Y su significado. Todas aquellas cosas que damos por sentado como verdaderas desvaneciéndose en volutas de humo. Más frágiles de lo que jamás hubiéramos imaginado. Como un hierático idioma resquebrajándose al verse desprovisto de sus jodidos referentes. Encogido como un cuerpo a la intemperie que intentara preservar algo de calor. A punto de esfumarse para siempre en un pestañeo ¿Cuánto de este mundo que creemos real no ha desaparecido ya? ¿Acaso esperamos que haya algún Dios bondadoso observando? ¿O, quizá, uno sin escrúpulos? ¿Redactando en un libro inmenso de tapas doradas nuestros hechos terrenales? A dos columnas en una página. En una hilera los buenos, los piadosos, aquellos que te consiguen el ansiado pasaporte al cielo: y en otra los malos, los pecaminosos, esos que te condenan a las inmisericordes llamas del averno. Actos buenos y actos malos. ¿Con relación a qué? No, no hay libro de cuentas alguno y todos los dioses amigos y desconocidos están muertos y olvidados. Aunque creamos saber cómo es el mundo, en el fondo lo ignoramos. Tal vez sea imposible conocerlo desde el punto de vista de la creación. Quizá, tan solo, en su destrucción nos pueda ser revelado el cómo, cuándo y porqué de su existencia. Y de la nuestra propia dentro de la suya. Su verdadera estructura, más allá de átomos, células o galaxias. El misterio de su mecanismo y de quién se empeña en darle cuerda. Es posible que en ese cataclismo se nos desvele todo. El enigmático espectáculo de las cosas y sus sombras dejando de existir. El inabarcable universo baldío, erosionado, agonizante. Y su pavoroso silencio.


Juanma Nova García


                                                                                

viernes, 9 de febrero de 2018

MIENTRAS CAMINO

Mientras camino a oscuras la vereda,
sus recuerdos consiguen, sin pudores,
adornar las palabras con sabores,
pintar en el desierto una arboleda.

Cuando sale la luna desenreda
la bruma del pistilo de las flores,
a ver si entre la noche y sus colores
reluce como el sol su piel de seda.

Se acerca a pasos lentos, indecisa, 
pestañea, sonríe, me enamora:
amanece en mis sueños su sonrisa.

Amiga del amor y la deshora,
rebelde del ahora y de la prisa:
son sus ojos el cenit de la aurora.

Juanma - 9 - Febrero - 2017

miércoles, 10 de enero de 2018

SILVIA

17 de noviembre.
Maldito diario:

Tras varios meses de ausencia
(casi desde el último abril
del que ya solo queda un tenue arco iris
en algunos fotogramas polvorientos),
tengo algo nuevo que contarte.

Esta mañana de ido con Silvia
(sí, con Silvia, has leído bien)
de compras a la Gran Vía,
a una de esas tiendas del centro
donde los maniquíes besan
sin censura a la anorexia.
Después de probarse nueve vestidos
he pensado, con franqueza, que para qué,
si no hay tejido mas hermoso que su piel.
(Pero claro, no he podido decírselo).
Al final se ha decidido por uno de flores
de mil formas y colores,
como si hasta el despiadado noviembre
fuese para ella primavera.
Pero si Silvia se empeña en que es primavera
florecen los cerezos hasta en la Antártida.

Después hemos ido de cañas a La Latina,
a los bares y esquinas de siempre;
ella ahora bebe sin alcohol,
y a mí, como siempre, casi me basta
con mirar sus labios mientras bebe.

Comenta Silvia:
"Enamorarse de la persona equivocada
es desenamorarse de uno mismo."
¡Qué poco se imagina ella cuán cierta
(y puñetera)
es esa afirmación!

Me ha hablado del último libro que ha leído,
del frío criminal que hace en Copenhague
del trabajo en el que acaba de empezar,
de que ya ve la luz al final del túnel...
La luz al final del túnel son tus ojos, he pensado,
verdes como las primaveras de la juventud.

Maldito diario...
¡no imaginas cuánta nostalgia cabe
en un par de palmos de distancia,
cuántos recuerdos revividos
de un lado a otro de una mesa,
cuántas primaveras levantando muros
entre su boca y la mía,
cuánta fantasía a mil años luz
de la puta realidad!

De vuelta a casa de sus padres
hemos regresado también a la infancia:
ya no está ese banco donde nos sentábamos
y tantas veces planeé besarla
cuando todavía no teníamos edad
(ni sitio)
para las tristezas,
tampoco el parque donde su risa
convertía un taciturno columpio
en una vertiginosa montaña rusa,
y un centro comercial ha engullido aquel descampado
donde jugábamos al escondite
y siempre me dejaba coger
(aunque ella no lo sabía)
por el simple placer de oírla gritar mi nombre.

"Nos han cambiado la ciudad,
el presente y hasta el futuro...
pero los recuerdos siguen en su sitio",
le he confesado.

Ella me ha mirado con melancolía
pero ha sonreído.
Hasta ese momento casi he creído
que podía salir ileso
(o con escasas secuelas)
de aquel encuentro
Pero esa sonrisa me ha derrotado...
y ya sabemos que no es posible salir ileso
de un naufragio en alta mar
o de los restos de un terremoto.
La misma sonrisa de entonces,
fascinante como un truco de magia;
la sonrisa de los recreos,
la de los cumpleaños en la calle,
la de las miradas cómplices,
la de tantas tardes en mi casa
compartiendo secretos y música,
un auricular para cada uno,
cuando las canciones eran una aventura
y sus letras himnos insondables.

La misma condenada e irresistible sonrisa
de te quiero, pero como amigo,
la de me voy a estudiar a Dinamarca
la del día de su boda
en esa fotografía con ese otro chico
que nunca fui yo.

Nos hemos despedido hasta la próxima
(quizás pronto, tal vez nunca),
con besos y abrazos tímidos.

Ya solo, sentado en el autobús,
con los ojos empañados
e intentando huir del pasado,
con su perfume y su sonrisa
aún prendidos en mi recuerdo,
he pensado en ese afortunado de la foto que,
en la próxima primavera,
decorará el suelo con los pétalos
de su vestido.

No he podido evitar odiarla,
odiarla con todo mi alma;
a la primavera claro,
porque a Silvia la amaré siempre.



Juanma - 9 - Enero - 2018

sábado, 6 de enero de 2018

N

N se asoma a esa ventana
melancólica
de un lunes cualquiera.
Su casa huele a vacío y abandono,
a polución nocturna y a angustia;
un gato maúlla en algún rincón,
el frío se cuela por un cristal roto,
y otra vez se quema el café.

Las farolas parecen curiosas estrellas
mientras N echa de menos
lo que fue ayer,
casi tanto como lo que será mañana.
Más que lo que fue, lo que sentía entonces:
aquellas mariposas en el estómago,
la magia en los huesos,
el amor en el alma
el cóctel de hormonas,
la droga del corazón…

N pone un disco de Leonard Cohen
en el viejo tocadiscos,
enciende un canuto
con el viejo zippo de H
y deja flotar sus pensamientos:
a veces sale de su cuerpo,
flota alrededor de la lámpara
y recupera la fe;
otras, siente que su piel
es una madriguera llena de ladrones,
que las canciones y los porros
jamás le traen ya de vuelta
los posos de su risa,
la ilusión de los viernes,
las caricias multiorgásmicas,
la sensación de ser alguien.
Aunque sea por una última vez.

A N le gustaría abrasarse
la piel con otras manos,
la boca con otros labios;
y poder decir, con algo de fortuna,
aquello de que aún no estamos muertos
mientras se acaba
el último sorbo de cerveza
en las entrañas de un tugurio
de mala muerte;
fuera en la calle huele a mar,
a tierra mojada,
a café derramado
o a apocalipsis, ¡qué más da!
En ese efímero instante
un vagabundo muere,
una duda se disipa,
un mimo estornuda,
un nuevo día amanece
y una niña pide un deseo
mientras el agua del lavabo
se lleva su pestaña por el desagüe.

(Lluvia)

N aplasta la colilla en la acera
y escucha el blues invisible del agua
inundando el mundo.
La ciudad nunca duerme,
eso ya lo sabe
desde siempre.
Como esa puñetera cantinela
de mañana será otro día,
de qué ojeras llevas hoy,
de no bebas entre semana
de un clavo saca otro clavo…
de adiós a tanta tontería.

Juanma - 6 - Enero - 2018

viernes, 8 de diciembre de 2017

INYECTARNOS FANTASÍA

Si te acercases
podrías ver cómo me observan
los buitres que siempre revolotean sobre mi cabeza.
Odio esas noches que se clavan como jodidas lanzas,
esas horas que se suicidan antes de tiempo,
las lágrimas amargas de cualquier chica tiste
al fondo de la barra de cualquier triste bar.
El olor de la desidia, su anestesia en las venas.
Sabes que nos quedamos en la entrada buscando una salida.
Que detrás de los surcos de los años perdidos
todavía laten ascuas de sueños inconclusos.
Tantas historias se quemaron en el fuego del olvido...
Poemas con olor a flores marchitas,
noches con anhelos que abrasaban en el pecho,
calles pintadas de nostalgia y sexo.

Si te acercases
podría enseñarte mi deshabitado mundo,
mi derrotado ejército de ilusiones,
mis últimas primaveras caducadas en la nevera.
Me dueles si estoy lejos de tu cuerpo.
Se alborotan hasta mis pestañas si te quitas la camisa.
Aunque, a veces, no recuerde ni quién eres.
Porque el pasado arde y renace como el Ave Fénix de sus cenizas,
como las risas de unos niños extraviadas en el parque,
o la esperanza desgarrada por las púas del alambre de la piel.

Si te acercases
comprenderías que ya no somos,
ni seremos,
los guardianes de las llaves del querer.
La mirada en la luna, los fines de semana en celo,
los lunes de borrasca lamiéndonos las heridas de las caricias mal dadas.
Aullando como lobos, apurando la madrugada,
estrujándonos los sesos, jugando a no me acuerdo, bebiendo dinamita.
Al amanecer los recuerdos son como jodidas resacas que acechan tras cada esquina.
Te golpean y escupen, te empujan y olvidan...

Si te acercases
sabrías que la única manera de tocar el cielo
ha sido siempre lanzarse de cabeza al infierno.
Porque el paraíso es la barra sucia y pegajosa
de una taberna de mala muerte.
Porque las cicatrices del alma abren la puerta
de alguna dimensión desconocida.
Y porque la realidad es a la imaginación
lo que las estacas para los vampiros.

Si te acercases,
tan solo un poco, a este lado de la jaula
podrías ver a los cuervos agrupados en bandada,
a las bestias arremolinándose en jauría...
Puedo esnifar tus palabras hasta colocarme de tu idioma.
Y después, tal vez, cruzar la Vía Láctea en un Cadillac.
Quizá ser otra persona, ser algo, todavía.
Vivir, aunque sea, en una habitación de madrugadas a deshora,
sobrevivir con cerveza y restos de pizza fría,
Recitarnos poemas aprendidos de memoria,
bailar twist en lo alto de las grúas,
hacer el amor en los escaparates de la Gran Vía.
Sodomizar la pausa y la prisa.
Aullar hasta que la luna nos dé una patada,
Beber torrentes de vodka cerca de un precipicio,
coleccionar estrellas, inyectarnos fantasía.
Escondernos de la gente.
Construir una máquina del tiempo
y volver, a la misma noche, cada día.


Juanma

martes, 5 de diciembre de 2017

LOS SECRETOS DEL MUNDO

Ella le cogió de la mano. Subieron por unas empinadas y estrechas escaleras de piedra hasta toparse con una puerta redonda, como esas tan graciosas de los hobbits. Daba a un pequeño desván, oscuro y polvoriento. Al fondo había un ventanuco que apenas dejaba pasar los rayos de luz de la mañana. Las tardes debían ser de penumbra, silencio y seres invisibles moviéndose entre las sombras. Las noches... no quería ni pensarlo. Apenas se distinguía gran cosa, pero Loth pudo apreciar que todas las paredes estaban llenas de estanterías, desde el suelo hasta el techo. En unas había libros; en otras extraños objetos, piedras y amuletos; y en algunas más, pequeños recipientes de cristal de muchos colores.
     —Dijiste que me ibas a enseñar los secretos del mundo...
   —Y aquí los tienes —respondió Alana con una sonrisa—. Todos los secretos y misterios del mundo.
     —Yo solo veo cosas inútiles.
     —¿Cosas inútiles? —La muchacha no pudo evitar reírse ante la ingenuidad del chico. Tenía casi la misma edad que ella, pero era tan inocente...— Los libros guardan todos los saberes del mundo. Los conocidos y los prohibidos. Todo lo que fue, es... y quizá también lo que será. Ellos custodian toda la ciencia y fantasía del mundo. También la astronomía, los senderos ocultos del bosque, la poesía...
     —No sé leer —contestó Loth con tristeza.
     —Eso tiene arreglo —respondió Alana—. Yo te enseñaré.
     —¿De veras lo harás? —Y por primera vez asomó a los ojos del chico una chispa de alegría. La muchacha se limitó a sonreír y asentir, cual una madre ante la pregunta divertida de su hijo.
     —En las piedras y amuletos —continuó—, se conserva la magia del universo. Cada uno posee un poder distinto, atesorado desde el amanecer de los tiempos. Todo cuanto nos rodea está impregnado de saber y poder. Los misterios de la naturaleza, los abismos de los océanos, las maravillas de las constelaciones. Todo aquello que muchas veces no comprendemos... ¿Sientes vértigo? Tranquilo. Cuando aprendas a leer y escribir, también te los descubriré.
     —¿Y en los frascos de colores? —preguntó— ¿Qué guardas ahí?
     —¿Ahí? —Alana se giró para mirar los estantes que tenía detrás— Eso es lo menos misterioso de todo. Tan solo es mi pasatiempo. Es con lo que me entretengo en los ratos libres. Ahí voy guardando todos los olores del mundo.
     —¿Todos? —Los ojos de Loth se habían abierto como platos.
     —Bueno, casi todos —Volvió a reír ella.
     —¿Qué hay en ese de allí? —dijo señalando un frasquito con un líquido gris azulado que había en lo más alto de la última estantería.
     —Ése contiene el olor de los ríos y sus peces. El verde que hay a su lado, el aroma de los árboles y las flores en primavera. El rojo de la estantería de debajo, la fragancia de la pasión y los latidos del corazón...
     —¿Y este? —El muchacho se acercó hasta uno más grande que había frente a ellos y que brillaba con un hermoso azul celeste.
     —¡Ten cuidado; este es el más delicado de todos! Guarda uno de los olores que más me costó atrapar. Dentro huele a polvo de estrellas. ¡Pero ven aquí! —Volvió a cogerlo de la mano y le llevó hasta un rincón— Mira estos dos. Este de color ámbar guarda mi perfume. Y ese otro carmesí, tu olor.
     —¿Mi olor? —Cada vez estaba más asombrado— ¿Cómo has atrapado mi olor?
     —Shhhhh... —Alana se llevó un dedo a los labios y, encogiéndose de hombros, dejó escapar otra tímida risita— Eso es un secreto que no está escrito en ninguno de todos estos libros.
     —¿Y aquel otro? El pequeñito que hay al lado de los nuestros. 
     —¿El que está vacío? Ese aún tenemos que rellenarlo...
     —¿Tenemos? —La miró más extrañado todavía— ¿Con qué?
     —¿Aún no lo sabes? —Se acercó y lo abrazó con ternura para susurrarle al oído— Ese lo llenaremos tú y yo, poco a poco, día a día, con la esencia del amor. 

Juanma

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL CUENTO DE LA VIDA

Apenas tienen cinco años cuando se conocen. Es el primer día de colegio y sus madres los dejan en una clase llena de otros niños llamativos, pero menos. Menos niños no, menos llamativos los unos para los otros que como se atraían ellos entre sí.
    Su historia empieza en una mesa verde llena de bolas de arcilla que, a diferencia de la plastilina, al quedarse seca se endurece, como la vida. Él fabrica un unicornio, ella no sabe qué es. Él le explica que es un caballo mágico, ella se ríe y él también. Después moldea un barco y le asegura que, cuando esté acabado, navegarán a bordo de él por el patio de recreo en los días de lluvia, y vivirán aventuras increíbles surcando lagos malditos, mares lejanos, el mundo entero. Ella sonríe con los ojos brillantes de ilusión.
    Pasan los recreos siempre juntos, contándose historias imaginadas, cuentos recién inventados, fábulas en primera persona. Los demás niños los miran con recelo, observándolos a una distancia prudente, como si fuesen bichos raros que no conocieran. Aprenden a escribir juntos, a leer de la mano, a sumar y restar cantando... y cogen la costumbre de contarse el argumento de los libros en primera persona. Se disfrazan de los héroes de sus sueños, crecen dentro de sus mentiras, se abrazan de mentira, y se besan de mentira, como los novios de mentira.
    Llega el último verano de colegio y ya no les quedan más septiembres. Se mienten, esta vez sin saberlo. Poco a poco, como planetas en distintas órbitas, se van distanciando irremediablemente. Siguen viéndose de manera casual por el barrio, pero cada vez conversan menos, se miran menos, se sonríen menos... hasta que el saludo se convierte casi en obligación.
    Pasan los años de mentira y van conociendo a otros ellos. Llenan sus nuevas vidas de otras mentiras, aunque mucho menos cómplices, más mundanas, menos divertidas. Un día ella entra en una discoteca, ya decepcionada de esa nueva vida, y se lo encuentra. Entre tragos de alcohol recapacita: “de todos los que me han mentido, nadie me ha mentido como él”. Se acerca y le saluda. Al oído le confiesa que está en la discoteca porque el descapotable se le ha averiado, iba de camino a una cena con músicos, actores y gente del mundo de la moda. Él se ríe, se separa con los ojos brillantes, hace una pausa para mirarla. Se acerca a su oído y le miente. Así que ambos, mentidos de arriba abajo, salen a buscar al unicornio de arcilla, que con el tiempo ya está amaestrado, para que los lleve a la fiesta. Se besan y hacen el amor en un portal.
    Siguen viéndose de vez en cuando para mentirse. Se mienten incluso sobre sus actuales parejas. Se van contando sus bodas programadas, los hijos que tendrán, sus viajes, sus mascotas... Poco a poco van dejándolo todo para mentirse más frecuentemente, hasta que ya casi se mienten en exclusiva. Hasta que un día deciden irse a vivir juntos, para mentirse ya del todo. Y es entonces cuando cada uno descubre todas las verdades del otro.
    Salen por la mañana a trabajar a la ciudad, y vuelven corriendo por la tarde a mentirse en su reino recién conquistado, a lomos de su caballo mágico. Pero una noche ella se pone enferma, y acuden a un hospital muy falto de fantasía. Un doctor le diagnostica una enfermedad incurable, y le cuenta que apenas le quedan unas semanas de vida. Ella llora y maldice todas las verdades del mundo.
     Él se quita los zapatos y se acurruca en la cama junto a ella, abrazándola con fuerza. Le aparta el pelo de la oreja para alimentarla de una última mentira. Le explica que ellos no existen, que son parte de un cuento, un relato nacido de la fantasía de un pensamiento. Le cuenta que son tan reales como los unicornios, y que al final del cuento no se muere, porque los cuentos no tienen final. Y le promete, sin más mentiras, esta vez ya de verdad, que vivirá para siempre en su recuerdo y su corazón.

Juanma - 26 - Noviembre - 2017