martes, 14 de febrero de 2017

LAS FLECHAS DE CUPIDO

 Nunca le gustó San Valentín.
     Desde que era una adolescente de apenas quince años y se enamoró por primera vez (para meses después ser arrancada de los brazos de aquel adictivo estado de ensoñación y ser arrojada de bruces a la más absoluta miseria e infelicidad), siempre había odiado aquel día y al puñetero Cupido con sus caprichosas y envenenadas flechas de mierda.
     Pero aquel año su aversión fue sustituida por una profunda sensación de inquietud, que había ido dando paso al temor, que a su vez consiguió evolucionar hasta un primer atisbo de miedo, tal vez irracional o exagerado, pero miedo, al fin y al cabo. Hasta que, al despertarse aquella mañana de San Valentín, estaba totalmente paralizada y atenazada por un pánico cerval. También por las pastillas que había ingerido la noche anterior. La fecha señalada había llegado…
     Todo comenzó el día 1 de aquel gélido febrero. Esa mañana, al recoger el correo del buzón, encontró una carta sin remitente dirigida a ella. El sobre era blanco e inmaculado. La caligrafía que indicaba su dirección pulcra y exquisita, con algunos toques góticos que le llamaron la atención sorprendiéndola gratamente. El matasellos señalaba que la misiva procedía de Madrid, su misma ciudad. Hacía muchos años que no recibía una carta particular. Desde la llegada de internet, el correo electrónico, las redes sociales y los smartphones con todas sus aplicaciones para enviar mensajes gratuitos, era un hábito que se había ido perdiendo. Como mucho, seguía recibiendo alguna postal navideña de sus tíos paternos desde el pueblo o de sus amigas regalando envidia desde sus paradisíacos destinos vacacionales. Pero una carta… No recordaba la última vez que había sentido ilusión, curiosidad o nervios al recoger algo del buzón que no fuera propaganda, notificaciones del banco o facturas. Así que subió a toda prisa las escaleras para abrir aquella nota misteriosa.
     No esperó siquiera a tomar asiento o quitarse el abrigo. La intriga se había tornado ansiedad. Rajó el sobre por un extremo y vació el contenido sobre la cama de su habitación: una nota doblada por la mitad y una rosa roja. La rosa estaba marchita, seca y prensada. Sin duda, había pasado sus últimos meses, tal vez años, en el interior de un libro. Dejó la flor a un lado y abrió la nota. La misma caligrafía cuidada y meticulosa del exterior del sobre y dos escuetas frases que le encogieron el corazón:
   “Este año vas a odiar San Valentín de verdad. La muerte vendrá a recogerte el día 14 y te dejará tan marchita como esta flor”.
     Releyó la nota una decena de veces intentando cerciorarse de que había entendido bien el contenido. Tras ese primer escalofrío, se relajó un poco y se tumbó de espaldas en la cama, mirando la lámpara del techo. Después se echó a reír. Era una risa nerviosa, casi histérica, pero que consiguió relajarla por completo. Sin duda, debía tratarse de una broma. Alguna amiga que sabía de su aversión por aquella fecha y había querido reírse un poco a su costa. O tal vez algún amante obsesionado. Recordaba a uno que, durante unos meses, estuvo acosándola hasta el punto de que tuvo que acudir a la policía. Pero eso fue muchos años atrás. Y tampoco volvió a saber nunca más de aquel energúmeno. Pero quién sabe si había seguido vigilándola en la distancia, esperando el momento propicio para vengarse de ella por haberlo rechazado y haberse burlado de él. Pero no… Seguro que estaba desvariando. Demasiadas películas… Siguió dándole vueltas al asunto. Podría ser también algún antiguo exnovio. Pero tan solo había tenido dos parejas estables en toda su vida, y ninguna tenía motivo alguno para guardar algo contra ella. Con Carlos, su primer novio, tuvo una relación de poco más de un año. Fue él quien rompió y, desde entonces, nunca volvió a saber de su existencia. Y con Héctor convivió casi tres años. Rompieron hacía más de dos, pero desde entonces eran buenos amigos… Suspiró y se levantó de la cama. Cogió la rosa, el sobre y la nota, y los guardó en el cajón de la mesita.
     Durante los días venideros continuó con su vida anodina y rutinaria. Y aunque no logró olvidar por completo el incidente de la carta, si consiguió que dejará de perturbarla y volvió a conciliar el sueño que el puto Cupido le arrebató la noche siguiente a recibir el misterioso correo. Pero aquello distaba mucho de haber concluido…
     Una semana más tarde, cuando restaban justo siete jornadas para el día de los enamorados, recibió un segundo mensaje secreto. Pero esta vez su estupor e inquietud fueron aún mayores al encontrarlo en el suelo del recibidor de entrada a su casa. El bromista o acosador se había tomado la molestia de subir hasta la cuarta planta donde vivía, para depositar la carta por debajo de la puerta de su piso. Fuera quien fuese, sabía dónde vivía. Lo otro fue depositar un sobre en cualquier estafeta de correos de la ciudad. En cambio, esto… Aquella persona había estado en la misma puerta de su apartamento para llevar su mensaje en persona. Podía estar en cualquier parte; vigilando desde la esquina, sentado en el bar de enfrente tomando un café… incluso escondido en el rellano de las escaleras. En esta ocasión se trataba de una simple hoja de papel doblada. El texto estaba mecanografiado. Se vio tentada a tirar el sobre a la basura sin leerlo. Pero finalmente cedió a la curiosidad:
     “Dentro de una semana… Recuerda que quedan siete días para que la muerte enamorada venga a por ti”.
     Desde entonces, había recibido un mensaje distinto cada día. El día 8 volvió a encontrar otro sobre en el buzón. Pero en esta ocasión la letra era distinta y el tipo de sobre, también diferente al primero. En el interior sí había otra rosa muerta, esta vez blanca. Y unas amorosas palabras dedicadas expresamente a ella:
     “¿Has pensado ya en cómo será tu muerte? No, claro que no; te encantan las sorpresas. Y Cupido te tiene preparada una muy especial…”.
     En este punto ya empezó a mostrarse preocupada en exceso. Y fue cuando decidió contárselo a su hermano. Pero este la tranquilizó arguyendo que lo más probable es que se tratara de algún bromista. Tal y como ella quiso creer en un primer momento. Pero ya no estaba tan convencida. Eran demasiadas molestias las que aquella persona se estaba tomando. Todo muy bien pensado. Todo demasiado meticuloso. Nadie se toma tantas atenciones por una simple broma o juego. Pero se serenó un poco cuando su hermano le ofreció que, llegado San Valentín, fuese a pasar el día a su casa si seguía estando asustada. No quería llegar al punto de tener que molestar a su hermano por lo que quizás no fuese más que una tontería, pero saber que podía contar con su protección llegado el momento, suponía todo un alivio.
     El día 9 el mensaje fue más escueto, pero brutal:
     “Tu corazón será mío cuando abra tu caja torácica y lo saque de sus entrañas”.
     El día 10 lo que recibió fue una llamada telefónica en su oficina. Lo que indicaba que aquel degenerado sabía también dónde trabajaba y el número de extensión de su línea telefónica en la empresa. La voz que escuchó al otro lado no le resultó familiar. Además de que seguro estaba distorsionada, o tal vez tapado el auricular con un pañuelo, pues sonaba extraña, distante y algo metálica.
     “Quedan solo cuatro días, amor mío. ¿Quieres saber quién soy? Supongo que ardes en deseos de conocerme. Siento los latidos enamorados de tu corazón desde aquí. Cupido lo ha atravesado con una de sus saetas. No te preocupes, también hizo lo propio con el mío. Estamos hechos el uno para el otro… ¡¡Qué bonito es morir de amor!!”
     Colgó.
     Fue entonces cuando decidió acudir a la policía. Al investigar el número desde el que se realizó la llamada, descubrieron que fue hecha desde una cabina telefónica situada en un concurrido centro comercial del centro de la ciudad. Por allí pasaban miles de personas a diario. Ni siquiera las cámaras de seguridad de los establecimientos cercanos sirvieron de ayuda. También analizaron las cartas y las notas. Ninguna huella. Cada envío realizado desde un sitio distinto. Quien fuera, había tomado todas las precauciones posibles para no dejar rastro ni ser descubierto. Pero no podían hacer nada más. También insistieron en la socorrida teoría del bromista. No podían ponerle vigilancia a cada persona que venía con un caso similar. Eran muchos cada día. Y la policía tenía cosas más importantes que investigar y no disponía de tantos efectivos como para poder prescindir de ellos por incidentes como aquellos. Ella lo comprendía, pero… Le aconsejaron que estuviera atenta, y siempre alerta, por si veía a alguien sospechoso, que mantuviera la puerta y las ventanas de casa bien cerradas, que se asegurara de llevar siempre el móvil encendido y con batería y que, ante cualquier nuevo incidente, les avisara de inmediato. Pero poco más. Como mucho, que hiciera caso a su hermano y si se encontraba insegura, se fuera a pasar la noche a su casa.
     Para el día 11 lo que recibió por mensajería fue un ramo con doce rosas rojas. El remitente no dejó ningún dato y pagó en metálico, según la encargada de la floristería. Dentro del ramo, un mensaje. Por supuesto.
     “Doce hermosas flores. Tan rojas como los jugosos órganos internos de tu cuerpo que saborearé, junto al néctar de tu sangre, cuando te abra en canal después de hacerte el amor en nuestra noche de enamorados…”
     Con cada mensaje que recibía, sus temores se incrementaban. Quizá ya debería haberse insensibilizado después de varios días. Pero lo cierto era que no, cada vez estaba más aterrorizada. Los dos días posteriores los pasó en una nube de inquietud rayana en la paranoia. Veía sombras en cada esquina. Escuchaba risas por los rincones. Todo el mundo parecía acecharla, seguirla, amenazarla… Las horas se convirtieron en siglos y el trayecto de casa al supermercado de la esquina, un laberinto de dudas y eternidades. No quiso volver a molestar a su hermano o a la policía. No quería dar la sensación de haber perdido los nervios o su sano juicio. Aunque razones tenía para ello.
     El día 12 la carta que recibió no llevaba escrito mensaje alguno. Solo una hoja en blanco manchada con algunas gotas de sangre y, le dio un vuelco el corazón, también algunas de su perfume. Aquel acosador conocía más de ella de lo que hubiera pensado en un principio. Para saber qué perfume usaba, tenía que conocerla. Les unía algún tipo de relación o vínculo; laboral, de amistad o de lo que fuera. Pero la conocía bien. Volvió a sopesar la teoría de aquel amante despechado que la acosó durante una temporada. Pero después de tantos años…
     El día anterior a San Valentín, lo que encontró en el buzón fue un paquete que contenía un pendrive. Cuando lo conectó a su ordenador portátil, comprobó que solo había un archivo de video. Esta vez ya no se sorprendió demasiado cuando, al reproducirlo, se vio a si misma grabada haciendo topless en la playa donde pasó sus vacaciones el verano pasado. Ya había llegado a la conclusión de que su “admirador secreto” la llevaba siguiendo desde hacía tiempo y conocía todos sus movimientos. Quién sabe hasta qué punto había violado su intimidad, lo cerca que había estado de ella o lo que habían compartido. Y lo peor de todo era la incertidumbre de desconocer quién estaba detrás de todo aquello. ¿Una broma? Si se trataba de eso, aquel bromista se iba a enterar de lo que era jugar. No estábamos en Halloween. Tampoco era el día de los inocentes. Y los mensajes… No, no podía tratarse de una broma. Eran amenazas. Crueles y sangrientas amenazas. Aquella noche se fue a la cama con un ataque de ansiedad. Telefoneó a su hermano para decirle que el día siguiente iría a pasarlo a su casa, tal como él le había sugerido. Llamaría al trabajo para decir que se encontraba mal. Algo que no era del todo incierto. En su actual estado de nervios, no sería aconsejable ir a trabajar. Tuvo que tomar varias pastillas para poder conciliar el sueño.
                                                                 
                                                                                                    ***                                                                     

Amanece. Un lluvioso y gris día de los enamorados. Se levanta un poco aturdida y con la cabeza embotada por los tranquilizantes. Pero al mismo tiempo, atenazada por un pánico como no había experimentado antes en su vida. Cuando puede desperezarse y serenarse al mismo tiempo, una alarma, como esas bombillitas que surgían en la cabeza de los personajes de dibujos animados cuando tenían una idea, se enciende en su interior.
      Algo no encaja en la habitación. Como si hubiera una pieza fuera de lugar. No logra encontrar esa pieza, y sin embargo sabe que algo está mal. La claridad que se cuela por las rendijas de la persiana no es suficiente. Siempre hay más luz por las mañanas. ¡Al fin lo comprende! Ella nunca baja las persianas por la noche. No le gusta la completa oscuridad. Siempre le reconforta la luz que, desde la calle, se cuela para iluminar las paredes y los rincones. Se pone en pie a duras penas. Si ella no bajó la persiana, ¿quién lo hizo? Recuerda de golpe los acontecimientos de la semana anterior y el corazón se le desboca dentro del pecho. Un momento… La puerta tampoco encaja en el plano habitual que de su mundo cotidiano guarda en su cabeza. Al contrario que la persiana, siempre la cierra al acostarse. Uno de sus terrores de la niñez. Jamás consiguió dormir con la puerta de su cuarto y del armario abiertas. Y ahora lo está. De par en par. Pudiera ser que tal vez la noche anterior, algo aturdida por los calmantes, la dejara abierta sin querer y bajara también ella misma la persiana. Se encuentra tan confusa… ¿Está desvariando? Entonces escucha un crujido en el exterior…
     Ese ruido no lo ha causado su imaginación. Se incorpora lentamente. Recuerda lo que le dijeron los policías. Mira en la mesita de noche, pero su teléfono móvil no se encuentra allí. Otra pieza del puzle que no encaja. Jamás lo deja en otro sitio. Alguien ha entrado en su habitación, ha bajado la persiana y ha cogido su móvil para que no pueda usarlo. Las pastillas debieron inducirle a un sueño profundo y no se ha enterado de nada… ¡Maldita sea! Cuando intenta dar dos pasos nota que le tiemblan las rodillas y está a punto de caer de bruces al suelo. Se tambalea, pero logra estabilizarse. Mira hacia todas partes, ve sombras siniestras surgiendo de los rincones. Está sudando y temblando al mismo tiempo. Su corazón es un taladro a punto de reventar su pecho. Encima de la silla hay algo. Se acerca con cautela. Sus ojos se han acostumbrado a la penumbra y puede ver con mayor claridad. Es otra rosa roja. Al lado hay una tarjeta. Ya sabe lo que pone. Sin embargo, la abre y lee el mensaje:
     “Feliz San Valentín, amor mío. Vamos a pasarlo de muerte.”
     Sale de la habitación y se encamina con pasos vacilantes hacia el pasillo. Sabe que hay alguien ahí. Ya le da igual lo que suceda a continuación. Necesita saber quién es. Quién está detrás de todo aquello. Quién quiere matarla. Y quién está enamorado de ella. Llora de miedo, de rabia, de desesperación. Cuando sale al pasillo, él está ahí.
     No se trata de aquel amante acosador. Tampoco es ningún bromista desconocido o un compañero del trabajo desequilibrado y obsesionado con ella. Ni es Carlos, su primer novio, quien desapareció de su vida sin dar muchas explicaciones. No es nadie que hubiera podido imaginar. Quien se encuentra ahora frente a ella es Héctor, su segunda pareja. Aquel que, desde entonces, se había convertido en su aliado fiel e inseparable, su mayor apoyo, su amigo del alma. Héctor, con quien compartía todos sus secretos y curiosidades, sus tristezas y alegrías, sus proyectos e ilusiones, estaba ahora allí, de pie al fondo del pasillo, con un enorme cuchillo de carnicero en la mano y una macabra sonrisa aún mayor en los labios.
     Se acerca a ella, paso a paso. El odio que ve reflejado en su mirada, se lo aclara todo. Jamás le perdonó que lo dejara. El juego del amigo fiel había sido un truco, una treta para estar siempre a su lado, junto a ella. Un malnacido que supo aprovecharse de su amistad e inocencia para ir trazando su plan y urdir su venganza. Semana tras semana, mes a mes, se fue ganando su confianza. En realidad, nunca superó la separación. Siguió enamorado y obsesionado con ella… Y él, más que nadie, conocía su aversión al día de los enamorados. En los tres años que habían pasado juntos, se lo dejó muy claro rechazando sus regalos y no ofreciéndole a él ninguno. Eso tampoco se lo perdonó nunca, pese a que entonces fingiera que no le importaba. Y había escogido aquel mismo día para culminar su gran obra…
     Sabe que no tiene escapatoria. Se interpone entre él y la puerta de salida. Y está a menos de cinco pasos de ella. Por mucho que grite, ya nadie llegará a tiempo. Ni los vecinos. Ni su hermano. Ni la policía. Puede luchar… pero él tiene el doble de fuerza que ella y un cuchillo descomunal en su poder. Ella solo miedo, temblores y las neuronas y músculos a medio gas por culpa de las jodidas pastillas.
     Sigue avanzando. Ella exhala un suspiro ahogado y cae de rodillas. Cuando le acaricia el pelo y acerca la hoja afilada a su garganta, lo último que piensa es otra vez en las jodidas flechas de Cupido y en que quizás la gente no muera de amor, pero sí que hay muchos locos capaces de matar en su nombre.


Juanma Nova García


lunes, 2 de enero de 2017

EL SECRETO DE SU MANO

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una tarde de primavera la abrió...

Al principio no conseguí ver nada, pues tuve que cerrar los ojos ante el resplandor que surgió de ella, pero después... Abrió la mano y fue como volver a la habitación y los juegos y secretos de la niñez para decirle al espejo: Por fin he vuelto a casa.

Abrió la mano y de su interior sopló una brisa risueña, un viento travieso que al acariciarte el rostro te leía los pensamientos y revolvía tus cabellos como si fuesen algodón o risa o un jardín de mariposas que te subiera por los tobillos hasta las rodillas haciéndote cosquillas, como el revuelo de las flores en primavera y las nubes y su eco, como si una estrella fugaz te levantara el sombrero sin hacer apenas ruido, como el rebelde crujido de un relámpago en el cielo de la tormenta.

Recuerdo los pliegues de sus dedos níveos, casi de porcelana, formando un mágico cuenco, un pequeño y cristalino estanque en el que las ocas y los cisnes iban ahora de sur a norte en una nueva y desconocida migración, regresando siempre a su nido en el hueco del meñique que los acunaba y acariciaba como si él mismo fuese también tersa pluma; recuerdo los remolinos del agua y sus vaivenes alrededor de las aves, y las olas que conquistaban la orilla como si fuesen sueños.

En aquella mano que por fin se abrió suspiraba y deliraba el Mistral formando espirales a veces de magia, a veces de fuego; en ocasiones no decía nada y en otras, sin hablar, lo decía todo... y se acurrucaba en la curva del cuello, en las mejillas sonrosadas o en la comisura de la boca y, de regreso a su hogar, se colaba por la ventana abierta y pequeñita de un "estoy contigo por siempre jamás".

También se convertía en una caricia de arco iris, pero la melodía de su voz no cabía toda dentro y surgía y brotaba formando colores habitados por abejas que traían miel y luciérnagas que irradiaban luz y hormigas que portaban hojas carmesí y púrpura y verdeazuladas, y brillantes grises y rosados desde el sendero inquebrantable de las uñas.

En las líneas de su mano había un tiempo y una historia y un lugar... Y un alfabeto y una constelación y un mapa donde no había fronteras y sí manantiales y sirenas en busca de náufragos medio ahogados en su sed de nuevas tierras, arribando a una orilla y una costa de cristal y nácar para adentrarse tierra adentro y llegar a las arterias de los bosques y al pulmón de las montañas y sentir el latido de los caminos cuando los recorre el corazón.

Lo que tenía en la mano era un pestañeo de esperanza y un temblor de rodillas y un cosquilleo en el estómago... y apenas terminó de abrirla me besó como se besan dos labios enamorados. Lo que tenía en la mano más que carne, piel y huesos era cariño y ternura y una canción que te llamaba y te desnudaba dejándote de regalo un nombre mágico como el eco de una risa lanzándose en picado como un halcón desde el acantilado del alma.

Y aquella mano indescifrable, impensable e imposible se abrió como una flor al sol de la mañana y sentí vértigo y alegría y un escalofrío que me acarició y fue... Fue como si siempre hubiese estado muerto y al mismo tiempo no pudiera morir jamás... y como si todas las veces que muriera de ahí en adelante fuesen para estar cada vez más vivo y alegre y despierto.

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una noche de verano la abrió de nuevo...

Y esta vez entrelazó sus dedos con los míos y me perdí para siempre en el laberinto de la magia y el abismo del amor...


Juanma                                                                                 

sábado, 31 de diciembre de 2016

EL LIBRO EN BLANCO

Abrí el libro...

Abrí el libro que acababa de escribir. Y volvía a estar en blanco. Tan pulcro e inmaculado como antes de sembrar en él la semilla de la primera letra. Todo lo que mi imaginación había depositado allí con esmero y cuidado, había desaparecido; se había esfumado como tragado por la nada. Pero aquello no me produjo asombro. Ni siquiera tristeza o preocupación. Porque me dio la sensación de que aquellas páginas necesitaban y pedían a gritos una gran historia. Podría ser la mía o la de cualquier otro; pero una gran historia. Y si aquellos márgenes y esquinas se habían tragado la anterior, es sin duda porque no lo era. Así que no había más remedio que empezar de nuevo. Con paciencia. Con cariño, cuidado y esmero. Y con algo más. Quizá con alma...

No quedé muy satisfecho con el comienzo, pero después me di cuenta de que el libro escondía algo único, maravilloso y especial entre sus hojas. Necesitaba sacarlo de allí, pero ¿cómo? Entonces rebusqué entre aquella maraña de palabras y frases sin sentido que no me acababa de convencer. Seguí y seguí escarbando hasta que cavé un profundo agujero. Las letras, poco a poco, se desvanecieron, vaciándose hacia el interior de aquel pozo como si un manantial de tinta mágica se hubiese vertido hacia el corazón del libro. Tal vez en el fondo se trataba de eso, de magia.

El libro, totalmente pálido y ausente de tinta y color, me desafiaba a que yo escribiera nuevamente en él, me pedía que le insuflara vida. Que rescatara su historia de la muerte. Y del olvido. Pensé que lo mejor era ponerse a escribir y dejar de buscar musas. Al fin y al cabo, la imaginación no siempre viene de la mano de esas impostoras. Así que seguí intentando descifrar lo que escondía aquel misterio en blanco, ese abismo de vacío que tanto me pesaba. No sé si fue la eternidad del momento, o si en cambio fue recuperar de nuevo mi alma, pero parte de mis recuerdos se posaron en ese agujero para siempre, llenándolo al fin.

En fin, la magia y el duende de escribir o crear una historia, y de que alguien la lea. Siempre es importante para cualquiera depositar nuestra confianza en algún otro. Y que ese alguien, tal vez, la deposite también en nosotros. Arriesgarse. Luchar. Coger los pensamientos y sentimientos de uno mismo, empaquetarlos, ponerles un hermoso lazo, y confiárselos a otra persona para que pueda atesorarlos, cuidarlos...y guardarlos al fin. Y después de ello reflexionar. Liberarse. Y volver a soñar.


Juanma - 31 - Diciembre - 2016


                                                                                              

jueves, 10 de noviembre de 2016

SOLO PARA LOCOS

Un buen día se levantó con el pie cruzado, se miró en el espejo y dijo aquello de “hasta aquí hemos llegado” y decidió cambiar el orden y función de sus órganos, darles un toque de atención, ponerles las maletas en la calle. Le incomodaban aquellas sucias tretas que ese puñado de solitarios sinvergüenzas tramaban por dentro de su cuerpo. De entre todas aquellas artimañas, el peor de los incordios era, sin lugar a dudas, que nunca consiguiesen ponerse de acuerdo.

     Había llegado el momento de hacer algo al respecto, así que, en primer lugar, decidió abandonar los tímpanos a su suerte en la esquina de enfrente, para que el blues del viento y el rocanrol de las voces los arropasen de ruido. Con demasiada frecuencia, las canciones que usamos para sanar el corazón no llevan el suficiente antídoto para tanta cicatriz. Y también, demasiado a menudo, a uno le apetece ponerse hasta las cejas con un poco de silencio. Arrivederci oídos. Después, optó por deshacerse de la boca. El uso diario de aquella deslenguada flanqueada por hoyuelos era, desde tiempos inmemoriales, reír, protestar y besar como quien remienda el adiós de su última noche de verano con una aguja en la lengua. Haciendo gala de lo políticamente incorrecto, dando mordiscos al mundo. Su inquieta boca era un incontrolable imán para los problemas, un insulto al karma y una batalla de trinchera sin aviso previo. La dobló con cuidado, la metió en un sobre viejo y arrugado, cerró este con pegamento, y lo echó al primer buzón que encontró sin remitente alguno y al destino más lejano que se le ocurrió, una calle perdida y olvidada del más olvidado y perdido pueblo de Australia. Hay bocas que deberían tomarse unas largas vacaciones y la mía es una de ellas, se dijo sin titubear. A continuación, los ojos, a falta de mejores ideas, se los regaló a un anciano vagabundo, flaco y despeinado, que solía dormir cerca de su portal, masticando mendrugos de pan duro y mendigando un poquito de cariño o amor de los compadres borrachos que nunca se iban a dormir tempano. Tal vez lo hizo para que se sintiese menos afligido, o para que pasease su propia mirada hambrienta por la ciudad, y así pudiera ganar su partida callejera a las pupilas eléctricas de los coches. Aquello no le importó demasiado, unos ojos sin boca no sirven de mucho. Las pestañas ya se las había quemado algún sol travieso y deshonesto, de aquellos que siempre buscan estar en el hemisferio equivocado del planeta, con la eterna cantinela, la copa de whiskey y los pantalones rotos y deshilachados.

     Después de mucho meditar, tiró los hombros de canasta a la papelera, con las cáscaras de los plátanos, los medicamentos caducados, los papeles sucios y las colillas usadas. Hasta nunca. Demasiado cansados siempre, demasiado pesarosos, demasiado bonitos también para quebrarse sosteniendo el peso del mundo. Se fabricó un hermoso columpio con los intestinos y ató sus extremos a dos estrellas de la constelación de Andrómeda. ¡Quién sabe, igual se rompía al primer uso, porque hay luces de estrellas que son de mentira y llegan a la puerta de nuestra casa cuando sus portadoras han muerto ya hace incontables milenios! Igual alguna sirena caprichosa, dueña de una supernova fugaz, se llevaba sus entrañas para jugar sin permiso en los confines de la Vía Láctea, como en una lejana discoteca iluminada por cientos de neones estropeados. Sí, en aquel mismo lugar donde aún hoy viven los corderos sin bozal y las rosas con sus pobres espinas.

    Le costó bastante más desprenderse del estómago, porque el estómago era astuto como una comadreja, más inteligente que su propio dueño y menos cobarde que el resto de vísceras. Tenía complejo de bohemio, espíritu de aventurero, alma de kamikaze y coraza de poeta. Pero a veces es necesario cortar por lo sano. Como un cirujano compungido, lo envolvió con mimo en una manta vieja, para que no pasase demasiado frío, y lo dejó a la orilla de un camino cerca del mar. Allí las madrugadas serían aterciopeladas y olerían a salitre y a nubes y a recuerdos del océano. Así las oscuras noches rellenarían los nervios de su tripa de luciérnagas artificiales. Los pulmones, sin embargo, no le produjeron la menor tristeza… ¡tantas veces lo habían dejado sin aire, tantas veces indefenso, sin cuchillo entre los dientes, como un Robin Hood extraviado robándole suspiros al viento! Los pulmones hacían siempre trampas, y eran unos soldados mercenarios, cobardes de mierda. Le dio más pena por el aire de otros que guardaban dentro, por las bocanadas del humo de otras bocas, por las gélidas vaharadas de aquellas mañanas de café y gasolina respirando a diciembre en cualquier balcón. Por las caladas de los lunes y los martes y los miércoles al sol y los vicios que descongestionaban el inaguantable bochorno de agosto. ¡Malditos pulmones que tiraban la piedra y escondían la mano! ¡Que se jodan!, gritó mientras los arrojaba a la sucia oscuridad de cualquier alcantarilla de mala muerte. Cuando por fin le tocó el turno al hígado no pudo por menos que sonreír al despedirse tras darle una palmadita cariñosa. Total, él creía en la reencarnación y así era todo mucho más sencillo. Además, el muy truhan lo había pasado de maravilla durante los últimos años. Escuchó como la melancólica melodía de la cisterna lo engullía hacia el metálico laberinto de tuberías. ¡Bon voyage, mon amour!

     En lo que respecta a la nariz, deshacerse de ella podría suponer mandar al carajo los siderales viajes de miles de aromas, fragancias y olores que habían compuesto el perfume de su historia. Pan recién hecho, tierra mojada, incienso, primavera, el jabón aquel de hierbabuena, café, lavanda, la humedad de los armarios, el suavizante de la ropa, la brisa del mar, los libros gastados y manoseados, la hierba del parque por la noche, los callejones de la ciudad y su aroma a versos urbanos llenos de rimas… Los olores de otros. De otras personas y de otros lugares y otros tiempos que ya nunca volverían a pasearse por delante de su ventana. Metió la nariz en uno de los buzones amarillos de aquella urbanización de las afueras en la que residían tantos ricachones idiotas, tal vez así alguien aprendiese a filtrar otros aromas mundanos que no fuesen solo piel y maquillaje. Como un sigiloso y clandestino Papá Noel, dejó la garganta en la chimenea, para que al menos se quedase tranquila con la anestesia del crepitar de las ascuas, y las perezosas bocanadas de hollín. ¿Y las piernas? Al vertedero más cercano, junto a sofás destrozados, maniquíes descatalogados y muñecas envenenadas de óxido. A bailar y trotar entre toneladas de chatarra, si aún les quedaban ganas. Porque siendo sinceros ¿para qué demonios sirven unas piernas si nunca sobra espacio y siempre falta tiempo?

     El maltrecho corazón, al Burger King del centro comercial. Dicen las malas lenguas que allí se come basura y no sería muy complicado que encontrase gentil acomodo entre sus mesas, con sus torpes latidos encharcados de ketchup, sus arterias sumergidas entre patatas grasientas, y así por fin se pudiese librar de su maldita arritmia y su caprichosa taquicardia. Y las venas… las sinuosas venas servirían para hacer graffitis, pues las calles huelen a sangre de todos modos y los impolutos muros han nacido para ser pintados.

     Pero, ¿y si volvían? Si volvían, ¿qué? ¿Si regresaban, todos ellos, más rebeldes y enfadados e insurgentes que nunca, y no atendían a razones como antaño, y conservaban su platónico amor por la guerra y la lucha constante y la contradicción y no por el pacifismo y la armonía? ¿Dónde podría esconderse entonces, qué haría llegado el caso? Porque reza un viejo refrán que, muerto el perro, se acabó la rabia. Pero se le olvidó añadir que los perros rabiosos nunca mueren del todo.



Juanma - 9 y 10 de Noviembre - 2016                                        

viernes, 4 de noviembre de 2016

TIC TAC

Tic tac. Tic tac. El tiempo se fuga en el devenir y rodar y deslizarse de las horas. Tú permaneces ahí, intentando guarecerte de los años en una cueva sin tiempo. Quieres detenerlo. Pero no puedes, algo te lo impide. Intentas conservar esos instantes eternos en tu memoria como el aleteo de una efímera juventud. La vejez te asusta, viene con su pesado saco de arrugas y huesos a la espalda y te hace mirar cara a cara al abismo.

Tic tac. Tic tac. No se detiene. Y esto desata el emerger de las prisas y olvidos que zarandean sin piedad tus angustiosos días. Pretendes conservar cada vivencia, atrapar su esencia, que tus recuerdos no se deshagan en mil pedazos como un puzle irrealizable. Se alejan. Y tú corres tras ellos. Pero es imposible alcanzarlos. Tiemblas hasta la extenuación, llevas al límite tu resistencia y dices no poder más. Te miras en el espejo de tus sueños buscando el reflejo de la eternidad.

Tic tac. Tic tac. Te enamoras de la aurora, de la luz del alba, pero ella te rechaza, huye de tus pasos cansados, desesperados, tristes. No queda otra salida. Cara a cara con la vida. Dejarse acariciar por los dedos del mañana. Aunque su caricia sea como el filo de mil navajas que dejan surcos a ras de tu esencia. Te desmoronas. Te pierdes. Caes a un pozo infinito cuyo fondo de lodo y púas te ahoga primero y despedaza después.

Tic-tac. Tic-tac. En ese momento despiertas. Confuso. Sin aire. Asustado. Miras el reloj y ves sus agujas marchando con cadencia militar hacia quién sabe qué guerra o batalla. Pero fuera de la prisión de los sueños no tienes miedo, ya no te dejas intimidar. Sabes que aún te queda toda una vida por delante. ¿Tic tac. Tic tac? Coges esa esfera atrapa tiempo y la arrojas por la ventana con la alegría de todas tus fuerzas. Hacia el ayer, el mañana o el nunca jamás... ¿Qué más da? Regresas a la cama y esta vez recibes a Morfeo con la eterna sonrisa de aquel al que ya no le importa el tiempo...



Juanma - 4 - Noviembre - 2016                                                    

viernes, 28 de octubre de 2016

EL FUNERAL

Había caído la noche como un manto fúnebre sobre el milenario castillo que coronaba la escarpada montaña. A lo largo de sus empinadas laderas se asentaba, en dispersos grupos de callejuelas y casas, el pueblo maldito. Las sombras se arremolinaban unas junto a otras dibujando un siniestro paraje. Se podía palpar el silencio sepulcral en las inquietas figuras que escudriñaban las impenetrables tinieblas. Una brisa furiosa despertó para unirse al espectáculo al mismo tiempo que tañían las campanas de la iglesia. Las ramas de los árboles gimieron bajo el azote del viento. Era el momento de encender las antorchas.

     El difunto yacía en su lecho mortuorio, pálido como una pequeña estatua de mármol blanco desafiando al más allá. Su rostro marchito y demacrado contrastaba con sus opulentos y oscuros ropajes: una larga túnica de varias capas de terciopelo rojo y negro. En el dedo corazón de su mano derecha lucía un hermoso anillo, con un íncubo y un súcubo entrelazados entre sí, en el que había engastado un brillante rubí. Los barrotes de la alta y enorme cama terminaban en siniestras gárgolas que escupían miradas de espanto y horror. Cientos de velas ardían temblorosas, dispuestas de forma irregular por toda la estancia. En calma y silencio, y de uno en uno, fueron desfilando ante él todos los habitantes del pueblo. No querían faltar a aquella cita ni perderse el adiós de aquel ser inmundo que en tiempos pasados había representado el huracanado azote de la maldad personificada. ¡Qué diferente parecía ahora, carcomido por la edad, subyugado por la muerte! Pese a todo, le seguían teniendo un pánico reverencial, un miedo atroz y cerval que no era, ni en su grado máximo, infundado. ¿Quién podía saber qué tipo de engendro o demonio podría aún insuflar vida en aquel cuerpo inerte? Todos le temían, todos se santiguaban y temblaban al darle la espalda. No se atrevían siquiera a mirarlo. ¿Para qué, si ya era pasto de gusanos y carne de mortaja?

     Había llegado la medianoche. La hora maldita de un día aciago y sombrío. Se percibía cierto alivio en sus rostros. No obstante, muchos de ellos se preguntaban en el cruce de sus miradas qué sería ahora de su existencia sin él. Durante todas sus vidas había sido él, desde los pasadizos, sombras y mazmorras de aquel temible palacio, quien mandaba, quien ordenaba, quien prohibía, amenazaba y azotaba con el látigo y su lengua viperina a sus fieles esclavos. No había dejado descendencia. Pese a que lo había intentado con insistencia durante su larga vida con todas las mujeres del pueblo, su semilla debía estar maldita, gracias a Dios. Por ello las despreciaba, torturaba y quemaba. Pero despreciaba también a los hombres, a los ancianos, a los niños... Despreciaba la vida tanto como su propia existencia. Ni siquiera para él mismo supo guardar algo de respeto, cariño o amor. ¿Pero cómo, si no los conocía? Siempre miraba con desdén y furiosa cólera a cualquiera que tuviera la mala suerte de toparse de frente con él, de encontrarse siquiera fugazmente con la mirada gris ceniza de aquellos demenciales ojos. Aquél que lo hacía, caía en desgracia para siempre.

     Aunque ahora, por fin, todo había terminado. Sin embargo, quedaba lo peor: el funeral. Se tenía por costumbre, en aquel entonces, coger el cuerpo sin vida y, bajo la luz de las antorchas, acompañarlo al cementerio para enterrarlo. El sitio de aquel engendro, en cambio, estaba en las criptas del castillo, junto a toda su execrable ascendencia. Pero nadie se atrevía a bajar hasta aquellas abominables estancias inmundas. Nadie había tenido tampoco el valor de mencionarlo. Ni siquiera para alzarlo a hombros y llevarlo al camposanto encontraban el arrojo y fuerzas necesarias. Todo estaba demasiado reciente aún y el temor seguía anidando dentro de sus corazones. Se miraron en silencio y, sin decir una sola palabra, todos decidieron lo mismo. Abandonar al difunto. Salir de aquel tenebroso lugar. Dejar las antorchas al lado del cuerpo y que fueran ellas las que se ocuparan de hacer el trabajo. Cabizbajos, desfilaron fuera de la lúgubre estancia. Sin mirar atrás, condenaron al olvido las siniestras salas y los escabrosos pasillos. Solemnes, pero asustados. Las llamas inmisericordes prendieron en las lujosas cortinas, en los antiquísimos muebles, en los exquisitos tapices. Los hermosos vitrales góticos del interior y los ventanales estallaron en mil pedazos. Y el maldito castillo ardió como una tea.

     Cada llamarada que se elevaba hacia el cielo, dibujaba sombras grotescas y deformes que sollozaban, gemían y aullaban. Se miraron aterrorizados. Sabían que alguna terrible maldición les sobrevendría por no haberle dado sepultura como era debido, en las criptas bajo la montaña. Y por haber prendido fuego a un milenario hogar, o tal vez un lugar anclado allí desde el origen de los tiempos, de seres abominables y sin nombre. Sin embargo, ya nada podía hacerse. O más bien, ya nada podía deshacerse. Y también, por primera vez en mucho tiempo, les daba igual. Tantos años de horrores y vejaciones, tantas generaciones de esclavos y torturados, tanta desgracia y sufrimiento por culpa de aquel ser vil y despreciable. El último de su estirpe. Reducido a humo y cenizas junto a los restos de su ancestral y diabólico linaje. Tuvieron que correr para escapar de las espantosas llamas. Lenguas de fuego que les seguían, que les llamaban, que les iban nombrando uno a uno. Huyeron a refugiarse al pueblo, al cobijo y calor de su santa y amada iglesia. Allí congregados, le rezaron, suplicaron y lloraron a su Dios. Pidieron perdón, hicieron promesas, se flagelaron y autoimpusieron severas penitencias…

     Pero ya era tarde. La maldición había surtido efecto y, en cuestión de minutos, el pueblo entero se vio envuelto en llamas. Nada pudo salvarse. Nada quedó en pie. Casas y cultivos, granjas y bosques… todo reducido a escombros humeantes. Todo, salvo la hermosa iglesia de piedra. Así que, en cierto modo, su Dios les había escuchado en el último momento. O tal vez la maldición no consiguió traspasar los muros de aquel lugar sagrado. En apenas un abrir y cerrar de ojos, lo perdieron todo. Sí, pero también habían logrado sobrevivir. Por lo tanto debían sentirse agradecidos. No era tiempo de arrepentirse o lamentarse. Llegaba el momento de comenzar de nuevo. ¿De la nada? Sí,  de la nada. Pero por fin sin la sombra de aquel tétrico castillo ni de la gélida y fantasmal  presencia de su último morador.


Juanma - 28 - Octubre - 2016                                                      

sábado, 22 de octubre de 2016

DESEOS

No perder el camino, ni el fuego, ni sus sombras ondulantes. 
No olvidar el mar, el río, las montañas y la tierra.
Enamorarnos.
Que siempre haya mapas y tinta y libros de papel.
Detener las máquinas para contemplar el firmamento.
Seguir aprendiendo. Aprehendiendo.
Barrer la monotonía de las calles.
Que, si me olvido, me enseñes de nuevo a soñar.
 Vaciar de enfermos los hospitales.
Y de crímenes las calles.
Escuchar la quietud del día mientras nace.
 Abrazarnos en esa hora en que la luz y el tiempo son etéreos.
Construir una góndola y navegar por los canales de los versos en las noches de poesía.
La ternura en los labios, en los besos.
Dibujar sonrisas en los paisajes tristes.
Curar de dolor el amor.
Una canción desconcertante de sensaciones.
Seguir sorprendiendo.
La música.
Tu risa.
Pasatiempos en la nubes.
Cruzar de tu mano el umbral de Fantasía.
Pintar miles de soles para borrar todas las sombras.
Que siempre haya magia en las dibujos de los niños.
Aullar a la luna llena.
Recorrernos la piel y las venas.
El primer llanto al nacer de los días tímidos.
Que siempre quede un remanso que alivie los desencantos.
Empaparnos del estremecimiento de unos ojos bohemios.
Que te quedes para siempre.
Atesorar el tiempo intangible entre las manos
Un pincel rebosante de colores y los bolsillos... de ilusiones.
La inocencia.
Ninguna lágrima en los ojos de los niños.
Atardeceres tranquilos.
Salas de espera vacías y corazones llenos.
Que me perdones los errores y los horrores.
El génesis naciendo de cada orgasmo.
Las aulas siempre abiertas y llenas de alegría, vino y filosofía.
Dejarnos llevar.
Cerrar los ojos y señalar un punto en un mapa al azar.
Baudelaire en todos los discursos e investigaciones.
Maestros y alumnos jugando juntos en los recreos.
El arte.
Esas noches soleadas y esos días bajo la luna.
Y las estrellas.


 Que siempre lluevan tardes de verano en la tenue luz de las alcobas.
Arroparnos las entrañas.
Ser tan solo culpables de no tener ninguna culpa.
Que los miedos sean fugaces.
Poder volar en pajaritas de papel.
Envolverme en papel de regalo para ti.
La extinción de las guerras y las cárceles y los zoológicos.
Miguel Ángel esculpiendo las formas de las ilusiones.
El interior de Lothlórien en tu mirada.
 Hacer de la razón nuestra locura.
La crucifixión de todos los sistemas, de todas las leyes, de todos los gobiernos.
Dormir siempre con un libro bajo la almohada.
Y con tu cuerpo entre mis brazos.
Tener siempre un alma que acariciar.
Un corazón que cuidar.
Un amor que alimentar.
La paz en todo y en todos.
Que las canciones y la poesía suenen en cada rincón del Universo.
No enfermar nunca, salvo de pasión.
Escribir relatos a la luz de las velas, velando, desvelando y revelando nuevas letras.
Finales felices en todos los diagnósticos.
Un viaje. Todos los viajes posibles.
Que la suerte sea buena para los pobres y afligidos.
Miríadas de rayos de luz en los tejados del mundo.
Oler la dulzura de las plantaciones de vainilla.
Abrigar el ánimo y el desamparo.
Un alma. Todas las personas.
Mecernos en los columpios cuando nadie nos vea.
Una pandemia universal de libertad.
Dormir bajo el cielo raso
Contar sus estrellas.
 Hacer manitas en cualquier sala de cine.
Un escondite mágico en cada lienzo y cada cuadro.
Una mirada extasiada plena de felices sentimientos.
Tejernos un jersey para el invierno con los hilos del arco iris.
Tumbarnos boca arriba mientras el día pinta amaneceres en el techo.
Un sinfín de mundos sin fronteras.
Y que siempre, en cualquier lugar, en todos los lugares, haya alguien que sueñe, que cuide, que cure, que proteja, que escuche, que cante, que baile, que enseñe, que construya, que invente, que entusiasme, 
que acaricie, que acompañe, que ría... y que ame.


Juanma - 22 - Octubre - 2016



                                                                                                 

domingo, 25 de septiembre de 2016

DEBAJO DE MI NOMBRE

"Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo."
("La Jaula" - Alejandra Pizarnik)


A veces sucede que no sé quién soy ni de dónde vengo y termino haciéndome preguntas sin respuesta; como, por ejemplo, por qué se quedó vacío el aire después de respirarlo. En otras ocasiones me busco sin encontrarme, sueño sin dormir, lloro dentro del agua o debajo de mi nombre. 

Cuando decido responder algunas de esas preguntas sin sentido me doy cuenta de que no puedo, de que la noche se encasquilla en mi lengua, o se desangra a punto de ebullición el líquido que se pasea entre la piel de las palabras y el nombre que les doy a mi ángel y demonio en esta especie de monólogo intrauterino. Necesito hablar con ellos, llorarles y llorarme, diluirnos los tres en un verso inmaculado e intacto; pero no están, o no estoy, y siempre despierto en un extraño jardín lleno de cruces y piedras donde se alzan al cielo desconsolados cipreses.

Podría afirmar que hay almas y signos y gestos que la niebla recuerda y la oscuridad no olvida, jirones de pasado y ombligos de memoria que el silencio no logra acallar. Podría jurar que todo es negro y todo duele y todo tiembla.

Ahora, y siempre que nadie me mira, me sumerjo en pozos olvidados, buceo en mares prohibidos, practico el vuelo sin motor y hago malabarismos con el Karma; mientras todos me saben, o piensan, o sueñan sentado tranquilamente frente a las llamas temblorosas de un fuego dormido.

Dormiría más tiempo, o más vidas, si el alma me dejara y los versos y los poemas no fueran truenos y relámpagos dentro de mi cabeza. No escribas, me digo, deja los versos para los poetas; ellos saben de métrica, no eluden la rima y entienden de poesía. No hagas de tu corazón estrofas rotas. Ni de tus lágrimas tanto verso a medias con alevosía. Polvo en el viento, polvo en forma de tinta sin melodía.

Lo que debes hacer, me susurro, es seguir con tus preguntas sin respuesta y no intentar desviar la atención hacia la periferia, hacia los suburbios del alma; a tu mente le da por centrarse en los golpes que da la ventana a tu espalda, sin nombrarte, sin acordarse de ti, y por eso cada dos bandazos miras por el rabillo del ojo para comprobar si se ha roto el cristal y por los huecos ha vuelto a entrar el crudo invierno con su intraducible y gélido viento de prosa fría.

Siempre lo has sabido, me repito; lo primero que has de hacer es adelantarte al otoño y a la caída de la hoja. Deshacerte de algunos pétalos de flor no es deshacerte de la flor misma ni sinónimo de lágrimas y llanto. Si te invade la melancolía puedes recordar los bosque perennes, la forma de las nubes o la brisa del mar, pero eso casi mejor dejarlo para la primavera. 

Porque todo lo que tienes y no tienes es lo mismo; lo tienes y no lo tienes a un mismo tiempo, tan cerca como si estuviera a tu lado, durmiendo en una habitación al fondo del largo y oscuro pasillo de tu existencia.

Y tan lejos al mismo tiempo.

Como una lágrima debajo de mi nombre...


Juanma - 25 - Septiembre - 2016

viernes, 2 de septiembre de 2016

RECUERDOS

¿Qué me sucede?

      »Verá doctor, creo que no hay adjetivos suficientemente minuciosos en los diccionarios humanos que puedan definir de manera verbal una sola minúscula porción de mi enfermedad. No es tristeza tal cual la distorsiona el diccionario: es una tormenta distinta, otro nervio, otra grieta, otro latido. No sería capaz de mostrarle paralelismos ni referentes vulgares como si hablásemos de tal o cual síntoma. Cuando tu vida tiene el pulso sosegado de un poema y el vértigo sonoro de una melodía, la televisión, el cine y los periódicos son apéndices inservibles, estúpidas deformaciones de la realidad. ¿Tal vez pude explorar hasta la médula las necesidades más remotas? Tal vez. Pero si al final descubres que ya no necesitas casi nada, ¿de qué te sirve? Comprendí que la ropa es un molde y la publicidad, un engañabobos; que las encuestas, las entrevistas, las pirámides laborales o las pegatinas sociales son etiquetas que te meten dentro o fuera del cajón impuesto por la norma omnipotente y omnipresente del Gran Hermano; o los himnos, las banderas, los prejuicios y los tópicos y mimetismos son códigos de barras con los que te tatúan la frente al nacer. Cada nueva oveja que ganan para el rebaño, cada cliché consumista, cada ilógica imposición ordenada desde las altas y camufladas esferas de la élite del poder, desde el corazón y las mismas entrañas de la máquina, es otro bautizo en la pila del esclavismo inconsciente. Existencias de cartón-piedra, insípidas, desvirtuadas… centradas siempre de forma exclusiva en el tener, jamás en el ser.

      »Porque, querido doctor, soy de la opinión de que ser más inteligente, ser más guapo, ser más famoso, apuesto o popular no es ser, desde luego, aunque lleven por delante tal verbo. ¿Está de acuerdo conmigo? ¿No lo sabe? Yo sí lo sé. No es ser. Es tener, es aparentar, es parecer, es decorar tu carcasa. Títulos, trofeos, diplomas, menciones, categorías, un ejército de amigos por Internet, el televisor más caro y moderno del mercado, operaciones de cirugía estética, un coche con marchas eléctricas y tropecientos caballos... Lo cierto es que, a veces, todo ese puñado de posesiones son obstáculos que te impiden ser consciente de que quieres tanto a otros seres humanos como para que se te salten las lágrimas a borbotones. Podríamos decir que, en ocasiones, las entrañas se escapan por los huecos del alma. Usted no parece ser consciente de todo esto, pese a haber estudiado el cerebro humano como si fuese el engranaje de un reloj, y sometido a cientos de personas a esos test tortuosos que descifran sus personalidades cual suero de la verdad, garabateando con opiniones personales sus expedientes y con la potestad suficiente como para drogarlos hasta las cejas. A pesar de que la edad me esté volviendo una persona moderadamente infeliz, y un quejica impertinente, no estoy loco. Echo de menos a todo el mundo, tan en carne viva que a menudo soy incapaz de soportar tanto dolor. Mi indomable espíritu reside desde hace tiempo en otra constelación lejana. Muéstreme algún camino que me salve de esta enferma sociedad, algún sendero que me lleve hasta al mismísimo fin del mundo. ¿Al patio de la comprensión infinita? Buena definición, doctor. Sí, tal vez ese sería un buen sitio donde comenzar de nuevo. O donde terminar para siempre, lo mismo da.

      »Juro que ahora mismo veo en su mirada una punzada de superioridad, de desprecio, de “otro hippie sin ambiciones, con déficit de atención y mono de drogarse hasta las cejas y mearse en el sistema”. ¿Sabe qué veo yo al asomarme a la ventana de mi habitación? Veo filas y filas de tejados espectrales adornados como un cementerio en ruinas suspendido en el éter; losas sepulcrales con las fechas medio borradas por el paso del tiempo y apiladas sobre sepulturas oscuras y mohosas, tétricas viviendas en las que se ha horadado un enjambre dantesco, el hervidero de pasillos, callejones y cuevas de los habitantes de una ciudad agonizante. Sí, es posible que el patio de la comprensión infinita se encuentre entre unos edificios abandonados, a apenas unos pocos metros de distancia de nuestra propia casa. Quizá carezca de electricidad, eso es algo obvio. Así que lámparas de aceite y velas serán nuestra luz. Sus paredes medio desconchadas, estarán pintadas de un azul luminoso, celeste. Cantaremos y bailaremos. Gemiremos y aullaremos, como lobos hambrientos de carne enamorada y noches eternas. Las horas se convertirán en siglos y la frustración no tendrá entrada por los poros de nuestra piel rejuvenecida. Esto no es una fantasía paranoide, aunque se lo parezca; no es Alicia a través del espejo, ni Oz, ni la Tierra Media. No me he bebido unos tragos de absenta. Tampoco tomo ácidos, ni tengo alucinaciones. Ni siquiera son estos los posos primigenios y sintomáticos de una depresión crónica. Lo único que sucede es que estoy enfermando de tristeza. Alguien me dijo una vez que el olvido enferma. Así que caeré presa en sus redes, no toleraré que sus tentadoras cápsulas de colores (no quiero la pastilla roja ni la azul), sus camas enmohecidas y sus enfermeras, que parecen todas clones de la misma señora cabreada con el mundo, me arrebaten a la fuerza mis recuerdos.

      »Porque los recuerdos son lo único que tengo, doctor. Son de dónde vengo y a dónde voy. Lo que soy y a lo que pertenezco. Son mi pasado, pero también mi futuro. Son mi camino, mi destino… y mi hogar».


Juanma - 2 - Septiembre - 2016                                                       

jueves, 25 de agosto de 2016

EL CINCUENTA POR CIENTO

Se escucha el entrechocar de copas y cubiertos camuflados entre risas ahogadas y ecos de conversaciones. Se palpa en el aire una festividad que no coincide con la furiosa tormenta que ruge tras los amplios ventanales: fuera de la casa, fuera de la celebración, fuera de la infantil ignorancia humana, del cálido refugio en el que nos sentimos a salvo, pensando que somos mucho cuando en realidad somos tan poco...
     Me siento a su lado, le acarició con suavidad el pelo y le pregunto si es feliz.
     "En un cincuenta por ciento", responde con voz apagada, casi ausente, haciendo precarios equilibrios con las sílabas. 
     La entiendo. Porque claro, en ese restante cincuenta por ciento hay dos mundos quebrándose, resbalando de su eje, desquebrajándose. Hay fiebre, sudores y recuerdos. Esquirlas, escombros y desacuerdos.
     Si uno se centra en los síntomas que siente concretándose en la enfermedad de la existencia, casi podría asegurar, con todo el derecho a equivocarse, que ese díscolo cincuenta por ciento es lo poco que queda de palpable realidad. 
     Una lágrima resbala por una de sus mejillas. ¿A qué cincuenta por ciento pertenece? Se la seco con un dedo mientras la noto temblar. Hago inventario de nuestros activos sentimentales: quedan más bien pocos, pobres y descuidados, ni salvajes ni dóciles, menos pasionales que despreocupados. Entender es una cosa y sentir es otra que no se le parece ni un milímetro. 
     La tormenta arrecia fuera. Truenos y relámpagos que ahogan los chistes y aplausos de la fiesta. La tomo de la mano con dulzura, explorando aquellas líneas que me sé de memoria y, sin embargo, a menudo me parecen tan extrañas. Las cosas no siempre salen como se planean. ¡Pero qué aburrido y gris mundo si así fuera!
     "¿Ya es tarde?", le pregunto. Se gira para mirarme, sus pupilas parecen observarme desde otro universo muy lejano. "¿Tarde para qué", parecen preguntarme a su vez. Pero como en un breve desgarrón de luz que se abriera en el manto de la oscuridad, noto que sus ojos vuelven de ese mundo perdido y regresan a aquella realidad. Resquebrajada, sí, pero aún en pie.
     "Nunca es tarde", responde con un brillo de esperanza en la mirada y un esbozo de sonrisa que es suficiente para empezar a pintar un hermoso retrato. Habrá que seguir haciendo malabarismos sobre el eje de la felicidad y del amor. Pero, ¿no merece acaso la pena? Tropezar, resbalar, caer, sí... Pero también levantarse, y abrazarse, y seguir. 
     "¿Bailamos?", digo incorporándome, pero sin soltar su mano. Por un momento parece dudar, pero se levanta tras de mí y dejamos atrás la aburrida fiesta y su tedioso entrechocar de copas y conversaciones vacías. Salimos a la noche y danzamos al son de la música de los truenos, empapándonos de lluvia y recuerdos cuando nuestros cuerpos vuelven a rozarse. Desde dentro nos observan como locos tras los ventanales. ¡Si supieran lo maravillosa que es la locura y lo triste que resulta su cordura...!
     Cierro los ojos un momento, intento fusionar en mi mente el cincuenta por ciento entero con aquel otro cincuenta quebrado, y balbuceo un minúsculo ruego a la eternidad.

Juanma - 25 - Agosto - 2016