sábado, 22 de abril de 2017

INYECTARNOS FANTASÍA

Si te acercases
podrías ver cómo me miran
los buitres que siempre revolotean sobre mi cabeza.
Las noches que se clavan como jodidas lanzas.
Las horas que hoy se suicidaron antes de tiempo.
Las lagrimas turbias de aquella chica al fondo de la barra.
El olor de la desidia, su anestesia en las venas.
Si te acercases
lo notarias, seguro,
Sabes que nos quedamos en la entrada buscando una salida.
Que detrás de los surcos de los años perdidos
todavía laten ascuas de sueños inconclusos.
Tantas historias se quemaron en el fuego del olvido...
Poemas con olor a flores marchitas.
Noches con anhelos que abrasaban en el pecho.
Calles pintadas de nostalgia y sexo.
Si te acercas te presento mi deshabitado mundo:
Este que ves aquí es mi ejército de ilusiones.
Me duelen si estoy lejos de tu cuerpo.
Se alborotan si te quitas la camisa.
Aunque, a veces, no recuerde ni quién eres.
Porque el pasado arde y renace como el Ave Fénix de sus cenizas.
Como las risas de los niños extraviadas en el parque.
O la esperanza desgarrada por las púas del alambre de la piel.

Si te acercases comprenderías que ya no somos,
ni seremos,
los guardianes de las llaves del querer.
La mirada en la Luna, los fines de semana en celo.
Los lunes de borrasca lamiéndonos las heridas de las caricias mal dadas.
Aullando como lobos, apurando la madrugada.
Estrujándonos los sesos, jugando a no me acuerdo, bebiendo dinamita.
Al amanecer los recuerdos son como jodidas resacas que te acechan tras cada esquina.
Te golpean y escupen, te follan, te olvidan...
Si te acercases sabrías que la única manera de tocar el cielo
ha sido siempre lanzarse de cabeza al infierno.
El paraíso se parece a la barra sucia y pegajosa de una taberna de mala muerte.
Las cicatrices del alma abren la puerta de otra dimensión desconocida.

Si te acercases un poco a este lado de la jaula
podrías ver a los cuervos que se agrupan en bandada,
a las bestias que se arremolinan en jauría...
Puedo morder tus palabras hasta que se te olvide el idioma.
Y después, tal vez, cruzar la Vía Láctea en un Cadillac.
Quizá ser otras personas, ser algo, todavía.
Vivir, aunque fuese, en una habitación de madrugadas a deshora.
Sobrevivir con cerveza y restos de pizza fría,
Recitarnos poemas aprendidos de memoria, 
bailar twist en lo alto de las grúas, hacer el amor en los escaparates de la Gran Vía.
Sodomizar la pausa y la prisa.
Maullar hasta que la luna nos dé una patada, 
beber vodka cerca de un precipicio, coleccionar estrellas, inyectarnos fantasía.
Chuparnos la sangre, y la vida, como vampiros,
Escondernos de la gente.
Domar el presente y el futuro.
Y volver, tras la noche, cada día.


Juanma - 22 - Abril - 2017                                                                                             


domingo, 9 de abril de 2017

ALICIA

Érase una vez una niña a la que los días de colegio le resultaban aburridos. Aquel enorme edificio que albergaba el aula donde recibía sus clases hacía que se sintiera como un pájaro enjaulado, y sus interminables pasillos e infinitas escaleras le parecían una cueva llena de trampas, o un laberinto sin salida. En aquellas tediosas horas de álgebra o geografía, ella prefería dedicarse a soñar mundos de magia y fantasía, a dibujar sus propios mapas inventados en un cuaderno o a imaginar curiosas y divertidas figuras en las nubes, paisajes de cuento de hadas que se pincelaban como acuarelas en el cielo solo para ella.

En los recreos se sentaba alegre en un banco del patio y dejaba que el aire travieso que movía y cambiaba a su antojo los perfiles de aquellas nubes, le alborotara el pelo y le hiciera cosquillas en las pestañas mientras intentaba hacer desaparecer las pecas de su cara con trucos de prestidigitador. Mientras daba cuenta con parsimonia de su bocadillo, soñaba despierta con reinos y países inconquistables o planetas y universos imposibles. Todavía no le había puesto nombre a ese sueño, pero conocía de memoria sus cientos de apellidos. Mientras fotografiaba siluetas de caballeros o princesas entre las formas de aquellos cúmulos de algodón, no dejaba de esbozar una amplia sonrisa de amanecer y primavera.


Ella no sabía, y tampoco le importaba demasiado, lo que era crecer. Los niños siempre saben soñar despiertos. Cuando la rutina o la tristeza le asfixiaban cerraba los ojos y, como Alicia, se dejaba caer en alguna lejana madriguera donde las penas y la gris monotonía no existían, donde todo estaba pintado de color como el arco iris o de nieve como el blanco de sus dientes cuando reía, y donde era capaz de encontrar gatos de Cheshire que sonreían o conejos blancos que hablaban y que nunca llegaban a tiempo a su destino. Se limitaba tan solo a soñar. A reír. Y a descubrir mundos secretos escondidos entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo.


Juanma - 9 - Abril - 2017