viernes, 30 de enero de 2015

ALFABETOS BAJO LA LLUVIA

¿Cómo y cuándo comenzó la lluvia?


Es difícil saberlo con esa misma certeza que se tiene sobre las cosas que nunca suceden. Tengo la sensación de que fue al percatarme de que veía borrosas las letras que escribía, como si estuvieran llorando su tinta sobre el papel, y resbalaban con sutileza hacia el cielo, hacia el infinito, hacia la eternidad...

Intuyo que fue hace ya demasiado tiempo; en alguna constelación lejana, en una edad distinta, con otra forma de agua; cuando verla suponía empaparse de ella y llover a la par; cuando el mundo era indómito y el universo desconocido; cuando orbitar alrededor de sus misterios era una caricia regalada que te dejaba un secreto en la piel…

Una mañana temprano comenzó a llover, con mucho cuidado de no dañar los árboles al compás de la tormenta que el mar y el viento fraguaban; y de pronto surgieron sonrisas en su semblante, eternizando el movimiento de las nubes que flotaban en el aire cuando los ojos del cielo comenzaron a soñar…

Llovía y la tierra se mostraba alegre, adsorbiendo la música de infinitas melodías al mezclarse y entrechocar entre sí…

Llovía y Gaia se convirtió en madre; engendró maravillas, sembró semillas en su interior, colores de ensueño que el arco iris logró plasmar en su lienzo…

Las letras siguen siendo borrosas, pero hermosas; como alfabetos bajo la lluvia...


Juanma - 30 - Enero - 2015                                  

domingo, 18 de enero de 2015

LOS SECRETOS DEL MUNDO

Ella le cogió de la mano. Subieron por unas empinadas y estrechas escaleras de piedra hasta toparse con una puerta redonda, como esas tan graciosas de los hobbits. Daba a un pequeño desván, oscuro y polvoriento. Al fondo había un ventanuco que apenas dejaba pasar los rayos de luz de la mañana. Las tardes debían ser de penumbra, silencio y seres invisibles moviéndose entre las sombras. Las noches... no quería ni pensarlo. Apenas se distinguía gran cosa, pero Loth pudo apreciar que todas las paredes estaban llenas de estanterías, desde el suelo hasta el techo. En unas había libros; en otras extraños objetos, piedras y amuletos; y en algunas más, pequeños recipientes de cristal de muchos colores.
     —Dijiste que me ibas a enseñar los secretos del mundo...
   —Y aquí los tienes —respondió Alana con una sonrisa—. Todos los secretos y misterios del mundo.
      —Yo solo veo cosas inútiles.
    —¿Cosas inútiles? —la muchacha no pudo evitar reírse ante la ingenuidad del chico. Tenía casi la misma edad que ella, pero era tan inocente...— Los libros guardan todos los saberes del mundo. Los conocidos y los prohibidos. Todo lo que fue, es... y quizá también lo que será. Ellos custodian toda la ciencia y fantasía del mundo. También la astronomía, los senderos ocultos del bosque, la poesía...
     —No sé leer —contestó Loth con tristeza.
     —Eso tiene arreglo —respondió Alana—. Yo te enseñaré.
   —¿De veras lo harás? —y por primera vez asomó a los ojos del chico una chispa de alegría. La muchacha se limitó a sonreír y asentir, cual una madre ante la pregunta divertida de su hijo.
     —En las piedras y amuletos —continuó—, se conserva la magia del universo. Cada uno posee un poder distinto, atesorado desde el amanecer de los tiempos. Todo cuanto nos rodea está impregnado de saber y poder. Los misterios de la naturaleza. Los abismos de los océanos. Las maravillas de las constelaciones. Todo aquello que muchas veces no comprendemos... ¿Sientes vértigo? Tranquilo. Cuando aprendas a leer y escribir, también te los descubriré.
     —¿Y en los frascos de colores? —preguntó— ¿Qué guardas ahí?
     —¿Ahí? —Alana se giró para mirar los estantes que tenía detrás— Eso es lo menos misterioso de todo. Tan sólo es mi pasatiempo. Es con lo que me entretengo en los ratos libres. Ahí voy guardando todos los olores del mundo.
     —¿Todos? —los ojos de Loth se habían abierto como platos.
     —Bueno, casi todos... —volvió a reír ella.
     —¿Qué hay en ése de allí? —dijo señalando un frasquito con un líquido gris azulado que había en lo más alto de la última estantería.
     —Ése contiene el olor de los ríos y sus peces... El verde que hay a su lado, el aroma de los árboles y las flores en primavera... El rojo de la estantería de debajo, la esencia del amor y los latidos del corazón...
     —¿Y éste? —el muchacho se acercó hasta uno más grande que había frente a ellos y que brillaba con un color azul celeste.
     —¡Ten cuidado; éste es el más delicado de todos! Guarda uno de los olores que más me costó atrapar. Dentro huele a polvo de estrellas... Pero ven aquí —volvió a cogerlo de la mano y le llevó hasta un rincón— Mira estos dos. Este de color ámbar guarda mi perfume. Y ese otro carmesí, tu olor.
     —¿Mi olor? —cada vez estaba más asombrado— ¿Cómo has atrapado mi olor?
     —Shhhhh... —Alana se llevó un dedo a los labios y, encogiéndose de hombros, dejó escapar otra tímida risita— Eso es un secreto que no está escrito en ninguno de todos estos libros.
     —¿Y aquel otro? El pequeñito que hay al lado de los nuestros...
     —¿El que está vacío? Ése aún tenemos que rellenarlo...
     —¿Tenemos? —la miró más extrañado todavía— ¿Con qué?
     —¿Aún no lo sabes? —se acercó para susurrarle al oído— Ése lo llenaremos tú y yo, poco a poco, día a día, con la esencia del amor...

Juanma - 17 - Enero - 2015                                      

miércoles, 14 de enero de 2015

EL ROSTRO DEL MIEDO

Creí que, tras llevar décadas recorriendo estos interminables y sinuosos pasillos, aparte de conocerlos de memoria, sabía todo cuanto hay que conocer sobre mi oficio. Y aún más… Pero como tantas otras veces, me equivocaba. Es el mío un empleo curioso, que requiere sigilo, cuidado y muchas horas de obstinada dedicación. Pero el tiempo nunca supuso un problema… ¡Ah, el tiempo!¡Ese engañoso artificio del ser humano para intentar controlar lo incontrolable!¡Tengo tanto que nunca sé si es poco!

     Como contaba, creí que conocía de memoria las ruinosas estancias de este antiguo y laberíntico caserón, que no existía ni una sola habitación, escalera o rincón que no hubiera explorado ya una y mil veces; que no había nada que escapara a mi registro y control. Siempre había pensado que todo aquello era mío. No es así, claro está. Pero es un lugar abandonado… y yo su único habitante y guardián; así que con el paso de los años su vida se había convertido en parte de mí… del mismo modo que recíprocamente, mi alma había pasado a formar parte de la suya. Por lo tanto me sentía amo, dueño y señor de todo lo que hubiera entre aquellas paredes y lo que sus mil y un escondites y recovecos pudieran albergar.

    Para empezar, el silencio era mío; la oscuridad era mía, el perpetuo abandono, la soledad… incluso el espeso aire enrarecido y viciado y aquella insoportable humedad de catacumba que calaba hasta el tuétano de los huesos eran también míos. Mis sufridas articulaciones, la maltrecha cadera y mis cansadas y gastadas rodillas pueden dar fe de ello. También están las crueles pesadillas y el desasosiego; los monstruos y sus perversiones… Pero eso queda para otro día, para otro relato, si estos pobres dedos siguen en condiciones de sujetar una pluma.

     Malditos y escabrosos pasillos; el frío es un estilete a cada paso, y el peor frío no es el que se filtra por las grietas de los muros, sino el que queda tras la gélida estela de mis pasos. Y es que dicen que los de nuestro oficio somos de condición solitaria y carácter huraño e irascible; celosos hasta la saciedad de nuestra causa y de sus secretos y misterios. Así debe ser. Y así era hasta que sentí por vez primera… ¿miedo?

     Descansaba yo en mis aposentos, tumbado en un viejo diván. Era media mañana, pero de un día gris y lluvioso de finales de otoño, con lo que no difería en mucho de un oscuro atardecer. Además, las cortinas de terciopelo carmesí permanecían echadas sobre los amplios ventanales, con lo que en la estancia no se filtraba atisbo alguno de luz. Estaba a punto de dormirme, deambulando en ese extraño duermevela que separa la vigilia del sueño profundo. Fue entonces cuando noté un ligero movimiento, un apenas perceptible cambio en la ondulación de la corriente de aire. Entreabrí ligeramente los ojos, pero permaneciendo quieto, paralizado, inmóvil… Frente a mí comenzó a dibujarse el contorno de una silueta y dentro de ella, unos ojos, lentos e insomnes… pero manteniéndome siempre y en todo momento dentro de su ángulo visual. No era un sueño, estoy convencido de ello. Cerré los puños apretando las uñas contra las palmas de mis manos para asegurarme de que podía sentir el dolor, que estaba despierto. Recuerdo la escena como si la estuviera viviendo ahora mismo. La sombra se acerca. Sigilosa, con cautela… inclinándose sobre mi rostro. Noto el roce repulsivo y nauseabundo de su aliento como un escalofrío. Contengo el mío e intento detener las pulsaciones de mi corazón simulando estar muerto. Permanece una eternidad en aquella posición, estático, acechante. Parece no verme.
     
   Entonces y tras no poder aguantar más la respiración, exhalo una bocanada de aire. La extraña abominación se percata entonces de mi presencia, abre unos ojos enormes y se gira abriendo de forma grotesca sus fauces, olfateando con sus fosas nasales la oscuridad y mi silencio. Profiere un escalofriante y aterrador alarido. La sangre se hiela en mis venas. Mi corazón pide auxilio. Vacío mis pulmones con sigilo, exhalando el alma del interior. Noto la hiel en el estómago y su regusto amargo en la garganta. Me dejo llevar, como si un último hálito escapara de mis entrañas, buceando entre la penumbra hasta envolver con un aura olivácea el rostro de aquel engendro…

     Al fin la aparición se esfuma. Todo parece volver a la calma y cotidianidad de siempre. Pero algo ha cambiado. Noto que aquellas estancias y sótanos tan familiares ya no me pertenecen del todo. Pongo todos mis sentidos en la calma quieta de la noche, en un silencio roto solo a intervalos regulares por el sempiterno repiqueteo del agua de lluvia sobre las losas de piedra de la entrada. Con su hipnótica letanía mi oído vuelve a captar un sonido; el eco cercano de unos pasos furtivos. De quién se trata, cómo, cuándo y de dónde vino, y qué quiere aquí, es algo que no puedo saber ni entender. Algo que aún me parece inconcebible. Y aunque mi pensamiento no pueda aceptarlo como real, me hace recordar cosas que obviamente ya había olvidado hace mucho tiempo.

     ¿Miedo?

     Sí. Vuelvo a tener miedo. Pese a nuestra condición, los espíritus descarnados no estamos libres de experimentar también el miedo.


Juanma - Octubre - 2014                                                 

martes, 6 de enero de 2015

LABERINTO DE MAGIA

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una tarde de primavera la abrió...

Al principio no conseguí ver nada porque tuve que cerrar los ojos ante el resplandor que surgió de ella, pero después... Abrió la mano y fue como volver a la habitación y los juegos y secretos de la niñez y decirle al espejo he vuelto... Por fin he vuelto a casa...

Abrió la mano y de su interior sopló una brisa risueña, un viento travieso que al acariciarte el rostro te leía los pensamientos y revolvía tus cabellos como si fuese algodón o risa o un jardín de mariposas que te subiera por los tobillos hasta las rodillas haciéndote cosquillas, como el revuelo de las flores en primavera y las nubes y su eco, como si una estrella fugaz te levantara el sombrero sin hacer apenas ruido, como el rebelde crujido de un relámpago en el cielo de la tormenta...

Recuerdo los pliegues de sus dedos níveos, casi de porcelana, formando un mágico cuenco, un pequeño y cristalino estanque en el que las ocas y los cisnes iban ahora de sur a norte en una nueva y desconocida migración, regresando siempre a su nido en el hueco del meñique que los acunaba y acariciaba como si él mismo fuese también tersa pluma; recuerdo los remolinos del agua y sus vaivenes alrededor de las aves, y las olas que conquistaban la orilla como si fuesen sueños...

En aquella mano que por fin se abrió suspiraba y deliraba el Mistral formando espirales a veces de magia, a veces de fuego; en ocasiones no decía nada y en otras, sin hablar, lo decía todo...y se acurrucaba en la curva del cuello, en las mejillas sonrosadas o en la comisura de la boca y, de regreso a casa, se colaba por la ventana abierta y pequeñita de un "estoy contigo por siempre jamás"...

También se convertía en una caricia arco iris, pero la melodía de su voz no cabía toda dentro y surgía y brotaba formando colores habitados por abejas que traían miel y luciérnagas que irradiaban luz y hormigas que portaban hojas carmesí y púrpura y verde azuladas, y brillantes grises y rosados desde el sendero inquebrantable de las uñas...

En las líneas de su mano había un tiempo y una historia y un lugar... y un alfabeto y una constelación y un mapa donde no había fronteras y sí manantiales y sirenas en busca de náufragos medio ahogados en su sed de nuevas tierras, arribando a una orilla y una costa de cristal y nácar para adentrarse tierra adentro y llegar a las arterias de los bosques y al pulmón de las montañas y sentir el latido de los caminos cuando los recorre el corazón...

Lo que tenía en la mano era un pestañeo de esperanza y un temblor de rodillas y un cosquilleo en el estómago... y apenas terminó de abrirla me besó como se besan dos labios enamorados... Lo que tenía en la mano más que carne, piel y huesos era cariño y ternura y una canción que te llamaba y te desnudaba dejándote de regalo un nombre mágico como el eco de una risa lanzándose en picado como un halcón desde el acantilado del alma...

Y aquella mano indescifrable, impensable e imposible se abrió como una flor al sol de la mañana y sentí vértigo y alegría y un escalofrío que me acarició y fue... Fue como si siempre hubiese estado muerto y al mismo tiempo no pudiera morir jamás... y como si todas las veces que muriera de ahí en adelante fuesen para estar cada vez más vivo y alegre y despierto...

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una noche de verano la abrió de nuevo... 

Y esta vez entrelazó sus dedos con los míos y me perdí para siempre en el laberinto de la magia y el abismo del amor...


Juanma - 2 - Enero - 2015