sábado, 3 de marzo de 2012

EL ÚLTIMO INVIERNO


—Llevas tanta luz en la mirada que parece que te fueras a morir muy pronto —le susurro al oído.
—Es que me voy a morir muy pronto —me recuerda ella.

Sonríe con tristeza, porque verdaderamente se está muriendo. Sonríe porque los dos lo sabemos y porque ese próximo adiós es la única razón para que estemos aquí celebrando lo poco que nos queda por celebrar. Vamos a varias fiestas en las que suena música en su honor. La conocen, la quieren, le dedican canciones. Sitios en los que las conversaciones nos acarician como manos amigas. 

Y ella camina risueña y despreocupada, cogida a ratos de mi brazo, a ratos de mi cintura, escondiendo en un sueño de marihuana sus dolores, anestesiada con una botella de vino su precariedad. No pide que la abrace o que la quiera más. Pide que le cante... no, que le susurre al oído nuestra canción, que la mire como aquella primera vez cuando nos conocimos, que no ría mezquinamente, que no llore... y que no la deje llorar a ella.

Me suplica un último baile. Bailamos. Yo apenas la sigo con torpeza infantil, pero ella se mueve entre la multitud con lenta elegancia, con desenvoltura natural. Como una gata... no, los gatos no piensan en estirarse, simplemente se estiran. Más bien como un junco bajo la brisa... o un árbol mecido por el viento. Los árboles ni siquiera hacen eso, oscilan sin más, sin el leve esfuerzo de moverse. Ella se movía así, danzando como una ola en la madrugada.

Me mira. Y me atrapa en su mirada con una sonrisa adorable que queda prendida en el aire frente a nosotros. Como el rocío bajo la hermosa luz del embrujo del alba, como un sueño al despertar resistiendo a desvanecerse.

Ya cerca del amanecer, sonriente, tal vez un poco ebrio, me siento ya su músico, su poeta... un bardo, un trovador. Y atisbo en el fondo de mi corazón, junto al acantilado del alma, una tenue esperanza. La oigo llegar, la veo acercarse...y la noto querer marcharse. Pero decido mantenerla. Porque sin esperanza, ¿qué nos queda?

—Me gustaría pasar contigo este invierno.
—Sí.
—¿Quieres que pasemos juntos el invierno?
—Sí.

Y ella me abraza. No dice nada más. No hace falta. Y me sonríe con esos maravillosos ojos brillantes, entre verde bosque y bruma de mar, reflejando una y mil veces toda la luz que entra en ellos. Y salimos al encuentro del camino del invierno, pues ninguno de los dos necesita ya saber nada de la primavera.


Juanma - 3 - Marzo - 2012                                        

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