sábado, 22 de abril de 2017

INYECTARNOS FANTASÍA

Si te acercases
podrías ver cómo me miran
los buitres que siempre revolotean sobre mi cabeza.
Las noches que se clavan como jodidas lanzas.
Las horas que hoy se suicidaron antes de tiempo.
Las lagrimas turbias de aquella chica al fondo de la barra.
El olor de la desidia, su anestesia en las venas.
Si te acercases
lo notarias, seguro,
Sabes que nos quedamos en la entrada buscando una salida.
Que detrás de los surcos de los años perdidos
todavía laten ascuas de sueños inconclusos.
Tantas historias se quemaron en el fuego del olvido...
Poemas con olor a flores marchitas.
Noches con anhelos que abrasaban en el pecho.
Calles pintadas de nostalgia y sexo.
Si te acercas te presento mi deshabitado mundo:
Este que ves aquí es mi ejército de ilusiones.
Me duelen si estoy lejos de tu cuerpo.
Se alborotan si te quitas la camisa.
Aunque, a veces, no recuerde ni quién eres.
Porque el pasado arde y renace como el Ave Fénix de sus cenizas.
Como las risas de los niños extraviadas en el parque.
O la esperanza desgarrada por las púas del alambre de la piel.

Si te acercases comprenderías que ya no somos,
ni seremos,
los guardianes de las llaves del querer.
La mirada en la Luna, los fines de semana en celo.
Los lunes de borrasca lamiéndonos las heridas de las caricias mal dadas.
Aullando como lobos, apurando la madrugada.
Estrujándonos los sesos, jugando a no me acuerdo, bebiendo dinamita.
Al amanecer los recuerdos son como jodidas resacas que te acechan tras cada esquina.
Te golpean y escupen, te follan, te olvidan...
Si te acercases sabrías que la única manera de tocar el cielo
ha sido siempre lanzarse de cabeza al infierno.
El paraíso se parece a la barra sucia y pegajosa de una taberna de mala muerte.
Las cicatrices del alma abren la puerta de otra dimensión desconocida.

Si te acercases un poco a este lado de la jaula
podrías ver a los cuervos que se agrupan en bandada,
a las bestias que se arremolinan en jauría...
Puedo morder tus palabras hasta que se te olvide el idioma.
Y después, tal vez, cruzar la Vía Láctea en un Cadillac.
Quizá ser otras personas, ser algo, todavía.
Vivir, aunque fuese, en una habitación de madrugadas a deshora.
Sobrevivir con cerveza y restos de pizza fría,
Recitarnos poemas aprendidos de memoria, 
bailar twist en lo alto de las grúas, hacer el amor en los escaparates de la Gran Vía.
Sodomizar la pausa y la prisa.
Maullar hasta que la luna nos dé una patada, 
beber vodka cerca de un precipicio, coleccionar estrellas, inyectarnos fantasía.
Chuparnos la sangre, y la vida, como vampiros,
Escondernos de la gente.
Domar el presente y el futuro.
Y volver, tras la noche, cada día.


Juanma - 22 - Abril - 2017                                                                                             


domingo, 9 de abril de 2017

ALICIA

Érase una vez una niña a la que los días de colegio le resultaban aburridos. Aquel enorme edificio que albergaba el aula donde recibía sus clases hacía que se sintiera como un pájaro enjaulado, y sus interminables pasillos e infinitas escaleras le parecían una cueva llena de trampas, o un laberinto sin salida. En aquellas tediosas horas de álgebra o geografía, ella prefería dedicarse a soñar mundos de magia y fantasía, a dibujar sus propios mapas inventados en un cuaderno o a imaginar curiosas y divertidas figuras en las nubes, paisajes de cuento de hadas que se pincelaban como acuarelas en el cielo solo para ella.

En los recreos se sentaba alegre en un banco del patio y dejaba que el aire travieso que movía y cambiaba a su antojo los perfiles de aquellas nubes, le alborotara el pelo y le hiciera cosquillas en las pestañas mientras intentaba hacer desaparecer las pecas de su cara con trucos de prestidigitador. Mientras daba cuenta con parsimonia de su bocadillo, soñaba despierta con reinos y países inconquistables o planetas y universos imposibles. Todavía no le había puesto nombre a ese sueño, pero conocía de memoria sus cientos de apellidos. Mientras fotografiaba siluetas de caballeros o princesas entre las formas de aquellos cúmulos de algodón, no dejaba de esbozar una amplia sonrisa de amanecer y primavera.


Ella no sabía, y tampoco le importaba demasiado, lo que era crecer. Los niños siempre saben soñar despiertos. Cuando la rutina o la tristeza le asfixiaban cerraba los ojos y, como Alicia, se dejaba caer en alguna lejana madriguera donde las penas y la gris monotonía no existían, donde todo estaba pintado de color como el arco iris o de nieve como el blanco de sus dientes cuando reía, y donde era capaz de encontrar gatos de Cheshire que sonreían o conejos blancos que hablaban y que nunca llegaban a tiempo a su destino. Se limitaba tan solo a soñar. A reír. Y a descubrir mundos secretos escondidos entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo.


Juanma - 9 - Abril - 2017



                                          

martes, 14 de febrero de 2017

LAS FLECHAS DE CUPIDO

 Nunca le gustó San Valentín.
     Desde que era una adolescente de apenas quince años y se enamoró por primera vez (para meses después ser arrancada de los brazos de aquel adictivo estado de ensoñación y ser arrojada de bruces a la más absoluta miseria e infelicidad), siempre había odiado aquel día y al puñetero Cupido con sus caprichosas y envenenadas flechas de mierda.
     Pero aquel año su aversión fue sustituida por una profunda sensación de inquietud, que había ido dando paso al temor, que a su vez consiguió evolucionar hasta un primer atisbo de miedo, tal vez irracional o exagerado, pero miedo, al fin y al cabo. Hasta que, al despertarse aquella mañana de San Valentín, estaba totalmente paralizada y atenazada por un pánico cerval. También por las pastillas que había ingerido la noche anterior. La fecha señalada había llegado…
     Todo comenzó el día 1 de aquel gélido febrero. Esa mañana, al recoger el correo del buzón, encontró una carta sin remitente dirigida a ella. El sobre era blanco e inmaculado. La caligrafía que indicaba su dirección pulcra y exquisita, con algunos toques góticos que le llamaron la atención sorprendiéndola gratamente. El matasellos señalaba que la misiva procedía de Madrid, su misma ciudad. Hacía muchos años que no recibía una carta particular. Desde la llegada de internet, el correo electrónico, las redes sociales y los smartphones con todas sus aplicaciones para enviar mensajes gratuitos, era un hábito que se había ido perdiendo. Como mucho, seguía recibiendo alguna postal navideña de sus tíos paternos desde el pueblo o de sus amigas regalando envidia desde sus paradisíacos destinos vacacionales. Pero una carta… No recordaba la última vez que había sentido ilusión, curiosidad o nervios al recoger algo del buzón que no fuera propaganda, notificaciones del banco o facturas. Así que subió a toda prisa las escaleras para abrir aquella nota misteriosa.
     No esperó siquiera a tomar asiento o quitarse el abrigo. La intriga se había tornado ansiedad. Rajó el sobre por un extremo y vació el contenido sobre la cama de su habitación: una nota doblada por la mitad y una rosa roja. La rosa estaba marchita, seca y prensada. Sin duda, había pasado sus últimos meses, tal vez años, en el interior de un libro. Dejó la flor a un lado y abrió la nota. La misma caligrafía cuidada y meticulosa del exterior del sobre y dos escuetas frases que le encogieron el corazón:
   “Este año vas a odiar San Valentín de verdad. La muerte vendrá a recogerte el día 14 y te dejará tan marchita como esta flor”.
     Releyó la nota una decena de veces intentando cerciorarse de que había entendido bien el contenido. Tras ese primer escalofrío, se relajó un poco y se tumbó de espaldas en la cama, mirando la lámpara del techo. Después se echó a reír. Era una risa nerviosa, casi histérica, pero que consiguió relajarla por completo. Sin duda, debía tratarse de una broma. Alguna amiga que sabía de su aversión por aquella fecha y había querido reírse un poco a su costa. O tal vez algún amante obsesionado. Recordaba a uno que, durante unos meses, estuvo acosándola hasta el punto de que tuvo que acudir a la policía. Pero eso fue muchos años atrás. Y tampoco volvió a saber nunca más de aquel energúmeno. Pero quién sabe si había seguido vigilándola en la distancia, esperando el momento propicio para vengarse de ella por haberlo rechazado y haberse burlado de él. Pero no… Seguro que estaba desvariando. Demasiadas películas… Siguió dándole vueltas al asunto. Podría ser también algún antiguo exnovio. Pero tan solo había tenido dos parejas estables en toda su vida, y ninguna tenía motivo alguno para guardar algo contra ella. Con Carlos, su primer novio, tuvo una relación de poco más de un año. Fue él quien rompió y, desde entonces, nunca volvió a saber de su existencia. Y con Héctor convivió casi tres años. Rompieron hacía más de dos, pero desde entonces eran buenos amigos… Suspiró y se levantó de la cama. Cogió la rosa, el sobre y la nota, y los guardó en el cajón de la mesita.
     Durante los días venideros continuó con su vida anodina y rutinaria. Y aunque no logró olvidar por completo el incidente de la carta, si consiguió que dejará de perturbarla y volvió a conciliar el sueño que el puto Cupido le arrebató la noche siguiente a recibir el misterioso correo. Pero aquello distaba mucho de haber concluido…
     Una semana más tarde, cuando restaban justo siete jornadas para el día de los enamorados, recibió un segundo mensaje secreto. Pero esta vez su estupor e inquietud fueron aún mayores al encontrarlo en el suelo del recibidor de entrada a su casa. El bromista o acosador se había tomado la molestia de subir hasta la cuarta planta donde vivía, para depositar la carta por debajo de la puerta de su piso. Fuera quien fuese, sabía dónde vivía. Lo otro fue depositar un sobre en cualquier estafeta de correos de la ciudad. En cambio, esto… Aquella persona había estado en la misma puerta de su apartamento para llevar su mensaje en persona. Podía estar en cualquier parte; vigilando desde la esquina, sentado en el bar de enfrente tomando un café… incluso escondido en el rellano de las escaleras. En esta ocasión se trataba de una simple hoja de papel doblada. El texto estaba mecanografiado. Se vio tentada a tirar el sobre a la basura sin leerlo. Pero finalmente cedió a la curiosidad:
     “Dentro de una semana… Recuerda que quedan siete días para que la muerte enamorada venga a por ti”.
     Desde entonces, había recibido un mensaje distinto cada día. El día 8 volvió a encontrar otro sobre en el buzón. Pero en esta ocasión la letra era distinta y el tipo de sobre, también diferente al primero. En el interior sí había otra rosa muerta, esta vez blanca. Y unas amorosas palabras dedicadas expresamente a ella:
     “¿Has pensado ya en cómo será tu muerte? No, claro que no; te encantan las sorpresas. Y Cupido te tiene preparada una muy especial…”.
     En este punto ya empezó a mostrarse preocupada en exceso. Y fue cuando decidió contárselo a su hermano. Pero este la tranquilizó arguyendo que lo más probable es que se tratara de algún bromista. Tal y como ella quiso creer en un primer momento. Pero ya no estaba tan convencida. Eran demasiadas molestias las que aquella persona se estaba tomando. Todo muy bien pensado. Todo demasiado meticuloso. Nadie se toma tantas atenciones por una simple broma o juego. Pero se serenó un poco cuando su hermano le ofreció que, llegado San Valentín, fuese a pasar el día a su casa si seguía estando asustada. No quería llegar al punto de tener que molestar a su hermano por lo que quizás no fuese más que una tontería, pero saber que podía contar con su protección llegado el momento, suponía todo un alivio.
     El día 9 el mensaje fue más escueto, pero brutal:
     “Tu corazón será mío cuando abra tu caja torácica y lo saque de sus entrañas”.
     El día 10 lo que recibió fue una llamada telefónica en su oficina. Lo que indicaba que aquel degenerado sabía también dónde trabajaba y el número de extensión de su línea telefónica en la empresa. La voz que escuchó al otro lado no le resultó familiar. Además de que seguro estaba distorsionada, o tal vez tapado el auricular con un pañuelo, pues sonaba extraña, distante y algo metálica.
     “Quedan solo cuatro días, amor mío. ¿Quieres saber quién soy? Supongo que ardes en deseos de conocerme. Siento los latidos enamorados de tu corazón desde aquí. Cupido lo ha atravesado con una de sus saetas. No te preocupes, también hizo lo propio con el mío. Estamos hechos el uno para el otro… ¡¡Qué bonito es morir de amor!!”
     Colgó.
     Fue entonces cuando decidió acudir a la policía. Al investigar el número desde el que se realizó la llamada, descubrieron que fue hecha desde una cabina telefónica situada en un concurrido centro comercial del centro de la ciudad. Por allí pasaban miles de personas a diario. Ni siquiera las cámaras de seguridad de los establecimientos cercanos sirvieron de ayuda. También analizaron las cartas y las notas. Ninguna huella. Cada envío realizado desde un sitio distinto. Quien fuera, había tomado todas las precauciones posibles para no dejar rastro ni ser descubierto. Pero no podían hacer nada más. También insistieron en la socorrida teoría del bromista. No podían ponerle vigilancia a cada persona que venía con un caso similar. Eran muchos cada día. Y la policía tenía cosas más importantes que investigar y no disponía de tantos efectivos como para poder prescindir de ellos por incidentes como aquellos. Ella lo comprendía, pero… Le aconsejaron que estuviera atenta, y siempre alerta, por si veía a alguien sospechoso, que mantuviera la puerta y las ventanas de casa bien cerradas, que se asegurara de llevar siempre el móvil encendido y con batería y que, ante cualquier nuevo incidente, les avisara de inmediato. Pero poco más. Como mucho, que hiciera caso a su hermano y si se encontraba insegura, se fuera a pasar la noche a su casa.
     Para el día 11 lo que recibió por mensajería fue un ramo con doce rosas rojas. El remitente no dejó ningún dato y pagó en metálico, según la encargada de la floristería. Dentro del ramo, un mensaje. Por supuesto.
     “Doce hermosas flores. Tan rojas como los jugosos órganos internos de tu cuerpo que saborearé, junto al néctar de tu sangre, cuando te abra en canal después de hacerte el amor en nuestra noche de enamorados…”
     Con cada mensaje que recibía, sus temores se incrementaban. Quizá ya debería haberse insensibilizado después de varios días. Pero lo cierto era que no, cada vez estaba más aterrorizada. Los dos días posteriores los pasó en una nube de inquietud rayana en la paranoia. Veía sombras en cada esquina. Escuchaba risas por los rincones. Todo el mundo parecía acecharla, seguirla, amenazarla… Las horas se convirtieron en siglos y el trayecto de casa al supermercado de la esquina, un laberinto de dudas y eternidades. No quiso volver a molestar a su hermano o a la policía. No quería dar la sensación de haber perdido los nervios o su sano juicio. Aunque razones tenía para ello.
     El día 12 la carta que recibió no llevaba escrito mensaje alguno. Solo una hoja en blanco manchada con algunas gotas de sangre y, le dio un vuelco el corazón, también algunas de su perfume. Aquel acosador conocía más de ella de lo que hubiera pensado en un principio. Para saber qué perfume usaba, tenía que conocerla. Les unía algún tipo de relación o vínculo; laboral, de amistad o de lo que fuera. Pero la conocía bien. Volvió a sopesar la teoría de aquel amante despechado que la acosó durante una temporada. Pero después de tantos años…
     El día anterior a San Valentín, lo que encontró en el buzón fue un paquete que contenía un pendrive. Cuando lo conectó a su ordenador portátil, comprobó que solo había un archivo de video. Esta vez ya no se sorprendió demasiado cuando, al reproducirlo, se vio a si misma grabada haciendo topless en la playa donde pasó sus vacaciones el verano pasado. Ya había llegado a la conclusión de que su “admirador secreto” la llevaba siguiendo desde hacía tiempo y conocía todos sus movimientos. Quién sabe hasta qué punto había violado su intimidad, lo cerca que había estado de ella o lo que habían compartido. Y lo peor de todo era la incertidumbre de desconocer quién estaba detrás de todo aquello. ¿Una broma? Si se trataba de eso, aquel bromista se iba a enterar de lo que era jugar. No estábamos en Halloween. Tampoco era el día de los inocentes. Y los mensajes… No, no podía tratarse de una broma. Eran amenazas. Crueles y sangrientas amenazas. Aquella noche se fue a la cama con un ataque de ansiedad. Telefoneó a su hermano para decirle que el día siguiente iría a pasarlo a su casa, tal como él le había sugerido. Llamaría al trabajo para decir que se encontraba mal. Algo que no era del todo incierto. En su actual estado de nervios, no sería aconsejable ir a trabajar. Tuvo que tomar varias pastillas para poder conciliar el sueño.
                                                                 
                                                                                                    ***                                                                     

Amanece. Un lluvioso y gris día de los enamorados. Se levanta un poco aturdida y con la cabeza embotada por los tranquilizantes. Pero al mismo tiempo, atenazada por un pánico como no había experimentado antes en su vida. Cuando puede desperezarse y serenarse al mismo tiempo, una alarma, como esas bombillitas que surgían en la cabeza de los personajes de dibujos animados cuando tenían una idea, se enciende en su interior.
      Algo no encaja en la habitación. Como si hubiera una pieza fuera de lugar. No logra encontrar esa pieza, y sin embargo sabe que algo está mal. La claridad que se cuela por las rendijas de la persiana no es suficiente. Siempre hay más luz por las mañanas. ¡Al fin lo comprende! Ella nunca baja las persianas por la noche. No le gusta la completa oscuridad. Siempre le reconforta la luz que, desde la calle, se cuela para iluminar las paredes y los rincones. Se pone en pie a duras penas. Si ella no bajó la persiana, ¿quién lo hizo? Recuerda de golpe los acontecimientos de la semana anterior y el corazón se le desboca dentro del pecho. Un momento… La puerta tampoco encaja en el plano habitual que de su mundo cotidiano guarda en su cabeza. Al contrario que la persiana, siempre la cierra al acostarse. Uno de sus terrores de la niñez. Jamás consiguió dormir con la puerta de su cuarto y del armario abiertas. Y ahora lo está. De par en par. Pudiera ser que tal vez la noche anterior, algo aturdida por los calmantes, la dejara abierta sin querer y bajara también ella misma la persiana. Se encuentra tan confusa… ¿Está desvariando? Entonces escucha un crujido en el exterior…
     Ese ruido no lo ha causado su imaginación. Se incorpora lentamente. Recuerda lo que le dijeron los policías. Mira en la mesita de noche, pero su teléfono móvil no se encuentra allí. Otra pieza del puzle que no encaja. Jamás lo deja en otro sitio. Alguien ha entrado en su habitación, ha bajado la persiana y ha cogido su móvil para que no pueda usarlo. Las pastillas debieron inducirle a un sueño profundo y no se ha enterado de nada… ¡Maldita sea! Cuando intenta dar dos pasos nota que le tiemblan las rodillas y está a punto de caer de bruces al suelo. Se tambalea, pero logra estabilizarse. Mira hacia todas partes, ve sombras siniestras surgiendo de los rincones. Está sudando y temblando al mismo tiempo. Su corazón es un taladro a punto de reventar su pecho. Encima de la silla hay algo. Se acerca con cautela. Sus ojos se han acostumbrado a la penumbra y puede ver con mayor claridad. Es otra rosa roja. Al lado hay una tarjeta. Ya sabe lo que pone. Sin embargo, la abre y lee el mensaje:
     “Feliz San Valentín, amor mío. Vamos a pasarlo de muerte.”
     Sale de la habitación y se encamina con pasos vacilantes hacia el pasillo. Sabe que hay alguien ahí. Ya le da igual lo que suceda a continuación. Necesita saber quién es. Quién está detrás de todo aquello. Quién quiere matarla. Y quién está enamorado de ella. Llora de miedo, de rabia, de desesperación. Cuando sale al pasillo, él está ahí.
     No se trata de aquel amante acosador. Tampoco es ningún bromista desconocido o un compañero del trabajo desequilibrado y obsesionado con ella. Ni es Carlos, su primer novio, quien desapareció de su vida sin dar muchas explicaciones. No es nadie que hubiera podido imaginar. Quien se encuentra ahora frente a ella es Héctor, su segunda pareja. Aquel que, desde entonces, se había convertido en su aliado fiel e inseparable, su mayor apoyo, su amigo del alma. Héctor, con quien compartía todos sus secretos y curiosidades, sus tristezas y alegrías, sus proyectos e ilusiones, estaba ahora allí, de pie al fondo del pasillo, con un enorme cuchillo de carnicero en la mano y una macabra sonrisa aún mayor en los labios.
     Se acerca a ella, paso a paso. El odio que ve reflejado en su mirada, se lo aclara todo. Jamás le perdonó que lo dejara. El juego del amigo fiel había sido un truco, una treta para estar siempre a su lado, junto a ella. Un malnacido que supo aprovecharse de su amistad e inocencia para ir trazando su plan y urdir su venganza. Semana tras semana, mes a mes, se fue ganando su confianza. En realidad, nunca superó la separación. Siguió enamorado y obsesionado con ella… Y él, más que nadie, conocía su aversión al día de los enamorados. En los tres años que habían pasado juntos, se lo dejó muy claro rechazando sus regalos y no ofreciéndole a él ninguno. Eso tampoco se lo perdonó nunca, pese a que entonces fingiera que no le importaba. Y había escogido aquel mismo día para culminar su gran obra…
     Sabe que no tiene escapatoria. Se interpone entre él y la puerta de salida. Y está a menos de cinco pasos de ella. Por mucho que grite, ya nadie llegará a tiempo. Ni los vecinos. Ni su hermano. Ni la policía. Puede luchar… pero él tiene el doble de fuerza que ella y un cuchillo descomunal en su poder. Ella solo miedo, temblores y las neuronas y músculos a medio gas por culpa de las jodidas pastillas.
     Sigue avanzando. Ella exhala un suspiro ahogado y cae de rodillas. Cuando le acaricia el pelo y acerca la hoja afilada a su garganta, lo último que piensa es otra vez en las jodidas flechas de Cupido y en que quizás la gente no muera de amor, pero sí que hay muchos locos capaces de matar en su nombre.


Juanma Nova García


lunes, 23 de enero de 2017

DESPERTAR

Despertó con terribles dolores en todo el cuerpo. Apenas podía abrir los ojos. La luz de los fluorescentes del techo le cegaba y no podía pensar con claridad. Intentó situar la habitación donde se encontraba. Miró alrededor. Varias máquinas controlaban su respiración, ritmo cardíaco y demás constantes vitales. De su brazo izquierdo salía una vía que le suministraba medicamentos. También se encontraba intubada para permitir la entrada de aire a sus pulmones. No hacía falta pensar demasiado. Estaba en un hospital y, a juzgar por toda aquella parafernalia, su estado no era bueno. Una enfermera cruzó el pasillo a toda prisa. Quiso llamarla, pero no pudo.
     No recordaba nada de lo sucedido. Los dolores eran insoportables pese a los calmantes que le debían de estar suministrando. Cuando observó con más detalle sus brazos, comprobó que sufrían horribles quemaduras. ¡Claro! Empezó a recordar… ¡El incendio! ¡Las llamas! ¡Su vestido ardiendo! Y después… oscuridad. Los recuerdos le hicieron sentir pinchazos de dolor en las sienes. Una nube gris oscuro le nubló la vista. Comenzó a caer en un pozo oscuro de sopor y volvió a dormirse.
     Volvió en sí de nuevo tras lo que le pareció una eternidad. Seguía intubada y conectada a todos aquellos malditos aparatos. A su derecha había unas hermosas flores metidas en un jarrón sobre una mesita. No recordaba si estaban ahí la vez anterior o las habían dejado mientras dormía. Podía olerlas desde la cama. Su perfume le hizo relajarse. Parecía que ya no le dolía tanto. Pero tenía la cabeza embotada y le costaba hilvanar las ideas. Sin duda, estaba sedada hasta los huesos y eso debía mitigar en gran parte el dolor. Levantó un poco la sábana y se subió el camisón. La rozadura de la tela con la piel le hizo ver las estrellas. También tenía quemaduras en las piernas. Dio por sentado que las tendría por todo el cuerpo.
     A su derecha había un timbre. Pulsó el interruptor. En breve aparecería una enfermera. Tenía la boca seca y quería un poco de agua. Y necesitaba que alguien le explicara la gravedad de su estado. Sin tapujos ni mentiras. Esperó más de un minuto sin que apareciese alguien. Volvió a llamar. Un par de minutos más con el mismo resultado. Nadie acudía a su llamada. Pensó que, tal vez, el timbre estuviera estropeado. Sí, esa sería una posibilidad. O que su enfermera estuviera ocupada. Pero si así era, lo normal es que hubiera acudido otra a ver qué sucedía. Volvió a llamar tres veces más hasta que se dio por vencida.
     Permaneció alerta y esperando por si veía algún doctor o enfermera pasar por delante de la puerta. Pero, tras varios minutos, tampoco vio señal alguna de nadie. Aquello sí que era extraño. Por regla general, los pasillos de los hospitales son un hervidero de médicos, celadores, personal de servicio y limpieza o visitas. A no ser que fuera de madrugada y casi todo el mundo estuviese durmiendo. Se encontraba completamente desorientada en cuanto a la hora. No llevaba puesto su reloj. Y tampoco había ninguno de pared en la habitación. Aun así, algún personal de guardia tenía que haber. Y si era de noche, ¿qué hacían las luces encendidas? Otro pensamiento cruzó por su mente. Tal vez no estuviera en ninguna de las plantas generales del hospital, sino en la unidad de cuidados intensivos. Eso explicaría la soledad del lugar, aunque tampoco aclaraba otras cosas. Sin darse apenas cuenta, se fue adormilando de nuevo.
     Soñó, o creyó soñar, que una voz la llamaba por su nombre. Una voz desconocida que susurraba. Pero todo estaba envuelto en una espesa niebla. No veía ni un solo palmo más allá de sus narices. Tampoco se atrevía a caminar pues temía tropezarse o caer. La visibilidad era nula. Y aquella bruma era gélida. Se le habían helado las manos y los pies. La voz la seguía llamando. Pero en medio de la densa niebla, no era capaz de situarla. Parecía provenir de todas partes. Tan pronto la escuchaba detrás como delante, a su izquierda o su derecha, arriba y abajo al mismo tiempo. Y el eco que reverberaba y se perdía en todas direcciones lo complicaba aún más. Dio unos pasos hacia delante y perdió pie. Un abismo se abrió ante ella. Dio un grito y cayó. Cayo, cayó, cayó…
     Se incorporó en la cama entre jadeos. Había sufrido una pesadilla. Aún podía sentir el vértigo de la caída en su estómago. Respiró hondo varias veces hasta que consiguió serenarse. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. Las flores en el jarrón, la puerta abierta, las maquinas… ¡Un momento! Las máquinas estaban paradas y en silencio. No monitorizaban sus constantes vitales. ¿Cuándo habían dejado de funcionar? ¿La última vez antes de dormirse ya estaban así? No podía recordarlo. Todo estaba confuso. Envuelto en una niebla tan espesa y desconcertante como la de su sueño.
     Como las máquinas no la estaban ayudando, decidió que no tenía sentido seguir conectada a ellas. Así que, uno a uno, fue quitándose todos los cables y vías que la tenían enchufada a aquellos mil artilugios. Si nadie venía a verla, saldría ella misma a buscar explicaciones. Al ponerse en pie, notó un ligero mareo y le costó mantener el equilibrio. Sintió unas ligeras vibraciones en el aire. Le seguía doliendo todo el cuerpo, pero era un sufrimiento más llevadero. Un dolor en estado latente, incómodo, aunque no insufrible.     
     Salió al pasillo. Desierto. Decidió caminar hacia su derecha. En algunas habitaciones había gente durmiendo y otras estaban vacías. También había algunas cerradas. Llegó hasta el final del pasillo que ahora giraba a su izquierda. Al fondo vio a una enfermera. Caminó hacia ella. La auxiliar dobló, a su vez, hacia otro pasillo a la derecha. Aligeró el paso para alcanzarla. Intentó llamarla en vano. No salía ningún sonido de su garganta. Quizá el fuego le había destrozado las cuerdas vocales. La enfermera abrió una puerta en mitad de aquel nuevo pasillo. Por lo demás, el lugar estaba tan solitario como unas tierras baldías. Y envuelto en una sofocante penumbra, por lo que resultaba claustrofóbico y siniestro. Llegó hasta la puerta por la que se había perdido la mujer. La abrió. Unas escaleras que bajaban hacia alguna especie de sótano o almacén. Bajó con cautela, pues le costaba flexionar las rodillas. Oía el eco de los pasos de la sanitaria perdiéndose en la distancia. Intentó bajar más deprisa. Al fondo de las escaleras había un pequeño pasillo que terminaba en una puerta de metal. No había más salidas o pasillos a izquierda o derecha. Así que la enfermera debía de haber entrado en aquella estancia. Se encaminó hacia la puerta. Tenía un letrero a la altura de sus ojos:
     “DEPÓSITO DE CADÁVERES”.
     ¡Dios mío! La enfermera le había conducido hasta la misma Morgue. Sintió un súbito escalofrío recorriendo toda su espalda hasta la nuca. El vello se le erizó. No le gustaban los cementerios, tanatorios ni nada que tuviera que ver con los muertos. Pero debía de hablar con aquella mujer. Alguien tenía que explicarle su estado y ponerle en contacto con su doctor. Así que, armándose de valor, abrió la puerta y entró en la sala. Dentro no había rastro alguno de la enfermera, pero había puertas que conducían a otras habitaciones, así que podía haberse metido en cualquiera de ellas. La sala era inmensa y en las paredes había compartimentos frigoríficos donde, sin duda, descansaban los cadáveres de las personas fallecidas recientemente en el hospital a la espera de ser recogidos y trasladados. Había una hilera de mesas metálicas dispuestas a intervalos regulares por toda la sala. Las mesas donde se realizaban las autopsias. Una gran cantidad de herramientas de trabajo, cuchillos, bisturís, sierras, pinzas, tijeras y objetos cortantes de todo tipo, estaban relucientes y preparadas para su función en unos bancos de trabajo contiguos pegados a las paredes. Todas las camillas estaban vacías excepto una. En ella se encontraba dispuesto boca arriba un cuerpo esperando a su disección. O tal vez ya descansando tras la misma. Pero no lo creía, pues todo estaba limpio y reluciente. Sentía aversión a los muertos, pero le pudo más la curiosidad. Se acercó a la mesa.
     Conforme se iba aproximando, el estómago se le fue encogiendo. Era el cuerpo de una mujer. Y le era extrañamente familiar. Cuando llegó a su altura se tuvo que contener para no vomitar. El cuerpo estaba completamente quemado de arriba abajo. Todo menos el rostro. Reconoció aquellas facciones. ¡Eran las suyas!
     Escuchó una risita a su espalda. Se volvió a mirar. Había una niña de pelo lacio y negro y apenas seis o siete años de edad sentada en el suelo contra la pared. Estaba pálida y demacrada, aunque sonreía.
     —Al principio cuesta hacerse a la idea, pero con el tiempo te acostumbras  —le susurró y volvió a reír entre dientes mientras le guiñaba un ojo. 

Juanma Nova García                                         

viernes, 13 de enero de 2017

EL PROFANADOR

Su nombre de pila era Sándor, pero todos lo conocían como “El profanador”. Originario de Békéscsaba, desde que se casó con Erika vivía junto a ella en Gyula, una pequeña ciudad del sudeste de Hungría, cerca del río Fehér-Körös y la frontera con Rumanía. Si algún forastero llegaba por allí, no necesitaba indagar demasiado para conocer la naturaleza de su trabajo. Pero nadie le temía, culpaba o reprochaba aquello. Más bien, eran muchos los que solicitaban sus servicios
     Desde muy joven, había seguido los pasos de su padre László. En aquella época, la creencia en bestias y criaturas nocturnas deambulando entre los vivos iba más allá de la mera superstición. Todo el mundo estaba convencido de su existencia y era difícil encontrar a alguien que no jurara haberse topado con alguna. Se pensaba que aquellas razas de la noche eran inmortales y tenían el poder de volver de sus tumbas una vez muertas. Así que la única manera conocida de acabar con ellas definitivamente era descuartizarlas en vida, o abrir sus tumbas una vez muertas y proceder de la misma manera. Su padre había luchado y exterminado a decenas de aquellas bestias. Ahora Sándor, con la ayuda de Dios, seguía librando la eterna batalla contra los demonios del mal.
     El trabajo de aquella noche sería uno más. Una familia pobre de una aldea cercana le había llamado. Su hijo había fallecido por la mañana, víctima de unas repentinas fiebres, y le habían dado sepultura aquella misma tarde. Sus padres siempre sospecharon que, de alguna manera, pertenecía a aquella estirpe maldita. Desde pequeño disfrutaba torturando y matando animales para después beberse su sangre. Ya de adulto le habían pillado haciendo lo mismo… con su propia hermana. La chica despertó y gritó, y ellos llegaron a tiempo. El joven argumentó en su defensa que era sonámbulo, estaba dormido y no sabía lo que había hecho. Pero aun así lo echaron de casa. En los meses siguientes, dos jóvenes muchachas murieron desangradas y torturadas de forma atroz. El resto del pueblo sospechaba del chico. Ellos sabían con absoluta certeza que era él. Ya estaban pensando en hablar con los vecinos, contarles la verdad y acabar con su vida cuando aquellas benditas fiebres les habían ahorrado el trabajo. Pero ahora temían que volviera de su tumba con sed de venganza y apetitos aún más depravados. No se atrevieron a descuartizar el cuerpo ellos mismos. Pese a todo, había sido su hijo. Llamarían a “El profanador”.
     Estaba acostumbrado a aquel ritual, lo había realizado hasta la saciedad desde su juventud. Sin embargo, aquella noche sintió un súbito escalofrío cuando pisó por primera vez aquel cementerio. El invierno acababa de asentarse y sus primeros alientos gélidos, tétricos como lamentos, sisearon oscuros murmullos entre las lápidas agrietadas y mohosas. Varios cipreses ya muertos levantaban su leprosa y desnuda osamenta hacia la eternidad del cielo, evidenciando su pesada y lúgubre antigüedad. Mientras, la mano helada del viento arrancaba de sus ramas notas y vibraciones insufribles, componiendo una melodía de macabra y aterradora desolación. Pero no se dejó intimidar. Había venido a realizar un trabajo… y lo haría. No se trataba solo de dinero; él era un ángel enviado por Dios para librar su divina batalla en la tierra contra las alimañas de las tinieblas. Así que levantó la pesada losa de mármol negro y retiró la primera paletada de gusanos y tierra.
     Mientras realizaba su trabajo, tuvo la impresión de que una miríada de seres invisibles y llenos de ira le acechaba en la oscuridad. El viento gélido arreciaba y parecía arrastrar consigo inconfesables letanías de pesadumbre. Fue entonces cuando le pareció escuchar el susurro de unas pisadas sobre la hierba. Se volvió asustado, escudriñando las sombras en todas direcciones. Pero la lámpara de aceite que había llevado consigo apenas alumbraba un par de metros alrededor. En el círculo de luz que la llama había iluminado, nada se movía. Contuvo la respiración. Aguzó el oído… Nada. Ningún sonido salvo el ulular del viento y los latidos dentro de su pecho. Pero le había parecido oír unos pasos acercándose por detrás. No… no podía ser. Allí no había nadie. Sin duda, se había sugestionado demasiado. Dejó que su respiración se acompasara, que el corazón volviera a latir a su ritmo…
     Una vez hubo desenterrado el cadáver, la tarea no le llevó demasiado tiempo. El cuerpo ya estaba frío, pero aún no había empezado a descomponerse. Si era un hijo de la noche, nunca lo haría. A no ser que se le pusiera verdadero fin a su existencia. Para eso estaba allí. En primer lugar, atravesó su corazón con una daga afilada. Mientras lo hacía, le pareció ver por el rabillo de su ojo izquierdo como el difunto abría los suyos. Cuando se giró para mirar, estaban cerrados. ¿Habría sido su imaginación? Sin duda. Aunque si aquel ser aún no estaba muerto del todo… Desterró aquella idea. Debía acabar su trabajo con premura antes de que el pánico se apoderase de él. Con un hacha afilada cercenó la cabeza de sus hombros. A continuación, desmembró las extremidades del resto del cuerpo. Ya no habría manera de que aquel engendro escapara de su tumba para seguir dando rienda suelta a su sed de sangre. Volvió a cerrar el ataúd, lo cubrió con tierra y selló la losa de mármol de su lápida.
     Caminaba ya hacia la salida cuando, esta vez sí con total nitidez, escuchó extraños crujidos, como de pisadas sobre hojarasca, que se acercaban tras él. Miró en derredor, pero no consiguió ver nada... ¿De dónde había salido de repente aquella niebla? No era raro que muchas noches de invierno se posara sobre el valle y las riberas del río. Pero siempre lo hacía de manera paulatina, nunca de golpe. Además, aquel pesado manto parecía insano, maligno; como si escondiera seres perversos y hostiles en su interior. Escuchó un sonido tembloroso y lóbrego, como si procediera de las profundidades de la tierra. Tenía que llegar a la verja de salida, pero con la niebla se había desorientado y no sabía en qué dirección caminaba. Por si fuera poco, había olvidado la lámpara de aceite al lado de la tumba, perdiendo con ella su única fuente de luz. La niebla hacía que la noche fuese menos oscura, pero no sabía si prefería aquellas oscuras tinieblas insondables de antes o aquel nuevo halo fantasmagórico de agobiante invisibilidad.
    Llegó a una pared de piedra. Al menos ya no se encontraba en las entrañas del camposanto, pero tampoco sabía en qué punto cardinal se hallaba. Así que empezó a dudar hacía dónde dirigirse. Escalar el muro tampoco era algo factible. Las paredes eran demasiado altas y las piedras lisas estaban resbaladizas por la humedad con que la niebla las había lamido. Y no había nada que le sirviera de asidero. Si al menos encontrara algo a lo que poder subirse. ¿Pero qué? No tenía tiempo. Y mientras, algo se acercaba por detrás. Cerca, cada vez más cerca... reptando por el suelo… Debía ponerse en movimiento ya. ¿Izquierda o derecha? ¡Qué más daba! Se dio la vuelta…
     …Y allí estaba el joven demonio al que acababa de descuartizar, de pie frente a él. Volvía a tener la cabeza sobre los hombros y los miembros en su sitio, aunque se contemplaban con nitidez los espantosos tajos que su hacha le había producido. De ellos surgían jirones de carne muerta y resbalaban surcos de sangre. Quiso gritar, pero no lo consiguió. Intento correr, pero no supo. La criatura se acercaba a él. Sonreía. Tras ella, con repugnante sigilo, surgían extrañas figuras de cada una de las lápidas arcanas.
     El espectro sacó una larga y monstruosa lengua por entre dos largos y afilados colmillos y se lamió los labios resecos con deleite. Tras sus ojos negros y profundos acechaba un abismo. Las figuras siniestras se acercaron reptando lentamente; rictus relampagueantes de ira, rostros carcomidos por la descomposición, desgarrones de sudario que apenas ocultaban los multiformes horrores de la descomposición. Escuchó la congregación de siseos ansiosos, de alaridos triunfantes y espantosos que surgían del coro de bocas cadavéricas, de las repulsivas llamas del mismísimo Averno.
     Se formó una danza alucinada. Sintió sobre su rostro el roce nauseabundo de unos dedos rugosos. Tuvo el efecto de una sacudida. Intentó huir, pero aquellos engendros demoníacos le cerraban el paso. Sintió unas manos frías acariciando sus mejillas, una lengua helada lamiendo sus labios, unos afilados colmillos hundiéndose en su cuello. Regresaron entonces las bestias a sus refugios infectos y hediondos…
     …Y él se hundió con ellas.   

Juanma Nova García                                                    

lunes, 2 de enero de 2017

EL SECRETO DE SU MANO

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una tarde de primavera la abrió...

Al principio no conseguí ver nada, pues tuve que cerrar los ojos ante el resplandor que surgió de ella, pero después... Abrió la mano y fue como volver a la habitación y los juegos y secretos de la niñez para decirle al espejo: Por fin he vuelto a casa.

Abrió la mano y de su interior sopló una brisa risueña, un viento travieso que al acariciarte el rostro te leía los pensamientos y revolvía tus cabellos como si fuesen algodón o risa o un jardín de mariposas que te subiera por los tobillos hasta las rodillas haciéndote cosquillas, como el revuelo de las flores en primavera y las nubes y su eco, como si una estrella fugaz te levantara el sombrero sin hacer apenas ruido, como el rebelde crujido de un relámpago en el cielo de la tormenta.

Recuerdo los pliegues de sus dedos níveos, casi de porcelana, formando un mágico cuenco, un pequeño y cristalino estanque en el que las ocas y los cisnes iban ahora de sur a norte en una nueva y desconocida migración, regresando siempre a su nido en el hueco del meñique que los acunaba y acariciaba como si él mismo fuese también tersa pluma; recuerdo los remolinos del agua y sus vaivenes alrededor de las aves, y las olas que conquistaban la orilla como si fuesen sueños.

En aquella mano que por fin se abrió suspiraba y deliraba el Mistral formando espirales a veces de magia, a veces de fuego; en ocasiones no decía nada y en otras, sin hablar, lo decía todo... y se acurrucaba en la curva del cuello, en las mejillas sonrosadas o en la comisura de la boca y, de regreso a su hogar, se colaba por la ventana abierta y pequeñita de un "estoy contigo por siempre jamás".

También se convertía en una caricia de arco iris, pero la melodía de su voz no cabía toda dentro y surgía y brotaba formando colores habitados por abejas que traían miel y luciérnagas que irradiaban luz y hormigas que portaban hojas carmesí y púrpura y verdeazuladas, y brillantes grises y rosados desde el sendero inquebrantable de las uñas.

En las líneas de su mano había un tiempo y una historia y un lugar... Y un alfabeto y una constelación y un mapa donde no había fronteras y sí manantiales y sirenas en busca de náufragos medio ahogados en su sed de nuevas tierras, arribando a una orilla y una costa de cristal y nácar para adentrarse tierra adentro y llegar a las arterias de los bosques y al pulmón de las montañas y sentir el latido de los caminos cuando los recorre el corazón.

Lo que tenía en la mano era un pestañeo de esperanza y un temblor de rodillas y un cosquilleo en el estómago... y apenas terminó de abrirla me besó como se besan dos labios enamorados. Lo que tenía en la mano más que carne, piel y huesos era cariño y ternura y una canción que te llamaba y te desnudaba dejándote de regalo un nombre mágico como el eco de una risa lanzándose en picado como un halcón desde el acantilado del alma.

Y aquella mano indescifrable, impensable e imposible se abrió como una flor al sol de la mañana y sentí vértigo y alegría y un escalofrío que me acarició y fue... Fue como si siempre hubiese estado muerto y al mismo tiempo no pudiera morir jamás... y como si todas las veces que muriera de ahí en adelante fuesen para estar cada vez más vivo y alegre y despierto.

Todos estábamos intrigados por lo que aquella hermosa muchacha pudiera guardar en esa mano que llevaba siempre cerrada. Recuerdo que una noche de verano la abrió de nuevo...

Y esta vez entrelazó sus dedos con los míos y me perdí para siempre en el laberinto de la magia y el abismo del amor...


Juanma