lunes, 12 de marzo de 2018

KILÓMETRO CERO

Allí donde todo está quemado hasta las cenizas, es imposible encender hoguera alguna. En tales circunstancias, las noches se vuelven más largas y amenazantes y oscuras. Y un péndulo, enorme como el vacío del universo, oscila sobre nuestras cabezas, decapitando constelaciones enteras con su filo inapelable, desgarrando el vientre de esa eternidad de la que se puede afirmar que nada sabe y, sin embargo, algo debe de saber. Porque de las pesadillas diurnas no hay manera de despertar. Visiones de languidez, de desamparo, de enfermedad. En el camino no suele haber ángeles autoestopistas ni interlocutores del más allá. Cuando llegas a cada curva ya se han marchado y llevado consigo el mundo y sus cenizas. ¿En qué se diferencia todo aquello que nunca fue de aquello que jamás será? Apenas ha terminado de amanecer cuando ya está de vuelta la luz grisácea y mortecina de la tarde agonizante. Como un romance ritual e irreversible en el que siempre gana el insomnio. Es curioso el tiempo: fugaz y eterno; breve y perpetuo; efímero e imperecedero a un mismo tiempo. Miras a tu alrededor y en un parpadeo todo es distinto. Te han dicho desde que tienes uso de razón que "siempre" es mucho tiempo. Pero al final descubres la verdad. La escalofriante verdad. Que "siempre" es tan solo un abrir y cerrar de ojos. Y a la luz mezquina que precede al crepúsculo, hay que añadirle también la luz temblorosa y yerma y sombría que acompaña a menudo a nuestros corazones. Se oscurecen a cada tramo del sendero, reflejando el sol moribundo desde una nada insondable, como destellos de cuchillos en una cueva profunda. Y, sin apenas darnos cuenta, rezamos en sueños como en un antiguo y sagrado ungimiento. Como estrofas de un mantra de signos. Evocando las formas, los gestos, los movimientos... Quizá sea bueno para sentirnos vivos y parte de algo, aunque no sepamos de qué algo se trata. Cuando no tenemos nada mejor que hacer, inventamos ceremonias y les insuflamos vida. Cada vez tenemos más a menudo esa extraña sensación de perpetuo vacío, más allá de nuestro lóbrego entumecimiento y su sorda desesperación. Como si el camino y el mundo se encogieran en un mosaico de piezas inseparables. Vuelta al olvido de las formas y sus nombres. Y su significado. Todas aquellas cosas que damos por sentado como verdaderas desvaneciéndose en volutas de humo. Más frágiles de lo que jamás hubiéramos imaginado. Como un hierático idioma resquebrajándose al verse desprovisto de sus jodidos referentes. Encogido como un cuerpo a la intemperie que intentara preservar algo de calor. A punto de esfumarse para siempre en un pestañeo ¿Cuánto de este mundo que creemos real no ha desaparecido ya? ¿Acaso esperamos que haya algún Dios bondadoso observando? ¿O, quizá, uno sin escrúpulos? ¿Redactando en un libro inmenso de tapas doradas nuestros hechos terrenales? A dos columnas en una página. En una hilera los buenos, los piadosos, aquellos que te consiguen el ansiado pasaporte al cielo: y en otra los malos, los pecaminosos, esos que te condenan a las inmisericordes llamas del averno. Actos buenos y actos malos. ¿Con relación a qué? No, no hay libro de cuentas alguno y todos los dioses amigos y desconocidos están muertos y olvidados. Aunque creamos saber cómo es el mundo, en el fondo lo ignoramos. Tal vez sea imposible conocerlo desde el punto de vista de la creación. Quizá, tan solo, en su destrucción nos pueda ser revelado el cómo, cuándo y porqué de su existencia. Y de la nuestra propia dentro de la suya. Su verdadera estructura, más allá de átomos, células o galaxias. El misterio de su mecanismo y de quién se empeña en darle cuerda. Es posible que en ese cataclismo se nos desvele todo. El enigmático espectáculo de las cosas y sus sombras dejando de existir. El inabarcable universo baldío, erosionado, agonizante. Y su pavoroso silencio.


Juanma Nova García


                                                                                

viernes, 9 de febrero de 2018

MIENTRAS CAMINO

Mientras camino a oscuras la vereda,
sus recuerdos consiguen, sin pudores,
adornar las palabras con sabores,
pintar en el desierto una arboleda.

Cuando sale la luna desenreda
la bruma del pistilo de las flores,
a ver si entre la noche y sus colores
reluce como el sol su piel de seda.

Se acerca a pasos lentos, indecisa, 
pestañea, sonríe, me enamora:
amanece en mis sueños su sonrisa.

Amiga del amor y la deshora,
rebelde del ahora y de la prisa:
son sus ojos el cenit de la aurora.

Juanma - 9 - Febrero - 2017

miércoles, 10 de enero de 2018

SILVIA

17 de noviembre.
Maldito diario:

Tras varios meses de ausencia
(casi desde el último abril
del que ya solo queda un tenue arco iris
en algunos fotogramas polvorientos),
tengo algo nuevo que contarte.

Esta mañana de ido con Silvia
(sí, con Silvia, has leído bien)
de compras a la Gran Vía,
a una de esas tiendas del centro
donde los maniquíes besan
sin censura a la anorexia.
Después de probarse nueve vestidos
he pensado, con franqueza, que para qué,
si no hay tejido mas hermoso que su piel.
(Pero claro, no he podido decírselo).
Al final se ha decidido por uno de flores
de mil formas y colores,
como si hasta el despiadado noviembre
fuese para ella primavera.
Pero si Silvia se empeña en que es primavera
florecen los cerezos hasta en la Antártida.

Después hemos ido de cañas a La Latina,
a los bares y esquinas de siempre;
ella ahora bebe sin alcohol,
y a mí, como siempre, casi me basta
con mirar sus labios mientras bebe.

Comenta Silvia:
"Enamorarse de la persona equivocada
es desenamorarse de uno mismo."
¡Qué poco se imagina ella cuán cierta
(y puñetera)
es esa afirmación!

Me ha hablado del último libro que ha leído,
del frío criminal que hace en Copenhague
del trabajo en el que acaba de empezar,
de que ya ve la luz al final del túnel...
La luz al final del túnel son tus ojos, he pensado,
verdes como las primaveras de la juventud.

Maldito diario...
¡no imaginas cuánta nostalgia cabe
en un par de palmos de distancia,
cuántos recuerdos revividos
de un lado a otro de una mesa,
cuántas primaveras levantando muros
entre su boca y la mía,
cuánta fantasía a mil años luz
de la puta realidad!

De vuelta a casa de sus padres
hemos regresado también a la infancia:
ya no está ese banco donde nos sentábamos
y tantas veces planeé besarla
cuando todavía no teníamos edad
(ni sitio)
para las tristezas,
tampoco el parque donde su risa
convertía un taciturno columpio
en una vertiginosa montaña rusa,
y un centro comercial ha engullido aquel descampado
donde jugábamos al escondite
y siempre me dejaba coger
(aunque ella no lo sabía)
por el simple placer de oírla gritar mi nombre.

"Nos han cambiado la ciudad,
el presente y hasta el futuro...
pero los recuerdos siguen en su sitio",
le he confesado.

Ella me ha mirado con melancolía
pero ha sonreído.
Hasta ese momento casi he creído
que podía salir ileso
(o con escasas secuelas)
de aquel encuentro
Pero esa sonrisa me ha derrotado...
y ya sabemos que no es posible salir ileso
de un naufragio en alta mar
o de los restos de un terremoto.
La misma sonrisa de entonces,
fascinante como un truco de magia;
la sonrisa de los recreos,
la de los cumpleaños en la calle,
la de las miradas cómplices,
la de tantas tardes en mi casa
compartiendo secretos y música,
un auricular para cada uno,
cuando las canciones eran una aventura
y sus letras himnos insondables.

La misma condenada e irresistible sonrisa
de te quiero, pero como amigo,
la de me voy a estudiar a Dinamarca
la del día de su boda
en esa fotografía con ese otro chico
que nunca fui yo.

Nos hemos despedido hasta la próxima
(quizás pronto, tal vez nunca),
con besos y abrazos tímidos.

Ya solo, sentado en el autobús,
con los ojos empañados
e intentando huir del pasado,
con su perfume y su sonrisa
aún prendidos en mi recuerdo,
he pensado en ese afortunado de la foto que,
en la próxima primavera,
decorará el suelo con los pétalos
de su vestido.

No he podido evitar odiarla,
odiarla con todo mi alma;
a la primavera claro,
porque a Silvia la amaré siempre.



Juanma - 9 - Enero - 2018

sábado, 6 de enero de 2018

N

N se asoma a esa ventana
melancólica
de un lunes cualquiera.
Su casa huele a vacío y abandono,
a polución nocturna y a angustia;
un gato maúlla en algún rincón,
el frío se cuela por un cristal roto,
y otra vez se quema el café.

Las farolas parecen curiosas estrellas
mientras N echa de menos
lo que fue ayer,
casi tanto como lo que será mañana.
Más que lo que fue, lo que sentía entonces:
aquellas mariposas en el estómago,
la magia en los huesos,
el amor en el alma
el cóctel de hormonas,
la droga del corazón…

N pone un disco de Leonard Cohen
en el viejo tocadiscos,
enciende un canuto
con el viejo zippo de H
y deja flotar sus pensamientos:
a veces sale de su cuerpo,
flota alrededor de la lámpara
y recupera la fe;
otras, siente que su piel
es una madriguera llena de ladrones,
que las canciones y los porros
jamás le traen ya de vuelta
los posos de su risa,
la ilusión de los viernes,
las caricias multiorgásmicas,
la sensación de ser alguien.
Aunque sea por una última vez.

A N le gustaría abrasarse
la piel con otras manos,
la boca con otros labios;
y poder decir, con algo de fortuna,
aquello de que aún no estamos muertos
mientras se acaba
el último sorbo de cerveza
en las entrañas de un tugurio
de mala muerte;
fuera en la calle huele a mar,
a tierra mojada,
a café derramado
o a apocalipsis, ¡qué más da!
En ese efímero instante
un vagabundo muere,
una duda se disipa,
un mimo estornuda,
un nuevo día amanece
y una niña pide un deseo
mientras el agua del lavabo
se lleva su pestaña por el desagüe.

(Lluvia)

N aplasta la colilla en la acera
y escucha el blues invisible del agua
inundando el mundo.
La ciudad nunca duerme,
eso ya lo sabe
desde siempre.
Como esa puñetera cantinela
de mañana será otro día,
de qué ojeras llevas hoy,
de no bebas entre semana
de un clavo saca otro clavo…
de adiós a tanta tontería.

Juanma - 6 - Enero - 2018

viernes, 8 de diciembre de 2017

INYECTARNOS FANTASÍA

Si te acercases
podrías ver cómo me observan
los buitres que siempre revolotean sobre mi cabeza.
Odio esas noches que se clavan como jodidas lanzas,
esas horas que se suicidan antes de tiempo,
las lágrimas amargas de cualquier chica tiste
al fondo de la barra de cualquier triste bar.
El olor de la desidia, su anestesia en las venas.
Sabes que nos quedamos en la entrada buscando una salida.
Que detrás de los surcos de los años perdidos
todavía laten ascuas de sueños inconclusos.
Tantas historias se quemaron en el fuego del olvido...
Poemas con olor a flores marchitas,
noches con anhelos que abrasaban en el pecho,
calles pintadas de nostalgia y sexo.

Si te acercases
podría enseñarte mi deshabitado mundo,
mi derrotado ejército de ilusiones,
mis últimas primaveras caducadas en la nevera.
Me dueles si estoy lejos de tu cuerpo.
Se alborotan hasta mis pestañas si te quitas la camisa.
Aunque, a veces, no recuerde ni quién eres.
Porque el pasado arde y renace como el Ave Fénix de sus cenizas,
como las risas de unos niños extraviadas en el parque,
o la esperanza desgarrada por las púas del alambre de la piel.

Si te acercases
comprenderías que ya no somos,
ni seremos,
los guardianes de las llaves del querer.
La mirada en la luna, los fines de semana en celo,
los lunes de borrasca lamiéndonos las heridas de las caricias mal dadas.
Aullando como lobos, apurando la madrugada,
estrujándonos los sesos, jugando a no me acuerdo, bebiendo dinamita.
Al amanecer los recuerdos son como jodidas resacas que acechan tras cada esquina.
Te golpean y escupen, te empujan y olvidan...

Si te acercases
sabrías que la única manera de tocar el cielo
ha sido siempre lanzarse de cabeza al infierno.
Porque el paraíso es la barra sucia y pegajosa
de una taberna de mala muerte.
Porque las cicatrices del alma abren la puerta
de alguna dimensión desconocida.
Y porque la realidad es a la imaginación
lo que las estacas para los vampiros.

Si te acercases,
tan solo un poco, a este lado de la jaula
podrías ver a los cuervos agrupados en bandada,
a las bestias arremolinándose en jauría...
Puedo esnifar tus palabras hasta colocarme de tu idioma.
Y después, tal vez, cruzar la Vía Láctea en un Cadillac.
Quizá ser otra persona, ser algo, todavía.
Vivir, aunque sea, en una habitación de madrugadas a deshora,
sobrevivir con cerveza y restos de pizza fría,
Recitarnos poemas aprendidos de memoria,
bailar twist en lo alto de las grúas,
hacer el amor en los escaparates de la Gran Vía.
Sodomizar la pausa y la prisa.
Aullar hasta que la luna nos dé una patada,
Beber torrentes de vodka cerca de un precipicio,
coleccionar estrellas, inyectarnos fantasía.
Escondernos de la gente.
Construir una máquina del tiempo
y volver, a la misma noche, cada día.


Juanma

martes, 5 de diciembre de 2017

LOS SECRETOS DEL MUNDO

Ella le cogió de la mano. Subieron por unas empinadas y estrechas escaleras de piedra hasta toparse con una puerta redonda, como esas tan graciosas de los hobbits. Daba a un pequeño desván, oscuro y polvoriento. Al fondo había un ventanuco que apenas dejaba pasar los rayos de luz de la mañana. Las tardes debían ser de penumbra, silencio y seres invisibles moviéndose entre las sombras. Las noches... no quería ni pensarlo. Apenas se distinguía gran cosa, pero Loth pudo apreciar que todas las paredes estaban llenas de estanterías, desde el suelo hasta el techo. En unas había libros; en otras extraños objetos, piedras y amuletos; y en algunas más, pequeños recipientes de cristal de muchos colores.
     —Dijiste que me ibas a enseñar los secretos del mundo...
   —Y aquí los tienes —respondió Alana con una sonrisa—. Todos los secretos y misterios del mundo.
     —Yo solo veo cosas inútiles.
     —¿Cosas inútiles? —La muchacha no pudo evitar reírse ante la ingenuidad del chico. Tenía casi la misma edad que ella, pero era tan inocente...— Los libros guardan todos los saberes del mundo. Los conocidos y los prohibidos. Todo lo que fue, es... y quizá también lo que será. Ellos custodian toda la ciencia y fantasía del mundo. También la astronomía, los senderos ocultos del bosque, la poesía...
     —No sé leer —contestó Loth con tristeza.
     —Eso tiene arreglo —respondió Alana—. Yo te enseñaré.
     —¿De veras lo harás? —Y por primera vez asomó a los ojos del chico una chispa de alegría. La muchacha se limitó a sonreír y asentir, cual una madre ante la pregunta divertida de su hijo.
     —En las piedras y amuletos —continuó—, se conserva la magia del universo. Cada uno posee un poder distinto, atesorado desde el amanecer de los tiempos. Todo cuanto nos rodea está impregnado de saber y poder. Los misterios de la naturaleza, los abismos de los océanos, las maravillas de las constelaciones. Todo aquello que muchas veces no comprendemos... ¿Sientes vértigo? Tranquilo. Cuando aprendas a leer y escribir, también te los descubriré.
     —¿Y en los frascos de colores? —preguntó— ¿Qué guardas ahí?
     —¿Ahí? —Alana se giró para mirar los estantes que tenía detrás— Eso es lo menos misterioso de todo. Tan solo es mi pasatiempo. Es con lo que me entretengo en los ratos libres. Ahí voy guardando todos los olores del mundo.
     —¿Todos? —Los ojos de Loth se habían abierto como platos.
     —Bueno, casi todos —Volvió a reír ella.
     —¿Qué hay en ese de allí? —dijo señalando un frasquito con un líquido gris azulado que había en lo más alto de la última estantería.
     —Ése contiene el olor de los ríos y sus peces. El verde que hay a su lado, el aroma de los árboles y las flores en primavera. El rojo de la estantería de debajo, la fragancia de la pasión y los latidos del corazón...
     —¿Y este? —El muchacho se acercó hasta uno más grande que había frente a ellos y que brillaba con un hermoso azul celeste.
     —¡Ten cuidado; este es el más delicado de todos! Guarda uno de los olores que más me costó atrapar. Dentro huele a polvo de estrellas. ¡Pero ven aquí! —Volvió a cogerlo de la mano y le llevó hasta un rincón— Mira estos dos. Este de color ámbar guarda mi perfume. Y ese otro carmesí, tu olor.
     —¿Mi olor? —Cada vez estaba más asombrado— ¿Cómo has atrapado mi olor?
     —Shhhhh... —Alana se llevó un dedo a los labios y, encogiéndose de hombros, dejó escapar otra tímida risita— Eso es un secreto que no está escrito en ninguno de todos estos libros.
     —¿Y aquel otro? El pequeñito que hay al lado de los nuestros. 
     —¿El que está vacío? Ese aún tenemos que rellenarlo...
     —¿Tenemos? —La miró más extrañado todavía— ¿Con qué?
     —¿Aún no lo sabes? —Se acercó y lo abrazó con ternura para susurrarle al oído— Ese lo llenaremos tú y yo, poco a poco, día a día, con la esencia del amor. 

Juanma

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL CUENTO DE LA VIDA

Apenas tienen cinco años cuando se conocen. Es el primer día de colegio y sus madres los dejan en una clase llena de otros niños llamativos, pero menos. Menos niños no, menos llamativos los unos para los otros que como se atraían ellos entre sí.
    Su historia empieza en una mesa verde llena de bolas de arcilla que, a diferencia de la plastilina, al quedarse seca se endurece, como la vida. Él fabrica un unicornio, ella no sabe qué es. Él le explica que es un caballo mágico, ella se ríe y él también. Después moldea un barco y le asegura que, cuando esté acabado, navegarán a bordo de él por el patio de recreo en los días de lluvia, y vivirán aventuras increíbles surcando lagos malditos, mares lejanos, el mundo entero. Ella sonríe con los ojos brillantes de ilusión.
    Pasan los recreos siempre juntos, contándose historias imaginadas, cuentos recién inventados, fábulas en primera persona. Los demás niños los miran con recelo, observándolos a una distancia prudente, como si fuesen bichos raros que no conocieran. Aprenden a escribir juntos, a leer de la mano, a sumar y restar cantando... y cogen la costumbre de contarse el argumento de los libros en primera persona. Se disfrazan de los héroes de sus sueños, crecen dentro de sus mentiras, se abrazan de mentira, y se besan de mentira, como los novios de mentira.
    Llega el último verano de colegio y ya no les quedan más septiembres. Se mienten, esta vez sin saberlo. Poco a poco, como planetas en distintas órbitas, se van distanciando irremediablemente. Siguen viéndose de manera casual por el barrio, pero cada vez conversan menos, se miran menos, se sonríen menos... hasta que el saludo se convierte casi en obligación.
    Pasan los años de mentira y van conociendo a otros ellos. Llenan sus nuevas vidas de otras mentiras, aunque mucho menos cómplices, más mundanas, menos divertidas. Un día ella entra en una discoteca, ya decepcionada de esa nueva vida, y se lo encuentra. Entre tragos de alcohol recapacita: “de todos los que me han mentido, nadie me ha mentido como él”. Se acerca y le saluda. Al oído le confiesa que está en la discoteca porque el descapotable se le ha averiado, iba de camino a una cena con músicos, actores y gente del mundo de la moda. Él se ríe, se separa con los ojos brillantes, hace una pausa para mirarla. Se acerca a su oído y le miente. Así que ambos, mentidos de arriba abajo, salen a buscar al unicornio de arcilla, que con el tiempo ya está amaestrado, para que los lleve a la fiesta. Se besan y hacen el amor en un portal.
    Siguen viéndose de vez en cuando para mentirse. Se mienten incluso sobre sus actuales parejas. Se van contando sus bodas programadas, los hijos que tendrán, sus viajes, sus mascotas... Poco a poco van dejándolo todo para mentirse más frecuentemente, hasta que ya casi se mienten en exclusiva. Hasta que un día deciden irse a vivir juntos, para mentirse ya del todo. Y es entonces cuando cada uno descubre todas las verdades del otro.
    Salen por la mañana a trabajar a la ciudad, y vuelven corriendo por la tarde a mentirse en su reino recién conquistado, a lomos de su caballo mágico. Pero una noche ella se pone enferma, y acuden a un hospital muy falto de fantasía. Un doctor le diagnostica una enfermedad incurable, y le cuenta que apenas le quedan unas semanas de vida. Ella llora y maldice todas las verdades del mundo.
     Él se quita los zapatos y se acurruca en la cama junto a ella, abrazándola con fuerza. Le aparta el pelo de la oreja para alimentarla de una última mentira. Le explica que ellos no existen, que son parte de un cuento, un relato nacido de la fantasía de un pensamiento. Le cuenta que son tan reales como los unicornios, y que al final del cuento no se muere, porque los cuentos no tienen final. Y le promete, sin más mentiras, esta vez ya de verdad, que vivirá para siempre en su recuerdo y su corazón.

Juanma - 26 - Noviembre - 2017

martes, 10 de octubre de 2017

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
     —Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. El mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
     —Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
     —Decíamos que teníamos examen y terminábamos en La Vía Láctea…
     —Cantando y bailando siempre…
   —Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
     —Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
     Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
     —¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
     Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
     —Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
     —Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
     —Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
     Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
     —¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
     —No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
     —Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
     —Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
     —¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
     —Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cócteles. 
     —No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
     —Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
     —Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
     Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
     —¿Qué tal te van las cosas con ella?
     —La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
     Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
     —Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
     —Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
     Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
     —No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
     Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
     —Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
     —No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
     —Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
     —Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
     —No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
     —Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
     —Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad?  ¿Nos vemos el año que viene?
     —Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
     —Te quiero Iker. Sé feliz.
     —Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
   —¡Oh capitán, mi capitán! —dice subiéndose a un banco y emulando esa maravillosa escena de 'El Club de los Poetas Muertos— Veré lo que puedo hacer. 

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.


Juanma – 10 – Octubre - 2017    









                                 

miércoles, 5 de julio de 2017

FONDO DE ESCRITORIO

Terminó de fumar su cigarrillo y lo apagó, aplastándolo en el cenicero. Pequeñas volutas de humo se elevaron en espiral hacia el techo. Llevaba meses diciendo que tenía que dejar el tabaco; pero aquel propósito había terminado convirtiéndose en un mantra, un consejo que nunca terminaba de tomarse demasiado en serio. Cada vez fumaba menos, se justificaba a sí mismo. Bastante menos que hacía unos años. Y era verdad. Pero ese último cigarro después de cenar era un pequeño placer al que no estaba dispuesto a renunciar. Apartó el cenicero de la mesa y en su lugar colocó su ordenador portátil. Otro ritual. Después de su habitual dosis de nicotina, le gustaba revisar su correo electrónico y echar un vistazo a las redes sociales antes de irse a la cama. Lo abrió y pulsó la tecla de encendido. Mientras se ponía en marcha echó un vistazo a la televisión. Las noticias informaban de un atentado terrorista en un país de Oriente Medio. Otro más. Últimamente ver los informativos sin perder el ánimo suponía un auténtico ejercicio de fuerza de voluntad: asesinatos, violencia, terrorismo, violaciones, ataques xenófobos o machistas, pederastia… Cambió de canal casi como un autómata. A veces pasaba minutos así, haciendo zapping casi por costumbre y sin detenerse en ninguna cadena en particular. Apenas había nada que mereciera la pena. Finalmente apagó el televisor y dejó el mando a distancia a un lado de la mesa. Fijó su atención en la pantalla del ordenador. Ya debería haberse encendido. Pero su página de inicio que mostraba una imagen de la “Estrella de la Muerte” de la película “Star Wars”, junto a los iconos de su escritorio, no estaba allí. En su lugar se mostraba una especie de fotografía borrosa, en la que apenas se distinguía nada. El fondo era negro y parecía difuminado. Parecía intuirse una figura o silueta borrosa frente a un objeto de forma cuadrada o rectangular. Pero la imagen era tan confusa, casi etérea, que era imposible discernir de qué se trataba.
     ¿Qué era aquello? ¿Podía tratarse de alguna fotografía que tuviera guardada en una de sus carpetas y que hubiera utilizado sin querer como fondo de escritorio? No, esa imagen no le sonaba de nada. Y la noche anterior cuando apagó el portátil todo estaba en orden. ¿Tal vez algún virus se había instalado en su equipo? Tenía un potente antivirus, pero eso tampoco era nunca suficiente y él no era un experto en la materia; su nivel informático era solo de usuario. Se acercó para mirar la imagen con más detenimiento; pero cuánto más cerca, más borrosa y extraña parecía. Se levantó del sofá para alejarse un poco. Algo más nítida, sin duda; pero igual de confusa y sin sentido. Una silueta frente a un objeto grande y cuadrado. No le recordaba a nada que conociera. Volvió a sentarse y pulsó la tecla de Escape. Nada que hacer, la fotografía seguía ahí. Probó una, dos tres, cuatro veces más con el mismo resultado. Exasperado se disponía a apagar el equipo cuando la imagen se desvaneció y su familiar “Estrella de la Muerte” volvía a estar allí, ocupando el fondo de escritorio.
     Se quedó unos momentos mirando perplejo la pantalla. Y por primera vez en mucho tiempo, encendió un segundo cigarrillo después de cenar y antes de irse a la cama. Había sido algo extraño. O cuanto menos inusual. Y aquella misteriosa imagen era… ¿Cómo podía definirla? ¿Perturbadora? Eso le había parecido. ¿Qué significaba? ¿Qué demonios hacía en su ordenador? Presionó el icono de la pantalla que abría el antivirus. Inició un análisis completo de su equipo en busca de algún nuevo patógeno informático que hubiera infectado su portátil. Tras unos minutos, este le indicó que no había ningún archivo infectado y que su equipo estaba protegido. Bien, parecía no haber sufrido ningún ataque externo. Se tranquilizó y se recostó en el sofá. Tal vez su pequeño compañero estaba empezando su inevitable declive. Hacía casi ocho años que lo tenía y era probable que su funcionamiento fuera no ya óptimo, si no siquiera aceptable. En los últimos meses había sufrido numerosos problemas de rendimiento y cada vez tardaba más tiempo en encenderse y apagarse. También se calentaba demasiado y se había apagado solo y sin razón aparente en varias ocasiones. Seguro que aquella imagen que se había colado en su pantalla de inicio no era más que otro fallo del sistema. Sí, tenía que ser eso, no había otra explicación. Se le habían pasado las ganas de revisar su correo y redes sociales, así que apagó el ordenador y se fue a la cama.

                                                              ***

En las horas previas al alba despertó varias veces, acechado por sueños extraños e inquietantes. Pero por la mañana apenas recordaba nada de ellos, salvo la sensación de angustia y desazón propia de las pesadillas. Se levantó antes que de costumbre y, tras la ducha y el desayuno, aún le sobraban unos quince minutos antes de salir camino del trabajo. Como la noche anterior no revisó el correo, decidió dedicar esos minutos extras que había conseguido a echarle un vistazo, no fuera a ser que hubiera recibido alguno importante. Se sentó frente a su portátil, que anoche dejó abierto encima de la mesa, y presionó la tecla de encendido. Esperó apenas unos segundos (últimamente tardaba más de un minuto en arrancar) hasta que la pantalla se encendió. Pero, de nuevo, no fue su habitual fondo de escritorio lo que iluminó la pantalla, sino la misma insólita imagen de la pasada noche.
     El maldito equipo estaba empezando a fallar demasiado. Quizá fuera hora de ir pensando en cambiarlo por uno nuevo. Sí, aquella misma tarde se pasaría a… ¡Un momento! Algo en la imagen llamó su atención. Se acercó a la pantalla. Era la misma fotografía y, sin embargo, no lo era. Podía notar algunos cambios. Imperceptibles, pero ahí estaban. Para empezar, la imagen parecía más nítida. Sí, sin duda no estaba tan borrosa como por la noche. La figura que estaba de pie se veía con mayor claridad. Era alta y delgada, pero aún no se apreciaban más detalles a simple vista. Y lo que unas horas antes le pareció un objeto grande de forma cuadrada o rectangular, también había definido bastantes sus contornos, aunque no lo suficiente como para saber de qué se trataba. Pero mirando con detenimiento… Sí, parecía que algo sobresalía de su superficie. Algo abultado. Al mismo tiempo, en el fondo que la noche anterior era del todo oscuro, se apreciaban una especie de manchas de distintos colores, pero era imposible discernir qué eran.
     ¡Santo cielo! La imagen era la misma que la de noche pasada, pero parecía que se estaba definiendo. Como si por alguna extraña razón con el paso del tiempo su contenido fuera aclarándose, iluminándose, mostrándose… ¿Mostrándose? ¿Cómo podía ser eso posible? ¿De qué manera había llegado allí esa fotografía? ¿O quién la había puesto?
     Miró su reloj. ¡Maldita sea! Había consumido más de los quince minutos que le había ganado a la mañana al levantarse. Iba a llegar tarde al trabajo. Cerró el portátil de un golpe y salió de casa a la carrera. Por la noche volvería al tema de aquella maldita imagen… si conseguía quitársela de la cabeza durante el día.

                                                              ***

Como era de esperar, pasó toda la mañana dándole vueltas a la condenada foto. Cada vez que cerraba los ojos, la visión estaba allí, como enmarcada en sus pensamientos. Durante la hora del desayuno no se movió de su mesa y, sin darse apenas cuenta de lo que hacía, se encontró dibujando la fotografía en una libreta con uno de sus bolígrafos. Se detuvo al ser consciente de lo que estaba haciendo. Miró hacia ambos lados para cerciorarse de que nadie le miraba, arrancó la hoja, hizo con ella una bola y la lanzó a la papelera. Era una tontería, pero no quería que alguien le preguntara. Más que nada, no le apetecía hablar con nadie. A mediodía empezó a tranquilizarse. La imagen fue difuminándose con el paso de las horas y empezó a recobrar su buen humor habitual. Se estaba preocupando por una idiotez. Sí, de acuerdo que la fotografía había cambiado en unas horas, pero eso no quería decir nada. Tal vez, en el fondo, su equipo sí se había infectado por algún tipo de virus o malware. Quizá algún hacker estaba jugando con él. O simplemente era algún mal funcionamiento del sistema, una imagen alojada en las entrañas de la máquina, un archivo erróneo o una foto distorsionada… Podía tener mil explicaciones distintas y racionales, ¿y qué hacía él? Devanarse los sesos pensando en fenómenos extraños, espías informáticos y cosas raras. Sin embargo, tenía unas ganas enormes, casi como si un imán lo atrajera sin remisión, de volver a casa y abrir el ordenador. Quería comprobar si todo había desaparecido, si no había sido más que un fallo o si, por el contrario, la fotografía seguía allí. Y lo que era peor, si seguía transformándose.

                                                              ***

Por regla general, jamás tocaba el ordenador al llegar a casa. No sentía la necesidad, o adicción, de pasarse todo el día conectado a internet como esa gente que veía a diario con sus teléfonos móviles en la mano, casi como si fuesen una extensión más de su brazo. Le gustaba tomar algo por la tarde con los amigos tras salir del trabajo, o llegar a casa y beberse una cerveza relajado mientras echaba un vistazo a la televisión u hojeaba el periódico del día o alguna revista. Después se duchaba, cenaba, fumaba un pitillo y ya después, poco antes de acostarse, revisaba su correo y redes sociales. Pero esa tarde salió como alma que lleva el diablo camino de su casa. Pese a todos sus intentos de quitarle importancia al asunto, no podía evitarlo. Sentía una ligera opresión en el pecho y tenía una especie de… ¿premonición? No estaba seguro de si esa era la palabra correcta, pero intuía algo, aunque no sabía qué.
     Fue directo al sofá tras cerrar la puerta de entrada de un portazo. El portátil se encontraba cerrado sobre la mesita de estar, tal y como lo dejara aquella misma mañana. Se sentó de forma solemne en el sofá, como si se dispusiera a oficiar un ritual importante. Encendió un cigarrillo, lo cual era una mala noticia. Si empezaba a fumar en horarios distintos de los que tenía establecidos, sabía que sin darse apenas cuenta volvería a hacerlo de manera habitual. Pero en aquellos momentos lo necesitaba para calmar su ansiedad. Exhaló el humo que había tragado de la primera calada y abrió el portátil con determinación…
     ¡No podía ser! El ordenador debía permanecer en estado de hibernación tras haberlo cerrado sin apagarlo, no podía haber nada en la pantalla hasta que lo encendiera, pero… ¡la maldita imagen volvía a estar allí! ¡Aquello ya sí que era inconcebible! Se levantó y caminó en círculos alrededor de la mesa, lanzando miradas fugaces hacia la pantalla cuando pasaba por delante, tal vez esperando que la fotografía desapareciera por sí misma. Pero seguía en primer plano, reclamando su atención. Se asomó a la ventana y observó la calle. Una densa niebla había caído sobre la ciudad al caer la tarde y la luz de las farolas iluminaba las aceras y a los escasos transeúntes como en una postal londinense. Recordó lo de los cambios que experimentó la imagen por la mañana. Corrió las cortinas y volvió a sentarse para fijarse con detenimiento en ella. ¡Efectivamente, había cambiado otra vez! No era la misma de esta mañana. Sí tal vez el fondo, el encuadre, los objetos… Pero de nuevo la imagen se veía más nítida, los detalles más cristalinos…. La figura que permanecía de pie parecía envuelta en una túnica o capa negra con capucha que cubría todo su cuerpo y la cabeza. Con una mano parecía señalar hacia aquello que tenía frente a él. Estudió el objeto y, por primera vez, supo de qué se trataba. Era una cama. Una cama grande. Y lo que parecía que abultaba encima era otra figura, una persona acostada en ella que descansaba bajo las mantas…
     ¡Era una habitación! La fotografía mostraba una habitación en la que una persona dormía en su cama y, frente a ella, otra persona encapuchada la señalaba con el dedo. Y las manchas del fondo podían ser objetos o cuadros que adornaban las paredes. ¿Qué diablos significaba aquello? ¿Qué era esa habitación y quiénes aquellas personas? Un pensamiento fugaz, casi invisible, consiguió abrirse paso por algún resquicio de su mente, como un desgarrón en el tejido de la memoria, una intersección en el borde del abismo de sus recuerdos, pero no pudo asirlo. Se escabulló por entre las grietas del tiempo dejándolo más confundido aún que antes.
     Presionó la tecla de encendido varias veces sin éxito. Cuando estaba a punto de desistir y cerrar el portátil, este se encendió de repente y la extraña fotografía desapareció dando paso a su familiar “Estrella de la Muerte”. Nada de aquello tenía el menor sentido. ¿Acaso alguien había hackeado su ordenador y estaba jugando con él, gastándole una broma pesada? ¿Algún amigo, tal vez?
     Volvió a cerrarlo sin hacer uso de él. Era viernes por la noche y el fin de semana no podría, pero el lunes sin falta llevaría su ordenador a un técnico para que lo mirara y le dijese qué diablos era aquella condenada fotografía y de dónde había salido. Se fue a la cama inquieto, lanzando miradas furtivas al portátil mientras abandonaba el salón. Se prometió no abrirlo, es más, ni tocarlo, durante todo el fin de semana. Lo ignoraría. Se olvidaría de él. Y borraría aquella jodida imagen de su mente.

                                                              ***

La noche interior y la noche exterior. Una encrucijada de sombras, un cruce de caminos en el que los sueños y la realidad se encontraban, mezclaban y confundían, dos dimensiones paralelas, dos mundos superpuestos donde la oscuridad era el elemento dominante del paisaje. Tuvo pesadillas con la fotografía durante toda aquella madrugada. En una de ellas atravesaba un largo y oscuro pasillo.  A cada lado, una interminable hilera de puertas. Iba abriendo cada una de ellas y todas daban a la misma habitación borrosa y distorsionada. La figura encapuchada era siempre la misma, pero la persona que yacía en la cama cambiaba en cada ocasión. Reconoció a su padre, fallecido hacía ya tres años, a su hermana, a su jefe, a su exnovia, a un amigo… Y también a otra gente que no reconocía, o no recordaba. En la última puerta, la figura de la capa no miraba en dirección a la cama, se volvía hacia él y levantaba su mano derecha para señalarlo con el dedo índice…
     Despertó sobresaltado y jadeando. Tenía la boca seca y un nudo en el estómago. Tuvo que correr hasta el baño para vomitar, aunque no tenía nada sólido dentro de su cuerpo que echar. Le dolía horrores la cabeza, así que se tomó un par de aspirinas y, tras darse una ducha y tomar un café bastante cargado, salió de casa. No quería pasar el sábado encerrado en casa y cerca de aquel maldito cacharro.
     Fue a visitar a su hermana y esta le invitó a comer, a lo que accedió encantado. Habló con ella y su cuñado de mil asuntos triviales, jugó un rato con su sobrino, vieron una película. Por unas horas, consiguió despejar su mente y olvidar los acontecimientos de los últimos días. Por supuesto, no les contó nada acerca de ellos. Por la tarde fue a dar un paseo por el centro de la ciudad y llamó a un par de amigos para tomar unas cervezas y cenar esa noche.
     Regresó a casa pasada la medianoche. Se sentó en el sofá y encendió la televisión. En un canal estaban emitiendo la película “Al final de la escalera”. Pese a que la había visto varias veces, se enganchó de nuevo a ella de inmediato. Era uno de los films de terror que más le impresionó cuando lo vio por primera vez siendo un adolescente. La agobiante atmósfera de aquella mansión, aquellos golpes resonando por toda la casa, la inquietante pelota rodando escaleras abajo… La película le tenía atrapado; sin embargo, no podía evitar echar un vistazo cada dos por tres al portátil que, como un objeto chamánico de poder, parecía reclamar su atención una y otra vez.
     De no haber llevado unas cuantas cervezas encima, podría haber seguido viendo la película y evitar la tentación. Pero la euforia propia del alcohol hizo que se envalentonara y cambiase el guion que había escrito por la mañana. Una parte de él quería olvidar todo aquel tema, pero en el fondo la curiosidad era más fuerte. Necesitaba saber más, desentrañar el misterio, comprobar si la maldita imagen seguía transformándose como por arte de magia delante de sus ojos.
     Abrió el maldito artilugio del demonio. Esperaba volver a encontrarse con la pesadilla de primeras, pero esta vez la pantalla estaba apagada y sin imagen, como debía ser. Pulsó la tecla de encendido y aguardó…. La espera se le hizo eterna. Ahora que quería enfrentarse a aquello, fuera lo que fuese, ahora que decidía plantarle cara, parecía no querer hacer acto de presencia. Treinta segundos. Cuarenta y cinco. Un minuto. Dos… Jamás tardaba tanto en arrancar. ¿Querían jugar con él, sacarlo de quicio? Si así era…
     Y de repente, ahí estaba de nuevo la fotografía ocupando toda su atención e interrumpiendo sus pensamientos. Ahogó un grito de sorpresa y se tapó la boca con una mano, sus ojos abiertos de par en par, sin dar crédito a lo que veían. Esta vez la imagen era totalmente cristalina y bien definida, como un cuadro recién pintado. Y sabía con absoluta certeza lo que estaba viendo. Quizá por eso, sin saber por qué, en las ocasiones anteriores había creído ver o intuir algo familiar en ella. ¿Y cómo podía no serlo? ¡Lo que tenía ante sus ojos era una fotografía de su propia habitación! ¿Cómo era aquello posible?
     Y, sin embargo, ahí estaba. Su habitación. Lo que anteriormente confundiera con manchas eran los cuadros y estanterías que había en la pared del fondo. Y en el centro, una figura con algo parecido a una sotana de monje con capucha señalando en dirección a la cama con el dedo índice de su mano derecha. Y tumbado en ella, arrebujado baso sus mantas, se encontraba él durmiendo y ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor.
     Se levantó aturdido y aterrado. Aquello estaba llegando demasiado lejos. Alguien tenía que haber entrado en su casa, no encontraba otra explicación. Quién fuera, se había colado a hurtadillas en su domicilio, entrado en su habitación disfrazado de Ghostface o lo que fuese aquello… No, como mínimo tenían que haber sido dos personas. La que posaba en el centro del dormitorio y la que, entretanto, sacaba la instantánea. ¿Y cómo no se había despertado? Por regla general, tenía el sueño ligero. El suave aleteo de una mariposa bastaba para despertarlo. ¿Quién podía haber entrado? No encontró la cerradura forzada ningún día y solo su hermana disponía de una copia de la llave para cualquier emergencia. Pero su hermana y su cuñado no podían haber sido. Ellos jamás le gastarían una broma de ese tipo… ¡Pero no, no podía ser!… Además de cerrar la puerta de entrada con llave, por dentro tenía una cadena que también echaba de noche y que tenía que quitar por la mañana para salir. Nadie podía haber salido y echar la cadena desde fuera, eso era imposible. Y no recordaba haberla encontrado desechada ninguna mañana. Tampoco podían haber entrado por alguna ventana o la terraza. Vivía en un sexto piso. Aquello no tenía lógica ninguna. Pero de alguna manera, alguien se había colado en su casa, sacado aquella fotografía, entrado en su ordenador, y ahora le gastaba una broma cruel y macabra.
     Sin darse cuenta se vio con otro cigarrillo en una mano y un vaso de whisky con hielo en la otra. Pero gracias a ello consiguió serenarse un poco. No debía perder los nervios. Tenía que pensar con claridad y no dejarse llevar por la confusión o la ira. Aquella noche ya no podía solucionar nada, lo mejor era intentar descansar y dormir un poco. Por la mañana, en cuanto despertase, acudiría a la comisaría más cercana con su portátil y denunciaría los hechos a la policía. Les explicaría todo lo sucedido, les enseñaría la puñetera imagen, vendrían a su casa a echar un vistazo… Sí, ellos aclararían todo aquel embrollo y le dirían qué hacer. Hasta entonces, lo mejor que podía hacer era irse a la cama y confiar en no volver a sufrir las horribles pesadillas de la noche anterior.

                                                              ***

Le costó más de una hora conciliar el sueño. Y eso que siempre que bebía un poco caía como un tronco en la cama. Pero no era sencillo dejar de darle vueltas al asunto. Por más que intentaba pensar en cualquier otra cosa, las imágenes volvían a su mente una y otra vez, como olas rompiendo sin cesar contra un acantilado siniestro. Pero en algún momento de la noche, consiguió quedarse dormido.
     Despertó de nuevo sobre las tres de la madrugada. Le había parecido escuchar un ruido en la habitación, una especie de susurro o siseo. Abrió los ojos. La oscuridad era total, salvo por los números rojos del reloj digital que tenía en la mesilla junto a la cama. Lo miró. Las tres y seis minutos. Aguzó el oído. No se oía nada, pero notaba algo extraño en el ambiente, como si pudiera intuir una presencia entre las sombras. También podía distinguir un olor dulzón y empalagoso flotando en el aire. Alargó la mano hacia la lámpara de mesa y accionó el interruptor. Se hizo la luz y…
     …Se incorporó a medias de un salto al tiempo que un grito se ahogaba en sus pulmones sin conseguir abrirse paso hasta el exterior. El corazón le dio un vuelco y los ojos casi se le salen de sus órbitas. Allí, frente a él, en el centro de la habitación, una figura con una túnica o sotana negra que le cubría de la cabeza a los pies, le miraba. Estaba totalmente quieta, como una estatua anclada al suelo. Quiso hablar, pero las palabras se desvanecían antes de lograr formar una sola sílaba. En ese momento, la presencia levantó la mano derecha y le señaló con el dedo índice. La oscura capucha envolvía su rostro en impenetrables tinieblas, pero entre las sombras podía distinguir sus ojos, dos puntos rojos, brillantes como ascuas. Estos iluminaban con su luz fulgente y carmesí una tez pálida y surcada de arrugas, como un erial desierto y agrietado. De su boca, en la que sus labios parecían esbozar una macabra sonrisa, se asomó una lengua bífida de serpiente produciendo aquel espantoso siseo que lo había despertado.
     Su corazón daba golpes con la fuerza y velocidad de un martillo hidráulico y comenzó a sentir una fuerte opresión en el pecho. Le costaba hacer llegar el aire a sus pulmones y empezó a marearse. Vio como la figura se movía y sacaba un objeto de mango largo de entre los pliegues de su capa. ¡Una enorme y afilada guadaña que reflejaba en su superficie el brillo maligno de aquellos ojos infernales! Un sudor frío se apoderó de él al tiempo que la opresión en el pecho se agudizaba. Casi no podía respirar. Sintió cómo una docena de grietas desgajaban su corazón; pequeñas fisuras que llevaban tiempo al acecho, se abrieron paso. Las grietas se astillaron, crecieron, se convirtieron en simas insondables. Supo lo que le estaba pasando. La caja torácica se le deshacía en pedazos. ¡Un infarto! ¡Estaba sufriendo un jodido infarto!
     Su conciencia se disolvía, se resquebrajaba, estrechándose como las hojas del diafragma en la apertura de una antigua cámara fotográfica. La figura se acercó hacia él, envuelta en un aura de negrura impenetrable, como en una sofocante pesadilla. Antes de hundirse para siempre en las tinieblas de la eternidad, tuvo tiempo para volver a escudriñar aquel rostro pétreo envuelto en sombras, al mismo tiempo que la verdad se le revelaba en un último instante de lucidez: “La Muerte. La fotografía era la misma Muerte avisándome de que venía a buscarme”.
                                                                                      

Juanma - 5 - Julio - 2017