viernes, 28 de octubre de 2016

EL FUNERAL

Había caído la noche como un manto fúnebre sobre el milenario castillo que coronaba la escarpada montaña. A lo largo de sus empinadas laderas se asentaba, en dispersos grupos de callejuelas y casas, el pueblo maldito. Las sombras se arremolinaban unas junto a otras dibujando un siniestro paraje. Se podía palpar el silencio sepulcral en las inquietas figuras que escudriñaban las impenetrables tinieblas. Una brisa furiosa despertó para unirse al espectáculo al mismo tiempo que tañían las campanas de la iglesia. Las ramas de los árboles gimieron bajo el azote del viento. Era el momento de encender las antorchas.

     El difunto yacía en su lecho mortuorio, pálido como una pequeña estatua de mármol blanco desafiando al más allá. Su rostro marchito y demacrado contrastaba con sus opulentos y oscuros ropajes: una larga túnica de varias capas de terciopelo rojo y negro. En el dedo corazón de su mano derecha lucía un hermoso anillo, con un íncubo y un súcubo entrelazados entre sí, en el que había engastado un brillante rubí. Los barrotes de la alta y enorme cama terminaban en siniestras gárgolas que escupían miradas de espanto y horror. Cientos de velas ardían temblorosas, dispuestas de forma irregular por toda la estancia. En calma y silencio, y de uno en uno, fueron desfilando ante él todos los habitantes del pueblo. No querían faltar a aquella cita ni perderse el adiós de aquel ser inmundo que en tiempos pasados había representado el huracanado azote de la maldad personificada. ¡Qué diferente parecía ahora, carcomido por la edad, subyugado por la muerte! Pese a todo, le seguían teniendo un pánico reverencial, un miedo atroz y cerval que no era, ni en su grado máximo, infundado. ¿Quién podía saber qué tipo de engendro o demonio podría aún insuflar vida en aquel cuerpo inerte? Todos le temían, todos se santiguaban y temblaban al darle la espalda. No se atrevían siquiera a mirarlo. ¿Para qué, si ya era pasto de gusanos y carne de mortaja?

     Había llegado la medianoche. La hora maldita de un día aciago y sombrío. Se percibía cierto alivio en sus rostros. No obstante, muchos de ellos se preguntaban en el cruce de sus miradas qué sería ahora de su existencia sin él. Durante todas sus vidas había sido él, desde los pasadizos, sombras y mazmorras de aquel temible palacio, quien mandaba, quien ordenaba, quien prohibía, amenazaba y azotaba con el látigo y su lengua viperina a sus fieles esclavos. No había dejado descendencia. Pese a que lo había intentado con insistencia durante su larga vida con todas las mujeres del pueblo, su semilla debía estar maldita, gracias a Dios. Por ello las despreciaba, torturaba y quemaba. Pero despreciaba también a los hombres, a los ancianos, a los niños... Despreciaba la vida tanto como su propia existencia. Ni siquiera para él mismo supo guardar algo de respeto, cariño o amor. ¿Pero cómo, si no los conocía? Siempre miraba con desdén y furiosa cólera a cualquiera que tuviera la mala suerte de toparse de frente con él, de encontrarse siquiera fugazmente con la mirada gris ceniza de aquellos demenciales ojos. Aquél que lo hacía, caía en desgracia para siempre.

     Aunque ahora, por fin, todo había terminado. Sin embargo, quedaba lo peor: el funeral. Se tenía por costumbre, en aquel entonces, coger el cuerpo sin vida y, bajo la luz de las antorchas, acompañarlo al cementerio para enterrarlo. El sitio de aquel engendro, en cambio, estaba en las criptas del castillo, junto a toda su execrable ascendencia. Pero nadie se atrevía a bajar hasta aquellas abominables estancias inmundas. Nadie había tenido tampoco el valor de mencionarlo. Ni siquiera para alzarlo a hombros y llevarlo al camposanto encontraban el arrojo y fuerzas necesarias. Todo estaba demasiado reciente aún y el temor seguía anidando dentro de sus corazones. Se miraron en silencio y, sin decir una sola palabra, todos decidieron lo mismo. Abandonar al difunto. Salir de aquel tenebroso lugar. Dejar las antorchas al lado del cuerpo y que fueran ellas las que se ocuparan de hacer el trabajo. Cabizbajos, desfilaron fuera de la lúgubre estancia. Sin mirar atrás, condenaron al olvido las siniestras salas y los escabrosos pasillos. Solemnes, pero asustados. Las llamas inmisericordes prendieron en las lujosas cortinas, en los antiquísimos muebles, en los exquisitos tapices. Los hermosos vitrales góticos del interior y los ventanales estallaron en mil pedazos. Y el maldito castillo ardió como una tea.

     Cada llamarada que se elevaba hacia el cielo, dibujaba sombras grotescas y deformes que sollozaban, gemían y aullaban. Se miraron aterrorizados. Sabían que alguna terrible maldición les sobrevendría por no haberle dado sepultura como era debido, en las criptas bajo la montaña. Y por haber prendido fuego a un milenario hogar, o tal vez un lugar anclado allí desde el origen de los tiempos, de seres abominables y sin nombre. Sin embargo, ya nada podía hacerse. O más bien, ya nada podía deshacerse. Y también, por primera vez en mucho tiempo, les daba igual. Tantos años de horrores y vejaciones, tantas generaciones de esclavos y torturados, tanta desgracia y sufrimiento por culpa de aquel ser vil y despreciable. El último de su estirpe. Reducido a humo y cenizas junto a los restos de su ancestral y diabólico linaje. Tuvieron que correr para escapar de las espantosas llamas. Lenguas de fuego que les seguían, que les llamaban, que les iban nombrando uno a uno. Huyeron a refugiarse al pueblo, al cobijo y calor de su santa y amada iglesia. Allí congregados, le rezaron, suplicaron y lloraron a su Dios. Pidieron perdón, hicieron promesas, se flagelaron y autoimpusieron severas penitencias…

     Pero ya era tarde. La maldición había surtido efecto y, en cuestión de minutos, el pueblo entero se vio envuelto en llamas. Nada pudo salvarse. Nada quedó en pie. Casas y cultivos, granjas y bosques… todo reducido a escombros humeantes. Todo, salvo la hermosa iglesia de piedra. Así que, en cierto modo, su Dios les había escuchado en el último momento. O tal vez la maldición no consiguió traspasar los muros de aquel lugar sagrado. En apenas un abrir y cerrar de ojos, lo perdieron todo. Sí, pero también habían logrado sobrevivir. Por lo tanto debían sentirse agradecidos. No era tiempo de arrepentirse o lamentarse. Llegaba el momento de comenzar de nuevo. ¿De la nada? Sí,  de la nada. Pero por fin sin la sombra de aquel tétrico castillo ni de la gélida y fantasmal  presencia de su último morador.


Juanma - 28 - Octubre - 2016                                                      

jueves, 27 de octubre de 2016

EL DIFUNTO

Robert había muerto.
     
Su vida había sido plena, feliz y maravillosa. Supo sacar provecho a sus años, pese a que no fueron demasiados. Resumiendo, podría decirse que había vivido. Pero su llama se había apagado de repente. Es curioso cómo algunas almas se marchitan o desvanecen de forma tan sutil, poco a poco, mientras que otras brillan y se apagan furiosas como un relámpago.

     Su otrora esbelto cuerpo lleno de vida, descansaba ahora inerme en un opulento ataúd de ébano como si fuera una espléndida estatua griega. Había sido hermoso. A uno al verlo siempre le venía a la cabeza la sugerente definición de hermoso. Su expresión irradiaba algo formidable que siempre inspiró confianza en todos aquellos que se acercaban a él. Sus ojos verdes, grandes y alegres, enamoraron a muchas damas de la sociedad de la época; su sonrisa, afable y embriagadora, se encargó de conquistar los corazones de otras tantas. Pero en el suyo solo hubo amor para una mujer. Ellen.

     Los concienzudos y meticulosos preparativos del funeral habían sido tan pulcra y correctamente ejecutados que ni el propio difunto los hubiera dispuesto mejor de haber podido imaginar su funeral. Las exquisitas facciones de su rostro, tal y como podía mostrarse tras el reluciente cristal, seguían ejerciendo una irresistible atracción ante todo aquel que se acercaba a mirar: mostraba una cándida y tierna sonrisa y, aunque la muerte tampoco había sido dolorosa, no parecía apenas desfigurado después del excelente trabajo realizado por los empleados, y a la vez propietarios, de la funeraria.

     A las tres en punto de la tarde, sus allegados y amigos iban a reunirse en la catedral de San Patricio para ofrecer un último adiós a un hombre que ya no necesitaba de adioses, allegados ni amigos. Los numerosos presentes se fueron acercando al féretro uno tras otro, en silencio, con aspecto serio y abatido, a derramar sus dolorosas lágrimas sobre el pulido cristal.

     Todo había sido demasiado rápido, tan fugaz como un suspiro arrancado a destiempo de unos labios sellados. El ataque al corazón resultó fulminante. Parecía extraño en alguien de aspecto tan saludable, de vida lujosa e intensa, pero al mismo tiempo sana, sin vicios conocidos salvo alguna copa de brandy o vino en la soledad y quietud nocturnas de su biblioteca. Pero cuando La Parca viene a buscar a alguien no da explicaciones de sus motivos. Se lleva su alma y adiós.

     La inmensa fortuna de Robert quedaba ahora en su totalidad en manos de su esposa. No habían logrado concebir hijos. Se rumoreaba que ella era estéril y no pudo darle ningún heredero. Pero la verdad en lo referente a este asunto se desconoce. Y lo que se cuenta no son más que las típicas habladurías con que tanto gusta de entretenerse la gente. Tampoco el fallecido contaba con más parientes vivos. Así que Ellen era su única beneficiaria a todos los efectos.

     Pasados unos minutos de las tres de la tarde, los asistentes comenzaron a acercarse a la primera fila y, después de ofrecer el ceremonial pésame y consuelo a la afligida viuda, imponente toda vestida de negro y con una palidez de ultratumba que destacaba sobremanera entre aquellos ropajes oscuros que enmarcaban su rostro como un cuadro gótico. Tal y como mandan los cánones, fueron tomando asiento de forma solemne en los inmaculados bancos de madera pulida de la catedral. Entonces llegó el sacerdote y, ante su imponente presencia, el resto de luces y las numerosas velas y cirios parecieron apagarse y dejar de brillar.

     Con tono ceremonioso, el ministro de la iglesia comenzó el rutinario elogio de los muertos y su semblante lúgubre, acompañado de aquella letanía pesarosa, parecía ascender y descender, subir y bajar, acercarse y retroceder, como el murmullo de las olas meciendo un mar compungido. El fúnebre día parecía oscurecerse más y más a medida que hablaba; una pesada cortina de oscuras nubes ensombreció el cielo y las frías y tristes gotas de lluvia no tardaron en hacer también acto de presencia en el funeral. Era como si el cielo también quisiera llorar la muerte de Robert.

     Tras un discurso casi interminable, el reverendo concluyó la eucaristía con una oración por el alma de los difuntos; se cantó un himno solemne, y los que iban a ocuparse de llevar el féretro a hombros ocuparon sus respectivos lugares junto al mismo. Entonces los apagados sollozos de la viuda se transformaron en compungidos lamentos que inundaron todos los huecos, recorriendo los laterales y arcos de la nave y subiendo hasta la bóveda donde reverberaron de forma lastimera.

     Al tiempo que las últimas notas y compases del himno se extinguían con un eco apagado, Ellen corrió hacia el ataúd, se arrojó sobre el cristal y comenzó a llorar de un modo histérico que heló el corazón a todos los presentes. Un par de monaguillos y varias conocidas suyas intentaron ofrecerle consuelo y darle ánimos, con lo que poco a poco se fue calmando y recobrando la compostura. Mientras el sacerdote la instaba a acompañarla de vuelta a su asiento, los ojos de Ellen buscaron de nuevo el rostro de Robert bajo el cristal. Entonces se llevó las manos a la cara y, dando un alarido de pánico y horror, cayó al suelo perdiendo el conocimiento.

     Como un resorte, los dolientes corrieron hacia el púlpito, precipitándose sobre el féretro. Un trueno retumbó en el exterior, haciendo estremecerse todas las hermosas vidrieras de colores, al mismo tiempo que del órgano de la catedral se escapaban unas lúgubres y desacompasadas notas que ninguna mano visible producía. Todos se quedaron observando el rostro de Robert al tiempo que las campanas del reloj de la torre volvían a tañer en honor de las tres de la tarde, cuando hacía ya casi media hora que habían sonado dando con puntualidad por primera vez dicha hora. Un cuervo negro surgió de entre las sombras y fue a posarse con majestuosidad sobre el altar. Graznó una, dos, tres veces. Seguidamente calló.

     La catedral quedó en silencio. Cuando todos los presentes se volvieron dando la espalda al ataúd, parecían envejecidos, pálidos y moribundos. Un monaguillo, intentando huir horrorizado de aquella visión escalofriante, tropezó con el féretro cayendo al suelo con torpeza. Cuando el sacerdote se acercó a mirar por el cristal, casi se desmaya ante la imagen que allí encontró. El difunto tenía los ojos abiertos, pero su otrora mirada dulce ahora rezumaba ira. Su tibia sonrisa se había evaporado dando paso a un rictus mezcla de odio, rabia y tristeza. Como si hubiera vuelto a respirar, el interior del cristal se había empañado. En la fina capa de vaho que había aparecido, se habían formado tres palabras perfectamente legibles:

   “Ellen me envenenó”.


Juanma - 27 - Octubre - 2016                                                           

martes, 25 de octubre de 2016

EL TRUEQUE

(31 de Octubre del año 1537. Castillo de Leap, Condado de Offaly, Irlanda)


Era ya noche cerrada cuando una enorme aldaba resonó con fuerza tres veces en el interior del castillo. El sirviente miró a su señor, quien permanecía sentado en una butaca de la biblioteca. Este hizo un ademán afirmativo y el criado salió hacia la puerta de acceso al patio de armas. James O'Carroll se levantó tras él. Era alto y fuerte, como todos los de su clan. Sus facciones angulosas daban a su rostro un aspecto severo. Tal era su carácter, frío y autoritario. La mirada gélida de aquellos ojos verdes infundía respeto, cuando no temor. Y los mechones de cabello rojo le caían en cascada por la espalda como ríos de sangre. Otro elemento distintivo de su linaje. Era el lord del castillo y de todas las tierras anexas a este: tal y como lo había sido de sus antepasados desde que los antiguos O'Carroll colocaran sus primeras piedras allá por el año 1250 de nuestro señor.
   Las enormes puertas de entrada chirriaron y se abrieron. Cuatro soldados franquearon el umbral. Portaban a hombros un ataúd poco más grande que el de un niño. Era de madera blanca. Se detuvieron frente a su señor. A un gesto de éste, depositaron el féretro en el suelo. A otra señal de su lord, uno de ellos se adelantó y abrió la tapa con una palanca de hierro. Lord O'Carroll se desmoronó entonces, llorando y balbuceando sobre el cuerpo que allí descansaba.
      —¡Cairenn! ¡Mi bella y adorada Cairenn! —exclamó entre sollozos.
    Lady Cairenn había sido su esposa. Acababa de fallecer dos días antes víctima de unas repentinas y violentas fiebres. Hacía tan solo tres meses que habían contraído matrimonio y James no era capaz de aceptar que aquello hubiera sucedido. Estaba perdidamente enamorado de ella. Le había arrebatado el corazón y la voluntad desde el mismo día en que la conoció, hacía ya dos primaveras. Además, pocos días antes le había dado la noticia de que llevaba el fruto de su semilla creciendo dentro de su vientre. Maldecía a Dios por aquello. Y no estaba dispuesto a acatar sus designios e incomprensibles castigos así como así. ¿Por qué? ¿Por qué a él que le había servido humildemente durante toda su vida? El entierro se había celebrado aquella misma tarde. Señores y nobles, condes y duques de toda Irlanda habían acudido a mostrar sus respetos y condolencias a Lord O'Carroll. Pero nada más marcharse ordenó a cuatro de sus soldados que, en cuanto el sol se hubiera puesto tras las colinas de Offaly, levantaran la tumba y desenterraran el féretro con cuidado de no ser vistos por nadie, y lo llevaran de vuelta al castillo.


Cuando hubo recobrado la compostura, ordenó a los soldados que volvieran a levantar el ataúd y le siguieran. Atravesaron varias salas enormes y otros tantos pasillos cuyas paredes adornaban enormes tapices de imágenes de caza y retratos de todos sus antepasados. A la derecha del último pasillo había una puerta ovalada que abrió con una llave medio oxidada. Tras ella, unas escaleras descendían hacia un piso inferior. Había antorchas colocadas a intervalos regulares a ambos lados, pero aun así la visibilidad era escasa. Las escaleras eran anchas, pero para cuatro hombres con un cargamento a hombros no lo eran tanto, así que descendieron despacio y con extremo cuidado. Tras las escaleras, una sala de la que se bifurcaban varios pasadizos. Siguieron el último de la izquierda. Al final del mismo, otra puerta cerrada con llave y más escaleras hacia las profundidades, esta vez más estrechas. Siguieron el mismo ritual de pasadizos laberínticos y escaleras otros tres niveles más, cada vez más angostos, retorcidos y sinuosos. En total, se habían adentrado cinco pisos en el interior de los subterráneos del castillo. Ninguno de los soldados podía imaginar que bajo sus pies hubiera tantos niveles. Era una construcción de enorme complejidad, pues era casi una misma ciudad de pasadizos y escaleras bajo tierra. Se detuvieron frente a una pequeña poterna. Pensaron que tal vez allí se encontraban las catatumbas o criptas secretas donde el señor quería depositar los restos de su amada esposa, junto a los restos de otros ilustres antepasados. Pero lo que O'Carroll les dijo los dejo confundidos y consternados.
     —Otros soldados han bajado hasta aquí desde siglos pasados. Algunos compañeros vuestros están ahí dentro y otros incluso en niveles inferiores. Pero para vosotros es la primera vez. Habéis prestado juramento de servirme hasta el fin de mis días y de jamás revelar nada de lo que suceda puertas adentro de la fortaleza. Sabéis lo que les ocurre a los que infringen las normas, así que no creo necesario recordáoslo. Esa promesa adquiere más relevancia aquí abajo. Os he escogido a vosotros porque sois cuatro de mis más valientes y leales guerreros. Porque tengo plena confianza en vosotros. Y porque no podía prescindir de ninguno de los soldados que permanecen ahí dentro, y que hasta ahora no conocéis. Pero debía bajar hasta aquí a Lady Cairenn, y yo sólo no podía hacerlo. Así que esta es la importante y secreta misión de la que os hablaba esta tarde. Y de la que obtendréis vuestra debida y generosa recompensa, si todo sale bien.
     »Vamos a cruzar ese umbral —prosiguió James O'Carroll tras una breve pausa—. Sé que sois soldados valientes, curtidos en mil batallas. Sé que habéis visto horrores inimaginables, que habéis participado en misiones cruentas y sanguinarias, que habéis contemplado sucesos espantosos en la guerra. Pero lo que hay tras esa puerta es distinto. Es probable que no estéis preparados. Nadie lo está. Ni siquiera yo, pese a haberme enfrentado a ello en incontables ocasiones. Pase lo que pase, sed fuertes. No os voy a decir que no tengáis miedo, pues yo mismo no puedo evitarlo. Pero no lo mostréis. Si alguien o algo se dirigiese a vosotros, ignoradlo. Dejadme hablar sólo a mí. Si queréis rezar, hacedlo. Pero no os servirá de mucho. Os puedo asegurar que Dios nunca ha cruzado esa puerta».


Lord O'Carroll llamó varias veces, con breves intervalos y distinto número de golpes en cada ocasión. Sin duda era una contraseña. Al momento se oyeron varios cerrojos que se descorrían y una llave que giraba en su cerradura. La poterna se abrió. Tras ella, dos soldados se recortaron sobre el umbral, saludando a su señor. Iban vestidos con la armadura correspondiente: yelmo, cota de malla, sobreveste, escudo,  gruesos guantes, pesadas botas de cuero...  y estaban armados hasta los dientes. Su lord les devolvió el saludo y se apartaron cada uno hacia un lado. Pasó entre ellos y los soldados que portaban el ataúd le siguieron. Entraron en una especie de enorme celda horadada en la tierra. Era más bien una cueva de dimensiones dantescas. Otro soldado abrió una reja oxidada que también atravesaron. Había escasa visibilidad, pero otro oficial estaba encendiendo con una tea algunas antorchas que había dispuestas en las paredes. La luz se fue haciendo en el interior, iluminando la estancia.
     En el lateral más cercano de la galería se fueron definiendo los contornos de dos siluetas. Se encontraban amarradas a la pared con gruesas cadenas y enormes grilletes. Uno era una especie de hombre, por llamarlo de alguna manera. No tenía cabello y en su piel macilenta se mezclaban tonos de cerúleo y gris. De su boca surgían afilados colmillos, como los de una fiera salvaje. Sus ojos eran redondos, su iris verde y su pupila vertical, como la de un gato. Y el cuerpo era puro músculo. Mediría más de dos metros y, por su fuerza y tamaño, podría acabar con todos los soldados que había allí dentro en un santiamén. Por suerte las cadenas y los grilletes eran fuertes y le anclaban sin compasión a la roca de la gruta. Bufó cuando O'Carroll entró en la celda. A su lado había algo parecido a una mujer. Tal vez su compañera. Era algo más pequeña que él, pero aun así de colosal envergadura. Su piel era algo más sonrosada, pero con algunos tonos de verde oscuro y escamas como un lagarto. El pelo lacio y oscuro como el ébano le llegaba hasta las caderas. Y sus ojos… Sus ojos eran la propia ausencia de ellos. Dos pozos negros sin pupila que se perdían en la larga noche de los tiempos. Parecía no ver nada, pero vislumbraba cosas que nadie ha visto ni verá jamás. Rio con ganas cuando todos estuvieron dentro. Era una risa gutural y terrorífica.
     —¡Mors secuta est vobis! —recitó en latín una voz áspera y profunda desde el otro extremo de la galería. Todos se volvieron hacia aquella letanía de ultratumba que dejaba entrever sabiduría, astucia y maldad. La criatura que allí permanecía prisionera era la más aterradora de las tres. De mayor altura incluso que la primera. Y sus colmillos, más largos y afilados. Su piel era oscura, como castigada por eones de tiempo, y agrietada. El cabello le caía en largos mechones irregulares y dispersos a ambos lados del rostro y su amplia espalda. De sus ojos emanaban iridiscencias de rojo, amarillo, verde y negro. Fugaz como un relámpago, una lengua bífida como la de una serpiente se asomó un momento por entre los colmillos para perderse de nuevo en el interior de aquella monstruosa boca. Su aparato genital era masculino, un enorme miembro viril más propio de una bestia que de un hombre, pero como también poseía dos generosos pechos no podría asegurarse con certeza a qué género pertenecía. Los cuatro soldados tragaron saliva y depositaron el féretro en el suelo, tal y como les indicó su señor. Les había dicho que no mostraran temor, pero no pudieron evitarlo. No era miedo, sino un terror gélido que les iba subiendo por la espalda, aferrándose a la nuca y atenazando todos sus músculos. Intercambiaron miradas inquietas entre ellos.
     —Conoce bien la muerte Aquél que se nutre de ella —contestó James O'Carroll a la abominable criatura.
   —¿A cuántos de tus congéneres, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, inocentes o culpables, has arrebatado tú la vida? No puedes esconderte de tus crímenes y horrores.  Tampoco salvarte de tus pecados. No eres mejor que yo. No eres mejor que nosotros. Tan solo somos distintos —El engendro arrastraba despacio las palabras, con un acento metálico y perturbador. Volvió sus ojos para mirar a Lady Cairenn—. ¿Me traes un regalo en ese ataúd? Es hermosa, sin duda. Y muerta, lo es aún más—dijo relamiéndose los labios con aquella monstruosa lengua bífida. Las dos criaturas del otro extremo sisearon también como reptiles. Entonces otro coro de aullidos, rugidos y gritos inhumanos reverberó en toda la estancia. ¿De dónde procedían aquellos nuevos lamentos? Los soldados se encogieron y miraron hacia la dirección de la que parecían provenir. No se fijaron al entrar, pues habían quedado petrificados ante la visión de aquellos seres inmundos. Pero ahora pudieron ver con claridad que de la parte del fondo de la caverna surgía un tenue resplandor. Allí había un agujero protegido con fuertes barrotes de hierro. En su interior se veía el principio de un nuevo tramo de escaleras que descendía hasta otros niveles inferiores. Los gritos lastimeros y desgarradores les helaron la sangre. ¿Era posible que, aún más abajo, hubiera criaturas más atroces y deleznables que aquellas que sus atónitos ojos estaban contemplando?
      —Tu voz les sigue poniendo de mal humor. Y les abre el apetito —dijo el lord con una tímida sonrisa.
     —Sabía que ella iba a morir —replicó la bestia ignorando su comentario y los alaridos de los engendros a los que O'Carroll se refería— ¿Tú no? ¿No escuchaste el lamento de la Banshee la otra madrugada? —Le mostró una mueca grotesca y despiadada— ¿A qué has venido?
     —Vengo a hacer un trueque, Caorthannach —Por primera vez O'Carroll se dirigía al monstruo por lo que parecía ser su nombre. Tras pronunciarlo, las criaturas que moraban más abajo se agitaron aún más y los lamentos desgarradores se convirtieron en demoníacos.
     —No pronuncies mi nombre. No eres digno de hacerlo —Lo fulminó durante unos momentos con una mirada de la que brotaban llamas—. Llevo aquí más de cien años, desde que tu bisabuelo me puso estos grilletes. Él sí que era un gran hombre. Quizá el único por el que he sentido cierto respeto en toda mi larga existencia. Nadie más tuvo el valor de enfrentarse a mí, aunque es cierto que lo hizo con cierta y notable ayuda. Pero eso no le resta valor —Hizo una pausa escrutando la mirada gélida de su oponente—. Vuestro linaje ha ido perdiendo sabiduría y vigor con el paso del tiempo. Ni tu padre fue ni tú serás nunca la mitad de hombre que él. Sí, más de cien años aquí confinado, comiendo los restos de cabras y alimañas que nos traéis, soportando sus alaridos ahí abajo… ¿y ahora, de repente, quieres hacer un trueque? La verdad es que me intriga tu petición. ¿Qué pretendes ofrecer que pueda interesarme? ¿Y qué pides tú a cambio?
     —Su vida por tu libertad —dijo señalando al cuerpo inerme de Lady Cairenn que descansaba en el interior del ataúd. Hubo unos momentos de silencio tras lo cual la bestia estalló en guturales carcajadas. Las otras dos criaturas se unieron a él en un coro enloquecedor. La figura femenina sacó la lengua a uno de los soldados. No era reptiliana como la del otro, pero no por ello menos espantosa. Pese a su apariencia humana, estaba cortada por la mitad, como si la hubieran cercenado en dos mitades con un cuchillo. Cada una de las dos tenía vida independiente de la otra. Mientras una se lamía la mejilla derecha, la mitad izquierda giraba en círculos obscenos. El soldado apartó la mirada a punto de vomitar.
     —¡Vaya, debe de haberte causado una honda impresión! Es cautivadora, lo reconozco. ¿Pero tanto como para llevar a su hombre a cometer una locura semejante? Debe de haberte proporcionado placeres prohibidos y maravillosos para que me pidas algo así. ¡Cuéntame! ¡Háblame de esos placeres!
     —¡Su vida por tu libertad! —repitió Lord O'Carroll de nuevo, esta vez con más firmeza, haciendo caso omiso de las provocaciones.
     —¡No sabes nada de la vida y de la muerte joven O'Carroll! ¡No funciona así! —exclamó Caorthannach hecho una furia— ¡La vida y la muerte no son juegos ni magia barata! ¿A qué crees que estás jugando? ¿Juegas a ser tu Dios?
     —¡Tu libertad! —Volvió a exclamar sin inmutarse ante las palabras de la abominación— Llevas más de un siglo soñando con ella. Puedes obtenerla esta misma noche. ¿No la anhelas? —Le miró a los ojos desafiante— ¡Sé que puedes hacerlo! ¡Lo sé!
     —¡Mi libertad y la de mis hijos! —Afirmó autoritario tras unos momentos de reflexión y silencio, sosteniéndole la mirada, obligándole a evitarla— No me iré de aquí sin ellos. No la tendrás si no me los devuelves…
     —El trueque es tú por ella. Vida por vida, nada más. Es lo que te ofrezco.
     —No estás en situación de imponer condiciones. Cada minuto que pasa será más difícil traerla de vuelta. El tiempo juega en tu contra.
     —Tú tampoco estás en condiciones de negociar. Sigues siendo mi prisionero. Soy yo el que negocia. Te ofrezco tu libertad por algo muy concreto. ¡No hay otro trato! —concluyó.
      —¿Y si me niego? —preguntó Caorthannach sonriendo y volviendo a mostrar su lengua viperina.
     —¡Les ofreceré a tu querida Deargdue a ellos! —la sonrisa del engendro se congeló en sus labios. Sus ojos restallaron látigos de ira y fuego.
      —¡No puedes hacer eso! —gritó.
     —¡Claro que puedo! Están hambrientos y la recibirán de buen grado. Y más tratándose de un bocado tan anhelado, especial y suculento para ellos. Y si su hambre no se sacia del todo con ella, les daré también a tu adorado Faoladh. Y, mientras tanto, tú seguirás pudriéndote aprisionado tras esas cadenas mientras escuchas a tus hijos aullar de dolor y sufrimiento —El hijo aludido se removió en sus grilletes tras ser nombrado. Aulló como una bestia acorralada y las paredes de la cueva se estremecieron. Los soldados se encogieron  y agruparon entre ellos. El pavor se reflejaba en sus semblantes.
     —¿Ves como no eres muy diferente a nosotros? —Le reprochó Caorthannach— Os enorgullecéis hablando de la nobleza humana y despreciando a cualquier otra raza que no sea la vuestra llamándola vil e inmunda. En el fondo sois como cualquier otra, utilizáis toda arma a vuestra disposición, incluso las más deleznables, para satisfacer vuestros deseos y anhelos o lograr los propósitos que perseguís. Dime, ¿quién está siendo ahora cruel y despreciable? Te aprovechas de nuestra situación, me pides algo horrible y maldito a los ojos de los vuestros y me amenazas con el sacrificio de mis hijos si no te satisfago. ¿Y después sales a las puertas de tu castillo y te llamas a ti mismo noble y señor? —Escupió a los pies de Lord O'Carroll  y se irguió cuanto pudo de espaldas a la pared. Su porte era imponente—. ¿Tendrías el valor de pedirme lo mismo sin estas cadenas?
     —Sabes que no —le contestó sin sombra alguna de duda—. Tampoco estaríamos en igualdad de condiciones de hacerlo. Puedo ser cruel. Puedo ser injusto. Puedo ser muchas cosas. Pero no soy estúpido. No te lo repetiré más: su vida por tu libertad.
     —Eres consciente de que si me das la libertad, volveré a buscarlos. De que no cejaré en mi vida hasta que los libere, por muchos hechizos, conjuros y encantamientos que otras criaturas hayan puesto a tus puertas y a estos hierros. No descansaré hasta que los lleve conmigo, extermine a lo que tienes ahí abajo y no quede una sola piedra en pie de tu hogar.
     —Llegados a ese punto, si tengo que enfrentarte como mis antepasados, lo haré. Pero ahora tenemos un trueque que hacer. ¿Qué me dices?—la criatura le sostuvo la mirada unos interminables momentos, y finalmente asintió.
     —¡Lo haré! —exclamó— Pero ya te he dicho que las cosas no funcionan así. Ella no volverá a ser la misma mujer que conociste. No se regresa del más allá sin pagar un precio. Su alma ya ha sido entregada a otros. Volverá sin ella. Lo que encuentres quizá no te agrade demasiado. Pero sí así lo quieres…
     —Con tenerla de vuelta me es suficiente…
     —¡Quítame entonces estas argollas!
     —Si intentas cualquier treta o artimaña, los soldados que hay abajo tienen la orden inmediata de dejar en libertad aquello que más temes. Nosotros moriremos. Pero vosotros también. Y no quieres eso, ¿verdad? A mí, sin ella, la vida me da igual Y mis soldados han jurado morir protegiéndome. Y sé que así lo harán. Pero tú no quieres morir. Y tampoco quieres ver morir a tu descendencia. No llevas milenios caminando sobre la faz de la tierra para desvanecerte de esa forma. Y mucho menos a manos de tu ancestral enemigo. ¡Así que al menor indicio o sospecha de un movimiento amenazante o temerario por tu parte, todos moriremos en este día; aquí y ahora!
    —Los mayores tramposos son los que más temen a las trampas. ¡Bájame de aquí! Te daré lo que me has pedido, y luego me iré por esa puerta. Lo que suceda después con lo que despierte de ese cuerpo, es cosa tuya. ¡Y hoy no, pues dejaré que disfrutes de tu amada… pero volveré!
     —¡Qué así sea! —sentenció. Los dos soldados con armadura que habían permanecido allí custodiando a los cautivos, se acercaron al monstruo a una señal de su lord. Asustados ante la cercanía de aquel ser, asqueados ante el olor nauseabundo que despedía, pero aun así firmes y decididos. Uno a uno, fueron abriendo los grilletes y liberaron las cadenas de sus argollas hasta que al fin quedó libre. Retrocedieron asustados cuando la enorme criatura se puso en pie. Todos echaron mano a la empuñadura de sus espadas, prestos a cualquier movimiento amenazador. Caorthannach se enderezó. Era una criatura esplendida y majestuosa pese a todo lo abominable que había en ella. Crujió uno a uno todos los huesos de su espantoso cuerpo y miró a sus hijos. Les habló en un idioma gutural y desconocido. Ellos asintieron y respondieron algo en la misma lengua. Y, a continuación, se volvió hacia Lord O'Carroll.
     —Te arrepentirás de esto más allá de tu vida y de tu muerte —se acercó al ataúd que descansaba en el suelo. Los soldados se apartaron como si la misma Muerte les hubiera acariciado el rostro. Se agachó sobre el cuerpo sin vida de Lady Cairenn. Inhaló el hedor de la putrefacción. Se deleitó con él. Relamió sus labios con su lengua siseando de placer. Y finalmente, hundió los largos colmillos en su cuello. Chupó su sangre estanca y corrompida. La tragó. Sus ojos brillaron, rojos como ascuas encendidas. Dejó que aquella sangre nueva recorriera todas sus venas y arterias, bombeara desde su corazón y recorriera la enorme complejidad del sistema circulatorio de su cuerpo. Y después, a través de los mismos orificios que había abierto en la piel de la dama, insufló parte de la antigua y legendaria sangre en su interior, como una transfusión, insuflándole vida. Una vida maldita a los ojos de Dios.


Cuando se retiró del cuello de Lady Cairenn, su boca chorreaba sangre. Permaneció de rodillas, contemplando su rostro. James O'Carroll y los soldados se acercaron también a mirar. Atemorizados, pero al mismo tiempo sedientos de curiosidad. No parecía haber ningún cambio en la mujer. Salvo, tal vez, un poco más de color en sus mejillas. Sí, sin duda estaban más sonrosadas. Entonces, la sangre nueva de aquel ser llegó a su corazón y este volvió a la vida. Primero entre estertores y latidos débiles y arrítmicos. Pero, poco a poco, fueron ganando en fuerza y ritmo hasta que se estabilizaron. El aire volvió a sus pulmones y, milagrosamente, volvió a respirar. En esos momentos abrió los ojos. Los soldados ahogaron gritos de horror y espanto, de sorpresa y alegría. Su señor se arrodilló junto a su amada, tomándola de las manos.
     —¡Mi señora! ¡Estáis viva! —exclamó entre sollozos— ¿Podéis escucharme? — Lady Cairenn miraba a su alrededor confundida, como un bebé recién nacido que no comprendiera nada de aquel mundo nuevo que se mostraba ante él.
     —Acaba de regresar del vacío y la oscuridad —explicó el ser—. Ha perdido su alma. Y carece por completo de recuerdos. No se acuerda de vos ni de nada de su vida anterior. Ya os lo advertí. No volveréis a recuperar a la mujer que se fue. Tendréis que enseñarle todo de nuevo. Y aprenderá despacio, mucho más lentamente que un niño. Aun así, dudo mucho de que sea capaz de volver a amar. Ni a vos ni a nadie. No obstante, es lo que queríais. Y ahí la tenéis. He cumplido mi parte. Os toca hacer lo mismo con la vuestra.
     —Como os prometí, sois libre —le contestó incorporándose—. Ninguna cadena os retiene. Conocéis el castillo tan bien como yo. Incluso mejor. Así que creo que seréis capaz de hallar la salida sin que os acompañe hasta la puerta. Salid ahora que la noche aún os ampara.
     —¡Volveré O'Carroll! ¡Y entonces lamentarás haberme tenido cautivo! ¡Y lamentarás todavía más haberme liberado!
     Dio media vuelta y pasó entre los soldados. Siseó y estos se encogieron asustados como un roedor ante una serpiente. La bestia se rio. Carcajadas que parecían lamentos. Era cualquier cosa menos el sonido de una risa de este mundo. Se agachó para pasar por la oquedad de la celda. Abrió la puerta de la galería y se perdió escaleras arriba. Claro que conocía la salida. Se sabía de memoria aquellos pasadizos y galerías. Llevaban allí desde milenios antes de que unos antiguos humanos, más sabios que los de ahora, decidieran construir allí un castillo para aprovechar las energías telúricas que emanaban de aquel enclave. Querían aprovechar su magia y su poder. Pero no contaban con los numerosos seres que habitaban en las profundidades y a los que despertaron de un antiguo letargo.
     Cuando salió a la noche, los lobos aullaron. No era un saludo. Gemían de miedo. Los búhos y las lechuzas se encogieron en sus ramas. Los cuervos escondieron su cabeza bajo las alas y los murciélagos regresaron a sus cuevas. Toda criatura viviente se alejó de su camino. Sólo un reptil, que salió de entre unas piedras, se alegró de escuchar sus pasos. Trepó por sus piernas y se enroscó en torno a su pecho. Era una serpiente roja y negra de dos cabezas. Las dos sisearon al mismo tiempo. Caminó ladera abajo. Las hierbas y plantas que pisaba se secaban a su paso. Cruzó un arroyo cuyas aguas humearon e hirvieron. La luna se escondió tras una nube. Y su silueta se fue perdiendo en la distancia…
     

Mientras tanto, en el subterráneo del castillo, James O'Carroll había recobrado el aplomo y la compostura. Había ordenado a dos de sus soldados que subieran a Lady Cairenn a sus aposentos y que, a su vez, diesen órdenes a sus sirvientas de que la bañaran, alimentasen y metieran en la cama sin hacer preguntas. Él permaneció un rato allí, dando instrucciones a los guardias que debían quedarse a custodiar a Deargdue y Faoladh. A continuación, se dispuso a abandonar la enorme caverna, acompañado de los otros dos soldados que habían bajado con él. El de mayor graduación se detuvo y le preguntó a su señor.
     —Mi Lord, ¿qué otras criaturas son las que moran más abajo? — O'Carroll lo miró con tristeza. Una nube de aprensión y dolor cruzó su rostro. Le puso una mano en el hombro a su capitán.
    —Mejor no quieras saberlo —Dio media vuelta y se encaminó escaleras arriba. En su dormitorio le esperaba su amada Cairenn. Añoraba su feliz reencuentro, ignorante aún de que Caorthannach, finalmente, sí le había engañado. No le había devuelto a su esposa, la había transformado en una criatura de su raza. Ella se encargaría de prepararle el majestuoso y triunfal regreso a su antiguo hogar.
  

Juanma - Septiembre - 2015






sábado, 22 de octubre de 2016

DESEOS

No perder el camino, ni el fuego, ni sus sombras ondulantes. 
No olvidar el mar, el río, las montañas y la tierra.
Enamorarnos.
Que siempre haya mapas y tinta y libros de papel.
Detener las máquinas para contemplar el firmamento.
Seguir aprendiendo. Aprehendiendo.
Barrer la monotonía de las calles.
Que, si me olvido, me enseñes de nuevo a soñar.
 Vaciar de enfermos los hospitales.
Y de crímenes las calles.
Escuchar la quietud del día mientras nace.
 Abrazarnos en esa hora en que la luz y el tiempo son etéreos.
Construir una góndola y navegar por los canales de los versos en las noches de poesía.
La ternura en los labios, en los besos.
Dibujar sonrisas en los paisajes tristes.
Curar de dolor el amor.
Una canción desconcertante de sensaciones.
Seguir sorprendiendo.
La música.
Tu risa.
Pasatiempos en la nubes.
Cruzar de tu mano el umbral de Fantasía.
Pintar miles de soles para borrar todas las sombras.
Que siempre haya magia en las dibujos de los niños.
Aullar a la luna llena.
Recorrernos la piel y las venas.
El primer llanto al nacer de los días tímidos.
Que siempre quede un remanso que alivie los desencantos.
Empaparnos del estremecimiento de unos ojos bohemios.
Que te quedes para siempre.
Atesorar el tiempo intangible entre las manos
Un pincel rebosante de colores y los bolsillos... de ilusiones.
La inocencia.
Ninguna lágrima en los ojos de los niños.
Atardeceres tranquilos.
Salas de espera vacías y corazones llenos.
Que me perdones los errores y los horrores.
El génesis naciendo de cada orgasmo.
Las aulas siempre abiertas y llenas de alegría, vino y filosofía.
Dejarnos llevar.
Cerrar los ojos y señalar un punto en un mapa al azar.
Baudelaire en todos los discursos e investigaciones.
Maestros y alumnos jugando juntos en los recreos.
El arte.
Esas noches soleadas y esos días bajo la luna.
Y las estrellas.


 Que siempre lluevan tardes de verano en la tenue luz de las alcobas.
Arroparnos las entrañas.
Ser tan solo culpables de no tener ninguna culpa.
Que los miedos sean fugaces.
Poder volar en pajaritas de papel.
Envolverme en papel de regalo para ti.
La extinción de las guerras y las cárceles y los zoológicos.
Miguel Ángel esculpiendo las formas de las ilusiones.
El interior de Lothlórien en tu mirada.
 Hacer de la razón nuestra locura.
La crucifixión de todos los sistemas, de todas las leyes, de todos los gobiernos.
Dormir siempre con un libro bajo la almohada.
Y con tu cuerpo entre mis brazos.
Tener siempre un alma que acariciar.
Un corazón que cuidar.
Un amor que alimentar.
La paz en todo y en todos.
Que las canciones y la poesía suenen en cada rincón del Universo.
No enfermar nunca, salvo de pasión.
Escribir relatos a la luz de las velas, velando, desvelando y revelando nuevas letras.
Finales felices en todos los diagnósticos.
Un viaje. Todos los viajes posibles.
Que la suerte sea buena para los pobres y afligidos.
Miríadas de rayos de luz en los tejados del mundo.
Oler la dulzura de las plantaciones de vainilla.
Abrigar el ánimo y el desamparo.
Un alma. Todas las personas.
Mecernos en los columpios cuando nadie nos vea.
Una pandemia universal de libertad.
Dormir bajo el cielo raso
Contar sus estrellas.
 Hacer manitas en cualquier sala de cine.
Un escondite mágico en cada lienzo y cada cuadro.
Una mirada extasiada plena de felices sentimientos.
Tejernos un jersey para el invierno con los hilos del arco iris.
Tumbarnos boca arriba mientras el día pinta amaneceres en el techo.
Un sinfín de mundos sin fronteras.
Y que siempre, en cualquier lugar, en todos los lugares, haya alguien que sueñe, que cuide, que cure, que proteja, que escuche, que cante, que baile, que enseñe, que construya, que invente, que entusiasme, 
que acaricie, que acompañe, que ría... y que ame.


Juanma - 22 - Octubre - 2016