jueves, 30 de junio de 2016

HÉROES Y CABALLEROS

En tiempos remotos, tras la cena y antes de emprender el camino rumbo a la cama en busca de dulces sueños, las familias se reunían alrededor del fuego del hogar y contaban historias sobre héroes y caballeros.
   Claro que, en tiempos remotos, había héroes y caballeros...

                                                                                              *  *  *

El camino que discurría por el bosque parecía olvidado a juzgar por su aspecto. Los hierbajos y matorrales lo invadían desde ambos lados de la espesura. La capa de musgo que cubría las piedras del camino indicaba que llevaba ya mucho tiempo sin ser transitado.
   La tarde sólo estaba mediada aunque, bajo la espesura del follaje, parecía que la llegada de las sombras de la noche fuera inminente. Un viento helado azotaba los árboles y los primeros copos de nieve de la temporada empezaron a caer.
   —Maestro, ¿cuándo me enseñará a manejar la espada? —preguntó el escudero.
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.
   Drake, el Gran Héroe. Muchas leyendas hablaban de él y su fama se extendía, como una brisa suave, de un extremo a otro de todas las tierras conocidas. Sobre él se contaban innumerables hazañas; que había salido victorioso en casi un centenar de combates cuerpo a cuerpo y vencido en una decena de justas a otros valientes caballeros y heroicos campeones; que había dado muerte a innumerables trasgos y trolls, e incluso a un dragón de las tierras de los volcanes de fuego; que había combatido en sangrientas guerras y batallas cantadas por bardos en hermosas canciones, conquistado reinos enteros para su Rey y robado los corazones de las más hermosas princesas; que había frecuentado la compañía de los más renombrados sabios, magos y druidas...
   Se contaban muchas cosas. Quizás incluso pocas. O tal vez demasiadas. Porque aquellas leyendas podían albergar en su interior tanto de real como de inventado. Y nadie que el muchacho hubiera conocido recordaba haber visto o tenido nunca constancia de nada de lo que en ellas se contaba.
   Sus misteriosos ojos negros, tan oscuros como abismos insondables, contaban que había vivido mucho y sus numerosas cicatrices narraban un duro y difícil camino por una vida que no había sido precisamente de rosas. Un profundo tajo recorría todo el lado derecho de su rostro, desde la oreja hasta la barbilla, convirtiendo aquella zanja en un erial donde la barba, que recorría en desordenados mechones blancos el resto de aquella geografía, no había vuelto a germinar.
   Ahora Drake, el Gran Héroe, se había convertido en un viejo arrogante y gruñón.
   —Pero Maestro —protestó Eric, su joven escudero—, siempre decís lo mismo...
   —Porque siempre preguntas lo mismo; las mismas estúpidas e inútiles preguntas —le interrumpió su mentor-; todo a su debido tiempo, muchacho, todo a su debido tiempo —Arreó su cabalgadura para que se pusiera al trote. El caballo, si es que aquel triste y escuálido jamelgo gris podía recibir tal trato de consideración dentro del  mundo equino, servía de montura para ambos jinetes, lo que acrecentaba aún más, si cabe, las fatigas y desdichas del rocín.
   —Pero ya llevo dos años con vos, he cumplido la mayoría de edad y aún no he aprendido a blandir la espada, ni a luchar cuerpo a cuerpo, manejar el arco o la lanza o montar a caballo —Suspiró Eric con tristeza—. Cuando me tomasteis como aprendiz a vuestro servicio, prometisteis hacer de mí un guerrero temible como vos, pero no he aprendido nada.
   —¿Cómo que no has aprendido nada? —preguntó Drake ofendido, con el semblante enrojecido de ira— ¿Sabes cuántos muchachos darían lo que fuese por ocupar tu lugar ahora mismo? ¡No, claro que no lo sabes! ¡No tienes ni idea! ¡Bastarían tan sólo mi consejo y compañía para hacer de muchos chiquillos enclenques, espléndidos soldados! Pero tú no haces más que hablar y protestar sin valorar siquiera lo que tienes. La paciencia y la espera son dos grandes virtudes del guerrero. Primero has de aprender a usar la cabeza; cuando estés preparado, aprenderás a usar el resto de tu cuerpo. ¿Cómo osas decir que no has aprendido nada?
   —Es que, con todos mis respetos Maestro, no he aprendido nada —afirmó de nuevo el muchacho—. En estos dos años lo único que he hecho es saquear casas abandonadas, husmear en cuevas y caminos y robar granjas, lo cual más que en escudero, me convierte en un ladrón.
   —¡Muchacho insolente! —rugió Drake deteniendo su montura. Se volvió para mirar cara a cara al chico— A eso no se le llama robo, sino supervivencia, y sirve para mantenerte con vida. Deberías darme las gracias aunque sólo fuera por conservarla todavía. A mí también me gustaría combatir, pero ya no hay guerreros ni caballeros por los caminos como antaño. Ni dragones. Y los trolls se han convertido en unos seres ridículos y estúpidos, cobardes y huidizos como ratas, que pasan el tiempo robándose las sobras de sus capturas los unos a los otros en la profundidad y seguridad de bosques perdidos. Los tiempos ya no son como antes, debes creerme; esta vida ha cambiado demasiado. Recuerdo que en mi juventud había batallas y duelos por doquier, en cada rincón de cada reino, y los dragones surcaban el cielo por parejas escupiendo leguas de fuego...
   —Bla, bla, bla... bla, bla, bla... —se burló el escudero en voz baja.
   —¿Decías algo muchacho? —preguntó Drake.
  —Nada, Maestro, escuchaba con atención. Ya sabe que los relatos de sus hazañas me entusiasman; continúe, se lo ruego.
   —Gracias, hijo —contestó el héroe orgulloso—. La primera princesa que rescaté era hija de un gran rey, ¿sabes? —Y Drake siguió su relato mientras el aprendiz se quedaba dormido en la grupa del caballo apenas hubo reanudado el hombre su relato.

                                                                               
                                                                                               *  *  *

—Maestro, ¿cuándo me enseñareis a cazar?
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.
   —¿Por qué no mañana? —insistió Eric.
   —¿Y por qué tanta prisa? —Drake lanzó una mirada suspicaz al muchacho. Estaban sentados al pobre calor de una triste hoguera, disfrutando de una insípida y frugal cena. Aunque a decir verdad, no podría decirse que estuvieran disfrutando demasiado, ni que lo que tenían en sus platos pudiese llamarse cena; un par de nabos asados y unas cuantas castañas medio podridas y comidas por los gusanos, lo poco que había sido capaz de encontrar el chico.
   —Quizá por comer algo de carne de vez en cuando. Ya que vos no os decidís a usar vuestro legendario arco, he pensado que tal vez pudiera hacerlo yo —replicó con ironía.
   —¿Cómo te atreves? —bramó el maestro levantándose— ¿Acaso te ha faltado comida algún día o cena cualquier noche?
   —No, Maestro —afirmó el muchacho—. No, si al hablar de comida os referís a esas bayas, raíces, frutas podridas y verduras marchitas que encontramos por casualidad en nuestro camino —añadió.
   —¿Has olvidado ya acaso la suculenta carne de ciervo que cenaste la otra noche y que yo cacé? —preguntó  dolido el caballero.
   —No, Maestro —suspiró su pupilo—, no he olvidado esa sabrosa carne de venado. Pero cazar, lo que se dice cazar... —Hizo un enorme esfuerzo por contener la risa, cosa que a duras penas consiguió— Si no recuerdo mal, aquel pobre ciervo había caído presa en una trampa que no era vuestra. Vos tan sólo tuvisteis que hundir vuestro cuchillo en el cuello del animal atrapado, destriparlo y asarlo. A eso no se le puede llamar caza, en mi país se lo conoce como robo o hurto; en la más amable de las definiciones, suerte... mucha suerte —añadió en el mismo tono socarrón y mordaz de antes.
   —¡Ya basta muchacho! —gritó Drake dando una patada a la lumbre y esparciendo las escasas brasas que había sido capaz de dar a luz el lastimero fuego— Lo que hay en el campo es de todos. Y si mi perspicaz vista de halcón e intuición de cazador no hubieran reparado en la presencia de aquel animal debatiéndose en su prisión, tú jamás te habrías deleitado con el sabor de su carne —arguyó con arrogancia—. Has de saber que el ayuno también es parte esencial de las enseñanzas que te estoy impartiendo e inculcando, porque es una faceta importante y primordial en la vida del ermitaño; pero tú no pareces apreciar ni agradecer nada. Con el estómago vacío se piensa mejor, se trabaja mejor...
   —No discuto su experiencia —le interrumpió Eric—. Pero si en algo le interesa mi opinión, he de decir que yo reflexiono, pienso, trabajo y duermo mejor con el estómago lleno. Y total, para lo que trabajamos...
   —¡Tú que sabrás! —replicó el maestro— Además, si no estás a gusto  conmigo, ya sabes dónde está la puerta; es bien grande y hermosa —Eric miró hacia la dirección que le señalaba con el dedo, hacia la imaginaria puerta que se escondía entre la enmarañada oscuridad del bosque, y sonrió pensando que quizá estuviera cerrada—. Eres mi aprendiz y escudero, no mi rehén. No necesito una maldita cotorra gruñéndome al oído todo el santo día. Puedes marcharte cuando quieras, en el momento en que lo desees. Aunque sin mí, no llegaras demasiado lejos. De eso puedes estar seguro.
   —Yo no he sugerido que quisiera abandonar vuestra seguridad y compañía...
   —Entonces, ¿qué graznas, corneja?
   —Tan sólo comentaba que si aprendiera a cazar, tal vez podríamos cambiar alguna noche los puerros y zanahorias por un poco de conejo asado o una buena pierna de jabalí.
   —¡Déjalo ya! ¡Aprenderás a cazar a su debido tiempo, cuando estés preparado! Es hora de dormir, esta noche te toca hacer la primera guardia.
   —¡Siempre me toca hacer la primera guardia! —protestó Eric.
   —Cuando seas héroe, comerás huevos —sentenció el maestro.
  —Además —añadió el chico, no exento de razón—, ¿para qué necesitamos montar guardia? ¿Qué van a robarnos si no tenemos ni dónde caernos muertos? ¿Ese adefesio de jamelgo escuálido? —preguntó a la vez que el caballo relinchaba, como ofendido y dándose por aludido por las palabras del escudero— Quizá sería mejor que se lo llevaran, estoy convencido de que avanzaríamos más rápido a pie.
   —Mucha gente mataría a un gran caballero como yo tan sólo por la fama que podría reportarle, muchacho. Anda, hazme caso y deja de discutir; haz la primera guardia —dijo metiéndose bajo sus mantas.
   —No es justo —empezó a replicar Eric, pero escuchó los ronquidos de Drake y se dio por vencido, así que guardo sus súplicas y peticiones para otro momento mejor. Sabía lo que sucedería aquella noche; la primera guardia se convertiría en la única guardia, el Maestro dormiría toda la noche y sólo al amanecer, después de haber roncado a pierna suelta, se despertaría y le dejaría a él dormitar un par de horas. Luego le despertaría sobresaltado, como si se acabara el mundo, y volverían a cabalgar otro largo y duro día, igual que todos, sin rumbo fijo ni propósito conocido, tras las sobras y desechos de ladrones y mendigos. Miró las brasas esparcidas ya casi apagadas, y a continuación al cielo. Se veían algunas estrellas por entre las ramas de los árboles. Por suerte, aquellos primeros copos del atardecer se habían quedado en un aviso, un vago y tímido intento de nevada. De no ser así, quién sabe si hubieran sobrevivido a aquella noche.
   —¡A la mierda! —protestó y se arrebujó lo mejor que pudo él también bajo el calor y abrigo de las mantas. Aquella noche hubo dos coros de ronquidos en vez de uno solo.

                                                                                            *  *  *

—¡Te has quedado dormido, holgazán! —Le despertó el bramido de Drake. A continuación sintió el impacto de una patada en las costillas. Se levantó de un salto. El maestro estaba furioso— ¿Cómo te atreves a quedarte dormido y poner en peligro nuestras vidas?
   —Tenía mucho sueño... —titubeó.
   —Podían habernos degollado... o algo peor. ¿Acaso quieres ser pasto de los buitres?
   —Lo siento...
   —Con sentirlo no vas a salvarnos de tus errores y despistes. Espero que no se vuelva a repetir —Y lanzó una hosca mirada de reproche a su aprendiz—. Ahora vamos, me ha parecido escuchar voces no muy lejos de aquí. Con suerte quizá nos topemos con un suculento botín.
   Subieron a su montura. El corcel lanzó un bufido de resignación y, tras pensárselo con calma y recibir un par de golpes  de fusta en el costado, emprendió la marcha con lentitud, casi con pereza, como si cada pata tuviera que pedir permiso a las demás para avanzar.
   —Maestro, ¿cuándo me enseñará a defenderme?
   —Otro día, quizá... —afirmó Drake.
   —¿Cuándo? —insistió Eric.
   —¿Cómo quieres que lo sepa? —gruñó el viejo— Hoy no, desde luego. Tenemos mucho trabajo. Además, ¿para qué quieres aprender a defenderte? ¿No te basta acaso con mi protección? —El muchacho soltó una carcajada— ¿De qué te ríes? —preguntó Drake volviéndose hacia su pupilo.
   —Recordaba aquella vez en que unos salteadores de caminos aparecieron de repente detrás de unos árboles impidiéndonos continuar nuestra marcha, y vos salió corriendo... —Volvió a reír—, corría como alma que lleva el diablo jajaja... como un caballo desbocado jajaja...
   —Sigues sin comprender nada, ¿verdad? —Se defendió el héroe ruborizándose, pero aparentando estar cargado de razón— No sé para qué me esfuerzo contigo si todo es inútil. Nunca aprenderás.
   —¿Y cuál se supone que es la moraleja de aquella aventura, Maestro? —preguntó el chico sin poder dejar de reír.
   —En primer lugar, deberías aprender algo de educación. ¿Quieres parar de reír de una maldita vez? —Eric obedeció, aunque muy a su pesar— Si salí corriendo aquel día, fue únicamente para salvarte la vida. Al correr, traté de hacerlos venir tras de mí, dándote así a ti una oportunidad de escapar y salvar el pellejo.
   —Pues no funcionó demasiado bien, a juzgar por lo sucedido. Si mal no recuerdo, los dos bandidos se quedaron conmigo. Vos huyó y me dejó solo.
   —¡No estabas solo, presuntuoso chiquillo desconfiado! Yo vigilaba escondido tras unos matorrales cercanos, con una flecha presta en mi arco. En cuanto uno de ellos se hubiera acercado un sólo paso más hacia ti, habría caído ensartado bajo una de mis saetas. Ellos lo sabían, pues me habían reconocido, y por eso decidieron dejarte en paz y seguir su camino. Te salvé la vida.
   —Pues yo creo que si me dejaron en paz fue más bien porque vieron que éramos aún más pobres, ladrones y desgraciados que ellos. Si hasta nos dejaron comida y se mofaron del caballo...
   —Eso fue porque sabían con quién se la estaban jugando.
   —¿Y por qué, entonces, tardasteis tanto en volver?
  —Porque necesitaba cerciorarme, asegurarme de que se habían marchado de verdad y el peligro había pasado por completo.
   —Ya... —dijo Eric, y volvió a reír.
  —Muchacho, algún día te llevarás un par de buenas bofetadas. Te las estás ganando a pulso con tu insolencia. De seguir así, tendré que buscarme otro aprendiz, pues no pareces merecedor de mis  preciadas enseñanzas.
   —Lo siento, Maestro —se disculpó con sorna el escudero.
   —¡Chisssssst! ¡Silencio! —le hizo callar— Mira allí delante —le susurró. En la entrada de una pequeña gruta había dos viajeros saboreando un suculento almuerzo. Sus espléndidos caballos tenían las alforjas llenas.
   —Deben ser ladrones, y lo que llevan ahí un gran tesoro —Le señaló el viejo—. Nos acercaremos con cautela por la espalda. Yo llevaré mi cuchillo de caza, tú blandirás mi espada.
   —Pero si está mellada, Maestro... y parece una vieja sierra oxidada. No me servirá de mucho. Además, gracias a alguien que conozco, no sé usarla. Quizá otro día... —Se burló.
   —¡Cállate! —le espetó el maestro— No necesitas usarla. Sólo hemos de asustarlos y desarmarlos. Después les ataremos y huiremos con el botín.
   —Y según vos eso no es robo, sino supervivencia, ¿verdad?
   —Así es.
   —Ya.
  —¿Quieres dejarte de cháchara? Si seguimos aquí hablando, terminarán por descubrirnos —Drake le tendió la vieja espada mellada y sacó el cuchillo de una de sus botas. Puñal que, por cierto, estaba también cubierto de óxido y no ofrecía un aspecto mucho más saludable que el de la espada—. Ve tú primero —le ordenó el caballero.
   —Pero... —protestó Eric—, vos sois el experto, el maestro y el guerrero. Es lógico que me guiéis. Yo no sé nada de estrategia ni combate. Vos no me habéis enseñado nada.
   —¡No me contradigas! —le susurró el maestro con indignación— Iré detrás para cubrir la retaguardia. Puede que haya más bandidos rondando en las proximidades.
   —¿Y por qué tembláis?
   —¿Cómo dices?
   —La mano que empuña su cuchillo tiembla como un flan en la mano de un anciano, ¿tenéis miedo? —El guerrero miró su mano temblorosa; parecía aterida de frío, aunque era otra la causa que provocaba el temblor. Se la sujetó con la mano libre.
   —¡No es miedo, insolente! Es la excitación, la adrenalina, la emoción del combate durante tanto tiempo olvidada...
   —Ya —concluyó el aprendiz y haciendo acopio de valor, el cual no le faltaba pues era un joven valiente, avanzó hacia la cueva con determinación, con el Gran Héroe cubriéndole las espaldas de unos enemigos invisibles. Todo parecía ir según lo previsto hasta que, a tan sólo unos pasos de los  indefensos bandidos, el hábil y experto estratega Drake pisó una rama que se quebró bajo su peso. El crujido alertó a los bandidos que de un par de veloces y gráciles movimientos se volvieron hacia sus atacantes blandiendo dos enormes espadas bien forjadas, cuyo espléndido acero lanzaba destellos de hielo.
   —Venimos en paz —graznó el viejo lanzando el cuchillo lejos de si y alzando las manos en señal de rendición—. No nos hagáis daño, nobles señores. Os habíamos confundido con otros. Desde lejos, y de espaldas, no se os veía bien. Nos han dicho que rondaban por aquí cerca varios bandidos que habían secuestrado a una muchacha —los dos hombres se miraron sorprendidos, con una mezcla de burla y compasión en sus rostros.
   —Es la prometida del muchacho —continuó volviéndose hacia Eric. El chico lo miró estupefacto, con los ojos como platos—. Es joven, ya sabéis, pero se está haciendo un hombre. Él lo ignora, pero por las noches observo como su mano se mueve bajo las mantas —los dos salteadores no sabían si se encontraban ante un loco chiflado, un charlatán o un pobre diablo; puede que las tres cosas al mismo tiempo. Rieron divertidos al ver el semblante de pánico con el que el viejo miraba sus espadas—. Se da tanta maña en esos menesteres, que aprender a usar la espada ha sido un juego de niños para él...
   —Pero Maestro... —empezó a protestar el muchacho intentando defenderse.
   —¡No me interrumpas! ¡Y envaina esa espada, que estamos ante gente de bien! —Se volvió de nuevo hacia aquellos hombres— Había pensado que ya era hora de que se casen,  el chico aún no sabe lo que es el calor de una mujer por la noche, y ya va siendo hora de que lo aprenda. Pensé que esos bandidos andaban en esta gruta al escuchar ruidos, y decidimos venir hasta aquí para liberar a la chica...
   Pues claro que no sé lo que es el calor de una mujer, pensó Eric. Si encontramos una mujer por el camino, es para el maestro. Si encontramos dos, son para el maestro. Si encontramos tres, son también para el maestro. Yo aún soy demasiado joven....
   Otro día, quizá..., le decía el maestro cuando le preguntaba.

                                                                                           *  *  *

—Maestro... —susurró Eric.
   —¿Qué? —respondió aquél cabizbajo.
  —Siento haber dicho anoche aquello de que ojalá y nos robaran el caballo. Era lento, torpe y feo como un dolor, pero era mucho mejor que caminar a pie...
   —¡Calla! —gruñó el anciano.
  —Y si conserváramos aún nuestras ropas, tal vez no tendríamos que combatir el frío con estas pieles hediondas...
   —¡Calla!
   —Menuda idea la de robar a unos ladrones...
   —¡Qué te calles he dicho! —gritó enfurecido.
   —¿Por qué no les plantó cara, Maestro? Vos sois Drake, el Gran Héroe. Si yo supiese luchar...
   —¡Cierra esa bocaza de una maldita vez! La tarea de un héroe es la de batirse en duelo o justar con otros caballeros, combatir en grandes batallas, rescatar princesas, conquistar reinos...; las peleas entre ladronzuelos de poca monta no son para nosotros.
   —¿Y por qué insistió entonces en robarles?
  —Por ti. Quería que tuvieses por fin una oportunidad de entrar en acción. ¿No era eso lo que tanto deseabas?
   —Ya, sin haberme entrenado antes, ¿verdad? —replicó con sorna— ¿Y a qué cuento venía esa absurda historia sobre bandidos y mi prometida secuestrada?
   —Para salvar nuestras cabezas, muchacho. De no ser por la rapidez de mi ingenio y decisión, ahora mismo sin duda estaríamos criando malvas.
   —Ya veo. Por cierto, Maestro...
   —¿Qué?
  —Es usted el que juega por las noches bajo las mantas, no crea que no me he dado cuenta. Y sin compañía...
   —¡Calla! —rugió Drake.
   Eric rió divertido. Sabía que su maestro no era un gran héroe. Por lo que sabía, quizá la historia del Gran Drake existiera desde hacía siglos. Tal vez milenios. Puede que fuese una leyenda que se contara desde siempre a los niños junto al fuego en las frías y largas noches de invierno. Sabía que sus heridas y magulladuras eran producto de las palizas que había recibido por meter las narices en asuntos de otros y vidas ajenas, y que aquella enorme cicatriz que le desfiguraba el rostro seguramente fuera un castigo, escarmiento o ajuste de cuentas. Sabía que la luz de aquellos profundos ojos, oscuros como una noche sin estrellas, no denotaba valentía o sabiduría, sino la astucia y picaresca de un viejo zorro. Sabía que nunca había luchado, rescatado princesas o matado trolls, no digamos ya un dragón; y que ni siquiera sabía cazar, disparar el arco o manejar la espada. Y que por aquella sencilla razón, jamás le enseñaría. No era más que un vulgar ladronzuelo, un viejo pillín astuto como un zorro, pero a la vez cobarde como una gallina. Pero le gustaban la compañía y ocurrencias de aquel pobre viejo que se creía a si mismo un gran héroe. No tenía otro sitio adónde ir. Y además, le había cogido cariño.
   —Maestro, ¿cuándo rescataréis una princesa para mí?
   —Otro día, quizá... —contestó Drake.

                                                                                           *  *  *


En tiempos remotos, tras la cena y antes de emprender el camino rumbo a la cama en busca de dulces sueños, las familias se reunían alrededor del fuego del hogar y contaban historias sobre héroes y caballeros.
   Claro que, en tiempos remotos, había héroes y caballeros...


Juanma - 30 - Junio - 2000                                                         



   
   


viernes, 24 de junio de 2016

SANGRE (CAPÍTULO IV)

CAPÍTULO IV


“Lo noto más relajado y tranquilo, querido amigo. Sin duda, la noche de descanso le ha aconsejado bien…
     ¿Cómo? ¿Qué apenas ha dormido?... ¡Vaya! ¡No sabe cuánto lo lamento!... Debí suponer que tantas informaciones de golpe, tantas revelaciones, tantas respuestas halladas y tantas preguntas aún por encontrar, quitarían el sueño a cualquier… humano. Nosotros, en cambio, no tenemos tal problema. Dormimos como troncos, si me permite utilizar esa expresión tan vulgar. Cuando nos vamos a descansar, lo hacemos a conciencia. No nos turban esas mundanas preocupaciones y absurdas obnubilaciones que nublan y atormentan las mentes y sueños de los mortales. Ese divagar en vacuos recuerdos o pensamientos, ese pueril y estéril intento de organizar al detalle el día de mañana y lo que vendrá, ese incesante arrepentimiento por los errores del pasado y el dar vueltas a asuntos que ya no tienen arreglo y a tiempos que no volverán… ¡Ay, qué desdichados son ustedes a veces! ¡Qué superficiales y profundos al mismo tiempo!
     Ya me pongo a divagar de nuevo… Como ve, cada uno tenemos nuestros errores y virtudes. Pero, como le decía, le noto más relajado. Y, si no se debe al reposo, debo entender que es producto de una mayor confianza hacia mi vampírica persona. Eso está bien, es señal de que empezamos a conocernos… y debe confiar en mí. No le queda otra, claro está. Aunque ya le he asegurado que no tengo la menor intención de hacerle ningún daño. Así que sentémonos, ponga en marcha ese artilugio del demonio y continuemos con mi relato…
     Tras las pesadillas, desperté tumbado sobre el suelo pedregoso de aquella cueva. No podría asegurar si habían transcurrido minutos, horas o días de mi estado de sueño o letargo. El fuego estaba apagado y el viento que se colaba sin compasión en la galería era glacial. Sin embargo, no tenía frío. Aquella sensación térmica que afectaba a mi cuerpo mortal, había desaparecido.
     Arkanti también se había esfumado. Pero podía notar su olor a mi alrededor, como ecos de su presencia reverberando en el aire gélido: una mezcla de sangre, semen, humedad y almizcle. Caí en la cuenta de que todos mis sentidos humanos se habían agudizado de manera ostensible: era capaz de diferenciar mil aromas distintos de mi antiguo mundo y otros tantos aún desconocidos para mí, y saber, al mismo tiempo, el punto exacto de su origen y procedencia; el oído me avisaba de multitud de sonidos a mi alrededor que pareciera tener dentro de la mente, seres reptando o arrastrándose por el suelo, una gota de agua resbalando por la pared, el susurro de voces en el viento y lamentos entre las sombras; mi vista también era más aguda y escudriñaba seres ocultos en las tinieblas, formas invisibles y terroríficas, colores más espantosos que el mismísimo arco iris del infierno…
     ¡Oh, aquello era maravilloso! ¡Sensaciones inauditas para el ser humano! Ahora ya me he acostumbrado, pero aquel primer momento… Fue un renacimiento, como descubrir un universo mágico agazapado debajo de aquel otro tan triste y lánguido que yo había conocido como humano. Tan real y vívido como un súbito despertar. Onírico, como una pesadilla inquietante y terrorífica, se movía a mi alrededor como las ondas refulgentes de un estanque que reptan hasta la orilla. Me sentía tan vivo y despierto e inconmensurablemente feliz… ¡Era como tener un nuevo cuerpo, Víctor! ¡Un cuerpo cien veces más hermoso, fascinante y poderoso que el anterior!
     ¡Y tenía hambre! ¿O sería más correcto decir sed? Quizá usted no pueda entenderme sin conocer la sensación… Era hambre; pero no de algo sólido. Y no era sed; aunque, sin embargo, lo que mi cuerpo necesitaba para saciarse era un líquido elemento. ¡Sangre! ¡Necesitaba sangre! Pero no me urgía como en mi anterior vida mortal. No era sangre por deleite, por lujuria o por sádica perversión. Era algo más: una necesidad acuciante, un elixir para aquella nueva existencia. ¡Alimento para mi supervivencia!
     Me levanté y salí de la cueva a disfrutar de mi espléndido cuerpo y de todos los placeres y horrores que intuía se me prometían y avecinaban. Y entonces, en la puerta de aquella gruta que cambió mi destino, apareció ella. Me estaba esperando.
     ¡Lilith! ¡La bella y terrorífica Lilith!

     No podéis imaginar una criatura igual, amigo Víctor. Ni siquiera parecida. Era hermosa y terrible al mismo tiempo. No hay palabras en el lenguaje humano que le puedan hacer justicia. El orden y el caos del universo refulgían como destellos atemporales en su iracunda y celestial mirada. Sus cabellos eran rojos y corrían en cascada, como rugientes ríos de fuego, por toda su nívea espalda. Su piel era tersa y pálida, y su rostro como una hermosa máscara de porcelana. Sus ojos eran verdes cuando estaba serena, y rojos como la lava de un volcán cuando la ira ardía en su interior. En un breve pestañeo escudriñaba todo tu pasado y todo tu futuro, te desnudaba el alma, te desarmaba hasta las entrañas… Sus labios eran carnosos, rojos como la sangre y peligrosos como el infierno. Podría describirla como una guerrera del inframundo, una diosa de hielo y fuego.
     Lilith era otra de Los Antiguos. Para ser más justos, habría que decir que era la madre de todos Los Antiguos…
     Así es, Víctor. Lo ha adivinado usted. Hablo de Lilith, esa que dicen fue la primera mujer de Adán en el Paraíso, la que compartió su lecho mucho antes que Eva. La misma que no se menciona en la Biblia y que el cristianismo ha borrado de su pasado y de la historia. Aquella de la que también cuentan que abandonó el Edén y a su compañero por decisión propia y se unió a Samael, el ángel del Quinto Cielo que también renegó de Dios y se convirtió en demonio.
     Ha adoptado innumerables formas a lo largo de su existencia. Y por incontables nombres ha sido llamada también. En tiempos inmemoriales, en forma de súcubo alado e incandescente de extrema belleza, se apareó con otros ángeles caídos que también habían abandonado el mundo prisionero de aquel Dios hipócrita y esclavizador. De aquella sangre y semen malditos, dentro de su mismo vientre, engendró a Los Antiguos. Ella misma los dio a luz y amamantó con la sangre que manaba de sus pezones.
     Los Antiguos fueron nueve: Nachzeher, Neuntoter, Caorthannach, Ubour, Uttuku, Arkanti, Viesczy, Zmeu y Volkodlak. Sus vástagos de primera generación fueron conocidos como Los Inmortales. Y se dice que hay entre treinta y siete y cuarenta y tres generaciones hasta los nuevos upyr de hoy en día.
     No, yo pertenezco a una generación de última hornada como dirían ustedes, querido amigo. Recuerde que nos remontamos a tiempos del mismísimo Adán y el Paraíso. No lo sé con exactitud, pero mi generación rondará la trigésima más o menos. Podría decirse que, dentro de la escala vampírica, no soy gran cosa.  
     Y, antes de que me lo pregunte, no: tampoco he conocido a todos los Antiguos. Ni siquiera sé si siguen aún con vida. Conocí a Arkanti, por supuesto, mi creador, mi padre, mi mentor… También a Zmeu y Neuntoter. Y a los hijos de Caorthannach.
     Pero volvamos a ella, a la madre de todos: la misteriosa, dulce y lujuriosa Lilith…


Continuará...


Juanma - 24 - Junio - 2016

miércoles, 22 de junio de 2016

EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS

Érase una vez una niña que soñaba con caminos de baldosas amarillas...


Los días de colegio le resultaban aburridos, como una cueva llena de trampas o un laberinto sin salida, y no le gustaba estudiar. Se dedicaba a soñar durante los recreos, a imaginar mundos de magia y fantasía y a no salirse de las líneas cuando coloreaba en clase de dibujo. El verano, en cambio, era diferente. Le emocionaba que sus padres la llevaran de vacaciones al bosque o la montaña. Se acomodaba alegre en el asiento de atrás, bajaba la ventanilla y dejaba que el aire travieso que se colaba le alborotara el pelo y le hiciera cosquillas en las pestañas mientras intentaba hacer desaparecer las pecas de su cara con trucos de prestidigitador.

En estos viajes, casi siempre demasiado largos pero divertidos, la niña soñaba con ser mayor para poder cumplir su sueño. Se imaginaba en una pequeña y graciosa cabañita de madera, aislada y apartada del resto del mundo, imaginando, escribiendo y dando vida de la nada a reinos y países inconquistables o planetas y universos imposibles. Todavía no le había puesto nombre a ese sueño, pero conocía de memoria sus cientos de apellidos. Quería ser la creadora y exploradora de todo aquel mundo que, secretamente, amaba.

Pero al mismo tiempo, como a cualquier otro niño, también le gustaba llegar a su destino estival. Y jugar a adivinar formas de caballeros y princesas por entre las sombras de los árboles, o corretear con alborozo detrás de las ardillas. Su padre la acompañaba siempre al río y la sujetaba con cariño, mientras sumergía sus pies en el agua casi helada, para que la corriente no la arrastrara. Cuando, a finales de verano, bajaba con poco caudal, se bañaban juntos cerca de la orilla y, a menudo, su madre les reñía... aunque siempre con una amplia sonrisa de amanecer y primavera, como la del gato de Cheshire.

Ella no sabía, y tampoco le importaba demasiado, lo que era crecer. Los niños siempre saben soñar despiertos. No pensaba en "aquellas tonterías y conversaciones absurdas del mundo de los adultos" o en "buscar algo más realista sobre lo que inventar y escribir". Cuando la rutina la asfixiaba, cerraba los ojos y viajaba a algún paraíso lejano donde los gritos y el dolor no existían, donde todo estaba pintado de nieve como el blanco de sus dientes cuando reía y donde era capaz de respirar incluso debajo del agua. Se limitaba tan solo a vivir. A soñar. A imaginar caminos de baldosas amarillas. Y a reír...


Juanma - 22 - Junio - 2016

jueves, 9 de junio de 2016

AMANECER

En aquellas cálidas y postreras noches de verano, tenía por costumbre salir de la casa a fumar una pipa de tabaco antes de irme a la cama. Esto era del todo imposible en los gélidos y quejumbrosos crepúsculos de invierno. Me sentaba en la puerta, o apoyado en el tronco de algún árbol, y allí fumaba mientras contemplaba las estrellas y los difusos contornos de las lápidas y mausoleos del cementerio. La mansión estaba construida sobre una pequeña colina. En el lado norte, y a los pies de esta, se hallaba el antiguo camposanto. Y unos centenares de metros más allá, el pueblo de mis ancestros ya deshabitado. Nuestra mansión era el último vestigio de vida en aquellas tierras. Unas tierras yermas, desoladas y baldías.
     Tras terminar mi pipa volvía a la casa y me sentaba un rato a leer en la biblioteca hasta que Sophie me llamaba para irnos a la cama. Uno se acostumbra con el tiempo a realizar los mismos rituales en su vida. Como si cada movimiento fuese una oración, y cada gesto un ungimiento. Inventamos ceremonias y les insuflamos vida. Tal es la rutina de la vida. Así que allí me tomaba una copa de brandy o whisky mientras leía y rememoraba algún pasaje de mis libros preferidos: “Moby Dick” de Herman Melville, “Madame Bovary” de Gustave Flaubert o “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde. Me sumergía en aquellas páginas mientras escuchaba los mil y un sonidos de la melodía de la noche a través de los ventanales abiertos del salón. O bien me quedaba absorto contemplando los retratos de William y Gloria, mis padres, que adornaban la pared principal de la estancia. Allí estaba el recuerdo de mi padre aún vivo en aquellas pinceladas congeladas para la eternidad: su expresión fría y severa, su aire de autoritaria distinción, sus facciones aguileñas y nerviosas, a las que ciertamente el pintor había hecho justicia. Y las de mi madre: su porte elegante y gentil, su mirada translúcida y serena, su belleza sin par vigilando, más allá de la muerte, todo cuanto sucedía en nuestra casa.
     Cada noche escuchaba a Sophie terminar sus tareas. Cerraba el libro que tenía sobre mi regazo y me levantaba, sin prisa, a cerrar las vidrieras del salón, cuyos dibujos de colores representaban escenas de una batalla, y correr las suaves cortinas de terciopelo.
     —James… —Aquella noche la melodiosa voz de Sophie susurró, como siempre, mi nombre a mis espaldas. Me volví para encontrarla recortada contra el umbral de la puerta: esbelta y hermosa como una antigua estatua griega. Apagué de un soplo la vela de la lámpara.
     —Ya voy, mi amor —Y la seguí escaleras arriba hasta nuestro dormitorio. Allí la contemplé desvestirse, dejar sobre la cama su vestido negro, sonreírme con dulzura y meterse con elegancia bajo las sábanas. Hice lo propio y me deslicé a su lado, abrazando su cintura y besando sus hombros níveos y desnudos, acariciando aquella piel de seda y porcelana, aquel maravilloso cuerpo que era la razón de mi existencia y mis desvelos.
     —Tengo frío —susurró.
  —Hace una noche espléndida, mi amor —le contesté apartando los rizos negros de su rostro y besándola en la curva de cisne de su cuello.
     —Abrázame más fuerte —me pidió. La acuné entre mis brazos. Y, en algún momento de la madrugada, nos quedamos dormidos. Abrazados y felices.

Los primeros rayos del alba expulsaron a las sombras de la habitación tras una silenciosa noche sin sueños, luna ni estrellas. Desperté aterido de frío y, como cada mañana durante los últimos tres meses, abrazado al vestido negro con el que Sophie fue sepultada. 


Juanma - Abril - 2016                                                                 

martes, 7 de junio de 2016

HORIZONTE

Salgo al mundo y me tropiezo; no puedo ver los surcos, no debo contemplar las piedras, no quiero mirar mis huellas... Es preferible que me apoye en el quitamiedos de alguna carretera y aguarde a que pase dios, o alguno de sus ángeles, para pedirle un poco de tierra, y agua para regarla, donde plantar el vestigio de mi pasado, junto a las ortigas y las zarzas, allí donde el implacable sol se compadece de los inocentes girasoles que un día le miraron a la cara sin saber que morirían demasiado pronto, sucios de polvo y olvido.

Estoy en la carretera, en una cualquiera, creyendo que es el mar y no el asfalto lo que se derrite bajo mis pies descalzos. No hay taburetes donde sentarse a ver los espejos del futuro. Regresa a mis ojos el desgarro del día, inquebrantable crepúsculo, engullido por la oscuridad.

Retrocedo hasta la última línea del infinito, allí donde aún alcanzo a ver tus uñas arañando mi espalda y tengo suficientes motivos para pensar en blanco.


Porque lo contrario, pensar en negro, es una locura diferente y la carne de los secretos y los misterios y sus conjeturas señalan hacia el horizonte, donde no habita nadie y mi destino es tu mirada. 


Juanma - 7 - Junio - 2016                                                         

jueves, 2 de junio de 2016

CRUCE DE CAMINOS

Mi nombre es Hans Bauman Kleiber. Quiero relatar, en el escaso margen de tiempo del que aún dispongo, los extraños y misteriosos acontecimientos que me han sucedido en los tres últimos días. He de escribir con premura, pues debo salir de este tenebroso lugar antes de que se ponga el sol. Otra noche más aquí, y quizá no vuelva a contemplar un nuevo amanecer.

     Comencé mi viaje desde Hannover, mi ciudad natal, con destino a Hamburgo el día 6 de noviembre del año de Nuestro Señor 1835, hace ya cinco días. Voy a visitar a Annika, mi prometida, con la que, si el Altísimo me ayuda, tengo previsto contraer matrimonio la próxima primavera. Al segundo día de viaje mi caballo sufrió un percance y perdió la herradura de una de sus patas traseras. Por suerte, a solo media hora de trayecto, encontré una pequeña aldea con una herrería. Cambié la pieza a mi montura y, como ya caía la noche, el amable herrero me recomendó una pequeña posada que había en un cruce de caminos cercano y donde podría conseguir cama y comida. El único inconveniente es que tendría que desviarme de mi ruta un par de millas hacia el oeste; pero tal contrariedad quedaba compensada de sobra con la apetitosa recompensa de una cena caliente y un cómodo lecho donde descansar.

     Llegué al albergue poco antes de la puesta de sol. Dejé al caballo bebiendo en el abrevadero, al cuidado de un mozo de cuadras, y entré en la posada. Era un lugar sucio y maloliente. Invadido por un extraño y desconcertante aroma que me era del todo desconocido. Las paredes eran de piedra y supuraban grasa y suciedad. Y el suelo estaba lleno de barro y húmedas pisadas. Las cuatro personas, incluido el posadero, que había en el interior, me lanzaron miradas hostiles y recelosas cuando crucé el umbral. Pero, de entre todas ellas, me causó especial molestia e inquietud la de un joven que había sentado al fondo de la estancia, en una larga mesa que solo ocupaba él. Rondaría mi edad, unos veinticinco años, aunque era bastante más alto y corpulento. Iba embutido hasta el cuello en una larga y exquisita capa roja con exóticos adornos en el cuello y las mangas. Su larga melena rubia estaba pulcra y concienzudamente peinada hacia atrás. Y su mirada… Su mirada fue la que heló mis huesos hasta el tuétano: fría, hostil, despiadada. Me siguió con ella desde la entrada hasta que llegué a la barra de la taberna. Podría decirse que aquella mirada rezumaba deleite y locura.

    Intenté ignorarla pese a que sentía aquellos ojos helados clavados en mí, desgarrando mi espalda. Pedí una jarra de cerveza, pan, queso y un plato de estofado caliente. Después de la cena, solicité una habitación y pagué la comida y el alojamiento. Antes de ir a dormir, me volví a mirar hacia el rincón, pero estaba vacío. El misterioso huésped había desaparecido, aunque no vi a nadie moverse ni escuché la puerta abrirse o cerrarse tras de mí.

     El dormitorio estaba en la misma planta baja, al fondo de un largo pasillo. Y fue allí donde sucedió el primero de los extraños acontecimientos. Estaba cansado y el sueño me vencía, así que no me fijé demasiado en el mobiliario, ni en la disposición de este, al entrar en mi alcoba. La escasa luz de la vela que me prestó el posadero tampoco ayudaba demasiado. Pero creo recordar que había una ventana a la derecha de la cama, y que por ella se colaba algo de luz. La suficiente para iluminar débilmente un cuadro que había en el lado opuesto. Era el retrato de un hombre joven, de fríos ojos azules como el hielo y melena rubia. El mismo rostro del misterioso hombre que me había escudriñado al entrar al local. Era una mirada perversa y enloquecida, ciega de ira, odio y maldad. Me costó una eternidad lograr conciliar el sueño pese al cansancio que acumulaba. Aunque, cuando lo conseguí, dormí de un tirón y no recuerdo ningún sueño de aquella noche. Lo realmente inverosímil sucedió al despertar, cuando me percaté de que no había ninguna ventana a la derecha ni retrato alguno a mi siniestra. Donde yo había ubicado el cuadro la noche anterior, era donde ahora estaba la ventana. Entonces, si en la pared no había retrato, ¿qué era el rostro que yo había estado contemplado hasta dormirme? ¿Alguien asomado a la ventana? ¿Aquel joven me había estado observando desde fuera mientras yo dormitaba?

     Cuando pregunté sobre el tema al dueño de la posada, evitó mirarme a los ojos y respondió con evasivas. Me contó que no conocía mucho a aquel joven; pasaba por allí de vez en cuando, como cualquier otro viajero. Y no existía ningún retrato, tan solo la ventana que daba al bosque. Así que continué con mis dudas: ignoraba si hubo alguien espiándome desde fuera o fueron imaginaciones mías. Decidí olvidarme del tema. Almorzaría y continuaría mi viaje. Pero he aquí que, después de tomar un cuenco de gachas de avena y una cerveza, me noté sin fuerzas y adormecido. Ya me sentí cansado desde que llegué al comedor como si, pese a haber dormido, mi cuerpo y mente no hubieran descansado.Me encontraba somnoliento y, al ir a levantarme del asiento, me tambaleé como un borracho y casi caigo al suelo. Era incapaz de dar dos pasos seguidos, y así no podía montar tampoco a caballo. La cabeza me daba vueltas y sentí vértigo, náuseas y mareo. Así que pagué al posadero un día más de alojamiento y regresé a mi cuarto.

     Pasé todo el día y la noche en un extraño duermevela, sin saber con certeza cuándo estaba despierto y cuándo dormía. Debido a la fiebre, o algo más, no podía pensar con claridad. Soñé con Annika, con la que debía reunirme al día siguiente; soñé con una extraña ciudad donde siempre era de noche y sus casas parecían enormes mausoleos; y soñé con extrañas criaturas que se alimentaban de sangre humana. Una de las veces que desperté, o creí hacerlo, encontré al posadero intentando hacerme beber de un gran cuenco lo que parecía sopa caliente. En otra ocasión, vi dos figuras en mi habitación, hablando entre ellas y mirando en mi dirección. Y entre las tinieblas de la madrugada, creí ver también al hombre rubio de gélidos ojos. Me sonrió y pude ver cómo asomaban de su boca dos colmillos afilados y prominentes mientras volvía a perderme entre sudores, imágenes inconexas y pesadillas.

     Desperté al día siguiente con la mente más despejada y mi cuerpo casi recuperado por completo. Pero había algo que no encajaba. Mis sentidos estaban mucho más despiertos: notaba mil olores distintos de manera vívida e intensa, y podía escuchar el zumbido de una mosca que aleteaba en el exterior de la ventana como si la tuviera dentro del oído. Un picor recorría también el lado izquierdo de mi cuello. Me levanté y saqué de mi maleta un pequeño espejo de bolsillo. Tenía aquella zona enrojecida y dos pequeñas incisiones encima de la yugular. Al mismo tiempo, mi rostro se encontraba pálido y demacrado como si, de golpe, hubiese envejecido quince años.

     Había oído los rumores de extrañas razas de la noche que habitaban por aquella zona y que se alimentaban de sangre humana, pero jamás les otorgué el menor crédito. Sin embargo, los acontecimientos de los dos últimos días… Me levanté dispuesto a marcharme enseguida de allí. Pero en cuanto recorrí el pasillo y estaba llegando al comedor de la posada, me volvieron los mareos y aquella extraña sensación de falta de fuerzas. Fui incapaz de llegar hasta la puerta y tuve que sentarme en un banco de madera que había adosado a la pared. Era como si una fuerza invisible me retuviera e impidiera avanzar. Me desvanecí y lo siguiente que recuerdo es estar de nuevo tumbado en aquel camastro, envuelto en brumas y pesadillas. En una de ellas, aquel joven extraño de mirada fantasmal estaba sentado a horcajadas sobre mí: sonreía mientras se acercaba a mi cuello para clavarme aquellos afilados colmillos y arrebatarme parte de mi sangre y existencia.

     He vuelto a despertar fresco como una rosa, con mis sentidos aún más agudizados que ayer. Sé que, con artes demoníacos, esa criatura me está robando la vida y el alma cada noche. Sé también que hay una fuerza poderosa e invisible que protege la salida, algún tipo de extraño conjuro o magia negra que me impide huir. Así que no volveré a acercarme a la taberna de la posada. He decidido escapar por la ventana, coger mi caballo y dejar atrás este sitio maldito. Espero conseguirlo con la ayuda de Dios, pero si no es así en estas páginas dejo escrito mi desdichado testimonio por si alguien lo encontrara. Si es así, que busque a Annika, mi prometida, y le haga llegar estas últimas palabras. Que sepa que la amo con todo mi corazón y que la esperaré, si no es en esta vida, en cualquier otra.
                                                                                
H.B.K.


Un par de semanas después, el cuerpo de Hans fue encontrado por un cazador en un claro del bosque. Tenía varias incisiones en el cuello y le habían extraído toda la sangre del cuerpo. Sus facciones estaban desencajadas en una grotesca mueca de horror. En el interior de uno de los bolsillos de su chaqueta se encontró esta misiva. La extraña aldea con la herrería y la posada del cruce de caminos no se hallaron jamás.  


Juanma - Abril - 2016