miércoles, 23 de diciembre de 2015

JINGLE BELLS

El reloj del campanario de alguna iglesia dio las doce de la medianoche. Las calles estaban desiertas y el silencio era sepulcral, casi fantasmagórico. Una densa niebla había caído al anochecer tornando la ciudad en una bella postal londinense. Pese a que era Nochebuena, a esa hora la mayoría de la gente permanecía en sus casas ingiriendo cantidades inverosímiles de alcohol, alimentos, abrazos y cursilerías varias. Otra tanta, menos cada año, acudía a la llamada de parroquias como la que acababa de tañer sus campanas para asistir a la tediosa misa del gallo. En un callejón solitario y casi a oscuras cercano a aquella iglesia, una figura envuelta en raídas mantas rebuscaba entre los cubos de basura. Era el contraste entre la opulencia y derroche de algunos en aquellas fiestas y la miseria e indigencia de otros. Pero para aquel pobre mendigo andrajoso, aquella noche significaba también un motivo de celebración. No porque le gustara la Navidad, a la que despreciaba con todo su alma, sino porque aquella noche los cubos de basura rebosaban de sobras de manjares exquisitos y postres deliciosos que la gente desechaba de sus mesas tras el atracón navideño.
     Acababa de encontrar un pequeño tesoro en forma de tarta de queso cuando otra figura encapuchada apareció en la entrada del callejón. El anciano mendigo le dirigió una mirada hostil. Aquél era su territorio, aquéllos sus cubos y todo lo que contenían, sus pertenencias. Pero como era Nochebuena, decidió que podría compartir parte de su botín con aquel otro pobre hombre. Siempre que sus intenciones fuesen buenas y no viniera con intención de buscar pelea o querer apropiarse del callejón. Había muchos como aquél en la ciudad. Cuando se acercó y estuvo a una distancia suficiente como para poder distinguir algo de entre las sombras siniestras, comprobó que no era una capucha lo que cubría la cabeza del extraño, sino un gorro rojo. Aquel personaje que se acercaba era un puto Papá Noel. ¡Cómo odiaba a aquellos malditos gordos asquerosos que estaban por todas partes y a todas horas aquellos días! ¡Con sus ridículos trajes rojos, su hipócrita sonrisa y su jodido Ho Ho Ho!
       —¡Ho Ho Ho! —Exclamó el recién llegado como si le hubiera leído el pensamiento— ¡Feliz Navidad!
    —¡Feliz Navidad una mierda! —Masculló el viejo— ¡Cómo se nota que no pasas hambre, gordo cabrón! Esa barriga no la has conseguido comiendo verdura…
     —¡Tranquilo amigo, tengamos la fiesta en paz!¡No sé a qué viene tanta hostilidad! Sólo me he acercado a saludar y ver si querría aceptar un humilde regalo de Papá Noel. ¡Es Navidad!
     El mendigo siguió mirándole con recelo y hostilidad, pero su corazón se ablandó un poco cuando vio que aquel hombre le ofrecía un paquete envuelto en papel de regalo y con un lazo blanco alrededor que acababa de sacar del enorme saco gris que portaba a la espalda.
     —No quiero nada. No necesito nada salvo encontrar algo de comida cada día para poder seguir viviendo.
     —Un pequeño obsequio no le va a hacer ningún daño. No es justo que todos esos niños que disponen de todas las comodidades del mundo en sus hermosas casas tengan docenas de regalos y la gente que más lo necesita se quede sin nada.
     —No sé… —el pobre anciano seguía titubeando indeciso, pero ya sentía cierta curiosidad ante lo que pudiera contener aquella misteriosa caja.
     —No tengo toda la noche… —añadió Papá Noel.
     —Tal vez… —empezó a ceder por fin ante la insistencia.
   —¡Vamos, cójalo!¡Es suyo! —le apremió el amable y jovial bonachón. Estiró la mano acercando el paquete al vagabundo. Éste alargó a su vez la suya con cuidado. Seguía sin confiar demasiado en aquel tipo. Nadie ofrecía obsequios a los viejos, los pobres y los indigentes. ¡Pero caramba, a caballo regalado no había que buscarle caries! Aferró el paquete con la mano derecha.
     Todo sucedió en un relámpago. El pobre diablo ni siquiera se enteró de qué había sucedido. Un instante antes tenía aquello en la mano. Después un resplandor surgió de la nada surcando la noche y las tinieblas del callejón. Y ahora su mano derecha estaba en el suelo, aferrando aún el regalo, cercenada de su muñeca. Del muñón le brotaba ahora un espeso chorro de sangre que salpicaba las mantas y su rostro. Papá Noel sujetaba un enorme machete que había sacado con la otra mano de un bolsillo oculto bajo el engañoso traje y reía a carcajadas.
     —¡Ho Ho Ho!¡Ho Ho Ho!¡Ho Ho Ho!
     —¿Pero qué demonios…? —el mendigo miraba confundido en todas direcciones; primero a su mano, después al muñón y seguidamente a su agresor.
     —Así que gordo cabrón, ¿eh? Así que lo único que deseabas era seguir viviendo, ¿eh? —Le preguntó mientras que, con una lengua sibilante, lamía la sangre que goteaba del cuchillo— Lo siento, deseo no concedido. Eso tenías que habérselo pedido a los Reyes Magos.
     El pobre vagabundo ni siquiera pensó en salir corriendo. Tampoco le hubiera dado tiempo. Papá Noel se acercó a él y con el afilado machete le abrió en canal desde la ingle hasta el esternón. Los intestinos se abrieron paso hacia el exterior, desparramándose como un ovillo de sucias y oscuras lombrices por el suelo.
     —¡Feliz Navidad! —le canturreó al oído mientras le rebanaba la garganta y, cerrando los ojos, abría la boca sobre la herida abierta y succionaba con deleite la sangre tibia que brotaba de ella, deleitándose con aquel salado sabor a hierro que abría las puertas de su alma y su percepción de par en par, transportándolo a perdidas y recónditas regiones del subconsciente que no era capaz de visitar en ningún otro momento de su vida cotidiana. Se dejó llevar por un éxtasis inimaginable.
     Aquella época del año era la mejor para su misión. Había cientos de aquellos personajes disfrazados por todas partes y podía pasar desapercibido haciéndose pasar por uno de ellos. Conocía de memoria las cuatro frases amables que tenía que decir a la gente con la que se cruzase. Sabía comportarse como era debido en según qué situaciones. Podía ser tan altruista, cariñoso y entrañable como un puñetero ángel del cielo. Y en la quieta y silenciosa madrugada, viejos solitarios como aquél, prostitutas haciendo la calle o algún que otro borracho perdido de vuelta a casa, resultaban un objetivo tan sencillo como apetitoso. Por supuesto, los niños y jovencitas eran su plato preferido y perdición, pero casi siempre iban acompañados de adultos. Aunque alguno también se dejaba camelar y caía en sus redes de vez en cuando. Le resultaba gracioso recordar cuando su madre le asustaba de pequeño con aquel cuento de que si se portaba mal se lo llevaría el hombre del saco. Ahora el portador del saco era él.
—¡Ho Ho Ho!
     Siempre repetía el mismo ritual. Cuando se había saciado de sangre, su licor navideño favorito por excelencia, les cortaba la cabeza y las echaba a su saco lleno de regalos. Cuando terminaba su cacería nocturna regresaba a su casa, muy alejada de la ciudad, gente curiosa e indiscreciones, y allí abría las cabezas para vaciarlas (¡los sesos en salsa y una copa de buen vino tinto le volvían loco!) y disecarlas a continuación. En la parte trasera de la casa, en una pequeña parcela que había aislado rodeándola de un alto y grueso muro de piedra, crecía un pequeño bosque de abetos. Sus preciosos árboles de Navidad. Cada año colgaba sus trofeos disecados de uno de ellos. Recordaba con particular cariño y entusiasmo el año 2007. De las ramas de aquel árbol colgaban veintisiete hermosas cabezas.
     El reloj del campanario de alguna iglesia dio la una de la madrugada. Le gustaba el canto de las campanas en el silencio de la noche. Terminó de lamer los restos de sangre que se habían coagulado alrededor del tajo de la garganta y se dispuso a cercenar la cabeza. Quedaba mucho trabajo por hacer y una larga noche de paz y amor por delante. Pero antes debía cambiarse la barba. Siempre le pasaba lo mismo. Se olvidaba de quitársela para beber y la dejaba toda pringada de sangre…

Juanma - 15 - Diciembre - 2014

                                       

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL REY DRUIDA

En los días en que el rocío de la creación aún estaba húmedo sobre la tierra, Elphín era señor de los nueve reinos de Rieland, y de los cinco mares que los circundaban. Al despertarse un día en Celydon, su principal fortaleza, contempló las agrestes colinas rebosantes de toda clase de vida y decidió reunir a sus hombres para organizar una cacería.
    La próspera zona del reino en la que Elphín solía cazar era conocida como Lloerg Fyn. Se puso en marcha hacia ella de inmediato con una considerable hueste de hombres de confianza y cabalgaron buena parte de la mañana, hasta cuando el sol comenzaba a imponerse a las brumas de la mañana para reinar otro día más sobre el mundo.
   Desmontaron para descansar y almorzaron en una gruta y, antes de que el astro rey calentara, se adentraron en la espesura de los bosques de Lloerg Fyn, donde soltaron a los perros. Elphín hizo sonar su cuerno de caza, reunió a sus huestes y, como era el jinete más rápido, salió al galope detrás de sus canes.

    
    Siguió a la primera presa que atisbó y, al poco tiempo, sus compañeros lo perdieron de vista y quedaron rezagados en la espesura. Mientras seguía los gritos de su jauría, escuchó a lo lejos los ladridos de otra, muy diferente de la suya, que parecía dirigirse hacia él y cuyo estruendo pavoroso helaba el aire. Cabalgó hasta un claro que se abría cerca, un terreno amplio y llano donde encontró a sus perros agazapados y lívidos de terror junto a unos arbustos, mientras la otra jauría corría detrás de un magnífico venado. Y he aquí que, mientras él observaba, los extraños mastines alcanzaron al animal derribándolo al suelo.
    Se acercó sin desmontar y notó entonces un extraño y peculiar olor que envolvía como una manta a los animales. De todos los perros de caza del mundo que había conocido, jamás había encontrado alguno como aquellos; el pelaje que los cubría era de un blanco reluciente y puro, casi albino, y el de sus orejas, rojo como sangre fresca, brillaba con igual pureza que el de sus cuerpos. Elphín cabalgó hasta los extraños animales y los dispersó, dejando a sus perros la pieza cobrada por los otros.
    Mientras sus hombres cargaban el enorme ciervo y él daba de comer a sus canes, apareció de repente ante él un jinete montado en un hermoso e imponente caballo negro, con un cuerno de caza colgado al cuello y camisa, calzas y botas grises por todo atuendo. Se acercó y habló:
    —Señor, sé quién sois, pero no os saludo.
    —Tal vez vuestro rango no lo requiera —contestó Elphín.
  —¡Los dioses son mis testigos! —exclamó el jinete— No es mi dignidad o la obligación del rango las que me lo impiden.
   —¿Qué otra cosa entonces, señor?¡Decídmelo pues!
   —Puedo y quiero —replicó el desconocido con voz hosca— ¡Juro por los dioses del cielo y de la tierra que es por vuestra propia ignorancia y descortesía!
   —¿Qué falta de cortesía para con vos habéis visto en mí? —preguntó Elphín, al que no se le ocurría ninguna.
   —No he visto jamás mayor desconsideración en ningún hombre —replicó el extraño—, que espantar a la jauría que ha cobrado una pieza y lanzar a la propia sobre ella. ¡Qué deshonra! Eso demuestra una deplorable falta de respeto. No obstante, no me vengaré de vos, aunque bien podría. Pero haré que un bardo os satirice en todos los rincones de vuestros reinos por un valor al que mil ciervos no competirían en precio.
   —Señor –le rogó Elphín compungido—. Si he cometido una equivocación, os pido disculpas y desearía que hiciéramos las paces.
   —¿En qué términos?
   —Aquellos que vuestro rango, cualquiera que sea, requiera.
   —Conocedme, pues. Soy rey elegido y coronado del reino del que procedo.
   —¡Qué prosperéis con grandeza! —le deseó Elphín— ¿Qué reino es ése, mi señor? Yo mismo soy rey de todas las tierras que conozco.
   —Ese reino es Arawn —respondió con solemnidad el jinete—. Soy Anawn de Arawn.
   Elphín se quedó mudo de asombro al oír ese nombre, ya que traía mala suerte conversar con alguien de las tierras oscuras… y más aún con el misterioso Rey Druida. Pero como se había comprometido a pagar su deuda, no tenía otra elección que mantener su palabra si no quería provocar mayor deshonor y desgracia sobre su reino y su propia persona.
   —Decidme pues, ¡Oh Rey!, si así lo queréis, cómo puedo enmendar mi desagravio y recuperar vuestra estima y obedeceré de buen grado.
   —Escuchádme, Rey Elphín; así la recuperaréis —explicó Anawn—. Un hombre cuyo reino limita con el mío me declara la guerra continuamente. Es Gudwyn, un noble traidor de Arawn.
   “Si me liberáis de su acoso —continuó—, lo cual para un gran rey como vos no debería resultar difícil, el daño será reparado, la deuda saldada y vos y vuestros descendientes seguiréis viviendo en paz conmigo y manteniendo el honor que se os supone.
   El Rey Oscuro pronunció unas misteriosas y arcanas palabras en un idioma desconocido y Elphín tomó la apariencia de Anawn, de modo que hubiera sido imposible diferenciarlos.
   —Como podéis comprobar, ahora tenéis mi forma y aspecto; por lo tanto, id a mi reino, ocupad mi lugar y gobernad como más conveniente creáis hasta que, a partir de mañana, se cumpla justo un año. Transcurrido ese tiempo volveremos a encontrarnos en este mismo lugar.
   —¿Y cómo reconoceré al enemigo del que me habláis? —preguntó Elphín.
   —Gudwyn y yo estamos comprometidos por un juramento a encontrarnos dentro de un año, esta misma noche, en el vado del río que separa nuestras tierras. Tú estarás en mi lugar, y si le asestas un único golpe mortal, no sobrevivirá. Pero por mucho que te suplique que le golpees de nuevo y le remates, no lo hagas; ni siquiera le escuches. Yo he luchado muchas veces contra él y después de rematarlo, por algún extraño conjuro, siempre reaparecía ileso y sin un rasguño a la mañana siguiente.
   —Muy bien —concedió Elphín—, haré lo que pedís. Pero, ¿qué le sucederá a mi reino durante mi ausencia?
   Anawn pronunció de nuevo aquellas palabras antiguas y oscuras y pasó e tomar el aspecto de Elphín.
   —Ningún hombre o mujer de tu reino notará el cambio —aseguró—. Yo ocuparé tu lugar, al igual que tú lo harás con el mío.

   Y de esta forma se pusieron en marcha. Elphín cabalgó a las profundidades del reino de Anawn y llegó varios días después a su castillo, con los más hermosos torreones, almenas, salones, patios y dormitorios que hubiera visto jamás. Los sirvientes salieron a recibirlo y le ayudaron a quitarse el traje de caza; a continuación lo vistieron con las más preciadas sedas y le condujeron hasta un gran salón, al que entró también una compañía de soldados, la más espléndida y mejor formada guardia que hubiera imaginado. La reina estaba allí, la mujer más hermosa de todas las de su época, como bien cantaban en sus canciones los bardos, ataviada con una túnica de terciopelo azul con bordados de oro y una larga melena de rizos y bucles rubios que brillaba como la luz del sol sobre el trigo dorado.
   La reina ocupó su lugar a la diestra de él y se pusieron a conversar. A Elphín le pareció la más encantadora, dulce, considerada, amable y complaciente de las compañeras. Su corazón se deshacía por ella, y deseó con todo su pensamiento llegar a tener algún día una reina para él la mitad de noble y hermosa que aquella. Pasaron la cena en agradable conversación, entre buenos manjares y exquisito vino, bellas canciones y entretenimientos de toda clase.
   Cuando llegó la hora de dormir, ambos se fueron al lecho. Sin embargo, tan pronto como estuvieron acostados, Elphín se volvió de cara a la pared dando la espalda a la reina. Así sucedió cada noche desde entonces en el transcurso del año siguiente. Cada mañana volvía a reinar el afecto y la ternura entre ellos, pero no importaba. Pese a la amabilidad que pudiera existir en las palabras que se dirigían durante el día, no hubo ni una sola noche diferente de la primera.
   Elphín pasó aquel año entre celebraciones y cacerías al tiempo que gobernaba el reino de Arawn equitativamente, con sabiduría y justicia, hasta que llegó la noche, recordada muy bien incluso por el más humilde habitante del reino, en que debía tener lugar el duelo con Gudwyn. Se preparó pues para asistir al encuentro, al sitio acordado, acompañado por los nobles de su reino.
   Cuando llegaron al vado, apareció un jinete que gritó:
   —¡Caballeros, prestad atención! Este es un encuentro entre dos caballeros, y entre sus dos cuerpos tan sólo. Cada uno de ellos reclama las tierras del otro, por lo tanto, apartémonos y dejemos que diriman entre ellos sus diferencias.
   Los dos jinetes cabalgaron al encuentro sin apartar el uno la mirada del otro ni un sólo instante. Elphín arrojó su lanza y la clavó en medio del emblema del escudo de Gudwyn, partiéndolo en dos y provocando que cayera hacia atrás, sujetando aún su lanza sobre la grupa del caballo, yendo a dar con sus huesos en tierra, con una profunda herida en el pecho, allí donde la lanza había seccionado el escudo.
   —¡Gran Señor! —gritó Gudwyn— No conozco ninguna razón por la que deseéis hacerme sufrir. Ya que me habéis herido de muerte, os suplico por todos los dioses que pongáis fin a mi sufrimiento.
   —Señor —respondió Elphín recordando el aviso de Anawn—, lamento tener que hacer esto. Encontrad a otro hombre que os mate, pues yo no lo haré.
   —Leales caballeros —suplicó Gudwyn a sus señores—, sacadme de aquí. Mi muerte es segura ahora y ya no podré proporcionaros más mi apoyo.
   Elphín, que para todos los presentes era Anawn, se volvió hacia los nobles caballeros y exclamó:
   —¡Súbditos míos, poneos de acuerdo ahora y decidid quién me debe lealtad!
  —¡Rey Anawn! —exclamaron todos, tanto del bando propio como del ajeno— ¡Todos os la debemos, ya que no hay más rey ahora que vos en Arawn!
   Y entonces le rindieron homenaje, le juraron obediencia y pleitesía, y Anawn tomó posesión de todas las tierras en litigio. Al mediodía de la mañana siguiente los dos reinos ya estaban en su poder, así que se puso en marcha para cumplir su cita con el otro rey, que aguardaba su llegada. Y ambos se alegraron de volverse a ver.
   —¡Qué los dioses os recompensen por vuestra amistad hacia mí! —exclamó alegre el verdadero Anawn— ¡Me he enterado de vuestro éxito!
   —Sí —replicó Elphín—, cuando lleguéis a vuestro hogar podréis comprobar que vuestros dominios han crecido.
   —Escuchadme pues —dijo Anawn—. En agradecimiento, cualquier cosa que hayáis deseado de mi reino será vuestra.
   Entonces Anawn pronunció las ya conocidas palabras mágicas y se produjo de nuevo la transformación, recuperando cada rey su apariencia verdadera, tras lo cual ambos regresaron de nuevo a sus respectivos reinos. Cuando Anawn llegó a su castillo, se sintió muy feliz y complacido de volver a encontrarse de nuevo entre los suyos. Sobre todo de volver a tener entre los brazos a su amada reina, a la que tanto había echado de menos en el último año. En cambio, los soldados y sirvientes, que no habían sentido su falta ni vieron nada extraño en su presencia allí, le trataron como de costumbre.
   Pasó el día disfrutando de su compañía y conversación. Después de la cena y las diversiones, cuando llegó el momento de irse a dormir, la reina y él se acomodaron en su lecho. Al principio el rey le habló, luego la acarició cariñosamente, y después hicieron el amor. Ella, que hacía ya un año que no conocía tal cosa, se dijo para sí:
   “¡Palabra de honor, que diferente esta noche de cómo se ha comportado durante el último año!”
   Y pensó en ello durante toda la noche. Y seguía pensando cuando Anawn despertó y le habló. Al no obtener respuesta de ella, la interpeló de nuevo, y a continuación una tercera vez. Finalmente, le preguntó:
   —Mujer, ¿por qué no me contestas?
  —Te diré la verdad —respondió volviéndose hacia él—. No había hablado nada durante un año en estas mismas circunstancias.
   —¡Mi señora! Yo creía que habíamos hablado continuamente, como siempre.
  —¡Qué me muera de vergüenza —replicó la reina—, si durante este último año, desde el momento en que nos metíamos entre las sábanas, ha habido cariño o conversación entre nosotros; ni tan siquiera me mirabas a la cara! ¡Mucho menos cualquier otra cosa!
   “Dioses del cielo y de la tierra, pensó Anawn, qué hombre tan extraordinario he encontrado como amigo. Una amistad tan fuerte e inquebrantable merece ser recompensada”.
   Y le explicó a su esposa todo lo que había sucedido en el último año.
   —Confieso —explicó ella cuando él hubo terminado—, que en lo que respecta a luchar contra la tentación y mantenerme fiel a ti, encontraste un magnífico aliado.
   Entretanto Elphín llegó a su propio reino y empezó a hacer preguntas entre sus nobles y siervos para sondear lo acontecido durante el último año sin que ellos sospecharan nada.
   —Rey y señor —le dijeron—, vuestro criterio no pudo ser mejor, nunca os habíais mostrado tan amable y comprensivo, y jamás tan dispuesto a utilizar vuestros bienes en favor del pueblo. A decir verdad, nunca habíais gobernado con tanta justicia como el pasado año. Por consiguiente, os damos las gracias de todo corazón.
   —¡No me deis las gracias a mí! —replicó el rey— Dádselas más bien al hombre que ha realizado todas esas acciones en mi lugar –observó que lo miraban boquiabiertos y procedió a relatarles la historia. Todos se asombraron de su lealtad y castidad.
   Porque Elphín, a pesar de ser un rey apuesto y aun joven, no tenía reina. Recordó a la hermosa dama que había sido su supuesta esposa en Arawn y suspiró por ella, dando largos paseos nocturnos por las solitarias colinas que circundaban su palacio.
   Una noche, a la hora del crepúsculo, se encontraba de pie sobre un montículo de piedra contemplando parte de la inmensidad de sus dominios, cuando ante él apareció un anciano que le dijo:
   —Es característico de este lugar que quien se siente sobre este promontorio, sufrirá en breve un profundo cambio en su vida; o bien recibirá una herida terrible y morirá, o bien presenciará un maravilloso prodigio.
   —La verdad es que en mi presente estado, poco me importa vivir o morir, pero bien que podría animarme algo el contemplar una visión maravillosa. Por lo tanto, aquí seguiré posado y que acontezca lo que deba ser.
   Elphín siguió sentado mientras el anciano desaparecía tras el recodo de un camino. De pronto contempló a una mujer montando una magnífica yegua blanca, pálida como la luna cuando se alza sobre los campos en la época de la cosecha. Iba engalanada con telas y sedas bordadas en plata y oro y cabalgaba hacia él con paso lento y firme.
   El rey bajó de su improvisado trono para ir a su encuentro, pero cuando llegó al camino que discurría al pie de la colina, ella se había alejado. La persiguió tan deprisa como sus pies podían llevarle, pero cuanto más intentaba darle alcance más se distanciaba ella. Por fin abandonó la persecución y regresó a sus aposentos.
   No obstante, pensó en aquella visión toda la noche y concluyó:
   “Mañana por la noche, me sentaré de nuevo en el mismo sitio y llevaré conmigo el caballo más veloz de todo el reino”.
   Así lo hizo. Y una vez más observó a la doncella que se acercaba. Elphín saltó sobre la silla de su corcel y lo espoleó para salir a su encuentro. Sin embargo, a pesar de que ella mantenía a su espléndida montura al paso, y él marchaba al trote, cuando llegó al pie de la colina, ella se hallaba ya demasiado lejos. El caballo del rey salió como un rayo al galope tras su estela pero, aunque volaba veloz como un huracán furioso, no le sirvió de nada; cuanto más rápido la perseguía, más era la distancia que se interponía entre ellos.
   Elphín se maravilló de aquel extraordinario suceso y dijo:
   —Por los dioses que es inútil perseguir a la dama. No sé de ningún caballo que sea más rápido que éste y ni siquiera ha conseguido acercarse un poco más de lo que estaba al principio —y su corazón se sintió tan desdichado que gritó invadido por un gran dolor mezclado con rabia:
   —¡Doncella, por el bien del hombre al que améis, esperadme!
   La mujer se detuvo y volvió hacia él. Cuando llegó a su lado, retiró el velo de seda que le cubría el rostro. Y he aquí que se encontró con la mujer más bella y hermosa que hubiera contemplado cualquier mortal de sus nueve reinos. Más bella que una primavera entera sembrada de flores, que la primera nevada del invierno, que el cielo estrellado de una noche de verano, que los colores ocres del otoño.
   —Os esperaré de buen grado —comentó risueña—: y hubiera sido mejor para vuestro caballo si lo hubieseis pedido antes.
   —Señora —dijo él amablemente—, ¿de dónde venís? Y decidme, si podéis hacerlo, la naturaleza de vuestro viaje.
   —Mi señor —añadió la dama en tono respetuoso—, viajo en una misión secreta y me alegro de encontraros.
   —Sed bienvenida entonces —saludó Elphín, mientras pensaba que la belleza junta de todas las hermosas damas que había conocido, eran insignificantes comparada con aquella musa de ensueño.
   —¿Cuál es entonces, si me permitís preguntarlo, el motivo de esa misión?
   —Por supuesto que podéis; el motivo de mi búsqueda no era otro que vos.
   Elphín sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
   —Esa resulta ser una excelente búsqueda desde mi punto de vista pero, ¿quién sois?
   —Mi nombre es Rhiannon; soy hermana de Anawn de Arawn.
   El rey no daba crédito a lo que escuchaba.
   —No sabía que mi buen amigo Anawn tuviera una hermana.
   —Ahora lo sabéis —contestó la muchacha—. Además de un buen rey, y de un maravilloso hermano, es un loable amigo para aquellos que se lo demuestran. Aquí estoy para vos, y si me rechazáis, jamás amaré a nadie más.
   Elphín seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo, pero se dejó llevar por la fuerza de aquel maravilloso prodigio y el encanto de la doncella.
   —Hermosa criatura, si pudiera escoger entre todas las mujeres de este mundo y de cualquier otro, mi dama siempre seríais vos.
   La muchacha sonrió, y brilló tal felicidad en sus ojos que Elphín tuvo que entrecerrar los suyos para no quedar cegado.
   —Muy bien, mi señor —dijo Rhiannon—. Venid pues al castillo de mi hermano donde va a celebrarse una gran fiesta, y pedid allí mi mano.
   —Con mucho gusto lo haré —concluyó Elphín inclinándose ante su señora.
   Y así fue como el Señor de los nueve reinos de Rieland y los cinco mares que los circundaban, contrajo matrimonio con la hermana de su buen amigo, Anawn de Arawn, y pudo tener, al fin, su propia reina; Rhiannon, la Reina Druida, con la que compartió un reinado próspero y feliz.



Juanma – 16 Diciembre - 2015                        

AMOR A QUEMAROPA


“Te amo en cada escena”, te confieso, mientras al mismo tiempo que te desnudo me voy vistiendo con palabras.

“Como en Amor a quemarropa”, te digo y tú sonríes. "Como Cristian Slater y Patrica Arquette". En realidad hay muy poco que contar. Tres o cuatro diálogos que rescato del olvido y repito para saber que existes y eres real en mi película, en la subtrama donde el personaje piensa y decide que puede volar. Sí, ya sé (aunque para ser exacto sólo tú lo sabes, porque mi idiotez puede redimirme, pero desde luego no me salva) que el protagonista está loco y que en la siguiente escena quizá decida arrojarse por la ventana y cuando caiga será apenas una mancha de humo en el cemento (como en los dibujos animados de "El Coyote y el Correcaminos"). Yo apenas voy por ese efímero instante en que brilla con luz propia antes de llegar al suelo. Y entonces sí, me guardo unas cuantas escenas que poder ponerme cuando la tristeza y yo nos tomemos un té y nos arrimemos al mismo desasosiego de “es posible que ya no suceda más”.

Un primer plano de mi sombrero cayendo mientras tú me besas y en la calle un violinista (sí, uno de verdad, no de cartón-piedra) nos deleita con su música, y dentro de mi boca tu lengua buscando la mía y más adentro la absoluta certeza de que te quiero y de que quiero quererte, aunque a veces me lo prohíbas. Dos ancianos nos observan con cara de “qué bella calentura es la juventud” y yo ya sólo pienso en recoger mi sombrero y en tu amor, más en tu amor que en mi sombrero. Siempre mucho más en tu amor.

Otro maravilloso plano en que me abrazas mientras lloro por algo que aún no sucedió; y tú, sin entender, das por sentado que me duele el ayer cuando tan sólo me desasosiega el ahora, porque me muero porque esto llegue a ser algo; sin importar qué ni cómo sea.

Un plano secuencia de nosotros dos caminando; yo detrás de ti, siguiéndote con la mirada, sin saber si acercarme o correr o gritarte que eres hermosa y encantadora y maravillosa y que puedes quedarte; que debes quedarte; que por favor te quedes para siempre.

Y una última secuencia, recién estrenada. Y que quizá te haga sonreír. En un lugar recién encontrado, dos amigos (haz como que te asombras) hablan de lo humano, lo mundano y lo divino (tal vez más de lo recomendable) y entonces ella (eres tú, pero no te lo diré) le ofrece una galleta de chocolate con forma de corazón, y él (que soy yo, pero no se le cuentes a nadie) dice no. A continuación el guion...

    —¿Cómo que no? No puedes rechazarme (¿a ti o a la galleta?).
    —Sí, sí que puedo (a la galleta, no a ti).
    —Mmmm...  (pero entonces yo parto en dos pedazos la galletita con forma de corazón. Ambos reímos).
    —Dame tu parte. La mía es para ti (te digo mientras intercambiamos nuestros corazones).

Hay quienes aseguran (como tú) que todas las películas buenas tienen finales tristes. No lo sé, pero tengo una banda sonora original que me rescata de tus silencios. Ahora suena una melodía triste, pero yo la canto con alegría:

 “Que sepas que quien se canse de tus abrazos, no voy a ser yo..."

Juanma - 16 - Diciembre - 2014                                                      

lunes, 14 de diciembre de 2015

LA MALDICIÓN

Pequeñas llamas se encienden en los confines del firmamento, allá donde las estrellas dibujan en indescifrables alfabetos los designios de los actos de los hombres. Con la nueva marea, las olas se afligen y comienzan a romper contra acantilados de recuerdos, perfilando máscaras sombrías y rostros extraños. El día languidece. La tarde expira. Cae como el telón de un teatro prohibido, un telón de orquídeas perversas en un paraíso donde los disfraces son gurús y vigías de los ritos funerarios cuando el alma se va. Una enrarecida lluvia de pesares y tristezas se queja de su sed y de su hambre; hambre de montañas perdidas y sed de desiertos compungidos. El pueblo hace tiempo que ha olvidado y se halla sordo, ciego e insensible al ocaso del sol y al despertar de la luna. Tan sólo queda silencio. Un silencio apenas roto a ratos por el aullido de un lobo o una lechuza ululando al astro de azul y plata.

Es el momento que ella ha escogido para su particular e imprevista puesta en escena. Ha esperado con cautela la visita de Morfeo a todos los vecinos y desde la montaña más alta, baja ladera abajo con su báculo nacido de la escarcha de la luna y del fuego de las lágrimas del sol. De repente, las campanas de la iglesia comienzan a tañer y se rompe el embrujo del silencio. No se oyen, pero se sienten unos pasos. Alguien se acerca. Alguien que jamás ha sido aceptado por el pueblo. No es una noche cualquiera. Es la noche de difuntos, y ella desciende sin temor con sus largos cabellos encanecidos por la edad y el rostro moreno y arrugado por el azote de la lluvia y el beso del viento. Se dirige al camposanto y allí, entre lápidas y muertos conocidos, se arrodilla. De su voz vieja y quebrada surge una especie de letanía, una oración en la que profetiza y maldice a todos sus vecinos vivos y pide y ruega porque su soledad sea compartida por ellos en todos los años que les resten de vida. Los difuntos allí encadenados a la muerte la escuchan, y en silenciosa procesión se levantan de sus fosas para acercarse a ella. "Ven", le susurran. "Ven con nosotros"... Ella enfurecida por la ira, escupiendo rabia les planta cara: "¡¡Malditos seáis pobres engendros!! ¡¡Sois igual que los pecadores de este maldito pueblo!!... Pero, ¿cómo no ibais a serlo si vosotros mismos fuisteis sus antiguos vecinos y habitantes?... ¡¡Dejadme en paz!!", les grita.

Intenta escapar, huir del cementerio. Pero en un breve relámpago se ve rodeada por cientos de cadáveres putrefactos y en estado de descomposición. Se acercan a ella, la acarician, la agarran... la empujan al suelo. Rasgan sus vestidos con deleite hasta dejarla completamente desnuda, desamparada ante el frío invernal. La violan. Se deleitan con el sabor de su sangre. La quieren enterrar viva. Ella se debate, forcejea y lucha, pero no puede hacer nada; su afán de supervivencia se torna impotente ante la fuerza sobrenatural de aquellos muertos desharrapados. A lo lejos, los vecinos del pueblo escuchan ecos lastimeros, huesos que se quiebran, aullidos guturales. Nadie se atreve a asomarse a la ventana, a abrir la puerta. Entre gritos y sollozos, la noche se va consumiendo en sus cenizas.

Tras lo que parece una noche eterna, por fin el alba se asoma en el horizonte. La gente comienza a levantarse y va acudiendo con resignación a la habitual rutina de sus trabajos. Una de esas personas es el sepulturero. Cuando llega al camposanto encuentra las verjas de la puerta de entrada abiertas. Se asoma con temor y sus ojos asombrados apenas pueden dar crédito a la escena que se muestra ante ellos; las lápidas están levantadas y todas las tumbas vacías. En una esquina del cementerio, se ha erigido una enorme montaña de miles de huesos y cráneos humanos. Enterrados en ella y en una postura grotesca, se asoman la cabeza y el torso desgarrados de una anciana. Una docena de cuervos se pelea por arrancarle unos ojos que, con pavor y ya sin vida, parecen contemplar horrorizados algo más allá del vacío...

Juanma - 10 - Agosto - 2014                                         

domingo, 13 de diciembre de 2015

ZOEIDA

“¿No es cierto que todo sueño, aún el más confuso, es una visión extraordinaria que, incluso sin pensar que nos la haya podido mandar Dios, podemos verla como un gran desgarrón que se abre en el misterioso velo que con mil pliegues cubre nuestro interior?”
 ( Novalis )




 Zoeida
     Era una ciudad inimaginable, hermosa como pocas. Como ninguna, si nos permiten las ciudades invisibles. Serena, majestuosa, de cuento de hadas. A su alrededor, una majestuosa y colosal muralla de hielo la protegía y daba esplendor. Qué hechizo, magia o invento impedía que el hielo se derritiera, era un misterio para todos. Desde la lejanía, quizás por las condiciones de difusión de la luz, tal vez por el efecto óptico de ésta, un matiz azulado proporcionaba a la muralla un color y aspecto celestiales.
      Su contemplación más que gustar o fascinar, embelesaba los sentidos. De puertas para adentro, la ciudad era aún más fascinante y conmovedora. Los palacios y catedrales, de altas torres y cúpulas, brillaban con luz propia. Unos eran de dorados, otros nacarados, algunos más brillaban con todos los colores del arco iris; aquí adornados con diamantes, allá con esmeraldas, y en casi ninguno faltaba el oro en grandes cantidades. Algunas mansiones y edificios más pudientes habían sido construidos con delicado cristal, zafiros o rubíes. Todas las calles y avenidas, amplias pero retorcidas como un ovillo, estaban adornadas por filas de árboles enormes, dantescos, que se perdían en la altura, allá donde no alcanzaba la vista humana, como queriendo hacer cosquillas con sus copas más altas en las plantas de los imponentes pies del cielo. En primavera, el colorido de sus flores daba, si cabe, aún más alegría y fastuosidad a la ciudad.
       Por ella paseaban, en perfecta armonía y convivencia, hombres y animales. Los niños jugaban con fieras de aspecto peligroso igual que con sus mascotas, las mujeres montaban a lomos de hermosos corceles y unicornios y los ancianos acariciaban con la misma ternura a perros y lobos. Surcando los cielos águilas, halcones y otras mil aves multicolor animaban con su variedad y melodías las siempre diferentes, aunque siempre hermosas, auroras zoedianas. Pintorescos y divertidos bufones y payasos entretenían y animaban a los más pequeños en las numerosas plazas y mercados de la ciudad. En el centro de cada plaza se situaba un estanque de aguas templadas y serenas, adornando con sus reflejos cristalinos las casas de alrededor. Dentro de ellos flotaban y vivían plantas acuáticas, nenúfares y peces tropicales de todas las especies y colores imaginables.
      Pero, quizá, lo que más llamaba la atención de tan singular paraje era el lago. Un hermoso lago de aguas serenas y diáfanas, habitado y animado por focas y delfines que, con su gracia e inteligencia, copaban el cariño y simpatía de todos, a la vez que hacían las delicias de niños… y quizás no tan niños. El lago se encontraba situado al pie de la Gran Montaña; una montaña inmemorial que se erguía imponente frente a la majestuosidad del paisaje, desafiando al firmamento como una diosa inmortal, con la cima cubierta de nieves eternas a modo de bufanda. La montaña marcaba el centro mismo de la ciudad; a su alrededor se expandían las calles y avenidas, como anillos brillantes, círculos concéntricos que, como ondas refulgentes, se perdían en la distancia, allá donde la hermosa muralla glacial asomaba con orgullo su grandeza.



Eo soñaba con Zoeida todas las noches. En su recién estrenada adolescencia, la ciudad de los sueños de su niñez se había vuelto más nítida, más cristalina, casi real. Estaba convencido de su existencia, pues llevaba soñando con ella toda su vida. Al menos toda la vida que recordaba. Noche tras noche, mes a mes, año tras año. Y eso tenía que significar algo; una visión, una premonición, tal vez un aviso. Pero no sabía dónde buscarla.

      Eo era huérfano. Sus padres habían muerto calcinados cuando el bosque ardió e incendió su casa. Era muy pequeño entonces; un niño vivo, curioso, inquieto. Puede que eso le hubiera salvado la vida, pues la mañana del desastre había salido, alegre y juguetón, tras unas ardillas traviesas que, salto tras salto, le habían conducido lejos, hacia el corazón del bosque, hasta la orilla del lecho de un gran río.
      Cuando regresó, bien alto ya en su camino el sol de mediodía, ya era tarde. De la parte del bosque que había conocido y sido su hogar tan sólo quedaban árboles carbonizados, desnudos como osamentas, animales muertos y cenizas humeantes. De su casa ya no quedaba ni rastro.
      Eo era pequeño, pero compendió lo sucedido y lloró. Lloró amargamente porque sabía que toda la vida que había conocido anteriormente había acabado y que si hubieran estado en Zoeida aquello no habría sucedido.
      ¿Cuántas veces le había hablado a su padre de aquella ciudad, cuántas veces la había descrito emocionado ante su madre, cuántas veces había tratado de convencerlos de que debían buscarla e ir a vivir allí?
      No lo recordaba. No sabía contar bien, pero tantas como estrellas en el cielo, pensó. Sus padres se limitaban a sonreír y decirle que aquél lugar no existía, que era sólo fruto de su imaginación y que su hogar estaba allí, en aquel bosque. Pero él en su fuero interno sabía que era real, tenía que existir; él contemplaba Zoeida todas las noches. Sabía ya incluso de memoria sus calles y avenidas, tabernas y foros, templos y plazas…
      Eo no tenía hermanos ni conocía de la existencia de ningún otro pariente cercano, así que después del incendio, una familia de granjeros que vivía en las lindes del bosque, le acogió. Pero ya nada volvería a ser como antes del desastre. Aquellos nuevos padres nunca le demostraron cariño. Para él eran unos desconocidos. No le dispensaban el mismo trato, no le ofrecían los mismos favores… ni siquiera la ropa y la comida eran las mismas que las de sus hermanastros. Le hacían trabajar duro, más duro que a ellos, recogiendo leña, acarreando agua o pieles, echando de comer a los animales, limpiando los graneros… Con frecuencia, cuando hacía algo mal o rompía sin querer algún objeto de valor, era castigado, azotado sin compasión y privado de la escasa libertad de que disponía; todo aquello ante la burla y risas de aquellos impuestos nuevos hermanos. Aquella nunca fue una verdadera familia para él y tuvo que vivir la misma situación durante largos años de pesadilla. Sólo el sueño de Zoeida le devolvía la sonrisa, le mantenía despierto, le proporcionaba fuerzas para seguir viviendo.
      Una madrugada despertó con la imagen de Zoeida grabada todavía hondamente en su memoria. Y decidió que había llegado el día, la hora y el momento de ponerse en marcha, de dar vida a su sueño, de buscar su nueva casa. Su verdadero hogar.
      No estaba dispuesto a soportar aquel infierno ni un solo día más. Una mañana se levantó con cuidado y en silencio antes de despuntar el alba, antes de que el resto de la familia se pusiera en pie y, metiendo en una pequeña mochila toda la comida que pudo y sus ropas más queridas, escapó.



 Eo había sufrido ese cambio que todos los muchachos sufren en la adolescencia. Su voz se había tornado más grave, sus músculos más marcados y fuertes, y una ligera sombra, de pelusa más que barba, le cubría con ternura el rostro. El cabello le caía en largos mechones rubios a ambos lados de la cara y descansaba descuidadamente en sus hombros camino de la espalda. Se había visto obligado a cambiar sus ropas cuando su cuerpo había decidido estirarse y crecer. Llevaba ya dos años vagando en solitario, dos años desde que emprendiera su solitaria fuga.
      Dos años buscando. Había preguntado por aquí y por allá, a granjeros, peregrinos y campesinos por la ciudad de sus sueños. Pero nadie había oído nunca hablar de Zoeida. Sus pasos le habían conducido de manera atormentada a decenas de aldeas, pueblos y pequeñas ciudades. Pero Zoeida era un enigma para todo el mundo. Se había sentado a menudo sobre una roca en los acantilados, frente al mar, a mirar hacia lo lejos, hacia el horizonte, pensando en aquellos países lejanos al otro lado de las aguas, donde quizás se levantara la  ciudad de hielo. Por las tardes bajaba a los puertos a preguntar a los marineros y pescadores que regresaban de tierras y mares lejanos, de largos viajes y batallas o en busca de pesca o especias. Pero ni el más anciano de todos ellos tenía el más mínimo conocimiento de la existencia de tal lugar.
     Pero todos los reveses y decepciones no mermaban su ilusión y la certeza de que sus esfuerzos se verían recompensados algún día. Lejos de ello, cada nueva negativa acrecentaba su valor, sus ganas, su decisión. Se había embarcado en una cruzada de lo que sólo podía imaginar dos desenlaces posibles; el triunfo o la muerte. Pero la palabra derrota no figuraba en ninguna de las páginas de su diccionario, y menos aún dentro de su vocabulario. Dedicaría su vida entera a la búsqueda de Zoeida, hasta el fin de sus días, hasta el postrero hálito de vida. En sus pensamientos no había cabida para ninguna otra cosa.
     Triunfar o morir.
     El mundo tal como él lo imaginaba, no guardaba sitio para los cobardes, para los fracasados, para los perdedores. Los acontecimientos de su niñez habían marcado toda su vida y ahora no era el momento de echarse atrás. Encontraría Zoeida aunque fuese agonizando y aunque  fuera tan sólo para honrar la trágica muerte de sus padres.



Con esa palabra en la mente, en su alma, en el corazón, transcurrieron los meses. Y con el paso y la acumulación de éstos, el devenir de los años. La esperanza no decrecía, pero sí la vida, las fuerzas y el tiempo que le quedaba por delante.
     No se conformó con preguntar. Trabajó, ahorró todas las monedas que pudo, embarcó y viajó por todo el mundo conocido. País por país, ciudad tras ciudad, paso a paso; infatigable. Pero el resultado no variaba con el cambio de paisaje. La respuesta era siempre la misma en todas partes, en cualquier lugar. Zoeida, si existía, debía ser una ciudad de leyenda, de sueño infantil, de cuento de hadas. Eo no lo aceptaba de buen grado y seguía viajando, navegando y preguntando. En algún lugar tenía que levantarse Zoeida, esperándole. Y él pensaba acudir a su llamada, a su confianza, a si fiel espera.
     Pero con el transcurso de los años pasó su juventud y quedó atrás su madurez, sumergiéndose en la acechante y siempre esquivada vejez. Y por falta de fuerzas, que no de ganas, abandonó la búsqueda y volvió a su país natal a quemar sus últimas jornadas, a escribir el epílogo del libro de su vida.
     Escogió como última morada una escondida cueva olvidada, perdida en los recovecos de una gran montaña, al pie de un extenso lago. Estaba a punto de expirar cuando un muchacho que pasaba por allí lo encontró tirado abandonándose al abrazo de la muerte. El anciano lo contempló con una sonrisa y lo acogió como un regalo de la providencia, un envío de los dioses.
     Así fue como Eo narró su desdichada historia a Tengel para que no cayera en el olvido, para que toda su búsqueda, esperanza y sufrimiento no hubieran sido en vano y para que otros, después de él, supieran de Zoeida y ¡quién sabe! si alguno de ellos tal vez pudiera encontrarla.



Nada más expirar Eo, Tengel acudió a una aldea cercana en busca de un pico y una pala y, allí mismo, en el interior de la cueva que había escogido como lugar de descanso y lecho de muerte, el muchacho cavó una fosa y le dio sepultura. Rezó por él amargamente, con los ojos anegados en lágrimas.
     Tras el entierro, Tengel salió de la cueva, dejó a un  lado las herramientas y se sentó solemnemente sobre una roca. Allí permaneció quieto y en silencio, con el rostro sereno muchas horas, con el pensamiento y la mirada vagando lejos, en el vacío, quizás en Zoeida.
     Después de una larga espera, a punto de caer la noche, se levantó como un resorte, con resolución, como si acabara de tener una brillante idea; miró hacia la cumbre de la montaña y después hacia el lago, recogió del suelo el pico y la pala y, con una enigmática sonrisa en los labios, comenzó a cavar en aquel mismo lugar.
     Transcurrieron las jornadas y allí seguía Tengel, entregado a su  trabajo, sin desfallecer, con obstinación y firmeza. Poco a poco comenzaron a llegar curiosos que le habían observado trabajar. Todos le preguntaban lo mismo; la causa de su esfuerzo firme, decidido y solitario. Y él, sin abandonar su cálida sonrisa, respondía a todos lo mismo.
     Zoeida.



Así fue como contó a los lugareños y viajeros que se acercaban hasta allí la triste historia de Eo. Y así fue como muchos se unieron a él en una empresa sin precedentes. Comenzaron a cavar, a extraer tierra, a preparar el terreno, a allanar los caminos, a traer materiales. Cada día iban llegando gentes nuevas de todos los lugares del mundo, gentes que habían conocido la noticia y querían sumarse y unir sus fuerzas en aquella maravillosa empresa, aquella deliciosa quimera que comenzaba a tener visos de realidad y que mantenía unida y feliz a aquella ingente masa de campesinos, granjeros, pescadores y comerciantes transformados ahora en incansables obreros.
     De países lejanos comenzaron a llegar materias primas así como metales preciosos; oro, plata, diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, topacio, ámbar, amatista y delicado cristal. Lo que en un principio había parecido una utopía, un imposible, se fue tornando poco a poco en un sueño realizable, una futura realidad. Arquitectos y delineantes dibujaron los planos para que los obreros pusieran los cimientos y alrededor de aquella montaña comenzaran a levantarse las cristalinas casas y espléndidos edificios que fueron dando forma a los perfiles de una impresionante ciudad.
     La tarea llevó años, lustros y décadas. Fue una obra faraónica, inimaginable para quien no contemplara a aquella ingente cantidad de obreros trabajando como poseídos en pos de un sueño común. Conforme los barrios iban quedando terminados en un sinuoso ovillo de calles, canales y avenidas, fueron también llegando árboles y plantas, no conocidos por aquellos lares, de países del otro lado del mar. Y al mismo tiempo que la ciudad seguía su lenta pero incansable construcción, los mismos obreros comenzaron a adquirir viviendas para instalarse y comenzar a habitar la ciudad, trayendo consigo también a sus familias para que fueran dando alegría y vida al lugar. Las aves exóticas, las fieras amaestradas, los peces tropicales y las focas y delfines fueron los últimos en llegar.
La ciudad quedó levantada. Imponente y majestuosa como no se conocía otra en ningún otro confín de todo el mundo conocido. Tan sólo un detalle restaba para hacer realidad por completo el sueño de Eo; la hermosa muralla de hielo.
     Pero si bien todo lo demás había sido posible gracias al esfuerzo, la colaboración, las ganas, el deseo y la ilusión, nadie sabía cómo hacer posible aquel último detalle. Se celebraron extensas reuniones y consejos en los que se discutía acaloradamente sobre las fórmulas que podían utilizarse, pero nadie sabía ofrecer una solución válida, una respuesta factible… o tan sólo una alternativa. Aunque complicado, era posible traer grandes masas de hielo e icebergs de los lejanos países del norte, se podían tallar los bloques y construir la muralla, pero no se podía desafiar a las leyes de la naturaleza, no se podía soñar con que fuera a permanecer allí erguida desafiando al sol y al viento, sin derretirse con el tibio latigazo del calor ni fundirse con el implacable paso del tiempo.
     Al no encontrar una opción mejor, decidieron poner en marcha este último proyecto; si bien no era posible conseguir que el hielo permaneciera inalterable y no se fundiera, si bien no podía prosperar el deseo de todos de que el sueño fuese eterno, pues al fin y al cabo toda aquella obra mastodóntica no había sido más que eso, un hermoso sueño, sí podían conseguir, en cambio, levantar la muralla y ponerla en pie aunque fuese tan sólo por unas horas o días y, dedicar así, tal y como la imaginó, la obra completa a la memoria de Eo.
     Grandes barcos zarparon en dirección al norte, hacia los lejanos países y mares helados, en busca de icebergs y grandes masas de hielo. Pocos meses después comenzaron a regresar los primeros de ellos a puerto. Y todos los habitantes se unieron de nuevo en la tarea y empeño de tallar, esculpir, dar forma y levantar aquellos bloques alrededor de la ciudad de ensueño.
     Y un par de años más tarde, la ciudad quedó al fin en pie, levantada, erguida orgullosa con grandeza y maestría, espléndida y reluciente como un sueño, brillante como una estrella.


Sólo que ahora ya no era un sueño.
     Y nadie pudo explicarlo después. O más bien sería correcto que nadie supo explicarlo jamás, pues el misterio y el enigma siguen aún ahí…pero el caso es que el hielo no sólo no se fundió, sino que fue ganando en firmeza y consistencia con el paso del tiempo, adquiriendo aquel tono azulado que todos habían imaginado y vislumbrado en sus sueños, tal y como Eo lo había descrito.
     Cada vez que llegaba el verano y las largas jornadas de sofocante calor parecían poner en peligro la vida de la muralla, como por mandato divino llegaban las nieves y el frío, que en circunstancias normales no tenían cabida y lugar en aquella época, restituyendo las mermas y pérdidas que el sol hubiera podido ocasionar. Ninguno lo comentaba en voz alta, pero todos pensaban que era el espíritu de Eo el que estaba detrás de todo aquel misterio, velando su obra, protegiendo con cariño aquello que su imaginación y toda una vida de viajes y empeño habían forjado plantando la semilla que tiempo después, gracias a Tengel germinaría.
     A todo esto, habían pasado muchas décadas y el joven Tengel se había convertido en un apacible y feliz anciano que andaba siempre rodeado de una legión de hijos y maravillosos nietos. Cuando éstos le preguntaban cómo había podido hacerse realidad lo que para ellos era ya toda una inexplicable leyenda, Tengel sólo podía sonreír y contestar:
     “Hay algunos sueños tan hermosos, tan llenos de vida, magia y significado que no pueden morir y evaporarse al despertar, tienen que seguir avanzando, como las olas del mar hacia su orilla, hasta que consigan hacerse realidad.”
     En los últimos años, Tengel subía todos los días a la cueva de la montaña y se sentaba allí, frente a la tumba de Eo, sonriente y radiante de dicha y felicidad, contemplando el epitafio que ahora rezaba sobre un hermoso mausoleo del color del lapislázuli.
     “A Eo,  verdadero  constructor  de Zoeida.
De todos sus habitantes que jamás dejarán
morir el lugar que imaginaste para ellos.”
     Y el anciano murmuraba en silencio para sus adentros:
     “Sí, tú la imaginaste, tú dibujaste los planos, tú allanaste el terreno, tú preparaste los cimientos. Incluso sin quererlo, encontraste la montaña y el lago. Yo tan sólo tenía que poner en marcha el resto.”
     Poco tiempo después, unos niños que jugando pasaban por casualidad cerca de allí, lo encontraron apoyado en una roca, frente a la tumba de Eo. Había dejado de respirar. Pero la cándida sonrisa y la feliz mirada de Tengel seguían muy vivas. Estaban cerca, muy cerca; allí mismo. En el lugar del que ya jamás se irían.
     Zoeida. La ciudad azul.


 Juanma Nova García – 10 – Septiembre – 2012   



          

LA NOVIA NEGRA

Avanzaba por un pasillo húmedo y estrecho. Tan oscuro como aquella larga noche de los tiempos que nunca comenzó… y que jamás verá el fin. El aire olía a rancio y descomposición. A muerte. Al fondo se vislumbraba una pequeña ventana, con vidrios de colores como los de las antiguas iglesias góticas. Se escuchaban susurros y voces sibilantes surgiendo del silencio. Sonaban como ponzoñosas serpientes gimiendo bajo mis pies descalzos. La madera carcomida por la humedad y los siglos, crujía bajo ellos. En esos momentos escuché un nauseabundo gorgoteo alrededor y, pese a la escasa luminosidad, pude contemplar con cristalina nitidez un nido de arañas que invadía gran parte del techo y las paredes. Cientos, miles de arañas arremolinadas unas encima de otras en una pestilente y grasienta bola de maldad apelmazada. Sus cuerpos eran grandes como cucarachas, velludos, sin forma definida. De ellos surgían largas patas dentadas como aguijones de escorpión. Un estremecimiento frío recorrió mi espina dorsal erizándome el vello de todo el cuerpo, como el lomo arqueado de un gato. Entonces escuché de nuevo aquella voz, la misma triste letanía que me había guiado hacia las profundidades de aquel pasillo sin principio ni final.
     —Sigo muerta... tú me has matado... me has matado muchas veces...
     Era la voz de una niña pequeña, de pocos años de edad. Pero su tono sonaba extraño, como sepultado por varias edades de tiempo y distancia. Errante, como si llegara a mí a través del enorme vacío de un espacio agonizante. No conocía aquella voz y, sin embargo, me estaba guiando, me llamaba…
     Y daba miedo.
     Seguí avanzando por el pasillo. Un pozo sin fondo que parecía no tener salida. La ventana era cada vez más pequeña, lejana, irreal...
     Al momento, apareció una escalera a mi izquierda. Telarañas inmemoriales cubrían su entrada bloqueando el acceso. Con un gesto de asco y repugnancia las aparté con una mano. Los dedos se me quedaron helados al contacto. Comencé a subir las viejas y desvencijadas escaleras de madera que chirriaban y gemían bajo el peso de mi cuerpo, como un coro de miles de almas condenadas, ardiendo y gritando entre las llamas del Averno. Consumiéndose a fuego lento en sus calderas.
     Las paredes agrietadas, que otrora debieron ser blancas, estaban manchadas de pinturas siniestras y… sangre. Mi corazón aleteaba de miedo contra los muros de mi pecho, como un murciélago clavado en un árbol intentando escapar de su prisión. Dirigí la mirada arriba, hacia el final de la escalera. Una pequeña puerta, ligeramente entreabierta, emblema de todos los terrores infantiles, daba suaves bandazos, gimiendo al compás de una gélida corriente de aire mientras sus goznes trataban de devolverla a su sitio. Subí hacia ella.
     Estaba en el umbral de la puerta, en la cima de mi pesadilla. Mis dedos cortaron el aire helado asiéndose al pomo que sobresalía de la madera muerta. Cuando iba a abrirla surgió de nuevo la voz, hablándome entre sollozos.
     —Siempre que sueñas me matas... muero cada noche... en  todos y cada uno de tus sueños...
     La habitación era amplia, espaciosa y estaba envuelta en una sofocante penumbra. Viejos muebles cubiertos de polvo y telarañas adornaban la estancia. Al fondo, una alta cama con sábanas negras completaba el angustioso decorado. Algunos cirios y velas menores sobre los muebles y alrededor de extrañas cábalas pintadas en el suelo daban un aspecto aún más demoníaco y sobrecogedor al lugar. Su luz no significaba consuelo alguno. Más bien inquietaba aún en mayor grado mi desasosegado espíritu. Un pequeño espejo redondo colgaba de una de las paredes laterales de la habitación. Sin quererlo, guiado por una insondable fuerza sobrenatural, me dirigí hacia él. Estaba sucio y polvoriento, pero se podía ver a través del lúgubre cristal. La visión de lo que allí vi reflejado hizo que me encogiera como un animalillo asustado. Tras mi imagen allí reflejada y bajo el resplandor de las velas, la luz vacilante de la estancia me mostró a una vieja y sucia muñeca arrebujada en un oscuro rincón. Llevaba vestido y zapatos negros. Su larga melena también era negra; lacia y espesa.
     —¿Por qué te empeñas en matarme?... No quiero morir otra noche más...
     Su boca se movía, articulada como la del muñeco de un ventrílocuo. El tono compungido de su voz me sobrecogió. Pero era aún peor la expresión de su rostro, consumida por el espanto y el horror. Su cara era fría; agrietada, pálida y marchita como una máscara de terror. Las cuencas de sus ojos estaban vacías. De uno de los agujeros huecos asomaba la pata velluda de una enorme tarántula.
     —No me mates otra vez... las arañas quieren beberse mi sangre... —volvió a susurrar con aquella voz áspera y desencajada. Lejana, pese a estar tan sólo unos metros detrás de mí, flotando en el ambiente como una antigua guadaña afilada.
     Quise escapar de allí, pero el terror tenía paralizados todos mis músculos. Tan sólo mis ojos, atormentados por las lágrimas que nacían y vivían del miedo, podían moverse de un lado a otro de la funesta sala, contemplando aquel siniestro y lúgubre espectáculo. Probé a cerrarlos, pero no obedecían orden alguna. En un rincón, una horrible y enorme mosca cayó presa en las redes de una pegajosa telaraña. Al instante, una procesión de enloquecidas y hambrientas arañas se abalanzó con avidez hacia ella, rápida como la venganza de un rayo, deleitándose con la substancia de su enorme vientre verde-amarillo.
     Presa del pánico y haciendo un último y descomunal esfuerzo, volví a poner los miembros del cuerpo bajo mis órdenes. Mientras corría hacia la puerta, atisbé por un breve y fugaz instante a la muñeca por el rabillo del ojo. Fue sólo un relámpago, pero la imagen ha quedado grabada en mi memoria, vívida y sobrecogedora como un cruel recuerdo de la infancia que jamás conseguimos desterrar del palacio de la culpa de nuestra conciencia. Un hilillo rojo oscuro asomaba por las negras cuencas de sus ojos sin vida. Lloraba lágrimas de sangre turbia y espesa. Su boca volvió a abrirse para hablarme:
     —No te vayas... muere esta noche conmigo... la casa de la muerte es muy grande... aquí cabemos los dos... aquí cabemos todos... ella también quiere que te quedes... te ha preparado la habitación de los invitados... al lado de la mía...
     Cuando abrió la boca, observé como se retorcían en su interior ovillos de cientos de asquerosos y repugnantes gusanos, reptando unos sobre otros como diabólicas criaturas bailando tras las escabrosas puertas del castillo del mal. Una carcajada gutural y metálica recorrió los huecos de mi alma cuando cerré la puerta a mi espalda. Tras la risa, un trueno demoníaco retumbó, seco como el golpe de un martillo en el cráneo de un niño recién nacido. Un vendaval huracanado se abrió paso desde las entrañas de la casa, aullando y filtrándose por sus grietas y recovecos, invadiendo todos los rincones a través de las ventanas rotas. De no haber mirado hacia el suelo, habría caído al abismo del pozo negro que se abría ante mí. De abajo surgían extrañas voces guturales, risas y llantos obscenos, olores sin nombre de carne y vísceras quemadas, llamas ardientes rugiendo y lacerando el aire desde el fondo a la superficie, desde su génesis en lo más profundo de los oscuros y secretos pensamientos de Aquél que no se debe nombrar.
     Rodeé como pude la insondable grieta que sólo podía ser una cosa: el umbral de la impresentable puerta del infierno. Llegué a las escaleras y bajé a toda prisa por ellas. Justo cuando alcanzaba el piso de abajo, un cegador relámpago iluminó el pasillo liberándome por un instante de las perversas sombras y oscuras tinieblas. En aquel instante, que hubiera debido ser de luz y esperanza, regresé de nuevo al reino lóbrego de las pesadillas. La luz me reveló una visión estremecedora. En el techo, colgando de las vigas podridas y destrozadas, había docenas de muñecas con un lazo negro apretando su cuello descoyunto, atadas a viejos clavos oxidados que supuraban herrumbre, ahorcadas a un destino de dolor y pesadumbre.
     Todas eran iguales. Calzaban zapatitos blancos y su vestido era rojo y blanco. Eran rubias, de gélidos ojos azules, y esbozaban en su semblante una perdida y olvidada sonrisa macabra. Todas menos una que parecía abrumada, triste y desconsolada. Su vestido y zapatos eran del todo negros. De su pelo, oscuro como el odio, colgaban largos gusanos enmohecidos y cubiertos de barro fresco. Sus cuencas vacías eran sueños desvanecidos desde la larga noche de los tiempos. Abrió los labios en una mueca burlona y la voz resonó de nuevo ensordecedora, retumbando desde todos los ángulos y penetrando en mi mente como un dardo afilado y agudo, envenenado como la picadura de un escorpión.
     —No me dejes sola... vuelve aquí, conmigo... soy tu novia... la novia negra... ven con la muerte...
     Cerré los ojos y me tapé los oídos con las manos intentando escapar de aquella atroz pesadilla. Tenebrosas imágenes se sucedieron cual golpes sordos de mi cerebro. Contemplé ríos de sangre y torrentes de cadáveres; ciudades de tumbas, las confortables casas de los muertos; armarios repletos de perchas de las que colgaban esqueletos marchitos; y sacerdotes del mundo subterráneo, ángeles negros pregonando nuevas de los oscuros tiempos por venir desde el interior de siniestras iglesias coronadas por cruces invertidas... y cosas aún más atroces y espeluznantes para las que el lenguaje de los vivos carece de nombre.
     Traté de gritar intentando sacudirme y alejar a la horda de fantasmas y demonios de Satán que se aferraba a morar en los recovecos de mi conciencia. Un grito seco y ronco, pero cortante como el filo de una guadaña, la hoz de muerte, brotó de algún sitio del interior de mi garganta... y de mi alma. Yo mismo me asusté de aquel alarido informe. Jadeante y sofocado, con la respiración entrecortada, logré abrir los ojos.
     Ya no estaba en el pasillo. Ahora recorría un inmenso salón cuyo único adorno eran las antiguas pinturas de sus paredes: oscuros demonios, formas grotescas, seres deformes, gárgolas siniestras, príncipes del mal, gentes arrebatadas de voluntad, criaturas aún a medio formar... Una mesa alta, más oscura que el ébano, coronaba como un trono el fondo de la estancia. Sobre ella había un único candelabro de siete brazos, pero del que sólo ardían tres velas. La atmósfera estaba impregnada de un embriagador olor a incienso. Pero también a algo más...
     Recorrí la docena de pasos que me separaban del aterrador altar. Junto al candelabro brillaba un libro de tapas negras y letras rojas.  Lo cogí con sumo cuidado entre mis manos y examiné el título:

"CANTOS A LA MUERTE"

     El corazón volvió a darme un vuelco. Mi frente y manos sudaban, pero sentía un frío antinatural, rígido, polar... un frío de muerte. 
     Pese a que el pánico dominaba todas mis acciones, hice acopio de toda la valentía suficiente para abrir el libro. Algunas páginas milenarias, sin duda corroídas por el paso del tiempo, cayeron casi deshechas al suelo, desvaneciéndose en pequeñas volutas de humo y ceniza. En la primera página que quedó descubierta ante mis ojos, rezaba un pequeño poema escrito con sospechosa tinta roja que, pese a lo que mi razón sospechaba, quise pensar que no era sangre. Con algo de esfuerzo, pues la tímida luz de la velas era escasa, logré leerlo. Decía así:

"¡Que llamen a nuestra puerta
los huesos de la muerte                                                                                                                    
que entre, que entre...
primero el cuervo negro, 
después la agusanada serpiente,
y por último ella...
la más hermosa, la más sensata...
la Muerte... la Muerte!"

     Poseído por una fuerza acerva, primigenia y maligna, que sin duda había hecho presa en mí y que no era capaz de dominar, seguí ojeando, devorando páginas y pasajes de aquel macabro y maldito libro.

"La sonrisa lúgubre,
la mirada funesta; 
la vida pendiendo de un hilo,
inerte, siempre inerte...

El hogar de las pesadillas,
la voz del infierno;
la mirada de las tinieblas,
no has de atreverte a moverte...

El canto fúnebre,
el baile maligno;
la fiesta del pecado acechando,
tras ella la Muerte, la Muerte...”

     Absorto, leí con avidez todo el libro hasta legar a la última página. Tras leer el canto que allí se entonaba, quedé pálido y sin aliento, desposeído de mi cordura por un halo demoníaco. El libro cayó de mis manos y golpeó el suelo como un martillo que hubiera estado esperando un millón de eternidades su maldito yunque. Las últimas palabras, apenas legibles en el papel, se grabaron a fuego y látigo en mi alma ya perdida y condenada:

"Ya no puedes vivir más, 
has visto a la Novia Negra,
has contemplado a la Muerte;
estás en la casa del silencio,
en el terrible umbral oscuro
de las sangrientas cuentas pendientes;
las dulces criaturas dementes
vestidas de tristeza,
sorberán tu amargura
y harán de tus huesos sus huestes;
cuando termines de leer iré a verte,
no leas más... ¡soy la Muerte!"

     Mi piel se reblandeció y comenzó a deshacerse en jirones, en mil pedazos de lepra y peste malolientes. Miré hacia atrás y allí, erguida como una niña y sonriente frente a mí, se hallaba la muñeca vestida de negro.
La Novia Negra. La Muerte.

Juanma Nova García