jueves, 26 de abril de 2012

CUENTACUENTOS

-¿Me cuentas un cuento?
-¿Cuál?
-El que quieras.
-¿El del elefante con chaqueta de botones?
-Vale...
-¿O el del caballo que era muy bonito?
-No, ése no. Siempre lloras.
-Cierto.
-¿Qué, entonces sí?
-Si prometes dormirte...
-¿Y esperarás hasta que me duerma?
-Sí.

Clic. El carruaje lleva a la calabaza que quedó de la cenicienta hasta el dragón que mató al caballero.

Y bueno, vengo por mi cuento.

La estufa encendida, el reino lleno de monstruos allá abajo. Todos los bichos del bosque en esa enorme cama donde, asustados, comparten el abrazo más fuerte del mundo.

Porque hace invierno. Porque huelen a derrota y ternura. Y eso es tan dulce que se puede dormir sin miedo, aunque estén eternamente condenados a vivir encerrados dentro de un libro.

-¿Estás segura?
-Claro.
-¿Y luego?
-Habrá otros cuentos que contar.

Y él abre el libro, con una sonrisa dulce y un tanto aviesa en los labios. Y ella agranda los ojos para verlo mejor. Para oírlo mejor. Para olerlo mejor...

Conocen bien las ficciones. Sonríen, como niños. Y creen y se dejan llevar...


Juanma - 27 - Abril - 2012

PESADILLAS


A mi ángel de la guarda particular;


He pasado una noche de terror que creí no acabaría nunca.

Sueños traviesos, como picotazos de la memoria en el alma, tan antiguos que nunca existieron y dolorosos quién sabe por qué... alertas y sigilosos como unos ojos abiertos en la oscuridad.

Alguien me cose, me descose y me inventa una nueva cara... soy de trapo y estopa y mis costuras son gruesas como cicatrices, profundas como ecos en un abismo.

Alguien entra en mi casa y se lleva lo que quiere... se lleva lo que quiero... pero no hago nada, lo dejo llevarse mi alma para que no me mate.

Alguien ordena mi captura y mi infelicidad al borde de un cristal roto por el que se cuelan aullando el viento de la desesperanza y la sombra de la desesperación...

Todas estas cosas suceden en una misma madrugada, antes de que el reloj de la pared marque las tres y mis demonios  interiores despierten de su letargo.

Pienso escribirte un mensaje que diga MIEDO... pero el terror atenaza mis dedos y soy incapaz de escribir ni de pensar nada.

Esto es por la terapia; el grito de la locura, el perfume del olvido, la ausencia de calma...

La noche fuera de mi ventana está electrificada: gente que grita o conversa, perros que ladran, una sirena rasgando la quietud de la madrugada...

Dentro de mi casa las sombras crecen, se escuchan ruidos en cada habitación y sé que no estoy solo. Sé que los fantasmas  han salido de mí y están husmeando por todos los rincones.

En noches así urge tomar tu mano, rozar tu piel, sentir el contacto que te rapta del abismo y del terror infantil al que has regresado.

Pienso: estoy mejorando... mi alma está vomitando la enfermedad que le devora. Quiero alegrarme, pero las sombras se mueven y sé que me quedan muchas noches de delirio antes de la paz y el sosiego.

Y no es cierto que no busque. No es verdad que no pregunte, husmee, atisbe, ojee, pida. No es verdad que no mire al cielo, que no me enfade, maldiga, desconfíe, pise.

No es verdad que calle todo, que confiese, que aprenda: pues todo es sueño.

Y tampoco es verdad que lo tenga todo previsto, que no me arrepienta a menudo, que cierre siempre la puerta. No es verdad que vuelva cuando me giro, que suba cuando bajo, que no hable si me callo.

Algo siniestro extiende sus dedos pavorosos en la oscuridad. Observo en la sombra mi propia pupila, fijo en ella la mirada y, frente a frente y ya sin miedo, le grito que no es verdad.



Juanma -27 - Abril - 2012




martes, 27 de marzo de 2012

LO PERDIDO

Aquello que no está y no perdí, seguro que me lo han robado.

No es, obviamente, la primera vez. Me han robado cosas importantes, la mayoría de ellas con mi  inocente complicidad. Pero también otras muchas sin darme apenas cuenta. Me han saqueado una y otra vez sin tener valor a denunciarlo...y mucho menos la fortuna de recuperarlo.

Con cada una de esas pérdidas morí un poco. Y escribí en mi cuaderno esos trocitos de muerte para que no murieran del todo.

Anoté todo lo perdido, para perderlo quizás un poco menos.Anoté también lo conquistado, para cantar desde adentro la alegría de mi alma con cada descubrimiento. Anoté lo inconcluso, para darle un poquito de finalidad. Anoté las tinieblas para darles luz, anoté las sombras para irradiarlas. Anoté lo bello tan sólo para mirarlo...

Yo, que he conseguido muchos y variados oficios inútiles, encuentro en el oficio de buscador de palabras el único verso que me rima y encaja con el acorde de mi propia melodía.

Tal vez por eso duele más.

Un diario es tan poco... a veces apenas nada, salvo para aquél que lo ha escrito. Anotaciones del alma, páginas de recuerdos que no olvidé, lágrimas que aprendí a llorar bien o mal, risas hermosas de las que me prendí, que robé y escondí. Pequeñas ilusiones que sólo encontraban sentido en mi propio sinsentido.

Y nadie más que yo poseía el conjuro.

Es lo que pasa cuando se transitan fronteras demasiado próximas a los abismos.

Pero mientras haya manos, pupilas y corazones cómplices, siempre quedarán bellas imágenes reflejadas en los espejos.


Juanma - 28 - 3 - 2012





martes, 13 de marzo de 2012

LA MUÑECA Y EL SILENCIO


Soy la muñeca con que juega la madrugada. Abro los ojos frente al espejo. Esta desquiciada adolescente que se refleja no se parece en nada a todos mis años. Es una recién nacida que agoniza de vejez.

Escribir no es una salida, es una trampa. Me pongo unas pestañas postizas y parpadeo.

Las otras muñecas me miran desde sus estanterías. Son tan bellas... son terriblemente tristes. Son perfectas. Están muertas, están en silencio. En sus rostros estáticos, inexpresivos, está lo único que busco. 

Abro el lápiz de labios, rojo y vivo como el fuego, y me dibujo una niña en los labios... pero está viva, y la borro y dejo apenas una mancha. La niña palpita en la boca disfrazada de corazón. Enciendo una vela. Soy una moribunda que grita de tristeza. En la habitación, apenas un agujero, una pared que tiembla. Me maquillo los ojos con lágrimas de sangre.

La de madera es especial. Es azul, como yo. Es una gota de alma; un día fue existencia y hoy, fantasma. Me dice tranquila, tranquila, no te abandones, duerme un poco... o ven aquí. Se lo sabe de memoria. Lo aprendió mientras dormía, entre las sentencias de muerte y los indultos. La de madera es especial, y la muy puta está toda pintada pero no quiere que me siga delineando las cejas. 

Es honda la noche... y oscura como una boca de lobo. Ya no puedo decir lo que quiero. Ya no sé. El silencio no puede ser más elocuente. 

Es necesario que yo sea una muñeca. Que me parezca a estos rostros fríos y hermosos. Que sea yo antes de mí. Me trago una pastilla y otra... y otra más. 

El vértigo de mirarme en este viaje me hipnotiza, no lo puedo negar.

Si trago diez perderé la memoria de mi nombre. Será como acercarse al no sonido de adentro. Con veinte olvidaré el futuro... y tal vez el pasado. Se me sonrojan las mejillas y me separo lentamente del tiempo. Cuento las que quedan en el frasco. Son treinta más. 

El frasquito también es perfecto. Cuando está vacío se lo regalo a mi muñeca favorita. El espejo dice que soy idéntica al final de mi monólogo. Me desnudo. Los huesos son astillas luminosas, parezco un pájaro a punto de emigrar. Los ojos  enmudecen... callan. Recuerdo los bellos versos de Alejandra Pizarnik:

"Alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va..."

No quiero ir más que hasta el fondo, ser una niña plastificada en la muerte, entrar en una casita eterna de madera, sin cintas, sin papel. El regalo será, por fin, el silencio...


Juanma - 13 - Marzo - 2012

sábado, 3 de marzo de 2012

EL ÚLTIMO INVIERNO


—Llevas tanta luz en la mirada que parece que te fueras a morir muy pronto —le susurro al oído.
—Es que me voy a morir muy pronto —me recuerda ella.

Sonríe con infinita tristeza porque, en verdad, se está muriendo. Sonríe porque los dos lo sabemos y porque ese próximo adiós es la única razón para que estemos aquí celebrando lo poco que nos queda por celebrar. Vamos a varias fiestas en las que suena música en su honor. La conocen, la quieren, le dedican canciones. Sitios en los que las conversaciones nos acarician como manos amigas. 

Y ella camina risueña y despreocupada, cogida a ratos de mi brazo, a ratos de mi cintura, escondiendo en un sueño de marihuana sus dolores, anestesiada tras una botella de vino su precariedad. No pide que la abrace o que la quiera más. Pide que le cante... No, que le susurre al oído nuestra canción, que la mire como aquella primera vez cuando nos conocimos, que no ría mezquinamente, que no llore... y que no la deje llorar a ella.

Me suplica un último baile. Bailamos. Yo apenas la sigo con torpeza infantil, pero ella se mueve entre la multitud con graciosa elegancia, con desenvoltura natural. Como una gata que... No, los gatos no piensan en estirarse, simplemente se estiran. Más bien como un junco bajo la brisa, o un árbol mecido por el viento. Los árboles ni siquiera hacen eso, oscilan sin más, sin el leve esfuerzo de moverse. Ella se movía así, danzando como una ola en la madrugada.

Me mira. Y me atrapa en su mirada con una sonrisa adorable que queda prendida en el aire frente a nosotros. Como el rocío bajo la hermosa luz del embrujo del alba, como un sueño al despertar resistiendo a desvanecerse.

Ya cerca del amanecer, sonriente, tal vez un poco ebrio, me siento ya su músico, su poeta, un bardo, un trovador. Y atisbo en el abismo de mi corazón, junto al acantilado del alma, una tenue esperanza. La oigo llegar, la veo acercarse...y la noto querer marcharse. Pero decido mantenerla. Porque sin esperanza, ¿qué nos queda?

—Me gustaría pasar contigo este invierno.
—Sí.
—¿Quieres que pasemos juntos este invierno?
—Sí.

Y ella me abraza. No dice nada más. No hace falta. Y me sonríe con esos maravillosos ojos brillantes, entre verde bosque y bruma de mar, reflejando una y mil veces toda la luz que entra en ellos. Y salimos al encuentro del camino del invierno, pues ninguno de los dos necesita saber ya nada de la primavera.


Juanma - 3 - Marzo - 2012                                        

jueves, 1 de marzo de 2012

ROMANCE BREVE


Ella leía un libro de Julio Cortázar . Él, uno de Walt Whitman. Ella llevaba zapatos rojos. Él, zapatillas negras.Entraron apenas se abrieron las puertas del tren. Ella se sentó, él permaneció de pie frente a ella.

Él miró de reojo el libro de ella, y le gustó. Ella miró de frente el libro de él, y le cautivó. Media estación después, él puso su zapatilla junto al zapato de ella, tocándolo apenas por la punta. Ella no movió el pie. Y un calor sutil y agradable empezó a fluir desde los dedos del pie hasta las manos, desde las manos hasta los libros y desde los libros hasta el aliento. Si un sobresalto le hacía separar el pie, lo devolvía de inmediato a su posición deseada.

Así permanecieron los dos lectores ( los ojos clavados en el papel, los pies clavados en el suelo, sus corazones queriendo desclavarse de su pecho ) seis estaciones completas... en medio de un breve romance de solapas y sin verse nunca el rostro.

Juanma - 1 - Marzo - 2012

martes, 14 de febrero de 2012

TAN CORTO EL AMOR Y TAN LARGO EL OLVIDO

"Nunca es tarde para aprender a huir", dijo para sus adentros. Y sin pararse a esperar siquiera a su sombra, salió con precipitación huracanada, los ojos alerta y el corazón a punto de taquicardia. Subió al ascensor a las 3:23 de la madrugada. Ya en la calle, se arrojó sobre el primer taxi libre que encontró y que le llevó por fin a casa, a salvo de palabras hirientes y de deseos inconfesables. Nunca había estado tan convencido de que había sido un gran error la idea de ir a casa de ella. Fue un imperdonable momento de debilidad que jamás debió permitirse. Ése fue el primer eslabón de una cadena de errores. El segundo, dejarla descorchar una botella de vino del que apuró hasta la última gota. Trato de salir del paso, de quitarle hierro al asunto, tal vez inventar algún chiste ocurrente... 

El tercer, más grave, crucial y definitivo error fue exhibir, hay que reconocer que el alcohol tuvo gran parte de la culpa, una imprecisa locuacidad peligrosa, lo cual reavivó la llama de aquella confusión esquivada durante tantas semanas. Ella sacó de un cajón un diario que guardaba bajo llave. Se sentó frente a él y leyó un par de páginas con cierto talento e ingenio, pero plagadas de frases de desconsuelo y párrafos de desesperanza. Le arrebató el cuaderno de las manos y comenzó a leer. Y allí estaba él, descrito y retratado; pero al mismo tiempo despedazado, herido, juzgado, manoseado y psicoanalizado. Muerto.

Sintió tristeza. Sintió agonía. Sintió rabia.

Tal vez si hubiese estado lúcido y sobrio, habría tenido también algo de amor propio, pero el vino le enturbió los ojos, le retorció el alma y, como un perfecto imbécil, se dejó abrazar. Tierno como un estúpido se dejó sondear el corazón, y la besó. Tal vez por melancolía. Quizás por su ebriedad. Pero aquel beso le taladró la razón. Y antes de darse apenas cuenta, se encontró en la cama junto a ese cuerpo hermoso y pecador, naufragando en la nada de su alma, en el vacío de su ansiedad, de la nostalgia y de la imposibilidad de entregarse de verdad a ella. Se encontró fumando solo frente a la ventana, extrañando ese cuerpo que desde tiempo atrás se había vuelto indescifrable, extraño, intruso. Se encontró escribiendo terribles cartas humillantes y desgarradoras. Se encontró de todos y cada uno de esos modos en un parpadeo y la separó de sus labios, la alejó de su brazos, la desterró de su corazón.

En un intento desesperado, trató de explicarle que aquel encuentro nunca debió haber sucedido, y que con aquella niebla de alcohol había olvidado dónde estaba su lugar. ¿Lejos? ¿En ninguna parte? ¡Quién sabe! No encontró otras palabras: “Nunca es tarde para aprender a huir”, sentenció. Salió de la habitación dando un portazo; amándola aún, odiándose siempre. Llamó al ascensor. Cogió un taxi y regresó a casa.

Ya en la cama, arropado por frías sábanas, sigue pensando en esa mujer que le amó, esa mujer que con toda seguridad aún le ama, aunque sea con tristeza y melancolía, tras una membrana implacable que va seleccionando y separando los sueños del alma de los deseos de su corazón, que va coleccionando mariposas y monstruos, fantasmas y lunas, espinas y flores en el parto onírico de la madrugada... vaciando vacíos, colmando espacios. Se siente miembro de honor de una especie al borde del abismo y decide extinguirse cuanto antes... Cierra los ojos y se abandona al recuerdo, y al inevitable adiós...

¡Es tan corto el amor y tan largo el olvido!


Juanma - 14 - Febrero - 2012

martes, 13 de diciembre de 2011

CALIGRAMA

Sube al tren. Con infinita tristeza. Todos la miran. Y ella lo sabe. Se sienta sola, llora, la siguen mirando. Se ha puesto unas gafas de sol para intentar ocultar su dolor, a al menos para disimular las lágrimas. El tren llega a su destino. Se baja en silencio, llorando. Camina hasta un parque cercano. Se sienta en un banco bajo las osamentas desnudas de los afligidos árboles de otoño. Llora. La miran. Mira dentro de su bolso y saca algo de su interior. Llama por teléfono.

Cae la noche. Vuelve a casa y llora. Saca una tiza de un cajón y empieza a marcar cada objeto con una X mayúscula. No hay nadie. Nadie la mira. Nadie la ve. Eso le duele aún más. Se enfrenta a la mirada que le devuelve el espejo. Se contempla largo rato en él. Descubre que tiene un agujero en el pecho. Más bien se trata de un hueco del tamaño del corazón. Ve la pared de detrás a través de aquella abertura que parece haber cobrado vida en su interior. Se sienta. Hunde un cuchillo en lo más profundo de sus entrañas que la atraviesa sin ninguna sensación. Ahora lo entiende. Sonríe al fin.

                                                                                      *  *  *

En el pasillo de un avión que atraviesa el océano, él avanza, llorando. Lo miran. Cierra los ojos. Acaba de recibir una llamada. Llora. Se quita las gafas de sol y se desabrocha el cuello de la camisa. Pone sobre sus piernas temblorosas el bolso de mano. Mete la mano dentro del bolsillo, buscando algo que le espera allí y que parece ser su única salvación. 

Se seca el sudor de la frente. Empieza a inquietarse, se palpa el pecho. Todo bien. O quizás todo mal, pero al menos en su sitio. ¿Y entonces? Lo coge con cuidado. Es sólo un papel en el que hay un caligrama con unos versos en francés. Al fin lo entiende. Sonríe también.

"En este espejo estoy encerrado vivo y real como se imagina a los ángeles y no como son los reflejos..."
(Guillaume Apollinaire)



  Juanma - 13 - Diciembre - 2011








   

sábado, 26 de noviembre de 2011

HACIA RUTAS SALVAJES...


CRISTOPHER JOHNSON MCCANDLESS


‎"Hay placer en los bosques sin caminos, hay éxtasis en las orillas solitarias, hay compañía donde nadie pisa, cerca del profundo mar y de su rugido musical; no amo menos al hombre, sino más a la naturaleza"
(Lord Byron)





Hoy, cambiando la dinámica del blog, no voy a escribir un texto mío. Hoy quiero rendir homenaje a un gran personaje, un hombre libre que eligió su propio camino y destino, su forma de vivir la vida hasta sus últimas consecuencias sin dejarse arrastrar por los convencionalismos sociales... un hombre cuya historia conocí hace un tiempo, fruto de la casualidad al ver la película sobre su vida, pero que desde que llegó a mi conocimiento me fascinó y conmovió. Un hombre que decidió fundirse con la naturaleza buscando la armonía y la felicidad en ella, dejando de lado todo aquello que odiaba o no le llenaba de la sociedad en que vivía. Recomiendo sin duda alguna la lectura del libro "Into de wild" de Jon Krakauer, y también, por supuesto, la película con el mismo título "Hacia rutas salvajes".


   Christopher Johnson McCandless (12 Febrero de 1968 - 18 agosto 1992) fue un errante estadounidense que murió cerca del Parque nacional Denali después de caminar en solitario en medio del desierto de Alaska sin apenas comida y escaso equipo. Jon Krakauer escribió un libro sobre su vida, "Into de wild", en 1996, y que inspiró en 2007 una película dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch.

   McCandless creció en Virginia, en el Condado de Fairfax. Su padre, Walt McCandless, trabajó para la NASA como un especialista en antenas. Su madre, Wilhelmina ‘Billie’ Johnson, era la secretaria de su padre y más tarde ayudó a Walt a instalar una exitosa compañía consultora. Ya desde muy temprana edad, sus profesores notaron que Chris tenía una voluntad inusualmente férrea. Cuando creció, agregó a esa determinación un peculiar y propio idealismo y  una gran resistencia física. En la escuela secundaria, ejerció como capitán en el equipo de atletismo, donde instó a sus compañeros de equipo a correr como si de un ejercicio espiritual se tratara, en el que ellos estaban corriendo "contra las fuerzas de oscuridad (...) contra todo el mal en el mundo y todo su odio". Se graduó en la escuela secundaria en 1986 y en la universidad en 1990, especializándose en historia y antropología. Su rendimiento superior a la media y su éxito académico enmascararon un desprecio creciente por lo que él consideraba como el "materialismo vacío de la sociedad norteamericana". En su primer año se le ofreció pertenecer a la fraternidad Phi Beta Kappa, pero lo rechazó argumentando que los "honores y los títulos son irrelevantes". Las obras de Jack London, Leon Tolstoi y Thoreau tuvieron una fuerte influencia en McCandless, y soñó con abandonar la sociedad, al estilo de Thoreau, por un período de solitaria contemplación.

   Después de graduarse de Emory en 1990, donó sus ahorros de 24,000 dólares a la caridad y empezó a viajar por el país, usando el nombre de Alexander Supertramp. McCandless hizo su viaje a través de Arizona, California y Dakota del Sur, donde trabajó en labores agrícolas. Alternó su periplo  entre períodos de trabajo relativamente fijos y con mucho contacto con gente, con periodos en que estuvo sin dinero y sin ningún contacto humano, al punto que a veces tuvo que luchar duramente por conseguir algo de comida con que mantenerse. Sobrevivió a innumerables peligros durante estos periodos de vida salvaje, como cuando perdió su automóvil en un diluvio, o cuando decidió descender en canoa por el río Colorado, en dirección al golfo de California. McCandless se enorgullecía de sobrevivir con un mínimo de elementos y una preparación bastante básica.




Durante años, McCandless había soñado con una "Odisea por Alaska"; vivir de la tierra, lejos de la civilización, y manteniendo un diario de vida que describiera su progreso físico y espiritual, enfrentado a las fuerzas de la naturaleza. En abril de 1992 hizo autostop a Fairbanks, Alaska. Fue visto con vida por última vez por James Gallien, quien le llevó de Fairbanks a Stampede Trail. Gallien se preocupó por "Alex", pues tenía pocos medios materiales y ninguna experiencia en el entorno de Alaska. Gallien intentó persuadir a Alex para que desistiera en la idea de su viaje, e incluso ofreció conducirlo a Anchorage para comprar equipamiento adecuado. McCandless se negó a recibir cualquier ayuda, salvo un par de botas de caucho, dos latas de atún y una bolsa de maíz. Después de hacer una caminata a Stampede Trail, McCandless encontró un autobús abandonado como un lugar para asentarse, y se empeñó en vivir exclusivamente de la tierra. Llevaba consigo una bolsa de arroz, un rifle Remington semiautomático, munición, un libro sobre las plantas locales, varios otros libros de sus autores preferidos y algo de equipo de montaña y acampada. Asumió que debía cazar para poder vivir; a pesar de su inexperiencia como cazador, McCandless capturó con éxito algunos animales pequeños tales como puercoespines y pájaros. Una vez mató un alce; pese a su logro no pudo conservar toda la carne sobrante, ni siquiera tras haberla ahumado sobre unos arbustos, tal como le dijeron los cazadores con que se había encontrado en Dakota del Sur. Su diario de vida contiene entradas que cubren un total de 113 días. Estas fechas relatan la cambiante fortuna de McCandless. Después de vivir con éxito en el autobús durante varios meses, Chris decidió salir en julio, pero encontró el sendero bloqueado por el río Teklanika, que estaba entonces considerablemente más crecido que cuando lo había cruzado en abril.

   El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de cazadores de alces encontró esta nota en la puerta del autobús; "S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, muy cerca de morir y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless".

   Era el 12 de agosto, día que escribió lo que se piensa fueron sus últimas palabras en el diario. Arrancó la página final del libro de memorias de Louis L’Amour, "Educación de un Hombre Errante". En el otro lado de la página, Chris agregó; "He tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos". Su cuerpo se encontró en su saco de dormir dentro del autobús, con apenas 30 kilos de peso. Llevaba muerto más de dos semanas. La causa oficial de su muerte fue la inanición. Su biógrafo Jon Krakauer ha sostenido que dos factores pueden haber contribuido a la muerte de McCandless en agosto de 1992. Primero, que estaba en riesgo de inanición debido a su creciente actividad, en comparación con la escasa comida que consumía por lo poco que cazaba. Sin embargo, Krakauer insiste que la inanición no fue, tal como lo indican los certificados de defunción de McCandless, la causa primaria de su muerte. Inicialmente, Krakauer sugirió que McCandless podría haber ingerido semillas tóxicas .Sin embargo, las pruebas de laboratorio demostraron concluyentemente que no había ningún rastro de toxina presente en los suministros de comida de McCandless. En las ediciones posteriores de su libro, Krakauer ha sostenido entonces que fue un hongo, que creció en las semillas que McCandless comió, el que provocó su fallecimiento. Sin embargo, no queda ninguna evidencia para apoyar la teoría de Krakauer, salvo un escrito que dejó el propio McCandless en su diario el día 30 de Julio y que decía; "Extremadamente débíl, falta de agua, semillas..." pero toda la información forense disponible sugiere que McCandless simplemente murió de hambre.





Trailer de la película:





"No vivo de lo que el mundo piensa de mí, sino de lo que yo pienso de mí mismo"
(Jack London)








 








martes, 8 de noviembre de 2011

EL REFLEJO INVISIBLE

Tuvo un sueño extraño, como tantas y tantas noches, en el que se levantaba de la cama y se miraba al espejo.

Notaba como arena en la boca y todos los dientes se le caían. Primero despacio, de uno en uno, casi como si fuesen de cristal. Y después sentía cómo se le iban desprendiendo los demás. Se le caían demasiados, cerca de cien, más de los que tenía, sin que entendiera cómo eso podía ser posible; a continuación los escupía en el lavabo con asco y asombro, y sin embargo nunca era el fin del mundo. Sintió una especie de zarandeo y despertó. 

Se levantó y fue caminando con cautela hasta el baño, aunque no conocía los pasillos que recorría, por lo que llegó a la conclusión de que no estaba en su casa. Se sentía extraño, confundido, huraño. Un día pensó que era alguien, pero aquella noche se sentía demasiado lejos de ser nadie. Se miró al espejo. O eso pretendía, pero no lo consiguió. Del otro lado del espejo no había nada. No es que no hubiera reflejo, era más bien como mirar cara a cara al vacío, nada de nada. Ni un ojo, ni una pestaña, ni un pequeño destello que anunciara que estaba ahí. Nada. Una coqueta estantería de madera, los azulejos de cerámica de las paredes, una cortina azul casi transparente en la bañera. Aquello sí se reflejaba. Pero él no estaba. Se asustó bastante, por supuesto. Aunque no tanto como uno podría suponer que alguien se asustaría si desapareciera del espejo. Recordó el mito de los vampiros, y pensó que él también hacía tiempo que se estaba quedando sin sangre. Seguramente no fuera eso, pero ni siquiera podía verse el cuello para asegurarlo. 

Se metió en la bañera para darse una ducha, intentando cantar alguna canción que recordara. Seguía sin poder entender hacia qué extraño mundo se había fugado su reflejo, preguntándose si podía uno sentirse completo cuando aquella persona que habitaba dentro de ti mismo había decidido abandonarte. 

Apenas una semana después se dio cuenta de que se había perdido, que en algún lugar y algún momento de sus últimos días se había extraviado. Que tal vez era lo que no era, o que quizás ya no era lo que era o, en última instancia, que no sabía qué diablos era ahora, ni dónde ni cuándo estaba. Dudó: ¿estaría ése, su otro yo, pensando en aquel mismo momento aquellas mismas cosas? Decidió que no, que aquello era imposible, que estaba desvariando, que como mucho aquel otro estaría ya tomando decisiones para cambiar las cosas, que seguro que no miraba hacia atrás como él y que, de hecho, tal vez fuera esa la razón de que se hubiera marchado. Se sintió solo y cruelmente abandonado. Sintió algo parecido a la envidia. En aquel instante, casi hubiera preferido que de verdad se le cayeran los dientes. 

Intentó simular que no pasaba nada, que aquello no iba con él, que no le importaba. Pero, ¿cómo podía no importarle? Cuando se cumplieron otras tres noches más de sueños encriptados decidió salir a buscarse. En los bares. En los restaurantes. En las bibliotecas. En los parques. En las calles. En los diarios que escribieron cuando aún tenía reflejo. Pero no estaba. 

El espejo se volvió mudo, ciego e insensible.

Una noche mientras paseaba, ya de madrugada, creyó ver en las pupilas de alguien una boca. Una boca que se movía de manera familiar, y que al instante reconoció como propia; y detrás nada. ¿Podía imaginarse? Sólo una boca flotando en las pupilas de alguien, pero algo era algo; y en aquellas circunstancias algo era mucho, y mucho era demasiado Volvió a casa radiante y feliz. Y al día siguiente, en los ojos de una muchacha que había amado, descubrió que no había sólo una boca, sino su propia mirada. Y de aquella manera tan asombrosa fue reapareciendo, poco a poco, entre los párpados de aquellos que conocía o con los que se encontraba: una amiga de la infancia tenía una oreja, otra los dientes (por suerte no se le habían caído), un vecino los pómulos,  su compañera de trabajo las pestañas. Fue coleccionando mentalmente los fragmentos, y volvió a conseguir algo remotamente parecido a un reflejo. No era mucho, era tan sólo el esbozo de un recuerdo triste. No obstante, consiguió volver a  dormir. 

A la mañana siguiente intentó algo nuevo: probó a sonreír. Su sonrisa, ya casi no la recordaba, apareció como por arte de magia, estaba ahí detrás. Detrás de todo... aunque delante de nada. Un poco tenue, casi etérea, pero sí, parecía la suya, a todo color, con sus labios carnosos y todo. Su sonrisa perdida... por fin ahí estaba. Le vino a la memoria un recuerdo de hacía mucho tiempo, cuando una novia que tuvo le dijo que él era como el gato de Cheshire y su sonrisa, la misma del gato.

Y probó de nuevo a sonreír. Y comprendió que nunca debió de dejar de hacerlo y que, de ahí en adelante, jamás dejaría pasar ni un sólo día más de toda su vida sin regalar una sonrisa a alguien...


Juanma - 9 - Noviembre - 2011