viernes, 24 de julio de 2015

LOS COÁGULOS DEL TIEMPO

¡Qué complicado resulta respirar
en esta era tecnológica sin alma
ni recuerdos...!
Cambiar los mapas por prisiones,
los sueños por pesadillas,
la eternidad por un suspiro
en la frontera del abismo.
Los regalos por anhelos,
el otoño por el sueño de una noche de verano,
los mariposas en el estómago
por un atardecer en el hueco de tu ombligo.

¡Qué complicado es ocultar las huellas,
crucificar el aroma de la juventud como si fuese
un jodido mandamiento...!
Hacer guardia noches enteras
esperando a que se abracen los muñequitos del semáforo
sin recompensa.
Es triste vivir fuera de la música de los discos,
lejos de las aventuras de los libros
y de las madrugadas libres y salvajes,
no poder (ni saber) quedarse a dormir
en el tejado de las canciones.
Desdicha es que el tiempo a tu lado sea limitado,
felicidad convertir tu pelo y tu piel en un templo
o un parapeto contra las flechas
de los coágulos del tiempo.

Tristeza es tomarse la última al amanecer,
querer conservar tu corazón en ámbar,
o como una flor deshojada y cosida
con fuego al infierno de mis entrañas.
Querer y no poder encontrarnos por dentro,
tener que escapar del bullicio,
las sonrisas enclaustradas,
que los sábados se deshagan
como jirones de niebla,
o el canto de hermosas sirenas
que habitaban en islas
más allá del último confín de tu espalda.

Dejar atrás nuestra infancia es
acercarse a bailar con la muerte,
aunque a veces consigamos regresar a ella
con un aroma o alguna canción
y un vaivén de poesía entre las pestañas.
Por un momento
volvíamos a ser niños para la eternidad
y yo notaba un escalofrío
en la nuca
y un vértigo tatuado
en la piel del alma.

Llevamos el miedo en la mirada
como una cicatriz,
un algoritmo,
o el aullido
de la libertad
de los niños que fuimos,
de los años sin calendarios ni relojes,
de las ilusiones que dormían
agazapadas en los laberintos
del corazón..


Juanma - 24 - Julio - 2015                                                                  

viernes, 17 de julio de 2015

NOCHES DE INSOMNIO

Siento nostalgia de aquellos mágicos desayunos en blanco y negro de nuestra adolescencia. El trigo dorado de los verdes campos ahora en las tostadas de nuestra mesa. Mientras tanto, se nos había quedado Junio enredado en el pelo, trenzado entre las pestañas. Azul oscuro casi negro era el color de los fantasmas que se acercaban a visitarnos, monstruos envidiosos y celosos del elixir de la felicidad alrededor de la hoguera de la madrugada. Extrañas y efímeras materializaciones del infierno de nuestros recuerdos. Y, pese a que nadie nos creía, eran tan ciertos como el trigo y las tostadas. No eran neblinosas presencias como dibujos animados surgidos del exceso de cerveza y marihuana. Podíamos tocarlos. Acariciarlos con la punta de los dedos. Aullaban nuestros terrores más profundos desde el corazón de nuestras médulas bajo la gélida bóveda de las constelaciones. Y, por cierto, hablando de estrellas y luces en el firmamento, siempre decía Venus, muy dulce y suave: “voy titilando entre ellas”. ¡Y por supuesto que titilaba! La fortuna era un aguijón de hermosa locura, de néctar venenoso trazando una perfecta bisectriz en los huecos del viento. Sobrellevábamos la desgana de deshojar las margaritas del futuro como unos hermosos kamikazes desafiando la eternidad del tiempo, una falsa moneda de dos caras y tres cruces desafiando la gravedad de las almas. Almas rebeldes esnifando el sonido de las arpas. Y afirmábamos que nos dolían las ojeras cuando bien sabíamos que las ojeras no duelen. Lo que nos dolía era su peso. Y los pensamientos. ¡Ésos sí que dolían! Porque éramos adictos a decir idioteces posmodernas para rellenar aquellos incómodos silencios que surgían cuando las palabras parecían haberse marchado de vacaciones. Nuestras cabezas albergaban más aire que el interior de un globo. Nos giraban las pupilas de tanto cielo, de demasiado firmamento, de infinito azul. Y nos temblaban las pestañas por culpa de la desafinada melodía de la luna llena y su risa más glacial que todos los inviernos del mundo juntos. Así que sí, siento nostalgia de aquellos mágicos desayunos y de todo lo que, tras ellos, nos deparaba el largo día...


                                                                       * * *


Hubiese sido maravilloso poder quedarnos a habitar, o como poco a acampar, un fin de semana dentro de nuestros sueños. Poder regalar todos los viejos tesoros que ya no cabían en los cofres de nuestras venas, o las excusas imperfectas inventadas en momentos imperfectos; subastar la tristeza, la pereza, la mala vida, los marchitos momentos caducados de una juventud ya cicatrizada de arañazos; vender la felicidad, el alma, la inocencia, la risa, y las últimas puestas de sol de los veranos; y los helados de formas y sabores y colores, y los gintonics fríos; recordar aquellos sujetadores que no aprendíamos a desabrochar a la primera, y las sonrisas traviesas, y las pupilas enamoradas, y los besos que no nos atrevíamos a dar ni a la segunda, y las medianoches a medio acabar sin estrenar, y los pinchos y las cervezas a pie de playa, y los bañadores horteras de colores horteras que siempre llevaban gentes horteras; dar rienda suelta al corazón que desafiaba al futuro y al destino con emociones cada vez más fuertes, recuerdos del anoche y del ayer desde su guarida secreta en nuestro corazón; todo, absoluta y definitivamente todo, la música, las barbacoas, el agua salada, las facturas sin pagar, el viento, las bicicletas, los orgasmos, las cintas de cassete rebobinadas con un gastado bic sin tinta, y aquellas viejas y encantadoras salas de cine con antipático acomodador de gesto huraño, el olor a pescaíto frito, o a un perfume nuevo, el salitre en la piel; todo el infinito por permanecer tan sólo otro efímero instante más allí y en aquel momento; acampados, vivos, queridos, renovados, añorados, especiales... volviendo a ser etéreos y únicos y maravillosos entre los acordes renacidos y las voces resucitadas. De aquellas canciones de nuestros sueños...


                                                                       * * *


Algunas veces olvido muchas más cosas de las que recuerdo. Y a estas alturas del largometraje, eso puede ser un virus mortal mutando dentro del cuerpo. Y a veces es al contrario. De repente, se me viene encima un alud ingente de imágenes eclosionando ladera abajo de la montaña de mis recuerdos. Flashes, fotografías, diapositivas que, a trasluz del hipotálamo, moldean y distorsionan a su antojo la realidad de los colores que alguna vez desfilaron por la pasarela de mi retina; y todo es verde, azul, amarillo, sepia y gris. Tonalidades gastadas y marchitas de tanto usarlas.


                                                                       * * *


¿Recuerdas cuando todas las noches eran una revolución en las calles, una vieja herida supurando olas y espuma en nuestro alma indomable? Éramos conscientes de que no teníamos alas, pero casi sabíamos volar. Aquel extraño mundo que se tornaba indómito y salvaje cuando llegaba la madrugada y subía la marea... y los buenos tragos y los valientes amigos aderezaban la melodía que atesorábamos dentro. Aquello había sucedido desde siempre, pero no lo sabíamos... ¿y cómo demonios lo íbamos a saber? Todavía no se había agrandado, ni siquiera producido, la enorme grieta superpuesta entre los mundos, los continuos y delirantes déjà-vu alucinados ni el incontrolable temblor en las manos y en el tiempo. Jugábamos a músicos y compositores conscientes de que no éramos nosotros, sino el viento, el que hacía el amor a nuestras trompetas. Y que su hermosa y bella melodía, citando a Keats, era incluso más dulce cuando no se oía, como el canto de las sirenas, y que hechizaba a los marineros, embriagaba a los caminantes y cortejaba sin reparo ni timidez las medias sonrisas de la luna. ¿Recuerdas aquellos grandes milagros de las pequeñas cosas? Esos nunca se vendieron en las tiendas...


                                                                        * * *


Por mucho que los médicos lo afirmen, yo sé bien que los fármacos apenas sirven para mucho. Desde luego, no tras los conjuros, las oraciones, las pócimas o el fabuloso aullido de los lobos amarrados al bosque del invierno. La melancolía más profunda del mundo es un corazón latiendo entre tus sienes. Pero siempre es lo mismo... ¿qué van a decir ellos? ¡Ellos, que nunca acaban de entender, quizá porque ni han empezado a hacerlo, que el alma del universo no puede medirse en gramos, metros, minutos o porciones!. Esas mentes de miras tan estrechas que jamás se atreven a pisar el maravilloso borde del círculo frente a ellos, pese a que ellos mismos lo hayan trazado infinitas veces con la tiza de sus dogmas, mantras y lecciones. 


                                                                       * * *


Pepito Grillo siempre me decía, mientras se liaba otro porro o abría una lata de cerveza ya caliente por los vaivenes de la conciencia, que el tiempo se puede disecar. Yo me reía a carcajadas y le decía que no fumase más marihuana Pero poco rato después, cuando pensaba que quizá pudiera estar perdiéndome algo importante, le preguntaba: "¿A qué te refieres? ¿Es como coger una fotografía y meterla dentro del congelador?" Entonces era él quien se desternillaba de risa. "¡No, inútil, así no! En ese caso nunca dejarías de imaginar, soñar y pensar en ese congelador, en esa bella sonrisa femenina de la foto que ahora se está cubriendo con una capa de hielo, o en tu felicidad al lado de esa chica fragmentándose en cristales de nieve. Terminarías por congelarte tú mismo o mudándote a vivir al frigorífico para vigilar de reojo si tu pasado se escapa por alguna grieta. El tiempo es una especie de péndulo enorme que oscila sin cesar suspendido en los hombros del Universo, un travieso reloj de cuco que todos y cada uno de nosotros lleva en la puerta de su corazón. Si decides colgarte de él, es probable que te caigas. Y también es posible que no. Depende de como agarres tu tiempo. Ten por seguro que nadie quiere caerse, pero la mayoría termina por romperse el cuello".


                                                                       * * *


Cae la tarde y se pone el sol, tambaleante y de color óxido, en las afueras de un día cualquiera de cualquier ciudad. Caen con él dos primaveras y un deseo y un quizá como si fuesen telones desgarrados y descoloridos por detrás de los tejados humeantes de las fábricas. A pocos metros de allí, una muchacha tose con fuerza en un lavabo sucio y solitario porque el amor hace que le pique a horrores la garganta, y la luna llena de la noche que se aproxima es un Cupido cazador experto y sin escrúpulos. Mientras tanto, un tembloroso anciano hojea, melancólico, un periódico amarillento de hace siete vidas, setenta años o la mismísima eternidad. Varios infartos, en distintos hospitales, apagan la llama de respectivas vidas sin hacer ruido, como pistolas con silenciador, un alegre mimo sonríe por placer y por querer y por inercia tras su inmaculada pintura blanca, bajo el mismo perpetuo silencio callejero que llena a medianoche un cuarteto de saxofonistas tiñendo las calles de partituras y acordes de jazz. En uno de los breves descansos en que la música cesa, un suicida se lanza a volar al vacío desde uno de esos malditos y enormes rascacielos que tapan la mitad de las estrellas del firmamento, una tienda de "tenemos cualquier cosa que no sirve para nada" baja al fin su persiana y un huraño adolescente, de rostro surcado de nostalgia y acné, garabatea en el interior de un cine su firma en el asiento de delante como si de su primer contrato remunerado se tratase. Y al ritmo de su firma, su padre, en el otro extremo de la ciudad, que viene a ser como el otro extremo del mundo, se limpia los restos de desesperanza y olvido de la camisa y baja a beber un trago, o dos o tres, al bar de abajo, al tiempo que su madre se ducha, pero sin conseguir que el agua disipe las lágrimas de fuera, o siquiera las tristezas y desilusiones de dentro. Y en la esquina de la calle de abajo, al lado mismo del bar, cuatro amigas sonríen al flash de una foto y tal vez al futuro, y una florista con gesto de pesadumbre y cansancio termina su último ramo de la tarde y la semana, se levanta de su mesa de trabajo, pone el cartel de cerrado a su tienda y se pregunta, un día más, por qué coño las flores no vivirán para siempre igual que las añoranzas.


                                                                       * * *


No sé muy bien por qué, pero desde niño me han gustado mucho todas las formas trapezoides, sin terminar, del Universo. Y los triángulos escalenos y obtusos. Y las formas obscenas de tan bellas. Quizá, de forma inconsciente, haya sido una forma de definir mi oposición a ciertas cosas... o tal vez de exteriorizar mi rebeldía. Todos mis vicios, mis gustos y aficiones opuestos a mi educación obligatoria. Mi capacidad analítica podría ser cuantificada, dentro del subsuelo, como bajo mínimos. Algunos de mis profesores nunca entendieron la naturaleza embriagadora, liberadora y enriquecedora de los viajes, por no decir galimatías, en forma de versos de mi mente. Es posible que, sin saberlo, anduviese escudriñando o merodeando por aquellos pequeños precipicios ausentes de significado cuando me topase de bruces con la luna llena a lo lejos, y me sintiese como un lobo en celo, al tiempo que exhalaba bocanadas de humo con olor a Lord Byron o William Blake. Y el alma más revuelta que un puzle. A menudo observaba cómo mi memoria se fragmentaba en piezas de mosaico de colores violentos, vaporosos o translúcidos. Y era extraño comprobar que te reñían por querer alcanzar siempre las cotas o simas más elevadas o profundas del escepticismo. Así que me gustaba contestar a las preguntas con otras preguntas. Eso siempre daba resultado; sacaba de quicio al rival. Las preguntas son mariposas que vuelan en libertad hasta que se multiplican y siguen volando. La mirada interrogante, al acecho; varias luciérnagas encerradas dentro de una urna de cristal en una habitación a oscuras; la eternidad de lo efímero; Bob Dylan, Billie Holiday, Jim Morrison, Elvis Presley Janis Joplin... Tal vez todo fue resultado y consecuencia de atiborrar con vodka a un duende de la ciudad hasta dejar su garganta como un desfiladero, con afán de comprobar hasta dónde llegaban los acantilados del mundo. Algo parecido. O, quizá, todo lo contrario. Después de caminar hacia ninguna parte durante bastante tiempo, ya no te interesan demasiado los senderos que acaban en algún lugar...


Juanma - Julio - 2015                                                                                  

viernes, 10 de julio de 2015

VÍA CRUCIS

Despertó sobresaltado. No sabía dónde estaba. Intentó incorporarse, pero algo se lo impedía. No podía moverse. No podía ver. No podía hablar… ¡Señor, ayúdame!, suplicó para sus adentros. Tenía los sentidos embotados y un terrible dolor de cabeza, como si hubiera bebido demasiado. Era incapaz de pensar con claridad pero, tras aquellos primeros minutos de confusión, fue haciéndose una idea más precisa de su situación. Estaba tumbado en alguna especie de camastro y atado de pies y manos. Tenía los brazos levantados y entumecidos. Tanteó con los dedos y notó el frío de unos barrotes de hierro: el cabecero de alguna cama. Le habían vendado los ojos, por eso no conseguía ver nada. Y estaba también amordazado, de ahí que no pudiera articular palabra. ¿Dónde estoy?... El trapo maloliente que tenía metido en la boca le impedía gritar, pero gruñó con todas sus fuerzas intentando que alguien le escuchara. El esfuerzo le hizo gemir, esta vez de dolor, pues la garganta le dolía como si le hubieran incrustado en ella miríadas de afilados cristales.
     —Vaya, por fin ha vuelto en sí… —Una voz surgió unos metros a su izquierda. Tras ella, unos pasos lentos que se acercaban. Unas manos tanteando en su cabeza, quitando la venda que cubría sus ojos. Pese a que en la estancia había escasa iluminación, tuvo que cerrar los ojos ante el primer fogonazo de luz. Después los fue entreabriendo con cuidado, hasta que la imagen borrosa que tenía frente a él se fue tornando nítida como una fotografía.
     —Ya estaba pensando en despertarle —continuó hablando aquella voz de hombre—. Se nos echa el Jueves Santo encima y queda mucho trabajo por hacer. Supongo que tendrá muchas preguntas rondando por su cabeza. Tranquilo, se las iré respondiendo a su debido momento. Los efectos de la droga sin duda le tendrán aún confuso y aturdido.
     Por fin pudo enfocar a la figura que se escondía detrás de aquella voz. Un hombre moreno, de ojos oscuros y barba de varios días. Le sonaba aquel rostro, conocía de algo a aquella persona… pero no lograba situarlo en su vida. Había hablado de drogas… Claro, por eso no podía pensar con claridad. No lograba recordar... Recorrió la habitación con la mirada. Paredes de piedra, una pequeña bombilla en el techo y otra luz, de alguna lámpara, en un rincón. Herramientas colgadas de las paredes y una mesa de trabajo llena de utensilios. Olía a humedad… y tabaco. Debía encontrarse en un sótano o algún otro sitio parecido. Qué hacía allí y cómo y cuándo había llegado, era algo que no conseguía recordar. Su último recuerdo estaba fragmentado como un puzle, pero las piezas le situaban en su parroquia, rezando como de costumbre. O puede que bebiendo, como últimamente.
     —Padre Paco, ¿verdad? —El hombre volvió a hablar. Sí, Francisco era su nombre. Y Padre Paco era como le llamaban todos sus feligreses. Eso sí lo recordaba. Movió la cabeza en un gesto afirmativo— Esta mañana ha despertado dos veces y, como no cesaba de gritar, me vi obligado a ponerle esa mordaza. No porque pudiera oírle nadie, estamos a más de treinta kilómetros de la población más cercana. Pero sus alaridos eran un tanto molestos, por así decirlo, y no dejaban que me concentrara en mi trabajo. Tiene la garganta hinchada… supongo que le duele a horrores. No debería preocuparse por eso. Dentro de poco ése será el menor de sus dolores…
     Se acercó hasta él. Gimió pensando que iba a hacerle daño. Pero tan sólo le desató la mordaza. Cuando se vio libre, suspiró e inhaló todo el aire que pudo con la boca, llenando sus pulmones. Aquello le laceró de nuevo la garganta, pero era una liberación.
     —¿Quién es… usted?... ¿Qué… hago aquí? —logró balbucir entre jadeos.
     —No se esfuerce en hablar. Ya se lo cuento yo todo —Cogió una silla que tenía a sus espaldas y se sentó a su lado—. No soy nadie… Nadie en particular. Quizá le suene mi cara de haberme visto últimamente en su iglesia. No soy creyente, pero hasta he tomado la comunión unas cuantas veces. Puede que me recuerde por eso. Si le digo que estoy aquí por Sergio, por Álvaro o por David… tal vez recuerde algo más. O no. Tal vez esos nombres no le digan nada y sean sólo algunos más entre tantos otros. Pero si le digo que son parte de los monaguillos que iban a su diócesis y algunos de los menores de los que usted abusó, es posible que su memoria se vuelva más nítida y cristalina…
     —¡Eso no es cierto!¡Son todo viles mentiras! —El párroco le interrumpió, protestando con una energía renovada de la que hace unos momentos adolecía. Empezó a gritar con todas sus fuerzas, ignorando la agonía que sus gritos le producía.
     —Creía que íbamos a tener una conversación civilizada, pero como veo que no va a ser posible… —Volvió a ponerle la mordaza y cesaron los improperios— Sí, Sergio, Álvaro, David… Tres de los cinco niños que reconocen haber sufrido abusos por su parte. Sin contar los que, por miedo a las consecuencias, no se atrevan a abrir la boca. Esos niños padecen un trauma desde entonces; no quieren salir, apenas hablan, han dejado de sonreír… Ha destrozado sus infancias y la existencia de sus padres; y seguro que arrastrarán esas secuelas de por vida. La Iglesia le ha cesado de sus funciones y hay un juicio pendiente contra usted. Pero ya sabemos cómo funciona la justicia, así que he decidido tomarla por mi mano. Alguien debe hacerlo.
     —Desde que salieron a la luz los hechos, he estado investigando —continuó después de hacer una pausa para aflojarle un poco las correas que le tenían atado a la cama—. Llevo semanas hablando con Pedro, uno de sus ayudantes. Le costó, pero al final me reconoció que, desde pequeño, también abusó de él y de otros chicos. Así que su degeneración viene de lejos, ¿eh? El muchacho nunca lo contó por miedo a usted, a Dios y a las sandeces sobre la culpa y el pecado que metía en su inocente cabeza. Pero aunque sigue teniendo un trauma por aquellas vejaciones, parece que se ha liberado al poder contárselo a alguien. Fue él quien me ayudó, vertiendo la droga en el vino de misa que sigue usted bebiendo a raudales. ¿Tal vez para olvidar?... Me contó que, pese a estar suspendido de sus funciones, el arzobispado le permite seguir viviendo de momento en la misma casa parroquial que hay adosada a la iglesia. Casa de la que, gracias a Dios, Pedro también tiene llave. Así que, cerca de la medianoche, comprobó que había estado bebiendo como de costumbre y que la droga había hecho su efecto dejándole fuera de combate. Me llamó y después me ayudó a meterlo en el coche y traerlo hasta aquí. Es una casita que tengo en una finca en el campo, a mucha distancia de cualquier sitio civilizado. Ideal para pasar la Semana Santa en comunión. Pedro está arriba, durmiendo. Después me tendrá que volver a ayudar. Yo he pasado toda la mañana ultimando mi trabajo. ¿Quiere ver de qué se trata? Seguro que arde en deseos de saberlo… —se encaminó hasta el fondo de la estancia, y allí se agachó para levantar un pesado objeto del suelo. Eran dos grandes tablones, uno en vertical y el otro en horizontal, unidos entre sí y formando… ¡Una cruz de madera!
     “¡Santo Cristo!”, pensó el cura. Una expresión muy apropiada, no cabía duda.
     —La he terminado esta mañana. Justo a tiempo… Se me ocurrió la semana pasada. Podría decirse que tuve una inspiración divina. ¿Usted ha tenido alguna? ¿O sólo le hablaba su Dios para decirle que violara niños? A lo que iba… tuve una inspiración. Pensé que, siendo Semana Santa, no habría fecha más idónea para llevar a cabo mi acto de fe. Aunque más bien podría decirse que es la venganza de todos esos niños y sus padres. ¡Qué fecha tan adecuada para que el siervo pecador de Dios haga penitencia y acepte el castigo divino como redención de sus pecados! Lo que tenía pensado era algo bastante más rápido y sencillo. Esto necesitaba trabajo y elaboración, era un plan más complejo. Pero cuando visualicé la imagen en mi mente, supe que debía hacerlo, que era justo el tipo de justicia que usted necesitaba. Y me puse manos a la obra. Los caminos del Señor son inescrutables…
     Apoyó la cruz en la pared para que el párroco la pudiera contemplar en toda su grandeza y esplendor. Incluso había colocado una inscripción en la parte superior del madero. Había sustituido las palabras latinas Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, el típico acrónimo cristiano INRI, por PACO. No quedaba igual de bello, pero era un detalle.
     —¿Verdad que es hermosa? Me ha costado trabajo, no crea. Y aún queda. Ahora tengo que anclarla a la pared para que no se mueva cuando lo crucifique… ¿Por qué abre tanto los ojos? ¿Acaso se extraña? —El sacerdote se había quedado lívido como una máscara de porcelana y temblaba de pies a cabeza. No podía creer lo que oía. Aquel hombre estaba loco. Debía tratarse de una broma. Tan sólo quería asustarle un poco. Y él estaba dispuesto a redimirse— Pero si está temblando… ¿Para qué creía que era la cruz? Mejor dicho, ¿para quién? Si hasta lleva inscrito su nombre… Venga, hay que apresurarse. Sólo quedan cuatro horas para el momento en que crucificaron a Jesús. Y aún tengo que flagelarle…
     El párroco se desmayó.

                                                                                   ***

Esta vez le despertaron unos golpes. Abrió los ojos con pereza, como si no estuviera seguro de querer ver lo que éstos iban a mostrarle. Pero se encontró tumbado boca abajo, con la cabeza ladeada hacia la izquierda, justo donde se encontraba su captor. Se afanaba en hundir unos enormes clavos en la madera de aquella cruz. ¡Jesucristo, entonces no lo había soñado! Allí seguía aquel tarado preparando su crucifixión. ¡No podía ser cierto!
     —¡Ya está! —Se volvió hacia él— Siento si le han despertado los golpes, pero tenía que terminar su cruz a tiempo. ¿Le gusta cómo ha quedado todo? Ya sé que no es el Gólgota, pero espero que no le disguste. Tampoco he encontrado ningún Sanedrín para que le juzgue, pero yo hago las veces de Poncio Pilato y he decidido que de esta no le salva ni Dios. Podríamos decir que su alumno Pedro representa el papel de Judas y le ha traicionado. Pero después de todo lo que le hizo en su adolescencia, convendrá usted conmigo en que está en todo su derecho de guardarle algún rencor. Y si Pedro quiere hacer su propio papel de Pedro, creo que estaría dispuesto a renegar de usted tres y las veces que hagan falta. Así que todo marcha según los Evangelios… ¿Preparado?
     El sacerdote gimió. Intentó decir algo, pero la mordaza se lo impedía. Aquel monstruo se acercaba hacia él, agitando un látigo en la mano. Se le erizó el vello de todo el cuerpo. Era un látigo como el que, según las santas escrituras, se usaba para la flagelación en las prácticas romanas. A la pieza principal había añadidas varias tiras de cuero trenzadas entre sí, de distintos grosores y longitudes, que llevaban atadas a intervalos irregulares pequeñas bolas de hierro y lo que le parecieron cristales afilados. “¡Señor, sálvame! ¡Apiádate de mí, te lo ruego!”, empezó a rezar todas las oraciones y padrenuestros que recordaba. Antes de empezar su purificación, el verdugo le quitó la mordaza al reo para que pudiera hablar.
     —¡Por favor, no lo haga! ¡Se lo suplico, por favor!...
     —No hace falta que intente redimirse ahora. En su martirio está su salvación. ¡Y no llore; Jesús no lo hizo! Me dirá que no quería hacer todo aquello, que la carne es débil… Vamos a comprobar cómo de débil es su carne —Restalló el látigo en el aire y azotó la espalda del cura con violencia. El sacerdote profirió un grito espantoso. Las tiras de cuero rajaron la piel y los tejidos subcutáneos y las bolas de hierro se hundieron en la carne. La sangre manó de las heridas. El segundo latigazo le hizo aullar. Para el octavo tan sólo gemía. Las profundas heridas llegaban ya hasta los músculos, que se iban convirtiendo en amasijos de carne desgarrada. En algunos puntos se veían algunas costillas y partes del esqueleto. Algunos cristales se habían adherido a la carne, cortándola en largas tiras temblorosas que rezumaban sangre.
     El párroco volvió a desmayarse.

                                                                                        ***

Cuando volvió en sí, ya estaba atado a la cruz. Colgado allí, pudo ver frente a él a Pedro, su antiguo monaguillo. Estaba junto a aquel sádico bastardo.
     —Pedro, de verdad que lo siento… —sollozó con un hilo de voz— Hice cosas terribles, lo sé. Pero esto que estáis haciendo no es humano… Esto es… ¡Por favor!
     Su ayudante le miró con desprecio y a continuación, tal y como hicieran los romanos con el Mesías, le escupió en el rostro. El verdugo se adelantó de nuevo y se interpuso entre maestro y alumno.
     —Dé gracias a que no haya tenido que cargar con la cruz a cuestas. Y por cierto, pesa usted como una ballena; para subirlo ahí hemos sudado lo que no está escrito en la Biblia. He jurado hasta en arameo, y eso que no conozco el idioma.
     —¡Por favor!
     —Mejor debería decir aquello de “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pero no veo por ningún lado a su Dios. Claro que tampoco estaba para defender a aquellos pobres niños. Rece lo que sepa, porque le voy a clavar uno de éstos por cada uno de ellos —Abrió la mano y le enseñó unos clavos enormes y afilados de al menos diez centímetros de longitud. El cura cerró los ojos y suspiró. Rezó.
     —Pero antes queda otra cosa. Pedro, por favor… —El chico le acerco una corona de espinas ribeteada de pequeños clavos. Se subió a una escalera y le ciñó el trofeo a la cabeza. Apretó hasta que las pequeñas puntas de hierro se hundieron en el cráneo y la sangre manó en abundancia de cada una de las pequeñas incisiones. Los gritos inhumanos reverberaron entre las paredes de piedra del sótano, pero apenas consiguieron salir al exterior. Eran las tres de la tarde del Jueves Santo. Pero hacía un día espléndido y soleado en los albores de la primavera y allí, en mitad de la nada y la naturaleza, era un día tranquilo como cualquier otro.
     —¡Ha llegado la hora!
     —¡Por favor, no sigáis con esto! —siguió suplicando el sacerdote. Miraba hacia arriba, como si el en el techo pudiera ver la imagen de Dios. Se encomendaba a él aunque sabía, no podía ser de otro modo, que si ese ser superior existía, para él no había salvación posible. Estaba condenado. Su único consuelo era pensar que si el cielo no existía, tampoco hubiera un infierno. Sabía que era su sitio y, por primera vez en toda su vida, temía la ira de lo que pudiera haber más allá. Sus esfínteres se aflojaron y se hizo las necesidades encima.
     —¡Vaya por Dios! —exclamó su torturador arrugando la nariz— Vamos a tener que aligerar esto. Dame los útiles… —cogió uno de los clavos y el enorme martillo que le ofrecía Pedro— Si quiere decir sus últimas palabras…
     El párroco negó con la cabeza. Lloraba. Pero no había salvación. Tan sólo un largo calvario hasta el final… Un golpe seco. El clavo penetró en la carne de la mano derecha, pero chocó con el hueso y se desvió, después de que algunas esquirlas de éste asomaran al exterior junto a un chorro de sangre. Los alaridos ya no eran tan terribles. Más bien eran pequeños graznidos, como de un cuervo agonizante. Fueron necesarios tres golpes más para que el clavo traspasase toda la carne de la mano y se hundiera en la madera de la cruz.
     —Always look on the bright side of life… —El implacable verdugo empezó a canturrear y silbar la canción de la película “La vida de Brian” de los Monty Phyton mientras cambiaba la escalera de posición. A continuación se acercó hasta la otra mano para continuar con el ritual. Mientras el siguiente clavo hendía la carne, hizo una pausa para dirigirse al párroco—. Y espero que no se le ocurra resucitar también al tercer día. Lo digo por su propio bien. Si lo hace, le crucifico de nuevo…


Juanma Nova García                                                                       

miércoles, 8 de julio de 2015

HUELLAS

Busco tus huellas y quiero encontrarte
para siempre jamás,
como en la última frase de mi cuento favorito.
Una molécula de tu aliento,
el manantial de tus labios
o un equinoccio en tus pestañas.
La misteriosa luz de una luciérnaga al otro lado del mundo,
en Irlanda,
en China,
en Praga...
la cicatriz temblorosa
de otra
madrugada
en el reino sinuoso de tu espalda,
media mañana a deshora. Tres relámpagos de amor.

Ahora vuelvo.

Un blues de medianoche en la mirada,
las células de tu adolescencia,
las pecas de tu niñez
a toda prisa como esporas.
O mariposas que preferían danzar colgadas de tus pestañas
a regalarle su vuelo a cualquiera.

El futuro en una incógnita,
y el vértigo de una duda
con las muñecas cortadas
y desangrada en la bañera,
los atardeceres que evaporan los cuatro puntos cardinales,
o un abrazo de no te vayas
y una cerveza fría..

El atlas de tu dormitorio,
dos tercios de abril entre tus piernas,
el otro entre mis brazos
porque la primavera no caduca
ni a las entrañas de Madrid le duelen los reproches.
Un pupitre con un niño nuevo,
la brújula desimantada de un marinero,
perdiendo el norte y el sur por el hueco de tu ombligo,
toda la eternidad jugando a inventar
rosas de los vientos que nunca marcaron los rumbos
del horizonte.

Aburrido, insustancial y anodino.

Como las páginas de esquelas de los periódicos viejos.
Los espejos que devuelven
el reflejo de tu mirada a mis pupilas.
Los icebergs derretidos y las alas de las libélulas.
El presente pausado en las pantallas de cine.
Los espíritus de los antepasados en las fotos,
tristes y marchitos y somnolientos.
O un suspiro aullando en la madrugada de los lobos.
Mi sed de ti rugiendo en todas nuestras melodías.
La bruja de la noche robando neones a los bares.
Tu olor a bosque que siempre regresa para embriagarme.
Y enterrar mi cadáver en una fosa de estrellas fugaces
para resucitar a últimos de Octubre y buscarte de nuevo a primeros
de Noviembre.

Podría quedarme atrapado en un recuerdo tan fugaz y dulce,
entre cautivos,
y gemidos
y colores
y océanos
y olvidos
y senderos
y andenes
y trenes
y parpadeos
y relámpagos
y acordes...

Y si Tokio ya no nos quiere,
saber que en tu pelo es siempre verano y vacaciones.
y guardarte como el secreto perpetuo de un niño,
las diabluras de un duende travieso,
el espantapájaros de Oz,
la sonrisa de Cheshire,
o la flor de aquel Principito,
que no comprendía a los adultos
ni quería ser nunca mayor.

Entre rosas y espinas
la luz de las televisiones encendidas
y ardiendo en las casas de los infernales agostos,
pero con programas y gente distinta
cada verano.
Y amantes teniendo salvajes orgasmos en los hoteles.
Y el asfalto un horno,
los tejados derritiéndose,
las conversaciones de los bares,
la breve pero inabarcable distancia entre
la piel y los tejidos
y, o
nosotros besándonos con pasión,
la prisa de la comida del supermercado por subir las escaleras
y ponerse a salvo en el frigorífico,
y el ruido de las latas de cerveza al abrirse
y al vaciarse,
mientras otra malvada cigarra riéndose de una nueva hormiga
y las semanas parecen de arena y sol
hasta que llegan los viernes.

Otro vinilo rayado
y el aguijón de un te quiero en la garganta,
el paraíso es un billete sin retorno al asiento
de atrás
de las llamas del infierno más acá de tu bufanda.
Amar es
una isla perdida y solitaria y,
desde allí,
el mundo es verde,
más verde que el verde de la primavera de los cuadros,
porque todas mis vidas y muertes y reencarnaciones
empiezan y acaban en Septiembre..

Los caricias infinitas,
el solsticio de tu ombligo,
astronautas enredados en tu pelo,
el cuelga tú, tú primero,
el ajedrez de la vida,
la lujuria de las abejas y las flores,
las cañas y las tapas,
los gusanos de los vicios,
las noches sin dormir tatuadas en los rostros,
el sopor y desencanto de los lunes...
Pasatiempos, sopa de nostalgias,
juegos de niños y, en un parpadeo, juegos de manos.

¿Tal vez o quizá?

Ámame si te atreves.
Mi lengua en tu cuello es un acróbata
valiente y decidido...
Pero,
(puñetera palabra)
ya nada es mío ni tuyo ni de nadie;
la primavera, imperfecta,
el otoño, desconfiado,
el océano, un vertedero,
nosotros, distintos,
pero los mismos.
Sobrevolando abismos
como buitres la carroña,
disfrazándonos de hipócritas y cínicos,
regalando colores que no son nuestros.

Te conservo en el baúl de los recuerdos
donde guardo los tesoros que más quiero,
por debajo del subsuelo,
por encima de las nubes,
entre llamas del Averno...
Tal cual un verso aguerrido y salvaje
que sobrevive a la batalla
y nos empuja hacia el acantilado
y nos corona como héroes del abismo.
Sin pensarlo.
Sin quererlo.
Hemos sido la pesadilla favorita de un idiota,
mientras los dioses bebían de nuestros sueños
hasta dormirse, ebrios y felices.
Como tus manos dormidas en las mías,
como gatitos perezosos
en el vals de mi regazo.

Te guardo como huellas del desierto,
como luces del pasado,
como restos de una hoguera
fugaz y eterna,
que insufla aire,
que desangra
que da muerte y que da vida
al embrión de cada amor.


Juanma - 8 - Julio - 2015