sábado, 31 de diciembre de 2016

EL LIBRO EN BLANCO

Abrí el libro...

Abrí el libro que acababa de escribir. Y volvía a estar en blanco. Tan pulcro e inmaculado como antes de sembrar en él la semilla de la primera letra. Todo lo que mi imaginación había depositado allí con esmero y cuidado, había desaparecido; se había esfumado como tragado por la nada. Pero aquello no me produjo asombro. Ni siquiera tristeza o preocupación. Porque me dio la sensación de que aquellas páginas necesitaban y pedían a gritos una gran historia. Podría ser la mía o la de cualquier otro; pero una gran historia. Y si aquellos márgenes y esquinas se habían tragado la anterior, es sin duda porque no lo era. Así que no había más remedio que empezar de nuevo. Con paciencia. Con cariño, cuidado y esmero. Y con algo más. Quizá con alma...

No quedé muy satisfecho con el comienzo, pero después me di cuenta de que el libro escondía algo único, maravilloso y especial entre sus hojas. Necesitaba sacarlo de allí, pero ¿cómo? Entonces rebusqué entre aquella maraña de palabras y frases sin sentido que no me acababa de convencer. Seguí y seguí escarbando hasta que cavé un profundo agujero. Las letras, poco a poco, se desvanecieron, vaciándose hacia el interior de aquel pozo como si un manantial de tinta mágica se hubiese vertido hacia el corazón del libro. Tal vez en el fondo se trataba de eso, de magia.

El libro, totalmente pálido y ausente de tinta y color, me desafiaba a que yo escribiera nuevamente en él, me pedía que le insuflara vida. Que rescatara su historia de la muerte. Y del olvido. Pensé que lo mejor era ponerse a escribir y dejar de buscar musas. Al fin y al cabo, la imaginación no siempre viene de la mano de esas impostoras. Así que seguí intentando descifrar lo que escondía aquel misterio en blanco, ese abismo de vacío que tanto me pesaba. No sé si fue la eternidad del momento, o si en cambio fue recuperar de nuevo mi alma, pero parte de mis recuerdos se posaron en ese agujero para siempre, llenándolo al fin.

En fin, la magia y el duende de escribir o crear una historia, y de que alguien la lea. Siempre es importante para cualquiera depositar nuestra confianza en algún otro. Y que ese alguien, tal vez, la deposite también en nosotros. Arriesgarse. Luchar. Coger los pensamientos y sentimientos de uno mismo, empaquetarlos, ponerles un hermoso lazo, y confiárselos a otra persona para que pueda atesorarlos, cuidarlos...y guardarlos al fin. Y después de ello reflexionar. Liberarse. Y volver a soñar.


Juanma - 31 - Diciembre - 2016


                                                                                              

sábado, 17 de diciembre de 2016

EL CIRCO

William Derry detuvo la máquina cortacésped al lado de unos setos y se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo lleno de grasa y suciedad que, en tiempos mejores, quizá pudo ser blanco. Hacía un calor del demonio aquel día. Claro que un 8 de julio en la población de Corcoran, estado de Maine, un calor infernal a las 4 de la tarde era lo más normal del mundo. Se dirigió hacia el garaje que había en la parte trasera de la casa y sacó una lata de cerveza de medio litro de la pequeña nevera azul y naranja en cuyo interior reposaban otras cinco “Budweiser” sumergidas en una montaña de hielo. Vació media lata de un solo trago y se sentó en las escaleras del porche a descansar. Aún le quedaba medio jardín por recortar, pero disponía de toda la tarde. Se fijó en la pequeña bicicleta rosa de su hija que descansaba en un rincón y volvió a recordar la fecha. Quedaba menos de una semana para el día 14, el cumpleaños de Beverly, y aún no habían ultimado todos los detalles de la fiesta. Bev era su única hija y estaba a punto de cumplir 7 años. Y su mujer Bárbara y él querían que aquel fuese un día muy especial para su querida niña. Así que habían preparado una celebración por todo lo alto, pero aún quedaban algunos pequeños flecos para que fuese perfecta…
    —¡Barbara! —llamó. Al cabo de unos segundos su mujer apareció en el umbral de la puerta interior del garaje que comunicaba con la casa. Venía secando unos platos con un paño de cocina.
     —¿Qué quieres Bill? —contestó con dulzura. Siempre que lo apodaba Bill era en tono alegre y cariñoso, señal de que las cosas marchaban bien. Cuando discutían o tenían problemas ella lo llamaba William, cosa que a él le enfurecía.
     —¿Tienes guardado en algún sitio el número de teléfono del señor Bowers?
     —¿De Henry o de su hermano? —inquirió Bárbara.
     —De Henry, por supuesto. El párroco no me interesa en absoluto —comentó en tono jocoso y casi de desprecio.
     —Mike nos casó, Bill. Y bautizó a Beverly…
     —Por no dar un disgusto a tu madre. Ya sabes que de haber sido por mí…
   —¿Para qué quieres el número de Henry? —lo interrumpió ella. Siempre que salía su madre a relucir en algún asunto o discusión ella terminaba enfadada y llamándole William. Intentaba siempre evitar llegar a tal extremo, cosa que no siempre conseguía.
     —Hace unas semanas, tomando unas copas en “The Loosers”, escuché a alguien decir que Henry era amigo de un payaso… Un payaso de verdad, de uno de esos circos ambulantes que van de pueblo en pueblo durante los meses de verano —aclaró ante la mirada interrogante de su esposa—. Y que también acepta trabajos por horas cuando no tiene función, como extra en fiestas o celebraciones para niños. He pensado que sería la guinda del pastel para el cumpleaños de Bev. Un payaso profesional para amenizar la tarde y hacer disfrutar y reír a los niños… No sé, podríamos contratarlo, ¿qué te parece?
     —Me parece una idea estupenda, Bill —contestó Bárbara con una sonrisa jovial—. De las mejores que has tenido desde que decidiste casarte conmigo…
    —¡Esta noche te vas a enterar! —exclamó él riendo y lanzándole el sucio pañuelo a la cabeza— Echa a lavar ese trapo grasiento. O mejor, tíralo a la basura. Y busca el número de Henry. A ver si con suerte ese payaso tiene libre el día 14.

                                                                                            ***

Richie, el payaso, libraba el día 14 de julio. Y se mostró encantado de participar en la fiesta de cumpleaños de Beverly. Apareció a media tarde, a la hora convenida, para dar una sorpresa a la pequeña Bev y todos sus amigos que disfrutaban de una estupenda merienda y divertidos juegos en el jardín trasero de la casa. Su entrada, más que sorpresa, causó confusión, estupor… y hasta cierta inquietud. Podría decirse que tanto el disfraz como el maquillaje no eran los más adecuados para una celebración infantil. Su rizada peluca, verde, naranja y azul, era horrible y exagerada. La pintura blanca de la cara y negra alrededor de los ojos semejaban más bien una máscara de horror o el semblante de un fantasma gótico. Su enorme e irónica sonrisa pintada de rojo más que alegría parecía esconder aviesas intenciones. Y la redonda y enorme nariz amarilla desentonaba también en aquel rostro. Todo resultaba inarmónico y artificioso, fuera de lugar y exagerado. El disfraz a rombos psicodélicos de todos los colores imaginables, también parecía extravagante en exceso aun para un payaso. Por no hablar de aquellos enormes y espantosos zapatos medio rotos, uno amarillo y el otro rojo. En una mano traía un precioso ramo de flores para la pequeña y en la otra portaba un enorme manojo de globos para todos sus amiguitos.
     Por un momento, Bill y Bárbara estuvieron a punto de hablar con él y decirle que aquel no era el tipo de profesional que esperaban para atender una fiesta infantil y que, sintiéndolo mucho, preferían prescindir de sus servicios. Pero en cuanto Richie empezó a repartir globos entre los niños, a hacer cabriolas y saltos divertidos y estos empezaron a reírse a carcajadas con sus chistes, convinieron en que aquello era lo único que importaba. Y, de todos modos, ¿no eran todos los payasos extravagantes y un tanto grotescos, cada uno a su manera? Que los niños se divirtieran era su función, y parecía estar consiguiéndolo con creces a tenor de la algarabía y felicidad de su pequeño y entusiasmado público.
     Dos horas duró la actuación de Richie, el payaso. Al término de la cual, hasta algunos niños lloraron porque tuviera que marcharse. La misma Beverly quedó desconsolada cuando vio a su nuevo amigo despedirse y enfilar el camino que conducía a la carretera sin dejar de tropezar y caerse al suelo mientras seguía hinchando globos que parecía sacarse de la manga.
     —¡No quiero que se vaya! —imploraba la pequeña entre sollozos.
     —Tiene que volver a casa, cariño —Trataba de consolarla Bárbara—. Él también tiene su familia y amigos, y seguro que lo están echando mucho de menos.
     —Pero también es mi amigo ahora…
    —Claro que sí, Bev. Otro día lo llamaremos para que vuelva a venir. ¿Te parece bien? —le dijo Bill secándole las lágrimas y dándole un tierno beso en la frente.
     —¿De verdad? —preguntó la niña entusiasmada— ¿Me lo prometes, papá?
    —¡Dalo por hecho! —Y volvió a besar de nuevo a la pequeña— Pero solo si prometes ayudar a papá y mamá a recoger todo este estropicio y te vas pronto a la cama. Esta noche debes estar muy cansada —Y Beverly devolvió el beso a su padre y se lanzó al suelo como un terremoto a recoger juguetes, globos y trozos de tarta desparramados por todo el jardín.

                                                                                                    ***

Ya en la calma de la madrugada, en la quietud de su habitación, abrazados después de hacer el amor, Bill y Bárbara conversaban de lo sucedido aquella tarde:
     —Por un momento estuve a punto de echarlo. Daba miedo, Bill —decía su mujer entre risitas ahogadas.
     —Cuando lo vi llegar no podía creerlo —comentó él—. Parecía uno de esos payasos diabólicos de relato de terror. Solo le faltaban esos dientes afilados para parecerse a… ¿Cómo se llamaba el puto payaso asesino de aquella película? ¿Pennywife?
     —No sé, cariño. No recuerdo esa película. Pero da igual, los niños lo han pasado de maravilla. ¿Has visto cómo reían? ¡Estaban entusiasmados! ¡Oh, he gozado mucho viendo a Beverly tan alegre, disfrutando tanto!
     —Sí, pese a todo ha sido un acierto contratar al tal Richie. Pero si volvemos a hacer algo parecido, le diré a Henry que antes nos ponga sobre aviso o nos envíe una fotografía del personaje. No sé cómo los niños no han salido corriendo al verlo llegar…
     —Le has prometido a Bev que volverías a traerlo. ¿Lo harás? —le preguntó ella incorporándose a medias en la cama.
     —Con una vez ha sido suficiente, ¿no crees?
     —Pero se lo has prometido…
     —En un par de semanas lo habrá olvidado, Bárbara. No te preocupes.
     —¿Y si no lo hace?
     —Si no lo hace, ya veremos. Quizá tengamos que llamar de nuevo a Richie. O tal vez sea suficiente con que me disfrace yo. Ahora vamos a intentar dormir, ha sido un día agotador.

                                                                                                         ***

En su sueño, Bill estaba en la arena de un gran circo. La lona de la carpa era blanca y negra, y en los trozos blancos había pintadas bocas de las que chorreaba sangre. Frente a él colgaba un herrumbroso y viejo cartel de madera que se balanceaba adelante y atrás produciendo un gañido estridente y enloquecedor. En la parte superior podía leerse la frase “SI NO TE RÍES, LLORARÄS”, pero el texto de la parte de abajo era ilegible o estaba escrito en un idioma extranjero cuyos caracteres desconocía. Estaba atado, con las manos y piernas abiertas, a un círculo de madera que representaba una diana y donde también había colocados, a intervalos irregulares, unos cuantos globos. Una docena de payasos, todos idénticos a Richie, afilaban otra docena de cuchillos en una enorme piedra de amolar. Lanzaban risas aterradoras mientras jaleaban al público, que abarrotaba las gradas. Uno de los payasos se acercó hasta él sonriendo, abriendo y cerrando una mano cuyos dedos terminaban en unas largas y afiladas uñas, y le susurró al oído:
     “Aún no ha acabado la fiesta de cumpleaños. Beverly quiere más. Sí, la pequeña Bev siempre quiere más…”
     Y tras casi desgañitarse con una espantosa y terrorífica carcajada, volvió haciendo piruetas junto a sus compañeros. Otro de ellos se adelantó con uno de aquellos enormes y amenazadores cuchillos en la mano izquierda.
     —Tranquilo, soy zurdo —aclaró mientras hacia una reverencia ante Bill y el público aplaudía a rabiar la ocurrente broma. Tras aquello apuntó hacia su objetivo. Cerró un ojo. Lo abrió. Después cerró el otro. Bill cerró los suyos. Y un instante después, que le pareció una eternidad, escuchó como el cuchillo se incrustaba con un golpe seco en la madera tras explotar el globo azul que había estado al lado de su oreja derecha tan solo un momento antes…

¡¡PLOOOOOOOF!!
     Bill despertó sobresaltado. El estallido del globo lo había liberado de aquella sofocante pesadilla. Estaba sudando y aún le parecía escuchar las inquietantes risas de los payasos, los fervorosos aplausos de aquellos dementes espectadores, el sonido del globo al…
     —¿Has oído eso? —Oyó preguntar a Bárbara. Estaba sentada en la cama, con todos los sentidos alerta.
     —¿A qué te refieres…? —empezó a preguntar él aún aturdido por el sopor del sueño.
     —Ha sonado como… no sé, como un globo que explotara en el pasillo.
     —Pero ha sido un sueño, cariño. En mi sueño ha explotado un globo y…
     —Puedo escuchar el aleteo de una mosca en la madrugada, pero aún no he adquirido la maravillosa capacidad de escuchar o ver dentro de tus sueños, Bill. Y en el mío te puedo asegurar que no había ningún maldito globo. Ha sonado en el pasillo…
     —¡Vale, tranquilízate! —Intentó calmarla— Saldré a mirar. Tal vez alguno de los globos que quedaron tirados por el suelo del pasillo haya…
     —¿Solo?
     —Sí, puede suceder. Porque se esté moviendo con el aire y se haya pinchado con algo o… No te preocupes, voy a mirar.
     Bill se calzó sus zapatillas y salió al pasillo a oscuras. Encendió la luz y, al momento, dio un paso atrás horrorizado. Todo el pasillo estaba lleno de globos, decenas de ellos. Cuando se fueron a dormir tan solo había dos o tres. Pero eso no fue lo que casi le paró el corazón. Había pisadas de barro, grandes como de zapatos gigantescos, que venían desde la ventana abierta del salón, recorrían la mitad del pasillo y se perdían en el interior de la habitación de su hija. La puerta del cuarto estaba abierta.
     —¡Beverly! —gritó al tiempo que salía corriendo hacia el dormitorio. La cama de la pequeña estaba deshecha… y vacía. Y la ventana también estaba abierta. Hasta ella conducía otra docena de pisadas de barro. Las cortinas de la habitación se movían al compás de una ligera brisa que se colaba desde el exterior. Al mismo ritmo se movían también otros manojos de globos que casi abarrotaban el pequeño cuarto. Algunos de ellos estaban manchados de sangre.
     —¡Bill! ¡Bill! ¿Qué ocurre? —Bárbara había aparecido a su lado. Cuando contempló la escena y comprendió lo sucedido profirió un grito de espanto y horror y cayó desmayada a los pies de su marido.

                                                                                                       ***

El bosque de Neibolt rodeaba toda la localidad de Cormoran, así como otras poblaciones vecinas. Era uno de aquellos bosques ancestrales que le recordaban a uno la naturaleza en estado salvaje y primigenio. En las profundidades de la floresta, a muchas millas de cualquier conato de civilización se abría, escondida y disimulada, la entrada de una inquietante y oscura cueva en la ladera de una montaña. Unos centenares de metros dentro de la gruta, en una ancha y espaciosa galería a la que se accedía tras recorrer un angosto pasadizo, alguien con mucho tiempo, trabajo e infinita paciencia, había levantado una carpa de circo. Desde el interior se escuchaban a ratos los desgarradores gritos de pánico, dolor y agonía de algunos niños desde hacía varias semanas. Pero los lamentos apenas llegaban al exterior y, además, nadie pasaba por allí para escucharlos.

                                                                                                       ***

—Mucho nos tememos que su hija no es la primera… ni la única —le decía el sheriff Alvin a un destrozado William Derry.
    —¿Cómo que no es la única? ¿A qué se refiere?
    —En las últimas semanas han desaparecido varios niños y niñas en algunas localidades vecinas. Su hija Beverly es la primera aquí, en Corcoran. Pero…
     —¡Oh, Dios! —exclamó Bárbara— Había oído algo en las noticias. Ese niño que desapareció en Juniper Hills. Y ese otro chico en Haven… ¿Quién podía pensar…? —La pregunta quedó ahogada entre sollozos.
     —¿Tienen alguna pista de ese tal Richie? —preguntó Bill.
    —La verdad es que sí. Y su confesión ha supuesto un espaldarazo decisivo para la investigación. Nadie estaba siguiendo a ese… payaso. Pero tras su declaración de esta mañana, un detective de Bangor nos avisó de que en el expediente de otro de los niños desaparecidos también se informaba de que ese tal Richie había estado en la celebración de cumpleaños del chico unos días antes. Hasta entonces se estaban siguiendo otras pesquisas. —El sheriff hizo una breve pausa para encender un cigarrillo—. Tras esta esclarecedora coincidencia, se ha vuelto a interrogar a todos los padres del resto de desaparecidos. Y todos menos uno, en los días o semanas anteriores a la desaparición, habían contratado los servicios de ese payaso.
     —Entonces no les será difícil dar con él —comentó Bill—. Ni conocer su verdadera identidad…
    —Lo cierto es que no va a ser tan sencillo. Nos pusimos en contacto con el director del Circo y Carnaval Itinerante Curry & Trembo, el espectáculo donde había trabajado. Y sí, nos reveló la identidad del payaso Richie. Su verdadero nombre es Richard Dean, un viejo heroinómano que ya tuvo un par de juicios en su juventud por abuso de menores.
     —¿Y cuál es el problema? —preguntó Bárbara.
     —Bueno, parece que ahora Richard Dean trabaja por su cuenta. Fue despedido del Circo Curry & Trembo hace más de un año por el intento de violación de una compañera.
     —Pero Henry Bowers tiene su número de teléfono… Habló con él para cerrar nuestro…
     —Ya hemos interrogado también a Henry. Es Dean el que se pone en contacto con él. Siempre con números de prepago que utiliza y cambia cada día. No tiene número fijo ni pertenece a ninguna compañía telefónica. No tiene domicilio conocido, cuentas bancarias, familiares, amigos… nada. Es casi como si no existiera. Ahora que conocemos su identidad, si vuelve a contactar con Henry podremos tenderle una trampa y atraparlo. Pero si anda vigilando y atento y huele algo raro después de todo este revuelo, tal vez desaparezca. Confiemos entre tanto en que suceda lo primero. No perdamos la esperanza.

                                                                                                         ***

Dentro de la carpa de aquel circo improvisado en las entrañas de la montaña, el espectáculo era terrible y sobrecogedor. Había que tener un buen estómago para soportar aquella visión e incluso así… Un niño colgaba boca abajo de un trapecio, con los pies atados a la barra para que no pudiera soltarse. Cada vez que se detenía, el payaso le daba un empojuncito para que siguiera columpiándose. El chico llevaba ya bastante tiempo muerto, lo cual era casi un consuelo, debido al edema cerebral sufrido como consecuencia de la presión de la sangre acumulada en el cerebro. También tenía la espalda en carne viva debido a los latigazos que había recibido. Otro niño, también a golpe de látigo, era obligado a hacer juegos malabares con los ojos, nariz y orejas de un pequeño que yacía en una jaula de la carpa, muerto y horriblemente mutilado. Una niña había sido metida a la fuerza en una urna de cristal y agonizaba entre lastimeros aullidos de dolor, con la mayoría de los huesos rotos o descoyuntados y su frágil cuerpo doblado en una postura grotesca e inverosímil. Otro chico algo mayor, casi un adolescente, yacía en un gran charco de sangre. Tenía un sable introducido por la boca que le había desgarrado todos los órganos internos. En una esquina, otra muchacha maniatada hacia la representación de mimo. Tenía los labios pintados de rojo, los ojos sombreados de negro y el resto de la cara y cuerpo estaban embadurnados de blanco. No era pintura o maquillaje, sino cal viva. Las quemaduras producidas por el elemento químico, que iba devorando su piel y tejidos, le hacían proferir gritos desgarradores.  Mientras tanto, el payaso Richie no dejaba de ir de un lado a otro, entusiasmado, casi en estado de éxtasis y delirio.
     —¡Bienvenidos al Circo Happy Children! ¡El único espectáculo circense donde todos nuestros artistas son niños! —vociferaba a pleno pulmón a un público existente solo en su imaginación. O tal vez, en su egocentrismo, lo escenificase para sí mismo— Tenemos de todo: acróbatas, contorsionistas, equilibristas, escapistas, pequeños forzudos, magos, malabaristas, mimos, payasos, titiriteros, tragafuegos, tragasables, trapecistas, ventrílocuos, zanqueros… ¡Nunca han visto nada igual! ¡Una representación inimitable, novedosa, indispensable! ¡Vengan a deleitarse con nuestros increíbles y maravillosos números! ¡Circo Happy Children! ¡El único del mundo donde los niños no son espectadores, sino el espectáculo mismo!
     La pequeña Beverly miraba a todos lados con los ojos fuera de sus órbitas. Había dejado de gritar, sollozar o quejarse porque había aprendido con rapidez el dolor que sobrevenía tras cada uno de aquellos llantos o lamentos. Estaba atada y amarrada a una enorme diana de madera. De vez en cuando, el payaso se divertía lanzándole cuchillos. Casi siempre se clavaban en la tabla, pero ya había fallado dos veces. Uno de aquellos cuchillos le desgarró el antebrazo, el otro se hundió en su espinilla. Richie, aquel encantador payaso que había llegado a amar el día de la fiesta de cumpleaños, era ahora un monstruo cruel, una bestia despiadada y sin sentimientos. ¿Cómo podía ser? No creía que pudiera ser la misma persona y, sin embargo, lo era. ¡Le había hecho tanto daño! Con el látigo, con las correas, con las tenazas, con aquel hierro al rojo vivo… Mirara donde mirase, había sangre por todas partes. También trozos de vísceras y extremidades de todos aquellos niños. Y globos. ¡Muchos globos!
     —¿Quién quiere ser el próximo en actuar? —prosiguió Richie— ¿A quién le toca ahora el turno de encandilarnos, de divertirnos, de enamorarnos? —Miró uno a unos a todos los niños… a todos los que aún seguían con vida. Su mirada se detuvo en Beverly, esa adorable niñita que le miraba con auténtico pavor. Eso era lo que a él le gustaba, lo que le excitaba, lo que disparaba su adrenalina. Aquellas miradas de pánico, esos ojos de terror, sus expresiones de súplica, de desamparo, de indefensión… Y él era su Dios, el nuevo Mesías, aquel que podía librarlos de todos sus tormentos, o conseguir que visitasen los rincones más atroces y pavorosos del mismísimo Averno.
     —¡Hola, mi encantadora Bev! —Se acercó lentamente hacia ella, su enorme y tétrica sombra proyectándose sobre el cuerpo tembloroso de la pequeña, engulléndolo en su totalidad. Disfrutaba con sadismo de aquellos momentos de angustia y sufrimiento de la niña— ¿Cómo te encuentras hoy? ¿Te apetece jugar otra vez a los cuchillos? —Llegó hasta la pequeña y se agachó para que sus caras quedasen frente a frente y a la misma altura. Sacó una enorme y monstruosa lengua, que Beverly no sabía dónde podía guardar, y lamió el rostro de la niña. Era áspera como la de un gato, y parecía que le clavara alfileres en las mejillas. Ella se retorció asqueada y, sin querer, volvió a gritar. Entonces Richie se apartó, la miró con fastidio y esbozó una cruel sonrisa que le heló el corazón.
     —¿Otra vez volvemos con esos horribles lloriqueos? —preguntó— ¡No hagas que me vuelva a enfadar! ¿Acaso quieres que vaya a por las tenazas? —Beverly lo miró aterrada, a punto de desmayarse al recordar lo que le había hecho con aquel instrumento. Cesó en sus gritos y cerró los ojos, resignada— ¡Voy a por los cuchillos! Recuerda que has de estar muy quieta… nada de moverse, ¿eh? No querrás que vuelva a fallar, ¿verdad?

                                                                                                     ***

Un par de semanas después, un joven excursionista que pasaba por delante de la cueva, se extrañó al ver justo en la entrada pisadas en el barro de lo que parecían unos enormes zapatos. Encontró también otras huellas más pequeñas, como de pies de niño. Parecía que todas se perdían en el interior de la gruta. Así que la curiosidad lo instó a husmear. Caminó un buen tramo entre melancólicas telarañas de oscuridad, iluminando apenas el recorrido con su linterna y con el viento que se colaba desde fuera como único sonido. A punto estuvo de volverse al no encontrar nada, pero su instinto le dijo que continuara un tramo más. No le traicionó. Tas recorrer otro centenar de metros por un estrecho túnel llegó a una enorme galería. Allí dentro, un olor nauseabundo casi le hizo caer de espaldas. Se tapó la nariz con un pañuelo y se acercó a ver aquella inaudita carpa de circo que alguien había montado dentro de la caverna. Cuando se asomó a mirar casi le da un infarto al contemplar el monstruoso y sangriento espectáculo. Siempre había imaginado el infierno como un lugar fuera del mundo, un anochecer baldío, lóbrego y silencioso, un erial desolado donde las cosas habían dejado de existir. Pero en aquel momento supo que el infierno se escondía en la tierra y él lo estaba contemplando en primera fila. Vomitó varias veces y, entre sudores fríos, consiguió arrastrarse hasta el exterior para buscar algún sitio con cobertura desde donde llamar a la policía.

                                                                                                       ***

Cuando William Derry recibió la llamada del sheriff ya intuía que no iban a ser buenas noticias. En el fondo de su corazón siempre albergaba la esperanza de que encontrasen a Beverly con vida, pero según pasaban las jornadas esa ilusión se iba desvaneciendo como la luz del atardecer en el crepúsculo.
     —¡Lo siento mucho! —Casi imploraba pidiendo perdón la voz del sheriff Alvin desde el otro lado de la línea— No hemos conseguido llegar a tiempo… Estaban todos… Bueno, ya imaginas. ¡De verdad que lo siento! No hay palabras para describir…
     —¿Y él? ¿Dónde está él, Alvin?
    —Lo siento. No estaba allí —susurró compungido el oficial—. Podía haberse marchado hace varios días. De momento, ha desaparecido —escuchó a William llorar y maldecir— Pero lo encontraremos, Bill. Te prometo que lo encontraremos y pagará por todo lo que ha hecho. Lo pagará con creces.

                                                                                                        ***

Un par de días después, Bill y Bárbara dormían, o lo intentaban, cuando sonó el teléfono a las 3 de la madrugada. Ambos se incorporaron inquietos y de un salto. Habían pasado semanas enteras en estado de alerta, esperando escuchar aquel timbre anunciando buenas noticias en cualquier momento. Ya había terminado todo, pero sus sentidos aún no habían dado por concluido el estado de emergencia. Se levantaron aturdidos, recelosos, confundidos. ¿Acaso habría noticias sobre el payaso? ¿Habrían dado con su paradero? William salió al pasillo. Su esposa le siguió como una sombra. Al encender la luz, los dos profirieron sendos gritos: de sorpresa, de pánico, de horror. En el pasillo flotaban decenas de globos de colores por todas partes. Bárbara se encogió contra la pared como un animalillo asustado, con las manos tapando su boca y el rostro lívido como una máscara de porcelana. Pero Bill avanzó, aunque con cautela, hacia el teléfono de pared que había un par de metros más adelante. Descolgó.
    —¿Diga? —preguntó tras una larga pausa.
     —¡Hola papá! —Era la voz de Beverly. No podía ser, aquello no era posible. No obstante, reconocería aquella dulce voz entre un millón— No os preocupéis más por mí. Os echo mucho de menos, aunque ahora estoy bien. Porque ahora puedo jugar con muchos amigos nuevos. Richie nos ha reunido a todos en este nuevo hogar. Él nos ha traído de la mano. Fuera llueve siempre y el agua golpea la lona todo el rato, pero dentro se está calentito. ¿No es maravilloso, papá? Estoy aquí. ¡Estoy en el Circo!


Juanma - Septiembre - 2016