domingo, 14 de octubre de 2012

EL POETA


Caía la tarde en silencio, quieta y taciturna allá por Noviembre, cuando entré por vez primera en aquel viejo café con la mirada extraviada, perdida entre las sombras de mis pensamientos. Poco más de diez mesas llenaban el local. Sus paredes estaban adornadas por antiguas lámparas de aceite rescatadas de las entrañas del tiempo. Las mesas estaban ocupadas por viejos bohemios, viajeros y artistas que charlaban amistosamente entre el humo de sus pipas y el ruido de los vasos al chocar entre sí y contra las mesas.

Pese a que la curiosidad me había movido varias veces a acercarme hasta la puerta de aquel viejo cuartel y refugio de literatos, siempre me había faltado el valor para dar el último paso y franquear el umbral. Bajo aquella tenue luz de los candiles y algún disperso candelabro, miré alrededor en busca de alguna mesa libre a la que sentarme. Me llamó la atención una en la que se encontraba un hombre solitario que parecía huir de los demás. Un vaso y una botella de vino eran el centro de su mirada, y podría decirse que tal vez de su universo. Era alto y delgado. Su cara afilada estaba surcada de viejas arrugas y llagas, enmarañada en una larga y espesa barba blanca. Un roído y gastado sombrero negro cubría su anciana calva y sus penetrantes ojos negros, hermosamente tristes, me causaron una honda impresión. Fumaba lentamente, pero a grandes caladas, de una larga pipa marrón que envolvía su rostro entre densas oleadas de humo.

No sé las razones que me movieron a sentarme con él. Debió ser una atracción digna de las flechas de Cupido, pues al momento estaba yo allí, sentado junto a un hombre que de nada conocía y con el que entablaba una animada conversación que no sabía hacia dónde podría conducirme.

Era un artista.

Así me lo contó mientras que el viejo y canoso pianista intentaba arreglar una hermosa pieza de Chopin que ya casi había destrozado previamente. Los débiles murmullos de los contertulios parecían acompañar vocalmente la música. Mi compañero, con una voz grave pero con reminiscencias de un pasado donde tuvo que ser melodiosa y cantarina, comenzó a hablar; me contó sus viajes, sus amores, sus alegrías y sus penas. Tenía un amplio y variado surtido de cada.

Había viajado varias veces por todo el mundo… y conocía todas y cada una de sus culturas. Viajero empecinado y solitario, había acompañado incluso a los budistas del Tibet en su curiosa peregrinación. Entre las facetas que había cultivado cabría destacar la literatura, la pintura, la escultura y el aburrimiento, todas con notable satisfacción. Tenía varios libros publicados y había tratado casi todos los estilos; novela, ensayo y poesía. En el declive de su carrera, tras la muerte de su esposa, había entablado una estrecha amistad con la bebida que lo condujo, año tras año y botella tras botella, hasta la precaria situación en que yo lo había encontrado. Fue un verdadero retrato, o más bien un curioso bajorrelieve, el que dibujó ante mis ojos maravillados.

Y siguió hablando. Me dibujó parajes y hermosos lugares que yo no sabía que existían; los inmensos palacios de mármol y mosaicos, los castillos de altas almenas y profundos calabozos, las amplias llanuras, las eternas montañas de cimas coronadas por nieves perpetuas y los bosques infranqueables se fueron levantando piedra a piedra, árbol a árbol, en mi imaginación. Me hizo contemplar el brillo de la tierra y de los pesados anillos de oro y plata en las manos imperiales, las cúpulas de los techos hindúes irguiéndose hacia el cielo como espadas inmortales…

Un hechizo nos fue embargando a ambos.

Aquel hombre era todo un artista. Me habló de su arte y sus ideales como una madre de sus hijos. A pesar de sus profundos conocimientos sobre historia y cultura, su intensa y longeva vida y su sabio arte, noté una profunda tristeza en sus ojos, como si el triunfo no hubiera querido sonreír a sus esfuerzos. Ahora, cansado del mundo, parecía querer vivir una intensa vida interior sin preocuparse de todo aquello que le rodeaba. Me miró lánguidamente a los ojos y, tras apurar la enésima copa de vino, dijo con voz cansada:

-Mi único sueño no cumplido, aquel que llena de pesares mi corazón, no es otro que no haber conseguido llegar jamás a ser poeta.

-Pero si usted ya es poeta –le dije yo con todo el convencimiento del que fui capaz de imponer a mi voz–. Usted mismo me ha dicho que escribió y publicó varios libros de poesía.

-¿Y crees que escribir unos cuantos versos es hacer poesía? –me contestó esgrimiendo una irónica sonrisa mientras abría una nueva botella de vino que acababa de pedir y servía otras dos copas. Tomó un pequeño sorbo de la suya y continuó hablando– De cada cien personas, setenta han escrito o imaginado algunos versos en el transcurso de su vida. Quizás, con mucha suerte, encontremos de entre todas ellas un único aprendiz de poeta. Y ese, probablemente, no escribirá poesía.

-¿Qué es pues, en su opinión, ser poeta? –le pregunté.

-Mira a esos jóvenes muchachos –me dijo señalando a un grupo de jóvenes que charlaban amigablemente en una esquina del local–. No hay uno sólo de ellos que valga verdaderamente como poeta y, sin embargo, ahí los tienes felices y alegres, llamándose maestros los unos a los otros. A menudo vienen, me leen sus versos y piden mi opinión. Yo no soy amigo del engaño, pero no me veo con suficientes fuerzas para arrebatarles su única y gran ilusión, pues con ello les mataría. Creen en ellos mismos y son felices, y yo no soy quién para robarles esa felicidad. Mientras esperan mi veredicto, puedo palpar la duda y el desengaño en sus ojos más… ¿qué puedo hacer? ¡Hay tanta libertad en sus almas!¡Tanta ilusión en sus corazones! Cuando les digo que van por el buen camino el cielo se ilumina y brilla en sus ojos. Después de todo, tampoco les engaño del todo. No está mal lo que escriben. Pero jamás llegarán a ser maestros o poetas. Al igual que tampoco yo lo lograré.

“Pero lo que más me apesadumbra del todo es que ellos creen en mí, piensan que soy un poeta de verdad… y yo apenas supero su arte. Y si lo supero es tan sólo por la experiencia que me dan los años. Me has preguntado qué es ser poeta… ¿quién puede saber eso con certeza? Es lo mismo que si me preguntaras por Dios o la vida después de la muerte. Si yo pudiera encontrar la respuesta no dudaría en viajar hasta el más recóndito confín del universo para encontrarla. Pero puedo decirte algo; la poesía es algo sublime, maravilloso, casi místico o espiritual. Un pintor o escultor pueden hacer poesía con su obra igual que un enamorado puede hacerla con sus palabras, miradas o besos. Poesía no es tan sólo encadenar cuatro o cinco versos seguidos… ni rimarlos. Eso puede hacerlo el más común de los mortales. Tampoco es plasmarla sobre un papel, si no sentirla, vivirla y saberla tuya, parte de ti. Y eso sólo pueden hacerlo los genios, los verdaderos poetas. Y de ésos ha habido pocos en el mundo a lo largo de la historia. La poesía se siente dentro al contemplar una mariposa, una nube o una flor… –se detuvo en seco, como si estuviera recordando algo. Aproveché la ocasión para preguntarle:

-¿Y usted nunca se ha sentido así?

-No… no como hubiera debido. Supongo que lo entenderás mejor si te digo que comprender la poesía es como alcanzar el nirvana. Algo parecido a ello he sentido al leer a Novalis, Goethe o Blake. Pero jamás llegaré a ver con los ojos abiertos ni una pequeña parte de todo lo que ellos vislumbraban con los suyos cerrados. Si quieres te daré un pobre consejo de viejo cascarrabias, pues es lo único  que puedo ya ofrecerte. Has de saber que el cuerpo humano es sólo una envoltura en la que se refleja el alma, una especie de crisálida. Es como el mar, que no tiene color propio y es tan sólo un vasto reflejo del cielo. La belleza existe sólo en la mirada interior de aquel que quiere conocer la verdad y la busca en su corazón. Nunca dejes de hacerlo… no dejes de buscar jamás dentro de ti. Si llegas algún día a conocerte a ti mismo, ya habrás conseguido llegar un paso del camino más lejos que yo.

Apuró su copa de vino y se levantó. Me dio la mano y se marchó en silencio, encorvado como si llevara una pesada carga sobre sus hombros. Me dijo que vivía allí cerca, pero nunca he vuelto a verlo.

Desde aquel día visito todas las tardes aquel viejo café con la esperanza de encontrarle. Pero la mesa ha permanecido vacía desde entonces. En su rincón, la chimenea murmura su triste cantar y el grupo de jóvenes continúa charlando amigablemente y llamándose maestros los unos a los otros.

Y yo sigo pensando todos los días en aquel hombre… en aquel poeta. Pues a pesar de que él mismo no se considerara como tal, jamás he contemplado un rostro y unos ojos más poéticos, ni escuchado unas palabras que expresaran mejor la poesía que las suyas. Y ahora tengo un profundo pesar en mi alma y mi corazón.

Se me olvidó preguntarle su nombre.


Juanma - 12 - Octubre - 1997

1 comentario:

  1. Esto le hubiera encantado a mi padre...
    Le encantaba leer, lo que fuera, pero si aparecía un anciano sabio y desgastado por el tiempo, eso era lo que más le gustaba de todo...
    Es muy bonito esto que has escrito...que escribiste. Yo creo que ser poeta no es un título ni un trabajo. Ser poeta en mi opinión es sentir la poesía y saber hacerla llegar a otros...
    Por eso tú para mí lo eres ^_^

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