miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL NOMBRE DE LAS COSAS

Para Gema:


Ibas al encuentro de algo.

Sí, un encuentro misterioso entre aquellas nubes malva y carmesí del crepúsculo. Parecías no verlo. No encontrar ese algo. Solo el ronroneo de un secreto que impregnaba tus manos de ternura y azúcar. Subida a lomos de la añoranza volaste. Sí, volaste alto; muy alto. Allá donde los acantilados alcanzan la cima del mundo, las cumbres guardianas del cielo. Dónde se hallará, parecías preguntarte.

Pero un humo negro en espiral me ocultaba tu rastro y tu presencia. La luna menguante me susurraba que habías desaparecido más allá de las mareas, que te habías ocultado del fuerte oleaje de las tristezas del mundo; allí donde los cuerpos duermen y las almas olvidan. Pero el otro cuarto, el creciente de la luna, también me contaba que seguías preguntando. Y que seguían sin convencerte las respuestas. Cada cosa en el mundo tenía su propia pregunta y su correspondiente respuesta. Pero asegurabas que las habían cambiado todas de sitio.


Seguiste volando. Llegaste hasta ese horizonte donde las luces de las luciérnagas se funden con las constelaciones. Y allí te sentaste a esperar. Quieta. Callada. Sonriente. Me hubiera gustado estar allí. Y a la cara oculta de la luna le hubiera gustado verte. Aunque había algo más. Letras que giraban a tu alrededor buscando la palabra de la que se habían desprendido, intentando volver a ser, a decir o a significar algo. O tildes que se habían caído de sus sílabas. Pero allí seguías. Sonriendo. En silencio. Esperando. 

Y detrás de los esbeltos espejos de tu refugio ahora secreto, mirabas hacia atrás mientras hilabas los cabellos de meteoro quecomo estrellas fugaces, se derramabatu alrededor. En una hermosa quimera de antes te recuerdo tejiendo matices de luz; un destello de azul de luna, un poco de agua de ámbar; ahora unañoranza, la dulzura del almíbar, de una rosa; vuelta del derecho, vuelta del revés, y cambiabas el punto sin mover el gesto de las niñas felices dentro de los párpados. Quizás hace tanto tiempo que habías comenzado a trenzar arco iris, que no recordabas que ya los dejaste todos dibujados en el cielo, entre el sol y la lluvia, y continuabas con tu mágica artesanía; un díaunnoche y otro sueño más, imaginando un pétalo, una risa, un unicornio en el bosque abrigado con la piel de tu eterna ensoñación.

Te empeñabas en que en el universo pasaba algo raro. Nada preocupante. Nada que abriera grietas entre el sueño y la realidad. Pero sí algo extraño, apenas perceptible. Como una llave perdida buscando con tristeza la cerradura que diera sentido a su vida. Como una primavera aún teñida de rastros de otoño y quedándose sin tiempo ante la llegada del verano. O como Alicia; en un mundo del revés que no era el suyo, pero que no podía ser de nadie más que de ella.

Te deslizaste de puntillas, pero la luna llena te oyó llegar. Y si no se lo hubiera contado la luna nueva, que para eso está. Llegaste en el envés del sueño del haz del país de las maravillas. Algo no llegaba. Pero algo que no llegaba y estaba en camino era siempre mejor que nada que ya estuviera o que se acercara. Escribiste el nombre de algo en el aire y soplaste para que el viento se lo llevara. Como el mensaje de la botella de la esperanza arrojada al mar de los sueños.

Entonces, desde el hueco callado de una puerta entreabierta, una mano desconocida te llamaba desde entre los árboles inmemoriales de bosques antiguos. Al acercarte al misterio, una voz de mermelada y algodón acariciaba tus ojos inquisitivos y anhelantes, como el ángel custodio de los secretos del fuego guardando las sombras de las llamas y sus grietas. Y aquella melodía te trajo el amanecer del manantial de la lluvia y el hueco que la madrugada olvidó entre los acordes del tiempo. Te trajo una tormenta de escalofríos, esperanzas y resplandores. Y te trajo también un collar de palabras susurradas y besos guardados y polvo de estrellas para que pudieras salir y escapar de todos los laberintos.

Y ahí seguías. Esperando con una sonrisa en los labios. Sin hablar. Sin moverte. Como una estatua griega. Hermosa y solemne. Recordando que cada cosa tenía un nombre. Y un sitio. Y un momento. Mirando más lejos de donde nadie podía ver y arrebatando con la magia de esos ojos azules el brillo a las estrellas...


Juanma - 18 - Diciembre - 2014                                          

martes, 2 de diciembre de 2014

OTHERLAND

Te acercas...

   Desde la estrecha rendija que se abre en la madrugada puedo observar un destello que se aproxima, un resplandor que se agita como la vela de un barco a merced de la tempestad. Te detienes bajo la lluvia sin darte cuenta de que yo también estoy ahí debajo. Tu pelo mojado, tu ropa empapada y tu sonrisa haciendo de parapeto contra el viento. Te dejas embriagar por la felicidad. Abres los brazos y recoges entre ellos todo lo que naturaleza te pueda dar. No le tienes miedo a nada que no esté ya dentro de ti. Y todo eso, lo tienes desde hace tiempo bajo control. Yo sigo ahí debajo, observando, aprendiendo que la eternidad a veces camina y siente y se mueve. Que también se pueden acariciar los días sin tocarlos...

   Sigues ahí. Cantando y bailando bajo la lluvia. Emulando a Gene Kelly. Aunque ya hubiera querido Gene Kelly poder emular el eco de tu gracia y de tu risa. Le hablas al viento y le susurras a la brisa. Y yo a tu lado intentando escuchar algo y sin poder comprender nada. Porque os habláis en otro idioma. Vuestro lenguaje es el de la tierra y el agua y el fuego. El eco de la naturaleza. Todo son ecos del pasado. Intento hablarte, pero no me oyes. Y de repente todo cesa...

     Y ahora eres tú la que mira, esta vez por la tenue rendija del alba. Y me ves. Y te extrañas de las sombras y tinieblas tan oscuras que rodean mi mundo grotesco. Me preguntas por mi luz. Te digo que la he perdido. Que en alguno de mis últimos viajes la he debido de extraviar. Y que ahora solo veo la luz cuando te miro. No puede ser, me contestas. Me tiendes la mano. Y abres las rendijas de par en par. Y mis dedos acarician los tuyos. Siento el vibrar de la vida. Me rodea tu optimismo y me dejo atrapar por él sin oponer resistencia... 

     —Solo era un mal sueño —me susurras al oído.
      —Aquí siempre es así —te contesto como si fuera un secreto.
       —Por eso debes dejar esto atrás.
       —No conozco otro sitio a donde ir...
    —Puedes venir conmigo —me susurra con una mirada traviesa y una chispa de algo indefinible, algo como polvo de estrellas, en su mirada.
       —Me da miedo preguntarte adónde.
     —No importa mayormente el sitio, como le dijo el gato a Alicia. Siempre que sea en otro lugar...


Juanma - 2 - Diciembre - 2014                                       

     

miércoles, 19 de noviembre de 2014

QUERIDA MÍA

Querida mía;

Ahora que por fin me decido a escribirte, compruebo que mis dedos han olvidado su oficio y me resulta imposible hilvanar varias palabras seguidas sin arañar la blancura del papel. Pero lo intentaré. Sabes que siempre he sido más de intentar que de conseguir cosas.

Ya te dije que estoy desenterrando tus ojos de su tumba, que han crecido flores a su alrededor, que las abejas están haciendo sus casas de miel gracias a ellas, que vinieron de muy lejos luciérnagas y mariposas a hacerse un nido entre las olas... y que yo seguía sacando arena del fondo de los versos con los pies hundidos en la tinta de escribirte.

No sé cómo he llegado a la tormenta y al trueno cuando había un jardín de secretas lunas escondidas entre nosotros, y un misterio que decía querer llegar hasta el origen de la vida para encontrarse con ella y olvidarse de la nada. Quizás le asustara mi sombrero de preguntas.

El tiempo es efímero pero cruel, querida mía; me pregunto si sabes por qué a veces nos ahogamos en sueños, por qué la lluvia en el mar no es la misma que cae sobre la tierra, y por qué aún así el agua continúa jugando con tus labios y tu piel y tu mirada.

¿Pensaste en la última carta que te escribí? Los tonos se confunden en blanco y negro pero, ¿dicen los colores siempre la verdad o son grises? Algunos me saben a sal, me saben a ti en la propia esencia extrañada de tu cuerpo junto al mío.

Anochece y está cayendo la sombra a oscuras. Escucho a los pájaros regresar a sus crisálidas de otoño y los caminos sacados de su sitio son insomnes aceras habitadas dentro de nosotros.

Se agita una luz en el viento, querida mía; seguramente seas tú.

De alguna insospechada manera intuyo tus pupilas; perdóname si herí tu llanto o tu risa con las espadas y caricias de la noche. La injusticia de la hora me ha encontrado despierto antes de amanecer, subido el sol en el alambre del sueño, y las esquinas me hirieron con sus bordes afilados, sin dejarme siquiera un sitio en la boca para vestir con seda, querida mía, tus labios.

La quietud se adueña de mi aliento. Es la alianza del insomnio al escribirte en la soledad de esta mano temblorosa que va acallando el pulso hasta hacerse imaginaria en el esbozo de tus pestañas.

Me ha despeinado la sombra de una piedra rota, o tal vez fue tu voz de náufrago sin rumbo sumida en la gota de esperanza que recorre mi vagar sobre la escarcha de las flores; no sé, querida mía, mi tacto confunde el mar con tus manos, y quisiera desaparecer en ellas, sentirme ola y estrecharme en la rompiente que tus dedos dibujan en el salto de la oscuridad hacia el alba.

De una hora a otra, de un día para otro, me voy perdiendo en la palabra, en esta belleza que no conoce hogar ni límites, ni otra lucha más allá del silencio y soledad de mis huesos tristes, de los harapos de mis pies sumergidos cuando te buscan, siempre, querida mía, en todos sus pasos y todos sus andares.

Te beso desde la lejanía, una vez más,

Querida mía.

Juanma - 18 - Noviembre - 2014                                                

<a href="http://www.safecreative.org/userfeed/1512110210051" target="a2d07799-20d4-3ca2-aeb7-910db4ff7e79">Registrado en Safe Creative</a>                         

jueves, 13 de noviembre de 2014

GEOMETRÍAS INTERIORES

Quizás lo primero que deberíamos aprender es a no mentirnos. Que menos que eso. Y después, tal vez, esforzarnos en que todo aquello que duele no nos corte la piel ni desgarre el alma. Porque hay sueños apacibles que, sin previo aviso, se quitan la máscara amable y muestran su rostro de pesadilla. Porque existen recuerdos que no sirven más que para alimentar la nostalgia. Y porque nos pueblan esperanzas que se enquistan en el corazón y después es imposible extirparlas sin que provoquen un huracán de llanto y lágrimas.

No ignoramos que hay oportunas renuncias que nos ayudan a sobrevivir y disimuladas excusas que nos rescatan. Enfados y rabias que ocultan tristezas y palabras que son más hermosas si no se pronuncian y que tienen otro significado guardadas en el cofre del alma.

Porque las caprichosas geometrías interiores cambian pausadamente. Apenas se nota, pero sucede. Y uno puede, en el momento más inimaginable, un día cualquiera, despertarse y decidir que los hexágonos son más hermosos que los pentágonos y que las circunferencias ya no le enamoran.

Aunque ni unos ni otros cuadren en su esquema geométrico del mundo.

Porque aquellos infelices que hacen de la fe una montaña, no saben que quizás puedan quedar atrapados en la gruta horadada bajo ella. ¿Y qué les queda entonces a aquellos que sienten pánico a las alturas o miedo en la oscuridad?

¿Qué legado dejaremos a aquellos que brillan como astros de plata y que enarbolan esa maravillosa palabra, amor, como un susurro al viento?

A veces queremos echar a volar y no hemos sido siquiera capaces de dibujarnos unas alas.

Nunca creí necesario alambrar las fronteras. Porque trazar una línea imaginaria es decir hasta aquí puedo llegar sin que me sangren los pies; aquí me quedo.

La libertad y el viento no entienden de alambradas, murallas o barreras.

Y que recuerden que, a pesar de todas las leyes universales, siempre habrá almas brillantes, libres e inquietas dispuestas a escapar de la jaula del mundo...


Juanma - 13 - Noviembre - 2014                                  

jueves, 30 de octubre de 2014

ENTROPÍA

A veces se siente uno tan pequeño que ni siquiera se ve. Y crees atisbar en esa pequeñez una antigua sensación de distancia, de miedo... o de fragilidad. Tal vez nunca deseaste que fuera así, tal vez siempre lo tuviste prohibido. Pero nunca se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, por muy extenuada de tanto uso que esté la expresión. Porque quizás siempre tuviste claro que el amor no era esa isla perdida que se miraba desde la cubierta del barco sin desembarcar en la orilla.

Puedes empeñarte en seguir siendo un niño todo el tiempo del mundo, pero en tu infancia de ilusiones fabricadas ya sabes y comprendes que la vida es todo aquello que los mayores dicen: peligrosa, misteriosa, extraña; y jodida en ocasiones... pero casi siempre sabia a pesar de todo. Lo intuyes, pero tienes también derecho a pensar que lo ignoras. Imaginas y recreas en tu mente todo lo maravilloso que pudo haber sido, y terminas creyendo que las malditas circunstancias a menudo te condujeron a sitios que ni siquiera buscabas.

Y terminas ignorando hacia dónde se dirige el barco en el que te ha tocado navegar. Cerca del final del viaje extravías los remos y acabas avanzando con los brazos, sacando con las manos el agua que entra a cubierta por las innumerables vías que se han abierto dentro. Y no te queda más remedio que asistir impasible al espectáculo y ver como todo se llena de huecos y agujeros... y como después, de forma milagrosa, el sol rellena las brechas con rayos de luz.

Crees saberlo todo cuando en realidad no tienes ni la más remota idea de nada. Crees que  decides y lo único cierto es que ya no hay nada que decidir. Y sientes miedo, pánico, pavor...

Ignoras qué es lo que te queda, si es que te queda algo todavía. Y no sabes si podrás descansar alguna vez ni en qué lugar. Haces todo lo que imaginas posible, aprendes, buscas... Pero muchas veces, con todo eso no basta.

Rezas para que las cosas cambien y sean de otro modo: intentas hacer y hacerte la vida más fácil y no consigues otra cosa que construir laberintos a tu alrededor. Quieres jugar limpio, pero sólo te enseñaron a hacer trampas con los dados del destino... y terminas jugando con fuego, dándote un tiro en el pie. Te escondes, reniegas, desapareces. Pero en el fondo del pozo del alma también te quieres un poquito, de vez en cuando. Y te rebelas ante tu destino.

Te resistes a jugar a cara o cruz la única moneda de la suerte. Te empeñas en que no todo sea un caos, un desorden, un despropósito; sino algo distinto. Decides jugar por fin una mano decente aun con las paupérrimas cartas que te han tocado.

Y permaneces quieto, respiras hondo, cierras los ojos. Escuchas cantos de sirena y musas cantando que hay cosas que no se rompen; como el amor o los corazones que aman.

Siempre te han recordado con mucho énfasis que apenas eras nada, una minúscula e insignificante brizna de hierba en el jardín de la vida. Pero por una vez no estás seguro de que todas las afirmaciones sean ciertas...


Juanma - 30 - Octubre - 2014

sábado, 25 de octubre de 2014

VERDE


Desembarca en las calles de la ciudad con la cautela de un niño, embutido en un chubasquero verde. Las ráfagas de viento parecen asustarle y camina cohibido, apenas una sombra bajo el azote de la lluvia. Su rostro está pálido, una riada de recuerdos le arrastra hacia un gélido jardín de invierno. Sus pasos son lentos, inseguros... pisa cada charco que encuentra en su camino intentando que la humedad traspase su piel e impregne todo su ser. Encuentra un puente frente a él. Es el mismo puente donde los enamorados se vuelven beso álgido de sensaciones cuando la luna llena ronda por las inmediaciones de la noche. Se asoma desde la altura; abajo, una corriente de agua arrastra el pasado hacia el presente. Decide bajar hacia el futuro. Bajo el puente, apoya su espalda en una columna. Ve pasar una procesión de ondas refulgentes sobre la superficie del agua que discurre bajo su sombra. Ese fuir hipnotizante le produce una extraña somnolencia; y desde esa media vigilia confusa se sumerge en un profundo letargo. Un sueño vaporoso y subterráneo en el que se ve a sí mismo serpenteando desnudo entre simas y cimas que parecen gritarle que se dibuje unas alas y eche a volar. "¡Alas!" exclama como si acabara de descubrir el significado de esa palabra. Pero al mirar a sus lados, comprueba fascinado que sus brazos se han convertido en plumas de colores de papel y algodón. Entonces se lanza al vacío y deja que el abrazo del viento le lleve en volandas más allá de más allá del horizonte, hacia un bosque de esperanza y oro donde mariposas de arco iris y unicornios con alas danzan alrededor de pequeñas hogueras de fuego verde. Se deja ir. Se aproxima. Desciende. Pero los seres del bosque parecen no reparar en su presencia, le ignoran. Observa como de entre las llamas parece emanar una especie de néctar del que va surgiendo una resplandeciente masa corpórea. Un ente que se une a la danza embriagadora de unicornios y mariposas. Él quiere sumarse a la fiesta, unirse a ellos. ¡Es tan hermoso!¡Y esa figura surgida del vacío, tan cautivadora! Nacida de la nada. Libre de reglas y prejuicios. Quiere unirse, pero algo se lo impide. Alarga un ala. Pero el ala vuelve a ser brazo y las plumas de papeles de colores se han desprendido de él. Aún así, intenta tocar aquella forma maravillosa aunque sea desde la lejanía de su mente. Pero no llega. Se siente impotente. La hermosa danza se detiene. Los unicornios alados y mariposas de arco iris se esfuman, desaparecen. se evaporan como volutas de humo al ritmo que las hogueras se apagan. Pero la figura surgida de la nada sigue ahí. Quieta, etérea, mirando en silencio hacia él. "Ven, acércate...", parece susurrarle. No es una voz. Sencillamente es una caricia que escucha en su interior. Un beso posándose en los labios de su alma. Se acerca y al fin la consigue rozar con la yema de los dedos al mismo tiempo que ambos se convierten en verde brisa, verde esperanza, verde vida del mismo bosque...

Juanma - 24 - Octubre - 2014

martes, 14 de octubre de 2014

DEBAJO DE MI NOMBRE

"Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo."
("La Jaula" - Alejandra Pizarnik)


A veces sucede que no sé quién soy ni de dónde vengo y termino haciéndome preguntas sin respuesta; como, por ejemplo, por qué se quedó vacío el aire después de respirarlo. En otras ocasiones me busco sin encontrarme, sueño sin dormir, lloro dentro del agua o debajo de mi nombre. 

Cuando decido responder algunas de esas preguntas sin sentido me doy cuenta de que no puedo, de que la noche se encasquilla en mi lengua, o se desangra a punto de ebullición el líquido que se pasea entre la piel de las palabras y el nombre que les doy a mi ángel y demonio en esta especie de monólogo intrauterino. Necesito hablar con ellos, llorarles y llorarme, diluirnos los tres en un verso inmaculado e intacto; pero no están, o no estoy, y siempre despierto en un extraño jardín lleno de cruces y piedras donde se alzan al cielo desconsolados cipreses.

Podría afirmar que hay almas y signos y gestos que la niebla recuerda y la oscuridad no olvida, jirones de pasado y ombligos de memoria que el silencio no logra acallar. Podría jurar que todo es negro y todo duele y todo tiembla.

Ahora, y siempre que nadie me mira, me sumerjo en pozos olvidados, buceo en mares prohibidos, practico el vuelo sin motor y hago malabarismos con el Karma; mientras todos me saben, o piensan, o sueñan sentado tranquilamente frente a las llamas temblorosas de un fuego dormido.

Dormiría más tiempo, o más vidas, si el alma me dejara y los versos y los poemas no fueran truenos y relámpagos dentro de mi cabeza. No escribas, me digo, deja los versos para los poetas; ellos saben de métrica, no eluden la rima y entienden de poesía. No hagas de tu corazón estrofas rotas. Ni de tus lágrimas tanto verso a medias con alevosía. Polvo en el viento, polvo en forma de tinta sin melodía.

Lo que debes hacer, me susurro, es seguir con tus preguntas sin respuesta y no intentar desviar la atención hacia la periferia, hacia los suburbios del alma; a tu mente le da por centrarse en los golpes que da la ventana a tu espalda, sin nombrarte, sin acordarse de ti, y por eso cada dos bandazos miras por el rabillo del ojo para comprobar si se ha roto el cristal y por los huecos ha vuelto a entrar el crudo invierno con su intraducible y gélido viento de prosa fría.

Siempre lo has sabido, me repito; lo primero que has de hacer es adelantarte al otoño y a la caída de la hoja. Deshacerte de algunos pétalos de flor no es deshacerte de la flor misma ni sinónimo de lágrimas y llanto. Si te invade la melancolía puedes recordar los bosque perennes, la forma de las nubes o la brisa del mar, pero eso casi mejor dejarlo para la primavera. 

Porque todo lo que tienes y no tienes es lo mismo; lo tienes y no lo tienes a un mismo tiempo, tan cerca como si estuviera a tu lado, durmiendo en una habitación al fondo del largo y oscuro pasillo de tu existencia.

Y tan lejos al mismo tiempo.

Como una lágrima debajo de mi nombre...


Juanma - 25 - Septiembre - 2014

viernes, 10 de octubre de 2014

ESPERANZA

Cualquiera que lo contemplara desde lejos podría creer que más que correr, sin duda volaba; como si dejara pasar la brisa a través de todos los poros de su cuerpo y disfrutara sintiéndola corretear por la sangre de sus venas y arterias. Pero no volaba, sólo corría. Corría huyendo de la opresión a que la rutina diaria le sometía. Y lo hacía como llevado en volandas por el tobogán del viento, como embrujado por el hechizo de la luna cuando en su creciente o menguante sonrisa provocaba el suspiro de los corazones, como montado en el añorado carrusel de la feria de su niñez. Corría desnudo bajo el resplandor de las fugaces estrellas que le acompañaban cogido de la mano hacia la orilla del mar. Desde allí, se dejaba acariciar por las acogedoras manos del océano y recoger en sus brazos tatuados por el murmullo inmortal de los sueños. Y de repente, de sus dedos largos y esbeltos, surgieron mágicos pinceles y de sus lágrimas derramadas, acuarelas con los colores del arco iris. Y con aquellas nuevas y maravillosas armas comenzó a pintar el mundo que se extendía ante sus ojos; peces, medusas y algas; rocas, caracolas y estrellas de mar; barcas y veleros que le conducían a tierras extrañas y desconocidas, tierras donde bellas aves exóticas de plumajes coloridos y majestuosos le daban la bienvenida con hermosos mensajes e imágenes de batallas libradas y reinos conquistados, de enfermedades ya curadas y extinguidas, de una sed eclipsada por el salpicar de las aguas de inmensos ríos cuyas corrientes eran el reflejo del azul del cielo, del dorado del sol y del verde del rompeolas de su esperanza...

Juanma - 10 - Octubre - 2014

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA ORILLA MÁS HERMOSA

Que algunas mañanas de otoño se nuble el sol, no significa que tras ellas se aproximen tardes de tristeza. Que cuando llueve algo escapa del alma del cielo es cierto, pero no solo son lágrimas derramadas que lloran las nubes y mojan las calles; es la hoja y la piedra que se empapan de humedad y el tierno parajillo que se refugia de la lluvia en el abismo de los bellos ojos de una muchacha alegre.

Que a veces la sensación de ahogo y asfixia surja, no es grito ni es silencio; es el suspiro y el deseo de cada esperanza que se ahorca con un hilo de seda, y se estrangula con un invisible nudo de vacío y nada, y siente en la piel de su garganta la afilada cuchilla que va tiñéndose de rojo y acercándose al hueso mientras la voz, muda en la laringe, es incapaz ya de articular sonido alguno.

Solo un nombre palpita más adentro, en las profundidades. El nombre de siempre.

Que el estrépito y la intensidad del terremoto no dañen los cimientos ni derrumben la casa, sino que la edifiquen más fuerte y más alta todavía, como si llegar a rozar las plantas de los pies del cielo con el humo de la chimenea fuese el sentido y la meta de una cifra que va desde el cero al uno debajo de unas uñas pintadas por un adulto rodeado de lápices de colores jugando a ser niño de nuevo.

Que la felicidad se vista con ropajes de un poema de cuerpo entero.

Que el verso que se camufla para intentar atacarte como un mercenario armado hasta los dientes se diluya para que al morir y evaporarse impida que lo leas, y así olvides lo que aún recuerdas y creas que más allá del olvido otro recuerdo murió contigo una extraña madrugada cuando las noches eran otras y el verano solo dolía y quemaba en los desiertos.

Que la tierra se convierta en barro, y el barro en lodo, no importe demasiado; ni que te hundas con los pies helados y el alma fría porque al final el lodo es barro, y el barro es tierra y agua, y en tu balcón hay oscuras golondrinas colgando de nuevo sus nidos con el alma llena de sueños mientras cantan y vuelan y cada araña en su tela vive rodeada de árboles y huellas y signos.

Que en los manantiales ocultos surja el amor y quieras acercarte a beberlo significa que tienes sed de otoño y de los besos de sus crisálidas, porque sabes que aún es posible que las estrellas tintineen en la noche y se escuche como se posan sus labios sobre las cicatrices mal curadas de la primavera.

Todo esto fue antes de ayer, a eso de la medianoche intacta.

Junto a ti... la orilla más hermosa que alcanza la marea.


Juanma - 24 - Septiembre - 2014





jueves, 18 de septiembre de 2014

OTOÑO

Resuenan en el atardecer los tenues pasos del otoño como tambores del vacío. Un nuevo otoño que se viste de hojas secas esparcidas por los parques donde la presencia es la tristeza. Ella está recién levantada. Se despereza y abre sus ojos al paisaje que la ventana de su balcón le presta. Un paisaje que la envuelve en un cielo malva, rojo y naranja con aromas de humedad y el trino de unos pajarillos que ya cantan, que un nuevo día danzan a la vida. Su respiración es lenta y pausada. Inspira y espira la fragancia que desde lejos le ofrece el océano, ese antiguo océano que aún conserva toda su juventud. Se levanta, se viste y un té la seduce y despierta sus sentidos... y se va, desciende escaleras abajo hasta esas calles donde aún la esencia humana no se deja oler, no se deja sentir, no se deja ver... Camina en silencio, solitaria y con un andar pausado deleitándose con la belleza del amanecer que parece hablar sólo para ella. “Tal vez este frío crepúsculo desembarque con la tibia esperanza de que mis años de desiertos sumidos en ráfagas inquebrantables de sirocos sean por fin eclipsados para jamás volver a ser ese alma desnuda que vaga con las pesadas cadenas del ayer. Tal vez esta vez la libertad no se halle lejos, sumergida en algún pozo oscuro donde yo tendré  que aventurarme y cerrar las grietas de mi espíritu para hallar la felicidad”. Eso se decía a sí misma; a veces con un susurro, otras en pensamientos. Pero dónde estaba ese pozo o lo que fuera que necesitaba, no lo sabía. El eterno gris de las aceras la despistaba. La hacía flaquear y desfallecer en el continuo balanceo de todo su alrededor. Pero ella seguía, con su ímpetu vertical, con su decisión a cuestas, con sus alas de ceniza buscando... buscando alguien  con quien compartir las últimas estaciones de su existencia. De repente, vio algo. Se detuvo. Era una margarita que no sabía de dónde podía haber salido para rendirse a sus pies. La cogió. Sus pétalos eran blancos con un cierto toque de amarillo. Así como la mañana que ascendía hasta esa ínsula que ella habitaba. Y se fijó de nuevo en el océano, ese océano lejano de tan cercano que le hacía sentir un cierto rubor. Escuchaba su gemir, sus náufragos, su latido interior con el vaivén que la brisa confería a la palidez de su rostro. "Una margarita", se dijo en voz alta. Que sucedería si la deshojara, si la despojara de cada pétalo arrancado al ritmo de sus deseos. "No", se respondió a sí misma. La pondría en un vaso con agua para imantar lo poco que le quedaba de vida hacia ella. Retrocedió con la margarita en sus cansadas manos. Cuando llegó a su casa hizo lo que tenía en mente y así pasaron horas y horas. Al fin un destello nació de la flor, un destello que la embriagó en la incertidumbre de la extrañeza. “Solas las dos, con nuestras venas cortadas a seguir la rutina de la vida por un error. Ahora tú me miras y me miras, giras en torno a mi muerte. Pero yo también te observo. Desentraño los secretos de tus ojos y sólo veo una infinita tristeza que te impide ser pensamiento hermoso y libre del mañana”. Y la margarita tras estas palabras se fue deslizando hasta caer del vaso sobre el frío mármol de la muerte. Ella se quedó mirándola largo rato y una lágrima resbaló por los surcos de su rostro. Comprendió que tal vez los caminos de la alegría eran demasiado cortos y que su existencia debía restaurarla desquitándose de cada dolencia de antaño...

Juanma - 18 - Septiembre - 2014                               

miércoles, 3 de septiembre de 2014

CALLES PROHIBIDAS

Y mientras deambulas absorto por calles prohibidas, olvidas que en tu ensueño aletargado vas eclipsando las imágenes heridas que cabalgan a tu lado y ante ti. Conviertes cada uno de tus pequeños paseos en un laberinto. Olvidas tu pasado. Olvidas tu nombre. Y te sumerges en una extraña danza macabra de paredes blancas donde el ancestral eco de la luna salvaje enmudece todas tus voces y te convierte en una prisión de cerrojos oxidados donde ya es imposible distinguir lo que eras antes de en lo que te has convertido ahora. Te empeñas en refugiarte en el mañana y no te percatas de que mientras caminas se van esfumando a tu paso todos aquellos puentes por donde deberías caminar, por donde podrías aventurarte en busca de algo que ignoras y se llama hoy. Enormes y pegajosas telas de araña se van tejiendo en tus ojos, la piel de tus manos y pies se agrieta y tu corazón pide un refugio fuera de la cárcel de tu pecho. Y no te das cuenta de que los clavos que sellan tu boca cerrada arden también garganta abajo y desgarran tu vientre para rellenarlo de pájaros sin alas. El dolor debe ser insoportable, te atenaza... lo presiento. Como siempre presentimos todo aquello que tiene un final. Te empeñas en seguir quién sabe qué derroteros que pueblan tu mente e ignoras esa burbuja que quiere encerrar tu belleza, que se ha propuesto esconder tu esencia en la recóndita gruta donde las antorchas de la juventud, de tanta y tanta dejadez, se han apagado. Sí, se han apagado. Consumido con tu desidia. Extinguido buscando ese universo infinito donde antaño tus sueños brillaban al lado de los astros. No puedes continuar así por más tiempo. Busca un espejo y mírate. Asómate a aquellas calles donde luces de colores y canciones de esperanza aún puedan conseguir el despertar de tu alma. Puedes. Y debes intentarlo. No está tan lejos como parece desde allí. Sólo es un paso. Y después otro. Tal vez varios más. Sólo los que tú quieras dar. Esos serán los que forjen el sendero que se convertirá en tu nuevo camino. Hasta que por fin te des cuenta de que la noche de tus ilusiones está poblada de cosas hermosas, de que su firmamento estrellado arde en tu interior y que tú también formas parte del aire, del agua... y de la vida!!

Juanma - 3 - Septiembre - 2014





sábado, 30 de agosto de 2014

MAÑANA DE AYERES


Era una mañana de nostalgias. Una mañana de ayeres, otra vez. Con ella casi siempre eran días de ayeres. Fui a verla a mediodía, probablemente para sentirla cerca, para decirle que esta mañana puede, pero que esta tarde no será más un nuevo ayer. Me tendió la mano, y yo la cogí. Nos hicimos mil promesas de mañana siempre, de hoy tal vez, pero por favor nunca más de ayer. La despedí con un beso en los labios y con el juramento de la noche entera para nosotros... y nosotros por supuesto para ella.

Ella hacía volar la esperanza con sus suspiros al viento. Absorta, ausente, con sueños en la memoria inmediata y caricias demoradas por las ansias del presente. Llegó a la cita antes que yo, con una sonrisa de colores en los labios y la urgencia en la mirada. Atravesó el patio liviana como una pluma, etérea como un hada y, sin pensarlo, nuestras bocas coincidieron de nuevo en el gusto y en la sed.

Nos amamos en calles, plazas, ciudades enteras. La vida no está en otra parte, le decía, la vida la inventaron en ti para mí. Nos quedábamos dormidos abrazados, soñando como un mismo corazón de una vez. Pero cada mañana al despertar, al igual que el mismo sueño se esfumaba, sin un adiós, sin decir nada... dejándome un  hueco en el alma y un manantial de tristes lágrimas con signos de interrogación en la mirada. Cada día con ella era otra vez un nuevo ayer. El pasado y sus venenos. El presente y sus silencios. El futuro y sus murallas. Afuera la primavera pintando en el futuro siempre más ilusiones que esperanzas.

Cada mañana otro nuevo ayer. Dibujando siempre una puerta en el aire para intentar encontrar de nuevo la entrada de su casa. Corriendo hacia ella y parando el tiempo para atrapar el sonido de su risa en mi memoria. Hasta que un día, como bien sabíamos ambos que alguna vez sucedería, escuché el estallido del universo y la encontré derrotada de ayer bajo su almohada. Con una sonrisa triste y un relámpago de dolor en su mirada...

Juanma - 30 - Agosto - 2014

domingo, 24 de agosto de 2014

TUS OJOS

—¿Sabes que en tus ojos hay magia?
—¡Oh! —exclamó ella— No son más que unos ojos...
—Te equivocas, son mucho más que eso. En tu mirada puedo descubrir muchas cosas.
—¿Ah, sí? —preguntó divertida— ¿Qué clase de cosas?
—Pues la luna —respondí perdiéndome en el laberinto de sus pupilas—, y las nubes también. El arco iris, luciérnagas, flores recién abiertas, polvo de estrellas, mariposas... También puedo oler cosas cuando te miro —abrió aquellos ojos enormes llenos de asombro y alegría—. Sí, huelo a lluvia, a tierra mojada, a lavanda, a pan recién hecho, a secretos, a bosque, a primavera, a brisa de mar...
—¿Y todo eso puedes verlo sólo con mirarme?
—Bueno, en realidad no —me acerqué aún más a aquellos dos abismos de sueños insondables—, solo veo las mariposas. Tus pestañas son sus alas y cada vez que parpadeas es como si las batieses al aire de la mañana. Más que verlas, las siento en el estómago. Es entonces cuando surge la magia y puedo ver todo lo demás...


Juanma - 24 - Agosto - 2014

sábado, 23 de agosto de 2014

SOY...

Soy quien mece las olas
en los laberintos del océano,
soy quien canta y encierra su muerte
en la prisión del vacío,
el que acaricia las rosas
para vestirse con espinas.
Sondeo en las entrañas de los sueños,
les regalo un alfabeto y digo:
"aquí está tu cuna, tu nombre,
hijo, he ahí la primera y última de tus voces,
léela en mis labios, en las palabras que pronuncio
antes de perderte en los misterios del universo."

Soy el rocío que se evapora en la mañana,
el adiós, la renuncia, una despedida...
me escondo en la guarida del secreto
y custodio las lágrimas de los ojos
entre los signos, las runas y la niebla...
Viento de nieve, un número olvidado, la esquina,
el alfa y omega de tus ausencias y presencias,
la aurora, su leyenda, el crepúsculo
donde el mundo muere y tu alma se alimenta,
soy el espíritu de tus pensamientos
y entro en ti atravesando tu corazón,
tan íntimo que te duelo.

Soy la oscuridad vestida de arco iris,
todos los matices del negro y la sombra de los grises,
un cerezo en flor, azahar, una piedra escondida,
la pulpa de la vida,
la primavera eterna e inmortal,
soy la alondra y el ruiseñor,
la tristeza de tu alegría...
soy un faro al norte y al sur de tu mirada,
el dolor de tus pecados,
polvo de estrellas, una libélula en tus ojos.

Soy una página en blanco,
una palabra sin pronunciar,
las células de tu llanto y de tu grito,
la sangre prohibida y antigua,
la galaxia de la noche y un bostezo en la mañana,
las ganas de ganarte a besos la partida.
Soy lo que buscas y pierdes,
soy lo que esperas y desesperas,
tu propia ausencia, mi olvido,
un volcán, un ciervo, una loba en celo,
soy el jeroglífico de la magia,
tus labios, tu lengua,
una gota de sudor en tu cuerpo desnudo.

Soy la piedra de un edificio en ruinas,
el cayado de un anciano y los harapos de un mendigo,
un cuchillo para mis venas, una sierra para tus huesos,
mi memoria olvidada y el regreso de tu amnesia,
la nada y una luz invisible,
un acantilado y todos sus abismos,
tus pasos sobre la hierba, sus huellas y la vida,
el bardo que sueña y que te canta,
la mariposa que lleva en su vientre a tus hijos...

Juanma - 22 - Agosto - 2014



miércoles, 20 de agosto de 2014

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR

Anochece. El crepúsculo baila agarrado a la cintura del mundo. Apenas una esquirla de luna en el cielo. Miríadas de estrellas en el firmamento. La noche se deshoja en horas de madrugada. El día ha sido demasiado largo; un extraño hibrido entre interminable y eterno. Entre sábanas deshechas y arrugadas, dos cuerpos giran alrededor del mundo onírico de los sueños. 

Estela camina por la orilla de la playa con los pies descalzos, el cabello suelto mecido por la suave brisa nocturna. Se detiene cuando una ola le besa los tobillos y suspira. Y en el aleteo del vaivén de ese suspiro una libélula se aproxima hasta ella. De repente siente que es invisible y aquella luz alada penetra en ella. Ahora forman un ente indivisible. Un ser vivo nuevo que camina, nada y vuela por la periferia del universo. En su viaje observa cada desgracia, cada tragedia, cada miseria propia de ese mosaico incomprensible que ellos mismos denominan ser humano. Pero tras cada vuelo, siempre regresa a la playa. Allí piensa, medita y cavila. Busca una solución, una panacea universal; pero la nada la rodea, la resignación la persigue, la desazón la atrapa. Hasta que la contemplación de un nuevo amanecer aproximándose tras el horizonte, dejándose entrever en los albores de oriente, se apodera de ella y la sumerge en un baño de paz placentera. Un sosiego que la imanta sobre un océano de pétalos de rosa. 

Aarón en cambio, es lecho y cauce de una inquieta pesadilla. Estela lo ignora, pero algunas noches en el subconsciente de él entran en erupción volcanes que escupen océanos de lava. De ellos surgen torrentes de sueños decapitados por alguna tragedia humana. Despierta entre jadeos. Sudoroso y frío se mira el dorso de las manos, mira a su alrededor, mira a Estela. En un parpadeo fugaz de sus ojos, su mirada se detiene en el espejo que hay en la pared frente a la cama, y el reflejo le devuelve la imagen de un ser compungido, atormentado y abatido. Toma conciencia, aunque no se extraña, del mal aspecto que presenta; pálido, marchito, casi cadavérico. Se levanta aunque aún faltan algunas horas para el despuntar del alba. Antes de salir de la habitación se vuelve para mirar a Estela; parece dormir apaciblemente. La contempla con cariño y ternura, con un esplendor que ensancha más y más las grietas de su corazón. Algo extraño está sucediendo en su interior, pero tan sólo es capaz de atisbar el breve esbozo de una intuición. Sabe que algún fuego arde en sus entrañas, pero ignora qué lo ha provocado. Quiere tocarla, acariciarla, saborear la miel de sus labios. Hace tanto tiempo que ya no se besan que pareciera que se hallaran en una estación invernal sempiterna. ¡La ama tanto que respeta su silencio y su distancia! La deja dormir, que siga descansando, reposando en esa esfera placentera de los sueños. Le encanta verla dormir. Podría pasarse una eternidad tras otra contemplándola así. "Parece un ángel, un ángel arco iris que se posó en mi hombro en el ayer", se oye decir para sus adentros.

En la cocina prepara un té. No soporta ese silencio sofocante que ahoga la casa de madrugada, tan sólo roto y ahuyentado a intervalos por el tenue y lejano susurro de las olas. Necesita oír la voz de Estela tanto como el oxígeno. Por un fugaz instante piensa en despertarla, pero finalmente decide que no; es mejor dejarla así, en esas fantasías efímeras que debe estar erigiendo en su mente. Después de tomarse el té, enciende un cigarro en el balcón de la casa. Inhala el humo y después lo despliega en espiral en torno a sus pensamientos: "Estela está tan lejos... Tan cerca y tan lejos... En esa habitación de ahí al lado y, al mismo tiempo, en alguna recóndita dimensión desconocida... Tan lejos que toda mi fuerza de amarla no es capaz de acercarla... Ya no quedan en ella palabras de amor, ya no orbíta en torno a su aura aquella mirada cómplice de cuando nos conocimos... ¡Ay, como perdura en mí su recuerdo cual brasa encendida! Aquella playa escondida, nuestros cuerpos danzando al son de la marea, nuestro encuentro, la luz incandescente que iluminó nuestros ojos cuando nos descubrimos como tesoros perdidos y el inadvertido y simple hecho de las palabras del silencio nos hizo emerger en una historia de amor y pasión como de las páginas de un cuento de hermosas princesas y apuestos caballeros. Ahora nos hemos vuelto como este frío invernal, de su mismo material gélido y glacial, como si un metal frío se hubiera instalado en nuestra sangre y corriera por nuestras venas de hielo. Tanta es nuestra lejanía en la distancia que los tambores del adiós parecen resonar en cada hueco de cada estancia, en cada rincón, tras las desconchadas paredes. Me envuelven en una atmósfera pesada en la que es imposible vivir y respirar". 

Se siente abatido. Desde el balcón contempla el mar. El mismo mar que un día los unió y ahora los separa. Regala las últimas horas de la madrugada a contemplar la nada. Pasan los minutos y las horas en un fugaz instante tan breve como la eternidad. Al fin una luz majestuosa y bella comienza a hacer acto de presencia en la delgada línea del horizonte vistiendo la oscuridad de la bóveda celeste de un malva-anaranjado. Huele a humedad. Se aproxima lluvia. Una lluvia que arrancará la irrealidad que aún parece permanecer en letargo. "Hoy lloverá; lloverán cenizas sobre mí... La mar en calma... Mi cuerpo desnudo, su cuerpo desnudo... Aquella playa escondida... Hace tanto tiempo... Sí, volver a bañarnos a esa hora dormida en que no hay nadie despierto en el universo de los vivos... Nuestro sueño era esta casa en la playa solitaria, pero ahora la misma soledad se ha instalado como un eco bajo su techo... Se hace de día y yo aquí ronroneando miserias en mi mente..."

Con cierta nostalgia que se enhebra como hilo negro en su interior, Aarón deja la terraza y vuelve con temor taciturno a la alcoba. Se sienta junto a Estela, tan suave y levemente como el roce de una pluma. No quiere interrumpir de forma brusca su sueño. Un sueño que quizás sea hermoso, o embriagador... o tal vez mágico:
-Estela... -le canta con ternura con voz apenas audible varias veces al oído.
Ella continúa durmiendo. La sonrisa de su rostro sugiere ese sueño plácido que él pensaba. Se aleja de la cama y se sienta en su escritorio. Saca un papel en blanco y una pluma. Cierra los ojos y suspira. Quiere escribir unas palabras de despedida para Estela. Pero hace mucho que no escribe. Está acostumbrado a inventar millones de frases, párrafos y capítulos, pero lleva demasiado tiempo sin enfrentarse al desafío de una hoja en blanco. Y además esta página inmaculada es especial para ella. Ha de escribir algo adecuado, algo digno... no de él; digno de ella. ¿De verdad una despedida? Sí, ha decidido despedirse de ella. Y de esta vida hueca; tan opaca, tan monótona, tan vacía...

"Querida Estela...

"Me estremezco como una brizna de hierba azotada por un huracán al escribirte estas palabras. He tropezado cientos de veces en la vida. Con la misma piedra, y con otras mil distintas. Y pese al hastío que he sentido tantas veces por ella, la brisa de tu amor y el fuego de tu pasión me mantenían unido con un invisible cordón umbilical a la existencia. Pero esta neblina gris de ahora que no levanta y gira y gira alrededor de mi cabeza es más de lo que puedo soportar. Más incluso que tu distancia y tu silencio; los cuales son parte atemporal en algún momento de todas nuestras vidas de las leyes inquebrantables que rigen el universo. Estoy en ese paso ineludible donde el viento del tiempo con su violencia y celeridad te arrastra hacia otros lares, otras sendas. Tal vez la muerte. ¡Sí, la muerte! ¿Sabes qué significa? No es nada más que soltar amarras y dejar atrás el lastre de la vida y empezar otra vez de nuevo. En otro universo. En algún mundo nuevo...

"Tal vez debería despertarte. Pero la duda y la incertidumbre me aconsejan dejarte dormir para que me dejes ir. Sé que me has amado mucho. Que en cierto modo y a tu manera peculiar de hacer y sentir las cosas, aún me amas. Pero sé que mi ausencia no originará ningún conflicto en tu vida. Recorrerás tu camino, y también algún tramo de algunos senderos de otros, como mujer valiente y decidida; valiente y especial; valiente y única. Uno tiende a preguntarse por todo lo que ha sucedido... y también por aquello que no ha pasado. A veces no ha fallado ni se ha roto nada. Quizás es que a veces son muchas las falsas expectativas y promesas de mañana y por siempre jamás que nos hacemos. Y al final terminamos caminando por el borde de un precipicio o junto a los acantilados de un abismo. Y un vacío se instala dentro de ti. En los huecos de tu alma, en las cavernas del corazón. Es un pozo de lodo que te observa, que te examina, que te toca; hasta que al final te despedaza...

"Adiós amada mía, mi querida Estela..."

Aarón abre el cajón de su escritorio y saca un pequeño recipiente de cristal. Dentro hay pastillas de colores. Quita el tapón y las traga todas. A continuación deja la carta en el regazo de Estela y le da un breve beso en los labios antes de tenderse en la cama a su lado, junto a ella. Teme que despierte justo ahora. Pero tras unos instantes comprueba que sigue dulcemente dormida. La abraza con ternura, cierra los ojos y deja que la oscuridad pronuncie sus silenciosas palabras de bienvenida...

En el sueño de ahora, Estela se baña desnuda en las aguas del océano. Se deja ir y mecer por el indomable vaivén de las olas. Una rara sensación se apodera de ella. Mientras se aleja mar adentro, más y más lejos de la orilla, sus pensamientos se vuelven recuerdos que se detienen un instante en cada parte de su vida. "Aarón... Aquella playa escondida que descubrimos sólo para nosotros... Nuestro primer beso. Nuestro primer abrazo. La primera vez que hicimos el amor... Fuimos tan felices y, sin embargo, ¿qué ha pasado?" En el sueño no puede discernir razones de sinrazones y realidad de fantasía. Pero sabe que no quiere seguir viviendo. Debería sentirse triste, pero un susurro como un secreto vaciado dentro de su corazón le dice que ahora es cuando por fin podrá ser libre y feliz. Con un futuro eterno liberado de ataduras, de reglas, leyes y prejuicios... Un futuro donde todo será sueño eterno. La marea anda revuelta. Se deja llevar. Se deja ir. El océano le habla, le canta, le susurra. La marea se convierte en parte de ella. Las olas una prolongación de sus pensamientos. No se siente naúfraga. Sino capitana de su destino. Las ondas refulgentes de la superficie del agua bañada por el sol le acarician el rostro. Se deja guiar; hacia la verdad, hacia la luz, hacia la paz... Hacia el amor junto a Aarón tal vez en la playa de otro lugar...

Las horas se suceden una tras otra en la playa, entrando por el balcón, merodeando por la habitación. El día pasa y la noche vuelve a alargar sus tentáculos de oscuridad hacia el mundo. Ninguno de los dos se ha movido de la cama. Siguen en la misma posición en que les sorprendió la luz de la mañana. Aarón se quedó dormido para siempre. Estela no volvió a despertar nunca más. Hastiados del mundo y sus sinsabores, pero nunca de ellos mismos, decidieron buscarse quizás en otra vida más allá de la muerte. Sin el uno contarle nada al otro, ambos habían tenido la misma idea. Aarón no había notado que faltaban algunas pastillas del pequeño recipiente. Las que había tomado Estela antes de irse a dormir, y gracias a las cuales no despertaba y parecía dormir tan plácidamente. 

Antes de morir, el último pensamiento de cada uno había sido para el otro. Estela no leyó la carta de Aarón. Nadie sabe si él se la pudo leer, o le pudo escribir otras palabras de amor, allá en algún otro lugar. Lo que si se contará durante muchas generaciones es que abrazados el uno al otro, decidieron, sin saberlo, salir juntos al paso de la eternidad...

Juanma - 20 - Agosto - 2014

lunes, 18 de agosto de 2014

ECLIPSE

Se encontraba aferrado a un pequeño tronco de madera cuando una furiosa tormenta emergió tras la imperturbable calma silenciosa del océano. Así se hallaba Eclipse aquella noche, en plena catarsis, apenas consciente, arrastrado por las olas a la lejana orilla de una playa de aguas turquesa y azabache arena fina. Era nochebuena. Un veinticuatro de diciembre marcado en el calendario por la brisa fría y un firmamento henchido de mágicas luces donde las estrellas se iluminaban como bolas de colores en el árbol de Navidad. El pequeño Eclipse, en ese duermevela fruto de la fatiga mental y el cansancio físico, soñaba. Soñaba con que sus limpios y cristalinos ojos azules se abrían para observar a los pescadores acercarse desde mar adentro. Le llamaban. Sabían que él estaba allí, conversando aquella madrugada con la luna llena en alta mar. Porque Eclipse adoraba al astro de plata como si fuese una amante apasionada. Y aquella noche ya de por sí especial, lo era doblemente para él. Quería compartir su tierna soledad con ella. En sus sueños presagiaba escenas de ternura, de cariño, de amor. Pero en su visión había alguien más allí presente. Alguien que le sonreía. En la confusión del sueño no sabía de quién se trataba. Apenas atisbaba a vislumbrar un rostro medio en sombras, envuelto en luces nocturnas que lo despistaban; más siendo como era hijo primogénito del caos y la desorientación. Pero de aquella figura emanó un abrazo, perlas de colores en una caricia deliciosa sobre sus labios anhelantes. Los pescadores arribaron a la orilla rompiendo el embrujo de aquel sueño de cristal.
—¡Eclipse! ¡Eclipse! —gritó uno de ellos— ¿Te encuentras bien?
—Sí —fue su breve y titubeante respuesta.
—Menudo susto nos has dado —le reprendió con dulzura un segundo marinero—. Anda, levántate y ven con nosotros a celebrar la Navidad hasta que las hermosas luces del alba espanten a las estrellas.
—¿Qué? ¿Espantar a las estrellas? —preguntó él casi horrorizado— ¿Cómo podéis hablar así? No deseo celebrar nada. Quiero volver al mar. Llevarme allí dentro —dijo señalando con su dedo el horizonte, allí donde cielo y océano se besaban—. Quiero ver ballenas, delfines, sirenas... los candiles de las constelaciones dibujando sonrisas sobre las olas...
—Eclipse, no estás bien. Olvídate del amor, que aún eres demasiado joven para sufrir.
—Por eso mismo quiero volver al mar. Llevadme allí dentro y dejadme soñar. Dejadme creer en la esperanza que me alimenta cada nuevo amanecer. Llevadme al mar. O prestadme al menos una barca.
—Te has vuelto loco Eclipse. ¿Una noche tan especial como esta y quieres estar solo?
—No, solo no. Con mis sueños y mis deseos...
Los pescadores al final decidieron hacer caso a Eclipse y le dejaron una barca. Aunque todos se marcharon con cierta pesadumbre en sus corazones. Temían por él; pero sabían también que siempre había sido así y que nada ni nadie iban a ser capaces de cambiarlo. Vieron como Eclipse recobraba sus fuerzas y alegría y subía a su embarcación. Asió los remos con una sonrisa en los labios y se adentró en las profundidades del océano bajo el embrujo de su astro de plata. De repente, de la luna surgió un haz de luz que fue a depositarse dentro de la pequeña barca. Eclipse se sintió confuso en un primer momento, pero después lo comprendió todo y comenzó a ascender por aquel halo azulado hacia la esfera gris. Allí en la luna había muchos chicos y chicas como él, pequeños eclipses que no encontraban su tiempo ni lugar allá en la tierra. Todos juntos reían, cantaban y bailaban alrededor de una hoguera de llamas plateadas. Estaba en su hogar; allí donde nacían los eclipses de luna...

Juanma - 18 - Agosto - 2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS

Apenas tenía cinco años cuando lo encontró. Fue la misma noche de tormenta en que su abuelo se acercó hasta su cama y la despertó para enseñarle la magia de leer las palabras escritas en los libros. Esa misma noche, cuando buscaba entre miles de objetos sin uso ni sentido abandonados en el fondo de un baúl otros cuentos donde seguir jugando a coleccionar vocales y hacerlas bailar con las consonantes, lo encontró; pequeñito, hermoso, reluciente: un libro de sueños. Ella nunca había visto nada tan maravilloso y bonito. Por si no fuera suficiente con ello, además de increíble era impredecible y mágico, pues cambiaba a su antojo de forma, de color y de tamaño. Le llevó bastante tiempo conseguir dominar los secretos y entresijos de su manejo; al principio fue difícil, pero con el tiempo se fue acostumbrando a su tacto suave, a sus contornos tenues y luminosos, a algo indefinible que lo hacía inconfundible. Lo estrenó soñando que su pequeño perro era un espléndido corcel, su gatito un leopardo y las tristezas y los llantos, un carnaval de risas.

El libro de los sueños requería ser tratado con cuidado para que no se estropeara; y a fe que lo consiguió pues le duró toda la infancia, resistió dos terremotos, varios huracanes, una dictadura, la separación de sus padres y consiguió llegar en buen uso hasta las primeras incursiones eróticas de su adolescencia. Nada más y nada menos. Después de aquello, el paso implacable del tiempo hizo también mella en él; el riesgo estaba ahora en el deterioro de las tapas y el papel, en el desgaste de las letras, en el olvido de los bordes y las palabras. Pero ella era demasiado soñadora para abandonarlo. Y desobediente como era su naturaleza, lo siguió abriendo todas y cada una de las noches de su vida, aun cuando se aceleró de manera vertiginosa la producción y cosecha de pesadillas.

Hay quien afirma que nunca tuvo demasiado sentido del ridículo. Y puede que estén incluso en lo cierto. Algunos días ella misma se avergüenza un poco de ello; aunque sólo un poco. Y en una caja de madera de boj, dentro de aquel fantástico baúl de su abuelo, aún sigue guardando a escondidas su libro de los sueños. Aunque ahora ya sólo se abra a ratos, a destiempo y mal. Aunque se ponga a regalar pequeñas esperanzas e ilusiones sin que nadie las lea, y se empeñe en darle profundos zarpazos a la realidad. Aunque ya no conserve apenas un ápice de color y nadie, ni siquiera ella, sepa cómo hacerlo rejuvenecer. Aunque los engranajes ocultos entre sus páginas a veces chirrien y le dañen los oídos, los ojos, el alma y el corazón.

Pero al caer la noche ella vuelve a abrir su libro de los sueños y se lanza leyendo desde el balcón; de cuento en cuento, de sueño en sueño, de abismo en abismo, aprendiendo a volar...


Juanma - 6 - Agosto - 2014




















sábado, 2 de agosto de 2014

PARA SIEMPRE

Te colabas sin permiso en mis sueños con tu vestido negro a juego con tus ojos de madrugada, a esa mágica hora cuando la noche es sombra de lo desconocido en los ecos de estos profundos valles. Cascadas de rizos negros se deslizaban por tu espalda tapando a medias tu cara, con el tenue fulgor de un alma deshabitada que por fin entiende que no vale la pena ser memoria olvidada de los recuerdos que quedan atrás. Ibas deshaciéndote de todo. De todo. Sobre todo de aquello que te aprisionaba a una noche sin luna ni estrellas. Tu cuerpo lo quería. Tu corazón lo pedía. Tu mente lo suplicaba. Acantilado arriba, abismo abajo, bajabas y subías con el ritmo sutil de una mariposa sin alas. Ibas en busca de tus huellas, de tu ser, de tu esencia. De esa dulce y tibia belleza de tu reconditez que a veces permanecía escondida o estática en el tiempo. Hasta allí caminabas para encontrarte con ella. Con la dama del crepúsculo. Con la sombra del alba. A veces luciérnaga, otras murciélago. Te plantaste de pie frente a ella. Algo le dijiste. Algo te dijo. Las lágrimas tristes y amargas pintaron vuestras almas. Una de resplandores, otra de tinieblas.

    -¿Qué buscas aquí, mujer?-preguntaba ella
    -No lo recuerdo. Saborear quizás la dulce oscuridad -contestabas. 
   -Estás perdida. Y sola. Te veo con lánguidos pensamientos intentando huir del ayer. Ese ayer agorero y austero. Ese ayer donde aún las heridas de tu corazón se desangran en sentimientos. Ese ayer donde afiladas cuchillas buscan las venas de tus muñecas. Ese ayer que te llevó a la desgracia sin darte ocasión de que te apearas alguna parada antes.
   -Es posible. Pero también vengo a buscar. Estoy aquí porque este reino de la noche me invita, me seduce, me enamora...
   -Estás perdida. Y sola. Te veo arrastrar esa pena que te consume desde hace siglos. A cuestas con ese llanto profundo que entristece tus pasos. De la mano de ese error que invoca los cristales rotos que has de pisar en tu camino. Te reconozco. Sé cómo te llamas. Sé quién eres. Y todo lo de antaño es solo un juego que tú buscas, pero al que ya no estás invitada a jugar. Olvida. Olvida ya. Antes de que sea demasiado tarde.
   -¿Tal es el sino de mi destino? Me siento tan infeliz, tan vacía, tan desdichada... Tristes baladas fúnebres se regocijan en mis entrañas. No sé. Necesito respirar. Inspirar y espirar de este aroma que insufla la noche a ver si con este aire renovado soy capaz…Capaz tal vez de renacer.
   -Estás perdida. Y sola. Sigue mi consejo. Sigue hasta el final del acantilado, hasta el fondo del abismo. Allí encontrarás un faro. Él te ofrecerá esa mágica luz donde romperán las nuevas olas que harán cenizas tu antiguo ayer.

Te colabas sin permiso en mis sueños con tu vestido rojo a juego con tus ojos de fuego. Ibas hacía el fin del mundo. A medida que avanzabas, una luna iba creciendo en el vientre de tu alma. Llegaste hasta el final. Allí donde el rugir del océano estremecía hasta los cimientos de tus huesos. Allí hallaste por fin el faro. Espero que su luz volviera a dar esplendor, aunque fuera tan sólo por un efímero y eterno instante, a tu rostro; y que tus alas negras se transformaran en lo que buscaban y merecían ser; dos luceros, dos arco iris, dos senderos. Tenías que elegir. Por tu bien, tenías que elegir tu propio destino. Tomaste la opción de tu mano derecha. Descendiste por el camino que allí se bifurcaba. A medida que bajabas por él, tu memoria iba olvidando. Olvidando la tristeza, todo lo que eras, todo lo que fuiste. Hasta que la nada deambuló a sus anchas por tu corazón. Hasta que tus hermosos y tristes ojos se cerraron para siempre...

Juanma - 2 - Agosto - 2014

miércoles, 30 de julio de 2014

¿QUÉ HACÍA ELLA?...

¿Qué hacía él?
La amaba.
¿Y qué hacía ella para que la quisiera de tal manera?
En realidad no hacía nada, pues ignoraba incluso que alguien la amara.
Pero para él más que un amor, aquello se había convertido en todo el misterio del universo.
¿Qué ella no hacía nada? ¿Quién era capaz de afirmar aquello?
Hacía tantas y tantas cosas...
Y le iba a explicar a todo el mundo lo que, aunque fuera sin querer, ella hacía...
Se incrustaba como cristales rotos en la carne de sus pensamientos por las neblinas del querer. Depositaba los posos de su esencia en el vaso de la añoranza de él y agitaba unos recuerdos que iban y volvían de lugares más allá de más allá del horizonte. Cabalgaba a lomos de la brisa fresca de sus sueños para mostrarle océanos aún no creados donde vestida de piel de sirena le succionaba el alma con su canto.
Y en el transcurso doloroso de los días, se ocultaba tras la luna risueña que alumbraba el sendero de sus noches, se escondía en los inquietantes laberintos del desencanto, se esfumaba tras los silenciosos pasillos del silencio y del olvido.
Bastaba una fotografía de ella para que su corazón entrara en erupción como un volcán y una riada de latidos arrítmicos amenazara con convertirlos en su último estertor. Soñaba dormido y despierto con ella. Y en aquellos sueños gritaba, lloraba, suspiraba y gemía. También era feliz a ratos, justo un efímero instante antes de despertar, siempre que estaba a punto de besarla.
Deambulaba en sus recuerdos como un desierto de fuego donde sólo le daba de beber sol y arena. Y cuando llegaba una tormenta, la lluvia se convertía en ceniza que respiraba y ahogaba sus pulmones. Una y otra vez moría y nacía de nuevo en la misma calle, donde siempre al doblar la esquina volvía a encontrarse con ella, a prenderse de sus labios, a colgarse de sus pestañas, a encadenarse a su corazón...
Sí, tal vez ella nunca había hecho nada.
Pero es que tan sólo con nacer, ya lo había hecho todo para él...

Juanma - 30 - Julio - 2014

jueves, 29 de mayo de 2014

ALAS NÓMADAS

Se levanta somnolienta, abrazada a quién sabe qué príncipe de la primavera de sus sueños, y camina descalza así como llevada por el vuelo de la brisa. El susurro de las olas que besan los labios de su alma imanta todo su ser. Aún entre las brumas vaporosas del sueño, es consciente de las disecadas alas de la nostalgia. Tras de sí deja una cama deshecha donde los recuerdos afloran y se marcan como huellas de pisadas sobre la nieve. Se deja arrastrar, como un velero que la llevara de la mano por las tristes arboledas de la soledad. Ante ella se revela un alma ausente, mezclada con sabores y olores febriles. Desde el balcón de su alcoba divisa el inmenso océano; una imperturbable gaviota vuela en círculos sobre aquellas hermosas ondulaciones turquesas. 

Se siente atemorizada cuando presiente la sombra de algo extraño que aún recuerda y que en su vida fue la herida, derrame y pérdida de toda su joven savia, de toda su vitalidad. Elevadas cumbres convertidas en hondo acantilado. Intenta acariciar su pasión extraviada, pero la calidez que le ofrece es hielo de hogueras que quema y reduce a cenizas sus deseos. Una pausa. Tal vez un trueque entre el silencio y la quietud irradiadas por la soberanía de la nada. Se sienta en el balcón y con su tacto aterciopelado sobre el suelo dibuja y hace viajar nubes en el viento. Se sumerge en las profundas y oscuras aguas de ese dilema que la evade y protege de todo lo que le rodea. Entonces piensa, recuerda la marcha de su amado, la pérdida del amor.

Fragmentos de recuerdo se le acumulan en las sienes como las piezas de un puzzle desparramadas sobre la mesa. Contempla una barcaza amarrada en la orilla. Duda si bajar y subirse a ella y remar y remar hasta la lejanía de la inmensidad. En esa calma y mutismo interiores intenta averiguar el significado vital de las constelaciones en el firmamento, el rubor de aquellas olas que eclosionan frente a ella como brisas suaves. ¡Que hermoso sería sumergirse en ellas y remar en busca otro sol y otra luna mar allende! El arco iris le tiende un bello puente multicolor con todo su amor. Se descalza, se despoja de ese aire enrarecido que ahoga sus pies para robarle el color a sus pisadas. Un sueño embriagador se apodera de su ser. Tras los pliegues y grietas de su ensueño atisba a vislumbrar una isla desierta con un brillo especial en mitad de la nada.

Con la locuaz e impecable veracidad del eco de su voz, magnetiza y atrae la siniestra mirada oscura de la bóveda celeste que se fragmenta en innumerables galerías de misterio. Se levanta, sale de su casa y baja las escaleras de su alma; en busca del mar, en pos de las olas, en aras del mañana. Pero la barca que debería ayudarle a cruzar el océano de su futuro ha desaparecido. Frente a la playa sólo queda un mundo de ensueño. Un universo donde aves hermosas y árboles longevos y dantescos ondean al viento antorchas de fuegos multicolores como una nana de cuna susurrando la melodía del amor anhelado, del amor prohibido, del amor buscado.

Eleva su mirada hacia un confluir etéreo de abismos insondables. Contempla entreabiertas las frondosas llamas del universo ardiendo tras el muro acristalado de las estrellas. Ancla sus pies desnudos en la arena suave y afinca sus anhelos y su mirada en ese firmamento que es boceto de las lluvias y las nieves por venir en ese dibujar de las cenizas y el humo de las nubes en el cielo. Se aferran a su pupila como el abrazo de dos amantes. Y se empeña en olvidar, en dejar atrás todos sus marchitos sueños; sueños que se han ido deshilachando a cada zarpazo del crepúsculo, a la vera de sus párpados sedados al son del vals de sus recuerdos.

Se desvanece el ensueño como una bruma. Y ahora, siente un aislamiento sosegado en ese trinar maravilloso de las aves marinas. Por un momento se siente como ellas. Una más de ellas. Libres en el danzar de sus tonadas cuando aún los tempranos albores del amanecer dibujan pinceladas en el melodioso eco del desconsuelo. Se sabe a un mismo tiempo alborada del despertar y crepúsculo del sueño. Un alma plena y llena, y un cuerpo bello y hermoso, en una habitación sola y vacía. Pero un cuerpo sobre el que la mente obtusa y macabra del olvido parece haber dictado sentencia. Fija la mirada en el horizonte, buscando el más leve atisbo o rastro de su barca. Nada. Sólo universos de agua y océanos de silencio.

Vuelve a subir las escaleras. De regreso a su vida vacía... y a eso que llama su sitio, su casa, su hogar. Anochece. El día ha transcurrido en un abrir y cerrar de ojos eterno. Prepara la cena mientras una melodía triste perfuma una atmósfera marchita. Le da cuerda al reloj de su corazón y encara su alma para la jornada de mañana. Cierra los ojos y se duerme en el sin fin del placer maravilloso y la apoteosis infinita de sus sueños. Enjaula en una cueva recóndita sus pesares, dolores y tristezas. Su alma se convierte en álgida antecesora del ocaso bajo el tibio aroma de su lecho. Es una dulce velada en la que sueña con estrellas errantes y fugaces a las que pide una lista olvidada de promesas y deseos, con vergeles hermosos donde hacerlos realidad, y con romper de una vez las cadenas que mantienen cautiva la libertad de sus alas... y poder, por fin, volar con ellas.

Juanma - 29 - Mayo - 2014



domingo, 25 de mayo de 2014

SOMBRA DE TORMENTA

Una luz da contorno a mi reflejo
La ausencia de mi alma se abandona
En el caer de la noche hacia el espejo
Donde la reina de la sombra se corona

Veo acercarse la sombra cristalina
De mareas ya olvidadas al recodo
De una noche pasajera en mi retina
¡Qué pena que no fuera de otro modo!

Me acurruco en los silencios de la bruma
Me abandono en lo caótico del sueño
¿Qué más da ser una ola sin espuma
Sabiendo que el mar no tiene dueño?

Juanma - 25 - Mayo - 2014





sábado, 24 de mayo de 2014

UNICORNIOS

-Mamá, ¿qué es esa luz tan cegadora?
-Se llama sol, hija.
-¿Y para qué sirve? A mí me molesta.
-Tiene su sitio y su función, como todo en esta vida. Aunque tanta luz al atardecer, nunca ha sido buena. ¿Y tú qué haces aún aquí? Deberías estar ya junto a tus hermanos, viajando hacia la noche.
-Enseguida voy, mamá. Pero antes dime, ¿por qué ya nadie nos ve?
-Hija mía, los unicornios perdimos nuestro cuerpo real para poder vestirnos con la piel de los sueños. Ahora sólo pueden imaginarnos...

Juanma - 24 - Mayo - 2014

lunes, 12 de mayo de 2014

EL TREN FANTASMA

La espeluznante y terrible historia que les voy a narrar, por descabellada, quizás parezca no tener el menor sentido. Me interesan los misterios y las llamadas historias del más allá, así como penetrar en los más oscuros y recónditos secretos del alma humana. Por eso a veces he hurgado en sitios donde nada se me había perdido... esos mismos lugares donde la gente sufre y donde lo racional y cotidiano se mezcla y confunde con lo inescrutable, lo irracional y la locura...

Esta historia que me dispongo a contar, dramática y sorprendente, me la narró su protagonista hace ya algunos años y seguramente, hasta entonces, nadie más la había escuchado. Por un lado la lógica me aconseja que no busque explicaciones extrañas ni trate de justificar un suceso inverosímil que, aparentemente, se cae y desmorona bajo su propio peso. Pero por otro lado, una parte de mí está convencida de que hay algo de cierto en su relato, algo de verdad irrebatible. Y aquí nada tiene que ver mi imaginación desbocada, como quizás puedan estar pensando. Tampoco mi fantasía don quijotesca por el exceso de lectura. A este respecto, me considero una persona bastante racional y equilibrada, capaz de delimitar la línea o barrera que separa lo fantástico de lo real. Intento calibrar y ver todos los acontecimientos que encuentro a mi alrededor de forma objetiva y sin dejarme llevar por emociones, supersticiones o sensaciones.

Pero estoy convencido de gran parte de la veracidad del suceso y de que, cuando me contaba su historia, aquel hombre no mentía. Y no sólo porque sus ojos lloraban; ni porque en todo aquello, tan extraño y terrorífico, pudiera existir algún oscuro misterio que lo justificara. Hay algo más que me reafirma en mis convencimientos. Pero ese algo más lo explicaré tras relatar la historia de aquel pobre hombre sin ninguna adulteración, tan sólo como él la interpretaba. Así todos podremos tener nuestra propia visión de los hechos y acontecimientos mientras escudriñamos algunos de los misterios que acechan bajo la luminosa realidad.



                                                                                                 *   *   *



"Aceptar lo que me sucedió puede parecer, por mi parte, un claro síntoma de locura. Pero yo no estoy loco. Ante todo quiero dejar eso bien claro.

"Hace ya algún tiempo, he de aclarar que no tengo coche y siempre utilizo el transporte público... Hace ya algún tiempo, como decía, me dirigía una noche, como otras tantas, hacia la boca de Metro correspondiente a la línea que todos los días tomaba para hacer el trayecto desde mi lugar de trabajo a casa.

"No es aquella una parada demasiado concurrida ni transitada. Más bien podría decirse que es solitaria de más, en especial a la hora nocturna en que yo suelo utilizarla, cerca de la medianoche. Aquella noche no era distinta y la estación se encontraba prácticamente desierta. Pasaron  varios minutos sin que apareciera ningún tren. Los usuarios miraban sus relojes con impaciencia. Deseosos, como yo, de marcharse de aquel lugar solitario y llegar cuanto antes a sus hogares.

"De repente divisé a mi derecha las luces de la cabina del tren iluminando el oscuro túnel. La luz de los vagones hacía parecer a las ventanas enormes sonrisas blancas. El tren se detuvo, abrió sus puertas y yo entré en el tercer vagón, que era el que se había detenido a la altura de la estación en que yo me encontraba. Estaba casi vacío, así que me senté en uno de los muchos asientos libres que quedaban, dispuesto a relajarme y leer unos minutos antes de llegar a casa.

"Sólo cuando sonó el silbato de aviso de partida y el tren cerró sus puertas, reparé en que ninguna de las otras personas que esperaban en la estación había subido al tren. Es más, seguían leyendo sus revistas y mirando sus relojes con impaciencia, como si no hubieran advertido su presencia. Quizás alguno de ellos estuviera esperando a otra persona, quizás no tenían prisa... ¡quién podía saberlo! Esos fueron los argumentos que me di a mí mismo. Se encuentra uno a tanta gente rara a diario que no puede ir por ahí intentando analizar y explicar todo lo que sucede a su alrededor. 


"El tren arrancó e inmediatamente dejó atrás la estación sumergiéndose en las tinieblas del túnel. Me encontraba en el asiento de uno de los extremos del vagón. Miré hacia el otro, tal y como por curiosidad  o inercia hacemos casi siempre, para ver al resto de viajeros. Había tres mujeres al otro lado del vehículo, de pie, apoyadas sus espaldas en la pared del tren y charlando entre ellas. Me sorprendió su actitud en exceso seria y como malhumorada. Las tres llevaban el pelo teñido de negro. Parecían llevar los ojos pintados también de negro, y los labios de morado. Ello contrastaba en exceso con sus rostros, que tenían una palidez cadavérica y de ultratumba. Quizás fuera maquillaje, o tal vez se dirigieran a alguna fiesta. La juventud vestía últimamente de manera tan variopinta y desenfrenada que ya casi nada sorprendía o llamaba la atención. Sin duda, podían pertenecer a alguna de esas tribus urbanas góticas que tanto abundaban y estaban de moda. Dos de ellas llevaban las uñas largas en exceso y pintadas también de negro. La tercera llevaba las manos enfundadas en unos impecables guantes blancos.

"El tren continuó su marcha y nos estábamos acercando a la siguiente estación. Al llegar a ella comprobé que tampoco había casi nadie en el andén y, tras detenernos, los vagones abrieron sus puertas para dar entrada a los viajeros. Observé que, por segunda vez, nadie subía a bordo. El conductor arrancó de nuevo y seguimos nuestra ruta. Ahora el suceso sí que me había producido una cierta inquietud. Rayaba ya en lo más extraño que en dos estaciones seguidas nadie, excepto yo, hubiera subido a aquel tren, teniendo en cuenta sobre todo que la gente que allí aguardaba esperaba precisamente ese tren. Pero al final pensé que tal vez todo fuera fruto de una simple y extraña casualidad, y que no había motivos para preocuparme en exceso.

"Pero en la siguiente parada volvió a repetirse el mismo fenómeno. Tan sólo había dos personas, pero no subieron a ningún vagón. Iría más lejos y podría afirmar que parecían no fijarse ni ver el vehículo que se detenía justamente frente a ellos. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lo que estaba sucediendo allí no parecía para nada normal.

"Inquieto, miré hacia el fondo del vagón y vi que las tres mujeres miraban de reojo en mi dirección, manteniendo aquella misma actitud seria e irascible. Empecé a intranquilizarme y aparté la mirada. Ya nos aproximábamos a la siguiente parada y me estaban entrando ganas de bajarme en ella, pese a que no era la que me correspondía. Sin embargo, me retuve. Decidí aguantar pensando que todavía faltaban varias estaciones más y que era una tontería innecesaria perder más tiempo. Esperé deseando ver subir a alguien. Vana esperanza ya que nadie lo hizo.

"Volví a mirar a mis acompañantes femeninas. Seguía percibiendo en ellas algo indefinible que me inspiraba temor y desconfianza. Si bien su indumentaria podía pasar desapercibida en una gran ciudad como aquella, había algo extraño en ellas... algo que se me escapaba. Una idea cruzó fugazmente mi mente. No eran disfraces ni indumentarias góticas... más bien parecían de otra época. ¡Eso era, eran trajes antiguos! En esos momentos, atisbé un cierto cambio en su actitud. Ahora me miraban más fijamente y parecían sonreír con una mueca falsa y burlona que me heló la sangre. En la próxima parada me bajaría y esperaría al siguiente tren. No pensaba seguir allí dentro ni un sólo minuto más.

"Me levanté, pero cuando el tren llegó a la estación no se detuvo. En el andén había gente, pero parecía como si fuésemos invisibles y no se percatasen de nuestro paso. Mis jóvenes acompañantes sonreían cada vez más abiertamente y me sobrecogió la dosis de malignidad que parecía esconderse tras aquellas sonrisas de bufón y aquellos ojos pintados y envueltos en sombras. Angustiado, tiré del freno de emergencia, pero el tren no hizo intento alguno de detenerse. Unas carcajadas entre diabólicas y perversas brotaron del fondo del vagón, del fondo del alma y las gargantas de aquellas tres mujeres arrastrándome hasta el mismísimo borde y paroxismo de la locura. Estaba tan angustiado que no podía pensar con claridad, no sabía qué hacer...

"El tren había cogido una velocidad endiablada, infernal. Pasamos varias paradas más, entre ellas la mía, sin que hiciera el más mínimo ademán de detenerse. Por el contrario, aumentaba cada vez más y más la velocidad. Imposible de describir con palabras el horror que me atenazaba en aquellos momentos. Y la gente de fuera impasible, sin reparar en nuestra presencia, sin percatarse de nuestro paso.

"Próximo ya a la desesperación, advertí un ligero movimiento en las jóvenes del fondo. Se estaban moviendo, acercándose hacia mí sin parar de reír. Lentamente. Casi a cámara lenta. Haciendo un esfuerzo de concentración y de auto control de mi angustia y mis sentidos, cogí el paraguas -por suerte para mí había llovido aquel día y lo llevaba encima- y con fuerza y decisión golpeé repetidamente una de las ventanas del vagón hasta romper el cristal.

"Ellas seguían acercándose, despacio como zombies, mostrándome sus encías en una risa perversa, alargando sus brazos, que entonces me parecieron inmensos, hacia mí. Ya las tenía casi encima. Me encaramé con cuidado a la ventana en el preciso instante en que cruzábamos la siguiente estación. Sin pensarlo dos veces, salté fuera en el preciso momento en que unas largas uñas intentaban aferrar uno de mis tobillos.

"Caí al suelo con estrépito y, tumbado en él, observé como aquel tren del infierno se alejaba a gran velocidad, sumergiéndose entre las sombras mientras, desde la ventana rota, las tres mujeres me miraban con una expresión de infinita rabia, odio y maldad. El resto del tren iba vacío. Antes de perderlo de vista pude fijarme en el número pintado en el lateral del vagón. El 103. 

"La estación también estaba vacía, así que para mi contrariedad nadie fue testigo de los hechos y de cómo me arrojaba del tren. Me levanté intentando sosegarme. En un bar cercano tomé un par de copas mientras pensaba en todo lo acontecido. Los huesos me dolían a causa de la caída y el subsiguiente golpe. Pero por fortuna, parecía no haberme roto ninguno.

"Volví a casa y ya en la cama -eso sí, con la luz encendida, pues la oscuridad me devolvía aquellos rostros fantasmales a la memoria-, rodeado de la serenidad y sosiego que proporcionan el descanso y el silencio del hogar, repasé varias veces mentalmente la película de los hechos que me acababan de acontecer en aquella aciaga noche.

"Al día siguiente me dirigí a las oficinas del Metro. Allí pregunté por algún responsable que pudiera informarme sobre un tema relacionado con aquella linea que yo utilizaba. Me pasaron con uno de los jefes de mantenimiento.

"Me inventé una excusa que justificase mi presencia allí y le expliqué a aquel hombre que el día anterior había montado en dicha línea y había perdido la cartera pero que, por casualidad, recordaba el número del tren en el que había viajado. Así que le rogué que mirase si, por suerte, la cartera hubiera aparecido. El número del tren era el 103.

"Mi interlocutor consultó unos libros y, tras unos minutos, meneó la cabeza negativamente y me dijo:

"-Sin duda debe de tratarse de un error. El tren número 103 fue mandado al desguace hace ya cuarenta años, después de un terrible accidente en el que perecieron tres chicas jóvenes.

"Asentí, admitiendo que sin duda debía tratarse de un error por mi parte al visualizar el número que vi escrito en el vagón. Le pedí disculpas por las molestias y me despedí. Él, por su parte, se brindó amablemente a informarme de inmediato si aparecía la cartera.

"El fresco aire matinal despejó en parte mi mente de la conmoción que acababa de sufrir al recibir aquella espeluznante información.

"¿Cómo podía ser?¿Cómo podía haber viajado en un tren desguazado cuarenta años antes? No podía aceptar aquella cosa así como así. Y además, parecía que yo era la única persona capaz de verlo y viajar en él. Por supuesto, ¿cómo iba a subir la gente a bordo si aquel tren no existía? Pero, ¿por qué yo si pude hacerlo? No era capaz de hallar ninguna respuesta lógica o coherente..

"Pasó el tiempo y mi único deseo durante aquel largo periodo no fue otro que el de olvidar el suceso. Me dolía y quemaba su recuerdo, pero hice todos los esfuerzos posibles por borrarlo de mi mente. Poco a poco, el trabajo, la rutina y la vida diaria consiguieron que fuera quedando aparcado en la memoria como un mal sueño, una pequeña pesadilla.

"Pero no he podido volver a subir a ningún vagón de Metro o tren. Un par de veces lo he intentado sin conseguirlo. Una terrible sensación de pánico y ansiedad se apodera entonces de mí. El mero hecho de acercarme a una parada me provoca ya un intenso desasosiego.

"Parece ser, al menos que yo sepa, que he sido la única persona capaz de ver y subir a aquel fantasmagórico vagón de tren. Pero ante todo quiero dejarle claro que nunca antes ni después en mi vida he tenido ninguna otra experiencia similar ni cualquier otra alucinación. Y por supuesto, sepa usted que no estoy loco...



                                                                                                        *  *  *



Nunca más he vuelto a ver a aquel desdichado hombre cuyo único deseo era dejar, ante todo, demostrada su cordura. Ya he dicho que estoy acostumbrado a escuchar cientos de relatos y sucesos relacionados con el más allá. Algunos son meras invenciones y fraudes de gente deseosa de darse publicidad u obtener pingues beneficios. En ocasiones son meras ilusiones y fantasías. Y hay muchas también producto de la demencia y la locura. Mucha falsedad y demasiada propaganda, ya que todo lo macabro, misterioso o inexplicable vende y puede ser un filón de oro para gente sin escrúpulos capaz de exprimirlo. El dinero y la codicia pueden llevar al hombre a cruzar los límites más insospechados. Pero tras mucho sondear y bucear en el mundo de lo paranormal, he podido llegar a la conclusión de que hay debajo de ese mundo oscuro mucho más de lo que lo parece y que esas señales que vemos a veces, son tan sólo la punta del iceberg.

Aquel hombre no buscaba propaganda o publicidad, ya que tanto en su círculo de amistades como en su puesto de trabajo, donde ocupaba un empleo de importancia en una gran empresa, lo que menos necesitaba era inventarse y contar un suceso de tales características y ser tomado por un chiflado, arriesgándose a perder así todo aquello por lo que había luchado y tantos esfuerzos le había costado conseguir.

Tampoco perseguía dinero. Que yo sepa jamás vendió su relato y, según creo, soy el único o uno de los pocos afortunados en conocerlo. Y, como él mismo me confesó, sólo necesitaba desahogarse, quitarse un peso de encima y hacer a otro partícipe, o al menos conocedor de su experiencia. Tales sucesos, cuando se guardan dentro, al igual que sucede con determinados sentimientos aunque parezcan muertos, están tan sólo aletargados y, cuando uno menos lo espera, la más leve corriente de aire los aviva originando el peor de los incendios. Es como si al contarlos, consiguieras  desprenderte en parte de ellos.

Creo en la historia de aquel hombre. Y no sólo por las lágrimas que vertió mientras la contaba, ni por la coherencia que mostró durante todo el relato, donde no se contradijo ni una sola vez pese al aparatoso tercer grado a que le sometí. Como ya dije antes, hay algo más que contar.

Esta historia me fue referida hace ya varios años y yo, al igual que su protagonista, la había guardado ya en el cajón del olvido de la memoria. Pero hace un mes aproximadamente, sucedió algo que me hizo darme de nuevo de bruces con ella.

Me encontraba, casualmente pues no suelo usarlo mucho, en la misma línea de Metro de nuestra narración. Y no había reparado siquiera en ello hasta que el tren hizo acto de presencia en la estación. Pero para mi sorpresa, llegaba con más velocidad de la que era habitual si debía, como era su obligación, detenerse allí.

Y mi asombro fue aún mayor cuando vi que pasaba de largo. Una tuerca hizo click en mis recuerdos al mismo tiempo que algo en el tren llamaba mi atención. El tercer vagón llevaba una ventana rota. En su interior había tres pálidas mujeres jóvenes vestidas de negro, de pie y en actitud en exceso seria y apesadumbrada. El número pintado en el lateral del vagón era el 103...



                                                                                                     *  *  *



Ahí tienen el relato. La historia de aquel hombre... y ahora también la mía propia. Son libres de pensar lo que quieran. Es una historia aterradora, a la vez que difícil de creer y ser tomada en serio. Soy consciente de ello. Y sé también que suena más a leyenda urbana que a cualquier otra cosa. En todo ello estoy de acuerdo.

Pero anden con cuidado. A nuestro alrededor merodean más acontecimientos extraños de los que somos capaces de vislumbrar a simple vista. Sobre todo si es uno un poco dado a mirar más abajo de la superficie. Y no se trata de exceso de imaginación, sugestión o paranoia. Sé distinguir perfectamente la línea que separa la fantasía de la realidad y el sueño del despertar.

Estoy casi por completo convencido de la cordura de nuestro entrañable protagonista. Pero si hay algo de lo que si puedo estar completamente seguro, es de que yo no estoy loco...


Juanma -  19 - Octubre - 1995