miércoles, 30 de enero de 2013

LA PRINCESA DEL DESIERTO

La joven princesa estaba triste. Desde que cruzó su mirada con la del cruel jefe de la caravana que atravesaba la inmensidad de aquel desierto, su pensamiento no era otro que rogar a los dioses de sus antepasados que sucediera algo y truncara ese destino que le tenían preparado.


Quizás fueran sus oraciones, o tal vez ese caprichoso destino que siempre parece querer jugar con nuestras vidas, pero aquella tarde cuando la caravana procedía a detenerse para montar el campamento que les cobijaría de la fría noche de luna llena que se avecinaba, aparecieron medio centenar de jinetes armados en ágiles corceles que les rodearon antes de que pudieran darse apenas cuenta.

De entre todos ellos surgió uno cuya cabalgadura destacaba de entre todas las demás. El caballo blanco perfectamente domado parecía una extensión de su jinete, tan sincronizados, sutiles y armoniosos eran sus movimientos.

Se detuvo delante de la princesa, se inclinó hacia ella con una sonrisa y cogiéndola de la mano con un brazo moreno y musculoso, la subió a la grupa de su montura. Un ligero movimiento y su caballo inició el galope hacia el sol poniente. Detrás todos sus hombres se dispersaron perdiéndose entre las sombras del anochecer.

Nunca mas se supo qué fue de la princesa... pero cuentan los hijos del desierto que desde hace siglos,  en las noches de luna llena, se ve cabalgar entre las dunas a dos jinetes abrazados a lomos de un hermoso e
indómito corcel blanco...


Juanma - 30 - Enero - 2013

jueves, 17 de enero de 2013

CUENTOS DE HADAS

En la literatura resulta sencillo: éste es  el príncipe, éste el villano. En la realidad, princesa, suele ser bastante diferente...

Supón por un momento, princesa, que te encuentras un príncipe en la barra de algún bar. Uno al que has visto muchas veces, pero nunca como hoy, con su barba impecable, sus ojos de almohada, su sonrisa de verde bosque y azul cielo. Supón que habla no sólo bien, o perfectamente bien, sino que además canta con voz de bardo. Supón que tiene una guitarra, que se sienta en un taburete y cruza las piernas, que cierra los párpados y se lanza a cantarte una balada, a susurrarte con poesía y música todas tus alegrías y tristezas. ¿Qué harías?

Supongamos que existe este tipo-príncipe, con sus canciones, su conversación, sus ojos y su profunda melancolía. Supón que tiene manos de consuelo y dedos de descubrimiento. Supón que, además, un día fue a la guerra. Y que no se conformó con la violencia, sino que aprendió gracias a ella el precio de la paz. ¿No lo llevarías a tu casa, para ofrecerle cuentos y besos, en la nunca tan alta torre de tu reino en el centro del universo de tu alma?

Y al otro día, princesa, ¿no despertarías ebria de alegría, y muerta de miedo al mismo tiempo? ¿No te has encontrado, princesa, recibiendo aliento de una boca ajena antes de descubrir que el héroe boicotea su propia felicidad? ¿Y cuántas veces en la página del libro encontraste un manchón oscuro o un vacío donde antes había un protagonista y una promesa?

¿Y qué hacer, princesa? ¿Seguir besando sapos por si se convierten en príncipes? ¿Seguir vigilando las fronteras de los pantanos y los caminos de los bosques?

Yo me declaro incompetente. Y además me declaro impaciente, impotente, insolente e inocente. Declaro que mi radar siempre ha estado descompensado y desorientado y que, cuando en busca de un dragón camuflado o una princesa de cuento de hadas he encontrado una mujer real, ésa que era sólo para mí con todos sus defectos y virtudes, no he sabido verla. Me declaro tan inhábil como demente. Me declaro culpable. Me declaro perplejo de una vez y para siempre.

Y a esas princesas hermosas y esos príncipes valientes o azules, esos personajes de utopía y cuentos de hadas que nos vendieron en la cama desde pequeños en las oscuras noches de tormenta, los declaro muertos e inexistentes...

Así que, cuando despierte de mi hechizo, seguiré buscando princesas de carne y hueso...


Juanma - 17 - Enero - 2013

domingo, 13 de enero de 2013

AGRADECIDO

Hay un universo de pequeñas cosas que quiero agradecer... "Sólo para locos" ha cumplido ya más dos años, no sé cuántas entradas publicadas, cuantas visitas recibidas, ni cuantos comentarios me dejaron amablemente aquell@s buen@s amig@s que un buen día llegaron para quedarse o tan sólo para echar un vistazo; de todo este tiempo lo primero con lo que me quedo es con la calidad de buen@s amig@s que he encontrado desde aquel 10 de Diciembre de 2010 en que decidí dar vida en un blog, como otras tantas veces en mil cuadernos, a alguno de los pensamientos que desvariaban o anidaban dentro de mi cabeza...

Buena idea hubiera sido iniciar este blog hablando un poco de mí, pero no creo que hubiera llegado a buen puerto ni que a nadie interese demasiado mi vida más allá de lo que leen de mí... tampoco hubiera encontrado demasiadas ganas para hacerlo... en realidad no creo que fuese nunca capaz de conjugar las palabras adecuadas para definirme...
    
Sigo en la lucha, sigo intentando auto definirme y no sé si algún día llegaré a concluir este ingente trabajo de preguntas y más preguntas sin respuesta que es mi vida. Pero durante estos dos años he disfrutado al máximo de gente tan maravillosa que han convertido mis cuatro esquinas en algo tan especial como imprescindible.
   
De este mi pequeño universo particular podría decir muchas cosas, pero sólo basta dar un vistazo a esas letras conjugadas desde lo más hondo para darse cuenta de que, día a día, alimentáis las ganas de compartir y exteriorizar junto a vosotr@s tantas y tantas pequeñas estrellas que configuran este nuestro gran universo particular.
   
Aprendí muchas cosas, entre ellas que las distancias suelen ser largas, pero aquí no vale el kilometraje; el inabarcable firmamento o los océanos más grandes se convierten por arte de magia en pequeños charcos donde apenas alcanzamos a chapotear. Aquí no existe la timidez que ahoga la voz que da vida a nuestros pensamientos; aquí pasa desapercibida, se marcha aburrida, porque la voluntad es real y con ella se puede conseguir todo.
  
Gracias por seguir acompañando mi vieja, girando entre locos... Quiero confirmar que nunca es demasiado tiempo, que si dejo de ser piel es sólo para convertirme en aire... para fluir con la excusa de no perderme en el abismo, de confluir entre vértigos coloristas, de ser luz fluorescente entre verbos perseguidos, de sustituir la alegría por la caricia que suena a descontento, palabras que enmudecen, ventanas que se abren, ausencias que noto cercanas y estas cuatro esquinas que rezuman amistad desde cualquier ángulo.

Gracias por acompañarme en el camino, quizás físicamente nunca podremos acreditar un abrazo, una mirada, una complicidad más allá de esta galaxia virtual, una sensación que erice el vello o un café caliente a media tarde, pero qué más da, compartimos cosas mucho más importantes  y son esas palabras cargadas de sentimientos las que nos unen, las que nos hacen estar cerca, entre estas cuatro paredes, en las tuyas, en las de él, en las de ella... o quizás en las de ellos, porque no miramos la frialdad de la pantalla, miramos más allá, hacia el tenue contraste de la realidad más absoluta, donde encontrar la aventura es a veces menos complicado de lo que parece.
   
Puede que esto sea una declaración de buenos principios soñados o imaginados, pero necesito expresaros mi gratitud, mientras voy asimilando las múltiples recompensas que me son otorgadas con vuestro tiempo, cariño o comentarios...

Bienvenidos a la universal teoría de la cercanía, transportando a través de la distancia  los susurros del tú a tú frente a una pantalla de ordenador donde creamos un universo de pequeñas cosas haciendo que la felicidad asome por la ventana sin dificultad.

Gracias por regalarme la magia de la amistad con la que se puede dibujar lo inalcanzable, delimitando la impaciencia de desterrar la imprudencia de no creer que un buen sueño pueda cualquier día hacerse por fin realidad.
 
Signos cifrados, formulas entrelazadas, sinfonía de colores, navegando entre surcos, compartiendo ilusiones, volando entre nubes de esperanza, sumergidos en maravillosos silencios, saltando de alegría, elevándonos sobre los deseos. A veces trazando rectas paralelas, girando en espirales, descifrando  miradas, interpretando caricias, revelando  sonrisas, regalando sueños...

Imágenes en arco iris, sueños entreverados, deseos tamizados, ansias emergentes, oteando esperanzas, planeando voluntades, azul de tu cielo soy, azul de mi cielo eres, surcando el aire que respiramos y viajando a través del tiempo en espirales concéntricas hasta un mismo punto convergente...

Origen,
Fin,
Tú,
Yo,
¿Estas...?
¿Si...?
Te encontraré...
Ya te veo...
Danzando a tu alrededor...
Sólo para locos...
No para cualquiera...
Gracias por venir,
Gracias por estar ahí...

        *  *  *

Hay un universo
de pequeñas cosas,
que sólo se despiertan
cuando tú las nombras...

Hay un universo
de pequeñas cosas,
de hermosas luces
que sin ti son sombras...

Hay un universo
de pequeñas cosas,
que vuelan risueñas
cuando tú las soplas...

Hay un universo
de pequeñas cosas,
un océano de sueños
siempre que me arropas...



-Amigo... aún no alcanzo a conocer cúal es tu universo, pero si  una gran parte de él...

-Gracias... y no te preocupes amig@ mío, algún día lo descubrirás...
                                                                
                                                                         


                                                                           

¡¡¡GRACIAS A TOD@S POR ESTAR AHÍ!!!




   Juanma - 13 - Enero - 2013
    

                                                                          


domingo, 16 de diciembre de 2012

LA GRAMÁTICA DEL CORAZÓN

"Voy de camino", dice el mensaje, a las 3:13 de la madrugada. Ella se despierta sobresaltada, claro está. Lo relee una y otra y mil veces; incrédula pero feliz. Oye los pájaros que se despiertan cantando y bailando en las ramas de los árboles. Prueba a cerrar los ojos, pero no consigue dormir más.

Y después, entre las brumas vaporosas de una extraña vigilia, el gato que ronronea, una puerta que se abre, una puerta que chirría, una puerta que se cierra; y otra vez la calma quieta de la noche. De repente un rayo de luz le acaricia la cara, entra en un ojo entreabierto y se derrama por su pupila; ella lo abre del todo y descubre un rostro rebosante de risa y alegría. Un hermoso rostro querido, soñado, conocido y siempre esperado; rostro de "ya era hora", "aquí estoy", "te echaba de menos", "ven a mis brazos"... Y por fin, ahí está.

Ella tiende sus tiernos y delicados bracitos hacia él, como la muchacha tímida y dulce que es, y él se inclina y la abraza y la besa despacito; y no la desnuda ni le quita con prisa la ropa como se podría imaginar o suponer. En cambio, se tiende en la cama y se acuesta junto a ella. Y la abraza, le acaricia el pelo con mesura y le besa dulcemente la nuca.

Se hace un silencio hermoso. Se entregan a él y cierran los ojos, alegres, los dos.

Y cuando ya el alba se cuela en la habitación, ella no se atreve a darse la vuelta en la cama. Tiene miedo de los cuentos con final triste que se cuenta cuando duerme y estira los dedos muy lentamente, buscando... y se concentra y piensa casi suplicando: por favor, que no haya sido un sueño...


Juanma - 16 - Diciembre - 2012

viernes, 14 de diciembre de 2012

ETERNIDAD

Ahí están, ¿puedes verlos? ¿Te acuerdas, amiga mía, de esos dos? Tenían los ojos grandes y brillantes como una luna llena y una sonrisa tan transparente que dolían hasta las pupilas al contemplarla. Si te acercabas para mirarlos de cerca veías circular la sangre desde el corazón hacia la piel, desde el corazón a las palabras, desde el corazón a las montañas, a los bosques, al mar. ¿Te acuerdas de cómo se abrazaban muy de mañana, empapelados de imposibles sueños, intoxicados de sentimientos, locos de sincero amor?

Ella, querida amiga, fue la que sucumbió primero. Se fracturó el cráneo, se dislocó el cuello, se rompió las alas, se quebró sin huesos, se quedó sin alma. Ella, que sigue ahí como un lienzo, desnuda con su aura de otoño, envuelta en un poema. Y todavía tuvo tiempo de acudir a su cita con él, que aún estaba vivo, y reconoció en su locura el sello de la muerte. Lloraron, ¿recuerdas? Y pese a todo, tenían razón; porque tras aquello los sepultó el invierno sin oraciones ni lápidas, y ellos siguieron resistiendo y huyendo del epitafio, hasta que se les agrietó la piel, se les cayó el pelo y se pusieron grises escribiéndose siempre la cita embrigadora de cada madrugada. Se contemplaban el uno al otro, y creían los muy soñadores que tal vez existían, cuando nunca jamás fueron tan irreales.

Ahí siguen, amiga. Los amantes imaginarios con sus vidas imaginarias y sus amores imaginarios. Con sus vergonzosas verdades y su torrente de lágrimas desechables. Resistiendo vete a saber tú por qué, aferrados el uno al otro, de la mano, los muy inocentes, con la esperanza como arma solitaria y la  ternura por único escudo. Ilusos, anémicos, dementes, vacilantes como palabras enponzoñadas, perdiendo sangre envenenada por los huecos del alma y alma por las grietas del corazón. Ahí, ahí permanecen. Ella con el vientre abierto, con los oídos reventados y los pulmones llenos de mentira y soledad; ella fue la primera que cayó. Míralos cómo quieren resucitar, ¿no crees que sería mejor hacerles ahora mismo el funeral?

¿Los enterramos juntos? No, tienes razón, cada uno con su propia ley, cada uno en su rincón. Pero pongámosles a cada uno una cita del  otro, un recuerdo; después de todo sólo entre ellos jamás se regalaron ninguna traición. Dejemos a ella debajo de la osamenta de aquel árbol, mirando justo a ese balcón. De noche puede que su cadáver suba a buscar versos, es posible que articule aún gemidos, que aprenda por fin a decir no. Ahora enterremos a él, amiga. Aquí, en el camino de los besos, con su banda sonora de Vivaldi y sus embustes favoritos en la mano, codo a codo con su dolor. Que repita eternamente errores hasta que acierte, que desista, que abra la fosa y se trague los monstruos de los dos. Mejor dejarlos con sus enormes e inabarcables nimiedades. Pero pongamos en sus tumbas las flores más hermosas que encontremos... ¡este es su funeral!

¿Los extrañas, buena amiga? Sí claro, yo también. Pero aún así les tengo miedo, con su maldita  vocación de desamparados, de suicidas a tiempo completo, con sus leprosos mantras de zombies del amor. Y así enterrados, entre el sueño y los recuerdos, mi amiga, qué hermosos son ahora que (tal vez) ya no nos hagan sufrir ni duelan más. Aunque mejor dejarlos cerca, de todos modos, por si, hasta muertos y más allá, lloran y gimen exigiendo todavía otra ración de dolor.

Coge mi mano, amiga. Ahí tú y yo. Aquí enteros. Allá irreales. Tal vez perdidos siempre, mentidos pero vivos, heridos pero eternos. Tal vez tan sólo un rato, quizás tal vez no. Dame la mano, amiga, cerremos juntos la tumba, ahí tú y mi alma, aquí yo y tú corazón. Sin lágrimas, dejémonos sin epitafio, dejémonos sin cruz y adiós. Y vayámonos amiga, a seguir nuestro camino, a seguir viviendo muertos, a poder morir de amor...


Juanma - 14 - Diciembre - 2012

martes, 4 de diciembre de 2012

REENCUENTRO


Llevaba un buen tiempo preguntándome qué sería de ella. Hacía al menos seis años que no la veía, y un par de veces hasta pude haber soñado con sus pecas. O pude haber soñado que soñaba. Da igual. Se aparecía en mis pensamientos cada vez que escuchaba a U2...o a Héroes del silencio. Pequeños símbolos del pequeño tiempo que compartimos y que, como es costumbre, se nos adelantó y nos dejó solos y mudos. Eso fue algo después de la época de los anónimos, esas cartas quinceañeras que yo dejaba en su pupitre en el instituto y que ella atribuía siempre a otro chico. Las notas le gustaban, y tuvo un casi romance con ese otro chico que, claro, andaba detrás de ella -casi todos andábamos detrás de ella-, hasta que un buen día la carta le llegó con remitente y el príncipe de sus sueños se hizo de carne y sangre y hueso. Tal vez no fuera el apuesto Don Juan con el que fantaseaba mirando a la nada en las interminables y aburridas clases de matemáticas y literatura, tampoco el valiente Don Quijote que, en sueños, la rescataba de innumerables peligros, fieros dragones y malvados caballeros de armadura negra. Pero desde que nuestros labios se cruzaron, los besos fueron un manantial de poesía y sus ojos verdes un torrente sin principio ni fin que me encadenó con las alas del destino a la argolla de su corazón. Hasta que el tiempo, como es costumbre, se nos adelantó y nos dejó solos y mudos. Muchos apenas se enteraron, otros ni siquiera lo supieron. Para el mundo no fue nada. Para nosotros fue un secreto, fue un milagro... fue el amor.

Salgo del metro con prisas, apurado, pero ella me sorprende y me sonríe y yo casi caigo a las vías creyendo que se trata de una aparición. Fue un cruce inesperado, casi inadvertido. Pero no. Nos reconocimos de inmediato, sus labios y sus ojos y sus pecas son inconfundibles. Entro de nuevo al vagón y la sirena se oye antes de que se cierren las puertas. No recuerdo a dónde iba ni por qué tenía tanta prisa. Ni siquiera me importa ya. Me abraza alegre sin decir hola. Lleva el pelo recogido en una coleta, dejando resaltar así las pecas y el arco iris de su sonrisa, cazadora y pantalones vaqueros y un bolso de cuero. Se parece tanto a mis recuerdos que juraría que la hubiera visto ayer. Me pregunta cómo estoy y yo asiento con la cabeza, mudo, incapaz de entender por qué pueden darse esas oportunidades en los momentos más inesperados. ¿Destino o casualidad? Nunca fui capaz de distinguirlos y además... qué más da!!


Me propone reunirnos esa misma noche con el viejo grupo de amigos, los de antes. El club de los poetas muertos, como antes. La sombra del campus de la universidad, como antes. ¿Y la pasión? Como siempre. Antes de que llegue el grupo, minutos antes, solos en el bar, me dice que salgamos a pasear, a dar una vuelta. Y caminamos hasta la puerta de la universidad que ya no es nuestra, aunque quién sabe. Está abierta y son las diez de la noche. Pero pasamos de largo y nos encaminamos hacia la iglesia que hay justo al lado y donde muchas veces íbamos a estudiar. Nos miramos con cara de pregunta sin respuesta, me toma del brazo: "no mires a nadie, entremos". Y entramos directo hasta la capilla, que para mí nunca fue nada más que el palacio de los besos. Hay algunas personas, y por los extremos, bordeando los patios, iluminando los pasillos, cientos de velas ardiendo y regalando su llama y su calor quién sabe a qué!! Retrocedemos, la arrastro hasta la capilla, como tantas otras veces, otra vez. Empujo la puerta y nos refugiamos contra la pared. Me mira. Sé que nos besaremos. Nos besamos. La noche la han puesto ahí para nosotros.

Salimos al patio sin dios ni dueño y caminamos de vuelta por la universidad. Me toma la mano, recorremos nuestra antigua geografía de piedra. "Aquí te quise desde el principio". "Ahí, en esa esquina oscura, me abrazaste por primera vez", pero fue sólo unos meses después cuando descubrimos coincidencias y diferencias aterradoras. Cuánto tiempo ha pasado desde que nuestros destinos eran vecinos!! Allí, en aquel patio, nos sentábamos con mucha gente, y ella tenía una camiseta azul, y el pelo largo, y unos vaqueros desteñidos, y unos ojos de fin de mundo que todavía tiene, ojos verde abismo. Y en un recodo de la nostalgia, aplastados entre un muro y el pilar, nos abrazamos, mientras desde la iglesia se escucha una música magnífica que es para nosotros, como siempre. Ya ves, de nuevo somos el pasado del presente y el presente del futuro. No quiero la música. Me quedo con el bello silencio del ahora y el ayer. Con el patio oscuro, con los fantasmas que suben y bajan las escaleras, con las voces que cada uno pone a sus recuerdos. Con las lágrimas y sueños que regresan con los besos.

"Aquí me quisiste", y quizás a otros también. Puede que ahora sea tarde, aunque nunca es del todo tarde para nada, y allí estamos los dos solos, sobreviviéndonos, rescatándonos, resucitándonos. Callamos a dos voces  por deleite, por sueño, por placer.

En la calle seguimos cogidos de la mano, conmovidos, con preguntas y miedos, con fracasos y heridas. Siento la tibieza de sus dedos, y el flujo sanguíneo de ella a mí y de mí a ella, como si no tuviéramos piel y sí, tal vez, un sólo corazón. Llegamos de vuelta al bar, ahora sí que nos esperan. Abre la puerta y besa mis labios para sellar el secreto. El nuevo secreto y el viejo secreto. El secreto que fue y será siempre uno. Llegan los amigos, la risa, la fiesta. Todo vuelve a ser como antes. Como siempre. Nos miramos entre el humo, el ruido... y tantos años. Nos sonreímos. Esa noche volveré a escribirle una carta sin remite, como antes. Y quizás esta vez el pasado y el futuro sean presente para siempre...


Juanma - 4 - Diciembre - 2012

MOMENTOS

Muchos de los espacios entre huecos siguen vacíos, pero al menos los duendes al fin son míos. No tengo ninguna prisa por terminar y recreo en el orden del caos el desarreglo de la multitud de objetos que amontono delante de los espejos sin darme apenas cuenta. Objetos que aprendo a no ver, a no sentir, a no tocar, pero que rompen el tenue equilibrio aletargado del momento en el que dejo de tener localizada la huella de sus encuentros; son como el verde confuso de las enredaderas, que si te descuidas se comen los turnos y las esperas, escondiendo todo aquello que anida tras sus sombras, desorbitando la cantidad de minutos y horas vividos y olvidados, sin podarlos de vez en cuando porque sus efectos desaparecen sólo para ser entreabiertos en sueños. Y sin quererlo acabo acomodándome en la sala de estar de mis recuerdos y sin dejar de volar mi inagotable imaginación de cuando era niño, entre sortilegios y acertijos, me dejo llevar pensando que ojalá al recorrer cada habitación de mi cabeza pudiera hacer recuento y desechar aquellos tormentos que impiden la soltura para sonreír en determinados momentos. Momentos que nunca serán los adecuados si no hay una verdadera predisposición para que así lo sean...

Juanma - 4 - Diciembre - 2012




lunes, 19 de noviembre de 2012

FANTASMAS


Tengo muchas noches a mis espaldas... y otras tantas madrugadas.

Tengo ojos tristes y un corazón que aletea en mi pecho como un murciélago.
Tengo más años de los que quiero y menos de los que necesito.
Escúchame, que esto es importante!! Cuando me muera, no tiene que haber ningún puto cura cerca. Ninguno.
Y el ataúd, que sea el más barato que haya en el mercado. Si es de segunda mano tampoco me importa.
Aunque vaya a estar dentro toda la eternidad, tampoco es que lo vaya a usar demasiado.
Pero no, por ahora no me muero...
No ahora que la vida me grita tan fuerte que asusta hasta a mis fantasmas arrinconados.
Salen en desbandada; los felices y los tristes.
Y como el día es territorio de besos, la noche cobija siempre alguna que otra sombra.
A veces, cuando tienen peso específico, se asoman a mi alma con tal desparpajo que no me dejan ni respirar.
Cuando encuentre alguien que me quiera, le pediré que me vigile mientras duermo.
A mi lado izquierdo...
Y que con una red implacable, vaya separando mis sueños por temas, colores y sabores.
Que vaya recibiendo mariposas y lagartijas, agujeros y lunas en el parto onírico de cada madrugada, acariciando el ritmo de mi corazón con una mano.
Vaciando vacíos, colmando almas...
Cuando llega la mañana, los fantasmas espían al borde de la cama, con la respiración acompasada.
Pero los sueños felices saltan por los costados y los atropellan sin respeto.
Los oscuros, se agazapan jurando maldiciones.
Ellos, los monstruos nocturnos de mi alma, tienen mucho más miedo que yo.
Será que se saben condenados a la extinción...

Juanma - 19 - Noviembre - 2012


domingo, 14 de octubre de 2012

EL POETA


Caía la tarde en silencio, quieta y taciturna allá por Noviembre, cuando entré por vez primera en aquel viejo café con la mirada extraviada, perdida entre las sombras de mis pensamientos. Poco más de diez mesas llenaban el local. Sus paredes estaban adornadas por antiguas lámparas de aceite rescatadas de las entrañas del tiempo. Las mesas estaban ocupadas por viejos bohemios, viajeros y artistas que charlaban amistosamente entre el humo de sus pipas y el ruido de los vasos al chocar entre sí y contra las mesas.

Pese a que la curiosidad me había movido varias veces a acercarme hasta la puerta de aquel viejo cuartel y refugio de literatos, siempre me había faltado el valor para dar el último paso y franquear el umbral. Bajo aquella tenue luz de los candiles y algún disperso candelabro, miré alrededor en busca de alguna mesa libre a la que sentarme. Me llamó la atención una en la que se encontraba un hombre solitario que parecía huir de los demás. Un vaso y una botella de vino eran el centro de su mirada, y podría decirse que tal vez de su universo. Era alto y delgado. Su cara afilada estaba surcada de viejas arrugas y llagas, enmarañada en una larga y espesa barba blanca. Un roído y gastado sombrero negro cubría su anciana calva y sus penetrantes ojos negros, hermosamente tristes, me causaron una honda impresión. Fumaba lentamente, pero a grandes caladas, de una larga pipa marrón que envolvía su rostro entre densas oleadas de humo.

No sé las razones que me movieron a sentarme con él. Debió ser una atracción digna de las flechas de Cupido, pues al momento estaba yo allí, sentado junto a un hombre que de nada conocía y con el que entablaba una animada conversación que no sabía hacia dónde podría conducirme.

Era un artista.

Así me lo contó mientras que el viejo y canoso pianista intentaba arreglar una hermosa pieza de Chopin que ya casi había destrozado previamente. Los débiles murmullos de los contertulios parecían acompañar vocalmente la música. Mi compañero, con una voz grave pero con reminiscencias de un pasado donde tuvo que ser melodiosa y cantarina, comenzó a hablar; me contó sus viajes, sus amores, sus alegrías y sus penas. Tenía un amplio y variado surtido de cada.

Había viajado varias veces por todo el mundo… y conocía todas y cada una de sus culturas. Viajero empecinado y solitario, había acompañado incluso a los budistas del Tibet en su curiosa peregrinación. Entre las facetas que había cultivado cabría destacar la literatura, la pintura, la escultura y el aburrimiento, todas con notable satisfacción. Tenía varios libros publicados y había tratado casi todos los estilos; novela, ensayo y poesía. En el declive de su carrera, tras la muerte de su esposa, había entablado una estrecha amistad con la bebida que lo condujo, año tras año y botella tras botella, hasta la precaria situación en que yo lo había encontrado. Fue un verdadero retrato, o más bien un curioso bajorrelieve, el que dibujó ante mis ojos maravillados.

Y siguió hablando. Me dibujó parajes y hermosos lugares que yo no sabía que existían; los inmensos palacios de mármol y mosaicos, los castillos de altas almenas y profundos calabozos, las amplias llanuras, las eternas montañas de cimas coronadas por nieves perpetuas y los bosques infranqueables se fueron levantando piedra a piedra, árbol a árbol, en mi imaginación. Me hizo contemplar el brillo de la tierra y de los pesados anillos de oro y plata en las manos imperiales, las cúpulas de los techos hindúes irguiéndose hacia el cielo como espadas inmortales…

Un hechizo nos fue embargando a ambos.

Aquel hombre era todo un artista. Me habló de su arte y sus ideales como una madre de sus hijos. A pesar de sus profundos conocimientos sobre historia y cultura, su intensa y longeva vida y su sabio arte, noté una profunda tristeza en sus ojos, como si el triunfo no hubiera querido sonreír a sus esfuerzos. Ahora, cansado del mundo, parecía querer vivir una intensa vida interior sin preocuparse de todo aquello que le rodeaba. Me miró lánguidamente a los ojos y, tras apurar la enésima copa de vino, dijo con voz cansada:

-Mi único sueño no cumplido, aquel que llena de pesares mi corazón, no es otro que no haber conseguido llegar jamás a ser poeta.

-Pero si usted ya es poeta –le dije yo con todo el convencimiento del que fui capaz de imponer a mi voz–. Usted mismo me ha dicho que escribió y publicó varios libros de poesía.

-¿Y crees que escribir unos cuantos versos es hacer poesía? –me contestó esgrimiendo una irónica sonrisa mientras abría una nueva botella de vino que acababa de pedir y servía otras dos copas. Tomó un pequeño sorbo de la suya y continuó hablando– De cada cien personas, setenta han escrito o imaginado algunos versos en el transcurso de su vida. Quizás, con mucha suerte, encontremos de entre todas ellas un único aprendiz de poeta. Y ese, probablemente, no escribirá poesía.

-¿Qué es pues, en su opinión, ser poeta? –le pregunté.

-Mira a esos jóvenes muchachos –me dijo señalando a un grupo de jóvenes que charlaban amigablemente en una esquina del local–. No hay uno sólo de ellos que valga verdaderamente como poeta y, sin embargo, ahí los tienes felices y alegres, llamándose maestros los unos a los otros. A menudo vienen, me leen sus versos y piden mi opinión. Yo no soy amigo del engaño, pero no me veo con suficientes fuerzas para arrebatarles su única y gran ilusión, pues con ello les mataría. Creen en ellos mismos y son felices, y yo no soy quién para robarles esa felicidad. Mientras esperan mi veredicto, puedo palpar la duda y el desengaño en sus ojos más… ¿qué puedo hacer? ¡Hay tanta libertad en sus almas!¡Tanta ilusión en sus corazones! Cuando les digo que van por el buen camino el cielo se ilumina y brilla en sus ojos. Después de todo, tampoco les engaño del todo. No está mal lo que escriben. Pero jamás llegarán a ser maestros o poetas. Al igual que tampoco yo lo lograré.

“Pero lo que más me apesadumbra del todo es que ellos creen en mí, piensan que soy un poeta de verdad… y yo apenas supero su arte. Y si lo supero es tan sólo por la experiencia que me dan los años. Me has preguntado qué es ser poeta… ¿quién puede saber eso con certeza? Es lo mismo que si me preguntaras por Dios o la vida después de la muerte. Si yo pudiera encontrar la respuesta no dudaría en viajar hasta el más recóndito confín del universo para encontrarla. Pero puedo decirte algo; la poesía es algo sublime, maravilloso, casi místico o espiritual. Un pintor o escultor pueden hacer poesía con su obra igual que un enamorado puede hacerla con sus palabras, miradas o besos. Poesía no es tan sólo encadenar cuatro o cinco versos seguidos… ni rimarlos. Eso puede hacerlo el más común de los mortales. Tampoco es plasmarla sobre un papel, si no sentirla, vivirla y saberla tuya, parte de ti. Y eso sólo pueden hacerlo los genios, los verdaderos poetas. Y de ésos ha habido pocos en el mundo a lo largo de la historia. La poesía se siente dentro al contemplar una mariposa, una nube o una flor… –se detuvo en seco, como si estuviera recordando algo. Aproveché la ocasión para preguntarle:

-¿Y usted nunca se ha sentido así?

-No… no como hubiera debido. Supongo que lo entenderás mejor si te digo que comprender la poesía es como alcanzar el nirvana. Algo parecido a ello he sentido al leer a Novalis, Goethe o Blake. Pero jamás llegaré a ver con los ojos abiertos ni una pequeña parte de todo lo que ellos vislumbraban con los suyos cerrados. Si quieres te daré un pobre consejo de viejo cascarrabias, pues es lo único  que puedo ya ofrecerte. Has de saber que el cuerpo humano es sólo una envoltura en la que se refleja el alma, una especie de crisálida. Es como el mar, que no tiene color propio y es tan sólo un vasto reflejo del cielo. La belleza existe sólo en la mirada interior de aquel que quiere conocer la verdad y la busca en su corazón. Nunca dejes de hacerlo… no dejes de buscar jamás dentro de ti. Si llegas algún día a conocerte a ti mismo, ya habrás conseguido llegar un paso del camino más lejos que yo.

Apuró su copa de vino y se levantó. Me dio la mano y se marchó en silencio, encorvado como si llevara una pesada carga sobre sus hombros. Me dijo que vivía allí cerca, pero nunca he vuelto a verlo.

Desde aquel día visito todas las tardes aquel viejo café con la esperanza de encontrarle. Pero la mesa ha permanecido vacía desde entonces. En su rincón, la chimenea murmura su triste cantar y el grupo de jóvenes continúa charlando amigablemente y llamándose maestros los unos a los otros.

Y yo sigo pensando todos los días en aquel hombre… en aquel poeta. Pues a pesar de que él mismo no se considerara como tal, jamás he contemplado un rostro y unos ojos más poéticos, ni escuchado unas palabras que expresaran mejor la poesía que las suyas. Y ahora tengo un profundo pesar en mi alma y mi corazón.

Se me olvidó preguntarle su nombre.


Juanma - 12 - Octubre - 1997

miércoles, 10 de octubre de 2012

FELICIDAD

Aprendí la lección, a patadas.  Como  siempre que se trata de algo fundamental.  Algunos no tenemos remedio... ni  nos molestamos  en buscarlo,  claro está.  Era 17 de  Agosto  en  una casa ajena,  eso lo recuerdo muy bien. Dabas vueltas por detrás de las cortinas, fantasma persistente, rostro despiadado de todas mis  obsesiones.  Te asomabas  a la ventana  sólo para  hacerme  sentir lo  distinto que pudo haber sido si hubiese estado contigo. No estaba. Y no estabas...

Alguien que no tenía un ápice de delicadeza, o de memoria, o simplemente alguien lo suficientemente ebrio como para no temer a los recuerdos, puso esa canción que te reclamaba desde mi extremo de la ciudad... y de mi alma. Alguien -otro alguien- me abrazó por detrás, adivinando probablemente mis tristezas en silencio. En ese segundo, antes de que la maldita lágrima traidora me delatara, o te descubriera en mis pupilas, aprendí la lección.

No sé si todavía te quiero (ya sabes, es tan corto el amor y tan largo el olvido), ni sé qué haces entre mis sentimientos y pensamientos, aparte de desorganizarlos por completo, pero sí tengo la certeza de que todas estas noches sin un mal beso que llevarme a los labios han pasado por mi necesidad de decirte esto que por fin te dije... y de aprender por fin lo que aprendí.

Nunca más desconfiaré de la felicidad. Es tan breve, tan volátil, tan precaria, que cualquier análisis científico la termina por destruir por completo. La pesé, la medí, la maquillé, la olí, la miré de reojo y la dejé pasar. Me miraba desde tus ojos con cara de primavera, pero en mi mente era demasiado invierno todavía. Me equivoqué. Errar es de sabios. Creo que esa culpa me ha mantenido atado al espectro de tu cintura, hoy que tu cuerpo es una realidad lejana, un cementerio de nostalgias. Y hoy es ésa la enseñanza que no me resta tristezas, pero me regala pequeñas libertades.

No sé porqué esto, que era una especie de redención, me ha quedado tan triste como de costumbre. Y sí, lección aprendida y todo, sigo llorando a menudo con tus recuerdos...


Juanma - 11 - Octubre - 2012