martes, 13 de diciembre de 2011

CALIGRAMA

Sube al tren. Con infinita tristeza. Todos la miran. Y ella lo sabe. Se sienta sola, llora, la siguen mirando. Se ha puesto unas gafas de sol para intentar ocultar su dolor, a al menos para disimular las lágrimas. El tren llega a su destino. Se baja en silencio, llorando. Camina hasta un parque cercano. Se sienta en un banco bajo las osamentas desnudas de los afligidos árboles de otoño. Llora. La miran. Mira dentro de su bolso y saca algo de su interior. Llama por teléfono.

Cae la noche. Vuelve a casa y llora. Saca una tiza de un cajón y empieza a marcar cada objeto con una X mayúscula. No hay nadie. Nadie la mira. Nadie la ve. Eso le duele aún más. Se enfrenta a la mirada que le devuelve el espejo. Se contempla largo rato en él. Descubre que tiene un agujero en el pecho. Más bien se trata de un hueco del tamaño del corazón. Ve la pared de detrás a través de aquella abertura que parece haber cobrado vida en su interior. Se sienta. Hunde un cuchillo en lo más profundo de sus entrañas que la atraviesa sin ninguna sensación. Ahora lo entiende. Sonríe al fin.

                                                                                      *  *  *

En el pasillo de un avión que atraviesa el océano, él avanza, llorando. Lo miran. Cierra los ojos. Acaba de recibir una llamada. Llora. Se quita las gafas de sol y se desabrocha el cuello de la camisa. Pone sobre sus piernas temblorosas el bolso de mano. Mete la mano dentro del bolsillo, buscando algo que le espera allí y que parece ser su única salvación. 

Se seca el sudor de la frente. Empieza a inquietarse, se palpa el pecho. Todo bien. O quizás todo mal, pero al menos en su sitio. ¿Y entonces? Lo coge con cuidado. Es sólo un papel en el que hay un caligrama con unos versos en francés. Al fin lo entiende. Sonríe también.

"En este espejo estoy encerrado vivo y real como se imagina a los ángeles y no como son los reflejos..."
(Guillaume Apollinaire)



  Juanma - 13 - Diciembre - 2011








   

sábado, 26 de noviembre de 2011

HACIA RUTAS SALVAJES...


CRISTOPHER JOHNSON MCCANDLESS


‎"Hay placer en los bosques sin caminos, hay éxtasis en las orillas solitarias, hay compañía donde nadie pisa, cerca del profundo mar y de su rugido musical; no amo menos al hombre, sino más a la naturaleza"
(Lord Byron)





Hoy, cambiando la dinámica del blog, no voy a escribir un texto mío. Hoy quiero rendir homenaje a un gran personaje, un hombre libre que eligió su propio camino y destino, su forma de vivir la vida hasta sus últimas consecuencias sin dejarse arrastrar por los convencionalismos sociales... un hombre cuya historia conocí hace un tiempo, fruto de la casualidad al ver la película sobre su vida, pero que desde que llegó a mi conocimiento me fascinó y conmovió. Un hombre que decidió fundirse con la naturaleza buscando la armonía y la felicidad en ella, dejando de lado todo aquello que odiaba o no le llenaba de la sociedad en que vivía. Recomiendo sin duda alguna la lectura del libro "Into de wild" de Jon Krakauer, y también, por supuesto, la película con el mismo título "Hacia rutas salvajes".


   Christopher Johnson McCandless (12 Febrero de 1968 - 18 agosto 1992) fue un errante estadounidense que murió cerca del Parque nacional Denali después de caminar en solitario en medio del desierto de Alaska sin apenas comida y escaso equipo. Jon Krakauer escribió un libro sobre su vida, "Into de wild", en 1996, y que inspiró en 2007 una película dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch.

   McCandless creció en Virginia, en el Condado de Fairfax. Su padre, Walt McCandless, trabajó para la NASA como un especialista en antenas. Su madre, Wilhelmina ‘Billie’ Johnson, era la secretaria de su padre y más tarde ayudó a Walt a instalar una exitosa compañía consultora. Ya desde muy temprana edad, sus profesores notaron que Chris tenía una voluntad inusualmente férrea. Cuando creció, agregó a esa determinación un peculiar y propio idealismo y  una gran resistencia física. En la escuela secundaria, ejerció como capitán en el equipo de atletismo, donde instó a sus compañeros de equipo a correr como si de un ejercicio espiritual se tratara, en el que ellos estaban corriendo "contra las fuerzas de oscuridad (...) contra todo el mal en el mundo y todo su odio". Se graduó en la escuela secundaria en 1986 y en la universidad en 1990, especializándose en historia y antropología. Su rendimiento superior a la media y su éxito académico enmascararon un desprecio creciente por lo que él consideraba como el "materialismo vacío de la sociedad norteamericana". En su primer año se le ofreció pertenecer a la fraternidad Phi Beta Kappa, pero lo rechazó argumentando que los "honores y los títulos son irrelevantes". Las obras de Jack London, Leon Tolstoi y Thoreau tuvieron una fuerte influencia en McCandless, y soñó con abandonar la sociedad, al estilo de Thoreau, por un período de solitaria contemplación.

   Después de graduarse de Emory en 1990, donó sus ahorros de 24,000 dólares a la caridad y empezó a viajar por el país, usando el nombre de Alexander Supertramp. McCandless hizo su viaje a través de Arizona, California y Dakota del Sur, donde trabajó en labores agrícolas. Alternó su periplo  entre períodos de trabajo relativamente fijos y con mucho contacto con gente, con periodos en que estuvo sin dinero y sin ningún contacto humano, al punto que a veces tuvo que luchar duramente por conseguir algo de comida con que mantenerse. Sobrevivió a innumerables peligros durante estos periodos de vida salvaje, como cuando perdió su automóvil en un diluvio, o cuando decidió descender en canoa por el río Colorado, en dirección al golfo de California. McCandless se enorgullecía de sobrevivir con un mínimo de elementos y una preparación bastante básica.




Durante años, McCandless había soñado con una "Odisea por Alaska"; vivir de la tierra, lejos de la civilización, y manteniendo un diario de vida que describiera su progreso físico y espiritual, enfrentado a las fuerzas de la naturaleza. En abril de 1992 hizo autostop a Fairbanks, Alaska. Fue visto con vida por última vez por James Gallien, quien le llevó de Fairbanks a Stampede Trail. Gallien se preocupó por "Alex", pues tenía pocos medios materiales y ninguna experiencia en el entorno de Alaska. Gallien intentó persuadir a Alex para que desistiera en la idea de su viaje, e incluso ofreció conducirlo a Anchorage para comprar equipamiento adecuado. McCandless se negó a recibir cualquier ayuda, salvo un par de botas de caucho, dos latas de atún y una bolsa de maíz. Después de hacer una caminata a Stampede Trail, McCandless encontró un autobús abandonado como un lugar para asentarse, y se empeñó en vivir exclusivamente de la tierra. Llevaba consigo una bolsa de arroz, un rifle Remington semiautomático, munición, un libro sobre las plantas locales, varios otros libros de sus autores preferidos y algo de equipo de montaña y acampada. Asumió que debía cazar para poder vivir; a pesar de su inexperiencia como cazador, McCandless capturó con éxito algunos animales pequeños tales como puercoespines y pájaros. Una vez mató un alce; pese a su logro no pudo conservar toda la carne sobrante, ni siquiera tras haberla ahumado sobre unos arbustos, tal como le dijeron los cazadores con que se había encontrado en Dakota del Sur. Su diario de vida contiene entradas que cubren un total de 113 días. Estas fechas relatan la cambiante fortuna de McCandless. Después de vivir con éxito en el autobús durante varios meses, Chris decidió salir en julio, pero encontró el sendero bloqueado por el río Teklanika, que estaba entonces considerablemente más crecido que cuando lo había cruzado en abril.

   El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de cazadores de alces encontró esta nota en la puerta del autobús; "S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, muy cerca de morir y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless".

   Era el 12 de agosto, día que escribió lo que se piensa fueron sus últimas palabras en el diario. Arrancó la página final del libro de memorias de Louis L’Amour, "Educación de un Hombre Errante". En el otro lado de la página, Chris agregó; "He tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos". Su cuerpo se encontró en su saco de dormir dentro del autobús, con apenas 30 kilos de peso. Llevaba muerto más de dos semanas. La causa oficial de su muerte fue la inanición. Su biógrafo Jon Krakauer ha sostenido que dos factores pueden haber contribuido a la muerte de McCandless en agosto de 1992. Primero, que estaba en riesgo de inanición debido a su creciente actividad, en comparación con la escasa comida que consumía por lo poco que cazaba. Sin embargo, Krakauer insiste que la inanición no fue, tal como lo indican los certificados de defunción de McCandless, la causa primaria de su muerte. Inicialmente, Krakauer sugirió que McCandless podría haber ingerido semillas tóxicas .Sin embargo, las pruebas de laboratorio demostraron concluyentemente que no había ningún rastro de toxina presente en los suministros de comida de McCandless. En las ediciones posteriores de su libro, Krakauer ha sostenido entonces que fue un hongo, que creció en las semillas que McCandless comió, el que provocó su fallecimiento. Sin embargo, no queda ninguna evidencia para apoyar la teoría de Krakauer, salvo un escrito que dejó el propio McCandless en su diario el día 30 de Julio y que decía; "Extremadamente débíl, falta de agua, semillas..." pero toda la información forense disponible sugiere que McCandless simplemente murió de hambre.





Trailer de la película:





"No vivo de lo que el mundo piensa de mí, sino de lo que yo pienso de mí mismo"
(Jack London)








 








martes, 8 de noviembre de 2011

EL REFLEJO INVISIBLE

Tuvo un sueño extraño, como tantas y tantas noches, en el que se levantaba de la cama y se miraba al espejo.

Notaba como arena en la boca y todos los dientes se le caían. Primero despacio, de uno en uno, casi como si fuesen de cristal. Y después sentía cómo se le iban desprendiendo los demás. Se le caían demasiados, cerca de cien, más de los que tenía, sin que entendiera cómo eso podía ser posible; a continuación los escupía en el lavabo con asco y asombro, y sin embargo nunca era el fin del mundo. Sintió una especie de zarandeo y despertó. 

Se levantó y fue caminando con cautela hasta el baño, aunque no conocía los pasillos que recorría, por lo que llegó a la conclusión de que no estaba en su casa. Se sentía extraño, confundido, huraño. Un día pensó que era alguien, pero aquella noche se sentía demasiado lejos de ser nadie. Se miró al espejo. O eso pretendía, pero no lo consiguió. Del otro lado del espejo no había nada. No es que no hubiera reflejo, era más bien como mirar cara a cara al vacío, nada de nada. Ni un ojo, ni una pestaña, ni un pequeño destello que anunciara que estaba ahí. Nada. Una coqueta estantería de madera, los azulejos de cerámica de las paredes, una cortina azul casi transparente en la bañera. Aquello sí se reflejaba. Pero él no estaba. Se asustó bastante, por supuesto. Aunque no tanto como uno podría suponer que alguien se asustaría si desapareciera del espejo. Recordó el mito de los vampiros, y pensó que él también hacía tiempo que se estaba quedando sin sangre. Seguramente no fuera eso, pero ni siquiera podía verse el cuello para asegurarlo. 

Se metió en la bañera para darse una ducha, intentando cantar alguna canción que recordara. Seguía sin poder entender hacia qué extraño mundo se había fugado su reflejo, preguntándose si podía uno sentirse completo cuando aquella persona que habitaba dentro de ti mismo había decidido abandonarte. 

Apenas una semana después se dio cuenta de que se había perdido, que en algún lugar y algún momento de sus últimos días se había extraviado. Que tal vez era lo que no era, o que quizás ya no era lo que era o, en última instancia, que no sabía qué diablos era ahora, ni dónde ni cuándo estaba. Dudó: ¿estaría ése, su otro yo, pensando en aquel mismo momento aquellas mismas cosas? Decidió que no, que aquello era imposible, que estaba desvariando, que como mucho aquel otro estaría ya tomando decisiones para cambiar las cosas, que seguro que no miraba hacia atrás como él y que, de hecho, tal vez fuera esa la razón de que se hubiera marchado. Se sintió solo y cruelmente abandonado. Sintió algo parecido a la envidia. En aquel instante, casi hubiera preferido que de verdad se le cayeran los dientes. 

Intentó simular que no pasaba nada, que aquello no iba con él, que no le importaba. Pero, ¿cómo podía no importarle? Cuando se cumplieron otras tres noches más de sueños encriptados decidió salir a buscarse. En los bares. En los restaurantes. En las bibliotecas. En los parques. En las calles. En los diarios que escribieron cuando aún tenía reflejo. Pero no estaba. 

El espejo se volvió mudo, ciego e insensible.

Una noche mientras paseaba, ya de madrugada, creyó ver en las pupilas de alguien una boca. Una boca que se movía de manera familiar, y que al instante reconoció como propia; y detrás nada. ¿Podía imaginarse? Sólo una boca flotando en las pupilas de alguien, pero algo era algo; y en aquellas circunstancias algo era mucho, y mucho era demasiado Volvió a casa radiante y feliz. Y al día siguiente, en los ojos de una muchacha que había amado, descubrió que no había sólo una boca, sino su propia mirada. Y de aquella manera tan asombrosa fue reapareciendo, poco a poco, entre los párpados de aquellos que conocía o con los que se encontraba: una amiga de la infancia tenía una oreja, otra los dientes (por suerte no se le habían caído), un vecino los pómulos,  su compañera de trabajo las pestañas. Fue coleccionando mentalmente los fragmentos, y volvió a conseguir algo remotamente parecido a un reflejo. No era mucho, era tan sólo el esbozo de un recuerdo triste. No obstante, consiguió volver a  dormir. 

A la mañana siguiente intentó algo nuevo: probó a sonreír. Su sonrisa, ya casi no la recordaba, apareció como por arte de magia, estaba ahí detrás. Detrás de todo... aunque delante de nada. Un poco tenue, casi etérea, pero sí, parecía la suya, a todo color, con sus labios carnosos y todo. Su sonrisa perdida... por fin ahí estaba. Le vino a la memoria un recuerdo de hacía mucho tiempo, cuando una novia que tuvo le dijo que él era como el gato de Cheshire y su sonrisa, la misma del gato.

Y probó de nuevo a sonreír. Y comprendió que nunca debió de dejar de hacerlo y que, de ahí en adelante, jamás dejaría pasar ni un sólo día más de toda su vida sin regalar una sonrisa a alguien...


Juanma - 9 - Noviembre - 2011



   

domingo, 25 de septiembre de 2011

COMO UNA CANCIÓN

Se acerca despacio, apenas una sombra que levitara por el local. Allí está, en primera fila; fumando distraído, a grandes caladas, con alegría. Y se contagia de risa, de humo, de brisa. En primera fila, sostiene en la mano una rosa que le entrega en cuanto se acerca; él se inclina, sonríe con la mirada y le lanza un beso para que ella lo coja al vuelo. El beso del loco del tarot que viene de vuelta a la desquiciada baraja de la vida. En primera fila, se siente capaz de lanzarse al abordaje de todas las naves si es preciso, de arrojarse al vacío sin paracaídas, sólo para comprobar si no se le ha olvidado volar. Afuera, la noche reclama su sed de sueños. Es temprano para otra partida de cartas: la hechicera y el mago tienen una cita.

Y todo surge como en las canciones: el vértigo del amor prohibido, el hechizo de gustar, el milagro de coincidir, la maravilla de encajar. Se puede morir de desidia y dejadez como de cualquier otra cosa. ¡A quién le importa! El mago prestidigitador realiza algún que otro ritual truco de manual mientras los cuerpos exigen aire, exigen agua, exige ser voz. La alquimista vacía el cargador del revólver, la ruleta de la fortuna convertida en espeluznante ruleta rusa. Y un par de disparos secos y estremecedores antes de comprender que la vida, muchas veces, es igual que una canción.

Lágrimas como perlas de sal, noches gélidas, otoño insistente y sin un mal beso que llevarse a los labios. La hechicera revuelve la noche de la ciudad con la misma mesura que sus cabellos. Y la ciudad es todo un universo cuando se ama a uno sólo de sus habitantes. Cumple con puntualidad exquisita los horarios, ¡quién lo diría! Después, hace horas extra con la demencia y la locura. Y los jodidos recuerdos como un cuchillo de sierra en la garganta.

El mago se vuelve puente levadizo y castillo; ella se acerca desamparada a su fortaleza. Se pierde entre los pasillos y bajo las mazmorras en que estuvo prisionera. Dice adiós antes incluso de llegar. Bajo las almenas, el reloj del corazón: sobre la cama, las agujas retorcidas y destrozadas. La primavera queda aún bastante lejos del frío invierno que le espera.

En primera fila, sigue fumando con aire distraído, a grandes caladas, con ironía. Y se contagia de cenizas, de humo, de triste melancolía. En primera fila, tiene las venas abiertas por afiladas espinas que a nadie mostrará. Él se inclina, se quita con miedo el sombrero y regala dolores y agonías. El dolor del insensato que empieza a creer de nuevo en el cruel invierno, en el inminente final. En primera fila, siente el alma cerrada por acoso y derribo. Se contempla entre sueños malviviendo irremediablemente con su némesis, su fiera enemiga. Afuera, la noche reclama su hambre de pesadillas. Es tarde para otra partida de cartas: la hechicera y el mago no vuelven a encontrase jamás...


Juanma - 25 - Septiembre - 2011


miércoles, 7 de septiembre de 2011

MIEDO


Desde que tengo uso de razón, tengo miedo. No es un miedo irracional a los monstruos que en nuestra niñez habitan en el armario, a los fantasmas bajo la cama o a seres inimaginables de otros mundos. Tampoco a la noche o la oscuridad. Es un miedo mucho más cercano, más mundano, que casi se puede tocar. Miedo de que mis seres queridos mueran, de que la gente que quiero se marche o se aleje, de quedarme solo Tengo miedo, cada vez que cierro los ojos, de que esta vida no sea en realidad mía, sino que la esté viviendo tan sólo de prestado.

Tengo miedo de mirar hacia atrás y tengo miedo cada vez que voy con alguien a un lugar desconocido, pero más miedo cada vez que alguien se va a algún lugar desconocido sin mí.

Tengo miedo de los días que se escurren demasiado deprisa, así como de los que parecen moverse a cámara lenta.

Tengo miedo de no haber sido ese chico brillante que mis padres esperaban. Tengo miedo de que dios se enoje por haber decidido no seguirle, así que por las dudas me enojé con él yo primero.

Tengo miedo de haber elegido mal los caminos que probablemente pude elegir bien, y de ser un perpetuo y permanente desastre. De morirme de desgana, de desidia, de descontento, tengo miedo.

Tengo miedo de no saber encontrar a mis amigos, de perderme a mí mismo, de deshacerme en mil pedazos, de cambiar hasta no saber reconocerme.

Tengo miedo de traicionar mi propia historia por un suicidio una y otra vez siempre presente, y todavía me estremece el miedo terrible que tuve la primera vez que lo intenté. Tengo miedo de morirme, y cuando me muera tendré miedo de no volver a nacer.

Desde que soy capaz de recordar, soy el príncipe del miedo.

De cuando mis ganas de escribir falten, de que mis hijos no nazcan, de que las estrellas se apaguen De equivocarme en el amor, pero mucho más miedo del miedo a errar. De no confiar en la gente, y también de confiar. De que se me olviden los nombres de las chicas que amé, de la felicidad; y de que me falte, quizás más.

Miedo al reflejo de los espejos. Al invierno que se está yendo siempre, pero siempre volverá. Terror al olvido. Pavor a lo que llegue a hurtadillas. Pánico a lo que espero y no llegará.

Desde que mis pulmones respiran, tengo miedo. Pero entre escalofrío y temblor siento que me encuentro entero, profundo, vital...

¿Quién es el valiente que ha vivido sin temblar?

Juanma - 7 - Septiembre - 2011

miércoles, 3 de agosto de 2011

LOS AMANTES

Los amantes no despiertan en el pasado ni sueñan con el futuro. Saben que la vida está ahí, a la vuelta de la esquina, en la próxima hoja del calendario, en el halo de luz de las estrellas fugaces. Víctimas de una extraña fuerza que los imanta hacia la penumbra;, apasionados, jadeantes y sonámbulos de amnesia.

Los amantes no pierden el tiempo haciendo planes. Tienen la virtud de estar ahí siempre para el otro. Esa certeza existe, en parte, porque ya probaron antes a ejercer la gravedad inversa; a desimantarse, a desprenderse, a desenredarse. Aunque son conscientes de que no siempre es posible. Intentan no pedirse nunca nada. O casi nada, que pese a que parece lo mismo, no es igual. Entreabren la boca con timidez para susurrar un beso al labio amado, que también reclama su caricia. Escapan siempre de todos los sitios sin huir jamás de ninguno, y nadie sabe cómo lo consiguen.

Los amantes suelen ser perversos. Tanto que ni siquiera les persiguen ni duelen las culpas. Y sin embargo, en algún recóndito rincón de su perversión, una especie de ternura compartida conmueve a los que encuentran a su paso. Cuando llegan a los restaurantes, las mesas parecen desocuparse justo en los rincones menos concurridos, los camareros aparecen con sus sillas más cómodas y, antes de batirse en retirada, bajan la intensidad de la luz de las lámparas para dejarlos en la intimidad de sus bailes, sus rasguños y sus arrullos. En su cercanía, el universo se contrae, como si el olor de las hormonas cruzara las aceras de las calles antes que ellos atrayendo el deseo de los demás, como una respuesta a la propia pregunta de su deseo mutuo. Las mujeres miran a los amantes y se imaginan siempre en el lugar de ella. Intentan herirla a pestañazos, al tiempo que atraen a él con sus cuerpos hermosos y apenas contenidos. Los hombres los maldicen en silencio y tratan de competir con él en una especie de desafío en el que trataran de probarse a sí mismos. Pero cuando los encuentran juntos, regalándose las retinas, desnudándose con la mirada y descifrándose acertijos y enigmas, guardan sus reproches y vuelven cabizbajos sobre sus pasos.

Los amantes no se engañan ni mienten con falsas promesas. Son sinceros a su modo. No reclaman contratos de posesión ni pertenencia. Saben que el fuerte vínculo que los une discurre sigilosamente por el subsuelo de la ciudad. Son auras invisibles, como los  frágiles espectros de la vida y de la muerte. Permanecen despiertos noches enteras atravesando los sueños de las personas solitarias,  ocultándose entre sus sábanas, hasta que en alguna mente despistada e incauta se encuentran de nuevo y se aman. Se han desgarrado en jirones la piel en todos los rincones del universo sin apenas moverse de la cama, coincidiendo en las agujas del reloj del tiempo. El mago y la emperatriz, el loco y la rueda de la fortuna, escapados del tarot, caminando por su reino inaccesible.

En sus besos tienen siempre un cierto sabor añejo y ajeno. Beben de distintas botellas en la misma copa, se dibujan signos de alfabetos secretos con las manos. Nómadas sin hogar fijo, desesperados en su eterna fuga, todos aquellos que han querido interponerse entre ellos todavía se lamen las heridas. Siempre a solas, se desenmascaran, y en ese secreto al descubierto son tan resplandecientes que eclipsan hasta la misma luna llena.

Juanma -3 - Agosto - 2011

miércoles, 6 de julio de 2011

UN DÍA SIN TIEMPO

Quizás muchos de nosotros lo hemos pensado alguna vez; ¿qué haríamos si se nos diera la oportunidad de disfrutar de un día sin tiempo? En mi caso, si se me presentara tal ocasión, un hermoso día gratis que nadie me fuera a cobrar, o que tal vez se hubiera caído del calendario y nadie lo fuera a reclamar... tengo muy claro lo que querría hacer.

Levantarme todo lo tarde que me fuera posible, o quizás no levantarme, pero siempre a tu lado, contigo. O despertarme algo más decidido, un poco más valiente que de costumbre (es un día medio real y medio fantasía, como un sueño), y caminar las pocas calles que me separan de tu casa. Escribir un poema en el que cada verso termine con dos pequeñas y hermosas palabras que hace mucho no te digo, y gritarlas a pleno pulmón hasta que te asomes a la ventana... o hasta que lo hagan tus vecinos. Secuestrarte y enseñarte el plural de la primera persona, pero siempre conmigo. Decirte que no tengo mucho dinero, pero que me sobran sueños, alma y corazón. Desnudarte en el mismo sitio y en el mismo momento en que te encuentre. Llevarte a aquel lugar que imaginé para ti y en que debimos haber hecho el amor por primera vez y no lo hicimos. Hacerlo ahora. Abrazarte y acariciarte como hace siglos sueño, diciéndote todo eso que normalmente no te digo porque ya lo sabes de memoria o porque tengo miedo de acabar siendo el protagonista mismo de uno de mis cuentos.

Llorar, todo lo que me apetezca, pero tristeza, dolor ni vergüenza. Inventar mi mejor argumento de veinticuatro horas. Escribir, corregir y tal vez publicar que los meses deberían ser amigos que construyen y no enemigos que hacen mella, que he comprado toalla nueva y está en mi casa esperando impaciente para secarte, que el corazón no se clausurará más por dejadez o abandono, que extrañar y añorar y anhelar el amor no es un crimen, aunque a veces lo parezca. Escribirte a mano una carta de varios folios y mandarla por correo, como antiguamente. Besarte. Ir corriendo a abrazarte de nuevo como si hiciese siglos que no lo hiciera Volver de inmediato. Y besarte otra vez.

Tal día no será nunca un día. Quizás como mucho, consiga semejarse a instantes dispersos e inconexos que nadie contempla, pero que alguien consiguió hilvanar, reunir y pegar. Mañana, algunos disfraces y máscaras reemplazarán a las alegrías y las pasiones, y los relojes comenzarán de nuevo a andar. Llegará otra luna nueva. Y yo quizás nunca habré escrito este día sin tiempo...

Juanma - 6 - Julio - 2011

martes, 17 de mayo de 2011

EL ABISMO DE TUS OJOS

Porque eres sueño que girando en rebeldía
desafía la bruma
                                     la fría noche
haciéndola más honda y más oscura
y más inmenso el mar
más azul y más hermoso
                                     porque eres nave y náufraga a la vez
                                     sin velas y sin anclas
                                     solitaria
                                     profanadora de todos los confines
yegua de sombras desbocada y dulce
para la libertad
la esperanza
                                     y el cielo galopante
hecha de vientos y hecha de huracanes
y sin embargo serena como el agua
de misteriosos y profundos lagos
                                     porque extraviada pero indiferente
                                     como una reina agraviada deambulas
                                     por los caminos de un imperio en ruinas
                                     porque eres un reloj sin manecillas
                                     un bello loto sobre los pantanos
porque te vi sonriendo en tus orillas
                    cayendo voy
                    errático y perdido
en tus oscuros ojos abismales.




Juanma - 17 - Mayo - 2011





DECLARACIÓN CLÍNICA

Mucho mejor, doctor. No bien, lo cual sería un milagro... pero mejor, que siempre es algo. Ahora ya consigo sonreír durante el día, hago algo de  ejercicio, salgo a pasear un par de veces por semana, estudio todo lo que dejé a medias, me vacuno contra todo aquello contra lo que aún no soy inmune... Escribo bastante, menos que antes, claro está... pero escribo bastante. Ya no mando mensajes telefónicos y borro sin leer los que aún recibo. Aunque, eso sí, sigo sin dormir suficientes horas por las noches; supongo que eso no tiene remedio ni medicina que lo cure, Morfeo y yo siempre nos hemos evitado todo lo posible... incompatibilidad de caracteres.


Yo diría que normal, con todas las vaguedades y ambigüedades del término. Quiero decir que a veces leo poesía en voz alta y lloro un rato... emocionarse no es malo, ¿verdad? O me tumbo en la cama y paso horas y horas releyendo cartas antiguas... la nostalgia es una enfermedad humana, ¿no cree? A veces pronuncio nombres prohibidos, otras hablo con los muertos. Me escondo en los lugares públicos... los océanos de almas urbanas siguen sin ser de mi agrado, no reflejan el azul del cielo. También creo que me he olvidado de cantar, aunque eso creo que no es del todo negativo teniendo en cuenta que nunca lo hice demasiado bien... ni en ningún otro sitio que estuviera un metro más allá de la ducha. En fin, cosas así... cosas nimias. Temer al otoño, resguardarse del invierno, guardar en el armario sábanas sin usar, hablar con la cafetera para decirle que la he abandonado por el té, pasar horas contemplando las nubes e imaginando figuras imposibles entre sus formas... Nada serio, nada incurable.

El alma aquí, en su sitio. Aunque a veces la confundo con el corazón. Porque es la pieza del puzzle que aún no encaja y que más me sigue doliendo. El eje del mal de mis torturas. Creo que la única posibilidad es extirparlo. ¿Existe eso?¿Se puede hacer? Me lo temía. Me duele antes de dormir y al despertar. También cuando me lavo los dientes o doy un baño. Me duele cuando me masturbo o miro fotografías viejas. Me duele en las bibliotecas y en los parques. El resto, bien. No, por eso no se preocupe. En realidad el pulso quedó en otro sitio, en otro tiempo... en alguna otra dimensión. Todo bien.

Todavía, sí. Eso es algo que me cuesta controlar, algo que todavía no sé manejar. Vienen en cualquier momento y por cualquier cosa... los jodidos temblores por los recuerdos. Alguien dice Abril y ya está; ¿ve usted? Un balcón, una ardilla, una mariposa, un verso... Alguien diciéndome "cariño", recordar la palabra "te quiero". La puta luna llena. Perdón. También estoy diciendo menos palabrotas... o al menos eso intento.


¿Una lista de síntomas? No, tampoco es demasiado extensa. La maldita fobia al pisar ciertas aceras, al pasear por algunas calles, al cruzar nostálgicas esquinas. La tristeza que me hunde cada vez que hace frío y me preparo una taza de chocolate caliente. La ternura del insomnio. La ternura... y también la mala leche por no descansar lo suficiente, por no conseguir dormir. Y cuando lo hago, el miedo de los sueños... casi siempre pesadillas. Ya ve, casi nada. Quizás también la imposibilidad de cocinar cuando tengo hambre, la impotencia. El hábito de hacer afirmaciones con la ridícula entonación de quien pregunta... ¡jodida manía! Las lecturas huérfanas que ya no consigo compartir...

   
Pues sí, mejor. Cada día más sano. Ya no corro por las calles en horas imposibles e intempestivas. El camino que escogen mis pasos siempre me conduce ahora hacia mi casa. Ya casi no me importa que al llegar a ella la luz esté apagada y no haya nadie esperándome para darme las buenas noches con un dulce beso de bienvenida... ni que la gente se deshaga de los libros que le regalé, cosa que antes siempre me sacaba de quicio; casi tanto como los cuadros torcidos o las puertas entreabiertas. Ni siquiera me molesta ya que las mariposas aparezcan muertas en el alféizar de la ventana de mi cuarto.

¿No lo dije? Sin duda mejor, mucho mejor...




Juanma - 17 - Mayo - 2011

martes, 26 de abril de 2011

POSTDATA

Se dice que cuando las penas dejan de doler, uno ya puede hablar de ellas. 
   Nunca fueron nada de mi agrado aquellas historias del pretérito (sobre todo si es el imperfecto), porque a veces cuando uno cree que por fin ha dejado los fantasmas atrás, una noche aparecen de nuevo todos alineados frente a su cama...
   Por fin he hallado nuevos métodos de habitar la ciudad en tu ausencia, de cruzar las calles, de arrastrarme por algunos callejones oscuros, de doblar según qué esquinas...  

     No es fácil, pero es posible. 
     No es mejor, tan sólo distinto.
   Los codos ya gastados y en carne viva de apoyarlos en las barras de los bares. El humo de los cigarrillos formando figuras inverosímiles en el aire. La poesía entre copa y copa, tu sombra a la sombra de los versos de Lord Byron, tu sonrisa entre líneas en los poemas de William Blake. Tus alegres carcajadas, tus tiernos susurros, tus anhelantes jadeos danzando al son de la música. La belleza de tu cuerpo dibujado en los lienzos. Ráfagas de aroma conocido, sonidos primitivos y prohibidos, un rayo de luz de luna colándose a hurtadillas en la noche entre las cortinas, tu vaivén y tu pelo...
    He de aclarar que no me gustabas hasta que me gustaste. Menuda tontería, pensarás. Pero para mí no lo es tanto, porque a veces llegué a pensar que me gustaste desde siempre. Llegué a afirmarlo, a jurarlo ante la Biblia, a escribirlo en las paredes con sangre y fuego. Pero lo cierto es que no es así...
    No me gustabas hasta que me gustaste. Aunque después me gustaras mucho, tanto... tal vez demasiado. La culpa de todo pudo tenerla una simple mirada, una palabra, un beso... ¡quién sabe! Aquel olimpo que nos inventaste, el universo que me descubriste, la ciudad que pusiste a mis pies. Las estrellas dándote siempre la razón, un planeta opaco reflejando la luminosidad de tu sonrisa, el mapa del firmamento en la maravillosa geografía de tu cuerpo...

    Aullando como lobos a la luna llena, componiendo y tocando para ella canciones inventadas por nosotros, danzando en el mar y bailando al viento. El siempre escurridizo principio de incertidumbre como un augurio. Hasta aquel mismo instante nunca lo supe. Ni siquiera estabas presente en la lista de casualidades de mis mínimas posibilidades. Eras una mera anécdota, un sueño inalcanzable, una alegre y hermosa gota en el océano de mi esperanza.
    Los jadeos acompasados en la memoria de los tímpanos me atormentan. Aún me duele aquella respiración que sincronizábamos una y otra vez, aquellas palabras tuyas que me hechizaban y hacían levitar, que me acariciaban la garganta y el alma por dentro, que me frotaban las desesperanzas, que giraban como un remolino vertiginoso para ir siempre a fundirse de nuevo en los volcanes de tu cuerpo. Me duelen tus preguntas que no recuerdo, la risa acompañándote en el abrazo, las discusiones por nada y sinsentido. Me duelen los recuerdos alegres, casi tanto como me duelen los tristes... que siempre se graban más hondo y profundo.
    Me adormezco como un niño febril recordando tu acento dulce, la última letra de cada palabra de cada frase de amor resonando un segundo más del necesario en el aire, como una brasa encendida que se niega a abandonar definitivamente la vida al calor de su hoguera. Aprendí a imitarlo, pero ahora esa clave no encaja en ninguna de mis partituras, esa llave no abre más ninguna puerta...
    Tus gestos espontáneos eran siempre una constante y continua sorpresa, como el hallazgo de tu humanidad sensible, como el desentierro de una ternura remota. Una flor al borde de un lago hermoso, un poema de Rimbaud poblando con versos la madrugada, unos acordes deliciosos sellando mi adhesión a los territorios de tu mundo, una invitación no consumada, un miedo desatado...
    Los días subiendo y bajando en espiral como una montaña rusa, queriéndote del modo más insospechado, radiante, perdida en tus mundos de Alicia, desorientada sin que me importara porque en el extremo de las yemas de mis dedos estaba tu geografía. Y los reinos que inventamos, y las canciones que bailaste, y los versos que rimamos. Las camas esperándonos, como un verde prado de primavera, como fin de toda conversación, los teléfonos como una perpetua maldición estridente, la gente como testigo inservible de estas ruinas que hoy añoro.
   
   Aquellos hermosos apelativos recién estrenados se fueron, se marcharon sin previo aviso, prisioneros de tu sonrisa, enredados en el filo inapelable de tus pestañas. Pequeña hada de bosque, conjetura imposible, semilla tierna, beso veloz, caricia profunda. Pusiste tu cadáver sobre la mesa, De sangre a sangre nos entendimos, nos prendimos como una mecha, y hoy estoy yo en la superficie helada. No estoy siquiera ya en las casualidades estadísticas de mis mínimas posibilidades. Soy tan sólo una simple anécdota. Y una palabra, que como un copo de nieve, cae temblando desde el cielo del invierno.
 Creo en los aleatorios y caprichosos azares trascendentales. Creo en las extrañas elecciones por raros motivos insospechados, que luego revelan ser tan sólo excusas y pretextos. Creo en aquellas miradas encontradas, enfrente de tus preguntas, cuando tú menos lo esperabas. Creo en los sentidos que se desnudan cuando la razón se piensa, sabe y siente victoriosa. Creo en ese ínfimo y efímero instante en que los caminos se enlazan y entrelazan y alumbran las siniestras oscuridades que proyectan las sombras.  Creo que causalidad y casualidad son sinónimos solapados y encubiertos.
    Creo en nuestra capacidad de asombro constante y permanente, en nuestra continua disposición de ver, sentir y amar. Creo en aquello que llega sin que uno lo busque o se lo proponga. En los maravillosos libros ocultos en antiguas bibliotecas, polvorientos y pacientes, esperando que su mensaje sea leído y descifrado por alguien en particular. Creo en las canciones que asaltan con dulzura los tímpanos para susurrar dulces alegrías o tiernas melancolías. Creo en las botellas con mensaje lanzadas desde una orilla al mar. Y creo en las orillas opuestas, en la inocente mano que allí las recogerá, en las islas que tienden puentes a los continentes con un papel o una palabra como único material palpable. 
    Creo en las casualidades que vienen y van. En los azares fundamentales. En todos los azares. Ésos que, en todo su contexto y conjunto, aquellos antiguos sabios griegos llamaron destino.
   Y creo en el amor. Creo porque lo he vivido. 
   Igual que creo en el dolor. Creo porque lo he sufrido.
   Se dice que cuando las penas dejan de doler, uno ya puede hablar de ellas...


Juanma - 26 - Abril - 2011

lunes, 25 de abril de 2011

IMÁGENES Y PALABRAS...

Siempre me han gustado más las palabras que las imágenes... por mucho que se afirme en el refranero popular que una imagen vale más que mil palabras. Una imagen no es como una palabra, por muy poderosa que aquélla sea. Se puede ver una imagen en la televisión, o una fotografía, y escribir un texto debajo. Pero a esa imagen, cualquier imagen, se le cambia el texto y ya significa otra cosa. Se puede ver una foto de dos niños en un parque y hasta que alguien diga algo, hasta que el lenguaje en forma analítica exprese lo que se ve en la imagen, esa imagen no nos hablará a todos del mismo modo. La imagen en sí misma puede intentar decir mil cosas, pero por mucho poder que ello conlleve, por sí sola no dirá nada hasta que el lenguaje nos lo aclare. Los niños tanto podrían haber estado jugando como riñendo. Por sí sola la imagen es opaca, necesitamos de la palabra para entenderla y descifrarla. Las imágenes pasan en apenas segundos una tras otra, no se puede tener la misma actitud frente a la televisión que leyendo un libro. El libro y la palabra tienen alma, tanta o más que la música. Pero uno no puede tener esa misma actitud leyendo que viendo un cuadro o escuchando una canción, por muy maravillosas que sean también estas experiencias. Para la literatura uno tiene que aislarse de todo, uno no puede leer o escribir en compañía, como si fuera a un museo o al cine. Tienes que aislarte, permanecer en silencio, abstraerte... te exige un esfuerzo, estás mucho más alerta, tus sentidos más despiertos. Después el hecho de que te lean una o mil personas da igual, no tiene tanta importancia. La recompensa al terminar aquello que empezaste a escribir vale por todo el esfuerzo solitario realizado...  y por ese silencio de la palabra cuando sólo vive en el pensamiento.


Juanma - 25 - Abril - 2011

miércoles, 23 de marzo de 2011

EL ALMA

Es mentira que el alma no duela.
   Duele casi tanto como un hueso roto, como un diente partido, como un corazón traicionado.
   Es mentira que sea una ficción pasajera, que no posea vida propia, que no tenga asiento corporal. Cada uno tenemos el alma en un sitio diferente. Yo tengo la mía justo aquí, en el hueco entre el cuello y el diafragma, justo en ese agujero que duele, en esa cavidad donde los vacíos están repletos de sentido y, a veces, cortan con un filo oxidado.
   No saco nada con preguntarme. Y sin duda obtengo mucho menos con responderme. Entender es una cosa y sentir otra muy distinta que ni siquiera se le parece. A veces creo que entiendo cosas porque juego a ser inteligente. Pero en el fondo siento como si no comprendiera nada. Y poco me importa que a eso le llamen de una forma u otra mientras yo no entienda de formas ni de nombres.
   A mí el alma me duele barbaridades. Y por eso me invento síntomas diagnosticables para racionales y caóticos para irracionales. Funciona perfecto. O casi perfecto. Si alguien me pregunta qué tengo, puedo responder "reflujo" en vez de "silencio forzado". Y así esa persona puede darme una pastilla para los jugos gástricos, y yo tomármela, como si otras aguas más profundas no se desbordaran más y llegaran más lejos.
   Y también, si me despierto llorando una noche, puedo decir que la pesadilla fue culpa del dolor de estómago. Aunque luego haya alguien que no comprenda porqué me agarro justo debajo de la garganta, en ese hueco vacío y extraño que hay entre el cuello y el diafragma.
   Puede que a ese alguien no le duela, puede que ese alguien jamás haya tenido alma...



 Juanma - 24 - Marzo - 2011

martes, 25 de enero de 2011

EL TEXTO INVISIBLE

Llevo tiempo pensando en escribir un texto invisible. Aunque quizás no sea esa la forma correcta de definirlo; más bien sería una especie de ideograma de invisibilidades intermitentes. Un texto en el cada lector pueda vislumbrar algo; pero que ese algo se oculte al mismo tiempo a los demás. Tal vez una pequeña carta abierta a todos... y que en el fondo sea un mensaje personalizado. Un texto en el que uno pueda leer una historia, que en realidad sea distinta para cada persona; y que al mismo tiempo nadie por separado conozca jamás. Cada uno leería las palabras exactas que le corresponden y punto. Y yo sabría que no se me van a pedir explicaciones por lo que dije o dejé de decir ni nadie va a venir a reclamarme coherencias de las que carezco.

Poder decirlo todo. Todo de una sola vez y en público. Y que llegue en una frecuencia distinta para cada oído que reciba sus ondas. Un texto lleno de ventanas y de juegos secretos de espejos; donde nadie llegue al mismo sitio, pero todos puedan entrar. Quiero escribir algo que sea cierto. Pero eso, soy consciente de ello, sería mucho más dramático que cualquier silencio. Permaneced atentos a vuestras pantallas. En breve veréis ese texto. O no lo veréis...

Juanma - 25 - Enero - 2011





lunes, 10 de enero de 2011

LA TUMBA

"Es difícil hacerse a la idea de algunas  imágenes;
como los sueños, es preferible que se difuminen por
el bien de la cordura."






Nunca había mancillado una tumba. Así que podría decirse que aquel era su primer trabajo como profanador de cadáveres. No quiero imaginarme la repugnancia que tuvo que vencer cuando, tras retirar la pesada losa de mármol negro, levantó la primera paletada de tierra. El invierno acababa de asentarse y sus primeros vientos gélidos, tétricos como lamentos, sisearon oscuros murmullos entre las lápidas carcomidas y mohosas. La noche lo amparaba de miradas curiosas; pero también del temor supersticioso de las gentes del lugar. Por la  comarca circulaban las más inquietas leyendas en torno a un cementerio que no había sido casi visitado en todo el último siglo. Varios cipreses ya muertos levantaban su leprosa y desnuda osamenta hacia la negrura del cielo, evidenciando su pesada y lúgubre antigüedad. La mano helada del viento arrancaba de sus ramas notas y vibraciones insufribles, componiendo una melodía de macabra y aterradora desolación.



                                                          *          *          *



Pocos días antes, las herrumbrosas puertas del cementerio crujieron al abrirse, tras haber permanecido cerradas durante generaciones enteras. El carruaje fúnebre había recorrido pesadamente los pocos centenares de metros que separaban el pueblo del camposanto, llevando a la condesa hacia su lugar de descanso eterno. La ceremonia había sido breve y bastante humilde, muy alejada de la pomposa y opulenta vida que la acaudalada señora había llevado. Pero todos pudieron ver, poco antes de cerrarse el féretro, como aquellos tres famosos anillos de oro y diamantes de los que tanto se había hablado en el lugar, continuaban en la mano de la mujer cuando recibía el último adiós de sus parientes y allegados. Muchas historias habían circulado en torno a aquellas tres valiosas gemas, pero hasta aquel momento nadie había podido contemplarlas. Así que no es de extrañar que las miradas de los vecinos tornaran de la pesadumbre al asombro...y se dirigieran del rostro a la mano izquierda de la condesa. Pero hubo una de aquellas miradas que llegó un poco más lejos; del estupor a la codicia, de la admiración al deseo...

                                                           *          *          *



Tuvo la impresión de que una multitud de seres invisibles y viscosos le acechaban en la oscuridad. El viento arreciaba; aumentaba su miedo a medida que el trabajo iba avanzando, hasta terminar por apoderarse de él una tensión insoportable, un temor insospechado.

Dibujaba cosas con la imaginación, acuciada por la inquietud, por entre las densas masas de sombras que le cercaban, allá donde el fulgor estelar era impotente para penetrarlas; adivinaba hocicos monstruosos, deformes abominaciones, ojos de brillo maligno y amenazador, seres purulentos y reptantes, agazapados entre la maleza que el viento hacía susurrar, apenas ocultos detrás de las lápidas embarradas, acechantes bajo las ruinas mohosas de los panteones...


                                                             *          *          *



Desde el momento en que contempló la mano de la muerta, un deseo irrefrenable se había apoderado de él. Era inconcebible que un tesoro semejante fuera sepultado bajo tierra para toda la eternidad, perdido para siempre, mientras él y mucha gente como él, estaba sumida en la más absoluta miseria, en la más desoladora pobreza. ¿Por qué tenía que seguir pasando hambre cuando a tan sólo unos centenares de metros bajo tierra estaba su salvación? Nadie bajaba ya hasta aquel cementerio, así que nadie tenía por que enterarse. No hacía nada malo ni abominable; su dueña sin duda ya no necesitaba de aquellos anillos. Todo saldría bien. 

Sería cuidadoso, muy cuidadoso...



                                                              *          *          *



El cadáver mostraba ya los primeros signos de putrefacción; deformes hinchazones en rostro y manos hacían parecer a la muerta un monstruo vil y perverso. Tenía la cara pálida, en horrible contraste con los ojos y labios pintados. Las manos también estaban pálidas, arrugadas por la edad; las largas uñas inmaculadamente cuidadas...

¡Y allí estaban también los anillos! ¡Brillantes y resplandecientes en aquella mano izquierda, mostrándose ante él como nunca lo habían hecho ante nadie!

Cogió el dedo corazón de la condesa e intentó sacar el anillo, pero al llegar al nudillo la joya se atascaba. Forcejeó durante unos instantes, pero finalmente se dio por vencido. Había otros dos anillos más, así que repitió la operación con los dedos índice y anular, pero estos también quedaron obstruidos al llegar al hueso medio. Siguió intentándolo con firmeza y obstinación, pero las gemas oponían a su fuerza la de los colmillos de una anaconda. Sudaba, jadeaba y, desesperado estaba a punto de desistir, cuando uno de los anillos se deslizó del dedo. Su rostro cambió de expresión y exhaló un grito de júbilo. Con eso bastaría; un sólo anillo sería suficiente para solventar todos sus problemas y deudas. Se puso en pie y miró la joya; la luz de las estrellas se reflejó en los pequeños diamantes, haciéndolos brillar con un esplendor inenarrable.

Cegado por el deseo, se probó el anillo. Quedaba espléndido, como si cansado ya de los dedos de la muerta, siempre hubiera querido buscar un nuevo hogar. Cerca suyo ululó una lechuza, consiguiendo que se le encogiera el corazón del susto. Salió de su ensimismamiento y decidió que era hora de acabar con aquello y regresar cuanto antes a su casa. Pero cuando fue a sacar el anillo de su dedo, éste se atascó en el nudillo tal y como lo había hecho anteriormente con la vieja. Estiró de él sin conseguir moverlo. Luchó y forcejeó arduos minutos sin ningún resultado. El anillo parecía haber encontrado un  nuevo dedo que no parecía estar dispuesto a abandonar...



                                                                  *          *          *



Un terror húmedo comenzó a apoderarse de él. Nunca debió de jugar con los muertos, jamás rebasar el límite de lo prohibido. Escuchó susurros a su alrededor, jadeos entre la hierba...el pánico hizo presa en su interior. El anillo le oprimía el dedo, como si tratara de estrangularlo. Finalmente, acuciado por el dolor y llevado por él horror y la locura, sacó una navaja de su bolsillo y se amputó el dedo. El dolor fue agudo y terrible, tan insoportable y cruel que casi le hizo perder las riendas de la razón. El dedo cayó al suelo cuando escuchó extraños crujidos, como de pisadas sobre hojarasca, que se acercaban tras él...

Echó a correr. El cielo estaba negro, tan oscuro que las estrellas mismas parecían temblar de terror. Escuchó un sonido tembloroso y lóbrego, como si procediera de las profundidades de  la tierra. Llegó a la verja, pero la puerta estaba ahora cerrada. Intentó abrirla, pero los pesados barrotes de hierro oxidado no hicieron ningún intento de moverse. Mientras, algo se acercaba por detrás. Cerca, cada vez más cerca...

Se dio la vuelta y allí, tras él, estaba la condesa en pie. Tan cerca ya que podía contemplar su rostro hinchado y tumefacto, sus colgantes mandíbulas, las espantosas y deformes cuencas de los ojos vacías, de las que asomaban velludas patas de araña como salidas de un retablo demoníaco. Tras ella, con repugnante luminosidad, surgían extrañas figuras de cada una de las lápidas arcanas...
   
La condesa levantó la mano de la que faltaba uno de los anillos, reclamando lo que era suyo y le habían arrebatado. Las figuras se acercaron lentamente, risas relampagueantes de ira, rostros carcomidos por la podedumbre, jirones de sudario que ocultaban apenas los multiformes horrores de la corrupción. Escuchó la congregación de alaridos rabiosos, triunfantes, que surgían del ejército de bocas cadavéricas, de las llamas del Averno...
   
Se formó una danza alucinada...
Sintió sobre la cara el roce repulsivo...
Tuvo el efecto de una catarsis...intentó correr, pero las lápidas le cerraban el paso...
Sintió unas manos frías cerrarse sobre su cuello...
Regresaron entonces las sombras a sus refugios nauseabundos...
Y él se hundió con ellas...


 Juanma - 10 - Enero - 2002