domingo, 16 de diciembre de 2012

LA GRAMÁTICA DEL CORAZÓN

"Voy de camino", dice el mensaje, a las 3:13 de la madrugada. Ella se despierta sobresaltada, claro está. Lo relee una y otra y mil veces; incrédula pero feliz. Oye los pájaros que se despiertan cantando y bailando en las ramas de los árboles. Prueba a cerrar los ojos, pero no consigue dormir más.

Y después, entre las brumas vaporosas de una extraña vigilia, el gato que ronronea, una puerta que se abre, una puerta que chirría, una puerta que se cierra; y otra vez la calma quieta de la noche. De repente un rayo de luz le acaricia la cara, entra en un ojo entreabierto y se derrama por su pupila; ella lo abre del todo y descubre un rostro rebosante de risa y alegría. Un hermoso rostro querido, soñado, conocido y siempre esperado; rostro de "ya era hora", "aquí estoy", "te echaba de menos", "ven a mis brazos"... Y por fin, ahí está.

Ella tiende sus tiernos y delicados bracitos hacia él, como la muchacha tímida y dulce que es, y él se inclina y la abraza y la besa despacito; y no la desnuda ni le quita con prisa la ropa como se podría imaginar o suponer. En cambio, se tiende en la cama y se acuesta junto a ella. Y la abraza, le acaricia el pelo con mesura y le besa dulcemente la nuca.

Se hace un silencio hermoso. Se entregan a él y cierran los ojos, alegres, los dos.

Y cuando ya el alba se cuela en la habitación, ella no se atreve a darse la vuelta en la cama. Tiene miedo de los cuentos con final triste que se cuenta cuando duerme y estira los dedos muy lentamente, buscando... y se concentra y piensa casi suplicando: por favor, que no haya sido un sueño...


Juanma - 16 - Diciembre - 2012

viernes, 14 de diciembre de 2012

ETERNIDAD

Ahí están, ¿puedes verlos? ¿Te acuerdas, amiga mía, de esos dos? Tenían los ojos grandes y brillantes como una luna llena y una sonrisa tan transparente que dolían hasta las pupilas al contemplarla. Si te acercabas para mirarlos de cerca veías circular la sangre desde el corazón hacia la piel, desde el corazón a las palabras, desde el corazón a las montañas, a los bosques, al mar. ¿Te acuerdas de cómo se abrazaban muy de mañana, empapelados de imposibles sueños, intoxicados de sentimientos, locos de sincero amor?

Ella, querida amiga, fue la que sucumbió primero. Se fracturó el cráneo, se dislocó el cuello, se rompió las alas, se quebró sin huesos, se quedó sin alma. Ella, que sigue ahí como un lienzo, desnuda con su aura de otoño, envuelta en un poema. Y todavía tuvo tiempo de acudir a su cita con él, que aún estaba vivo, y reconoció en su locura el sello de la muerte. Lloraron, ¿recuerdas? Y pese a todo, tenían razón; porque tras aquello los sepultó el invierno sin oraciones ni lápidas, y ellos siguieron resistiendo y huyendo del epitafio, hasta que se les agrietó la piel, se les cayó el pelo y se pusieron grises escribiéndose siempre la cita embrigadora de cada madrugada. Se contemplaban el uno al otro, y creían los muy soñadores que tal vez existían, cuando nunca jamás fueron tan irreales.

Ahí siguen, amiga. Los amantes imaginarios con sus vidas imaginarias y sus amores imaginarios. Con sus vergonzosas verdades y su torrente de lágrimas desechables. Resistiendo vete a saber tú por qué, aferrados el uno al otro, de la mano, los muy inocentes, con la esperanza como arma solitaria y la  ternura por único escudo. Ilusos, anémicos, dementes, vacilantes como palabras enponzoñadas, perdiendo sangre envenenada por los huecos del alma y alma por las grietas del corazón. Ahí, ahí permanecen. Ella con el vientre abierto, con los oídos reventados y los pulmones llenos de mentira y soledad; ella fue la primera que cayó. Míralos cómo quieren resucitar, ¿no crees que sería mejor hacerles ahora mismo el funeral?

¿Los enterramos juntos? No, tienes razón, cada uno con su propia ley, cada uno en su rincón. Pero pongámosles a cada uno una cita del  otro, un recuerdo; después de todo sólo entre ellos jamás se regalaron ninguna traición. Dejemos a ella debajo de la osamenta de aquel árbol, mirando justo a ese balcón. De noche puede que su cadáver suba a buscar versos, es posible que articule aún gemidos, que aprenda por fin a decir no. Ahora enterremos a él, amiga. Aquí, en el camino de los besos, con su banda sonora de Vivaldi y sus embustes favoritos en la mano, codo a codo con su dolor. Que repita eternamente errores hasta que acierte, que desista, que abra la fosa y se trague los monstruos de los dos. Mejor dejarlos con sus enormes e inabarcables nimiedades. Pero pongamos en sus tumbas las flores más hermosas que encontremos... ¡este es su funeral!

¿Los extrañas, buena amiga? Sí claro, yo también. Pero aún así les tengo miedo, con su maldita  vocación de desamparados, de suicidas a tiempo completo, con sus leprosos mantras de zombies del amor. Y así enterrados, entre el sueño y los recuerdos, mi amiga, qué hermosos son ahora que (tal vez) ya no nos hagan sufrir ni duelan más. Aunque mejor dejarlos cerca, de todos modos, por si, hasta muertos y más allá, lloran y gimen exigiendo todavía otra ración de dolor.

Coge mi mano, amiga. Ahí tú y yo. Aquí enteros. Allá irreales. Tal vez perdidos siempre, mentidos pero vivos, heridos pero eternos. Tal vez tan sólo un rato, quizás tal vez no. Dame la mano, amiga, cerremos juntos la tumba, ahí tú y mi alma, aquí yo y tú corazón. Sin lágrimas, dejémonos sin epitafio, dejémonos sin cruz y adiós. Y vayámonos amiga, a seguir nuestro camino, a seguir viviendo muertos, a poder morir de amor...


Juanma - 14 - Diciembre - 2012

martes, 4 de diciembre de 2012

REENCUENTRO


Llevaba un buen tiempo preguntándome qué sería de ella. Hacía al menos seis años que no la veía, y un par de veces hasta pude haber soñado con sus pecas. O pude haber soñado que soñaba. Da igual. Se aparecía en mis pensamientos cada vez que escuchaba a U2...o a Héroes del silencio. Pequeños símbolos del pequeño tiempo que compartimos y que, como es costumbre, se nos adelantó y nos dejó solos y mudos. Eso fue algo después de la época de los anónimos, esas cartas quinceañeras que yo dejaba en su pupitre en el instituto y que ella atribuía siempre a otro chico. Las notas le gustaban, y tuvo un casi romance con ese otro chico que, claro, andaba detrás de ella -casi todos andábamos detrás de ella-, hasta que un buen día la carta le llegó con remitente y el príncipe de sus sueños se hizo de carne y sangre y hueso. Tal vez no fuera el apuesto Don Juan con el que fantaseaba mirando a la nada en las interminables y aburridas clases de matemáticas y literatura, tampoco el valiente Don Quijote que, en sueños, la rescataba de innumerables peligros, fieros dragones y malvados caballeros de armadura negra. Pero desde que nuestros labios se cruzaron, los besos fueron un manantial de poesía y sus ojos verdes un torrente sin principio ni fin que me encadenó con las alas del destino a la argolla de su corazón. Hasta que el tiempo, como es costumbre, se nos adelantó y nos dejó solos y mudos. Muchos apenas se enteraron, otros ni siquiera lo supieron. Para el mundo no fue nada. Para nosotros fue un secreto, fue un milagro... fue el amor.

Salgo del metro con prisas, apurado, pero ella me sorprende y me sonríe y yo casi caigo a las vías creyendo que se trata de una aparición. Fue un cruce inesperado, casi inadvertido. Pero no. Nos reconocimos de inmediato, sus labios y sus ojos y sus pecas son inconfundibles. Entro de nuevo al vagón y la sirena se oye antes de que se cierren las puertas. No recuerdo a dónde iba ni por qué tenía tanta prisa. Ni siquiera me importa ya. Me abraza alegre sin decir hola. Lleva el pelo recogido en una coleta, dejando resaltar así las pecas y el arco iris de su sonrisa, cazadora y pantalones vaqueros y un bolso de cuero. Se parece tanto a mis recuerdos que juraría que la hubiera visto ayer. Me pregunta cómo estoy y yo asiento con la cabeza, mudo, incapaz de entender por qué pueden darse esas oportunidades en los momentos más inesperados. ¿Destino o casualidad? Nunca fui capaz de distinguirlos y además... qué más da!!


Me propone reunirnos esa misma noche con el viejo grupo de amigos, los de antes. El club de los poetas muertos, como antes. La sombra del campus de la universidad, como antes. ¿Y la pasión? Como siempre. Antes de que llegue el grupo, minutos antes, solos en el bar, me dice que salgamos a pasear, a dar una vuelta. Y caminamos hasta la puerta de la universidad que ya no es nuestra, aunque quién sabe. Está abierta y son las diez de la noche. Pero pasamos de largo y nos encaminamos hacia la iglesia que hay justo al lado y donde muchas veces íbamos a estudiar. Nos miramos con cara de pregunta sin respuesta, me toma del brazo: "no mires a nadie, entremos". Y entramos directo hasta la capilla, que para mí nunca fue nada más que el palacio de los besos. Hay algunas personas, y por los extremos, bordeando los patios, iluminando los pasillos, cientos de velas ardiendo y regalando su llama y su calor quién sabe a qué!! Retrocedemos, la arrastro hasta la capilla, como tantas otras veces, otra vez. Empujo la puerta y nos refugiamos contra la pared. Me mira. Sé que nos besaremos. Nos besamos. La noche la han puesto ahí para nosotros.

Salimos al patio sin dios ni dueño y caminamos de vuelta por la universidad. Me toma la mano, recorremos nuestra antigua geografía de piedra. "Aquí te quise desde el principio". "Ahí, en esa esquina oscura, me abrazaste por primera vez", pero fue sólo unos meses después cuando descubrimos coincidencias y diferencias aterradoras. Cuánto tiempo ha pasado desde que nuestros destinos eran vecinos!! Allí, en aquel patio, nos sentábamos con mucha gente, y ella tenía una camiseta azul, y el pelo largo, y unos vaqueros desteñidos, y unos ojos de fin de mundo que todavía tiene, ojos verde abismo. Y en un recodo de la nostalgia, aplastados entre un muro y el pilar, nos abrazamos, mientras desde la iglesia se escucha una música magnífica que es para nosotros, como siempre. Ya ves, de nuevo somos el pasado del presente y el presente del futuro. No quiero la música. Me quedo con el bello silencio del ahora y el ayer. Con el patio oscuro, con los fantasmas que suben y bajan las escaleras, con las voces que cada uno pone a sus recuerdos. Con las lágrimas y sueños que regresan con los besos.

"Aquí me quisiste", y quizás a otros también. Puede que ahora sea tarde, aunque nunca es del todo tarde para nada, y allí estamos los dos solos, sobreviviéndonos, rescatándonos, resucitándonos. Callamos a dos voces  por deleite, por sueño, por placer.

En la calle seguimos cogidos de la mano, conmovidos, con preguntas y miedos, con fracasos y heridas. Siento la tibieza de sus dedos, y el flujo sanguíneo de ella a mí y de mí a ella, como si no tuviéramos piel y sí, tal vez, un sólo corazón. Llegamos de vuelta al bar, ahora sí que nos esperan. Abre la puerta y besa mis labios para sellar el secreto. El nuevo secreto y el viejo secreto. El secreto que fue y será siempre uno. Llegan los amigos, la risa, la fiesta. Todo vuelve a ser como antes. Como siempre. Nos miramos entre el humo, el ruido... y tantos años. Nos sonreímos. Esa noche volveré a escribirle una carta sin remite, como antes. Y quizás esta vez el pasado y el futuro sean presente para siempre...


Juanma - 4 - Diciembre - 2012

MOMENTOS

Muchos de los espacios entre huecos siguen vacíos, pero al menos los duendes al fin son míos. No tengo ninguna prisa por terminar y recreo en el orden del caos el desarreglo de la multitud de objetos que amontono delante de los espejos sin darme apenas cuenta. Objetos que aprendo a no ver, a no sentir, a no tocar, pero que rompen el tenue equilibrio aletargado del momento en el que dejo de tener localizada la huella de sus encuentros; son como el verde confuso de las enredaderas, que si te descuidas se comen los turnos y las esperas, escondiendo todo aquello que anida tras sus sombras, desorbitando la cantidad de minutos y horas vividos y olvidados, sin podarlos de vez en cuando porque sus efectos desaparecen sólo para ser entreabiertos en sueños. Y sin quererlo acabo acomodándome en la sala de estar de mis recuerdos y sin dejar de volar mi inagotable imaginación de cuando era niño, entre sortilegios y acertijos, me dejo llevar pensando que ojalá al recorrer cada habitación de mi cabeza pudiera hacer recuento y desechar aquellos tormentos que impiden la soltura para sonreír en determinados momentos. Momentos que nunca serán los adecuados si no hay una verdadera predisposición para que así lo sean...

Juanma - 4 - Diciembre - 2012




lunes, 19 de noviembre de 2012

FANTASMAS


Tengo muchas noches a mis espaldas... y otras tantas madrugadas.

Tengo ojos tristes y un corazón que aletea en mi pecho como un murciélago.
Tengo más años de los que quiero y menos de los que necesito.
Escúchame, que esto es importante!! Cuando me muera, no tiene que haber ningún puto cura cerca. Ninguno.
Y el ataúd, que sea el más barato que haya en el mercado. Si es de segunda mano tampoco me importa.
Aunque vaya a estar dentro toda la eternidad, tampoco es que lo vaya a usar demasiado.
Pero no, por ahora no me muero...
No ahora que la vida me grita tan fuerte que asusta hasta a mis fantasmas arrinconados.
Salen en desbandada; los felices y los tristes.
Y como el día es territorio de besos, la noche cobija siempre alguna que otra sombra.
A veces, cuando tienen peso específico, se asoman a mi alma con tal desparpajo que no me dejan ni respirar.
Cuando encuentre alguien que me quiera, le pediré que me vigile mientras duermo.
A mi lado izquierdo...
Y que con una red implacable, vaya separando mis sueños por temas, colores y sabores.
Que vaya recibiendo mariposas y lagartijas, agujeros y lunas en el parto onírico de cada madrugada, acariciando el ritmo de mi corazón con una mano.
Vaciando vacíos, colmando almas...
Cuando llega la mañana, los fantasmas espían al borde de la cama, con la respiración acompasada.
Pero los sueños felices saltan por los costados y los atropellan sin respeto.
Los oscuros, se agazapan jurando maldiciones.
Ellos, los monstruos nocturnos de mi alma, tienen mucho más miedo que yo.
Será que se saben condenados a la extinción...

Juanma - 19 - Noviembre - 2012


domingo, 14 de octubre de 2012

EL POETA


Caía la tarde en silencio, quieta y taciturna allá por Noviembre, cuando entré por vez primera en aquel viejo café con la mirada extraviada, perdida entre las sombras de mis pensamientos. Poco más de diez mesas llenaban el local. Sus paredes estaban adornadas por antiguas lámparas de aceite rescatadas de las entrañas del tiempo. Las mesas estaban ocupadas por viejos bohemios, viajeros y artistas que charlaban amistosamente entre el humo de sus pipas y el ruido de los vasos al chocar entre sí y contra las mesas.

Pese a que la curiosidad me había movido varias veces a acercarme hasta la puerta de aquel viejo cuartel y refugio de literatos, siempre me había faltado el valor para dar el último paso y franquear el umbral. Bajo aquella tenue luz de los candiles y algún disperso candelabro, miré alrededor en busca de alguna mesa libre a la que sentarme. Me llamó la atención una en la que se encontraba un hombre solitario que parecía huir de los demás. Un vaso y una botella de vino eran el centro de su mirada, y podría decirse que tal vez de su universo. Era alto y delgado. Su cara afilada estaba surcada de viejas arrugas y llagas, enmarañada en una larga y espesa barba blanca. Un roído y gastado sombrero negro cubría su anciana calva y sus penetrantes ojos negros, hermosamente tristes, me causaron una honda impresión. Fumaba lentamente, pero a grandes caladas, de una larga pipa marrón que envolvía su rostro entre densas oleadas de humo.

No sé las razones que me movieron a sentarme con él. Debió ser una atracción digna de las flechas de Cupido, pues al momento estaba yo allí, sentado junto a un hombre que de nada conocía y con el que entablaba una animada conversación que no sabía hacia dónde podría conducirme.

Era un artista.

Así me lo contó mientras que el viejo y canoso pianista intentaba arreglar una hermosa pieza de Chopin que ya casi había destrozado previamente. Los débiles murmullos de los contertulios parecían acompañar vocalmente la música. Mi compañero, con una voz grave pero con reminiscencias de un pasado donde tuvo que ser melodiosa y cantarina, comenzó a hablar; me contó sus viajes, sus amores, sus alegrías y sus penas. Tenía un amplio y variado surtido de cada.

Había viajado varias veces por todo el mundo… y conocía todas y cada una de sus culturas. Viajero empecinado y solitario, había acompañado incluso a los budistas del Tibet en su curiosa peregrinación. Entre las facetas que había cultivado cabría destacar la literatura, la pintura, la escultura y el aburrimiento, todas con notable satisfacción. Tenía varios libros publicados y había tratado casi todos los estilos; novela, ensayo y poesía. En el declive de su carrera, tras la muerte de su esposa, había entablado una estrecha amistad con la bebida que lo condujo, año tras año y botella tras botella, hasta la precaria situación en que yo lo había encontrado. Fue un verdadero retrato, o más bien un curioso bajorrelieve, el que dibujó ante mis ojos maravillados.

Y siguió hablando. Me dibujó parajes y hermosos lugares que yo no sabía que existían; los inmensos palacios de mármol y mosaicos, los castillos de altas almenas y profundos calabozos, las amplias llanuras, las eternas montañas de cimas coronadas por nieves perpetuas y los bosques infranqueables se fueron levantando piedra a piedra, árbol a árbol, en mi imaginación. Me hizo contemplar el brillo de la tierra y de los pesados anillos de oro y plata en las manos imperiales, las cúpulas de los techos hindúes irguiéndose hacia el cielo como espadas inmortales…

Un hechizo nos fue embargando a ambos.

Aquel hombre era todo un artista. Me habló de su arte y sus ideales como una madre de sus hijos. A pesar de sus profundos conocimientos sobre historia y cultura, su intensa y longeva vida y su sabio arte, noté una profunda tristeza en sus ojos, como si el triunfo no hubiera querido sonreír a sus esfuerzos. Ahora, cansado del mundo, parecía querer vivir una intensa vida interior sin preocuparse de todo aquello que le rodeaba. Me miró lánguidamente a los ojos y, tras apurar la enésima copa de vino, dijo con voz cansada:

-Mi único sueño no cumplido, aquel que llena de pesares mi corazón, no es otro que no haber conseguido llegar jamás a ser poeta.

-Pero si usted ya es poeta –le dije yo con todo el convencimiento del que fui capaz de imponer a mi voz–. Usted mismo me ha dicho que escribió y publicó varios libros de poesía.

-¿Y crees que escribir unos cuantos versos es hacer poesía? –me contestó esgrimiendo una irónica sonrisa mientras abría una nueva botella de vino que acababa de pedir y servía otras dos copas. Tomó un pequeño sorbo de la suya y continuó hablando– De cada cien personas, setenta han escrito o imaginado algunos versos en el transcurso de su vida. Quizás, con mucha suerte, encontremos de entre todas ellas un único aprendiz de poeta. Y ese, probablemente, no escribirá poesía.

-¿Qué es pues, en su opinión, ser poeta? –le pregunté.

-Mira a esos jóvenes muchachos –me dijo señalando a un grupo de jóvenes que charlaban amigablemente en una esquina del local–. No hay uno sólo de ellos que valga verdaderamente como poeta y, sin embargo, ahí los tienes felices y alegres, llamándose maestros los unos a los otros. A menudo vienen, me leen sus versos y piden mi opinión. Yo no soy amigo del engaño, pero no me veo con suficientes fuerzas para arrebatarles su única y gran ilusión, pues con ello les mataría. Creen en ellos mismos y son felices, y yo no soy quién para robarles esa felicidad. Mientras esperan mi veredicto, puedo palpar la duda y el desengaño en sus ojos más… ¿qué puedo hacer? ¡Hay tanta libertad en sus almas!¡Tanta ilusión en sus corazones! Cuando les digo que van por el buen camino el cielo se ilumina y brilla en sus ojos. Después de todo, tampoco les engaño del todo. No está mal lo que escriben. Pero jamás llegarán a ser maestros o poetas. Al igual que tampoco yo lo lograré.

“Pero lo que más me apesadumbra del todo es que ellos creen en mí, piensan que soy un poeta de verdad… y yo apenas supero su arte. Y si lo supero es tan sólo por la experiencia que me dan los años. Me has preguntado qué es ser poeta… ¿quién puede saber eso con certeza? Es lo mismo que si me preguntaras por Dios o la vida después de la muerte. Si yo pudiera encontrar la respuesta no dudaría en viajar hasta el más recóndito confín del universo para encontrarla. Pero puedo decirte algo; la poesía es algo sublime, maravilloso, casi místico o espiritual. Un pintor o escultor pueden hacer poesía con su obra igual que un enamorado puede hacerla con sus palabras, miradas o besos. Poesía no es tan sólo encadenar cuatro o cinco versos seguidos… ni rimarlos. Eso puede hacerlo el más común de los mortales. Tampoco es plasmarla sobre un papel, si no sentirla, vivirla y saberla tuya, parte de ti. Y eso sólo pueden hacerlo los genios, los verdaderos poetas. Y de ésos ha habido pocos en el mundo a lo largo de la historia. La poesía se siente dentro al contemplar una mariposa, una nube o una flor… –se detuvo en seco, como si estuviera recordando algo. Aproveché la ocasión para preguntarle:

-¿Y usted nunca se ha sentido así?

-No… no como hubiera debido. Supongo que lo entenderás mejor si te digo que comprender la poesía es como alcanzar el nirvana. Algo parecido a ello he sentido al leer a Novalis, Goethe o Blake. Pero jamás llegaré a ver con los ojos abiertos ni una pequeña parte de todo lo que ellos vislumbraban con los suyos cerrados. Si quieres te daré un pobre consejo de viejo cascarrabias, pues es lo único  que puedo ya ofrecerte. Has de saber que el cuerpo humano es sólo una envoltura en la que se refleja el alma, una especie de crisálida. Es como el mar, que no tiene color propio y es tan sólo un vasto reflejo del cielo. La belleza existe sólo en la mirada interior de aquel que quiere conocer la verdad y la busca en su corazón. Nunca dejes de hacerlo… no dejes de buscar jamás dentro de ti. Si llegas algún día a conocerte a ti mismo, ya habrás conseguido llegar un paso del camino más lejos que yo.

Apuró su copa de vino y se levantó. Me dio la mano y se marchó en silencio, encorvado como si llevara una pesada carga sobre sus hombros. Me dijo que vivía allí cerca, pero nunca he vuelto a verlo.

Desde aquel día visito todas las tardes aquel viejo café con la esperanza de encontrarle. Pero la mesa ha permanecido vacía desde entonces. En su rincón, la chimenea murmura su triste cantar y el grupo de jóvenes continúa charlando amigablemente y llamándose maestros los unos a los otros.

Y yo sigo pensando todos los días en aquel hombre… en aquel poeta. Pues a pesar de que él mismo no se considerara como tal, jamás he contemplado un rostro y unos ojos más poéticos, ni escuchado unas palabras que expresaran mejor la poesía que las suyas. Y ahora tengo un profundo pesar en mi alma y mi corazón.

Se me olvidó preguntarle su nombre.


Juanma - 12 - Octubre - 1997

miércoles, 10 de octubre de 2012

FELICIDAD

Aprendí la lección, a patadas.  Como  siempre que se trata de algo fundamental.  Algunos no tenemos remedio... ni  nos molestamos  en buscarlo,  claro está.  Era 17 de  Agosto  en  una casa ajena,  eso lo recuerdo muy bien. Dabas vueltas por detrás de las cortinas, fantasma persistente, rostro despiadado de todas mis  obsesiones.  Te asomabas  a la ventana  sólo para  hacerme  sentir lo  distinto que pudo haber sido si hubiese estado contigo. No estaba. Y no estabas...

Alguien que no tenía un ápice de delicadeza, o de memoria, o simplemente alguien lo suficientemente ebrio como para no temer a los recuerdos, puso esa canción que te reclamaba desde mi extremo de la ciudad... y de mi alma. Alguien -otro alguien- me abrazó por detrás, adivinando probablemente mis tristezas en silencio. En ese segundo, antes de que la maldita lágrima traidora me delatara, o te descubriera en mis pupilas, aprendí la lección.

No sé si todavía te quiero (ya sabes, es tan corto el amor y tan largo el olvido), ni sé qué haces entre mis sentimientos y pensamientos, aparte de desorganizarlos por completo, pero sí tengo la certeza de que todas estas noches sin un mal beso que llevarme a los labios han pasado por mi necesidad de decirte esto que por fin te dije... y de aprender por fin lo que aprendí.

Nunca más desconfiaré de la felicidad. Es tan breve, tan volátil, tan precaria, que cualquier análisis científico la termina por destruir por completo. La pesé, la medí, la maquillé, la olí, la miré de reojo y la dejé pasar. Me miraba desde tus ojos con cara de primavera, pero en mi mente era demasiado invierno todavía. Me equivoqué. Errar es de sabios. Creo que esa culpa me ha mantenido atado al espectro de tu cintura, hoy que tu cuerpo es una realidad lejana, un cementerio de nostalgias. Y hoy es ésa la enseñanza que no me resta tristezas, pero me regala pequeñas libertades.

No sé porqué esto, que era una especie de redención, me ha quedado tan triste como de costumbre. Y sí, lección aprendida y todo, sigo llorando a menudo con tus recuerdos...


Juanma - 11 - Octubre - 2012

lunes, 8 de octubre de 2012

CICATRICES


Se agradece la verdad...
   Se agradece... y a veces se maldice.
   Hay palabras para las que no hay mentira,
   palabras para las que no existe el silencio.
   Un ritual solemne, como un desfile de máscaras...
   Cuando caen los antifaces,
   a veces los párpados caen con ellos;
   Quedan las heridas... y la sangre...
   y un deje de melancólica gratitud
   porque la estocada ha sido oportuna.
   Cada vez que nos hieren nos decimos;
   ¡¡¡no ha dolido!!!
   ¡¡¡Y ni siquiera soy capaz de contar todas mis cicatrices!!!
   Cuando digo NO, no hablo de ti sino de mí.
   Conocí una mujer cuya brújula apuntaba al sur,
   una mujer que paría flores y jardines...
   y gatos con ojos de parque.
   Todo eso también cambió mi vida,
   si ahora digo soledad quiero decir compañía,
   porque sé que no todo en la vida es instantáneo...
ni efímero...
   Es cierto que tengo un millón de cicatrices,
   pero no es verdad que vaya a darme por vencido...


  Juanma - 9 - Octubre - 2012

jueves, 6 de septiembre de 2012

REFLEXIONANDO


A menudo, cuando crecemos, solemos decir que nos gustaría volver a la infancia, aquella época en la que no conocíamos los problemas ni las preocupaciones de la vida adulta. De niños nos pasaba justamente lo contrario, queríamos crecer para descubrir todas las maravillas de ese mundo de mayores que, por el momento, nos estaban prohibidas.

   Muchos días me da por reflexionar sobre esa cosa extraña que llamamos "yo". Y suele pasar que cambia a  medida que se le observa, como cuando fijas la mirada en las nubes del cielo tumbado en la hierba. Al principio se asemajan a un caballo, luego a una mariposa, y por último se transforman en un anciano de larga barba. Nada, sin embargo, es fijo, puesto que en abrir y cerrar de ojos vuelven a cambiar de forma.

   Es como cuando vas al retrete de una vieja estación de autobuses en un perdido pueblo de carretera y observas las paredes con manchones. Vas allí a menudo, pero las manchas, por más que sean antiguas, cambian en cada ocasión. La primera vez crees distinguir un rostro humano, luego un perro sentado, observándote atentamente. La vez siguiente se transforma en un árbol bajo el cual una hermosa chiquilla se mesa los cabellos. Dos o tres meses más tarde, una mañana  descubres de repente que las manchas han vuelto a tomar la forma de un rostro humano.

   Si concentramos la atención en nuestro "yo", nos damos cuenta de que se aleja poco a poco de la imagen que nos es familiar, que se multiplica y reviste de rostros que nos asombran. No sabemos cuál de esos rostros nos representan mejor y, cuanto más los observamos, más evidentes nos resultan esas transformaciones. Finalmente, sólo parece quedarnos la sorpresa.

   Cambiamos durante nuestras vidas. Nos cambia la edad, la experiencia, las circunstancias, los acontecimientos... Pero no debemos olvidar jamás nuestra más pura esencia, esa primera mancha en la pared, esa primera forma de nube... ese primer y verdadero "yo" que es la base de nuestra personalidad.

   Debemos intentar seguir siendo nosotros mismos a lo largo de nuestras vidas. Si algún día nos quitan todo lo demás, al menos nadie podrá arrebatarnos aquelllo que somos y nos hace especiales a los ojos de los demás, pues cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible, una obra maravillosa y especial de la naturaleza...

" La sombra del arco iris" - Juanma

miércoles, 5 de septiembre de 2012

ADIÓS

Desde muy pequeño crecí con ese pegadizo sentimiento de apego que me inculcaron los mayores; la familia primero, los amigos después. Algo de quimérica utopía y contradicción encierra ese sentimiento, pues la misma vida se empeña en llevarnos cada vez que puede la contraria, dándonos a entender el verdadero final, el desapego... recordándonos que nada es para siempre. A lo largo de todos estos años lo experiementé en mis propias carnes. Y aún así, jamás me cansé de mimar y cuidar mis afectos... cometiendo muchos errores, también es verdad. Y sabiendo también de antemano que en un este mundo de locos que giraba a mi alrededor, en quizás tan sólo un suspiro, algunos de ellos tomarían rumbos y caminos distintos a los míos...

Y apenas queda entonces otra opción que la resignación compartida y consentida, intentando comprender que ellos también tienen el derecho a vivir su propia vida, tal y como yo hago con la mía. Cuesta entonces comprender ese apego con los que nos rodean, si sabemos que antes o después llegará el inevitable adiós. Sabor agridulce, diferentes consistencias, aromas contradictorios... sensaciones del todo extrañas, sin llegar a saber jamás muy bien si merece la pena vivir así. Quizá sea otra perspectiva distinta con la cual aprender a evolucionar en nuestras relaciones cotidianas con los demás, de crecer en nuestra consideración de no padecer o sufrir demasiado con lo que vendrá después... de no querer decir adiós!!!

Mientras tanto, sigo transitando mi camino solitario. Siempre tratando de encontrar mi lugar en el mundo, aquel que por defecto o efecto, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir... buscando la confianza necesaria para ir más allá de meras y simples palabras. En época de lluvias todo luce mojado, dejando golpear la inexperiencia consabida por miles de gotas estrellándose contra los delirios, aquellos que provocan mis propias desventuras. Hay otras épocas en que la lluvia no es tan intensa y tan sólo se dedica a resbalar en forma de desconfianzas dolorosas. Aún así, cada pequeño chubasco me viene a recordar cada fracaso, desilusión o desesperanza vivida. Después llegará la inevitable sequía haciendo estragos, tornando el porvenir duro e inhóspito, intransitable para los sentidos, ya curtidos por el doloroso y triste camino. A veces es en esos momentos cuando más quisiera cambiar la soledad por el amor, la amistad, la vida... cargar las alforjas de valentía y girar y danzar en cada constelación ebrio de ilusión y sueños como hace tiempo que no hago...

Y es en esos momentos en que más quisiera cambiar esa soledad y cuando más lo intento, justo cuando precisamente menos lo consigo y más ganas tengo de decir adiós!!!


Juanma - 5 - Septiembre - 2012
  

lunes, 13 de agosto de 2012

CAZANDO SUEÑOS

Hace ya algún tiempo que la vida hace caso omiso de mis sueños. Aun así, seguiré en su búsqueda y captura... porque puede robarme el aliento sin pedir permiso y conjugar cada uno de mis verbos a su antojo y capricho, pero no volveré la vista atrás, no desandaré el camino largo tiempo recorrido; muy al contrario, seguiré apostando todo al número ganador...

Las bellas locuras no son sino deseos por cumplir, y sólo espero que esta vida que hace caso omiso de mis deseos me deje susurrar cada hebra de los acordes que imagine para ti, de los versos sin rima en el papel de mi piel que hojeas cada nuevo amanecer, de todo aquello que me hace recordar el movimiento de tus pestañas, del zigzag de tus latidos, del recodo de tus sentidos, soñando con algo de tu tiempo, con esos minutos a tu lado que me dan la vida, porque la mía sin ti dura cada día un poquito menos...

No me cansaré de buscar bajo las estrellas aquello que te enamora para vivir ese dulce encuentro contigo,  despacito, sin prisas, detrás de cada sonrisa tras cada nuevo despertar, respirando en cada instante el aroma particular que me hace sentir especial, exhalando suspiros mientras escribimos la historia que brota a raudales entre el cielo y la tierra, de norte a sur, donde sutiles encuentros se llenan de esperanza recorriendo como cada noche distancias inimaginables, queriéndolas acortar sin dejar de contarme bajito, al oído, aquello que adoro escuchar...


P.D. Seguiré cazando sueños cada noche para ti...


Juanma - 13 - Agosto - 2012

jueves, 9 de agosto de 2012

DENTRO DE FUERA


(Prólogo de "Dentro de fuera")


Escribo desde que tengo uso de razón. Puede que incluso antes. Desde pequeño, siempre me gustó escribir historias. Y si no las escribía, las contaba a los amigos. Y si no había amigos a quien contarlas, simplemente las inventaba o imaginaba para mí. En las noches en vela es bastante más divertido que contar ovejitas. La imaginación es un duende de alas invisibles que se eleva tan alto como nosotros podamos remontarnos. A veces permanece debajo de la cama, otras escondido dentro del armario y algunas más sonando en el equipo de música. Es tímido, pero divertido e insaciable.
   Lo que voy a contar  parecerá una historia de locos. Quizá lo sea. ¿Quién no ha mirado alguna vez cara a cara a la locura? Pese a todo, nada hay más cierto en mi vida que aquella extraña aventura que me sucedió un verano, hace ya algunos años. Por aquel entonces, yo hacía vida en mi habitación. Toda la vida que me era posible sin salir de ella. Sólo abría la puerta si era totalmente inevitable. Cuando mi padre se ponía nervioso y llamaba con insistencia, cuando era necesario ir al baño o cuando me encontraba tan enfermo que ya no era lógico dejarse torturar por el dolor. Comía y cenaba incluso dentro los días que mi padre no andaba por allí.
   Aquel verano me quedé solo en mi casa por primera vez. Aún no había cumplido los diecisiete años y, pese a mi juventud, me sentía hastiado, aburrido del mundo, cansado de la gente, desenamorado de la vida y del amor. Aproveché la ocasión para convertir la habitación en todo mi universo y llenarla de luces y colores, amigos y enemigos, amores y desamores, estrellas y galaxias …
   Pero dentro nada podía hacerme daño. Todo aquello que nos hace sucumbir quedaba fuera para los demás; los coches, la contaminación, el ruido, la televisión, la lotería, las máquinas tragaperras, los semáforos, los relojes, los centros comerciales, los satélites de comunicaciones, la religión, las antenas parabólicas, las peleas por el partido del domingo, las tiendas de todo a cien, el trabajo, las prisas, los restaurantes de comida barata, los restaurantes de comida cara, la prensa del corazón, las vallas publicitarias, el gobierno, la oposición, los sindicatos que no paran de hablar y nunca hacen nada, el Peugeot trecientosypico, los elevalunas eléctricos, el yonqui de la esquina, la puta de la esquina de enfrente, la nueva canción del verano, la última película de Stallone, la primera película de Stallone, dinero, corredores de apuestas, vendedores de enciclopedias, enormes autopistas, farolas que no dejan ver las estrellas y odio, egoísmo, avaricia, envidia y densas nubes de hipocresía. Todo ello a todas horas y en todos sitios.
   Pero nada de ello tenía cabida en mi habitación. Allí dentro sólo estaban mi pluma y mi folio en blanco, mis lápices de colores, mis discos, mis libros y todo el universo que el duende de la imaginación era capaz de sostener sobre sus hombros.
   La música jamás dejaba de sonar. La noche en que Dios habló conmigo, en mi viejo equipo de música sonaba “Imagine” de Jhon Lenon. La figura nebulosa entró, con muy poca educación por su parte, sin llamar a la puerta. Tenía cerrojo por dentro, pero supongo que para Dios eso no debe suponer un gran obstáculo. Tampoco creo que la cortesía y los buenos modales puedan denominarse cualidades divinas. Se sentó en el suelo, frente a mí, y tras echarse hacia atrás sus eternos cabellos blancos me preguntó:
    - ¿A dónde piensas ir sin salir de aquí?
    - No pensaba ir a ningún lugar que no esté ya aquí dentro -respondí.
    - ¿Eres feliz? -inquirió meditabundo.
   - Soy tan feliz y desdichado como quiero. Tan dichoso como en el más hermoso sueño. Tan desgraciado como en la más terrible de las pesadillas. Pero acepto ambas cosas. El bien como parte indivisible del mal. Tú sabes mucho sobre ello. Tú creaste ambas cosas de esa nada que es a la vez lleno y vacío. Para enemistarnos y alejarnos a unos de otros.
   - No llegarás a otra comarca si no cruzas sus fronteras -repuso orgulloso, como si todas las comarcas y fronteras fueran suyas.
   - ¿Creaste tú las fronteras? -contesté casi escupiéndole la pregunta- Porque si es así, no dice mucho en tu favor. Aquí dentro no existen fronteras ni países. Por eso no hay guerras ni necesito armas. A nadie incomodo y nada me molesta. Entre estas cuatro paredes me muevo a mi antojo. Son mi universo, el firmamento que me sostiene. Y yo soy su energía. El océano no es una sola gota de agua, pero una sola gota si puede crear un océano. Tú no podrías ser yo aunque quisieras. Soy demasiado humano, que diría Nietzsche. Pero yo podría ser Dios si me lo propusiera. De hecho, tengo más imaginación que tú. Yo no hubiera creado un mundo tan violento. Y por qué no decirlo; tan inhumano.
   Cerré los ojos mientras daba un largo trago a mi cerveza. Cuando volví a abrirlos, Dios ya no estaba allí. Se había marchado. Quizá le molestó lo que le dije y se ofendió. O quizá mi conversación le resultaba aburrida. No pretendía ni una cosa ni otra. Ni hablaba en serio ni en broma. Hablaba por hablar. Por no permanecer callado ante Dios. Por no tener que escuchar ese incómodo silencio que surge cuando se está frente a alguien y las palabras parecen haberse marchado de vacaciones. No soy quién para juzgar a Dios. Ni para intentar comprender sus razonamientos. Pero sí puedo al menos reprocharle que entre en mi habitación sin pedir permiso y se esfume sin decir siquiera adiós.
   Si no creásemos dioses, no tendríamos que pasarnos toda la vida intentando justificar sus actos. Ni pidiendo favores que jamás concederá. Antes de eso yo seré Aladino, mi habitación La Lámpara Maravillosa y mi cama El Genio de los Deseos. Sin dioses, no tendríamos que rezar. Ni buscar demonios que los combatan.
   Sí, Dios se marchó sin despedirse. El mundo entero está lleno de dioses que entran sin llamar y se van sin decir adiós.
   “Imagine” ya había terminado hace rato. Pero seguro que allá donde esté, Jhon Lenon sigue imaginando un mundo mejor donde los niños no lloren, los maridos no peguen a sus mujeres, las luces de las farolas no nos priven de ver las de las estrellas y los dioses no se despidan a la francesa.    Al menos los que no sean franceses.
   A nuestro alrededor giran, en órbitas desconocidas, cientos de cosas que no comprendemos. Pero, ¿para qué quiere uno ya comprender todo lo demás si tiene en su habitación todo aquello que quiere y necesita?
   El mundo podía seguir a lo suyo ahí fuera. Yo ya tenía sitio por dónde moverme. Pensar es una de las pocas cosas que nos diferencian de las amebas y los peces. Pero hay veces que sencillamente es mejor no pensar en nada.
   Si Janis Joplin hubiese vivido un poco más, Dios habría llevado falda y unas bonitas curvas bajo ella...


  
 Juanma - Julio - 1998

viernes, 3 de agosto de 2012

ELLA



Sonó el despertador.

Era lunes por la mañana. El sueño y la pereza ataban mis músculos a los barrotes de la cama. Las cálidas sábanas blancas me abrazaban con dulzura susurrándome tiernas palabras de amor. La almohada, suave y acogedora, se aferraba a mí como una joven alegremente enamorada.
Y, por supuesto, allí estaba también ella.
¿Qué decir de ella con palabras que pudieran acercarse a expresar su belleza? Hermosa como un gran árbol en flor, delgada y frágil como un narciso pero al mismo tiempo brillante y firme como un  diamante,  a ratos ardiente como el sol o radiante como la escarcha bajo las estrellas, alegre como una muchacha que en primavera se trenza margaritas en los cabellos, dulce como la miel, limpia como la nieve, como el rocío de la mañana, profunda como la remota memoria de las cosas olvidadas…
Era lunes por la mañana. Y, como cada lunes, debía comenzar una nueva semana de trabajo  y dura rutina. Para mí era un tormento, un castigo, un sufrimiento tener que abandonarla cada mañana. Un dolor agudo me laceraba el alma, me mortificaba el corazón. Era una agonía despedirme de ella, dejarla allí sola como un recuerdo fugaz, tan inocente y frágil como un niño. Al contemplarla así, desde el umbral de la puerta, el miedo a perderla, a que alguien pudiera llegar a hacerle daño en mi ausencia, me provocaba tal congoja que tenía que hacer acopio de todas mis reservas de fuerza para poder pronunciar la palabra maldita.
Adiós.
Sola me parecía un ser débil, quebradizo, desamparado. Ella lo era todo para mí. El resto de mi vida era rutina y aburrimiento, ese eterno e incontrolado ciclo de nacimiento y muerte, de sufrimiento, el Samsara de mi existencia; despertador, maquinilla de afeitar, ducha, café y tostadas, traje y corbata, maletín, ascensor, garaje, coche, carretera, semáforos, pasos de cebra, aparcamiento, edificio de diez plantas, ascensor, oficina…
Sabía que por la noche volvería a estrecharla entre mis brazos, pero el mero pensamiento de la palabra separación, aunque fuese tan sólo por unas horas, me resultaba insoportable amargándome el resto del día.
Antes de salir me acerqué, como todas las mañanas, al umbral de la puerta para regalarme una última alegría, una última mirada. El deseo de volver junto a ella  me daba pequeños empujoncitos hacia la puerta, hacia la habitación… pero sabía que si lo hacía estaba perdido, que ya no sería capaz de volver a separarme de su regazo una segunda vez. Una lágrima fría rodó por mi mejilla, gota de rocío abandonando el regazo de la flor querida al despuntar el alba, cuando pronuncié la fatídica palabra.
Adiós.



La puerta del ascensor se abrió con un ruido sordo.
Estaba en la planta sexta, frente a la puerta de mi oficina. Todo estaba tal y como lo había dejado el viernes anterior. Exactamente igual de triste, de monótono, de aburrido, siempre igual de imperturbable, quizás incluso cada semana un tanto más frío.
Pasé a mi despacho, la original sala donde se me aplicaban mis torturas diarias. Me senté abatido, como si acabara de correr una maratón o recibido una descomunal paliza. Cada día se me hacía más difícil, más insoportable la eterna repetición de lo mismo: las mismas horas, los mismos gestos, y saludos, los mismos movimientos como una máquina, un autómata, un robot teledirigido.
Iba a abrir mi maletín cuando, instintivamente, mis ojos se volvieron hacia una esquina de la mesa. Allí estaba, inmaculada y limpia, su fotografía. Era del año en que nos habíamos conocido: tan juvenil como había sido siempre, libre como una gaviota hasta que decidió unir su destino al mío y comer tan sólo las migas de pan que mi mano le ofreciera. Estaba preciosa, llena de vida, de color, de sueños…
La quería como sólo se puede querer a alguien en un sueño, en un cuento de hadas, en la casa de los Montescos y los Capuletos. La quería, la amaba, la deseaba con una pasión sin límites.
Intenté apartar mis pensamientos de ella y pensar en el trabajo que, pese a todo, nos proporcionaba el dinero para vivir y poder realizar nuestros sueños. Abrí el maletín y busqué los documentos en los que habría de trabajar aquel día. No recordaba bien de qué documentos se trataba, últimamente iba un poco atrasado y se me acumulaba el trabajo y…
No podía. Por más que lo intentaba, era imposible. No podía apartarla de mis recuerdos, alejarla de mí, barrerla del corazón. Se aferraba a mi alma como las estrellas a la noche. Ella era la luz que me daba vida, el alimento que me proporcionaba fuerzas, la chispa que mantenía la llama de la ilusión prendida. Todo lo que hoy era, todo lo que había conseguido, se lo debía a ella.
Absorto en mis pensamientos, viajé hacia atrás en el tiempo y regresé a los años de mi juventud, a un tiempo donde aún no la había conocido.



Antes de conocerla, todo había sido muy diferente en mi vida, tan distinto a ahora como sólo pueden serlo el sol de la luna. Eran tiempos difíciles. Huérfano y solo, vagaba de un lado para otro sin rumbo fijo, sin techo, sin comida, sin trabajo.
Sí, antes de conocerla a ella yo no era más que un pobre vagabundo. Todo carecía entonces de sentido, excepto encontrar un pedazo de pan que llevarme a la boca, un lugar lo más seco y confortable posible donde pasar la noche y unos cartones para arroparme. Fueron días de desesperación y sufrimiento, de insultos y lágrimas. La idea del suicidio se cernía sobre mi cabeza como un buitre acechando los últimos minutos de su presa moribunda.
Entonces la conocí.
Y todo cambió. Como cambian las imágenes de un sueño cuando despiertas. Recuerdo que era un día de primavera. Y recuerdo que, desde aquel encuentro, fui a visitarla todos los días.
Y recuerdo que, poco tiempo después, conseguí un empleo y pude alquilarme una pequeña casita. Y las cosas comenzaron a ir rodadas como por arte de magia… y aquellos tiempos difíciles fueron quedando atrás como jirones de niebla al levantar con fuerza el cálido sol de la mañana. Toda mi vida se llenó de flores y mariposas, de sonidos y formas multicolores, de alegría y felicidad bañándolo todo como olas la playa dormida y desierta.
Y estoy convencido de que fue el encuentro con ella el que me sirvió de amuleto y buena suerte, el empujón que me devolvió las ganas y la ilusión de intentar cambiar mi destino. Aquel encuentro inesperado e insospechado fue como tocar las alas de los ángeles con la punta de los dedos… y supe entonces que ya no había dudas ni incertidumbres posibles, que estaba enamorado y que debía luchar por conseguirla y darle todo ese amor que, durante todos aquellos años de soledad, se había ido acumulando en mí interior como nieve en la ladera de una montaña.
Y así fue como Cupido nos ensartó con una de sus saetas y nuestros caminos se cruzaron uniendo nuestras vidas para siempre y sellando nuestro amor con un fuerte y poderoso lazo.
Desde entonces todo ha sido paz y armonía, amor y felicidad. Noches de ensueño, navidades de luz y alegría, radiantes días de cuentos de hadas, momentos mágicos cargados de amor, de ternura, de pasión. Abrazado a ella veía nevar a través de los cristales medio empañados de la ventana, contemplaba el baile y descenso suave de las blancas lágrimas del cielo, pequeños diamantes de dicha y prosperidad.



   Y así, sumido en bellos pensamientos y dulces recuerdos, perdí por completo la noción del tiempo y seguí vagando y divagando hasta que llegó la hora de cerrar la carpeta, el maletín y la puerta... y regresar a casa.
Llegaba de nuevo la hora del reencuentro, del abrazo, del beso cruzando el puente que separa la luz de las tinieblas, la risa del llanto, la caricia de alas de mariposa volando de nuevo hacia el sueño de primavera.
Así transcurrieron meses y años felices, rebosantes de dicha y júbilo, de fines de semana y vacaciones entregados a nuestro amor.
Y así se sucedieron odiosos y tediosos lunes con un despertador sonando de fondo y recordándome que el fin de la semana se había agazapado de nuevo escondiendo sus alegres orejas y que era hora de volver al trabajo y a la rutina de la vida.



   Así continuó nuestra vida hasta que un buen día, todo cambió de repente. El amor es un sentimiento mágico, pero también extraño, a veces casi del todo incomprensible. No sabemos cómo ni porqué viene o se va, pero es una fuerza que escapa a nuestro control y razonamiento. Un buen día pasa algo, o no pasa nada durante mucho tiempo, y una llama se apaga… o tal vez se encienda otra, y entonces comprendes que ya nada volverá a ser como antes y que lo mínimo que puedes hacer es ser valiente y evitar sufrimientos a aquello que más amas.
Debía hablar con ella.
Como siempre, esperaba mi llegada en la habitación. Me enfrentaba a un momento difícil, a una amarga y triste despedida. Pero no quise andarme con rodeos y decidí ir directamente al grano. No podía disimular el dolor y la amargura que, pese a mi comportamiento casi cruel, desgarraban mi corazón.
La había querido mucho. Aún la quería.
Me acerque a ella y con voz grave, como de Humphrey Bogart en el papel de su mejor Philip Marlowe, le susurré al oído;
“Nena, tengo algo importante que decirte.
Me senté a su lado… casi a cámara lenta, casi como si le estuviera arrancando la vida como la piel, a tiras.
“Sé que esto va a ser duro pero que, pese a mi egoísmo, creo que sabrás comprenderlo y perdonarme algún día.
“Siempre había soñado con un final diferente, pero han pasado ya nuestros mejores años. Y con ellos se esfumó también nuestro momento.
“Además uno no puede saber nunca con certeza aquello que le va a deparar el futuro. Nunca creí posible que esto pudiera llegar a  suceder, pero así ha sido y lo mejor que podemos hacer es afrontarlo. He conocido a otra. No sé si estoy enamorado de ella, pero está claro que mis sentimientos hacia ti han cambiado, ya no siento lo que antes… sé que es cruel y vergonzoso contártelo así de repente, sin más. Pero creo que es preferible hacerlo a ocultártelo, pues antes o después te enterarías y entonces sí que te haría daño. Y no te lo mereces. No deseo hacerte sufrir y quiero que sepas que jamás te he engañado ni compartido la noche con ninguna otra, nunca habría sido capaz de serte infiel. Antes de hacerlo y marcharme quería sincerarme contigo. Será difícil tener la conciencia tranquila tras esto, pero más doloroso aún sería vivir con el alma y el corazón manchados por la culpa y el pecado.
“Hemos de separarnos. Será terrible hacerme a la idea, pero yo he elegido este camino y tengo que afrontarlo. Jamás te olvidaré y, pese a todo el daño que pueda causarte, espero que tampoco tú me olvides nunca. Te deseo todo lo mejor y por eso espero que puedas rehacer tu vida y encontrar a alguien que llene mi ausencia, te colme de amor, cariño, atenciones y todo aquello que yo no podría ya sin duda darte. Y, sobre todo, que no te falle como yo lo he hecho.
“Ahora tengo que despedirme de ti. Me gustaría volver a verte de vez en cuando para saber que estás bien, pero te comprenderé si no quieres volver a saber nada de mí.



   Ni una palabra de reproche. Así era ella.
Casi sin darme cuenta, las lágrimas habían inundado mi rostro. Estaba llorando triste y amargamente, como un niño que ve a sus padres marchar y siente miedo y abandono pese a no saber lo que en realidad ocurre. No quería retardar más lo inevitable, así que decidí enfrentarme con firmeza a mi destino… a una nueva vida desconocida y un futuro del todo incierto. Diferente, en todo caso.
Ya nunca volvería a ser el mismo. Ya nada volvería a ser nunca igual. Una lágrima, grande como mi culpa, surcó mi rostro cuando me detuve para contemplarla por última vez.
Iba a susurrarle adiós, como cada mañana, como siempre.
Sin embargo, fueron otras muy diferentes las palabras que brotaron de mis labios.
“Cuídate, querida cama.



Juanma - Agosto - 1995

martes, 31 de julio de 2012

TU REGRESO

Y a tu regreso me trajiste más que el arco del triunfo, mucho más que los húmedos cafés donde nuestros alter egos literarios se sentaban a desmadejar su amor laberíntico, su amor metafísico y condenado a lágrimas. Me trajiste más que las garras del silencio de hace siglos; mucho más que el aroma de esperanza e ilusiones. Me trajiste la tierra entera, fragante de olores y sabores, me trajiste la hermosa y convulsionada frescura del amor que aprende y se comprende, me trajiste el romanticismo que se derrama a su pesar, me trajiste la lengua confusa de tanto aparearse con otra cultura. Me quitaste la guillotina y el terror, me quitaste el silencio prologado, la soledad secreta, la intimidad abandonada.

Me regalaste la clandestinidad frenética de este amarte sin salidas, me regalaste la respuesta a tantas dudas turbias y me regalaste el suelo entero, el planeta entero después de estar años suspendido mientras tu hermoso pelo jugaba con otro viento.

Yo podría dejar los pies en los adoquines rotos de esta ciudad si tuviera la certeza de encontrarte, podría traspasar una noche entera de sábanas vacías si al fin de la última tela me esperara tu mirada profunda como el mar, tu mirada bruja, tu mirada abismal que me abre las venas. Yo podría ser el bastión y el refugio de todas tus dudas y terrores si me ofrecieras tu mano sin sombras temerosas.

Pensé que lo harías. Pensé que escaparías. Pensé que era natural que no me extrañaras, pensé que después de todo no somos ni siquiera amantes, que es todo intrincado y que los recuerdos están sólo de esta orilla. Pensé que mi voz no te hacía falta, que a tu corazón no he llegado ni remotamente y que esta apuesta kármica era sólo mi obstinado espejismo. Y cuando a mi garganta llegaba este torpe y áspero sabor de verdad mi teléfono sonó. Y estaba tu voz del otro lado. Estaba tu porte de abismo en esa acera recién llegada, tu bellísima voz de gato ronroneando, tus mensajes asépticos con la lujuria en las entrelíneas y la urgencia de verme, de hablarme, de saberme en un lugar de tu universo. De mi universo...

Juanma - 31 - Julio - 2012

jueves, 26 de julio de 2012

LOS PASADIZOS DE TU AUSENCIA

Soy propenso a dejar olvidadas en cualquier sitio las llaves de la memoria para los alegres momentos y termino perdiéndome con facilidad cuando intento encontrar palabras para definir el desaliento. Fui cómplice y testigo del silencio de tu fugaz compañía, la que día a día agitaba mi respiración, hasta que se tiñó de negro absoluto el azul de mis alas, guardando luto por tu ausencia el precario equilibrio que a duras penas me mantiene sin ti. Mis lágrimas dibujan tu mirada ausente, en la lejanía resuenan melodías tan extrañas como eternas, enfrente mi silueta intenta abarcar tu sombra, en el cielo las nubes grises y la tormenta empañan el día, en el subsuelo un sinuoso chapoteo de crudos sentimientos al compás de mis desvelos, a mi lado... qué no daría yo por tenerte a mi lado mientras intento continuar mi vida, seguir mi camino sin dejar de pensar qué enorme me queda el mundo, qué pequeño me siento sin la alegría de tu compañía, sin poder calcular las distancias de los pasadizos de tu ausencia...

Juanma - 27 - Julio - 212
   


martes, 17 de julio de 2012

PALABRAS

Era mudo.

Dejó su cofre de palabras hermosas en un balcón, las regaló y las lanzó al viento. Otras las enterró en el jardín de su casa para siempre jamás. Las que le quedaron no las quiso usar. Caminó los meses, con la boca cerrada, los ojos cerrados... invierno helado. Mudo.

Una hermosa muchacha le esperaba al otro lado del invierno. Justo en la orilla de una primavera salvaje. Salió de una biblioteca perdida. O quizás de los versos de un poema o los párrafos de un cuento. O de las páginas amarillentas de un periódico olvidado. Le conquistó con una tierna mirada en otro idioma, y le preguntó al chico mudo qué buscaba. Él dudó. Trató de decir algo que ella no pudo entender. Una sílaba, una afirmación mínima. Un gemido, un sonido gutural, un maullido tal vez. Trató de decir algo, y algo dijo. Se inclinó en la vereda y recogió una palabra que alguien había perdido...u olvidado. Se la puso en la boca y habló. Mal, pero habló. Ella, que tenía un bolso de palabras que había coleccionado por las calles, se lo prestó. Él pudo decir de nuevo algunas cosas, y esas pocas cosas se las pudo enseñar.
 
Ella preguntó por la ciudad, y él la caminó con ella. Ella sacaba una palabra del bolso y él la saboreaba, la besaba, la definía y se la regalaba. Ella le regalaba otras...ser, estar, tocar, mirarse, sentir, amarse...

Cuando tuvieron una casa llena de palabras, las unieron para dormir dentro, abrazados. Ahora él la besa con unos labios como manantial de palabras, ella con un río de versos en su boca húmeda. Se miran hasta gastarse, ansiosos. Pero nunca más en silencio...

Juanma - 18 - Julio - 2012